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domingo, agosto 12, 2007

(Artículo del traductor) Midas o la transmutación en oro


Como habíamos dicho ponemos en relación el texto de Pernety,(1) objeto de este blog, con autores contemporáneos, en este caso Emmanuel d’Hooghvorst desde su obra El Hilo de Penélope,(2) con el fin de contrastar y verificar la unanimidad de la tradición mito-hermética en todos los tiempos. Para ello partiremos desde el concentrado resumen de la historia, propiamente dicha, de este Rey Midas, que nos presenta E. d’Hoogvorst (EH):(3) Según la leyenda, era rey de Frigia y famoso por sus inmensas riquezas. Había tratado favorablemente a Sileno, compañero y preceptor de Dioniso. En reconocimiento, el dios prometió concederle todo cuanto pidiera. Midas tuvo la locura de desear ver transformarse en oro todo lo que tocara. Habiendo sido concedido este deseo, todo cuanto tocaba se volvía oro, incluso el alimento y la bebida. Rogó pues al dios que le retirara ese don. Dioniso le ordenó ir donde nace el Pactolo(4) en la cima del monte Tmolo y bañarse en él. Midas perdió así aquel don fatal y el Pactolo empezó a manar oro en sus aguas. Un día, cuando los dioses Pan y Apolo competían, uno con la flauta y el otro con la lira, tomaron a Midas como árbitro, y éste decidió a favor de Pan. Entonces Apolo cambió las orejas de Midas en oreas de asno, que dicho rey escondía bajo un gorro frigio, pero su barbero lo descubrió. Mantener ese secreto le resultaba pesado, pues no podía comunicarlo a nadie; por ello, terminó cavando un hoyo en la tierra al que confió que «el rey Midas tiene orejas de asno». En aquel lugar mismo crecieron cañas que repetían, cuando el viento las agitaba: «El rey Midas tiene orejas de asno». Los antiguos filósofos escondían los secretos más profundos de su saber bajo la ficción de historias poéticas y divertidas. Enseñaban sin profanar y sí transmitían bajo una forma mitológica la memoria de su tradición a la muchedumbre de los avaros e ignorantes. Efectivamente, vemos en este relato un tratado completo de la química cabalística tan acechada y tan poco experimentada. Pernety explica al respecto: Cuando sucede lo que pasa en la obra hermética, cuando se trabaja en el elixir, la fábula de Midas lo representa como en un espejo.(5) Puede recordarse que cuando el Osiris, Denis o Baco de los filósofos se forma se hace una tierra. Esta tierra es como cuando se figura a Baco visitando Frigia, a causa de su virtud ígnea, ardiente y seca, porque φριγια quiere decir tierra tórrida y árida. Se supone que Midas reina allí pero para indicar claramente lo que se debe de entender por este pretendido rey se dice que es hijo de Cibeles o de la Tierra, la misma que es considerada como madre de los dioses filósofo-herméticos. Así Baco, acompañado de sus bacantes y de sus sátiros, de los que Sileno era el jefe y sátiro mismo, deja Tracia para ir hacia el Pactolo que desciende del monte Tmolo, es como si se le dijera el Baco filosófico, donde el azufre tras haber sido disuelto y volatilizado, tiene tendencia a la coagulación, puesto que Θρήκη, Tracia, viene de τέ, correr, o de Θρέω, clamar, gritar tumultuosamente, lo que designa siempre una agitación violenta, como la de la materia fija cuando se volatiliza después de su disolución. Casi no se puede expresar mejor la coagulación que mediante el nombre de Pactolo que viene naturalmente de πακτις, πακτόω, compactus, compingo, juntar, ligar, reunir al uno con el otro. Por esta reunión se forma esta tierra frigia o ígnea y árida, en la que reina Midas. Lo que entonces era volátil es contenido por el fijo o esta tierra. Es Sileno sobre el territorio de Midas. La fuente donde cerca de ella reposa este sátiro es el agua mercurial. Se figura que Midas había puesto allí el vino que Sileno bebió en exceso porque esta agua mercurial, que el Trevisano llama también fuente,(6) y Raimón Llull vino,(7) se vuelve roja a medida que esta tierra se hace más fija. El sueño de Sileno señala el reposo de la parte volátil y las guirnaldas de flores con las que se le ciñó para llevarlo a Midas son los diferentes colores por locuaces pasa la materia antes de llegar a la fijación. Las orgías que celebraron juntos antes de reunirse con Baco son los últimos días que preceden a la perfecta fijación, puesto que ella misma es el término de la obra. Así mismo se puede creer que se ha querido expresar este término mediante el nombre de Denis dado a Baco puesto que puede venir de Διός, y de νίσσα, meta, el dios que es el fin o el término. Los poetas hacen admirables descripciones del Pactolo; cuando quieren describir una región afortunada la comparan al país que riega el Pactolo, en las aguas del cual Midas depositó el funesto don que le había sido comunicado. Creso sin el Pactolo sólo hubiera sido un monarca limitado en su poder e incapaz de excitar los celos de Ciro. Baco está encantado de volver a ver a su padre protector y recompensa a Midas mediante el poder de convertir en oro todo lo que toca. Este dios sólo podía dar lo que poseía en él mismo, era, pues, un dios aurífico. [...] Midas, al haber conducido a Sileno hasta Baco, es decir, la tierra frigia, al haber fijado una parte del volátil lo vuelve todo fijo, y en consecuencia es la piedra transmutante de los filósofos. Él recibió de Baco el poder de transmutar, lo tenía en cuanto a la plata pero en cuanto al oro sólo podía obtener esta propiedad de Baco, porque este dios es la piedra al rojo, pues sólo ella puede convertir lo metales imperfectos en oro.(8) [...] Es preciso, pues, imitar a Midas y hacer una buena acogida a este Sileno, que los filósofos dicen que es hijo de la Luna y el Sol y que la tierra es su nodriza. [...] Al ser esta materia el principio del oro, se tiene razón al considerar a Sileno como padre protector de un dios aurífico. Así mismo ella es el néctar y la ambrosía de los dioses. Ella es, como Sileno, hija de ninfa y ninfa ella misma, puesto que es agua, pero un agua, dicen los filósofos, que no moja las manos. La tierra seca, árida e ígnea, figurada por midas, bebe esta agua ávidamente y en la mezcla que se hace de las dos surgen diferentes colores. Es la acogida que Midas hace a Sileno y las guirnaldas de flores con las que lo liga. En lugar de darnos a Sileno como un gran filósofo se habría encontrado mejor, entrando así en el espíritu de aquel que ha inventado esta ficción, si se hubiera dicho que Sileno era propio en hacer filósofos, siendo la materia misma sobre la cual razonan y trabajan los filósofos herméticos. [...] Finalmente Midas se deshizo del incómodo poder de cambiarlo todo en oro y se lo comunicó al Pactolo lavándose en sus aguas. Es precisamente lo que sucede en la piedra de los filósofos cuando se trata de multiplicar. Entonces se está obligado a ponerla en el agua mercurial, donde el rey del país, dice el Trevisano, debe bañarse. Allí se desnuda de su ropa y su carne sanguínea y colorada para que se vuelvan como él. Esta agua mercurial es verdaderamente un agua Pactolo, puesto que debe coagularse en parte y volverse oro filosófico. A continuación veamos unos fragmentos de la obra de Emmanuel d’Hooghvorst donde el decir de un filósofo desemboca en la creatividad de una poesía contundente y actual. Ebrio de ese vino dionisíaco y preñado del don del oro, el lenguaje Hooghvorstriano fluye cual Pactolo hasta “las Midas” o tierras fijas y ardientes, deseosas de la transmutadora experiencia. A ti, querido lector, dedico esta selección donde EH dice: El poema empieza (XI, 85) con la llegada del dios Baco,(9)que se dirige a Lidia para visitar los viñedos de su amigo Timolo.(10) Un dios tan amable iba siempre acompañado de un séquito de bailarines y flautistas, sátiros y bacantes, y así había conquistado el mundo entero. Pero Sileno(1) está ausente. Titubeaba bajo el peso de los años y de la embriaguez del vino puro (merum). Baco no puede manifestarse en este mundo sin Sileno, su amigo y preceptor. Efectivamente, no se revela más que por la embriaguez de los bacantes, cuyo prototipo es Sileno. Le llamaban preceptor del joven dios pues él es quien le da la palabra. Tiene la cabeza grávida a causa del vino, su andar es titubeante y viene montado sobre un asno de paso lento. Su cabeza se adorna con dos pequeños cuernos de carnero, pues habla con palabras cornudas que expresan simultáneamente sentido vil y sentido puro. ¡Qué genio sabido en este vino raro que se hace en Sileno grávida faz de un dios que desafía este bajo mundo! Nacido de agrícola química, Sileno se revela en escuela campestre. Se comprende, pues, por qué son unos campesinos frigios quienes lo sorprenden. Tras haberle atado con guirnaldas de flores, es decir con vínculos sutiles, le conducen hasta el rey Midas, iniciado en las orgías báquicas por Orfeo y Eumolpo. Al instante, Midas reconoció en Sileno, al amigo, al compañero del dios que celebraba en los misterios. La llegada de un tal huésped es gozosamente celebrada por Midas durante dos veces cinco días y sus noches consecutivas. Al undécimo día, llega el rey a Lidia y está feliz de devolver Sileno al joven dios que había sido su alumno. Hemos dicho que sin Sileno, el amable dios Baco no podía manifestarse aquí abajo. Devolver Sileno a Baco merecía, pues, una recompensa. El dios, feliz de haber vuelto a encontrar a aquél que le había nutrido en este mundo, otorga a Midas la recompensa que éste pide. Haciendo mal uso de los dones del dios, dijo: «¡Consiente que todo lo que mi cuerpo toque se convierta en oro amarillo!» A disgusto, el dios concede este don, lamentándose de que no haya escogido mejor. Al principio, el rey Midas se marcha contento y todo lo que toca se vuelve oro. Lo ve todo de oro. Pero ¡oh desgracia! incluso el alimento y la bebida se convierten en oro. ¡Qué veneno pudo cegar tanto tiempo a aquel Midas que la sombra de química encantó! ¡Oh! ¡el oro mal leído! ¡Qué necio pensando su oro bestialmente! Oro seco, es sed de condenado para ese Príapo engañado sin dote y sin escuela de Arte. «Esta química no me da sentido ni peso de amor», se lamenta el avaro Midas, hambriento y alterado. Alterado por tan fatal novedad, a la vez rico y miserable, sólo piensa en escapar de esta opulencia y empieza a odiar lo que tanto había imaginado. Su riqueza no puede aliviar su hambre, una sed le reseca y le abrasa la garganta; helo aquí torturado por el oro antes tan deseado y, ahora, odiado. El desdichado Midas se vuelve entonces hacia el dios. Le pide socorro confesando su culpa: «¡Perdóname, dios de los toneles! Hemos pecado», implora levantando al cielo sus manos. Ante la confesión del pecador, el dios se apiada de él. El dios magnánimo perdona, pues, a Midas su avariciosa locura y le ordena ir hacia el río vecino(12) de la gran ciudad de Sardes. Así, el rey se sumerge dócilmente en el manantial y la virtud que tenían de cambiar todo en oro confiere a las aguas del Pactolo un color nuevo; este río tiene reflejos dorados y arrastra en sus raudales oro líquido. «¡Qué húmedo raro no sabido por las ciencias rústicas!», se exclamó entonces Midas. Es el secreto de los bacantes. ¡Qué puro saber donde Midas leyó su musa! La vista de este Pactolo que fluye será su musa al curarle su necedad. He aquí el famoso mercurio de los filósofos. ¡Es el oro mismo de los avaros que no era más que un veneno, pero licuado en savia vivificante! Hastiado ahora por las riquezas, Midas frecuentaba los bosques y los campos, al igual que el dios Pan, que moraba en los antros de las montañas. (XI, 146-147) En lo sucesivo, Midas supo este dios Pan en su gruta profunda donde su musa lo liga en secreto forestal. ¡Oh mágico secreto de las musas que despiertan con sus cantos al desconocido dormido! Midas no oye sino la flauta de Pan, pero no es más que una musa agreste. De modo que Midas seguirá el curso de este Pactolo. Incluso una persona simple no perdería este camino sabido en el Pactolo secreto: no es otra cosa sino cocer ese mercurio en un pote bien cubierto. Tal es la obra sobre la que los filósofos tanto han escrito: sólo es cocer y ese mercurio se hará poco a poco cuerpo sonante de un sol nuevo.(13)


1 . Dom Pernety, Las Fábulas Egipcias y Griegas, ed. La Table d’Emeraude, París 1982, traducidas por un servidor y presentadas en este blog, véase la entrada Mayo, 15, 2007. 2 . Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola Editors, Tarragona 2000, tomo I, p. 125.

3 . Según Ovidio, Metamorfosis, XI, 85-193. 4 . Pactolo: este río fluye del monte Tmolo, cadena montañosa que se extiende en Lidia de este a oeste[...] 5 . Respecto al “espejo” al lector podría interesarle leer el último número de la revista LA PUERTA, ya que está dedicada íntegramente al “espejo”, http://www.lapuertaonline.es/ 6 . El Trevisano, Filosofía de los metales. 7 . Raimón Llull, en casi todas sus obras. 8 . Véase lo que se ha dicho, en ete blog, referente a Sileno en el anterior artículo, el cual lleva su nombre por título. 9 . Baco o el dios del vino. En griego Dionisos (Διόνυσος). [...] Las y los bacantes estaban poseídos por el vino del dios y profetizaban. 10 . Timolo, otro nombre de Tmolo. La montaña está aquí divinizada como amiga de Baco. 11 . Sileno y su embriaguez. Baco no puede manifestarse en este mundo más que por la embriauez de Sileno y de los bacantes.[...] 12 . Se trata del Pactolo. 13 . Te recomiendo encarecidamente, querido lector, la lectura de la continuación de la obra de Emmanuel d’Hooghvorst, donde va más allá que Pernety, pues éste llega a insinuar la tercera parte de la obra y Emmanuel la desarrolla plenamente.

martes, mayo 15, 2007

El Rey Midas



Ovidio[1] nos dice que Apolo creyó que la mejor manera de castigar a Midas sería haciéndole crecer las orejas de asno, para hacer conocer a todo el mundo el poco discernimiento de este rey, que había adjudicado la victoria a Pan sobre este dios de la música.
Según relatan los poetas Midas era un rey de Frigia que Orfeo había iniciado en el secreto de las orgías.
Baco, fue un día a ver aquel país, Sileno su protector se separó de él y estando detenido cerca de una fuente de vino en un jardín de Midas, donde crecían las más bellas rosas del mundo, Sileno se embriagó y se durmió. Midas se apercibió de ello y sabiendo la inquietud en la que la ausencia de Sileno había puesto al hijo de Semele, cogió a Sileno lo envolvió de guirnaldas de flores de todas las especies y tras haberle hecho la acogida más amable que le fue posible lo condujo hasta Baco. Éste estuvo encantado de volver a ver a su padre protector y quiso reconocer este beneficio de Midas, para ello le prometió concederle todo lo que le pidiera. Midas pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro, lo que le fue concedido. Pero una tal propiedad se le volvió onerosa puesto que los manjares que le servían para su alimento se convertían en oro en el momento en que los tocaba hasta el punto que iba a morir de hambre, entonces se dirigió al mismo dios para ser liberado de un poder tan incómodo. Baco consintió y le ordenó para ello ir a lavarse las manos en el Pactolo. Así lo hizo y comunicó a las aguas de este río la virtud fatal de la que se desembarazaba.
Cuando sucede lo que pasa en la obra hermética, cuando se trabaja en el elixir, la fábula de Midas lo representa como en un espejo. Puede recordarse que cuando el Osiris, Denis o Baco de los filósofos se forma, se hace una tierra. Esta tierra es como cuando se finge a Baco visitando Frigia, a causa de su virtud ígnea, ardiente y seca, porque φριγία quiere decir terra tórrida & árida, de φρυγω, torreo, arefacio. Se supone que Midas reina allí, pero para indicar claramente lo que se debe de entender por este pretendido rey se le dice hijo de Cibeles o de la Tierra, la misma que es considerada como madre de los dioses filósofo-herméticos. Así Baco, acompañado de sus bacantes y de sus sátiros, de los que Sileno era el jefe y sátiro él mismo, deja Tracia para ir hacia el Pactolo que desciende del monte Tmolo, es precisamente como si se le dijera el Baco filosófico, donde el azufre tras haber sido disuelto y volatilizado, tiene tendencia a la coagulación, puesto que Θρήκη, Thracia, viene de τέ, curro, correr, o de Θρέω, tumultuando clamo, gritar tumultuosamente, lo que designa siempre una agitación violenta, tal como la de la materia fija cuando se volatiliza después de su disolución.
Casi no se puede expresar mejor la coagulación que mediante el nombre de Pactolo que viene naturalmente de πακτις πακτόω, compactus, compingo, juntar, ligar, reunir al uno con el otro. Por esta reunión se forma esta tierra frigia o ígnea y árida, en la cual reina Midas. Lo que era entonces volátil es contenido por el fijo o esta tierra. Es Sileno sobre el territorio de Midas. La fuente donde, cerca de ella, este sátiro reposa, es el agua mercurial. Se figura que Midas había puesto allí el vino del que Sileno bebió con exceso, porque esta agua mercurial, que el Trevisano llama también fuente,[2] y Raimon Llull[3] vino, se vuelve roja a medida que esta tierra se vuelve más fija. El sueño de Sileno señala el reposo de la parte volátil y las guirnaldas de flores que se le ciñó para llevarlo a Midas son los diferentes colores por los cuales la materia pasa antes de llegar a la fijación. Las orgías que celebraron juntos antes de reunirse con Baco son los últimos días que preceden a la perfecta fijación, puesto que ella misma es el término de la obra. Así mismo se podría creer que se ha querido expresar este término por el nombre de Denis dado a Baco; puesto que puede venir de Διός y de νίσσα, meta, el dios que es el fin o el término.
Los poetas hacen descripciones admirables del Pactolo; cuando quieren describir una región afortunada la comparan al país que riega el Pactolo, en las aguas del cual Midas depositó el funesto don que le había sido comunicado. Creso sin el Pactolo no hubiera sido más que un monarca limitado en su poder e incapaz de excitar los celos de Ciro.
Baco está encantado de volver a ver a su padre protector y recompensa a Midas mediante el poder que le da de convertir en oro todo lo que toca. Este dios sólo podía dar lo que poseía en él mismo, era, pues, un dios aurífico. Esta propiedad debería haber ocasionado a los mitólogos algunas reflexiones, pero como han leído las fábulas con un espíritu lleno de prejuicios por la historia o la moral, no han visto nada. El oro es el objeto de pasión de los avariciosos, se finge que Midas pide a Dioniso el poder de hacer todo lo que quisiera, y se concluye que es un avaro, incluso el más avaro de los hombres.


Pero si se hubiera puesto atención al hecho de que es Dioniso el que hace esta demanda y que este dios se la otorga con plena autoridad, sin recurrir a Júpiter su padre, ni a Plutón dios de las riquezas, se habría pensado naturalmente que Baco era un dios de oro, un príncipe aurífico, que puede transmutar él mismo y comunicar a otros el mismo poder de convertir todo en oro, al menos todo lo que es transmutable. Cuando los poetas nos dicen que todo se volvía oro en las manos de Midas, hasta los alimentos que le servían para alimentarse, se ve bien claro que sólo puede entenderse alegóricamente. También es esto una consecuencia natural de lo que había precedido.
Midas, al haber conducido a Sileno hasta Baco, es decir, la tierra frigia, al haber fijado una parte del volátil lo vuelve todo fijo, y en consecuencia es la piedra transmutante de los filósofos. Él recibió de Baco el poder de transmutar, lo tenía en cuanto a la plata, pero sólo podía obtener esta propiedad de Baco, en cuanto al oro, porque este dios es la piedra al rojo, pues sólo ella puede convertir en oro los metales imperfectos. Ya lo he explicado suficientemente en el primer libro, hablando de Osiris, que todo el mundo conviene en que es el mismo que Dioniso o Baco.

Se puede también recordar que he explicado a los sátiros y las bacantes como las partes volátiles de la materia que circulan en el vaso. Es la razón que ha hecho decir a los inventores de estas ficciones que el mismo Sileno era un sátiro hijo de una ninfa y del agua, y el padre de los otros sátiros, pues parece que no se podía indicar mejor la materia del arte hermético que mediante el retrato que se nos hace del buen hombre Sileno. Su exterior es grosero, pesado, rústico y parece que hecho para ser puesto en ridículo, propio para excitar la risa en los niños, sin embargo ocultaba algo muy excelente, puesto que la idea que se nos ha querido dar de él es la de un filósofo consumado. Es lo mismo de la materia del magisterio, despreciada de todo el mundo, pisada con los pies y así mismo alguna vez sirviendo para jugar a los niños, como dicen los filósofos, ella no tiene nada que atraiga las miradas. Se encuentra por todo como las ninfas, en las cercanías, los campos, los bosques, las montañas, los valles, los jardines, todo el mundo la ve y todo el mundo la desprecia a causa de su vil apariencia, porque es tan común que tanto el pobre como el rico la puede tener sin que nadie se oponga y sin emplear plata para adquirirla. Es preciso, pues, imitar a Midas y hacer una buena acogida a este Sileno, que los filósofos dicen que es hijo de la Luna y del Sol y que la tierra es su nodriza. También σελήνη significa Luna, y muy bien se podría haber hecho Sileno de Selene, cambiando la primera e en i, como se hace en lira de λΰρος, plico de πλίκυ, aries de Αριος y cientos de otras palabras parecidas.[4] Así mismo los jonios cambiaban bastante a menudo la ε en ι y decían έπεςιος por ίφίςιος domesticus familiaris; no habría, pues, nada de sorprendente en que se hubiera hecho este cambio para el nombre de Sileno.
Al ser esta materia el principio del oro, se tiene razón al considerar a Sileno como el padre protector de un dios aurífico.
Así mismo ella es el néctar y la ambrosía de los dioses. Ella es, como Sileno, hija de ninfa y ninfa ella misma, puesto que es agua, pero un agua, dicen los filósofos, que no moja las manos. La tierra seca, árida e ígnea, figurada por Midas, bebe esta agua ávidamente, y en la mezcla que se hace de las dos surgen diferentes colores. Es la acogida que Midas hace a Sileno y las guirnaldas de flores con las que lo liga. En lugar de darnos a Sileno como un gran filósofo se habría encontrado mejor, entrando así en el espíritu de aquel que ha inventado esta ficción, si se hubiera dicho que Sileno era propio en hacer filósofos, siendo la materia misma sobre la cual razonan y trabajan los filósofos herméticos.
Y si Virgilio[5] le hace razonar sobre los principios del mundo, su formación y la de los seres que la componen, es sin duda porque, si se cree a los discípulos de Hermes, esta materia es la misma de la que todo está hecho en el mundo. Es un resto de esta masa primera e informe, que fue el principio de todo.[6] Es el más precioso don de la naturaleza y un compendio de la quinta esencia celeste. Elien[7] decía en consecuencia, que aunque Sileno no estuvo entre el número de los dioses, era sin embargo de una naturaleza superior a la del hombre. Es decir francamente, que debería de considerársele como un ser también imaginario como los dioses de la fábula y como las ninfas de las que Hesíodo[8] dice que han salido todos los sátiros.
Finalmente Midas se deshizo del incómodo poder de cambiarlo todo en oro y se lo comunicó al Pactolo lavándose en sus aguas. Es precisamente lo que sucede en la piedra de los filósofos cuando se trata de multiplicar. Entonces se está obligado a ponerla en el agua mercurial, donde el rey del país, dice el Trevisano,[9] debe de bañarse. Allí se desnuda de su ropa de tela de oro fino. Y esta fuente da seguidamente a sus hermanos esta ropa y su carne sanguínea y colorada, para que se vuelvan como él. Esta agua mercurial es verdaderamente un agua Pactolo, puesto que debe de coagularse en parte y volverse oro filosófico.

[1] . Ovidio, Metamorfosis, lib. 2, fábula 4.
[2] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[3] . Raimon Llull, En casi todas sus obras.
[4] . Vosius Etimología.
[5] . Virgilio, Églogas, 6.
[6] . Nos queda un ejemplar de esta masa confusa, o de la materia primera, en esa agua seca que no moja y que se encuentra en las grutas subterráneas e incluso en la orilla de los lagos; impregna todas las cosas con una simiente abundante y se volatiliza al menor calor; si supiéramos extraer de ella los elementos intrínsecos cuando se halla estrechamente unida a su macho y separarlos mediante el Arte y, después, reunirlos directamente, entonces podríamos jactarnos de haber descubierto un arcano preciosísimo de la Naturaleza y del Arte, e incluso, un resumen de la esencia celeste. Espagnet, Ench. Phys. Restit. can. 49.
[7] . Elien, Variar. Hist. Lib. 3, cap. 12.
[8] . Hesíodo, Teogonía.
[9] . El Trevisano, Filosofía de los Metales, 4ª parte.