Todos los historiadores que hablan de Egipto hacen mención del buey sagrado: Añadiremos a lo que hemos dicho del culto rendido a los animales las atenciones y la necesidad que los egipcios tenían por el toro sagrado que ellos llaman Apis. Cuando este buey era muerto[1] y magníficamente inhumado, los sacerdotes encargados para esto, buscaban uno parecido y el luto del pueblo cesaba cuando este toro era encontrado. Los sacerdotes a quienes se confiaba este cuidado conducían al joven animal a la ciudad del Nilo donde lo alimentaban durante cuatro días. Lo introducían seguidamente en un barco cubierto, en el cual se le había preparado un alojamiento de oro y habiéndolo conducido a Menfis con todos los honores dignos de un dios, lo alojaban en el templo de Vulcano. Sólo durante este tiempo era cuando las mujeres tenían permiso de ver al buey y tenían que ponerse de pié ante él de una manera muy indecente.
Este era el único momento en que lo podían ver. Estrabón[2] dice que este buey debía de ser negro, con una sola marca blanca formando una luna creciente en la frente o sobre uno de los lados. Plinio es del mismo pensamiento.[3] Herodoto[4] hablando de Apis, al que los griegos llaman Epafus, dice que debía de haber sido concebido por el trueno, que debía de ser todo negro y tener una señal cuarteada en la frente, la figura de un águila sobre el lomo, la de un escarabajo en el paladar y el pelo doble en la cola.[5] Pomponio Mela está de acuerdo con Herodoto, en cuanto a la concepción de Apis, lo mismo que Elien. Los griegos –dice este último– lo llaman Epafus y pretenden que saca su origen de Io la Argiva, hija de Inaco, pero los egipcios lo niegan y prueban su falsedad asegurando que el Epafus de los griegos vino muchos siglos después que Apis. Los egipcios lo tienen por un gran dios, concebido por una vaca mediante la impresión de un rayo. Se alimentaba este toro durante cuatro años, al cabo de los cuales se le conducía con gran solemnidad a la fuente de los sacerdotes en la que se le hacía ahogar para enterrarlo seguidamente en una magnífica tumba.
Muchos autores hacen mención de soberbios palacios y de magníficos apartamentos que los egipcios construían en Menfis para alojar al toro sagrado. Se tenían los cuidados que los sacerdotes mandaban para su manutención y la veneración que el pueblo tenía por él. Diodoro nos enseña que en su tiempo el culto de este buey estaba aún en vigor y añade que era muy antiguo.


Estas son las malas razones que han puesto en tan gran ridículo al culto que los egipcios rendían a los animales. Considerados en todos los tiempos como los más sabios, los más avisados los más industriosos de todos los hombres, la fuente misma donde los griegos y las otras naciones sacaron toda su filosofía y su sabiduría ¿cómo habrían caído los egipcios en tan grandes absurdidades? Pitágoras, Demócrito, Platón, Sócrates, etc., sin duda sabían que encerraban algunos misterios que el pueblo ignoraba pero de los que los sacerdotes estaban perfectamente instruidos. Este culto por él mismo era tan pueril que no podía caer en el espíritu de un tan gran hombre como era Hermes Trismegisto, su inventor, si no hubiera tenido los designios ulteriores que juzgó a propósito de manifestar sólo a los sacerdotes, pensando que las instrucciones que se daban además al pueblo para hacerle conocer el verdadero Dios y conservar el culto, bastarían para impedirle caer en la idolatría. ¡Vaya! A pesar de las instrucciones diarias que se les dio da la verdadera religión y del culto religioso que la debía de acompañar ¿cuántos pueblos no introdujeron supersticiones? No creo –dice el abad Banier–[7] que haya habido alguna religión en el mundo que estuviera exenta de este reproche, si se tiene en consideración que las prácticas populares, son a menudo una superstición poco esclarecida.

[1] . Diodoro, lib. 1, cap. 4.
[2] . Estrabón, Georg. lib. último.
[3] . Plinio, Memphim. lib. 8, cap. 46.
[4] . Herodoto, lib. 3, cap. 28.
[5] . Herodoto, idem.
[6] . Diodoro, lib. I, Rerum Antiq. C. 4.
[7] . Banier, Mitología, t1 p. 512.
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