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lunes, abril 20, 2009

Los contrarios

En varias ocasiones Pernety, en el transcurso de su obra, pone ejemplos de interpretaciones de los jeroglíficos dadas en un sentido histórico o moral, aportando a continuación su explicación en el sentido hermético. Es el caso de un monumento de simbolismo egipcio situado en Roma del que el anticuario Montfaucon da una débil explicación en su obra La Antigüedad explicada. Tras poner en evidencia el error de la explicación de Montfaucon, Pernety empieza por dar una descripción de esta piedra, pretendidamente sepulcral:

Las dos serpientes están sostenidas sobre su cola replegada en círculo; la una tiene el huevo entre los dientes y la otra tiene la cabeza apoyada encima con la boca un poco abierta, como si quisiera morder a la otra y disputarle este huevo. Las dos tienen una cresta más o menos cuadrada. Sobre el otro lado de la piedra se halla la figura de un hombre de pié, con hábito largo y las mangas remangadas hasta el codo, tiene el brazo derecho extendido y una especie de aro en la mano, en el centro del cual aparece otro pequeño círculo o un punto. Con la mano izquierda levanta su ropa, teniéndola apoyada sobre la cadera. En el entorno de esta figura hay gravadas las siguientes palabras: A Herennuleius Hermes fecit conjugi bene merenti Julie L. F. Latine sibi et suis posterque cor. No es necesario recurrir a la religión de los egipcios para explicar este monumento. Los dos principios que admitieron los sacerdotes de Egipto sólo deben de entenderse de los dos principios, bueno y malo, de la naturaleza, que se encuentran siempre mezclados en sus mixtos y que cooperan en su composición, es por esto que dicen que Osiris y Tifón eran hermanos y que este último hacía siempre la guerra al primero. Osiris era el buen principio o el humor radical, la base del mixto y la parte pura y homogénea; Tifón era el mal principio o las partes heterogéneas, accidentales y principio de destrucción y de muerte, así como Osiris era principio de vida y de conservación. Las dos serpientes del monumento, del que se trata, representan en verdad a los dos principios, pero los dos principios que la naturaleza emplea en la producción de los individuos, se les llama, por analogía, al uno macho y al otro hembra; tales son las dos serpientes enroscadas en el caduceo de Mercurio, la una macho y la otra hembra, que están también representadas enroscadas la una con la otra y entre sus dos cabezas una especie de globo alado al que parece que quieren morder. Las dos crestas cuadradas de las dos serpientes del monumento del que hablamos son un símbolo de los elementos de los que el gran mundo y el pequeño mundo están formados y el huevo es el resultado de la reunión de estos dos principios de la naturaleza. Pero como en la composición de los mixtos hay los principios puros y homogéneos y los principios impuros y heterogéneos se encuentra entre ellos una especie de enemistad; el impuro tiende siempre a corromper al puro, es lo que se ve representado por la serpiente que parece querer disputar el huevo a la que lo tiene en posesión. La destrucción de los individuos sólo es producida por este mutuo combate. He aquí lo que se puede decir para explicar en general esta parte del monumento del que hablamos.Pero sin duda su autor tenía una intención menos general, pues es cierto que quería significar alguna cosa en particular. Comparemos todas las partes simbólicas de este monumento, la relación que tienen entre ellas nos desvelará esta intención particular. El que hizo hacer este monumento se nombra Herennuleio Hermes, y lleva un hábito largo como los filósofos; parece ser que este Herennuleio era uno de estos sabios iniciados en los misterios herméticos (lo que es designado por el sobrenombre de Hermes), que, como ya he dicho antes, al estar instruido en estos misterios, tomó el nombre de Adris o Hermes. Tiene en la mano derecha una especie de círculo, que Montfaucon sin duda ha tomado por un vaso o taza, y ha decidido a consecuencia de este error que Herennuleio hacía un sacrificio a los manes, como si esta acción no pudiera significar otra cosa. Este círculo no es para nada un vaso, es el signo simbólico del oro o del Sol terrestre y hermético, que los mismos químicos vulgares representan de esta manera aún hoy en día ʘ. Es en este lado del monumento, en particular, que se ha de acercar el jeroglífico de las dos serpientes y del huevo que se encuentran en el lado opuesto, para hacer de ello un todo, del cual el resultado consiste en este oro filosófico que presenta Herennuleio. He aquí, pues, cómo es preciso explicar este monumento en particular: Las dos serpientes son los dos principios del arte sacerdotal o hermético, uno macho o fuego, tierra fija o azufre, y el otro hembra, agua volátil y mercurial, concurriendo los dos en la formación y generación de la piedra hermética, que los filósofos llaman huevo y pequeño mundo y que está compuesto de los cuatro elementos representados por las dos crestas cuadradas pero que sólo dos de ellos son visibles, la tierra y el agua. Se puede también explicar el huevo como el vaso, en el cual el huevo se forma, por el combate del fijo y el volátil, que reuniéndose el uno con el otro son un todo fijo llamado oro filosófico o sol hermético. Es este oro el que Herennuleio muestra al espectador como el resultado de su arte. La mayor parte de filósofos que han tratado esta ciencia han representado sus dos principios bajo el símbolo de dos serpientes. Se encontrará una infinidad de pruebas de ello en esta obra. La inscripción de este monumento nos enseña solamente que Herennuleio ha hecho este oro como una fuente de salud y de riquezas, para él, para su esposa a la que amó tiernamente, para sus hijos y su posteridad.He aportado este ejemplo para hacer ver cuán fácil es explicar los jeroglíficos de ciertos monumentos egipcios, griegos, etc., cuando se les relaciona con la filosofía hermética, sin las luces de la cual se volverían ininteligibles e inexplicables. Tras este clarísimo ejemplo de Pernety pongo en relación con su explicación algunos versículos del Mensaje Reencontrado de Louis Cattiaux, que me parecen especialmente incisivos en el tema. IV, 60: Los miles y miles de universos que nos sumergen son como la millonésima parte de una gota de sangre divina. El más ínfimo átomo encierra mundos inconcebibles. Así, el Universo está en Dios, y Dios está en el Universo. 60’: Es mejor mirar en uno mismo y callar. ¡Oh, luz germinativa! ¿Oh, fruto muy pesado del Sol! ¡Oh, boda secreta de los idénticos contrarios! ¡Oh, esplendor fructificante de la única belleza! VIII, 1’: El hombre sin la mujer es como una piedra en el fondo desecado de un torrente, y la mujer sin el hombre es como una nube extraviada sobre el mar. “¿Quién hará la unión de los contrarios por medio de lo semejante?” III, 34’: Quien sabe unir los contrarios de igual naturaleza posee la ciencia. VI, 26: La cima del amor es descubrir a Dios dentro del hombre y al fuego dentro del agua. La cima de la ciencia es unir los contrarios de igual naturaleza hasta la perfección concentrada del rubí solar. II, 72’: La reunión de los cuatro elementos forma la quinta esencia, raíz dde la luna y el sol. IV, 25’: Antes del comienzo todo permanecía en el reposo de las duras tinieblas de la muerte. El fuego, al despertarse en el agua, ordenó el caos, y los cuatro elementos engendraron el espíritu del Universo. V, 49’: Los cuatro elementos forman el alfabeto con el que Dios enseña a los hombres clarividentes. I, 36’: El mundo ha sido hecho con el agua y con la tierra. Volverá a ser como un limo antes de ser rehecho como una tierra. II, 60’: El agua sale de la tierra y vuelve a la tierra hasta que se abre la flor blanca y hasta la maduración del fruto púrpura. V, 95’: El agua que sale de la tierra engendra el sol de resurrección por la potencia del amor fecundante del Altísimo. VIII, 52’: El agua sale de la tierra y vuelve a la tierra para separar el mundo del inmundo. III, 4’: Licuar la tierra y concentrar el agua, después casar la tierra con el agua y gozar de la paz del Señor en la piedra santificada por la unión. XXIV, 28’: Lo que es fijo viene de la tierra. Lo que es movedizo viene del agua. Lo que es humoso viene del aire. Lo que es graso viene del fuego. VIII, 1: La espiritualización del cuerpo hace aparecer el agua y el aire que nos animan y mantienen. La corporificación del espíritu engendra la tierra y el fuego que nos sostienen y multiplican. ¿Quién pesará la parte de cada cosa? III, 1’: El agua que brota de la tierra santa recae como lluvia de oro sobre el mundo entenebrecido. III, 6’: Las bodas celestes hacen brotar la claridad de las estrellas. Las bodas terrestres manifiestan el peso y la virtud del oro luminoso.

viernes, mayo 25, 2007

Las Lluvias de Oro

Los poetas a menudo han hablado de las lluvias de oro y algunos autores paganos han tenido la debilidad de relatar como verdad que cayó una lluvia de oro en Rodas, cuando el Sol se acostó con Venus. Se perdonaría esto a los poetas, pero lo que Estrabón nos dice[1] que llovió oro en Rodas cuando Minerva nació de la cabeza de Júpiter, no podría pasárselo. Muchos autores nos aseguran en verdad que en tal o cual tiempo llovieron piedras, fango o algún licor parecido, o insectos. Mucha gente atestigua aún hoy día haber visto llover pequeñas ranas, que caían en abundancia sobre sus sombreros, mezcladas con una lluvia naranja y que habían visto una cantidad tan grande de ellas que la tierra se veía casi totalmente cubierta. Sin entrar en la búsqueda de las causas físicas de tales fenómenos y sin querer contradecirles o aprobarlos, porque no viene al caso en este tratado, yo diría solamente que esto puede ser, pero en cuanto a una lluvia de oro sería conveniente certificarlo, no creo a nadie tan crédulo como para creerlo sin haberlo visto. Es preciso, pues, considerar esta historia como una alegoría.

En efecto, se puede llamar lluvia de oro, a una lluvia que produciría el oro, o a una materia propia para hacerlo, como el pueblo dice tan comúnmente que llueve vino, cuando viene una lluvia en el tiempo en que se desea, ya sea para enternecer la raíz en las viñas o bien para hacerla crecer. Es precisamente lo que llega por la circulación de la materia filosófica en el vaso donde está encerrada. Se disuelve y habiendo subido en vapores hacia lo alto del vaso se condensa y recae en lluvia sobre lo que queda en el fondo. Es por esto que los filósofos han dado algunas veces el nombre de agua de nube a su agua mercurial. Así mismo han llamado Venus a esta parte volátil y Sol a la materia fija. Nada es tan común en sus obras como estos nombres. Nuestra Luna –dice Filaleteo– que hace en nuestra obra la función de hembra, es de la raza de Saturno, es por lo que algunos de nuestros autores la han llamado Venus.
Espagnet ha hablado muchas veces de esta agua mercurial bajo el nombre de Luna y de Venus, y ha expresado perfectamente esta conjunción del Sol y de Venus, cuando dice:[2] La generación de los hijos es el objeto y el fin del legítimo matrimonio. Pero para que los hijos nazcan sanos, robustos y vigorosos es preciso que los dos esposos lo sean también, puesto que una simiente pura y limpia produce una generación que se le parece. Es así como deben ser el Sol y la Luna antes de entrar en el lecho nupcial. Entonces se consumirá el matrimonio y de esta conjunción nacerá un poderoso rey, del que el Sol será el padre y la Luna la madre. También ha dicho[3] que la Luna de los filósofos es su Mercurio y que le han dado muchos nombres,[4] entre otros los de tierra sutil, agua de vida, agua ardiente y permanente, agua de oro y de plata, en fin de Venus Hermafrodita. Sólo este epíteto explica muy claramente de qué naturaleza y substancia está formada esta pretendida diosa y la idea que se le debe unir, puesto que el nombre de Hermafrodita ha sido hecho según parece de Ερμης, Mercurius, y de Αφρός spuma, como si se dijera espuma del mercurio. Es sin duda por esto que la fábula dice Hermafrodita hija de Mercurio y de Venus. Se ha fingido que esta conjunción del Sol con Venus se hizo en Rodas porque la unión del Sol y del Mercurio filosóficos se hace cuando la materia empieza a enrojecer, lo que está indicado por el nombre de esta isla que viene de ρόδον, rosa. La materia fija o el oro filosófico, que tras haber sido volatilizado recae en lluvia, ha tomado, pues, con razón el nombre de lluvia de oro, sin esta lluvia el hijo hermético no se formaría.
Una lluvia parecida se hizo ver cuando Palas nació de la cabeza de Júpiter y esto por la misma razón, pues Júpiter no habría podido acostarse con ella si Vulcano o el fuego filosófico no le hubiera servido de sabia-hembra. Si se considera a Palas en esta ocasión como la diosa de las ciencias y del estudio, se puede decir, en cuanto al arte hermético, que se tendría en vano la teoría mejor razonada y la materia misma del magisterio llamada virgen, hija del mar, o del agua, o de Neptuno y del pantano Tritonis, pues jamás se tendría éxito al hacer la obra si no se empleara la ayuda de Vulcano o fuego filosófico.

En consecuencia algunos poetas han figurado que Palas se resistió vigorosamente a Vulcano, que quería violentarla, y al caer la simiente de éste en tierra, nació un monstruo que fue llamado Erictonio, que tenía figura humana desde la cabeza hasta la cintura y de dragón en toda la parte inferior. Este Erictonio es el resultado de las operaciones de los artistas ignorantes que ponen mano a la obra sin saber los principios y quieren trabajar a pesar de Minerva. Sólo producen monstruos, incluso con la ayuda de Vulcano. El abad Banier pretende[5] que este Erictonio fue realmente un rey de Atenas que sucedió a uno llamado Anfictión, su competidor, por el cual había sido vencido. Este Anfictión había sucedido a Cranao y éste a Cecrops, que vivía, según los intérpretes de los mármoles de Arondel, que son la cronología de Censorin y de Denis de Halicarnaso, 400 años antes de la toma de Troya.
El abad Banier rechaza esta cronología porque no es propia para confirmar su sistema y asegura que estos autores retroceden mucho la llegada de Cecrops a Grecia. Determina, pues, esta llegada en 330 años antes de la guerra de Troya.[6] Pero este mitólogo ha olvidado su propio cálculo algunas páginas después, donde hablando de la llegada de Deucalion a Tesalia, fija la época en el noveno año del reinado de Cecrops, es decir –dice nuestro autor–[7] hacia el año 215 o 220 antes de la guerra de Troya. Lo que produce un error de 110 años al menos en su misma cronología. Pero aún cuando esto pasara ¿se creería su palabra, cuando dice[8] que Erictonio había pasado por ser hijo de Minerva y de Vulcano porque había sido expuesto en un templo que les había sido consagrado? ¿Una tal exposición podría proporcionar materia a la fábula que da a Erictonio un origen totalmente infame? En esta ficción no hay ninguna circunstancia que tenga la menor relación con esta exposición. La misma continuación de la fábula, que dice que Minerva viendo a este niño con las piernas de serpiente, encargó su cuidado a Aglaura, hija de Cecrops quien, en contra de la prohibición de Minerva, tuvo la curiosidad de mirar en la canastilla donde estaba encerrado y fue castigada mediante una pasión de celos contra su hermana, de la que Mercurio era amante. Y que habiendo querido un día impedir que este dios entrara en la cámara donde su hermana Hersé estaba, la golpeó con su caduceo y la convirtió en roca. Esta continuación de la ficción muestra bien claro que es una pura fábula y que sólo se puede explicar alegóricamente. 

 No se puede suponer que Palas, Vulcano, Mercurio y las hijas de Cecrops hayan vivido juntos, aunque se consideraran a unos y otros como personas reales, creo que no se me exigirá que de prueba de ello. Pero si se pone atención a la relación que esta fábula puede tener con el arte hermético, se encontrará primeramente a dos dioses y una diosa que le pertenecen de tal manera que son absolutamente necesarios, saber la ciencia de este arte y la prudencia para conducir el régimen del fuego y de las operaciones; en segundo lugar, el fuego filosófico o Vulcano, seguidamente el Mercurio de los sabios. Si el artista anima y empuja mucho este fuego, es Vulcano que va a violentar a Palas, a la que los filósofos a menudo han tomado por la materia. A pesar de la resistencia de esta virgen, Vulcano actúa siempre, abre la materia de los filósofos y la disuelve. Esta disolución sólo puede hacerse por esta especie de combate entre la materia filosófica, llamada virgen, como lo hemos probado más de una vez, y el fuego. Pero ¿qué resulta de ello? Un monstruo que se llama Erictonio, porque este mismo nombre designa la cosa, es decir, la disputa y la tierra.
No sorprenderá que éste sea un monstruo cuando se le relacione con los otros de la fábula, Cerbero, la Hidra de Lerna, los diferentes dragones que se mencionan en las otras fábulas y que significan la misma cosa que Erictonio, es decir, la disolución y la putrefacción, que se dice con razón hijo de Vulcano y de la tierra, puesto que esta putrefacción es la de la misma tierra filosófica y un efecto de Vulcano o del fuego de los sabios. Es pues la simiente de Vulcano que produce a Erictonio. Y si se dice que Aglaura fue encargada por Minerva de su cuidado, sin que le fuera permitido mirar lo que la cestilla contenía, se entiende bien que una tal condición que volvió la cosa imposible, sólo puede haber sido inventada en vistas de una alegoría, así mismo como su transformación en roca. Es, en efecto, una manera de aludir al progreso de la obra hermética. Aglaura significa gloria, esplendor y los filósofos llaman con este nombre a su materia llegada al blanco a medida que desaparece la negrura; este intervalo entre el blanco y el negro es el tiempo de la educación de Erictonio. Y si Mercurio la transformó en roca es que la misma materia se coagula y se vuelve piedra cuando llega a este estado de blancura resplandeciente de la que acabamos de hablar; es por lo que los filósofos la llaman entonces su piedra al blanco, su Luna, etc. Al ser el Mercurio el agente principal, produce esta metamorfosis. Se supone a este dios amante de Hersé, hermana de Aglaura, porque Ερση significa el rocío y el Mercurio filosófico circula entonces en el vaso y recae como un rocío.
De una tercera lluvia de oro nació un héroe, pero un héroe más famoso que Erictonio. Danae fue encerrada en una torre de bronce por su padre Acrises, porque había aprendido del oráculo que el hijo que naciera de su hija lo privaría de la corona y de la vida y no quería oír ninguna proposición de matrimonio para ella. Júpiter fue preso de amor por esta bella prisionera. La torre estaba bien cerrada y bien guardada, pero el amor es ingenioso. Júpiter, acostumbrado a las metamorfosis, se transformó en lluvia de oro y se deslizó por este medio en el seno de Danae, que de esta visita concibió a Perseo. Perseo concebido en Danae de una lluvia de oro. (Ovidio, Metamorfosis, lib. 6) Al hacerse grande este hijo de Júpiter, entre otras hazañas, cortó la cabeza de Medusa y se sirvió de ella para petrificar a todo aquel que se la presentaba. De las gotas de sangre que manaron de la herida de Medusa nació Crisaor, padre de Gerión, con tres cuerpos; algunos dicen tres cabezas.
La explicación de esta fábula será muy fácil para quien quiera recordar las que hemos dado de otras lluvias de oro. Se conoce fácilmente que Danae y la torre son la materia y el bronce de los filósofos que ellos llaman cobre, latón o letón; que la lluvia de oro son las gotas de agua de oro o el rocío aurífico que suben en la circulación y recaen sobre la tierra que está en el fondo del vaso. Así mismo se podría decir con los mitólogos que Júpiter es tomado por el aire, pero es preciso entenderlo aquí como el color gris llamado Júpiter, porque la lluvia de oro se manifiesta durante el tiempo que la materia pasa del color negro al gris.
Perseo es el fruto que nació de esta circulación. No veo sobre qué fundamento el abad Banier saca la etimología de Perseo de la palabra hebrea Paras, es verdad que significa caballero y que Perseo montó sobre un caballo. Pero ¿por qué los griegos habrían ido a buscar en la lengua hebraica los nombres que la lengua griega les proporciona abundantemente? De las gotas de sangre de Medusa nació Crisaor y de éste Gerión.
Es como si se dijera que del agua roja de los filósofos, que Pitágoras llama sangre,[9] como también otros adeptos, y Raimon Llull con Ripley vino rojo, nace el oro o el azufre filosófico. Se dice además que Crisaor viene del griego χρυσός aurum. Este oro disuelto en su propia agua roja como la sangre, produce el elixir o Gerión, con tres cuerpos o tres cabezas, porque está compuesto con la combinación exacta de los tres principios azufre, sal y mercurio. Ya explicaré más extensamente esta fábula en el capítulo de Perseo. Podría haber puesto algunas otras en este segundo libro, pero por estas se pueden juzgar las otras. No me he propuesto hacer una mitología entera, es suficiente para probar mi sistema explicar las principales y más antiguas. Además tendré ocasión de pasar revista a un gran número de ellas en el siguiente libro, que tratará de la genealogía de los dioses.

[1] . Estrabón, lib. 14.
[2] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 27.
[3] . Aquel que explica la Luna de los filósofos, o el Mercurio de los filósofos como si fuera mercurio vulgar, o bien engaña conscientemente a otro, o bien se engaña a sí mismo. Espagnet, can. 44.
[4] . Al Mercurio de los filósofos se le llama con diferentes nombres; tan pronto se le llama tierra, como se le llama agua, por diversos motivos y sobre todo porque está compuesto naturalmente de una y otra. Esta tierra es sutil, blanca, sulfurosa, los elementos están fijos en ella y el Oro filosófico está allí en estado de simiente, mientras que el agua es un agua de vida, es decir, ardiente, permanente, extremadamente límpida, a la que también se llama agua del oro y de la plata. El Mercurio del que tratamos aquí, que todavía contiene su azufre, que se multiplica por medio del Arte, también puede ser llamado Azufre de plata viva. En fin, esta sustancia tan preciosa es la Venus de los antiguos y el Hermafrodita, dotado de los dos sexos. Espagnet, can. 46.
[5] . Banier, t. 3, p. 39.
[6] . Banier, ibid. p. 37.
[7] . Banier, ibid. p. 42.
[8] . Banier, ibid. p. 40.
[9] . Y de las cuatro partes se eleva el bronce, la herrumbre, el hierro, azafrán, oro, sangre y adormidera. Y la Turba: sabed que nuestra obra tiene muchos nombres: hierro, bronce, plata rojo sangre y rojo muy altanero, etc. La Turba.

martes, mayo 01, 2007

El Toisón de Oro, su explicación (4)


Hemos explicado extensamente el primero (de los trabajos) para dar una idea de los otros; es por lo que seremos más breves en los dos siguientes. Una infinidad de obstáculos y de peligros salen al paso de Jasón. Un dragón grande como un navío de cincuenta remos es el guardián del jardín donde está el Toisón de oro, es preciso que lo venza pero ¿quién osaría intentarlo sin la protección de Palas y el arte de Medea? Este es el dragón del que tanto hablan los filósofos, de los cuales es suficiente aportar solamente algunos textos. Es preciso –dice Raimon Llull–[1] extraer de estas tres cosas el gran dragón, que es el comienzo radical y principal de la alteración permanente. Y más abajo (cap. 10), Por esta razón es preciso decir alegóricamente que este gran dragón sale de los cuatro elementos (cap. 9). El gran dragón es rectificado en este licor (cap. 52). El dragón habita en todas las cosas, es decir, el fuego en el cual está nuestra piedra aérea. Esta propiedad se encuentra en todos los individuos del mundo (cap. 54). El fuego contra natura está encerrado en el menstruo fétido que transmuta nuestra piedra en cierto dragón venenoso, vigoroso y voraz que pone en cinta a su propia madre.

Son pocos los filósofos que no empleen la alegoría del dragón, se encontrarán pruebas de ello más que suficientes en toda esta obra. Este dragón, al ser un fuego, según la expresión de Raimon Llull, no es sorprendente que se haya figurado que el del Toisón de oro arrojara fuego por la boca y las narices. Sólo se puede conseguir matarlo echándole en la gola una composición narcótica y somnífera, es decir, que sólo se puede llegar a la putrefacción de la materia fija con la ayuda y la acción del agua mercurial, que parece apagarlo disolviéndola. Y sólo es por este medio que se le pueden arrancar los dientes, es decir, la simiente del oro filosófico, que debe ser sembrada seguidamente. Cada operación es una repetición de la que le precede, en cuanto a lo que se manifiesta en el progreso, es fácil de explicar la una cuando se tiene la inteligencia de la otra. Ésta comienza pues, como la precedente, por la putrefacción; el género de muerte de este dragón y los accidentes que le acompañan están expresados en el testamento de Arnau de Vilanova.[2] Espagnet dice[3] también que sólo se puede vencer al dragón bañándolo en el agua. Es esta agua límpida que Medea le da a Jasón.
 Pero no es suficiente haber matado al dragón; los toros se presentan también vomitando fuego, es preciso domarlos por el mismo medio y ponerlos bajo el yugo. Ya he explicado suficientemente en el capítulo de Apis lo que se debe entender por los toros, es decir, la verdadera materia primordial de la obra; es con estos animales que se ha de labrar el campo filosófico y echar la semilla preparada que le conviene. Jasón usa la misma estratagema para vencer al dragón y a los toros, pero el principal medio que empleó fue el de proveerse de la medalla del Sol y de la Luna.
Con este pentáculo, se está seguro de lograrlo. Se le encuentra en las operaciones precedentes, y no hay nada que los filósofos mencionen más que estas dos luminarias.
A penas que los dientes del dragón están en tierra, salen hombres armados que se matan entre ellos. Es decir que en el momento en que la semilla aurífica es puesta sobre la tierra, las naturalezas fijas y volátiles actúan la una sobre la otra; se produce una fermentación ocasionada por la materia fijada en piedra, el combate se induce, los vapores suben y descienden, hasta que todo se precipita y resulta una substancia fija y permanente, la posesión de ésta procura la del Toisón de oro. Virgilio habla de estos toros[4] en estos términos:
Este país no ha visto a toros soplando fuego por las narices, ligándolos para sembrar allí los dientes de una monstruosa hidra, ni una siega de cascos y abundantes lanzas de guerreros erizar sus campos. Unos dicen que este Toisón era blanco, otros que de color púrpura, pero la fábula nos enseña que había sido dorado por Mercurio, antes de que fuera suspendido en la selva de Marte. En consecuencia, había pasado del color blanco al amarillo, después al color de la herrumbre y al fin al color púrpura. Mercurio lo había dorado, puesto que el color citrino que se encuentra intermedio entre el blanco y el de la herrumbre es un efecto del mercurio.
Viene a propósito señalar, con Apolonio[5] que Medea y Ariadna, tanto la una como la otra nietas del Sol, suministraron a Teseo y a Jasón los medios de vencer a los monstruos contra los cuales querían combatir. El parecido que se encuentra entre las expediciones de estos dos príncipes prueba claramente que estas dos ficciones fueron imaginadas a la vista del mismo objeto. Embarcaron los dos con algunos compañeros, cuando llegó Teseo encontró un monstruo con el que combatir, el Minotauro; Jasón también tuvo que vencer a los toros. Teseo para llegar al Minotauro es obligado a pasar por todas las revueltas de un laberinto siempre en peligro de perecer; Jasón tiene que hacer una ruta no menos difícil a través de los escollos y de los enemigos. Ariadna se prenda de amor por Teseo y contra los intereses de su propio padre otorga a su amante los medios de salir victorioso de los peligros a los que debía de exponerse; Medea se encuentra en el mismo caso y en una circunstancia parecida procura a Jasón todo lo que necesita para vencer;
Ariadna deja a su padre, su patria y se va con Teseo, que seguidamente la abandona en la isla de Naxo, para desposar a Fedra de la cual tuvo a Hipólito y Demofón, tras haber tenido, según algunos autores, a Oenopion y Estáfilo de Ariadna. Medea también se salva con Jasón, que después de tener dos hijos la deja para tomar a Creusa. Los hijos de unos y de otros perecieron miserablemente como las madres; Teseo murió precipitado desde lo alto de una roca al mar; Jasón pereció bajo las ruinas de la nave Argo. Medea abandonada por Jasón se casó con Egeo, Ariadna con Baco. En fin, es visible que estas dos ficciones sólo son una misma cosa explicada mediante dos alegorías, de las que han querido variar las circunstancias para hacer dos historias diferentes.
Si los mitólogos quisieran tomarse la molestia de reflexionar sobre esta semejanza, ¿podrían impedir que se les abriera los ojos a su error? y ¿se tomarían tanto esfuerzo para acercar a la historia, lo que evidentemente sólo es una ficción? Estas no son las únicas fábulas que tienen una similitud inmediata, la de Cadmo también se asemeja a la de Jasón. Un mismo dragón que hace perecer, los mismos dientes que ha de sembrar, los mismos hombres que nacen y se matan entre ellos, allí es un toro que Cadmo sigue, aquí los toros que combate Jasón. En fin, si se quisieran acercar todas las fábulas antiguas, se vería sin esfuerzo que tengo razón al reducirlas todas a un mismo principio, porque tienen un mismo objeto.

[1] . Raimon Llull, Teoría, cap. 6.
[2] . Arnau de Vilanova, Testamento.
[3] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 50.
[4] . Virgilio, Geórgicas, 2, 140
[5] . Apolonio, Argonautas, lib.3, vers. 996.

jueves, abril 19, 2007

La Musa o Amusa

Algunos botánicos y muchos historiadores lo han calificado de árbol aunque esté sin ramas. Normalmente su tronco es grueso como el muslo de un hombre, esponjoso y cubierto de muchas cortezas u hojas escamosas, acostadas unas sobre otras; sus hojas son largas, obtusas y su longitud sobrepasa algunas veces los siete codos.[1] Están afirmadas por una costilla gruesa y larga que reina en medio de ellas a todo lo largo, de la cima del tallo nacen flores rojas o amarillentas. Lo frutos que producen son de un gusto agradable y se parecen mucho a un pepino dorado. Su raíz es larga y gruesa, negra por fuera, carnosa y blanca por dentro. Cuando se hacen incisiones en esta raíz sale un jugo blanco que enseguida se vuelve rojo.
Mahudel, así como muchos anticuarios, sólo vieron en esta planta su belleza como motivo capaz de determinar a los egipcios a consagrarla a las divinidades locales de la comarca, donde crecía con mucha abundancia, pero puesto que la empleaban en los jeroglíficos, sin duda se unía allí a alguna idea particular que estaba señalada en esta planta por alguna relación con estas divinidades.
Las plumas de Osiris, las de los sacerdotes y las de Isis, donde estas hojas se encuentran algunas veces, el fruto cortado que se deja ver entre las dos hojas que forman el penacho, en fin, Isis presentando el tallo florecido de esta planta a su esposo, son las cosas que la tabla Isíaca nos pone más de una vez ante los ojos, ¿se creerá que solamente la belleza de esta planta sea el motivo? ¿no es más natural pensar que un pueblo tan misterioso lo haga con alguna intención? Podría, pues, estar allí el misterio oculto debajo, y en efecto, allí se encontraba, pero se trata de un misterio fácil de desvelar para aquel que tras haber hecho algunas reflexiones sobre lo que hemos dicho, verá en la descripción de esta planta los cuatro colores principales de la gran obra.
El negro se encuentra en la raíz, así como el color negro es la raíz, la base o la llave de la obra; si se le levanta esta corteza negra se descubre el blanco, la pulpa del fruto es también de este último color; las flores que Isis presenta a Osiris son amarillas y rojas y la mondadura del fruto es dorada. La Luna de los filósofos es la materia venida al blanco; el color amarillo azafranado y el rojo que suceden al blanco son el Sol o el Osiris del arte; se tiene razón, pues, en representar a Isis en la postura de una persona que ofrece una flor roja a Osiris. Se puede finalmente observar que los atributos de Osiris participan todos o en parte del color rojo o del amarillo o del azafranado y los de Isis, del negro y del blanco tomados separadamente, o mezclados, porque los monumentos egipcios nos representan estas divinidades siguiendo los diferentes estados en que se encuentra la materia de la obra durante el curso de las operaciones.
Se puede encontrar a Osiris de todos los colores, pero entonces es preciso poner atención a los atributos que le acompañan. Si el autor del monumento estaba en el caso de los misterios de Egipto y quería representar a Osiris en su gloria, los atributos serán rojos o al menos azafranados, en su expedición a las Indias, serán variados y de diferentes colores, lo que estaba indicado por los tigres y los leopardos que acompañaban a Baco, en Etiopía o muerte, los colores serán negros o violetas, pero jamás se encontrarán mezclados en el blanco, así como no se verá jamás ningún atributo de Isis puramente rojo. Sería de desear cuando se encuentra algún monumento coloreado que se recomendara al grabador de blasones todo lo que está representado, o que aquel que da la descripción al público tenga la atención de designar exactamente los colores tal cual. No sería menos a propósito el obligar a los grabadores a representar los monumentos tal como son y no dejarles la libertad de cambiar las proposiciones y las actitudes de las figuras bajo el pretexto de suplir la ignorancia de los antiguos artistas y de dar una forma más graciosa a estas figuras. La exactitud tiene una muy gran consecuencia, particularmente respecto a los atributos. Una obra sobre los antiguos, puesta al día después de unos pocos años me obliga a hacer esta observación.
Los griegos y los romanos que observaban como bárbaro todo lo que no había nacido en Roma o en Atenas, exceptuaron a los egipcios de una imputación tan injusta, y sus mejores autores, lejos de imitar a Juvenal, Virgilio, Marcial y sobre todo a Lucio, que desplegaban las burlas más finas contra las supersticiones de los egipcios, están llenos de elogios que dan a su cortesía y a su saber.
Entendían que fueron sus grandes hombres los que habían puesto todos estos bellos conocimientos que adornaron sus obras. Si no se puede justificar absolutamente al pueblo de Egipto sobre la oscuridad y el ridículo del culto que rendía a los animales, no atribuyamos a los sacerdotes y a los sabios de aquel país esos excesos, pues su sabiduría y sus conocimientos los volvían incapaces de ello. Las tradiciones se oscurecen algunas veces a medida que se alejan de su fuente. Los jeroglíficos tan multiplicados pueden, en el curso de los tiempos, haber sido interpretados por las gentes poco o nada instruidos en su verdadero significado. Los autores que han bebido en esta fuente impura sólo han podido transmitirla de la manera que ellos la han recibido o quizás más desfigurada aún. Así mismo parece que Herodoto, Diodoro de Sicilia, Plutarco y algunos otros buscan excusar a los egipcios del culto que rendían a los animales, aportando razones verosímiles. Dicen que adoraban en estos animales la divinidad cuyos atributos se manifestaban en cada animal, como el Sol en una gota de agua que es tocada por sus rayos.[2] Es cierto además, que todo culto no es un culto religioso y aún menos una verdadera adoración y todo lo que está emplazado en los templos para ser objeto de veneración pública, no está en el rango de los dioses. Los historiadores, pues, han podido equivocarse en el relato que han hecho de los dioses de Egipto y así mismo en cuanto a lo que consideraba el culto del pueblo, y con más razón en lo que concernía a los sacerdotes y los filósofos, de los que ignoraban los misterios.
La escritura simbólica conocida bajo el nombre de jeroglíficos no era contraria al deseo que los egipcios tenían en trabajar para la posteridad. Estos jeroglíficos fueron un misterio en el tiempo mismo de su institución como lo son aún y lo serán siempre para los que buscan explicarlas por otros medios que los que propongo. El deseo de sus institutores no era volver el conocimiento público grabándolos sobre sus monumentos para conservarlos para la posteridad, han actuado como los filósofos herméticos, que escriben de alguna manera para ser entendidos por los que están en el caso de su ciencia o para darles algunos trazos de luces absorbidas, por así decirlo, en una oscuridad tan grande que los ojos más clarividentes sólo son sorprendidos tras largas búsquedas y profundas meditaciones.

La mayor parte de las antigüedades egipcias, por su naturaleza, no nos pueden deleitar y esclarecernos perfectamente. Todas las explicaciones que se querrá dar para acercarlas a la historia se reducirán a conjeturas, porque todo es afectado por el misterio que reinaba en este país y que, para fundar sus razonamientos sobre el encadenamiento de los hechos, se encuentra que el primer año de la cadena que los liga desemboca en las fábulas. Es pues a estas fábulas que se ha de recurrir, y observándolas como tales, hacer el esfuerzo para penetrar el verdadero significado. Cuando se encuentra un sistema que las desarrolla naturalmente es preciso tomarlo como guía. Todos los que han seguido el sistema histórico hasta aquí son reconocidos insuficientes por todos los autores que han escrito sobre las antigüedades. A cada paso se encuentran obstáculos que no se pueden superar. No son pues, los verdaderos hilos de Ariadna que nos servirán para sacarnos de este laberinto, en consecuencia es preciso abandonarlos.
Dirigiéndose a los principales autores de la filosofía hermética y estudiándolos tanto como para ponerse en estado de hacer justas aplicaciones, hay pocos jeroglíficos que no se puedan explicar. No serían admitidos como hechos históricos aquellos que son puramente fabulosos y no se rechazarían de estos hechos la circunstancias que los caracterizan particularmente, bajo pretexto de que han sido añadidos para embellecer la narración y aumentar lo maravilloso. Este último sistema ha sido seguido por el abad Banier en su mitología, y a pesar de que le haya procurado alguna facilidad, se encuentra a menudo en la fastidiosa necesidad de confesar que le es imposible desembrollar este caos.

[1] . Mem. De l' Acad. Des Inscript. Y Bellas Letras, t. 3.
[2] . Plutarco, Isis y Osiris.

lunes, abril 16, 2007

Plantas jeroglíficas, El Loto y la Haba de Egipto

El loto es una especie de lis que crece en abundancia tras la inundación del Nilo.[1] Los egipcios, tras haberla cortado, la hacían secar al Sol y de una parte de esta planta, que parecía una adormidera, hacían el pan. Su raíz es redonda del grosor de una manzana y muy buena para comer. El mismo autor dice[2] que el fruto del loto se parece al del lentisco, tan agradable al gusto como el de la palmera. Los lotófagos, eran así llamados porque usaban de este fruto para todo alimento, y hacían vino de él. Los egipcios, según Plutarco,[3] peinaban la flor de loto al Sol naciente, no porque creyeran –dice– que hubiera nacido así, sino porque representaban alegóricamente la mayor parte de las cosas.

Mahudel leyó en la academia de las inscripciones y bellas letras, en 1716, un memorial sobre juicios y muy documentado sobre las diferentes plantas de Egipto que se encuentran en los monumentos de aquel país y que sirven de adorno o atributos a Osiris, Isis, etc. Según él el loto es una especie de nymphea, que difiere del haba de Egipto sólo por el color de su flor que es blanca, mientras que la otra es de un rojo encarnado, lo que conviene a la idea que nos da Herodoto en el lugar que hemos citado. Es inútil buscar la descripción de Teofrasto, Plinio y Dioscórides, que no habían visto estas plantas en su lugar natal.
Si el señor Mahudel hubiera supuesto que el color del fruto y de la raíz del loto y del haba de Egipto, hubieran merecido que se hiciera mención, no habría olvidado hacerlo con todo detalle, pero sólo vio este fruto y esta flor en los monumentos y sólo se refirió particularmente a ello. Por alguna razón la hoja entraba también en las ideas jeroglíficas de los egipcios, puesto que representaba de alguna manera el Sol por su redondez y por sus fibras que desde un pequeño círculo que hay en el centro de esta hoja se expanden hacia todos lados como los rayos del sol hasta la circunferencia.
La flor abierta representa casi la misma cosa.
Pero de todas las partes de la planta la flor es lo que más comúnmente se señala sobre la cabeza de Isis y de Osiris y de los mismos sacerdotes que estaban a su servicio. La relación que los egipcios creían que la flor de loto tenía con el Sol, puesto que al levantar este astro se mostraba en la superficie del agua y se sumergía de nuevo cuando se ocultaba, no era precisamente lo único que había hecho que se la consagrara a él. Si los anticuarios hubieran podido distinguir o por lo menos hubieran puesto atención en examinar que era del color de las flores que se ponían sobre la cabeza de Osiris y de las que se ponían sobre la de Isis, habrían visto sin duda que la flor encarnada del haba de Egipto no se encontraba jamás sobre la cabeza de Isis, sino solamente la flor blanca del loto y que se asignaba la primera a Osiris. El completo parecido de estas dos plantas ha impedido sospechar el misterio en su elección y señalar esta diferencia. Se podrá encontrar en lo que sigue, o puede ser que se tenga ya algunos monumentos egipcios coloreados, sobre los cuales se verá esta distinción.




Los inventores de los jeroglíficos no admiraban nada que no tuviera una relación con la cosa significada. Plutarco[4] lo ha intuido en el color del fruto de las plantas de las que hablamos, que tienen la forma de una copa o de copón, de la que llevaba el nombre entre los griegos. Viendo representado un niño sentado sobre este fruto, ha dicho que este niño era el crepúsculo, por relación al parecido del color del bello momento del día con el de este fruto. Se ha de poner atención, pues, al color mismo de estos atributos para poder dar las interpretaciones justas y conformes a las ideas de sus institutores.
Se ha debido de señalar hasta aquí que el color amarillo y el rojo eran particularmente los de Horus y de Osiris y el blanco el de Isis; porque los dos primeros eran los colores del Sol y el blanco el de la Luna, en el mismo sistema hermético. Es pues, verosímil que los egipcios emplearan el loto y el haba de Egipto en sus jeroglíficos a causa de su diferente color, puesto que siendo parecidas en todo el resto, una de estas dos plantas hubiera sido suficiente. La mayor parte de los vasos, sobre la copa de los cuales se ve a un niño sentado, son el fruto del loto.

[1] . Herodoto, lib. 2, cap. 92.
[2] . Herodoto, lib. 4, cap. 177.
[3] . Plutarco Isis y Osiris.
[4] . Plutarco, Ibidem.

viernes, abril 13, 2007

El Águila y el Gavilán

Estos dos pájaros tienen mucha relación por su naturaleza; el uno y el otro son fuertes, osados, emprendedores, de un temperamento caliente, ígneo, hirviente y las razones que, según Horus, habían determinado a los egipcios a incluir al gavilán en sus jeroglíficos convenían muy bien con aquellas que han llevado a los filósofos a tomar el nombre de este pájaro para dárselo a su materia llevada a un cierto grado de perfección, donde adquiere una ignidad que la caracteriza particularmente, quiero decir cuando se vuelve azufre filosófico, es en este estado que Ramón Llull[1] la llama nuestro gavilán o la primera materia fija de las dos grandes luminarias.
El águila es el rey de los pájaros y consagrado a Júpiter porque fue un dichoso presagio para este dios, cuando fue a combatir a su padre Saturno y proveyó de armas al mismo Júpiter, cuando venció a los titanes y etc. Su carro es tirado por dos águilas y no se representa jamás a este dios sin poner a este pájaro cerca de él. Por poco que se hayan leído las obras de los filósofos herméticos se está al caso de la idea que tenían los que han inventado estas ficciones. Todos llaman águila a su mercurio o a la parte volátil de su materia.
Es el nombre más común que le han dado en todos los tiempos. Los adeptos de todas las naciones están de acuerdo sobre ello. Para ellos el león es la parte fija y el águila la parte volátil. Ellos sólo hablan de los combates de estos dos animales. Es pues, inútil aportar aquí los textos, supongo que hablo a personas que por lo menos los han hojeado.
Se ha figurado con razón que el águila fue un buen augurio para Júpiter, puesto que la materia se volatiliza en el tiempo en que Júpiter consigue la victoria sobre Saturno, es decir, cuando el color gris toma el lugar del negro. Por la misma razón suministra las armas a este dios contra los titanes, como lo probaremos en el tercer libro, en el capítulo de Júpiter donde volveremos a ver la explicación de este hecho.
El mismo motivo ha hecho decir que el carro de este dios era tirado por dos águilas. Pero ¿por qué representaban a Osiris con una cabeza de gavilán? Los que han puesto atención a lo que hemos dicho de este dios lo adivinarán fácilmente. El gavilán es un pájaro que ataca a todos los otros, que los devora y los transforma en su naturaleza cambiándolos en su propia substancia, puesto que le sirven de alimento. Osiris es un principio ígneo y fijo que fija las partes volátiles de la materia designadas por los pájaros. El texto que he citado de Ramón Llull prueba la verdad de mi interpretación. He dicho también que Osiris era el oro, el Sol, el azufre de los filósofos y el gavilán es un símbolo del Sol. Homero[2] lo llama el mensajero de Apolo cuando cuenta que Telémaco estando cerca de volver a Ítaca, se apercibió de uno que devoraba una paloma, de lo que conjeturó que tendría éxito sobre sus rivales. Los egipcios daban como razón del culto rendido a este pájaro que había venido desde países desconocidos a Tebas donde había traído a los sacerdotes un libro escrito en letras rojas en el cual estaban todas las ceremonias de su culto religioso. No hay nadie que no vea cuán fabuloso es tal hecho, pero se ha de pensar que no se ha inventado sin razón. Sin duda se dirá que los sacerdotes contaron tal fábula para dar más respeto al pueblo, haciéndole creer que algún dios había enviado este pájaro cargado con este mensaje.
Pero no hubieran estado de acuerdo con ellos mismos puesto que publicaron al mismo tiempo que Hermes con Isis eran los inventores y los institutores de este culto y de las ceremonias que allí se observaban. Habría habido una contradicción, al menos aparentemente, pues en el fondo todo concuerda perfectamente. El pretendido libro estaba escrito en letras rojas, porque el magisterio filosófico, el elixir perfecto del arte sacerdotal, Osiris, del cual el gavilán era el símbolo o el Apolo de los filósofos, es rojo y de un rojo de amapola de campo. Las ceremonias de su culto estaban escritas, puesto que eran un alegoría de las operaciones y de todo lo que pasa desde el comienzo de la obra hasta su perfección, tiempo en el cual se muestra el gavilán, es por lo que se decía que este pájaro había traído este libro, he aquí la ficción. Hermes, por otro lado, había instituido las ceremonias y había establecido a los sacerdotes, a los que confió su secreto, para observarlos, he aquí la verdad. Isis estaba mezclada en esta institución porque había tenido buena parte en ella, siendo el objeto y como materia había dado lugar a ello. De entre los egipcios los que estaban encargados de escribir lo que observa este culto, llevaban, según Diodoro,[3] un sombrero rojo con un ala de gavilán, por las razones anteriormente dichas.
Parece que haya otra contradicción en lo que acabo de decir, sin embargo conforme a lo que decían los egipcios. Osiris y Horus no eran el mismo, puesto que uno era el padre y el otro el hijo. Se conviene sin embargo que el uno y el otro eran el símbolo del Sol o Apolo. Reclamo a los mitólogos cómo, siguiendo sus diferentes sistemas, podrían resolver esta dificultad. Dos personas diferentes, dos reyes que han reinado sucesivamente, de manera que allí mismo hubo el reinado de Isis entre medio, ¿pueden ser considerados una misma persona? La misma fabulosa historia del reino de los dioses en Egipto no nos enseña que el Sol haya reinado dos veces. Ella nos enseña que Osiris murió por la perfidia y la maniobra de Tifón; pero no dice que resucitara. Sin embargo Osiris era el mismo que el Sol, Horus lo mismo que Apolo y el Sol no difiere de Apolo.
No veo, pues, cómo nuestros mitólogos podrían salirse de este laberinto. Pero lo que prueba bien claramente la verdad de mi sistema, es que siguiéndolo, los egipcios no podían combinar esta historia de otra manera, sin apartarse de la verdad, quiero decir, sin cambiar el orden de lo que pasa sucesivamente en el progreso de la obra. En efecto, hay dos operaciones, o si se quiere, dos obras que suceden inmediata  mente. En la primera, dice Espagnet,[4] se crea el azufre y en la segunda se hace el elixir, el azufre y el oro vivo de los filósofos, su Sol u Osiris. En la segunda obra es preciso hacer morir este Osiris, por la disolución y la putrefacción, tras la cual reina Isis o la Luna, es decir, el color blanco llamado Luna por los filósofos. Este color desaparece para dar lugar al amarillo azafranado, es Isis que muere y Horus que reina o el Apolo del arte hermético. Es inútil extenderse más, lo hemos explicado suficientemente, tanto en el tratado de este arte como en los capítulos de este libro que conciernen a estos dioses.
 

[1] . Ramón Llull, lib. Experim. 13.
[2] . Homero, Odisea.
[3] . Diodoro de Sicilia, lib. 1, cap. 4.
[4] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 121.

martes, abril 10, 2007

El Icneumón y el Cocodrilo

Se considera a este animal como el enemigo jurado del cocodrilo y al no poder vencerlo por la fuerza, pues sólo es una especie de rata, emplea la destreza. Se dice que cuando el cocodrilo duerme el icneumón se desliza en su boca abierta, desciende a sus intestinos y los roe. Algo parecido sucede en las operaciones de la obra. El fijo, que primeramente parece poca cosa, o más bien el fuego que encierra que parece no tener ninguna fuerza, es dominado largo tiempo por el volátil, pero a medida que se desarrolla se insinúa allí de manera que toma al fin la cima y lo mata, es decir, lo fija como él. Hemos hablado del cocodrilo en el capítulo de Anubis, pero diremos aún dos palabras.
El cocodrilo era un jeroglífico natural de la materia filosófica, compuesta de agua y de tierra, puesto que este animal es anfibio, también se le veía a menudo como acompañamiento de las figuras de Osiris y de Isis. Eusebio[1] dice que los egipcios representaban al Sol como piloto en un navío y este navío era llevado por un cocodrilo, para significar –añade– el movimiento del Sol en la humedad; pero era más bien para señalar que la materia del arte hermético es el principio o base del oro o Sol filosófico, el agua donde nada el cocodrilo es este Mercurio o esta materia reducida en agua, el navío representa el vaso de la naturaleza, en el cual el Sol o el principio ígneo y sulfuroso está como piloto, porque es él quien conduce la obra mediante su acción sobre el húmedo o el Mercurio. El cocodrilo era también el jeroglífico del mismo Egipto y particularmente de la base, porque este país es pantanoso.

[1] . Eusebio, Praepar. Evang. lib. 3, cap. 3.