Mostrando entradas con la etiqueta Tetis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tetis. Mostrar todas las entradas

lunes, julio 02, 2007

(Artículo del traducctor) Referente a Isis y la Negrura (solve et coagula)


En el capítulo “Historia de Isis” Pernety nos aporta la descripción que Apuleyo hace de esta diosa en su obra “El Asno de Oro”,[1] al que remito al lector para que pueda coger la punta de hilo del ovillo que intento desmadejar. Sólo destacaré de esta descripción los detalles de la corona donde dice que: En medio, por delante, aparecía una especie de globo en forma casi de espejo que despedía una luz brillante y plateada como la de la Luna. A la derecha y la izquierda de este globo se levantaban dos ondulantes víboras, como para engarzarlo y sostenerlo y de la base de la corona salían espigas de trigo. Luego un poco más adelante y hablando de la resplandeciente ropa dice que toda ella está cubierta por... una toga destacable por su gran negrura que pasaba desde el hombro izquierdo por debajo del brazo derecho y ondeaba en muchos pliegues descendiendo hasta los pies. En la explicación que Pernety nos da de esta descripción afirma que este relato es una alegoría de la obra: Su corona y los colores del hábito lo indican en general y en particular. Isis pasó por ser la Luna, la Tierra y la Naturaleza. Su corona formada por un globo brillante como la Luna lo anuncia claramente. Las dos serpientes que sostenían este globo son las mismas de las que hemos hablado en el primer capítulo de este libro, explicando el monumento de A. Herenuleio Hermes. El globo también es la misma cosa que el huevo de ese monumento. Veamos qué dice Pernety respecto a dicho monumento, especialmente lo que concierne a las dos serpientes:[2] Las dos serpientes –dice– son los dos principios del arte sacerdotal o hermético uno macho o fuego, tierra fija o azufre, el otro hembra, agua volátil y mercurial, que los dos concurren en la formación y generación de la piedra hermética, que los filósofos llaman huevo y pequeño mundo. [...] También se puede explicar el huevo como el vaso en el cual se forma el huevo, mediante el combate del fijo con el volátil que se reúnen uno y otro formando un todo fijo llamado oro filosófico o sol hermético. [...] La mayoría de filósofos que han tratado esta ciencia han representado sus dos principios bajo el símbolo de dos serpientes. Anteriormente, en el capítulo de “la Historia de Osiris”, ya afirmaba que: los egipcios entendían por Isis y Osiris tanto la sustancia volátil y la sustancia fija de la materia de la obra, como el color blanco y el rojo que toma en las operaciones. Volvamos a la explicación que Pernety da a la descripción de Isis hecha por Apuleyo: Los colores que sobrevienen a esta materia durante las operaciones están expresamente representados en la vestimenta de Isis. Una toga o larga ropa sorprendente por su gran negrura cubre totalmente su cuerpo dejando percibir solamente por lo alto otra ropa de lino fino, primero blanco, después azafranado y finalmente el color del fuego. Los filósofos llaman al color negro el negro más negro que el mismo negro, nigrum nigro nigrius. Homero da un parecido a Tetis cuando se dispone ir a solicitar los favores y la protección de Júpiter para su hijo Aquiles. No había en el mundo, dice este poeta, vestimenta más negra que la suya[3]. El color blanco sucede al negro, el azafranado al blanco y el rojo al azafranado, precisamente como lo relata Apuleyo.[4] Vamos a ver ahora un texto actual en el que se explica la obra a partir del descenso de Ulises a los infiernos con el fin de consultar al ciego Tiresias, ya que es lo que la maga Circe le había recomendado, a fin de que Ulises recibiera consejo del adivino Tiresias. Se trata del capítulo titulado LA NEKUIA O LA EVOCACIÓN DE LOS MUERTOS, del libro EL HILO DE PENÉLOPE de Emmanuel d’Hooghvorst (EH).[5] Tiresias es tebano y EH dice: Tebas tenía siete puertas y estas puertas eran de electrum. Siendo siete el número del alma del mundo o alma creadora, no es difícil sospechar que estas siete puertas no eran más que una, cuyo misterioso electrum era el más bello ornamento. Pero ¿quién era Tiresias y por qué se había quedado ciego? Su leyenda nos ha sido transmitida por Ovidio en el tercer libro de sus Metamorfosis. La citamos íntegramente: [...] Cuentan que casualmente Júpiter, aliviado por el néctar, había dejado de lado sus pesadas preocupaciones y se había entregado a dulces entretenimientos con la despreocupada Juno y había dicho: «Verdaderamente, es mayor vuestro placer que el que corresponde a los varones». Ella lo niega; les pareció bien investigar cuál era la opinión del sabio Tiresias pues este tenía conocimiento de los placeres de ambos sexos. En efecto, con un golpe de bastón había golpeado los cuerpos de dos grandes serpientes que se apareaban en un verde bosque y, convertido de hombre en mujer, ¡oh, hecho admirable!, había vivido siete otoños; en el octavo, vio de nuevo a las mismas y dijo: «Si es tan grande el poder de vuestra herida que cambia la condición del que ha golpeado en lo contrario, también ahora os voy a herir». Golpeadas las mismas serpientes, volvió a su figura anterior y apareció el aspecto con el que había nacido. Tomado por tanto éste como árbitro de la burlesca contienda, confirma las palabras de Júpiter; se dice que la hija de Saturno se enfadó más de los justo y en proporción inversa al motivo, y condenó a una noche eterna los ojos de su juez. Pero el padre todopoderoso, pues no está permitido a ningún dios invalidar las acciones de otro dios, en compensación de la luz de la que había sido privado le concedió el don de conocer el futuro y suavizó el castigo con tal honor.[6] ¿Por qué era necesario que Ulises fuera a consultar el decir de Tiresias? El Hue, uno de los nombres del alma del mundo, ¿no tiene que bajar al infierno mineral para liberar la simiente del oro que se encuentra allí enterrada? Ciertamente el alma del mundo no es otra cosa que el famoso disolvente quymico que tantos buscadores se empeñan vanamente en inventar. Es la sustancia misma del oro que se ha hecho palpable en el electrum; éste es el famoso secreto ancestral, el fundamento de la obra que disuelve el oro vil tan simple y suavemente como el hielo se funde poco a poco en agua templada.[7] [...] En primer lugar se leerá Tiresias el ciego en ese pote que selló Juno, o el aire que fluye en dote de oro. Tengo negrura, dice este pote, pues su contenido no puede ser contemplado antes del tiempo del Arte: éste es el color negro tan descrito en los libros. Sin embargo, es como una mancia ciega, como una pre-dicción, pues en esta admirable conjunción, el discípulo puede contemplar en un relámpago el genio de la Obra La unión de las dos serpientes expresa el solve y el coagula que son como la mujer para el solve, que se convierte en hombre en la coagulación. He aquí a los dos sexos sucesivos de Tiresias; el número siete, como ya lo hemos propuesto, firma la acción creadora del alma del mundo. Añadamos que las serpientes entrelazadas son como la medida dada a lo ilimitado. Dar medida al sin límite es el Arte bajo todas sus formas. Por ejemplo, la palabra da medida y forma al pensamiento... al igual que la pura medida del sueño divino del oro que voló, se fija en un cuerpo admirable y resplandeciente. Es así como el oro vil vuelve a encontrar una naturaleza y un cuerpo celestes. Todo ello se realiza en el atanor donde humeó esta hembra descendida de negro penetrante, purgando el dolo de la edad de hierro. ¡Qué poeta, aquel discípulo del Arte que prepara y dispone este comercio donde Isis y Osiris se conocerán, dos en uno, leído Pan! Es la edad de oro madurando en un pote. Los novios del Arte son, pues, como dos sentidos, el solve y el coagula leídos en uno solo. Sin quymica este oro vil no se regenera. Como puede apreciar el lector sólo un conocedor puede interpretar la cosa de la que hablan los Sabios, y que siempre es la misma, bajo la vestidura de sus textos. Emmanuel d’Hooghvorst nos muestra claramente lo que es este Arte, a partir de Isis, es decir, como él mismo dice en un aforismo: Este libro tiene doble sentido con o sin Isis.[8] Y así lo expresa en un fragmento del tomo dos del Hilo de Penélope:[9] El Gran Arte es una santa aventura conocida en Egipto, tumba de Osiris. Lo que allí se encuentra completamente crudo ha de cocerse en larga paciencia ¿De dónde se saca el mercurio que enciende la mecha del saber? De una negra nube que yerra perdida.
[1] . Apuleyo, Metamorfosis o el Asno de Oro, lib.11 [2] . El lector lo puede encontrar en la primera entrada de Los Jeroglíficos Egipcios. [3] . Este suceso de Tetis y Aquiles será motivo de una comparación más minuciosa en próximos artículos. [4] . Esta sucesión de colores también es confirmada por Louis Cattiaux en el Mensaje Reencontrado, ed. Sirio, o también en Amazón .com, editado por Beyaeditions. Libro IV, versículo 47: El blanco en el negro y el rojo en el blanco, he aquí toda la creación presente. [5] . Emmanuel d’Hoogvorst, El Hilo de Penélope I, Arola Editors, Tarragona 2000, p. 83. [6] . Ovidio, Metamorfosis, III, 318-338. [7] . El Hilo de Penélope I, p.84. [8] . El Hilo de Penélope I, aforismo 104, p. 349. [9] . El Hilo de Penélope II, Arola Editors, Tarragona 2006, p. 19.

jueves, marzo 15, 2007

Historia de Isis (1)



Cuando se hace la genealogía de Osiris, se hace también la de Isis, su esposa, puesto que era su hermana. Se piensa comúnmente que era el símbolo de la Luna, como Osiris lo era del Sol, pero se la toma también por la naturaleza en general y por la tierra, según Macrobio. De ahí viene, dice este autor, que se represente a esta diosa teniendo todo el cuerpo cubierto de tetas. Apuleyo es del mismo parecer que Macrobio y hace la descripción siguiente:[1]
Una cabellera larga y bien provista caía en ondas sobre su divino cuello, tenía en la cabeza una corona variada por su forma y por las flores que la adornaban. En medio, por delante, aparecía una especie de globo, en forma casi de espejo que despedía una luz brillante y plateada, como la de la Luna. A la derecha y a la izquierda de este globo se levantaban dos ondulantes víboras, como para engarzarla y sostenerla y de la base de la corona salían espigas de trigo. Una ropa de lino fino la cubría enteramente. Esta ropa era muy resplandeciente, tanto por su gran blancura como por su amarillo azafranado, en fin, por un color de fuego tan vivo, que mis ojos estaban deslumbrados. Una toga destacable por su gran negrura pasaba desde el hombro izquierdo por debajo del brazo derecho y ondeaba en muchos pliegues descendiendo hasta los
pies, estaba bordada de nudos y flores variadas y salpicada de estrellas en toda su extensión. En medio de estas estrellas se mostraba la Luna con rayos parecidos a las llamas. Esta diosa tenía un cetro en la mano derecha, que por el movimiento que le daba producía un sonido agudo, pero muy agradable; en la izquierda llevaba un vaso de oro cuya asa estaba formada por una áspid que elevaba la cabeza con aire amenazante; el calzado que cubría sus pies, exhalantes de ambrosía, era de un tejido que estaba hecho de palma victoriosa. Esta gran diosa cuya dulzura del aliento sobrepasa a todos los perfumes de la dichosa Arabia, se dignó hablarme en estos términos: Soy la naturaleza madre de las cosas, dueña de los elementos, el principio de los siglos, la soberana de los dioses, reina de los manes, la primera de las naturalezas celestes, la faz uniforme de los dioses y de las diosas, soy yo que gobierno la sublimidad luminosa de los cielos, los vientos saludables de los mares y el silencio lúgubre de los infiernos. Mi divinidad única es honrada por todo el universo, pero bajo diferentes formas, bajo diversos nombres y por diferentes ceremonias. Los frigios, lo primeros nacidos de los hombres, me llaman Pesinúntica madre de los dioses, los atenienses Minerva Cecrópea, los de Chipre Venus
Pafia, los de Creta Diana Dictina, los sicilianos, que hablan tres lenguas, Proserpina Estigiana, los eleusinos la antigua diosa Ceres, otros Juno, otros Belona, algunos Hécate, otros Ramnusia. Pero los egipcios que están instruidos en la antigua doctrina me honran con las ceremonias que me son propias y convenientes y me llaman por mi verdadero nombre, la reina Isis.
Isis era más conocida por su propio nombre fuera de Egipto que Osiris porque era considerada como madre y naturaleza de las cosas. Este sentimiento universal debería de haber hecho abrir los ojos a los que la observaban como una verdadera reina de Egipto y que, en consecuencia, pretendían adaptar su figurada historia a la historia real de los reyes de aquel país.
Los sacerdotes de Egipto contaban, según el testimonio de Diodoro, veinte mil años después del reino del Sol hasta el tiempo en que Alejandro el Grande pasó a Asia. Decían también que sus antiguos dioses reinaron cada uno doscientos de años y que sus sucesores no reinaron menos de trescientos, lo que algunos entienden según el curso de la Luna y no del Sol, contando los meses por años. Eusebio, que hace mención de la cronología de los reyes de ribuirse la superioridad sobre los otros hombres. Eusebio dio como sucesores de Océano a Osiris e Isis. Los pastores reinaron seguidamente durante 103 años, después la dinastía de los politanos durante 348 años, de los cuales el último fue Miris o el faraón, llamado Menofis, alrededor del año del mundo 2550. A esta dinastía sucedió la de Lartes que duró 194 años, después la de los diapolitanos que fue de 177 años.
Egipto, emplaza a Océano como el primero de todos, hacia el año del mundo 1802, tiempo en el cual Nimrod fue el primero en at
Pero si quitamos 1020 años del mundo hasta el reinado de Alejandro, el reino del Sol u Horus, que sucedió a Isis, recaerá en el año del mundo alrededor de 2608, tiempo en el cual, según Eusebio, reinó Zeto, inmediato sucesor de Miris. Así, por este cálculo, no se encuentra lugar para poner los reinados de Osiris, Isis, el Sol, Mercurio, Vulcano, Saturno, Júpiter, el Nilo y Océano. Se sabe sin embargo –dice Diodoro– que algunos escribanos emplazan las tumbas de estos reyes dioses en la ciudad de Nisa en Arabia, de donde han dado a Denis el sobre nombre de Niseo. Como la cronología de los reyes de Egipto no entra en el deseo de esta obra, dejo a otros el cuidado de levantar todas estas dificultades cronológicas y retorno a Isis como principio general de la naturaleza y principio material del arte hermético.
El retrato de Isis que hemos dado, según Apuleyo, es una alegoría de la obra, palpable para los que han leído atentamente las obras que tratan de ello. Su corona y los colores de su hábito lo indican todo en general y en particular. Isis pasó por ser la Luna, la tierra y la naturaleza. Su corona, formada por un globo brillante como la Luna, lo anuncia a todo el mundo. Las dos serpientes que sostenían este globo son las mismas de las que hemos hablado en el primer capítulo de este libro, explicando el monumento de A. Herenuleio Hermes. El globo es también la misma cosa que el huevo de este monumento. Las dos espigas que salen indican la materia del arte hermético, que la naturaleza emplea para hacerlo vegetar todo en el Universo. Los colores que sobrevienen a esta materia durante las operaciones ¿no están expresamente nombrados en la mención que se hace de la vestimenta de Isis? Una toga o larga ropa sorprendente por su gran negrura, palla nigerrima splendescens atro nitore, cubre totalmente el cuerpo de Isis dejando percibir solamente por lo alto otra ropa de lino fino, primero blanco, después azafranado, finalmente el color del fuego. Multicolor bysso tenxi proetexta, nunc albo candore lucida, nunc croceo flore lutea, nunc roseo rub ore flammea. Apuleyo había copiado sin duda esta descripción de algún filósofo, pues todos se expresan de la misma manera a este respecto. Ellos llaman al color negro, el negro más negro que el mismo negro, nigrum nigro nigrius.
Homero da un parecido a Tetis, cuando se dispone ir a solicitar los favores y la protección de Júpiter para su hijo Aquiles.[2] No había en el mundo, dice este poeta, vestimenta más negra que la suya. El color blanco sucede al negro, el azafranado al blanco y el rojo al azafranado, precisamente como lo relata Apuleyo. Se puede consultar más arriba el tratado de la obra que he dado anteriormente. Espagnet en particular está perfectamente conforme con la descripción de Apuleyo y nombra estos cuatro colores como los medios demostrativos de la obra.[3]


Parece que Apuleyo haya querido decirnos que todos estos colores nacen los unos de los otros, que el blanco está contenido en el negro, el amarillo en el blanco y el rojo en el amarillo, es por esto que el negro cubre a los otros. Se me podría objetar quizás que esta ropa negra es el símbolo de la noche y que la cosa está indicada por la Luna creciente, emplazada en medio de las estrellas  de las que ella está totalmente salpicada, pero los otros acompañamientos no convienen en ello del todo. No es asombroso que haya puesto sobre la ropa de Isis una Luna creciente puesto que se la tomaba por la Luna, pero como la noche impide distinguir el color de los objetos, Apuleyo habría dicho muy mal a propósito que los cuatro colores del vestido de Isis se distinguían y despedían cada uno en particular un resplandor tan grande que estaba deslumbrado. Por otro lado esta autor no hace ninguna mención de la noche ni de la Luna, sino solamente de Isis como principio de todo lo que la naturaleza produce, lo que no haría convenir a la Luna celeste, sino solamente a la Luna filosófica, puesto que en la celeste sólo sobresale el color blanco y no el azafranado y el rojo.
Las espigas de trigo prueban que Isis y Ceres eran un mismo símbolo, la cítara y el vaso o pequeño cubo son las dos cosas requeridas para la obra, es decir, el latón filosófico y el agua mercurial, pues la cítara era comúnmente un instrumento de cobre y las varitas que lo atravesaban eran también de cobre, alguna vez de hierro. Los griegos inventaron después la fábula de Hércules que cazó los pájaros del lago Estinfalia haciendo ruido con un instrumento de cobre. Lo uno y lo otro debe de explicarse de la misma manera. Hablaremos de ello en los trabajos de Hércules, en el quinto libro.

[1] . Apuleyo, Metamorfosis, lib. 11.
[2] . Cogió el velo azul sombrío; ningún vestido más oscuro que este había. Ilíada, lib. 24, vers. 93.
[3] . Los medios que conciernen a los signos demostrativos son los colores, que aparecen sucesivamente y en orden en la materia, indicando sus afecciones y pasiones, de los que tres son tenidos por principales y críticos: el primero es el negro llamado cabeza de cuervo, en razón de la extrema negrura que con ella adviene a la materia: su crepúsculo y una blancura desfalleciente indican el comienzo de la acción del fuego de la naturaleza, o principio de la disolución; pero su noche más negra indicará la perfección de la licuefacción y de la confusión de los elementos. Entonces el grano empieza a pudrirse y a corromperse, con objeto de ser más apto para la generación. Al color negro sigue el color blanco, donde se alberga la perfección del primer grado, la del azufre blanco, de ahí que entonces sea llamada piedra bendita: esa es la tierra blanca y foliada en la que los filósofos siembran su oro. El tercer color es el color citrino que se produce cuando el blanco pasa al rojo y que es como un intermediario entre esos dos colores, al estar mezclado de uno y de otro y es pareciso a la aurora de cabellos dorados, la precursora del Sol. La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 64

sábado, noviembre 25, 2006

Aquiles y Deidamia




Cuando Aquiles nació, Tetis lo alimentó como Ceres había hecho con Triptolemo, lo ocultaba por la noche bajo el fuego y de día lo untaba de ambrosía. No repetiré aquí lo que ya he dicho en el artículo de Ceres; el lector puede encontrar allí la explicación.
Aquiles se hizo mayor, se retiró a casa de Licomedes donde se enamoró de Deidamia y tuvo un hijo llamado Pirro. El
mercurio, cuando llega el momento en que empieza a fijarse, deja, por así decirlo, la casa paterna y materna, pasando del color negro al blanco. En este estado se retira con Licomedes, porque se transforma en una especie de tierra, que los filósofos llaman oro blanco, sol blanco, piedra que manda y que reina; lo que está expresado por Licomedes, que viene de Λύκος, Sol, y de μίδω, mando, tomo cuidado. Es por esto que Licomedes es llamado padre de Deidamia, pues la parte fija en este estado tiene una virtud apropiada para fijar la parte volátil; los filósofos dicen que tiene una virtud magnética que atrae hacia ella a la parte volátil para fijarla y formar un sólo cuerpo de los dos. Todo el mundo sabe que el mercurio es volátil. El amor que Aquiles, símbolo de este mercurio, tiene por Deidamia, es esta virtud magnética y atractiva recíproca que hace que el uno y la otra se reúnan y que finalmente el volátil se vuelva fijo. No se puede expresar más acertadamente que mediante el nombre de Deidamia, puesto que significa una cosa que fija
a otra, o que la detiene en su carrera, de θέω, corro, y de δαμάω, domo, detengo.
Deidamia da un hijo a Aquiles, que fue llamado Pirro a justo título; puesto que de la unión del fijo y del volátil se form
a el azufre filosófico, que es un verdadero fuego o una piedra ígnea, a la que Espagnet llama minera del fuego celeste; Filaleteo la llama fuego de natura. Alfidio dice que cuando aquel que huye es detenido en su carrera por el que le persigue, la carrera de los dos termina, se reúnen y no son más que uno, que se vuelve rojo y fuego. Homero designa esta volatilidad del fuego mercurial, diciendo
siempre de Aquiles, que tiene el pie ligero y que es extremadamente rápido en la carrera; πόδας ώκυς ποδαρκη.
Este poeta lo insinúa aún mejor,[1] cuando dice que Aquiles le dice a Automedonte que enganche su carro para su amigo Patroclo y que ponga sus dos caballos Janto y Balio, cuya velocidad igualaba a la del viento; la arpía Podarge los había engendrado de Céfiro, cuando paseaba por la orilla del Océano, estos caballos eran inmortales.[2] Ulises convenció a Aquiles de que se uniera a los griegos y éste reunió a los mirmidones, sus súbditos, se puso a su cabeza con Menestio, hijo del río Esperquio, dios e hijo de Júpiter y de la bella Polidora,[3] con Eudoro, hijo de Mercurio, llamado en esta circunstancia άκάκήα, o el pacífico,[4] pero Eudoro al hacerse grande, fue célebre por su ligereza en la carrera. Pisandro fue el tercer jefe de los mirmidones; Homero dice[5] de él que era el más valiente de esta tropa, según Aquiles. Fénix, ya viejo, fue el cuarto y Alcimedón, hijo de Laerce, el quinto.
Una vez nacido Pirro, o el azufre filosófico perfecto, es preciso que el artista proceda a la segunda operación, a la que los filósofos llaman segunda obra, o elixir. Este elixir, o el procedimiento que se ha de usar para hacerlo, es lo que Homero ha tenido a la vista en su Ilíada. La primera fatalidad de Troya era que Aquiles, y tras él su hijo Pirro, debían encontrarse necesariamente en el campo de los griegos, para que esta ciudad fuera tomada. La razón es que el elixir no puede hacerse sin el mercurio filosófico, que es el principal agente.

[1] . Homero, Ilíada, lib. 16, vers. 145.
[2] . Homero, ibid. lib. 17, vers. 444.
[3] . Homero, ibid. lib. 16, vers. 173.
[4] . Homero, ibid. vers. 185.
[5] . Homero, ibid. vers, 194.

Primera fatalidad, Aquiles y su hijo Pirro son necesarios para la toma de Troya



Se dice que Aquiles era hijo de Peleo y de Tetis. Aunque hayamos explicado ya lo que la fábula nos da a entender por ello, es mi propósito retocar alguna cosa para hacer la prueba más completa. Peleo viene de πελίς, negro, moreno, lívido, o de πηλός, barro, cenagal. Tetis es tomada por el agua. Isacio dice que Peleo, aconsejado por su padre, tuvo relación con Tetis, cuando entre todas las formas que tomaba para evitar las persecuciones de Peleo, tomó la forma de un pez conocido con el nombre de seco. Así he aquí a Aquiles hijo del barro negro y del agua. Se sabe que este pez llamado seco suelta un licor negro que tinta el agua en
la que se encuentra y la transforma, por así decirlo, en tinta. Todo esto conviene bien a la circunstancia de la concepción del hijo filosófico, que hemos dicho que sucede, según los filósofos, cuando la materia puesta en el vaso llega a un estado parecido al de un barro negro, o al de la pez negra fundida. Por la misma razón la fábula dice que las bodas de Peleo y de Tetis se hicieron sobre el monte Pelión en Tesalia.
A penas hubo nacido Aquiles, su madre para acostumbrarlo a la fatiga y volverlo como inmortal lo alimentó y lo crió de una manera que sólo es propia de Ceres y de Tetis. Lo escondía durante toda la noche en el fuego, para consumir en él todo lo que tenía de mortal y de corruptible; durante el día lo untaba de ambrosía.
Este método sólo salió bien con Aquiles, los otros hijos murieron, es lo que hizo darle el nombre de Pirítoo, como salvado del fuego, o viviendo en el fuego. Peleo quiso intervenir en la educación de Aquiles, Tetis lo abandonó y se retiró con las nereidas. Después se puso a Aquiles en manos de Quirón para que lo instruyera en la medicina y las artes.
Como Aquiles había aprendido de Tetis que perecería en la guerra de Troya, cuando fue el momento de esta guerra, Aquiles se retiró con Licomedes para no encontrarse allí. Se disfrazó con ropa de mujer y tuvo relación con Deidamia, de la que tuvo a Pirro. Habiendo sabido los griegos, por medio de Calcas, la necesidad de la presencia de Aquiles, encargaron a Ulises que lo fuera a buscar. Este lo encontró tras algunas indagaciones y lo obligó a reunirse con los otros jefes del ejército de los griegos. Esta acción es una de las que dan más honor a Ulises.

jueves, noviembre 23, 2006

El origen de esta guerra (la fábula)




Remontémonos a la fuente de esta guerra y tomémosla, ab ovo, (desde el huevo, desde el principio) según la expresión de Horacio,[1] puesto que, en efecto, un huevo fue el primer principio y una manzana dio ocasión a ella. Júpiter se enamoró de Leda, mujer de Tíndaro, se transformó en cisne y gozó de Leda, que trajo al mundo dos huevos; de uno salieron Pólux y Helena y del otro Cástor y Clitemnestra. Helena se casó con Menelao y Clitemnestra fue mujer de Agamenón.
He aquí el huevo, veamos la manzana. Júpiter se enamoró
de los encantos de la diosa Tetis, pero había aprendido de Prometeo que, según un oráculo de Temis, el hijo que naciera de esta diosa sería más poderoso que su padre, por tanto se determinó a desposarla con Peleo, hijo de Éaco, y éste era hijo del mismo Júpiter y de Egina. Tetis estuvo muy descontenta de ver que se desposaba con un mortal, pero Júpiter así lo quería y debía consentir. Júpiter mismo invitó a todos los dioses a la ceremonia y al convite de este matrimonio, a fin de ha
cerla más célebre, sólo la discordia fue olvidada o excluida. Esta diosa, para vengarse por este desprecio, fue secretamente a las bodas y echó en medio de la asamblea una manzana de oro con esta inscripción, para la más bella. No hubo ninguna de las diosas que no la pretendiera poseer, pero ya sea porque ellas fuesen menos susceptibles, o bien porque tuvieran esta deferencia hacia Juno, Minerva y Venus le cedieron sus pretensiones. Se había de adjudicar esta manzana a una de las tres. Todos los dioses, viendo la dificultad en la que se encontraría aquel de entre ellos que
se eligiera como juez en esta disputa, no quisieron cargar con una tarea tan delicada. El mismo Júpiter creyó que no debía decidir entre su esposa, su hija y Venus; mandó a Mercurio que las condujera a un pastor, llamado Alejandro, que guardaba sus rebaños sobre el monte Ida. Este pastor tomó después el nombre de Paris y era hijo de Príamo, rey de Troya. Las diosas se presentaron al pastor de la manera que cada una creyó más apropiada para realzar su belleza. Primero, cada una de ellas en particular, le hicieron las promesas más halagadoras. Juno le ofreció cetros y coronas; Minerva le prometió virtud y bellos conocimientos; y Venus le dijo que tendría la más bella mujer que hubiera sobre la tierra. Así mismo consintieron en las condiciones que desde luego podían afectar a su pudor, pero que Paris exigía para hacer su juicio con conocimiento de causa. Finalmente, ya sea porque el atractivo de una corona hizo poca impresión en el espíritu de Paris o bien porque la virtud le tocó menos que los encantos de una bella mujer, adjudicó la manzana a Venus, que efectivamente era considerada como la más bella.
Se vio claramente que Juno y Minerva no quedaron satisfechas con esta decisión pues juraron vengarse de su juez, de Príamo y de la ciudad de Troya, cuya pérdida fue resuelta y después ejecutada. Paris dejó exhalar su resentimiento y sólo pensó en ver efectuada la promesa de Venus. Esta diosa no tardó en cumplirla. Preparó la ocasión a Paris para que fuera a Grecia; lo condujo hasta Esparta a la casa de Menelao, que era el rey, e hizo de manera que su esposa Helena, la más bella mujer de su tiempo, se volviera sensible a los votos de Paris, que la raptó; este rapto fue la causa de la guerra y de la ruina de Troya.
Todos los dioses tomaron parte en esta guerra y combatieron los unos contra los otros. Júpiter, a ruegos de Tetis, tomó partido durante largo tiempo por los troyanos, para vengar a Aquiles de la injuria que le había hecho Agamenón al robarle a su querida Briseida. Así mismo amenazó con hacer sufrir su cólera a aquellos de entre los inmortales que favorecieran a los griegos, pero finalmente habiendo reunido a todos los dioses y las diosas en el Olimpo, con la sola excepción del Océano, fueron allí todos hasta las ninfas de los bosques, de los ríos y de las praderas; el mismo Neptuno dejó el fondo del mar para asistir,[2] Júpiter les dijo que entonces les dejaba la libertad de ir a combatir por o en contra de los troyanos. Juno, Minerva, Neptuno, Mercurio, autor de las comodidades de la vida, y Vulcano, se fueron a los barcos griegos. Marte, Apolo, Diana, Latona, Xanto y Venus, fueron a ayudar a los troyanos.[3] Cada uno exhortaba a los suyos en voz alta. Júpiter hizo bramar a su trueno; Neptuno excitó un temblor de tierra que extendió el pavor y el horror en la ciudad de Troya, incluso puso en una especie de confusión a los barcos griegos a los que favorecía. Las sacudidas fueron tan terribles que el monte Ida se estremeció hasta en sus fundamentos. El mismo Plutón se conmovió de miedo en el fondo de los Infiernos, y temió que la bóveda de su tenebroso palacio se desplomara sobre él, saltó de su trono y dio un gran grito.[4] Apolo con sus flechas de oro combatió contra Neptuno; Minerva tuvo a Marte y a Venus contra ella; Juno atacó a Diana y Mercurio a Latona. Xanto, así llamado por los dioses y Escamandro por los hombres, tuvo a Vulcano en cabeza. Así combatieron los dioses contra los dioses y Aquiles contra Héctor.
Un huevo y una manzana, pues, fueron la fuente de la expedición de los griegos y la causa de la ruina de Troya.
[...]¿No tiene el sueño de Hécuba todo el aire de una fábula, lo mismo que el nacimiento de Paris y su educación? Se dice que estando embarazada Hécuba tuvo un funesto sueño, pensaba que en su seno llevaba una antorcha que debía abrasar un día todo el imperio de los troyanos. Al consultar al oráculo sobre este sueño respondió que el hijo que esta princesa traería al mundo sería la causa de la desolación del reino de Príamo. Habiendo dado a luz la reina, se hizo exponer al niño sobre el monte Ida, donde dichosamente
para él lo encontraron algunos pastores y lo alimentaron. Alejandro (que es el nombre que llevaba primero) cuando se hizo grande se enamoró de una bella pastora llamada Enone, hija del río Cedreno, entre los brazos de la cual Paris fue muerto sobre el monte Ida, tras haber sido herido en la ciudad de Ilión.

[1] . Horacio, Arte Poético.
[2] . Homero, Ilíada, lib. 20, vers. 5.
[3] . Homero, Ibid. vers. 33.
[4] . Homero, Ibid. vers. 56.

lunes, noviembre 20, 2006

El rescate de Héctor (su explicación)




Es fácil ver, por lo que acabamos de contar, que Homero, autor de la historia de esta guerra, pretendía hablar de Tetis como de una diosa y no como una mujer ordinaria, en consecuencia ella era para él, así como debe ser para nosotros, una persona puramente fabulosa. Dice que es hija de Nereo, dios marino, porque Nereo significa un lugar hueco y húmedo, de Νηρός, y porque el vaso filosófico es un hueco en el que nace Tetis, la Tetis que los poetas tomaban por la tierra,[1] y los latinos por el mar, porque este nombre quiere decir nodriza. Juno se jacta de haberla alimentado, educado y casado con Peleo;
es la tierra filosófica, significada por Tetis, que tras haber permanecido algún tiempo en el vaso, se casa con la negrura, es decir, se vuelve negra, pues Peleo viene de πελίς, negro. De este matrimonio nació Piriso, o el que sale del fuego sano y salvo, porque el fuego de la materia reducido en mercurio de los filósofos resiste a los ataques del fuego más violento. Después tomó el nombre de Aquiles, este fiero y soberbio guerrero que desafió a todos los jefes de los griegos y de los troyanos, él lo podía hacer pues era invulnerable, por lo que acabamos de decir. Se enamoró de Briseida, es decir, del reposo, pues Briseida viene de βρίζω, reposo, porque el mercurio filosófico busca ser fijado.
Lo que acabamos de relatar del último libro de la Ilíada prueba claramente, a aquellos que han leído los libros de los filósofos, que Homero tenía en vistas la gran obra, puesto que piensa como ellos, se expresa igual y da con precisión la descripción de lo que sucede en las operaciones del elixir, que es el fin de la obra, como hace al final de su obra. Recordemos algunos trazos de ello, sin apartarnos de nuestro objetivo.
Júpiter envía a Iris hacia Tetis e Iris desciende sobre el negro mar; he aquí el mar filosófico, o la materia en disolución llegada al negro. Iris encuentra a Tetis, o la tierra filosófica, sentada en una caverna, es decir, en el vaso de los filósofos. Iris representa a los diferentes colores que aparecen al mismo tiempo cuando se produce la fermentación y la disolución. Tetis lloraba, es la materia que se reduce a agua. Tras haber oído el motivo de la visita de Iris, Tetis coge un velo negro y el vestido más negro que haya habido en el mundo. Los filósofos llaman al negro que entonces sobreviene a la materia, negro más negro que el mismo negro, nigrum nigrius nigro. Ya he aportado cien textos de los filósofos en este sentido, no los repetiré.
Tetis partió hacia el Olimpo, Iris la precedía y las dos estaban rodeadas por el mar. Es el comienzo de la sublimación de la materia; este mar es el agua mercurial, encima del cual se encuentra la tierra como si fuera una isla. Esta era la de Creta donde nació Júpiter y la de Delos donde Febo y Diana vinieron al mundo. Llegan ante Júpiter y Tetis encuentra a Saturno, es el Saturno filosófico del que hemos hablado tan a menudo. Ella aparece allí con un aire triste y vestida de duelo, pues la negrura es símbolo de duelo y de tristeza. Júpiter le dice que vaya a encontrar a su hijo Aquiles y le obligue a devolver el cuerpo de Héctor a Príamo. Ella se pone cerca de él y durante este tiempo Iris va a encontrar a Príamo, para que determine ir hasta la tienda de Aquiles solamente acompañado por Ideo. Antes de dejar el negro la materia toma aún varios colores que
habían aparecido primero. Tetis convence a su hijo. Príamo se pone en camino con Ideo, es decir, el sudor, de ίδις, sudar, porque al disolverse la materia parece sudar.
Príamo encuentra a Mercurio, que toma las riendas de su carro; esto es porque el mercurio filosófico es el conductor de la obra, es de él y por él que las operaciones se cumplen. Lleva alas en los talones porque es volátil y lo llevan en el aire con el viento; Hermes así lo había dicho:[2] el viento lo lleva con él, el aire lo ha llevado en su vientre. Mercurio despierta a los que duermen y duerme a los que velan, porque volatiliza lo fijo y fija lo volátil. Abre las puertas e introduce a Príamo con sus presentes; esto es porque es el disolvente universal y porque disolver, en términos de química es abrir.
Deja que Príamo entre y abrace las rodillas de Aquiles; el fijo se reúne con el fijo y el disolvente es aún volátil. Príamo entrega sus presentes, que consisten en tapices, en telas y en oro; son los diferentes colores pasajeros que se manifiestan, el oro es el oro filosófico. Aquiles le devuelve el cuerpo de Héctor envuelto en dos de estos tapices, los dos más bellos; son los dos colores principales, el blanco y el rojo. Príamo vuelve a Troya con el cuerpo de su hijo y Mercurio, que lo esperaba, vuelve a conducir su carro, por la razón que hemos dicho antes. Entran en Troya, se prepara una hoguera y se quema el cuerpo de Héctor y se recogen sus huesos blancos; he aquí al color blanco, o el oro blanco de los filósofos. Los troyanos los meten en un ataud de oro que cubren con un tapiz color púrpura; es el fin del elixir, o la materia llevada a su última fijación y al color del amaranto o del pavo real de los campos, como dicen los filósofos.
[1] . Homero, Ilíada, lib. 14.
[2] . Hermes, La Tabla de Esmeralda.

domingo, noviembre 19, 2006

El rescate de Héctor (la fábula)




Apolo,[1] que lleva sus quejas a Júpiter respecto a que Aquiles se había apoderado del cuerpo de Héctor y no quiso devolverlo. Juno le respondió: Héctor ha bebido la leche de una mujer mortal y Aquiles es hijo de una diosa, yo misma alimenté y crié a su madre y la di en matrimonio a Peleo, hombre mortal, pero al que los dioses amaban mucho. Para hacerle los honores, todos asistieron a su boda, y vos mismo, pérfido, asististeis como los otros. Apolo dijo: Realmente Aquiles es tan soberbio y glorioso que no es sensible ni a la piedad ni a la vergüenza. Todos os inclináis hacia este orgulloso y soberbio Aquiles que se ha despojado de toda compasión y de todo pudor. Después de haber quitado la vida al noble y generoso Héctor, lo ha atado a su carro y lo ha arrastrado alrededor de la tumba de su amigo Patroclo, en lugar de dárselo a su querida esposa, a su padre Príamo, a su madre, a su hijo y a su pueblo, que lo lloran y que al menos querrían tener la consolación de verlo aunque fuera muerto. Júpiter tomó la palabra y dijo: Juno no os encolericéis, de todos los habitantes de Ilión, Héctor fue el más querido para los dioses. No convenía a Aquiles robar secretamente el cuerpo de Héctor. Tetis, madre de Aquiles, no abandona a su hijo un instante, no lo deja ni de día ni de noche, pero si alguno quiere llamarla y la hace venir yo le hablaré y le diré que Aquiles devuelva el cuerpo de Héctor a Príamo, que lo rescatará. Inmediatamente Iris partió, descendió sobre el negro mar, todo el pantano se estremeció. Encontró a Tetis en una cueva, sentada en medio de otras muchas diosas marinas, donde lloraba la desdichada suerte de su hijo, que debió morir lejos de su patria, en Troya la pedregosa. Levantaos Tetis, le dijo ella, Júpiter os reclama y quiere hablaros ¿por qué me quiere este gran dios? respondió ella.
No me atrevo a frecuentar más a los inmortales, mi corazón está afligido de dolor y mi espíritu lleno de tristeza. Sin embargo iré puesto que así lo ordena. Habiendo hablado así, esta diosa, la más augusta de todas, tomó un velo negro, y no había vestidura en el mundo más negra que la suya. Partió, Iris la precedía y el mar las rodeaba. A penas llegaron a la orilla, se elevaron rápidamente hacia el cielo, allí encontraron a Saturno y los otros dioses sentados alrededor suyo. Tetis fue a sentarse cerca de Júpiter y Juno
le presentó una bebida dorada en un bello vaso diciéndole algunas palabras de consolación. Tetis bebió y se lo devolvió. A continuación, Júpiter, padre de los dioses y de los hombres habló y dijo: Diosa Tetis, habéis venido al Olimpo, aunque triste, y sé que tenéis una pena. Soy sensible a vuestra tristeza, pero escuchad porque os voy a mandar. Después de nueve días los dioses inmortales están en disputa a causa del cuerpo de Héctor y de Aquiles, el destructor de las ciudades. Se decía que era preciso robarlo secretamente, pero a causa del respeto que siento por vos y de la amistad que siempre os tendré, voy a dejar a Aquiles la gloria de devolverlo. Id pues, descended pronto hacia vuestro hijo y decidle a Aquiles que los dioses inmortales y yo más que los otros, estamos indignados contra él, por retener el cuerpo de Héctor en su negro barco sin quererlo devolver, aunque se le haya propuesto rescatarlo. Si tiene algún respeto hacia mí que lo devuelva. Enviaré a Iris hacia Príamo para decirle que vaya él mismo a los barcos de los griegos a reclamarlo y que lleve con él presentes que sean del gusto de Aquiles. Tetis la de los pies de plata obedeció, descendió del Olimpo con precipitación y llegó a la tienda de su hijo, lo encontró allí encerrado y derramando muchas lágrimas en medio de sus compañeros que se preparaban para almorzar. Para ello habían matado una gran oveja cuya piel era bella y muy tupida. Se sentó junto a él, lo
halagó y lo acarició y le dijo: ¿Hasta cuando hijo mío abandonaréis vuestro corazón a la pena que lo roe hasta el punto de no querer comer ni dormir? Soy vuestra madre y no dudéis de que tengo mucho deseo de veros casado, pero el destino os amenaza de forma violenta y precipitada. Escuchadme pues, vengo de hablar con Júpiter, me ha dicho que os declare que los dioses inmortales están muy irritados contra vos porque no queréis consentir al rescate del cuerpo de Héctor, al que retenéis en vuestros negros barcos. Creedme, devolved este cuerpo y recibiréis rescate.
Aquiles se dejó ganar por los ruegos de su madre y dijo que si recibía el rescate devolvería a Héctor. Por su parte Iris hizo su cometido, obligó a Príamo a ir junto Aquiles con presentes, acompañado por un sólo heraldo del ejército. Hécubo hizo todo lo que pudo para impedir que Príamo fuera, pero lejos de escucharlo le hizo reproches. Tomó los presentes, que consistían en doce vestidos muy bellos, doce magníficos tapices, doce túnicas y diez talentos de oro bien pesados. Así partió y viéndolo Júpiter en camino le dijo a Mercurio, su hijo, Mercurio no hay nada que os plazca más que rendir servicio a los mortales, id pues y conducid al viejo Príamo hasta los barcos de los griegos, pero hacedlo de manera que nadie lo vea y se de cuenta, hasta que haya llegado a la tienda del hijo de
Peleo. Entonces Mercurio ajustó sus talones de ambrosía y oro que lo llevan sobre el mar y la tierra con el viento y no olvidó su caduceo. Habiendo tomado la figura de un joven bello, bien hecho y de una fisonomía real se fue a Troya a encontrar a Príamo y a aquel que lo acompañaba. A su encuentro ellos se sorprendieron y el miedo los atrapó, pero Mercurio los tranquilizó y les dijo: ¿Dónde vais así en el silencio de la noche? ¿No teméis caer en manos de los griegos vuestros enemigos? Si alguno de ellos os ve con los presentes que lleváis ¿cómo vos que no sois joven y sólo os acompaña un viejo podríais impedir que os atacaran? En cuanto a mí estad tranquilos vengo para defenderos y no para insultaros pues os considero como mi padre. Veo por vuestro aire y vuestro discurso, respondió Príamo, que algún dios cuida de mí, puesto que os ha enviado para acompañarme. Pero hacedme el favor, bello joven, de decirme quién sois y quien son vuestros parientes. Soy criado de Aquiles, le respondió Mercurio, llegué con él en el mismo barco, soy uno de los mirmidones y mi padre se
llama Políctor, es muy rico y entrado en edad como vos, tiene seis hijos y yo soy el séptimo;[2] entre los siete hemos echado a suerte para ver quién iría con Aquiles y la suerte ha caído sobre mí. Príamo le preguntó sobre el estado actual del cuerpo de Héctor y Mercurio le dio tan buenas nuevas que Príamo le ofreció como presente una bella copa y le rogó que lo condujera. Mercurio rehusó el presente pero le dijo que lo acompañaría siempre por mar y por tierra hasta el mismo Argo y enseguida saltó sobre el carro de Príamo, se hizo con las riendas y se hizo cargo de conducirlo. Finalmente llegaron entorno a los barcos. Los centinelas estaban ocupados en cenar y Mercurio que duerme a los que velan y despierta a los que duermen, los sumió en un profundo sueño; después abrió las puertas e introdujo a Príamo con sus presentes. Llegaron a la levantada tienda de Aquiles, que los mirmidones le habían hecho de madera de abeto, la habían cubierto de juncos de la pradera y la habían envuelto con pieles, la puerta estaba cerrada con un gran cerrojo de abeto y tres griegos la guardaban; también había tres antorchas. Entonces Aquiles estaba solo. Mercurio, autor de las comodidades de la vida, abrió la puerta al viejo y lo introdujo con sus presentes. Después le dijo: Yo soy Mercurio, dios inmortal, enviado por Júpiter para serviros de guía y acompañaros, yo no entraré con vos, yo me vuelvo, pues no conviene que aparezca ante Aquiles y que se de cuenta de que un dios inmortal favorece así a un hombre. Pero vos entrad, abrazad las rodillas de Aquiles y rogadle que os devuelva a vuestro hijo. Tras estas palabras Mercurio se elevó hacia el Olimpo. Príamo descendió de su carro y dejó allí a Ideo, su acompañante. Entró en la tienda de Aquiles, se echó a sus rodillas y le pidió a Héctor. Tras mucho discurso por una parte y otra, Aquiles aceptó los presentes de Príamo y le devolvió a su hijo. Después convinieron una tregua de doce días. Finalmente Príamo se llevó el cuerpo de Héctor en su carro, con la ayuda de Mercurio, y habiéndolo llevado a Troya lo puso en manos de los troyanos que le hicieron unos funerales, de la manera siguiente:[3] Juntaron los materiales durante nueve días, el décimo levantaron el cuerpo de Héctor llorando, lo colocaron encima de la hoguera y prendieron fuego. Al día siguiente el pueblo se reunió entorno de la hoguera y apagaron el fuego con vino negro; los hermanos y los compañeros de Héctor recogieron sus blancos huesos, vertiendo abundantes lágrimas y los encerraron en un ataud de oro, que envolvieron con un tapiz de color púrpura.

[1] . Homero, Ibid. lib. 24, vers. 40 y ss.
[2] . El séptimo de los metales.
[3] . Homero, Ilíada,ibid. vers. 785 y ss.

Todos los que participaron en la ocupación de Troya y quienes la defendieron son fabulosos




Aquí habría que pasar revista a todos los héroes cuyos nombres y sorprendentes acciones son referidos por Homero, Virgilio y los otros autores; se habría de poner ante los ojos sus genealogías, pero para mostrar lo fabuloso del asunto es suficiente dirigirse a la raíz de su árbol genealógico. No hay ninguno que no tenga su origen en Júpiter, Neptuno o cualquier otro dios. Aquiles, el más famoso de entre ellos era hijo de Peleo y de la diosa Tetis. Peleo tuvo por padre a Éaco y por madre a la ninfa Endeis. Éaco era hijo de Júpiter y de Egina. Tetis, según Hesíodo,[1] era hija del Cielo y de la Tierra, Homero[2] dice que es hija de Nereo, que a su vez era hijo del Océano. Júpiter se enamoró de ella, pero habiendo aprendido de Prometeo que, según un oráculo de Temis, el hijo que naciera de Tetis sería más poderoso que su padre, Júpiter la dio en matrimonio a Peleo. Tetis, la de los pies de plata e hija del viejo marino,[3] encontró muy mal, según el mismo autor,[4] que Júpiter la hubiera despreciado hasta el punto
de hacerla esposa de un mortal. Ella dio sus quejas a Vulcano, que estaba muy prendado de ella, haciéndole reconocer que lo acogió muy bien cuando vino a ella después de que fuera echado del
Olimpo. En una palabra, Homero habla siempre de ella como de una diosa y todo lo que dice, particularmente en el libro 24 de la Ilíada, conviene perfectamente a lo que sucede en las operaciones del magisterio.
[1] . Hesíodo, Teogonía.
[2] . Homero, Himno a Apolo.
[3] . Homero, Ilíada, lib. 1, vers. 538.
[4] . Le respondió entonces Tetis, derramando lágrimas: «¡Hefesto! ¿Hay alguna de cuantas diosas hay en el Olimpo que haya soportado en sus mientes tantas luctuosas penas como los dolores que Zeus Crónica me ha dado a mí sobre todas? De entre las diosas marinas fui yo la subyugada para un hombre, el Eácida Peleo, y tuve que aguantar el lecho de un mortal, a menudo en contra de mi voluntad. Homero, Ilíada, lib. 18, vers. 428.

sábado, octubre 14, 2006

Juno







Era hija de Saturno y de Rea y hermana gemela de Júpiter. Los griegos la llamaban Hera o Megalé, la Dama, la Grande. Homero nos enseña que fue alimentada y educada por Océano y por Tetis, su mujer. Este hermano la había amado desde su más tierna juventud, con la edad sintió aumentar su amor y buscando los medios para gozar de ella, se transformó en acuclillo, satisfizo su pasión y seguidamente la desposó solemnemente. Tuvo un hijo llamado Marte, y según Apolodoro, Hebe, Ilitio y Argeo. Hesíodo le atribuye cuatro hijos, Hebe, Venus, Lucina y Vulcano; otros añaden a Tifón; Luciano la hace madre de Vulcano sin haber conocido hombre alguno.Júpiter y Juno no dieron ejemplo de una dulce unión y de un matrimonio apacible; casi siempre tenían querellas y guerras entre ellos. Júpiter, que era muy dado a las mujere
s, no sufría pacientemente los celosos reproches de Juno. La maltrató de todas las maneras, hasta la suspendió en el aire por los brazos mediante una cadena de oro poniéndole en cada pie un yunque. Los dioses se indignaron por ello e hicieron lo posible por liberarla, pero no pudieron conseguirlo. Lisímaco de Alejandría relata que había cerca de Argos una fuente llamada Canatho, donde Juno se bañaba una vez al año y recobraba su virginidad cada vez. Tenía catorce ninfas a su servicio, pero era Iris la que más empleaba.
Entre las aves, el pavo real era particularmente consagrado a Juno, dicen algunos mitólogos que sin duda,a causa de que esta diosa lo escogió preferentemente para poner sobre las plumas de su cola los ojos de Argos, después de que Mercurio lo hubiera matado. El ganso también era una de las aves consagradas a Juno y la vaca blanca, entre los animales de cuatro pies, según estas
palabras de Virgilio: La misma hermosísima Dido, alzando una copa en la diestra, la derrama entre los cuernos de una vaca blanca. (Enéida, lib. 4, 13). Sin duda porque para los egipcios la vaca era el símbolo jeroglífico de Juno.
Las explicaciones que he dado de las diferentes circunstancias de la historia de Júpiter, desvelan en parte la de Juno. Cuando se dice lo que era este dios, se adivina fácilmente lo que podía ser su hermana gemela. Aquellos de entre los mitólogos que han pensado que el nombre Hera, de esta diosa, era una simple transposición de letras y que poniéndolas en su lugar se encontraba aer (aire) y que en consecuencia Juno y el aire eran una misma cosa, digo yo que éstos han acertado más que los otros. Fue educada por Océano y Tetis, o sea el agua, estos eran considerados como dioses.
Juno, pues, siendo hermana gemela de Júpiter, ha debido de nacer al mismo tiempo que él. Y como el aire que se encuentra en el vaso, por encima de la materia disuelta, se llena de vapores que se elevan en el tiempo en que el Júpiter filosófico se forma, es natural que también se personificara a esta humedad vaporosa y aérea; es pues, a esta h
umedad volátil y siempre en movimiento, suspendida en lo alto del vaso y como apoyada sobre la tierra que sobrenada en el agua mercurial, que se ha juzgado a propósito darle el nombre de Hera, o hermana de Júpiter.
Los filósofos hablan tan a menudo de esta clase de matrimonio entre el hermano y la hermana, el rey y la reina, el Sol y la Luna, etc, que es inútil explicarlo aquí mediante sus textos.
Las desavenencias que se suscitaron en este matrimonio vinieron de los celos de Juno. Y en efecto ¿cómo no habría sido susceptible de esta loca pasión? Júpiter se encontraba siempre entre su esposa y algunas ninfas, es decir, entre los vapores húmedos del aire encerrado en lo alto del vaso y el agua mercurial sobre la cual nadaba y así mismo las partes más puras que se elevaban desde el fondo del vaso para unirse a él. Las idas y venidas de esta esposa celosa ¿no representan bien a los diferentes movimientos de este vapor? Júpiter, enojado por sus reproches, la suspendió en el aire de la manera que ya hemos explicado. El oro filosófico volatilizado formaba la cadena que tenía suspendida a esta diosa. En vano, los otros dioses, quisieron ponerla en libertad, no pudieron conseguirlo, porque esta cadena de las partes del oro volatilizado se sucede sin interrupción hasta que viene a reunirse con Júpiter y con esta humedad. Entonces se hace la paz entre el fijo y

el volátil, entre Júpiter y Juno. Los yunques que tenía en los pies, son un verdadero símbolo del fij
o, por su enorme peso que los vuelve sólidos y fijos en la situación en que se les pone. Se supone naturalmente que esta pesadez tiraba de Juno hacia la tierra, a fin de designar la virtud imantadora de la parte fija que atrae a la parte volátil hacia ella y con la que finalmente se reúne.
Finalmente se puede ver a Júpiter y a Juno en Osiris e Isis. Son la misma cosa y poco ha faltado para que los mitólogos los confundieran, puesto que los egipcios decían que eran igualmente hijos de Saturno. Júpiter bajo este color gris, también es un fuego oculto, como una chispa bajo la ceniza; es él que, como Osiris, lo anima todo en la obra y da vida a este humor mediante el cual lo produce todo. Es de allí que nace este Vulcano, o esta minera del fuego celeste, lo que ha hecho decir que este dios cojo forjó las armas y los muebles de Júpiter y de los otros dioses. La naturaleza acuosa de Juno está indicada por la pátera que se le da como atributo, lo mismo que el pavo real, porque los variados colores de su cola prueban al manifestarse sobre la materia que está dispuesta para la volatilización y que ya está disuelta, lo que anuncia la llegada o la presencia de Juno.