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sábado, noviembre 17, 2007

LA CAÍDA DE ÍCARO (artículo de Nadine Coppin)



LA CAÍDA DE ÍCARO Nadine Coppin[1] Quien ha obtenido el agua de la tierra debe buscar la tierra del agua para perfeccionar la obra del Señor. L. Cattiaux[2] La Caída de Ícaro, de Breugel, expuesta en el Museo de las Bellas Artes de Bruselas, es un extenso y apacible paisaje del que se dice que Ícaro sólo sería el pretexto. El señor van Lennep[3] discierne allí la ilustración minuciosa de un tema alquímico. ¿Era alquimista Bruegel? Fuimos –dice él– el primero en suponerlo, a la vista de su obra donde el pensamiento alquímico queda evidente en el transcurso de una evolución cuya culminación son la Dulle Griet y la Caída de Ícaro. Instruido por su ilustre predecesor Jerónimo Bosch (el Bosco), cuya enigmática obra pictórica está repleta de ciencia hermética, Pieter Breugel dicho el Anciano,[4] imprimió en el Renacimiento flamenco su truculencia. Como escrupuloso observador de la naturaleza y de su tiempo, ilustra el humanismo particular de su época donde se imponen Erasmo y Rabelais. Circulaban entonces, tanto en Flandes como en Italia,[5] alquimistas de renombre que sembraban la Europa en fermentación con textos tanto antiguos como contemporáneos salidos de las imprentas de los primeros impresores. Aunque sospechosa, su ciencia no había conocido aún el oprobio de la Iglesia, los príncipes se dedicaban a ella abiertamente. Los textos griegos atribuidos a Hermes, descubiertos en el 1460 y traducidos por Marsilio Ficino,[6] rejuvenecían la antigua ciencia hermética venida del fondo de las edades. El decorado estaba a punto para suscitar un sabio imaginero. LA FÁBULA Dédalo construyó en Creta para el rey Minos un laberinto para encerrar al Minotauro. Acusado de haber indicado a Ariadna la tan conocida astucia que permitió al héroe Teseo salir de allí vencedor, fue encerrado con su hijo Ícaro. Huyendo del reino de Minos, su prisión, Dédalo después de haber osado confiarse al cielo con unas ligeras plumas se escapó por un inusual camino,[7] no sin haber recomendado a su hijo la vía del medio, por temor que demasiado abajo las olas entorpecieran las alas y muy alto el fuego las consumiera... Pero el muchacho empezando a regocijarse del audaz vuelo abandonó a su guía, y atraído por el deseo del cielo, tomó un camino más elevado. El acercamiento al rápido Sol ablandó las olorosas ceras que ataban las alas derritiéndose. Sacudía los brazos, y desprovisto de remo, no percibió ninguna brisa, y sus gritos clamando el nombre del padre fueron acogidos por la azul agua, que sacó de él su nombre.[8] El oleaje devolvió al padre su hijo sin vida que enterró en la arena de la orilla antes de reemprender su viaje. Pernety que dice escribir para aquellos que no pudiendo salir del laberinto donde se encuentran atrapados... buscarán aquí un hilo de Ariadna, nos acompañará a lo largo de este estudio. A sus ojos las fábulas describen todo lo que pasa sucesivamente en la gran obra. Esto es porque el adepto es el único capaz de dar a las fábulas la verdadera explicación que les conviene.[9] También nos apoyaremos sobre dos pasajes de Giovanni Bracesco, donde cita respectivamente a Raimon Llull y a Geber.[10] DÉDALO Las figuras mitológicas siempre tienen varios grados de lectura. Dédalo artista conduce la obra dando alas al fijo y un sepulcro al volátil. Constructor del laberinto extravía al buscador, de oscuras enseñanzas, en enigmas inexpugnables. Es necesario el hilo de Ariadna para tener éxito y volver a salir, es decir, que es preciso ser dirigido por un filósofo que él mismo haya hecho la obra.[11] Seguiremos aquí la lectura más sabia de Bracesco. El nombre de Dédalo –dice– es un término griego que significa «vario» en latín, y para nosotros designa el azufre... se le llama con el nombre de Marte. Es muy variado porque se transforma de un color a otro y de una naturaleza a otra. Dédalo, materia de la obra, toma los colores significativos de las operaciones que se suceden, azufre y mercurio circulan para desembocar en la fijeza perfecta. El azufre de los sabios –precisa Pernety– no se distingue sensiblemente de su mercurio... el verdadero azufre de los filósofos es el grano fijo de la materia, el verdadero agente interno que actúa, digiere y cuece su propia materia mercurial, en la cual se encuentra encerrado.[12] Para el sabio benedictino [Pernety], Dédalo e Ícaro son el símbolo de la parte fija del magisterio que se volatiliza. Dédalo representa el primer azufre, más espeso, de donde nace el segundo, que tras haber sido sublimado hasta lo alto del vaso, recae en el mar de los filósofos.[13] Maier ayuda a comprender cómo, según un proverbio de los filósofos, dos cosas pueden ser una sola. La materia del arte –dice– es Osiris. Este es disuelto, desmembrado por su hermano Tifón y después coagulado, es decir, que Isis reúne y une estas partes. Isis y Osiris son un solo y mismo sujeto en el cual se encuentra Osiris el macho e Isis la hembra,[14] tal hermano y tal hermana provienen los dos de un mismo cuerpo. Mercurio es tomado por el todo e Isis y Osiris por las partes. Aunque se les pueda decir tres son sin embargo dos, y en realidad uno. Pues uno saca su nacimiento del otro.[15] En efecto, –dice la Escritura– si la mujer ha sido sacada del hombre, el hombre también nace de la mujer, y todo viene de Dios.[16] ¡Qué poeta –exclama Emmanuel d’Hooghvorst– aquel discípulo del Arte que prepara y dispone este comercio donde Isis y Osiris se conocerán, dos en uno, leído Pan! [...]Los novios del Arte son, pues, como dos sentidos, el solve y el coagula leídos en uno solo.[17] La disolución es llamada negrura, tiempo de Saturno. Luego sigue la blancura, que es coagulación en el fondo del vaso. Bruegel ha escogido el momento preciso en el que, superada la negrura, finalmente se contempla el tiempo del Arte. ÍCARO Repasemos, en el laberinto o dédalo de los textos, el periplo de Ícaro. Aunque su caída a menudo sirva de imagen para las desgracias del alquimista extraviado, víctima de su ignorancia y su temeridad, la sudorosa escuela[18] de Hermes interpreta este drama como una feliz caída. Sin el volátil cayendo en el mar filosófico no hay nada de la obra, el desierto mar es: oculta vida de Ícaro no engendrada donde el ángel sólo vuela en sueño.[19] ¿Quién es Ícaro? Para Bracesco, el azufre muy fijo es pariente de otro azufre, muy sutil y fusible, pius volátil, llamado arsénico, pues según Geber: «el arsénico es de una materia sutil, parecida al azufre».[20] La materia del arte sacerdotal –dice Fabre du Bosquet– es un limo compuesto de tierra y agua, es decir, de dos sustancias una fija y otra volátil. La obra requiere que se separe el agua de la tierra y que tras, haberlas purificado, se las reúna de nuevo. «Sube de la tierra al cielo y de nuevo desciende a la tierra»; esta operación sucede en el vaso del artista; es el efecto de la circulación, por medio de la cual las virtudes de la sustancia volátil se comunican, se mezclan y se confunden con las de la sustancia fija que está en el fondo del vaso.[21] El agua comunica su volatilidad a la tierra, después recae en forma de lluvia y recibe de la tierra la fijeza hasta que se vuelve tierra. Dicho de otra manera: reaz el barro y cuécelo.[22] El arsénico, en tanto que fusible, también es un veneno, cualidad expresada por la negrura. En la putrefacción –dice Pernety– nacerá un cuervo que poco a poco levantará su cabeza... desplegará sus alas y empezará a volar... lavado y blanqueado por una constante lluvia.[23] Pues este cuerpo imperfecto, su luna, su hembra, debe ser purificado. El signo de su perfecta sublimación o depuración es un color blanco, celeste, resplandeciente como el de la plata más fina... ent
onces esta prostituida hembra es restablecida a su estado de virginidad intacta.[24] Lo que el Mensaje Reencontrado describe en tres etapas: El transeúnte de Dios abre el frasco santo que la vieja prostituta conservaba escondido bajo sus oropeles. Al primer sorbo vuelve a ser joven y bella... Al segundo trago, todo el cuerpo de su belleza resplandece de la dulce luz de Dios y sus harapos yacen consumidos a sus pies. A la tercera toma, canta... y velada por su cabellera dorada, danza con las vírgenes el paso de la vida libre y santa.[25] Los tres colores de la obra están aquí ilustrados, los oropeles para el negro, la luz divina para el blanco, la cabellera para el dorado o rojo. Tras el color negro, llave de la obra, confirma Pernety, el segundo signo demostrativo o el segundo color principal es el blanco. Hermes dice: ...El buitre grita desde lo alto de la montaña: Soy el blanco del negro; porque la blancura sucede a la negrura. Morien llama a esta blancura humo blanco. Alfidius la llama plata viva de los sabios. Salido de un primer azufre calificado de macho, el segundo azufre define su propiedad volátil por la cualidad femenina y mercurial. Esta plata viva... extraída de esta negrura muy sutil, es el mercurio tingente filosófico. Se le llama mercurio purificado, arsénico, oro blanco, fundamento del arte, Luna en su plenitud, menstruo, mercurio en su poniente, sal, azufre blanco, velo blanco.[26] Pernety precisa que este principio volátil, que hace el oficio de hembra, su Luna,[27]es de dos clases. La primera, su agua mercurial llamada Isis, mediante el arte se convierte en otra, la Isis hermana y mujer de Osiris, es decir, aquella misma agua mercurial volátil, reunida con su azufre, y llega al color blanco.[28] Estas dos Isis devienen, en nuestra fábula, padre e hijo. Así el hijo se define como mercurio animado, mercurio doble, es decir, mercurio de los sabios animado del azufre metálico.[29] La llama también Saturnia vegetable, llamada Venus, espuma del mar Rojo, su Luna y su hembra. Se la cualifica vegetable, porque vegeta durante las operaciones, y porque ella encierra el fruto del oro.[30] Se dice que Venus es la esposa de Vulcano, para indicar que la materia del arte contiene el fuego central como Isis contenía a Osiris en su seno, y como Juno contenía a Júpiter.[31] Se piensa en el piadoso Eneas que, al salir de la ruina de Troya, leamos la disolución, llevaba sobre sus espaldas a su padre, ciego y paralítico.[32] Así mismo en la Escritura, Noé dejó ir al cuervo, que salió yendo y viniendo, hasta que las aguas se secaron encima de la tierra. Dejó ir la paloma... pero la paloma al no haber encontrado donde poner la planta de su pié volvió hacia él... esperó aún siete días y de nuevo dejó ir a la paloma... la paloma volvió hacia él llevando en el pico una hoja de olivo totalmente fresca... Espera aún otros siete días y deja ir la paloma y esta ya no vuelve.[33] De esta arca que contiene todo se escapa una materia negra y volátil, circulando, yendo y viniendo, hasta volverse blanca, siempre volátil, no encontrando donde poner el pié. Finalmente fijada en cuerpo, la piedra al blanco vegeta como un brote verde, hasta la rojez o piedra perfecta. Breugel sólo pinta de Ícaro dos minúsculas piernas pálidas flanqueadas por unas alas blancas. Entorno a él la sombría ola se fragmenta en pequeñas olas también blancas. LAS ALAS ¿De qué manera el fijo se vuelve volátil? Bracesco explica con detalle la naturaleza de estas alas con las que intentan volar y elevarse a las alturas... Los cuerpos que tienen necesidad que se les administre las cosas que levantan y exaltan, son Venus y Marte, a causa de su fusión, es decir, solución, lenta (el grano fijo llamado azufre volatilizándose en último lugar). Venus tiene necesidad de la tutía, y Marte del arsénico, pues por ello se elevan y se dirigen fácilmente hacia lo alto, habiéndose dado que haya entre ellos una gran correspondencia. Y en efecto ¿no son calificados de parientes? Para su sublimación Venus tienen necesidad de la tutía. Por la tutía es significada el agua mercurial que, por destilación, expresa de dicha sal extraída de la piedra, a Venus que designamos con el nombre de Ícaro... Las alas con las que Marte se eleva de dicha piedra, designan el arsénico. Bracesco describe aquí la materia que se volatiliza: azufre fijo, azufre volátil, agua mercurial, lo más sutil llevando consigo lo más espeso. En efecto, Dédalo necesita a Ícaro para sublimarse, así como Anquises, ciego y paralítico necesita a Eneas para escapar de la destruida Troya. Pues la humedad y la acritud del vinagre –explica Bracesco– disuelven y atraen hacia ellas la sustancia de la sal, con la cual también atraen al sutil azufre llamado arsénico, encerrado en la profundidad de la misma sal. Y puesto que este sutil azufre es de la sustancia de este azufre llamado Marte, este azufre sutil llamado arsénico, al mismo tiempo que la sal, atrae hacia él y hace subir y sublimar a aquel que es más espeso, llamado Marte. Puesto que entonces están ligados juntos, y uno no puede elevarse sin el otro... Pues a causa de la ligadura de los azufres, en esta putrefacción, el arsénico atrae a Marte y hace que se dirija hacia lo alto y sublime. Entonces se comprende mejor porqué Breugel no ha representado al padre desconsolado. Pues llevado con él, en él, no puede ser disociado de su hijo. EL NAVÍO Pero por la susodicha agua –nos precisa aún Bracesco– es proyectado sobre la orilla, es decir, en la superficie, en esta película [de espuma] y dicha navecilla. ¿Qué es esta navecilla? Apuleyo, haciendo hablar a Isis, describe este bendito momento: Cuando las tempestades del invierno serán apaciguadas, el agitado mar, turbio y tempestuoso, será calmado, apacible y navegable, mis sacerdotes me ofrecerán una navecilla en demostración de mi pasaje por mar en Egipto bajo la conducción de Mercurio y comandado por Júpiter.[34] En Egipto, donde ha amainado, es un viento suave,[35] guiando las navecillas filosóficas. La obra –confirma Fulcanelli– ofrece una gran analogía con las travesías marítimas y las tempestades que allí les acogen. Es un mar agitado y de gran oleaje que presenta en pequeño la ebullición constante y regular del compuesto hermético... Entonces resurge la calma, el aire se purifica... una película cubre toda la superficie, y... señala el fin del diluvio... el nacimiento de Diana y Apolo, el triunfo de la tierra sobre el agua… la armonía resultante del perfecto equilibrio de los principios,[36] armonía pintada majestuosamente por Breugel para expresar, no obstante, la dramática caída de Ícaro. Cerca de Ícaro las caídas alas se hunden en el agua, blancas como el velo perdido por Proserpina en el lago de la ninfa Cianea.[37] Pues –según Bracesco– la parte oleosa siempre sobrenada. Para Pernety, el aceite incombustible, es su azufre,[38] y Artefius dice que la blancura viene de lo que el alma del cuerpo sobrenada por encima del agua como una crema blanca... Los espíritus... han perdido su volatilidad.[39] Entonces la Isis mercurial navega en su navecilla con las velas extendidas al dulce céfiro, huella de su pasaje por la tierra filosófica o santo Egipto[40] donde Ícaro será amortajado. La inhumación filosófica no es otra cosa que la fijación, o el retorno de las partes volátiles.[41] Es por lo que –continúa Bracesco– una vez desecada el agua, el azufre mismo fue amortajado en la arena, es decir, en este azufre llamado Marte, sutilizado en forma de arena muy sutil y muy luminosa. EL SOL El sol que brilla en el horizonte –señala justamente van Lennep– normalmente debería encontrarse lo suficientemente alto como para explicar la caída de Ícaro, extraño anacronismo... Sólo la filosofía hermética que prevalecía, entre los humanistas, en el siglo de Breugel puede explicar esta singularidad. El gran secreto es blanquear el latón... En este momento crucial, el nuevo cuerpo resucita bello, blanco, inmortal, victorioso. Es por lo que se le ha llamado resurrección, luz, día.[42] Este color blanco es Diana ayudando como partera al glorioso nacimiento del Apolo solar, de color rojo. El color citrino sigue inmediatamente al blanco. Breugel ilumina el cielo libre de amarillo por el sol victorioso. Se adivina por encima de la tierra aún oscura, la elevación de los vapores en el aire, donde se condensan en nubes.[43] Cuando el sol se levanta aleja las nubes, la tempestad filosófica se aleja, el invierno deja paso a la primavera. Saturno a Júpiter. Es el alba de un nuevo día. El alquimista, tras el largo periodo del sombrío Saturno, puede contemplar finalmente la gloriosa obra que se desvela en su atanor.[44] LOS PERSONAJES Los testigos del fabuloso vuelo, descritos brevemente por Ovidio, ocupan aquí todo el cuadro. Los debió ver alguien que pescaba con la trémula caña o un pastor cogido a su cayado o un labrador inclinado sobre la mancera del arado y quedaron estupefactos (obstupuit).[45] Por lo tanto ninguno de los personajes de Breugel parece ver el drama. El pescador se gira hacia el mar, pero no ve más allá del extremo de su caña. El verbo obstupescere parece tomado aquí por Breugel en su sentido etimológico: «quedarse inmóvil,
insensible, paralizado», «adormecerse». El mundo adormecido (entorpecido), y siendo incapaz Ícaro de coger el éter,[46] no percibe nada de lo que se cumple ante sus ojos de ciegos.[47] En la obra el labrador prepara la tierra, imagen del fijo. La mirada del campesino se dirige hacia el sol, y el color rojo de su camisa es el que en la tradición se asocia a la tierra. Sólo un caballo, a menudo tomado por los filósofos herméticos como símbolo de las partes volátiles de su materia, a causa de su ligereza en la carrera,[48] puede abrir la tierra dormida. Si el caballo pone en movimiento al fijo, el bastón estabiliza al pastor que, vestido de color azul celeste, confirma su función volátil contemplando el cielo. A sus lados, el perro, símbolo del mercurio, está curiosamente inmóvil.[49] También puede ser, a sus pies se encuentra un perro enmudecido que sólo inicia en los aullidos solitarios.[50] Estos dos, fijo y volátil, separados no pueden participar en la obra y por lo tanto le dan la espalda. En la parte baja del valle, muy ensombrecido por la vegetación, reposa un enigmático personaje. Se pregunta a menudo –prosigue van Lennep– a propósito de este hombre que yace bajo un zarzal. Dos interpretaciones alquimistas son posibles. Podría tratarse de la «cabeza muerta» (capuz mortuum) de la que Pernety dice que «son las heces que permanecen en el fondo de la cucúrbita... tras la sublimación.[51]... La segunda interpretación, es la de la nigredo, es el grano que se pudre. Basilio Valentín muestra un sembrador esparciendo el grano ante una tumba y un yaciente. El texto explica que «no puede germinar ninguna simiente sin que primeramente se pudra».[52] En la recopilación de Milius, el adepto siembra en plena tierra. Esta bordea el mar donde se tienen en pie los esposos reales alados... Este mar se encuentra de nuevo en Breugel así como la alusión a las alas, imágenes de la volatilidad. Vestido de blanco, el pescador tiende hacia el mar su caña. Su sombrero rojo y azul parece reunir las dos materias. Pero en la iconografía tradicional, el tocado o sombrero indica el pensamiento. Lo que aquí no sería más que un deseo que no puede realizar en cocción de Arte, pues la década no ha llovido en su pote. Además pote emplazado en tierra cerca de él y que parece, pues, vacío sin Arte, sus ideas no tienen ningún peso... es una obra en espíritu.[53] Escudriña vanamente el mar donde no ve ni gota. ¿Quién puede, pues, pretenderse discípulo de la alquimia sin haber visto, en la luciente copa, tierra y fuego fluyendo del aire que llueve?[54] Dejemos al señor van Lennep la última palabra: La caída de Ícaro de Breugel... puede aparecer como una deslumbradora síntesis de la filosofía hermética... Que Breugel haya sido como Bosch, instruido particularmente en los símbolos y preceptos alquímicos, para nosotros no cabe ninguna duda. El sabio se aplicará en interpretar Las expresiones, las sentencias y Los enigmas de los antiguos sabios. Salomón.[55]
[1] . [N. del T] Artículo aparecido en la revista virtual nº 2 de http://ww/w.beyaeditions.com y aprovecho esta nota para agradecer a Beya y a madame Nadine Coppin su amabilidad al permitir publicar una traducción de su magnífico artículo en este vuestro blog. [2] . Le Message Retrouvé, V,9, dans: L. Cattiaux, Art et hermétisme, Beya, Grez-Doiceau, p.78. [también en : El Mensaje Reencontrado, ed. Sirio, Málaga 1996, vers. V, 9.
[3] . Señalamos que las citas del señor J. van Lennep están sacadas de su excelente obra Alchimie, Crédit comunal, 1984, pp. 253-255 (sobre el laberinto) y pp. 309-366 (sobre la relación de Bosch y Bruegel con la alquimia). Precisemos también que en este artículo todas las citas están puestas en cursiva. [4] . Nacido cerca de Brada hacia el 1525-1530, recibió el franc-maitre en 1551, murió en Bruselas en 1569. [5] . Bruegel viajó allí en 1552-1553. [6] . Marsilio Ficino (1433-1499), italiano humanista platónico. [7] . Virgilio, Enéida,VI, 14 y 15. [8] . Ovidio, Metamorfosis, VIII, 204-205 y 223-230. [9] . Dom A. J. Pernety, Dicctionnaire mito-hermétique, Denoël, 1972, p. 228, s.v. «métaux», [También ed. Índigo, traducción de S. Jubany, Barcelona 1993, “metales”. [10] . G. Bracesco, Dialogue, p. 565, y Le Bois de vie, p. 911, en : j.j. Manguet Bibliotheca chemica curiosa. Chouet etc, Genève, 1702 (reed. Arnaldo Forni, Naples, 1976) Señalamos que todas las citas de estos dos textos tan próximos están sacadas de las páginas 584, 923 y 924. [11] . Dom A. J. Pernety, op., cit., p. 183, s.v. “labyrinthe” [«laberinto»] [12] . Ibid., p. 338 y 339, s.v. “labyrinthe” [«laberinto».] [13] . Ibid., p. 169, s.v. «Ícaro». [14] . Michael Maier, Les Arcanes très secretets, Beya, Grez-Doiceau, 2005, p. 33-34. [15] . Ibid., p. 42. [16] . S. Pablo, I Corintios, XI, 12. [17] . E. d’Hooghvorst, Le fil de Pénélope, t. I, La Table d’émeraude, Paris, 1996, p. 81. [también en El Hilo de Penélope, Arola Editors, Tarragona 2000, p. 85] [18] . Ibid. [19] . Ibid. [20] . Geber, La Somme de la Perfection, en: J. Mangin de Richebourg, Bibliothéque des philosophes chimiques, t. I, Beya, Grez-Doiceau, 2003, p. 170. [21] . Fabre du Bosquet, Concordance mito-physico-hermétique, Le Mercure dauphinois, Grenoble, 2002, p. 40 y 55. [también en ediciones Obelisco, Barcelona,1986.] [22] . Le Message Retrouvé, dans L.Cattiaux, op.cit., p. 178. [El Mensaje Reencontrado, XV, 68 y 68’] [23] . Dom A. J. Pernety, Les Fables egyptiennes et grecques, t. I, Paris, 1786 (red. La Table s’émeraude, Paris, 1982) p. 191. [24] . Idem. Dictionaire mito-hermétique, op. cit., p. 88 y89, s. V. «corps». [ibid « cuerpo »] [25] . «Le Message Retrouvé», XXX, 11 à 14, en L. Cattiaux, op. cit, t.i, p. 338. [26] . Dom A. J. Pernety, Les Fables egyptiennes et grecques op. cit., t. I, p. 183-185. [27] . Idem, Dictionnaire mito-hermétique, op. cit. P. 58, s. v. «arsenic». [28] . Ibid, p. 197, s, v, «Lune». [29] . ibid, p. 224, s, v, «mercure». [30] . Ibid, p. 326, s, v, «Saturne» [31] . Fabre du Bosquet, op. cit., p. 43 [32] . E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 25; también p. 110. [Hilo de Penélope, 25-115] [33] . Génesis, VIII, 7-12. [34] . Apuleyo, El Asno de Oro, XI, 5. [35] . E. d`Hooghvorst, op. cit., p. 62 y 63. [Hilo de Penélope, 64-65.] [36] . Fulcaneli, Les Demeures philosophales, t.II, Pauvert, Paris, 1979, p. 187 y 188. [37] . Dom A. J. Pernety, Le Fables Egyptiennes et grecques, op. cit. T.II, p. 282. Recordemos que cianea quiere decir azul. [38] . Idem, Dictionnaire mytho-hermétique, op.cit., p. 161. [39] . Idem, Les Fables Egyptiennes et Grecques, op. cit., p. 185. [40] . E. d`Hooghvorst, op. cit., p. 218. [41] . Dom A. J. Pernety, op.cit., t I, p. 304. [42] . Ibid. [43] . Ibid, p. 95. [44] . Estamos de acuerdo con la opinión del señor van Lennep que reconoce en el cuadro un sol levante. Sin embargo un pasaje del Consejo de las bodas citado por Maier (op.cit., p. 177) invita a la prudencia: «La [piedra] blanca empieza a aparecer al ocultarse el Sol sobre la faz de las aguas... mientras que el rojo lo hace a la inversa puesto que empieza a subir por encima de las aguas cuando el Sol se levanta...» [45] . Ovidio, Metamorfosis, VIII, 217-219- [46] . Ibid., 219. [47] . Cf. Message Retrouve, XXI, 53, en: L. Cattiaux, op, cit., p. 250. [48] . Dom A. J. Pernety, Dictionnaire mito-hermétique, op, cit., p.80, s.v. «cheval». [caballo] [49] . Cf. Ibid, p. 80, s.v. «chien». [perro] Maier, op.cit., p.64, precisa que el perro y el lobo son dos partes en un solo sujeto de las que una es más domesticable y más tratable, es decir, menos fugaz. [50] . E. d’Hooghvorst, op.cit., p. 74. [Hilo de Penélope, p.77.] [51] . Pernety, Dictionnaire mito-hermétique, op.cit., p. 351, s.v. «tête de corbeau». [cabeza ce cuervo] [52] . Cf. Las Doce Llaves de Filosofía, : J. Mangin de Richebourg, op.cit., t. II, p. 40-41. [53] . E. d’Hooghvorst, op.cit., p. 74. [Hilo de Peélope, p-76.] [54] . Ibid., p. 108. [Ibid., p. 113.] [55] . Salomón, Proverbios, I, 6.

lunes, abril 02, 2007

Reyes de Egipto y Monumentos (1)

La historia no nos enseña sobre los primeros reyes de Egipto, nada de más cierto que sobre los de Grecia y los de las otras naciones. La realeza no era hereditaria entre los egipcios, según Diodoro. Elegían a sus reyes entre los que se volvían más recomendables, ya sea por la invención de algunas artes útiles o bien por los beneficios otorgados al pueblo. El primero en este género, si queremos creer a los árabes, fue Hanuch, el mismo que Henoch hijo de Jared, que fue nombrado también Idris o Idaris y que Kircher dice[1] que era el mismo que Osiris, según el testimonio de Abenefi y de
algunos otros árabes. Pero sin ponernos a discutir si estos árabes y Manetón 1º o el sibenita dicen la verdad respecto a lo que ha precedido al diluvio, esta remarcable época es la que debemos fechar. Muchos autores están persuadidos de que Manetón, que era sacerdote de Egipto, había formado sus dinastías y escrito otras muchas cosas conforme a las fábulas que habían sido inventadas y divulgadas mucho tiempo antes que él. Este pensamiento está tanto o mejor fundado que las fábulas que contenían la historia de la pretendida sucesión de los reyes del país, para ocultar su verdadero objeto, del que los sacerdotes hicieron un misterio y un secreto que les estaba prohibido revelar bajo pena de muerte. Manetón como sacerdote fue, pues, obligado a escribir conforme a lo que se contaba al pueblo. Pero el secreto al cual se debía, no le obligaba a desfigurar lo que había de verdad en la historia y es lo que ha hecho que se pudiera conservar al menos en parte.
La discusión de la sucesión de los reyes de Egipto me llevaría a una disertación que no entra en el plan que me he propuesto. Dejo este asunto a aquellos que quieran emprender la historia de aquel país. Es suficiente, para cumplir mi objetivo, aportar los reyes que los autores citan y que dejaron los monumentos que prueban que el arte sacerdotal o hermético era conocido y estaba en vigor en Egipto.
El primero que se estableció tras el diluvio fue Cam, hijo de Noé, que según Abenefi[2] fue llamado Zoroastro y Osiris, es decir, fuego resplandeciente en toda la naturaleza. A Cam le sucedió Mesraim. La crónica de Alejandro[3] da a éste el sobrenombre de Zoroastro y Opmecro lo llama Osiris. El retrato que los autores hacen de Cam y Mesraim o Mitsraim es el de un príncipe idólatra, sacrílego, dado a toda clase de vicios y libertinajes y no puede convenir a Osiris, que estaba ocupado en restablecer el verdadero culto de Dios en vigor, en hacer florecer la religión y las artes y en hacer a sus pueblos dichosos bajo la conducta prudente, sabia y religiosa del incomparable Hermes Trismegisto. Sólo este contraste debería hacer abandonar la opinión de los que sostienen que Cam o Mitsraim, su hijo, eran los mismos que Osiris. Es más natural pensar que el pretendido Zoroastro u Osiris, que significan fuego oculto o fuego extendido en todo el Universo, no fue jamás de otro reino que el del imperio de la naturaleza, que considerar este nombre como sobrenombre de un hombre hecho rey.
La crónica de Alejandría hizo a Mercurio sucesor de Mitsraim y dice que reinó 35 años, añade que dejó Italia para volverse a Egipto donde filosofaba bajo un hábito trenzado en oro, que enseñó allí una infinidad de cosas, que los egipcios lo proclamaron dios y lo llamaron el dios de oro, a causa de las grandes riquezas que les procuró. Plutarco[4] da a Mercurio 38 años de reinado. Sin duda este es el mismo Mercurio que, según Diodoro, fue dado por consejero a Isis.
Pero si las cosas son así ¿dónde se emplazará el reino de los dioses? Si Vulcano, el Sol, Júpiter, Saturno, etc., han sido reyes de Egipto y que cada uno no reinó menos de doscientos años, como hemos dicho anteriormente, no es posible conciliar todo esto, cuando se dijo así mismo que estos nombres de dios no eran más que sobrenombres dados a verdaderos reyes. La cosa se volverá aún menos verosímil si se quiere referir a la crónica de Alejandría que da a Vulcano como sucesor de Mercurio y al Sol sucesor de Vulcano. Tras el Sol pone a Sosin o Sotin o Sochin. Tras Sosin a Osiris, después a Horus, seguidamente a Thulen que pudo ser el mismo que Eusebio llama Thuois y Herodoto Thonis. Diodoro trastorna todo el pretendido orden de esta sucesión, y la confusión que nace de ello forma un laberinto de dificultades imposibles de apartar. Pero, en fin, es preciso atenernos a alguna cosa, es por lo que diremos con Herodoto y Diodoro[5] que el primer rey que reinó en Egipto después de los dioses, fue un hombre llamado Menas o Menes que enseñó a los pueblos el culto de los dioses y las ceremonias que debían observar. Así empezó, pues, el reino de los hombres en Egipto, que duró, según algunos, hasta la 180 olimpiada, tiempo en el cual Diodoro fue a Egipto donde reinaba Ptolemeo IX, de sobrenombre Denis.

Menas dio a los egipcios leyes por escrito, que decía haber promulgado por orden de Mercurio, como principio y causa de su dicha. Se ve que Mercurio se encuentra por todo, ya sea durante el reinado de los dioses que los autores hacen durar un poco menos de ocho mil años y cuyo último rey fue Horus, o bien durante el reinado de los hombres, que empezó con Menas, de lo que se debe concluir, en contra del pensamiento de Kircher,[6] que este Menas no puede ser el mismo que Mitra y Osiris, puesto que este último fue el padre de Horus. Pero sigamos a Diodoro. La raza de Menas dio 52 reyes en el año 1040. Busiris fue elegido seguidamente y ocho de sus descendientes le sucedieron. El último de los ocho se llamó también Busiris, hizo construir la ciudad de Tebas o la ciudad del Sol. Tenía ciento cuarenta estadios de circuito, Estrabón le da ochenta de largo, tenía cien puertas, doscientos hombres pasaban por cada una de ellas con sus carros y sus caballos.[7] Todos los edificios eran soberbios y de una magnificencia inimaginable. Los sucesores de este Busiris se hicieron la gloria de contribuir al adorno de esta ciudad. Decoraron los templos, las estatuas de oro, de plata, de marfil de una colosal grandeza. Hicieron levantar obeliscos de una sola piedra y, en fin, la volvieron superior a todas las ciudades del mundo. Estos son los propios términos de Diodoro de Sicilia, que está de acuerdo en esto con Estrabón.
Esta ciudad, que se volvió célebre en todo el mundo y de la que los griegos, al no saber nada de ella durante largo tiempo, y sólo de oídas, no pudieron hablar de ella sino de una manera muy sospechosa, fue construida en honor de Orus o Apolo, el mismo que el Sol, último de los dioses que fueron reyes en Egipto, y no en honor del astro que lleva este nombre, así como los monumentos que dan testimonio de ello. Una ciudad tan opulenta, tan llena de oro y de plata, aportados a Egipto por Mercurio, que como hemos dicho según los autores, enseñó a los egipcios la manera de hacerlo, ¿no es ello una prueba convincente de la ciencia de los egipcios, en cuanto a la filosofía o el arte hermético? Había en esta misma ciudad –continúa Diodoro– cuarenta y siete mausoleos de reyes, de los cuales diecisiete subsistieron aún en el tiempo de Ptolomeo Lago. Después de los incendios acaecidos en el tiempo de Cambises, que transportó el oro y la plata a Persia, se encontraron aún allí trescientos talentos pesados de oro y dos mil trescientos de plata.
Busiris, fundador de esta ciudad, era hijo de rey, en consecuencia filósofo instruido en el arte sacerdotal, era así mismo sacerdote de Vulcano. La entrada estaba prohibida a los extranjeros. Esto fue sin duda una de las razones que obligaron a los griegos a desacreditar tan fuertemente a este Busiris, el mismo del que se hace mención en los trabajos de Hércules. ¿Pero de qué no es capaz la envidia y los celos? Los griegos sólo podían intentar correr tras estas riquezas pero sólo las vieron en perspectiva.

[1] . Kircher, Edip. Egipt. t. 1, p. 66 y ss.
[2] . Kircher, op. cit. p. 85.
[3] . Alejandro, lib. 1.
[4] . Plutarco, Isis y Osiris.
[5] . Diodoro de Sicilia, lib. 1, p. 2, cap. 1.
[6] . Kircher, Edip. t. 1, p. 93.
[7] . Ni cuanto ingresa en Orcómeno, ni cuanto afluye a Tebas egipcia, en cuyas casas es donde más riquezas hay atesoradas, ciudad que tiene cien puertas y por cada una doscientos hombres van y vienen con caballos y con carros. Homero, Ilíada, IX, 381.

lunes, marzo 19, 2007

Historia de Isis (3)



Pero si toda esta historia no es una ficción, como pretende el abad Banier[1] puesto que dice que Osiris es el mismo que Mizraim, hijo de Cam, que pobló Egipto algún tiempo después del diluvio. Y así mismo añade que a pesar de la oscuridad que reina en la historia de Osiris, los eruditos están obligados a convenir que ha sido uno de los primeros descendientes de Noé, por medio de Cam, y que gobernó en Egipto donde se retiró su padre, que Diodoro de Sicilia nos asegura que este príncipe es el mismo que Menes, el primer rey de Egipto y que es allí donde hizo guardarse; invitaría a todos estos sabios a que me dijeran por qué todos los autores antiguos que han hablado de Mizraim y de Menes no han hecho ninguna mención del famoso viaje o célebre expedición que el pretendido Osiris hizo a África, a Asia y por todo el mundo, según esta inscripción encontrada sobre antiguos monumentos, aportado por Diodoro y todos los autores que después han hablado de Osiris:
SATURNO, EL MÁS JOVEN DE TODOS LOS DIOSES, ERA MI
PADRE. SOY OSIRIS, REY; HE RECORRIDO TODO EL UNIVERSO, HASTA LAS EXTREMIDADES DE LOS DESIERTOS DE LA INDIA, DE ALLÍ HACIA EL SEPTEMTRIÓN, HASTA LOS MANANTIALES DEL ISTER; SIGUIENDO POR OTRAS PARTES DEL MUNDO HASTA EL OCÉANO. SOY EL HIJO PRIMOGÉNITO DE SATURNO, SALÍ DE UNA RAMA ILUSTRE, Y DE UNA SANGRE GENEROSA, QUE NO TENÍA SIMIENTE. NO HAY LUGAR DONDE YO NO HAYA ESTADO. HE VISITADO TODAS LAS NACIONES PARA ENSEÑARLES TODO AQUELLO DE LO QUE HE SIDO INVENTOR.
No creo que pueda atribuirse a ningún rey de Egipto todo lo que reza en esta inscripción, particularmente lo de la generación sin simiente, en cambio esta última definición se encuentra en la
obra hermética, donde se entiende por Saturno el color negro, del cual nacen el blanco o Isis y el rojo u Osiris, la primera llamada Luna y el segundo Sol o Apolo. No es menos difícil, o más bien imposible, poder aplicar a una reina la inscripción siguiente, sacada de una columna de Isis y aportada por los mismos autores:
YO, ISIS, SOY LA REINA DE ESTE PAÍS, EGIPTO, Y TENGO A MERCURIO COMO PRIMER MINISTRO. NADIE PODRÁ REVOCAR LAS LEYES QUE HE HECHO E IMPEDIR LA EJECUCIÓN DE LO QUE HE ORDENADO. SOY LA PRIMOGÉNITA DE SATURNO, EL MÁS JOVEN DE LOS DIOSES, SOY HERMANA Y MUJER DE OSIRIS. SOY MADRE DEL REY HORUS. SOY LA PRIMERA INVENTORA DE LA AGRICULTURA. SOY EL PERRO BRILLANTE ENTRE LOS ASTROS. LA CIUDAD DE BUBASTE HA SIDO CONSTRUIDA EN MI HONOR. ¡REGOCÍJATE, OH EGIPTO! QUE ME HAS NUTRIDO.
Pero si se aplica ésta a la materia del arte sacerdotal y si se comparan estas expresiones con las de los filósofos herméticos, se las encontrará totalmente tan conformes, que se estará, por así decirlo, obligado a convenir en que el autor de estas inscripciones tenía a la vista el mismo objeto que los filósofos. Diodoro dice que sólo se podía leer de su tiempo lo que hemos aportado, porque el resto estaba borrado por la antigüedad. No es posible –añade– tener ningún esclarecimiento respecto a ello, pues los sacerdotes guardan inviolablemente el secreto de lo que les ha sido confiado, prefiriendo que la verdad sea ignorada por el pueblo que correr el riesgo de sufrir las penas impuestas a los que divulgaran estos secretos. Pero insisto ¿cuáles eran estos secretos tan fuertemente recomendados? Los que con Cicerón dicen que consistía en no decir que Osiris había sido un hombre ¿están en lo cierto? Sólo la pretendida conducta de Isis en consideración a los sacerdotes era capaz de traicionar estos secretos, la de los sacerdotes hacia el pueblo lo descubría aún más. ¡Cómo! ¿Se me hará creer que Osiris no fue jamás un hombre y se me mostrará su tumba? Así mismo me temo que no dudo de su muerte y como si se quisiera que no se le pierda de vista, se multiplica esta tumba. Cada sacerdote me dice que él es el poseedor de la misma. Confesemos que este secreto estaría mal concertado. Y después de todo ¿para qué este inviolable secreto expuesto en la tumba de un rey ardientemente amado por sus súbditos? ¿Cuál es el interés en ocultar la tumba de Osiris?

Si se dice que Hermes aconsejó a Isis que ocultara la tumba de su marido, a fin de evitar al pueblo la ocasión de hacer idolatría, porque sentía que el gran amor que había concebido el pueblo por Osiris, a causa de los beneficios de él recibidos, podría conducirle a adorarle en reconocimiento, este sentimiento estaría muy conforme con las ideas que debemos de tener de la verdadera piedad de Hermes. Pero lejos de ocultar esta tumba, Isis hizo una para cada miembro y quiso persuadir de que todo el cuerpo de Osiris estaba en cada una de estas tumbas, esto es lo contrario, es multiplicar la piedra de escándalo y de tropiezo. La Escritura santa nos enseña que Josué condujo a los israelitas por otra ruta cuando Moisés murió,[2] para impedir sin duda que los hebreos imitasen todavía a los egipcios en este género de idolatría.
Pero no era para ocultar al pueblo la pretendida humanidad de Osiris que se hizo un secreto de su tumba; si se prohibía, bajo penas rigurosas, decir que Isis y su marido habían sido hombres es porque, en efecto, jamás lo fueron. Esta prohibición que no se acordaba de ningún modo con la demostración pública de sus tumbas, tendría de hacer suponer algún misterio oculto bajo esta contradicción; el gran secreto que observaban los sacerdotes todavía habría de provocar más la curiosidad. Pero el pueblo no pensaba en sondear tan escrupulosamente las cosas, las tomaban tal como se las daban sin examinarlas mucho. Por otra parte ¿de qué secreto se trataba, que pudiera tener relación con una tumba y con lo que encerraba? Tomemos la cosa alegóricamente; leamos a los filósofos y veremos las tumbas tan misteriosas. Basilio Valentín[3] emplea esta alegoría dos o tres veces; Norton[4] dice que es preciso hacer morir al rey y amortajarlo. Raimon Llull, Flamel, el Trevisano, Aristeo en la Turba y otros tantos se expresan poco más o menos en este sentido, pero todos ocultan con mucho cuidado la tumba y lo que encierra, es decir, el vaso y la materia que contiene. El Trevisano dice,[5] que el rey viene a bañarse en el agua de una fuente, porque ama mucho esta agua y que es amado por ella, porque de allí ha salido y allí muere y que ella le sirve de tumba. Sería muy largo aportar todas las alegorías de los autores que prueban, a los que no se dejan cegar por los prejuicios, que este secreto es el del arte sacerdotal, tan fuertemente recomendado a todos los adeptos.

Los sacerdotes instruidos por Hermes tenían, pues, otro objeto a la vista que el de la historia, con el que no podían acordar todas la diferentes cualidades de madre e hijo, esposo y esposa, hermano y hermana, padre e hija, que se encuentran en las diversas historias de Osiris y de Isis, pero que convenían muy bien a la obra hermética, cuando se toma su única materia bajo diferentes puntos de vista. Que se reflexione un poco sobre ciertos rasgos de esta historia. ¿Por qué Isis reúne todos los miembros del cuerpo de Osiris, excepto las partes naturales? ¿Por qué, tras la muerte de su marido, juró no desposarse con otro? ¿Por qué se hace enterrar en el bosque de Vulcano? ¿Cuáles son estas partes naturales, sino las terrestres negras y feculentas de la materia filosófica en las que es formada, o ha tomado nacimiento, y que es preciso rechazar como inútiles, porque le son heterogéneas? Si Isis hace el juramento es porque tras la solución perfecta, designada por la muerte, ella no puede ser separada de Osiris por ningún artificio. Veremos en lo que sigue por qué se dice que fue inhumada en el bosque de Vulcano. Ello se sabrá atendiendo a que[6] la inhumación filosófica no es otra cosa que la fijación o el retorno de las partes volatilizadas y su reunión con las partes fijas e ígneas de las cuales habían sido separadas, es por esto que Isis y Osiris son llamados nietos de Vulcano.

[1] . Banier, Mitología, t. 1, p. 483, ss.
[2] . Deuteronomio, 34.
[3] . Basilio Valentín, Las 12 Llaves.
[4] . Norton, Ordinal.
[5] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[6] . Véase a I. Filaleteo, Enarratio methodica, y a Espagnet, citado tan a menudo.