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jueves, noviembre 23, 2006

El origen de esta guerra (la fábula)




Remontémonos a la fuente de esta guerra y tomémosla, ab ovo, (desde el huevo, desde el principio) según la expresión de Horacio,[1] puesto que, en efecto, un huevo fue el primer principio y una manzana dio ocasión a ella. Júpiter se enamoró de Leda, mujer de Tíndaro, se transformó en cisne y gozó de Leda, que trajo al mundo dos huevos; de uno salieron Pólux y Helena y del otro Cástor y Clitemnestra. Helena se casó con Menelao y Clitemnestra fue mujer de Agamenón.
He aquí el huevo, veamos la manzana. Júpiter se enamoró
de los encantos de la diosa Tetis, pero había aprendido de Prometeo que, según un oráculo de Temis, el hijo que naciera de esta diosa sería más poderoso que su padre, por tanto se determinó a desposarla con Peleo, hijo de Éaco, y éste era hijo del mismo Júpiter y de Egina. Tetis estuvo muy descontenta de ver que se desposaba con un mortal, pero Júpiter así lo quería y debía consentir. Júpiter mismo invitó a todos los dioses a la ceremonia y al convite de este matrimonio, a fin de ha
cerla más célebre, sólo la discordia fue olvidada o excluida. Esta diosa, para vengarse por este desprecio, fue secretamente a las bodas y echó en medio de la asamblea una manzana de oro con esta inscripción, para la más bella. No hubo ninguna de las diosas que no la pretendiera poseer, pero ya sea porque ellas fuesen menos susceptibles, o bien porque tuvieran esta deferencia hacia Juno, Minerva y Venus le cedieron sus pretensiones. Se había de adjudicar esta manzana a una de las tres. Todos los dioses, viendo la dificultad en la que se encontraría aquel de entre ellos que
se eligiera como juez en esta disputa, no quisieron cargar con una tarea tan delicada. El mismo Júpiter creyó que no debía decidir entre su esposa, su hija y Venus; mandó a Mercurio que las condujera a un pastor, llamado Alejandro, que guardaba sus rebaños sobre el monte Ida. Este pastor tomó después el nombre de Paris y era hijo de Príamo, rey de Troya. Las diosas se presentaron al pastor de la manera que cada una creyó más apropiada para realzar su belleza. Primero, cada una de ellas en particular, le hicieron las promesas más halagadoras. Juno le ofreció cetros y coronas; Minerva le prometió virtud y bellos conocimientos; y Venus le dijo que tendría la más bella mujer que hubiera sobre la tierra. Así mismo consintieron en las condiciones que desde luego podían afectar a su pudor, pero que Paris exigía para hacer su juicio con conocimiento de causa. Finalmente, ya sea porque el atractivo de una corona hizo poca impresión en el espíritu de Paris o bien porque la virtud le tocó menos que los encantos de una bella mujer, adjudicó la manzana a Venus, que efectivamente era considerada como la más bella.
Se vio claramente que Juno y Minerva no quedaron satisfechas con esta decisión pues juraron vengarse de su juez, de Príamo y de la ciudad de Troya, cuya pérdida fue resuelta y después ejecutada. Paris dejó exhalar su resentimiento y sólo pensó en ver efectuada la promesa de Venus. Esta diosa no tardó en cumplirla. Preparó la ocasión a Paris para que fuera a Grecia; lo condujo hasta Esparta a la casa de Menelao, que era el rey, e hizo de manera que su esposa Helena, la más bella mujer de su tiempo, se volviera sensible a los votos de Paris, que la raptó; este rapto fue la causa de la guerra y de la ruina de Troya.
Todos los dioses tomaron parte en esta guerra y combatieron los unos contra los otros. Júpiter, a ruegos de Tetis, tomó partido durante largo tiempo por los troyanos, para vengar a Aquiles de la injuria que le había hecho Agamenón al robarle a su querida Briseida. Así mismo amenazó con hacer sufrir su cólera a aquellos de entre los inmortales que favorecieran a los griegos, pero finalmente habiendo reunido a todos los dioses y las diosas en el Olimpo, con la sola excepción del Océano, fueron allí todos hasta las ninfas de los bosques, de los ríos y de las praderas; el mismo Neptuno dejó el fondo del mar para asistir,[2] Júpiter les dijo que entonces les dejaba la libertad de ir a combatir por o en contra de los troyanos. Juno, Minerva, Neptuno, Mercurio, autor de las comodidades de la vida, y Vulcano, se fueron a los barcos griegos. Marte, Apolo, Diana, Latona, Xanto y Venus, fueron a ayudar a los troyanos.[3] Cada uno exhortaba a los suyos en voz alta. Júpiter hizo bramar a su trueno; Neptuno excitó un temblor de tierra que extendió el pavor y el horror en la ciudad de Troya, incluso puso en una especie de confusión a los barcos griegos a los que favorecía. Las sacudidas fueron tan terribles que el monte Ida se estremeció hasta en sus fundamentos. El mismo Plutón se conmovió de miedo en el fondo de los Infiernos, y temió que la bóveda de su tenebroso palacio se desplomara sobre él, saltó de su trono y dio un gran grito.[4] Apolo con sus flechas de oro combatió contra Neptuno; Minerva tuvo a Marte y a Venus contra ella; Juno atacó a Diana y Mercurio a Latona. Xanto, así llamado por los dioses y Escamandro por los hombres, tuvo a Vulcano en cabeza. Así combatieron los dioses contra los dioses y Aquiles contra Héctor.
Un huevo y una manzana, pues, fueron la fuente de la expedición de los griegos y la causa de la ruina de Troya.
[...]¿No tiene el sueño de Hécuba todo el aire de una fábula, lo mismo que el nacimiento de Paris y su educación? Se dice que estando embarazada Hécuba tuvo un funesto sueño, pensaba que en su seno llevaba una antorcha que debía abrasar un día todo el imperio de los troyanos. Al consultar al oráculo sobre este sueño respondió que el hijo que esta princesa traería al mundo sería la causa de la desolación del reino de Príamo. Habiendo dado a luz la reina, se hizo exponer al niño sobre el monte Ida, donde dichosamente
para él lo encontraron algunos pastores y lo alimentaron. Alejandro (que es el nombre que llevaba primero) cuando se hizo grande se enamoró de una bella pastora llamada Enone, hija del río Cedreno, entre los brazos de la cual Paris fue muerto sobre el monte Ida, tras haber sido herido en la ciudad de Ilión.

[1] . Horacio, Arte Poético.
[2] . Homero, Ilíada, lib. 20, vers. 5.
[3] . Homero, Ibid. vers. 33.
[4] . Homero, Ibid. vers. 56.

lunes, octubre 23, 2006

Leda, Cástor, Pólux, Helena y Clitemnestra

Leda, mujer de Tíndaro, rey de Esparta, fue amada por Júpiter.[1] Este dios transformado en cisne y perseguido por un águila, fue a echarse entre los brazos de Leda y al cabo de nueve meses ella dio a luz dos huevos, de uno de los cuales salieron Pólux y Helena y del otro Cástor y Clitemnestra. El primero de estos huevos fue la fuente de todos los males que sufrieron los troyanos.Digamos dos palabras de Clitemnestra. Agamenón la desposó y tuvo a Orestes, después partió hacia la guerra de Troya y dejó junto a ella a Egisto, su primo, con un cantor para vigilarlos. Egisto habiendo conseguido hacerse amar por Clitemnestra, se deshizo del vigilante guardián. Clitemnestra también encontró la forma de desembarazarse de su marido a su regreso de la guerra de Troya, y Orestes también habría sido víctima de esta intriga si no hubiera huido. Más tarde vengó la muerte de su padre y de su abuelo, matando con sus propias manos a Egisto y a Clitemnestra en el templo de Apolo. Orestes recibió del areópago la absolución de su crimen, favorecido por los sufragios; levantó un altar a Minerva, quien por su voz produjo el equilibrio; fue a purificarse bebiendo el agua de Hipocrene. Pero el recuerdo de su crimen lo perseguía por todas partes, el furor lo poseía y al consultar el oráculo para encontrar el medio de su
liberación, tuvo por respuesta que debía de ir a Táuride, país de los escitas, robar la estatua de Diana, llevarse a su hermana Ifigenia con él y bañarse en un río que contenía agua de siete manantiales. Durante este viaje había conservado su cabellera en señal de duelo, se la cortó en Táuride y el lugar donde la depositó fue llamado Acem.
Algunos también dicen que lo hizo cerca de una piedra la cual fue la base del largo río Giteo en Laconia,[2] cuando el furor se le pasó. Al regresar dio su hermana Electra en matrimonio a su amigo Pílades y después de matar a Neoptólemo, hijo de Aquiles, él mismo desposó a Hermíone de la que tuvo a Tisámeno. También encontró el medio de reconciliarse con Erígone, hija de Egisto, y tuvo de ella a Pentilo; finalmente murió por la mordedura de una serpiente.
Tomando las cosas por la letra ¿cuántas absurdidades no se encontrarían allí? Pero llevadas a la alegoría de donde sacan su origen, todos estos pretendidos crímenes de la familia de Orestes y todas estas absurdidades se desvanecen. Explicaremos lo que se ha de entender por Agamenón cuando hablemos de la guerra de Troya. Clitemnestra, su esposa, era hija de Júpiter y Leda y no
de Tíndaro y Leda, pero nació en el palacio de este último, si creemos a Homero y a Apolonio, lo que hace dar el nombre de tindáridos a Cástor y Pólux, hermanos de Clitemnestra. Esculapio también nació de un huevo, hijo de la cuervo Coronis, los autores de la ficción de Esculapio y de la de Leda, tenían el mismo objetivo a la vista, es decir, la materia de la obra hermética, que muchos autores han llamado huevo, lo que hace decir a Flamel:[3] el horno es la casa y el habitáculo del pollo. Hermes en su libro de los siete capítulos, llamados por Flamel los siete sellos egipcios, dice que de la materia de la obra debe de nacer un huevo y de
este huevo un pájaro. Basilio Valentín ha empleado la a
legoría del cisne en su sexta y su novena llaves. Raimon Llull[4] nos enseña que el hijo filosófico se dobla en forma de huevo en el vaso, como dice Ripley: llamamos huevo a nuestra materia porque lo mismo que un huevo está compuesto de tres substancias, a saber, lo amarillo, lo blanco y la pequeña piel que los envuelve, sin comprender
allí la cáscara, asimismo nuestra materia está compuesta de tres, a saber, azufre, sal y mercurio. De estos tres debe
nacer el pájaro de Hermes, o el hijo filosófico, administrándole un fuego parecido al de la gallina que incuba. Moscus[5] se expresa de manera que no deja ninguna duda sobre la explicación de la fábula de Leda y la de Coronis: Yo os declaro –dice– que no se puede hacer ningún instrumento si no es con nuestro polvo blanco, estrellado, brillante y con nuestra piedra blanca, pues es de este polvo que se hacen los materiales propios para formar
el huevo. Sin embargo los filósofos sólo nos han querido decir mediante alegorías y ficciones, lo que era este huevo o el pájaro que lo ha engendrado; pero éste es primero huevo de cuervo (Coronis) y después huevo de cisne (Leda).
Pero ¿porqué Leda da a luz dos huevos? Y ¿porqué de cada huevo salen dos hijos, uno macho y otro hembra? Y es que el autor de esta fábula ha tenido a la vista las dos operaciones de la gran obra y que tanto en la una como en la otra el color pasa por el blanco y por el rojo; el blanco llamado con nombres de mujeres, Luna, Eva, Diana, etc, y el rojo, Apolo, Sol, Adam, macho, etc. Así mismo Filaleteo[6] llama color rojo a lo amarillo del huevo y color blanco a lo blanco. Además nada es tan común en los tratados de filosofía hermética como las alegorías del hermano y la hermana gemelos y, en consecuencia, nacidos de un mismo huevo, del que habla Servilio en la Turba en estos términos: Sabed que nuestra materia es un huevo. La cáscara es el vaso y dentro está el blanco y el rojo, macho y hembra. Dejad que lo incube su madre durante siete semanas, o nueve días, o tres días [...] allí se hará un pollito con la cresta roja, el plumaje blanco y los pies negros. Tal es, pues, la materia de estos huevos y de los hijos que de allí salen.
Clitemnestra es esposa de Agamenón, y su hijo Orestes se vuelve matricida en el templo de Apolo, estando todas las puertas cerradas. Un crimen tan odioso más bien hubiera merecido ser enterrado en las tinieblas del olvido que ser conservado para la posteridad, si hubiera sido real; pero dichosamente es puramente fabuloso y una necesaria continuación de la alegoría que le ha precedido. Este pretendido crimen se encuentra en casi todos los tratados de filosofía hermética; en ellos nada es más común que las alegorías de un hijo que mata a su madre.[7] Es tanto la madre que destruye a su hijo, como un hijo que mata a su padre; un hermano que devora a su hermana y la resucita,[8] en fin, otras tantas ficciones y metáforas de muertos, homicidas, patricidas, etc, todas estas se ven en los diferentes tratados sobre la gran obra y todas están en
las fábulas. Allí se encuentran incestos del padre con la hija, del hijo con la madre, del hermano con la hermana, como por ejemplo los de Cinira, Edipo, Jocasto, etc.
Para convencerse mejor de la inmediata relación que la fábula de Orestes tiene con la confección de la piedra de los Sabios, es suficiente señalar y sospesar todas sus circunstancias. ¿Por qué mató Orestes a su madre en el templo de Apolo, y notadlo, con las puertas cerradas? ¿No es precisamente este templo el vaso donde se forma, donde reside, donde es honrado y como adorado el Sol, el Apolo filosófico? Si la puerta de este templo o este vaso no estuviera cerrada, clausurada, sellada y bien zulacada, los espíritus volátiles, que buscan escaparse, no actuarían; Clitemnestra huiría; Orestes, o la parte fija, no podría matar, es decir, fijar al volátil; la putrefacción llamada mercurio, muerte, destrucción, sepulcro, tumba, indicada por la muerte de Clitemnestra, no sucedería y la obra quedaría imperfecta. Orestes sólo fue absuelto de su crimen con la condición de que fuera a lavarse y a purificarse en las aguas de un río compuesto de siete manantiales, lo que indica perfectamente el mercurio de los sabios, puesto que, como dice Espagnet:[9] Tan pronto como se consigue entrar en el jardín de las hespérides, se encuentra en la puerta una fuente que se extiende por todo el jardín y que está compuesta de siete manantiales. Se dice que el volátil está significado por las mujeres, así, cuando la fábula dice que Orestes se llevó a su hermana Ifigenia de Táuride, es como si se dijera que la parte volátil es llevada desde la parte superior del vaso donde circulaba, hasta el
fondo donde es fijada con la parte fija representada por Orestes, cuyo furor, o desconcierto, significan la volatilización, pues el fijo debe de ser volatilizado antes de adquirir una fijeza permanente, según este precepto de los filósofos: volatilizad al fijo y fijad al volátil. Es por lo que el oráculo le ordenó ir al templo de Diana, porque el color blanco llamado Diana por los filósofos, indica el principio de la fijeza de la materia del magisterio. ¿Cómo se explicaría este interés de los autores en señalar que Orestes conservó sus cabellos, lo mismo que Osiris, durante un cierto tiempo, y porqué Hesíodo llama a Dánae ninfa de los bellos cabellos? Si ello no significa nada en cuanto a la historia y a la moral, si que es verdad que se convierte en un precepto para la conducción de las operaciones de la gran obra. Los cabellos son considerados más o menos como una cosa superflua, la materia del magisterio parece tener alguna cosa de inútil y de superflua, pero Geber dice:[10] Nuestro arte no consiste en una pluralidad de cosas; nuestro magisterio consiste en una sola materia a la cual no añadimos nada extranjero y no disminuimos nada; quitamos solamente lo superfluo en la preparación. Lo que Filaleteo expresa así: Considerad que este término de Geber, superfluo, es equívoco porque en verdad significa una cosa superflua, pero es un superfluo muy útil para la obra, que sin embargo es preciso quitar en cierto momento. Acordaos bien de esto, pues es un gran secreto. Así mismo muchos filósofos han dado el nombre de cabellos a esta materia, lo que ha inducido a error a un gran número de químicos, que han tomado a los cabellos por la materia de la obra hermética. Estos cabellos de Orestes deben ser conservados durante su viaje, es decir, hasta la fijación del Orestes volatilizado, que sólo se los cortará cuando haya llegado a la piedra acem, es decir, a la materia vuelta fija como una piedra, pues entonces es un remedio para las enfermedades del cuerpo humano, como así lo indica la etimología de la palabra acem, que viene de άκος, remedio. Para terminar el artículo de Orestes es suficiente decir que era uno de los descendientes de Pélope, a quien los dioses habían hecho un presente que consistía en un carnero con la piel de oro. [1] . Eurípides y Ovidio, Epístola de Helena a Paris. [2] . Pausanias, Laconia. [3] . Flamel. Explicación de las Figuras Jeroglíficas. Cap. 3. [4] . Raimon Llull. De la quinta esencia. [5] . Moscus. La Turba. [6] . I. Filaleteo, La Verdadera Confección de la Piedra. [7] . Flamel, en su Explicación de las figuras, La Turba, etc, Raimon Llull, Codicilio. [8] . Carta de Aristeo. [9] . Espagnet. Canon, 52. [10] . Geber, La Suma.