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sábado, noviembre 25, 2006

Aquiles y Deidamia




Cuando Aquiles nació, Tetis lo alimentó como Ceres había hecho con Triptolemo, lo ocultaba por la noche bajo el fuego y de día lo untaba de ambrosía. No repetiré aquí lo que ya he dicho en el artículo de Ceres; el lector puede encontrar allí la explicación.
Aquiles se hizo mayor, se retiró a casa de Licomedes donde se enamoró de Deidamia y tuvo un hijo llamado Pirro. El
mercurio, cuando llega el momento en que empieza a fijarse, deja, por así decirlo, la casa paterna y materna, pasando del color negro al blanco. En este estado se retira con Licomedes, porque se transforma en una especie de tierra, que los filósofos llaman oro blanco, sol blanco, piedra que manda y que reina; lo que está expresado por Licomedes, que viene de Λύκος, Sol, y de μίδω, mando, tomo cuidado. Es por esto que Licomedes es llamado padre de Deidamia, pues la parte fija en este estado tiene una virtud apropiada para fijar la parte volátil; los filósofos dicen que tiene una virtud magnética que atrae hacia ella a la parte volátil para fijarla y formar un sólo cuerpo de los dos. Todo el mundo sabe que el mercurio es volátil. El amor que Aquiles, símbolo de este mercurio, tiene por Deidamia, es esta virtud magnética y atractiva recíproca que hace que el uno y la otra se reúnan y que finalmente el volátil se vuelva fijo. No se puede expresar más acertadamente que mediante el nombre de Deidamia, puesto que significa una cosa que fija
a otra, o que la detiene en su carrera, de θέω, corro, y de δαμάω, domo, detengo.
Deidamia da un hijo a Aquiles, que fue llamado Pirro a justo título; puesto que de la unión del fijo y del volátil se form
a el azufre filosófico, que es un verdadero fuego o una piedra ígnea, a la que Espagnet llama minera del fuego celeste; Filaleteo la llama fuego de natura. Alfidio dice que cuando aquel que huye es detenido en su carrera por el que le persigue, la carrera de los dos termina, se reúnen y no son más que uno, que se vuelve rojo y fuego. Homero designa esta volatilidad del fuego mercurial, diciendo
siempre de Aquiles, que tiene el pie ligero y que es extremadamente rápido en la carrera; πόδας ώκυς ποδαρκη.
Este poeta lo insinúa aún mejor,[1] cuando dice que Aquiles le dice a Automedonte que enganche su carro para su amigo Patroclo y que ponga sus dos caballos Janto y Balio, cuya velocidad igualaba a la del viento; la arpía Podarge los había engendrado de Céfiro, cuando paseaba por la orilla del Océano, estos caballos eran inmortales.[2] Ulises convenció a Aquiles de que se uniera a los griegos y éste reunió a los mirmidones, sus súbditos, se puso a su cabeza con Menestio, hijo del río Esperquio, dios e hijo de Júpiter y de la bella Polidora,[3] con Eudoro, hijo de Mercurio, llamado en esta circunstancia άκάκήα, o el pacífico,[4] pero Eudoro al hacerse grande, fue célebre por su ligereza en la carrera. Pisandro fue el tercer jefe de los mirmidones; Homero dice[5] de él que era el más valiente de esta tropa, según Aquiles. Fénix, ya viejo, fue el cuarto y Alcimedón, hijo de Laerce, el quinto.
Una vez nacido Pirro, o el azufre filosófico perfecto, es preciso que el artista proceda a la segunda operación, a la que los filósofos llaman segunda obra, o elixir. Este elixir, o el procedimiento que se ha de usar para hacerlo, es lo que Homero ha tenido a la vista en su Ilíada. La primera fatalidad de Troya era que Aquiles, y tras él su hijo Pirro, debían encontrarse necesariamente en el campo de los griegos, para que esta ciudad fuera tomada. La razón es que el elixir no puede hacerse sin el mercurio filosófico, que es el principal agente.

[1] . Homero, Ilíada, lib. 16, vers. 145.
[2] . Homero, ibid. lib. 17, vers. 444.
[3] . Homero, ibid. lib. 16, vers. 173.
[4] . Homero, ibid. vers. 185.
[5] . Homero, ibid. vers, 194.

domingo, octubre 15, 2006

Venus


El pensamiento más común es que nació de la espuma del mar. El Céfiro la transportó sobre una concha marina a la isla de Chipre, de donde fue llamada Cypris y de allí a Cítera. Los ríos nacían a su paso, su hijo er
a Cupido, los juegos y las risas le acompañaban siempre, en fin, ella era la alegría y la dicha de los dioses y de los hombres.
Nada igualaba su belleza. Los pintores y los escultores tuvieron esta idea de ella y emplearon todo su arte para representarla como si se tratara de lo más amable que hubiera en el mundo.
Platón en su Banquete, admite dos Venus, una hija del Cielo y la otra hija de Júpiter. La primera, dice este filósofo, es esta
antigua Venus, hija del Cielo de la que no se conoce la madre y que llamamos Venus la celeste; y esta otra Venus reciente, hija de Júpiter y de Dio
ne, a la que llamamo
s Venus la vulgar. Es a estas dos que se debe de atribuir todo lo que los autores griegos
y latinos dicen de las diversas Venus, de las que hablan bajo diferentes nombres.Algunas veces la consideran como un planeta y a veces hablan de ella como de una pasión. Las expresiones de los poetas siempre son figuradas. Pero siendo una diosa tan benéfica ¿habría podido encontrar a alguien que le declarara la guerra? El mismo dios de la guerra (Marte), de sangre y carne, vio desvanecerse toda su ferocidad ante el aspecto de Venus.
Los egipcios y la mayor parte de los griegos no consideraron a Venus como la diosa de la
voluptuosidad y el libertinaje, sino como la nieta de Saturno, que tenía como hermana a la Verdad ocultada en el fondo de un antro.Los discípulos de Hermes, sin duda mejor instruidos en la idea que su maestro atribuía a los figurados dioses de Egipto, están mejor conformados respecto a ello que los mitólogos y no han considerado a Venus como la voluptuosidad o el apetito de los animales para perpetuar sus especies.
Tampoco han tenido en vista al planeta llamado Venus, o Lucifer, que aparece por la mañana antes de levantarse el Sol, o a la tarde antes de ocultarse esta antor
cha del mundo, puesto que no es posible hacerla nacer de las partes mutiladas del Cielo y de la espuma del mar, ni llamarla con alguna razón hija de Júpiter. Los químicos vulgares tampoco sabrían atribuir esta filiación al cobre, con respecto al bronce. De cualquier manera que se le entienda, pues, no será posible acordar el nacimiento de Venus con los razonamientos susodichos.
Michael Maier dice que los antiguos entendían por Venus una materia sin la cual no se podía hacer la gran obra, y la mayor parte de los filósofos parece que alguna vez también la han tomado en este sentido. Flamel cita estas palabras de Demócrito: Adornad los hombros y el pecho de la
diosa de Pafos, se volverá muy bella y dejará su color verde para tomar uno dorado. Cuando Paris hubo visto a esta diosa en este estado la prefirió a Juno y a Palas. ¿qué es lo que dice de Venus el mismo autor? Venus como un hombre, tiene un cuerpo y un alma; es preciso despojarla de su cuerpo material y grosero, para tener el espíritu tangible y volverla apropiada para lo que queremos hacer.
Es preciso –dice Espagnet–[1] un trabajo de Hércules para la preparación o sublimación filosófica del mercurio, pues Jasón no habría emprendido jamás su expedición sin la ayuda de Alcides. La entrada está guardada por cornudas bestias, que alejan a los que se acercan temerariamente. Las insignias de Diana y las palomas de Venus son las únicas capaces de mitigar su ferocidad. –y añade en el canon 46– Esta agua es una agua de vida, una agua permanente, muy límpida, llamada agua de oro y de plata [...] Esta sustancia finalmente muy preciosa es la Venus Hermafrodita de los antiguos, teniendo el uno y otro sexo, es decir el azufre y el mercurio. –Y en el canon 52– El jardín de las Hespérides está guardado por un horrible dragón; desde la entrada se presenta una fuente de agua muy clara, que sale de siete manantiales y que se extiende por todo. Haz beber allí al dragón por el número mágico de tres veces siete, hasta que estando ebrio, se desnude de su
sucia y desaseada vestimenta. Pero para este efecto es preciso volver propicias a Venus porta-luz y a Diana la cornuda.
La Venus filosófica después de la blancura se vuelve amarilla como la corteza de una granada y finalmente roja como el interior de este fruto o como la flor de la adormidera.
El término bronce, que los adeptos han empleado a menudo para designar su materia antes de la blancura, no ha contribuido para que lo entendieran los sopladores ni tam
poco los químicos vulgares, que en consecuencia han observado al cobre como la Venus de los filósofos. Pero lo que nos manifiesta bien claramente la idea que los antiguos tenían de su Venus es, no solamente sus adulterios con Mercurio y Marte, sino su matrimonio con Vulcano. Este último es el fuego filosófico, como ya lo hemos probado y lo probaremos todavía, entonces ¿es sorprendente que se haya casado con la materia de los filósofos? Si sorprende a esta diosa con el dios de la guerra es porque el color de la herrumbre de hierro parece estar totalmente unido con el color citrino y azafran
ado, llamado Venus, pues no se les distingue hasta que el rojo está en todo su esplendor. Entonces Marte y Venus se encuentran presos en la malla de Vulcano y el Sol, que los ha visto, los descubre, pues el color rojo es precisamente el Sol filosófico. Tal es la explicación de esta figurada historia de Venus.



[1] . Espagnet. canon, 42.