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sábado, mayo 03, 2008

Dual dioses (5)



VERTUMN
O <><><> PROTEO Proteo no es otra cosa que el espíritu universal de la naturaleza, espíritu ígneo expandido en el aire, el agua lo recibe del aire y lo comunica a la tierra. Se especifica en cada reino de la naturaleza, corporificándose y tomando diversas formas según las matrices donde queda depositado. Cuando se le sabe atar y agarrotar, dicen los filósofos, esto es, corporificarlo y fijarlo, puede hacerse con él lo que se quiera; entonces anuncia el porvenir, ya que se presta a las operaciones, por medio de las que podréis producir lo que os proponéis. Loa químicos herméticos hacen de él la piedra y el elixir, tanto para la transmutación de los metales como para conservar la salud a aquellos que la tienen bien y devolvérsela a aquellos que están enfermos.


 
  LUNA <><><> SELENE La luna hermética es de dos tipos:
La primera es su agua mercurial, llamada Isis, madre y principio de las cosas, por ello Apuleyo la ha llamado Naturaleza, haciéndole decir que es una y todas las cosas. De esta Luna se forma la otra, o la Isis hermana y mujer de Osiris, es decir, esa misma agua mercurial volátil reunida con su azufre y llevada al color blanco, después de haber pasado por el color negro o Putrefacción. 

  PAN <><><> PAN (de las Fábulas) Todas las naciones están de acuerdo en considerar al macho cabrío como el símbolo de la fecundidad. Era aquel Pan o principio fecundante de la naturaleza, es decir, el fuego innato, principio de vida y de generación. Por esta razón los egipcios tenían consagrado el cabrón a Osiris. Eusebio, explicando un jeroglífico egipcio, dice: Cuando quieren representar la fecundidad de la primavera y la abundancia de la que es fuente, ponían un niño sentado sobre un macho cabrío y vuelto hacia Mercurio. Yo vería en ello, como los sacerdotes, la analogía del Sol con Mercurio y la fecundidad, de la que la materia de los filósofos es el principio en todos los seres, es esta materia, espíritu universal, corporificada, principio de vegetación, que se vuelve aceite en la oliva, vino en el racimo de uvas, goma resina en los árboles, etc. Si el Sol por su calor es un principio de vegetación, lo hace excitando el fuego adormecido en las simientes, donde permanece como entorpecido hasta que sea despertado y animado por un agente exterior. Es lo que sucede también en las operaciones del arte hermético donde el mercurio filosófico trabaja mediante su acción sobre la materia fija, donde este fuego innato está como en prisión, lo desarrolla rompiendo sus ligaduras y lo pone en estado de actuar para conducir la obra a su perfección. Esto es este niño sentado sobre el cabrón y al mismo tiempo la razón por la que se vuelve hacia Mercurio. Osiris, siendo este fuego innato no difiere de Pan, también el macho cabrío estaba consagrado tanto al uno como al otro. Por la misma razón este también era uno de los atributos de Baco. 

HÉRCULES <><><> HERACLES Hércules también es el nombre que los alquimistas dan a sus
espíritus metálicos, disolventes, diferentes, sublimantes, corruptivos y coagulantes; contemplan los trabajos de Hércules como símbolo de la Gran Obra o de las operaciones de la Piedra Filosofal. […] Aquellos que están al tanto harán fácilmente la aplicación. Anteo, por ejemplo, ese gigante tan temible, hijo de la Tierra, al que Hércules no pudo vencer en tanto aquel tocara la Tierra, su madre, pero que fue vencido al ser levantado en el aire, representa la tierra metálica grosera, que no puede devenir propia a la tintura de los metales sino después de haber sido sublimada por el Mercurio o por los espíritus sublimantes representados por Hércules. Esta tierra después de haber sido sublimada ha de morir o ser sofocada en los aires, es decir, ha de cambiar de figura, de forma y de naturaleza, ha de ser cambiada a favor acuoso y después recaer para ser corrompida y, a continuación, resucitar de sus cenizas, como el Fénix. Todos los libros de los Filósofos lo dicen: […] “Aquel que sabrá convertir nuestra tierra en agua, esa agua en aire, ese aire en fuego y ese fuego en tierra, poseerá el magisterio de Hermes, que no es otro que la Piedra Filosofal”. Pero, más comúnmente, Hércules es el símbolo del Artista que emplea el Mercurio Filosófico para hacer todo lo que a este se atribuye.

lunes, julio 02, 2007

(Artículo del traducctor) Referente a Isis y la Negrura (solve et coagula)


En el capítulo “Historia de Isis” Pernety nos aporta la descripción que Apuleyo hace de esta diosa en su obra “El Asno de Oro”,[1] al que remito al lector para que pueda coger la punta de hilo del ovillo que intento desmadejar. Sólo destacaré de esta descripción los detalles de la corona donde dice que: En medio, por delante, aparecía una especie de globo en forma casi de espejo que despedía una luz brillante y plateada como la de la Luna. A la derecha y la izquierda de este globo se levantaban dos ondulantes víboras, como para engarzarlo y sostenerlo y de la base de la corona salían espigas de trigo. Luego un poco más adelante y hablando de la resplandeciente ropa dice que toda ella está cubierta por... una toga destacable por su gran negrura que pasaba desde el hombro izquierdo por debajo del brazo derecho y ondeaba en muchos pliegues descendiendo hasta los pies. En la explicación que Pernety nos da de esta descripción afirma que este relato es una alegoría de la obra: Su corona y los colores del hábito lo indican en general y en particular. Isis pasó por ser la Luna, la Tierra y la Naturaleza. Su corona formada por un globo brillante como la Luna lo anuncia claramente. Las dos serpientes que sostenían este globo son las mismas de las que hemos hablado en el primer capítulo de este libro, explicando el monumento de A. Herenuleio Hermes. El globo también es la misma cosa que el huevo de ese monumento. Veamos qué dice Pernety respecto a dicho monumento, especialmente lo que concierne a las dos serpientes:[2] Las dos serpientes –dice– son los dos principios del arte sacerdotal o hermético uno macho o fuego, tierra fija o azufre, el otro hembra, agua volátil y mercurial, que los dos concurren en la formación y generación de la piedra hermética, que los filósofos llaman huevo y pequeño mundo. [...] También se puede explicar el huevo como el vaso en el cual se forma el huevo, mediante el combate del fijo con el volátil que se reúnen uno y otro formando un todo fijo llamado oro filosófico o sol hermético. [...] La mayoría de filósofos que han tratado esta ciencia han representado sus dos principios bajo el símbolo de dos serpientes. Anteriormente, en el capítulo de “la Historia de Osiris”, ya afirmaba que: los egipcios entendían por Isis y Osiris tanto la sustancia volátil y la sustancia fija de la materia de la obra, como el color blanco y el rojo que toma en las operaciones. Volvamos a la explicación que Pernety da a la descripción de Isis hecha por Apuleyo: Los colores que sobrevienen a esta materia durante las operaciones están expresamente representados en la vestimenta de Isis. Una toga o larga ropa sorprendente por su gran negrura cubre totalmente su cuerpo dejando percibir solamente por lo alto otra ropa de lino fino, primero blanco, después azafranado y finalmente el color del fuego. Los filósofos llaman al color negro el negro más negro que el mismo negro, nigrum nigro nigrius. Homero da un parecido a Tetis cuando se dispone ir a solicitar los favores y la protección de Júpiter para su hijo Aquiles. No había en el mundo, dice este poeta, vestimenta más negra que la suya[3]. El color blanco sucede al negro, el azafranado al blanco y el rojo al azafranado, precisamente como lo relata Apuleyo.[4] Vamos a ver ahora un texto actual en el que se explica la obra a partir del descenso de Ulises a los infiernos con el fin de consultar al ciego Tiresias, ya que es lo que la maga Circe le había recomendado, a fin de que Ulises recibiera consejo del adivino Tiresias. Se trata del capítulo titulado LA NEKUIA O LA EVOCACIÓN DE LOS MUERTOS, del libro EL HILO DE PENÉLOPE de Emmanuel d’Hooghvorst (EH).[5] Tiresias es tebano y EH dice: Tebas tenía siete puertas y estas puertas eran de electrum. Siendo siete el número del alma del mundo o alma creadora, no es difícil sospechar que estas siete puertas no eran más que una, cuyo misterioso electrum era el más bello ornamento. Pero ¿quién era Tiresias y por qué se había quedado ciego? Su leyenda nos ha sido transmitida por Ovidio en el tercer libro de sus Metamorfosis. La citamos íntegramente: [...] Cuentan que casualmente Júpiter, aliviado por el néctar, había dejado de lado sus pesadas preocupaciones y se había entregado a dulces entretenimientos con la despreocupada Juno y había dicho: «Verdaderamente, es mayor vuestro placer que el que corresponde a los varones». Ella lo niega; les pareció bien investigar cuál era la opinión del sabio Tiresias pues este tenía conocimiento de los placeres de ambos sexos. En efecto, con un golpe de bastón había golpeado los cuerpos de dos grandes serpientes que se apareaban en un verde bosque y, convertido de hombre en mujer, ¡oh, hecho admirable!, había vivido siete otoños; en el octavo, vio de nuevo a las mismas y dijo: «Si es tan grande el poder de vuestra herida que cambia la condición del que ha golpeado en lo contrario, también ahora os voy a herir». Golpeadas las mismas serpientes, volvió a su figura anterior y apareció el aspecto con el que había nacido. Tomado por tanto éste como árbitro de la burlesca contienda, confirma las palabras de Júpiter; se dice que la hija de Saturno se enfadó más de los justo y en proporción inversa al motivo, y condenó a una noche eterna los ojos de su juez. Pero el padre todopoderoso, pues no está permitido a ningún dios invalidar las acciones de otro dios, en compensación de la luz de la que había sido privado le concedió el don de conocer el futuro y suavizó el castigo con tal honor.[6] ¿Por qué era necesario que Ulises fuera a consultar el decir de Tiresias? El Hue, uno de los nombres del alma del mundo, ¿no tiene que bajar al infierno mineral para liberar la simiente del oro que se encuentra allí enterrada? Ciertamente el alma del mundo no es otra cosa que el famoso disolvente quymico que tantos buscadores se empeñan vanamente en inventar. Es la sustancia misma del oro que se ha hecho palpable en el electrum; éste es el famoso secreto ancestral, el fundamento de la obra que disuelve el oro vil tan simple y suavemente como el hielo se funde poco a poco en agua templada.[7] [...] En primer lugar se leerá Tiresias el ciego en ese pote que selló Juno, o el aire que fluye en dote de oro. Tengo negrura, dice este pote, pues su contenido no puede ser contemplado antes del tiempo del Arte: éste es el color negro tan descrito en los libros. Sin embargo, es como una mancia ciega, como una pre-dicción, pues en esta admirable conjunción, el discípulo puede contemplar en un relámpago el genio de la Obra La unión de las dos serpientes expresa el solve y el coagula que son como la mujer para el solve, que se convierte en hombre en la coagulación. He aquí a los dos sexos sucesivos de Tiresias; el número siete, como ya lo hemos propuesto, firma la acción creadora del alma del mundo. Añadamos que las serpientes entrelazadas son como la medida dada a lo ilimitado. Dar medida al sin límite es el Arte bajo todas sus formas. Por ejemplo, la palabra da medida y forma al pensamiento... al igual que la pura medida del sueño divino del oro que voló, se fija en un cuerpo admirable y resplandeciente. Es así como el oro vil vuelve a encontrar una naturaleza y un cuerpo celestes. Todo ello se realiza en el atanor donde humeó esta hembra descendida de negro penetrante, purgando el dolo de la edad de hierro. ¡Qué poeta, aquel discípulo del Arte que prepara y dispone este comercio donde Isis y Osiris se conocerán, dos en uno, leído Pan! Es la edad de oro madurando en un pote. Los novios del Arte son, pues, como dos sentidos, el solve y el coagula leídos en uno solo. Sin quymica este oro vil no se regenera. Como puede apreciar el lector sólo un conocedor puede interpretar la cosa de la que hablan los Sabios, y que siempre es la misma, bajo la vestidura de sus textos. Emmanuel d’Hooghvorst nos muestra claramente lo que es este Arte, a partir de Isis, es decir, como él mismo dice en un aforismo: Este libro tiene doble sentido con o sin Isis.[8] Y así lo expresa en un fragmento del tomo dos del Hilo de Penélope:[9] El Gran Arte es una santa aventura conocida en Egipto, tumba de Osiris. Lo que allí se encuentra completamente crudo ha de cocerse en larga paciencia ¿De dónde se saca el mercurio que enciende la mecha del saber? De una negra nube que yerra perdida.
[1] . Apuleyo, Metamorfosis o el Asno de Oro, lib.11 [2] . El lector lo puede encontrar en la primera entrada de Los Jeroglíficos Egipcios. [3] . Este suceso de Tetis y Aquiles será motivo de una comparación más minuciosa en próximos artículos. [4] . Esta sucesión de colores también es confirmada por Louis Cattiaux en el Mensaje Reencontrado, ed. Sirio, o también en Amazón .com, editado por Beyaeditions. Libro IV, versículo 47: El blanco en el negro y el rojo en el blanco, he aquí toda la creación presente. [5] . Emmanuel d’Hoogvorst, El Hilo de Penélope I, Arola Editors, Tarragona 2000, p. 83. [6] . Ovidio, Metamorfosis, III, 318-338. [7] . El Hilo de Penélope I, p.84. [8] . El Hilo de Penélope I, aforismo 104, p. 349. [9] . El Hilo de Penélope II, Arola Editors, Tarragona 2006, p. 19.

viernes, mayo 25, 2007

Las Lluvias de Oro

Los poetas a menudo han hablado de las lluvias de oro y algunos autores paganos han tenido la debilidad de relatar como verdad que cayó una lluvia de oro en Rodas, cuando el Sol se acostó con Venus. Se perdonaría esto a los poetas, pero lo que Estrabón nos dice[1] que llovió oro en Rodas cuando Minerva nació de la cabeza de Júpiter, no podría pasárselo. Muchos autores nos aseguran en verdad que en tal o cual tiempo llovieron piedras, fango o algún licor parecido, o insectos. Mucha gente atestigua aún hoy día haber visto llover pequeñas ranas, que caían en abundancia sobre sus sombreros, mezcladas con una lluvia naranja y que habían visto una cantidad tan grande de ellas que la tierra se veía casi totalmente cubierta. Sin entrar en la búsqueda de las causas físicas de tales fenómenos y sin querer contradecirles o aprobarlos, porque no viene al caso en este tratado, yo diría solamente que esto puede ser, pero en cuanto a una lluvia de oro sería conveniente certificarlo, no creo a nadie tan crédulo como para creerlo sin haberlo visto. Es preciso, pues, considerar esta historia como una alegoría.

En efecto, se puede llamar lluvia de oro, a una lluvia que produciría el oro, o a una materia propia para hacerlo, como el pueblo dice tan comúnmente que llueve vino, cuando viene una lluvia en el tiempo en que se desea, ya sea para enternecer la raíz en las viñas o bien para hacerla crecer. Es precisamente lo que llega por la circulación de la materia filosófica en el vaso donde está encerrada. Se disuelve y habiendo subido en vapores hacia lo alto del vaso se condensa y recae en lluvia sobre lo que queda en el fondo. Es por esto que los filósofos han dado algunas veces el nombre de agua de nube a su agua mercurial. Así mismo han llamado Venus a esta parte volátil y Sol a la materia fija. Nada es tan común en sus obras como estos nombres. Nuestra Luna –dice Filaleteo– que hace en nuestra obra la función de hembra, es de la raza de Saturno, es por lo que algunos de nuestros autores la han llamado Venus.
Espagnet ha hablado muchas veces de esta agua mercurial bajo el nombre de Luna y de Venus, y ha expresado perfectamente esta conjunción del Sol y de Venus, cuando dice:[2] La generación de los hijos es el objeto y el fin del legítimo matrimonio. Pero para que los hijos nazcan sanos, robustos y vigorosos es preciso que los dos esposos lo sean también, puesto que una simiente pura y limpia produce una generación que se le parece. Es así como deben ser el Sol y la Luna antes de entrar en el lecho nupcial. Entonces se consumirá el matrimonio y de esta conjunción nacerá un poderoso rey, del que el Sol será el padre y la Luna la madre. También ha dicho[3] que la Luna de los filósofos es su Mercurio y que le han dado muchos nombres,[4] entre otros los de tierra sutil, agua de vida, agua ardiente y permanente, agua de oro y de plata, en fin de Venus Hermafrodita. Sólo este epíteto explica muy claramente de qué naturaleza y substancia está formada esta pretendida diosa y la idea que se le debe unir, puesto que el nombre de Hermafrodita ha sido hecho según parece de Ερμης, Mercurius, y de Αφρός spuma, como si se dijera espuma del mercurio. Es sin duda por esto que la fábula dice Hermafrodita hija de Mercurio y de Venus. Se ha fingido que esta conjunción del Sol con Venus se hizo en Rodas porque la unión del Sol y del Mercurio filosóficos se hace cuando la materia empieza a enrojecer, lo que está indicado por el nombre de esta isla que viene de ρόδον, rosa. La materia fija o el oro filosófico, que tras haber sido volatilizado recae en lluvia, ha tomado, pues, con razón el nombre de lluvia de oro, sin esta lluvia el hijo hermético no se formaría.
Una lluvia parecida se hizo ver cuando Palas nació de la cabeza de Júpiter y esto por la misma razón, pues Júpiter no habría podido acostarse con ella si Vulcano o el fuego filosófico no le hubiera servido de sabia-hembra. Si se considera a Palas en esta ocasión como la diosa de las ciencias y del estudio, se puede decir, en cuanto al arte hermético, que se tendría en vano la teoría mejor razonada y la materia misma del magisterio llamada virgen, hija del mar, o del agua, o de Neptuno y del pantano Tritonis, pues jamás se tendría éxito al hacer la obra si no se empleara la ayuda de Vulcano o fuego filosófico.

En consecuencia algunos poetas han figurado que Palas se resistió vigorosamente a Vulcano, que quería violentarla, y al caer la simiente de éste en tierra, nació un monstruo que fue llamado Erictonio, que tenía figura humana desde la cabeza hasta la cintura y de dragón en toda la parte inferior. Este Erictonio es el resultado de las operaciones de los artistas ignorantes que ponen mano a la obra sin saber los principios y quieren trabajar a pesar de Minerva. Sólo producen monstruos, incluso con la ayuda de Vulcano. El abad Banier pretende[5] que este Erictonio fue realmente un rey de Atenas que sucedió a uno llamado Anfictión, su competidor, por el cual había sido vencido. Este Anfictión había sucedido a Cranao y éste a Cecrops, que vivía, según los intérpretes de los mármoles de Arondel, que son la cronología de Censorin y de Denis de Halicarnaso, 400 años antes de la toma de Troya.
El abad Banier rechaza esta cronología porque no es propia para confirmar su sistema y asegura que estos autores retroceden mucho la llegada de Cecrops a Grecia. Determina, pues, esta llegada en 330 años antes de la guerra de Troya.[6] Pero este mitólogo ha olvidado su propio cálculo algunas páginas después, donde hablando de la llegada de Deucalion a Tesalia, fija la época en el noveno año del reinado de Cecrops, es decir –dice nuestro autor–[7] hacia el año 215 o 220 antes de la guerra de Troya. Lo que produce un error de 110 años al menos en su misma cronología. Pero aún cuando esto pasara ¿se creería su palabra, cuando dice[8] que Erictonio había pasado por ser hijo de Minerva y de Vulcano porque había sido expuesto en un templo que les había sido consagrado? ¿Una tal exposición podría proporcionar materia a la fábula que da a Erictonio un origen totalmente infame? En esta ficción no hay ninguna circunstancia que tenga la menor relación con esta exposición. La misma continuación de la fábula, que dice que Minerva viendo a este niño con las piernas de serpiente, encargó su cuidado a Aglaura, hija de Cecrops quien, en contra de la prohibición de Minerva, tuvo la curiosidad de mirar en la canastilla donde estaba encerrado y fue castigada mediante una pasión de celos contra su hermana, de la que Mercurio era amante. Y que habiendo querido un día impedir que este dios entrara en la cámara donde su hermana Hersé estaba, la golpeó con su caduceo y la convirtió en roca. Esta continuación de la ficción muestra bien claro que es una pura fábula y que sólo se puede explicar alegóricamente. 

 No se puede suponer que Palas, Vulcano, Mercurio y las hijas de Cecrops hayan vivido juntos, aunque se consideraran a unos y otros como personas reales, creo que no se me exigirá que de prueba de ello. Pero si se pone atención a la relación que esta fábula puede tener con el arte hermético, se encontrará primeramente a dos dioses y una diosa que le pertenecen de tal manera que son absolutamente necesarios, saber la ciencia de este arte y la prudencia para conducir el régimen del fuego y de las operaciones; en segundo lugar, el fuego filosófico o Vulcano, seguidamente el Mercurio de los sabios. Si el artista anima y empuja mucho este fuego, es Vulcano que va a violentar a Palas, a la que los filósofos a menudo han tomado por la materia. A pesar de la resistencia de esta virgen, Vulcano actúa siempre, abre la materia de los filósofos y la disuelve. Esta disolución sólo puede hacerse por esta especie de combate entre la materia filosófica, llamada virgen, como lo hemos probado más de una vez, y el fuego. Pero ¿qué resulta de ello? Un monstruo que se llama Erictonio, porque este mismo nombre designa la cosa, es decir, la disputa y la tierra.
No sorprenderá que éste sea un monstruo cuando se le relacione con los otros de la fábula, Cerbero, la Hidra de Lerna, los diferentes dragones que se mencionan en las otras fábulas y que significan la misma cosa que Erictonio, es decir, la disolución y la putrefacción, que se dice con razón hijo de Vulcano y de la tierra, puesto que esta putrefacción es la de la misma tierra filosófica y un efecto de Vulcano o del fuego de los sabios. Es pues la simiente de Vulcano que produce a Erictonio. Y si se dice que Aglaura fue encargada por Minerva de su cuidado, sin que le fuera permitido mirar lo que la cestilla contenía, se entiende bien que una tal condición que volvió la cosa imposible, sólo puede haber sido inventada en vistas de una alegoría, así mismo como su transformación en roca. Es, en efecto, una manera de aludir al progreso de la obra hermética. Aglaura significa gloria, esplendor y los filósofos llaman con este nombre a su materia llegada al blanco a medida que desaparece la negrura; este intervalo entre el blanco y el negro es el tiempo de la educación de Erictonio. Y si Mercurio la transformó en roca es que la misma materia se coagula y se vuelve piedra cuando llega a este estado de blancura resplandeciente de la que acabamos de hablar; es por lo que los filósofos la llaman entonces su piedra al blanco, su Luna, etc. Al ser el Mercurio el agente principal, produce esta metamorfosis. Se supone a este dios amante de Hersé, hermana de Aglaura, porque Ερση significa el rocío y el Mercurio filosófico circula entonces en el vaso y recae como un rocío.
De una tercera lluvia de oro nació un héroe, pero un héroe más famoso que Erictonio. Danae fue encerrada en una torre de bronce por su padre Acrises, porque había aprendido del oráculo que el hijo que naciera de su hija lo privaría de la corona y de la vida y no quería oír ninguna proposición de matrimonio para ella. Júpiter fue preso de amor por esta bella prisionera. La torre estaba bien cerrada y bien guardada, pero el amor es ingenioso. Júpiter, acostumbrado a las metamorfosis, se transformó en lluvia de oro y se deslizó por este medio en el seno de Danae, que de esta visita concibió a Perseo. Perseo concebido en Danae de una lluvia de oro. (Ovidio, Metamorfosis, lib. 6) Al hacerse grande este hijo de Júpiter, entre otras hazañas, cortó la cabeza de Medusa y se sirvió de ella para petrificar a todo aquel que se la presentaba. De las gotas de sangre que manaron de la herida de Medusa nació Crisaor, padre de Gerión, con tres cuerpos; algunos dicen tres cabezas.
La explicación de esta fábula será muy fácil para quien quiera recordar las que hemos dado de otras lluvias de oro. Se conoce fácilmente que Danae y la torre son la materia y el bronce de los filósofos que ellos llaman cobre, latón o letón; que la lluvia de oro son las gotas de agua de oro o el rocío aurífico que suben en la circulación y recaen sobre la tierra que está en el fondo del vaso. Así mismo se podría decir con los mitólogos que Júpiter es tomado por el aire, pero es preciso entenderlo aquí como el color gris llamado Júpiter, porque la lluvia de oro se manifiesta durante el tiempo que la materia pasa del color negro al gris.
Perseo es el fruto que nació de esta circulación. No veo sobre qué fundamento el abad Banier saca la etimología de Perseo de la palabra hebrea Paras, es verdad que significa caballero y que Perseo montó sobre un caballo. Pero ¿por qué los griegos habrían ido a buscar en la lengua hebraica los nombres que la lengua griega les proporciona abundantemente? De las gotas de sangre de Medusa nació Crisaor y de éste Gerión.
Es como si se dijera que del agua roja de los filósofos, que Pitágoras llama sangre,[9] como también otros adeptos, y Raimon Llull con Ripley vino rojo, nace el oro o el azufre filosófico. Se dice además que Crisaor viene del griego χρυσός aurum. Este oro disuelto en su propia agua roja como la sangre, produce el elixir o Gerión, con tres cuerpos o tres cabezas, porque está compuesto con la combinación exacta de los tres principios azufre, sal y mercurio. Ya explicaré más extensamente esta fábula en el capítulo de Perseo. Podría haber puesto algunas otras en este segundo libro, pero por estas se pueden juzgar las otras. No me he propuesto hacer una mitología entera, es suficiente para probar mi sistema explicar las principales y más antiguas. Además tendré ocasión de pasar revista a un gran número de ellas en el siguiente libro, que tratará de la genealogía de los dioses.

[1] . Estrabón, lib. 14.
[2] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 27.
[3] . Aquel que explica la Luna de los filósofos, o el Mercurio de los filósofos como si fuera mercurio vulgar, o bien engaña conscientemente a otro, o bien se engaña a sí mismo. Espagnet, can. 44.
[4] . Al Mercurio de los filósofos se le llama con diferentes nombres; tan pronto se le llama tierra, como se le llama agua, por diversos motivos y sobre todo porque está compuesto naturalmente de una y otra. Esta tierra es sutil, blanca, sulfurosa, los elementos están fijos en ella y el Oro filosófico está allí en estado de simiente, mientras que el agua es un agua de vida, es decir, ardiente, permanente, extremadamente límpida, a la que también se llama agua del oro y de la plata. El Mercurio del que tratamos aquí, que todavía contiene su azufre, que se multiplica por medio del Arte, también puede ser llamado Azufre de plata viva. En fin, esta sustancia tan preciosa es la Venus de los antiguos y el Hermafrodita, dotado de los dos sexos. Espagnet, can. 46.
[5] . Banier, t. 3, p. 39.
[6] . Banier, ibid. p. 37.
[7] . Banier, ibid. p. 42.
[8] . Banier, ibid. p. 40.
[9] . Y de las cuatro partes se eleva el bronce, la herrumbre, el hierro, azafrán, oro, sangre y adormidera. Y la Turba: sabed que nuestra obra tiene muchos nombres: hierro, bronce, plata rojo sangre y rojo muy altanero, etc. La Turba.

domingo, mayo 13, 2007

La Cierva de los Cuernos de Oro y los Pies de Bronce



La historia de la caza de la cierva de los cuernos de oro y de los pies de bronce es tan manifiestamente una fábula que ningún mitólogo, pienso yo, se empeñará en tratarla de otra manera. El mismo abad Banier[1] ha sentido bien que los cuernos, y más los cuernos de oro dados a una cierva, que no suelen llevar de ninguna clase, provocaban una circunstancia que convierte la historia en alegórica por lo menos y que los pies de bronce deben de hacer alusión a alguna cosa, pero ha aportado simplemente el hecho de los cuernos sin dar ninguna explicación, aunque tuvo deseos de dar esta ficción como una historia verdadera. Hubiera hecho bien en callarse también sobre los pies de bronce. Hércules –dice él– persiguió durante un año a una cierva que Euristeo le había ordenado llevársela con vida; después se publicó que tenía los pies de bronce, pero era una expresión figurada, que señalaba la rapidez con que corría. ¿Pensará el lector con este mitólogo que los pies de bronce serían apropiados para dar ligereza a un animal argumentando así su rapidez? Para mí, si hubiera querido explicar esta fábula según el sistema de este erudito, habría supuesto al contrario que el autor de esta ficción habría fingido estos pies de bronce para volver el hecho más creíble, no en cuanto a los pies de bronce mismos, sino para dar a entender figuradamente que esta cierva era de una naturaleza mucho más pesada de lo que lo son comúnmente las ciervas, en consecuencia mucho menos ligera en la carrera y más fácil de ser apresada por un hombre que la persiguiera.
Pero salvada esta dificultad le queda aún la de los cuernos de oro, la de la persecución de un año entero, la de no poder ser muerta mediante ninguna arma, ni apresada en la carrera por ningún hombre, a no ser por un héroe como Hércules, finalmente todas las otras circunstancias de esta ficción. Una historia de esta especie se volvería un cuento pueril y un hecho muy poco digno de ser puesto entre el número de los trabajos de un tan gran héroe si no encerrara algunos misterios.
Se dice que esta cierva estaba consagrada a Diana. Habitaba en el monte Ménale y no estaba permitido cazarla con perros ni con arco, era preciso cogerla durante la carrera, en vida y sin pérdida de su sangre. Euristeo encomendó a Hércules que se la llevara. Hércules la persiguió sin descanso durante un año entero y la atrapó al fin en la selva de Artemisa, consagrada a Diana, cuando este animal estaba a punto de atravesar el río Ladón. La cierva es un animal de mucha rapidez en la carrera y ningún hombre podría presumir de atraparla. Pero esta tenía los cuernos de oro y los pies de bronce, en consecuencia era menos ligera y más fácil de atrapar y a pesar de esto fue preciso un Hércules.
En toda otra circunstancia quien se atreviera a atrapar una cierva consagrada a Diana en el bosque de esta diosa, etc., se habría expuesto inevitablemente a la indignación de la hermana de Apolo, extremadamente celosa de lo que le pertenecía, castigando severamente a los que le faltaran. Pero en este caso Diana parece haber actuado en concierto con Alcides, puesto que parecía hacer lo propio para proporcionar materia a los trabajos de este héroe. El león de Nemea y el jabalí de Erimanto son prueba de ello. Hércules que lanzaba sus flechas contra el mismo Sol ¿habría temido al coraje de Diana? Pero por temerario que hubiera podido ser, él que estaba en el mundo para purgarlo de los monstruos y de los malhechores que lo infectaban, ¿habría osado atacar a los dioses si hubiera considerado a estos dioses como reales y si no hubiera sabido que eran de una naturaleza como para poder ser atacados impunemente por los hombres? El bravo Neptuno, Plutón, Vulcano, Juno. Todos buscaban su impedimento poniéndole obstáculos. Pero tales son los dioses fabricados por el arte hermético, ellos dan la inquietud al artista, pero éste los persigue a golpes de flecha o de maza y los vence al conseguir lo que se propone. En la persecución que hace a esta cierva no emplea tales armas pero el mismo oro del que están hechos los cuernos de este animal y sus pies de bronce favorecen su empresa.
Es, en efecto, lo que se necesita en el arte químico donde la parte volátil, figurada por la carrera ligera de la cierva, es volátil hasta el punto de que es preciso nada menos que una materia fija como el oro para fijarla. El autor del Rosario empleó figuradamente expresiones que significan la misma cosa cuando dice: La plata viva volátil no sirve de nada si no es mortificada con su cuerpo; este cuerpo es de la naturaleza del Sol [...] Dos animales están en nuestra selva –dice un antiguo filósofo Alemán–[2] uno vivo, ligero, alerta, bello, grande y robusto; es un ciervo, el otro es el unicornio.[3] Basilio Valentín, en su alegoría sobre el magisterio de los sabios, se expresa así: Un asno ha sido enterrado, se corrompe y se pudre; ha venido un ciervo que tiene los cuernos de oro y los pies de bronce, bellos y blancos; puesto que la cosa cuya cabeza es roja, los ojos negros y los pies blancos, constituye el magisterio. Los filósofos hablan a menudo del latón que es preciso blanquear. Este latón o la materia venida al negro por la putrefacción es la base de la obra. Blanquead el latón y romped los libros, dice Morien, el azoth (azogue) y el latón os son suficientes. Se ha figurado, pues, con razón que esta cierva tenía los pies de bronce. De este bronce eran aquellos vasos antiguos que algunos héroes de la fábula ofrecían a Minerva; el trípode que los argonautas ofrecieron como presente a Apolo; el instrumento con el que Hércules hizo ruido para cazar a los pájaros del lago Estimfalo; la torre en la cual Danae fue encerrada, etc. Todo en esta fábula tiene una relación inmediata con Diana. La cierva le está consagrada, habita sobre el monte Ménale, o piedra de la Luna, de μηνη, luna, y de λάας, lapis, piedra, ella fue presa en la selva de Artemisa que significa también Diana. La Luna y Diana son una misma cosa y los filósofos llaman Luna a la parte volátil o mercurial de su materia: el que explica la Luna de los filósofos, o el Mercurio de los filósofos como si fuera mercurio vulgar, o engaña a otros o se engaña a sí mismo.[4]
También llaman Diana a su materia llegada al blanco: No hace mucho tiempo, y hablo como entendido, que muchas personas, de alta y baja condición, han visto a esta Diana totalmente desnuda, dice el Cosmopolita en el prefacio de sus doce tratados. Es entonces que la cierva se deja coger, es decir, la materia que era volátil se vuelve fija. El río Ladón fue el término de la carrera, porque tras larga circulación se precipita al fondo del vaso en el agua mercurial, donde el volátil y el fijo se reúnen. Esta fijeza está designada por el presente que Hércules hace a Euristeo, pues Euristeo viene de ηύρυς, latus, amplus, fuerza, brillante, y de ςταω, flo, maneo, exhalar, mantenerse firme. Como se ha hecho también de Εύρυσθεύς firmiter slans, o potens, firmemente, fuerte, de Εύρύς, latus, fuerza, y de στέιος, robur, firmeza. 
Es, pues, como si se dijera que el artista, tras haber trabajado en fijar la materia lunar durante el tiempo requerido, que es el de un año, tiene éxito al hacer su Diana, o a llegar al blanco, y le da seguidamente el último grado de fijeza significada por Euristeo. Este término de un año no debe de entenderse de un año común, sino de un año filosófico, cuyas estaciones no son tampoco las estaciones vulgares. Ya he explicado lo que era esto en el tratado hermético que se encuentra al principio de esta obra y en el diccionario que le sirve de índice.
Esta persecución de un año habría de hacer suponer algún misterio oculto bajo esta ficción. Pero los mitólogos, al no estar en el caso de este misterio, no han podido ver más que lo fabuloso. 
Cada cosa tiene un tiempo fijo y determinado para llegar a su perfección. La naturaleza actúa siempre lentamente y aunque el arte pueda abreviar sus operaciones no se tendría éxito si se precipitaran mucho los procedimientos. Es en medio de un dulce calor pero muy vivo, como el de la naturaleza, que se puede premadurar una flor o un fruto, pero un calor muy violento abrasaría la planta antes que hubiera podido producir lo que se esperaba. Es preciso, pues, la paciencia y el tiempo en el artista, así como el trabajo y el gasto, dice Espagnet.[5] Ripley nos asegura en otro lugar,[6] y muchos otros, que es preciso un año para llegar a la perfección de la piedra al blanco o la Diana de los filósofos, que este autor llama cal. Nos es preciso –dice él– un año, para que nuestra cal se vuelva fusible, fija y tome un color permanente. Zachaire y la mayor parte de los filósofos dicen que son precisos 90 días y otras tantas noches para llevar la obra al rojo después del verdadero blanco y 275 días para llegar a este blanco, lo que hace un año entero, al cual el Trevisano añade siete días.
Algunos mitólogos han hecho de esta fábula una aplicación muy extraordinaria. Dicen que Hércules es la figura del Sol, que hace su curso todos los años. Pero cuando es preciso decir qué es esta cierva que el Sol persigue se quedan en el camino, ¡cuán verdad es que toda explicación falsa cojea siempre por algún lado!

[1] . Banier, t. 3, p. 276.
[2] . Rythmi German.
[3] . El dibujo aquí presentado pertenece a Lamsprink. N. del T.
[4] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 44.
[5] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 35.
[6] . Ripley, Las Doce Puertas.

martes, mayo 01, 2007

El Toisón de Oro, su explicación (4)


Hemos explicado extensamente el primero (de los trabajos) para dar una idea de los otros; es por lo que seremos más breves en los dos siguientes. Una infinidad de obstáculos y de peligros salen al paso de Jasón. Un dragón grande como un navío de cincuenta remos es el guardián del jardín donde está el Toisón de oro, es preciso que lo venza pero ¿quién osaría intentarlo sin la protección de Palas y el arte de Medea? Este es el dragón del que tanto hablan los filósofos, de los cuales es suficiente aportar solamente algunos textos. Es preciso –dice Raimon Llull–[1] extraer de estas tres cosas el gran dragón, que es el comienzo radical y principal de la alteración permanente. Y más abajo (cap. 10), Por esta razón es preciso decir alegóricamente que este gran dragón sale de los cuatro elementos (cap. 9). El gran dragón es rectificado en este licor (cap. 52). El dragón habita en todas las cosas, es decir, el fuego en el cual está nuestra piedra aérea. Esta propiedad se encuentra en todos los individuos del mundo (cap. 54). El fuego contra natura está encerrado en el menstruo fétido que transmuta nuestra piedra en cierto dragón venenoso, vigoroso y voraz que pone en cinta a su propia madre.

Son pocos los filósofos que no empleen la alegoría del dragón, se encontrarán pruebas de ello más que suficientes en toda esta obra. Este dragón, al ser un fuego, según la expresión de Raimon Llull, no es sorprendente que se haya figurado que el del Toisón de oro arrojara fuego por la boca y las narices. Sólo se puede conseguir matarlo echándole en la gola una composición narcótica y somnífera, es decir, que sólo se puede llegar a la putrefacción de la materia fija con la ayuda y la acción del agua mercurial, que parece apagarlo disolviéndola. Y sólo es por este medio que se le pueden arrancar los dientes, es decir, la simiente del oro filosófico, que debe ser sembrada seguidamente. Cada operación es una repetición de la que le precede, en cuanto a lo que se manifiesta en el progreso, es fácil de explicar la una cuando se tiene la inteligencia de la otra. Ésta comienza pues, como la precedente, por la putrefacción; el género de muerte de este dragón y los accidentes que le acompañan están expresados en el testamento de Arnau de Vilanova.[2] Espagnet dice[3] también que sólo se puede vencer al dragón bañándolo en el agua. Es esta agua límpida que Medea le da a Jasón.
 Pero no es suficiente haber matado al dragón; los toros se presentan también vomitando fuego, es preciso domarlos por el mismo medio y ponerlos bajo el yugo. Ya he explicado suficientemente en el capítulo de Apis lo que se debe entender por los toros, es decir, la verdadera materia primordial de la obra; es con estos animales que se ha de labrar el campo filosófico y echar la semilla preparada que le conviene. Jasón usa la misma estratagema para vencer al dragón y a los toros, pero el principal medio que empleó fue el de proveerse de la medalla del Sol y de la Luna.
Con este pentáculo, se está seguro de lograrlo. Se le encuentra en las operaciones precedentes, y no hay nada que los filósofos mencionen más que estas dos luminarias.
A penas que los dientes del dragón están en tierra, salen hombres armados que se matan entre ellos. Es decir que en el momento en que la semilla aurífica es puesta sobre la tierra, las naturalezas fijas y volátiles actúan la una sobre la otra; se produce una fermentación ocasionada por la materia fijada en piedra, el combate se induce, los vapores suben y descienden, hasta que todo se precipita y resulta una substancia fija y permanente, la posesión de ésta procura la del Toisón de oro. Virgilio habla de estos toros[4] en estos términos:
Este país no ha visto a toros soplando fuego por las narices, ligándolos para sembrar allí los dientes de una monstruosa hidra, ni una siega de cascos y abundantes lanzas de guerreros erizar sus campos. Unos dicen que este Toisón era blanco, otros que de color púrpura, pero la fábula nos enseña que había sido dorado por Mercurio, antes de que fuera suspendido en la selva de Marte. En consecuencia, había pasado del color blanco al amarillo, después al color de la herrumbre y al fin al color púrpura. Mercurio lo había dorado, puesto que el color citrino que se encuentra intermedio entre el blanco y el de la herrumbre es un efecto del mercurio.
Viene a propósito señalar, con Apolonio[5] que Medea y Ariadna, tanto la una como la otra nietas del Sol, suministraron a Teseo y a Jasón los medios de vencer a los monstruos contra los cuales querían combatir. El parecido que se encuentra entre las expediciones de estos dos príncipes prueba claramente que estas dos ficciones fueron imaginadas a la vista del mismo objeto. Embarcaron los dos con algunos compañeros, cuando llegó Teseo encontró un monstruo con el que combatir, el Minotauro; Jasón también tuvo que vencer a los toros. Teseo para llegar al Minotauro es obligado a pasar por todas las revueltas de un laberinto siempre en peligro de perecer; Jasón tiene que hacer una ruta no menos difícil a través de los escollos y de los enemigos. Ariadna se prenda de amor por Teseo y contra los intereses de su propio padre otorga a su amante los medios de salir victorioso de los peligros a los que debía de exponerse; Medea se encuentra en el mismo caso y en una circunstancia parecida procura a Jasón todo lo que necesita para vencer;
Ariadna deja a su padre, su patria y se va con Teseo, que seguidamente la abandona en la isla de Naxo, para desposar a Fedra de la cual tuvo a Hipólito y Demofón, tras haber tenido, según algunos autores, a Oenopion y Estáfilo de Ariadna. Medea también se salva con Jasón, que después de tener dos hijos la deja para tomar a Creusa. Los hijos de unos y de otros perecieron miserablemente como las madres; Teseo murió precipitado desde lo alto de una roca al mar; Jasón pereció bajo las ruinas de la nave Argo. Medea abandonada por Jasón se casó con Egeo, Ariadna con Baco. En fin, es visible que estas dos ficciones sólo son una misma cosa explicada mediante dos alegorías, de las que han querido variar las circunstancias para hacer dos historias diferentes.
Si los mitólogos quisieran tomarse la molestia de reflexionar sobre esta semejanza, ¿podrían impedir que se les abriera los ojos a su error? y ¿se tomarían tanto esfuerzo para acercar a la historia, lo que evidentemente sólo es una ficción? Estas no son las únicas fábulas que tienen una similitud inmediata, la de Cadmo también se asemeja a la de Jasón. Un mismo dragón que hace perecer, los mismos dientes que ha de sembrar, los mismos hombres que nacen y se matan entre ellos, allí es un toro que Cadmo sigue, aquí los toros que combate Jasón. En fin, si se quisieran acercar todas las fábulas antiguas, se vería sin esfuerzo que tengo razón al reducirlas todas a un mismo principio, porque tienen un mismo objeto.

[1] . Raimon Llull, Teoría, cap. 6.
[2] . Arnau de Vilanova, Testamento.
[3] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 50.
[4] . Virgilio, Geórgicas, 2, 140
[5] . Apolonio, Argonautas, lib.3, vers. 996.

jueves, abril 19, 2007

La Musa o Amusa

Algunos botánicos y muchos historiadores lo han calificado de árbol aunque esté sin ramas. Normalmente su tronco es grueso como el muslo de un hombre, esponjoso y cubierto de muchas cortezas u hojas escamosas, acostadas unas sobre otras; sus hojas son largas, obtusas y su longitud sobrepasa algunas veces los siete codos.[1] Están afirmadas por una costilla gruesa y larga que reina en medio de ellas a todo lo largo, de la cima del tallo nacen flores rojas o amarillentas. Lo frutos que producen son de un gusto agradable y se parecen mucho a un pepino dorado. Su raíz es larga y gruesa, negra por fuera, carnosa y blanca por dentro. Cuando se hacen incisiones en esta raíz sale un jugo blanco que enseguida se vuelve rojo.
Mahudel, así como muchos anticuarios, sólo vieron en esta planta su belleza como motivo capaz de determinar a los egipcios a consagrarla a las divinidades locales de la comarca, donde crecía con mucha abundancia, pero puesto que la empleaban en los jeroglíficos, sin duda se unía allí a alguna idea particular que estaba señalada en esta planta por alguna relación con estas divinidades.
Las plumas de Osiris, las de los sacerdotes y las de Isis, donde estas hojas se encuentran algunas veces, el fruto cortado que se deja ver entre las dos hojas que forman el penacho, en fin, Isis presentando el tallo florecido de esta planta a su esposo, son las cosas que la tabla Isíaca nos pone más de una vez ante los ojos, ¿se creerá que solamente la belleza de esta planta sea el motivo? ¿no es más natural pensar que un pueblo tan misterioso lo haga con alguna intención? Podría, pues, estar allí el misterio oculto debajo, y en efecto, allí se encontraba, pero se trata de un misterio fácil de desvelar para aquel que tras haber hecho algunas reflexiones sobre lo que hemos dicho, verá en la descripción de esta planta los cuatro colores principales de la gran obra.
El negro se encuentra en la raíz, así como el color negro es la raíz, la base o la llave de la obra; si se le levanta esta corteza negra se descubre el blanco, la pulpa del fruto es también de este último color; las flores que Isis presenta a Osiris son amarillas y rojas y la mondadura del fruto es dorada. La Luna de los filósofos es la materia venida al blanco; el color amarillo azafranado y el rojo que suceden al blanco son el Sol o el Osiris del arte; se tiene razón, pues, en representar a Isis en la postura de una persona que ofrece una flor roja a Osiris. Se puede finalmente observar que los atributos de Osiris participan todos o en parte del color rojo o del amarillo o del azafranado y los de Isis, del negro y del blanco tomados separadamente, o mezclados, porque los monumentos egipcios nos representan estas divinidades siguiendo los diferentes estados en que se encuentra la materia de la obra durante el curso de las operaciones.
Se puede encontrar a Osiris de todos los colores, pero entonces es preciso poner atención a los atributos que le acompañan. Si el autor del monumento estaba en el caso de los misterios de Egipto y quería representar a Osiris en su gloria, los atributos serán rojos o al menos azafranados, en su expedición a las Indias, serán variados y de diferentes colores, lo que estaba indicado por los tigres y los leopardos que acompañaban a Baco, en Etiopía o muerte, los colores serán negros o violetas, pero jamás se encontrarán mezclados en el blanco, así como no se verá jamás ningún atributo de Isis puramente rojo. Sería de desear cuando se encuentra algún monumento coloreado que se recomendara al grabador de blasones todo lo que está representado, o que aquel que da la descripción al público tenga la atención de designar exactamente los colores tal cual. No sería menos a propósito el obligar a los grabadores a representar los monumentos tal como son y no dejarles la libertad de cambiar las proposiciones y las actitudes de las figuras bajo el pretexto de suplir la ignorancia de los antiguos artistas y de dar una forma más graciosa a estas figuras. La exactitud tiene una muy gran consecuencia, particularmente respecto a los atributos. Una obra sobre los antiguos, puesta al día después de unos pocos años me obliga a hacer esta observación.
Los griegos y los romanos que observaban como bárbaro todo lo que no había nacido en Roma o en Atenas, exceptuaron a los egipcios de una imputación tan injusta, y sus mejores autores, lejos de imitar a Juvenal, Virgilio, Marcial y sobre todo a Lucio, que desplegaban las burlas más finas contra las supersticiones de los egipcios, están llenos de elogios que dan a su cortesía y a su saber.
Entendían que fueron sus grandes hombres los que habían puesto todos estos bellos conocimientos que adornaron sus obras. Si no se puede justificar absolutamente al pueblo de Egipto sobre la oscuridad y el ridículo del culto que rendía a los animales, no atribuyamos a los sacerdotes y a los sabios de aquel país esos excesos, pues su sabiduría y sus conocimientos los volvían incapaces de ello. Las tradiciones se oscurecen algunas veces a medida que se alejan de su fuente. Los jeroglíficos tan multiplicados pueden, en el curso de los tiempos, haber sido interpretados por las gentes poco o nada instruidos en su verdadero significado. Los autores que han bebido en esta fuente impura sólo han podido transmitirla de la manera que ellos la han recibido o quizás más desfigurada aún. Así mismo parece que Herodoto, Diodoro de Sicilia, Plutarco y algunos otros buscan excusar a los egipcios del culto que rendían a los animales, aportando razones verosímiles. Dicen que adoraban en estos animales la divinidad cuyos atributos se manifestaban en cada animal, como el Sol en una gota de agua que es tocada por sus rayos.[2] Es cierto además, que todo culto no es un culto religioso y aún menos una verdadera adoración y todo lo que está emplazado en los templos para ser objeto de veneración pública, no está en el rango de los dioses. Los historiadores, pues, han podido equivocarse en el relato que han hecho de los dioses de Egipto y así mismo en cuanto a lo que consideraba el culto del pueblo, y con más razón en lo que concernía a los sacerdotes y los filósofos, de los que ignoraban los misterios.
La escritura simbólica conocida bajo el nombre de jeroglíficos no era contraria al deseo que los egipcios tenían en trabajar para la posteridad. Estos jeroglíficos fueron un misterio en el tiempo mismo de su institución como lo son aún y lo serán siempre para los que buscan explicarlas por otros medios que los que propongo. El deseo de sus institutores no era volver el conocimiento público grabándolos sobre sus monumentos para conservarlos para la posteridad, han actuado como los filósofos herméticos, que escriben de alguna manera para ser entendidos por los que están en el caso de su ciencia o para darles algunos trazos de luces absorbidas, por así decirlo, en una oscuridad tan grande que los ojos más clarividentes sólo son sorprendidos tras largas búsquedas y profundas meditaciones.

La mayor parte de las antigüedades egipcias, por su naturaleza, no nos pueden deleitar y esclarecernos perfectamente. Todas las explicaciones que se querrá dar para acercarlas a la historia se reducirán a conjeturas, porque todo es afectado por el misterio que reinaba en este país y que, para fundar sus razonamientos sobre el encadenamiento de los hechos, se encuentra que el primer año de la cadena que los liga desemboca en las fábulas. Es pues a estas fábulas que se ha de recurrir, y observándolas como tales, hacer el esfuerzo para penetrar el verdadero significado. Cuando se encuentra un sistema que las desarrolla naturalmente es preciso tomarlo como guía. Todos los que han seguido el sistema histórico hasta aquí son reconocidos insuficientes por todos los autores que han escrito sobre las antigüedades. A cada paso se encuentran obstáculos que no se pueden superar. No son pues, los verdaderos hilos de Ariadna que nos servirán para sacarnos de este laberinto, en consecuencia es preciso abandonarlos.
Dirigiéndose a los principales autores de la filosofía hermética y estudiándolos tanto como para ponerse en estado de hacer justas aplicaciones, hay pocos jeroglíficos que no se puedan explicar. No serían admitidos como hechos históricos aquellos que son puramente fabulosos y no se rechazarían de estos hechos la circunstancias que los caracterizan particularmente, bajo pretexto de que han sido añadidos para embellecer la narración y aumentar lo maravilloso. Este último sistema ha sido seguido por el abad Banier en su mitología, y a pesar de que le haya procurado alguna facilidad, se encuentra a menudo en la fastidiosa necesidad de confesar que le es imposible desembrollar este caos.

[1] . Mem. De l' Acad. Des Inscript. Y Bellas Letras, t. 3.
[2] . Plutarco, Isis y Osiris.

sábado, abril 14, 2007

El Ibis



Herodoto[1] relata que hay en Egipto dos clases de ibis, la una toda negra que combate contra las serpientes aladas y les impide penetrar en el país, cuando en la primavera vienen en tropel desde Arabia, la otra es blanca y negra. Esta segunda especie es la que se emplea para representar a Isis. Herodoto no dice haber visto estas serpientes aladas, sino las pilas de esqueletos de serpientes. Que estos reptiles sean alados sólo lo dice de oídas. Podría decirse que la cosa no fue real en cuanto a esta circunstancia, pero en cuanto a la alegoría sería muy justa. Elien, Plutarco, Horapolo, Abenefis, Platón, Cicerón, Pomponio Mela, Diodoro de Sicilia y otros tantos autores hablan del ibis y dicen las relaciones que tiene con la Luna y Mercurio y es inútil ponerse como deber el probarlo.
 Los grandes servicios que este pájaro rindió en todo Egipto, ya sea matando las serpientes de las que hemos hablado ya sea rompiendo los huevos de los cocodrilos, vino a propósito para que los egipcios determinaran rendirle los mismos honores que a los otros animales. Pero había otras razones para incluirlo entre sus jeroglíficos.

Mercurio huyendo delante de Tifón tomó la forma de ibis, además Hermes bajo esta forma veló, según Abenefis,[2] por la conservación de los egipcios y los instruyó en todas las ciencias. Señalaron también en su color, su temperamento y sus acciones mucha relación con la Luna de la que Isis era el símbolo. He aquí por qué dieron a esta diosa una cabeza de ibis y por qué ella era a un mismo tiempo consagrada a Mercurio. Pues se ve entre Isis y Mercurio una tan gran analogía y una relación tan íntima que no se les separó casi nunca, también supusieron que Hermes era consejero de esta princesa y que actuaban siempre en concierto, esto era con razón, puesto que la Luna y el Mercurio filosóficos sólo son en cierta manera una misma cosa y los filósofos los nombran indiferentemente al uno por el otro.
Aquel que diga que la Luna de los filósofos o lo que es lo mismo, su Mercurio, es el mercurio vulgar querría engañar con conocimiento de causa –dice Espagnet–[3] o se engaña él mismo. Los que establecen por materia de la piedra el azufre y el mercurio, entienden por el azufre el oro y la plata común, y por el mercurio la Luna de los filósofos.

Por los colores negro y blanco del ibis se ve la misma relación de la Luna con el toro Apis que por eso mismo se vuelve símbolo de la materia del arte sacerdotal.
El ibis todo negro que combatió y mató a las serpientes aladas, indica el combate que se produce entre las partes de la materia durante la disolución; la muerte de estas serpientes significa la putrefacción que sigue a la disolución donde la materia se vuelve negra. Flamel ha supuesto en este caso el combate de dos dragones, el uno alado y el otro sin alas, de donde resulta el Mercurio. Muchos otros han empleado alegorías parecidas. Tras esta putrefacción la materia se vuelve en parte negra y en parte blanca, tiempo en el cual se hace el Mercurio; de la segunda especie de ibis es de la que Mercurio toma su forma.
Tales son las razones simples y naturales que los sacerdotes egipcios tenían para introducir los animales en su aparente culto de religión y en sus jeroglíficos. Inventaron cantidad de otras figuras, tal como se ve en las pirámides y los otros monumentos egipcios. Pero todas tenían alguna relación cercana o lejana con los misterios del arte hermético. En vano se harán grandes comentarios para explicar estos jeroglíficos en otro sentido que el químico. Si Vulcano y Mercurio no son la base de todas estas explicaciones se encontrarán a cada paso dificultades insuperables y aunque se torture uno para encontrar verosimilitudes, a imitación de Plutarco de Diodoro y otros griegos antiguos y modernos, siempre se sentirá que estas explicaciones están sacadas como de lejos, que son forzadas y que no satisfacen. Se tendrá siempre ante los ojos a este Harpócrates con el dedo sobre la boca que nos anunciará sin cesar que todo este culto y estos jeroglíficos encierran misterios que no a todo el mundo les estaba permitido penetrar, que es preciso meditarlos en silencio, que el pueblo no estaba instruido y que no se desvelaban a estas gentes de las que los sacerdotes estaban persuadidos haber venido a Egipto sólo para satisfacer su curiosidad.
Los historiadores están entre el número de estos y no son más creíbles en las interpretaciones que dan de lo que lo era el pueblo de Egipto que rendía los honores del culto a los animales porque se les había dicho que los dioses habían tomado esa figura. Hasta aquel lugar pretende que llegó Tifón el terrestre y se escondieron los dioses adoptando una falsa figura. Conductor de rebaños se hace Júpiter, dice, por eso aún representan al libio Ammon con retorcidas cornamentas; Delio es un cuervo, el hijo de Semele un macho cabrío, Diana, la hermana de Febo, una gata, la saturnia Venus en pescado y Mercurio con alas en un ibis. (Ovidio, Metamorfosis, lib. 5)

[1] . Herodoto, lib. 2, cap.75 - 76.
[2] . Abenefis, Del Culto Egipcio.
[3] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 44 y 24.