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lunes, diciembre 04, 2006

Eneas visita a la Sibila





Al tomar tierra en Cumas,[1] Eneas dirigió sus pasos hacia el templo de Apolo y hacia el antro de la horrorosa sibila, que este dios inspira y a través de la cual descubre el porvenir. La entrada de este templo estaba decorada con una representación de los sucesos de Dédalo, llevando las alas que había fabricado y que después consagró a Apolo, en honor del cual había edificado este templo. También se veía allí el laberinto que Dédalo construyó en Creta, para encerrar al Minotauro, las penas y los trabajos que se han de experimentar para vencer a este monstruo y para salir de este laberinto una vez que se ha penetrado allí, teniendo el hilo que Ariadna dio a Teseo con esa intención.[2] Estas representaciones impresionaron a Eneas y se detuvo a contemplarlas, pero la sacerdotisa le dijo que el tiempo no le permitía entretenerse. Se vuelve, pues, al antro donde la sibila daba sus oráculos, y a penas hubo llegado la vio arrebatada por el furor que tenía costumbre de agitarla en estas circunstancias. Los troyanos que acompañaban a Eneas fueron presos de terror. Eneas mismo tembló ante este aspecto y dirigió su ruego a Apolo desde lo mejor de su corazón. Le recordó la protección tan particular con la que siempre favoreció a los troyanos y le rogó insistentemente que la continuara
Le prometió levantar dos templos de mármol en reconocimiento, uno en su honor y otro en el de Diana,[3] cuando se estableciera en Italia con sus compañeros de viaje. Así mismo se propuso instituir las fiestas de Febo y hacer que se celebraran con toda la magnificencia posible. Después dirigió su palabra a la sacerdotisa y le rogó que no pusiera sus oráculos sobre hojas voladoras, temiendo que el viento las dispersara y no las pudiera recoger. Al fin habló la sibila y predijo a Eneas todas las dificultades que encontraría y los obstáculos que tendría que superar, tanto en su viaje, como en su establecimiento en Italia.[4] Pero ella lo exhortó a que no perdiera el coraje y que aprovechara la ocasión para llevar adelante su empeño con más vigor. Sin embargo sus oráculos[5] estaban llenos de ambigüedades, de equívocos y no era fácil entenderlos, pues envolvía la verdad con un velo oscuro y casi impenetrable.[6]
[1] . Virgilio, Enéida, lib. 6, vers. 2 y ss.
[2] . Las decoraciones de este templo son considerables, y no es sorprendente que hayan atraído la atención de Eneas. Un artista no tendría que reflexionar demasiado sobre una empresa tal como la de la gran obra, a fin de poder venir al punto de tomar, como Zachaire (en su Opúsculo) una última resolución que no encuentre ninguna contradicción en los autores. No solamente las operaciones y el régimen son un verdadero laberinto, de donde es muy difícil salirse, sino que las obras de los filósofos configuran uno aún más embarazoso. La gran obra es muy fácil, si se cree a los autores que tratan de ello, todos lo dicen, y algunos incluso aseguran que sólo es un divertimento de mujeres y un juego de niños; pero el Cosmopolita hace observar que cuando dicen que es fácil, se ha de entender para aquellos que la conocen. Otros han asegurado que esta facilidad sólo considera las operaciones que siguen a la preparación del mercurio. Espagnet es de este pensamiento, puesto que en su canon 42 dice: Se precisa un trabajo de Hércules para la sublimación del mercurio, o su primera preparación; pues sin Alcides, Jasón no hubiera emprendido nunca la conquista del Toisón de oro. Ya he explicado la fábula del Minotauro y de Teseo. Se puede recurrir a ella.
[3] . Apolo y Diana eran los dos principales dioses de la filosofía hermética, es decir, la materia fijada al blanco y al rojo, con razón Eneas se dirigía a ellos y les prometía levantar dos templos. El mármol, por su dureza, indica la fijeza de la materia, y el establecimiento de Eneas en Italia designa el término de los trabajos del artista, o el fin de la obra.
[4] . Las dificultades que se encontraron para llegar a este establecimiento no son pequeñas, ya que muchos lo intentan y lo han intentado sin tener éxito. Lo podemos juz
gar por lo que dice Pontano (Epístola sobre el fuego), que ha errado más de doscientas veces y que ha trabajado durante largo tiempo sobre la verdadera materia sin tener éxito, porque ignoraba el fuego requerido. Se puede ver la enumeración de estas dificultades en el tratado que ha hecho Thibault de Hogelande.
[5] . Esta manera de explicarse mediante términos ambiguos y equívocos es precisamente la de todos los filósofos. No hay ni uno que no la haya empleado, es lo que hace a esta ciencia tan difícil y casi imposible de aprender en las obras que tratan de ella. Escuchemos a Espagnet sobre eso (canon 9): Que aquel que ama la verdad y que desea aprender esta ciencia escoja a pocos autores, pero señalados como buenos. Que tenga como sospechoso todo lo que le parezca fácil de entender, particularmente en los nombres misteriosos de las cosas y en el secreto de las operaciones. La verdad está oculta bajo un velo muy obscuro; los filósofos jamás dicen más verdad que cuando hablan obscuramente. Siempre hay artificio y una especie de superchería en los lugares donde parecen hablar con más ingenuidad. También dice en el canon 15: Los filósofos tienen la costumbre de expresarse mediante términos ambiguos y equívocos, así mismo a menudo parecen contradecirse. Si explican sus misterios de esta manera no es por el deseo de alterar o de destruir la verdad, sino a fin de ocultarla bajo estos rodeos y de volverla menos sensible. Es por esto que sus escritos están llenos de términos sinónimos y homónimos que pueden despistar. También se explican mediante figuras jeroglíficas y llenas de enigmas, y mediante fábulas y símbolos. Es suficiente leer a algunos de estos autores para reconocer este lenguaje. En cuanto a las fábulas de Orfeo, de Teseo y Helena, las hemos explicado en los libros precedentes.
[6] . Virgilio, Enéida, lib. 6, vers. 98.

martes, octubre 24, 2006

Europa



Júpiter se enamoró de Europa, hija de Agenor, rey de Fenicia, y ordenó a Mercurio que la invitara a pasear por la orilla del mar, donde este dios se metamorfoseó en toro blanco, la puso sobre su dorso, atravesó el mar a nado y transportó a Europa a la isla de Creta. Del comercio que tuvo con Júpiter nacieron Minos, Rodamante y Sarpedón.
Minos desposó a Pasifae, hija del Sol y hermana de Aetes, tuvo a Ariadna y al Minotauro, que fue encerrado en el
laberinto de Dédalo donde fue muerto por Teseo, con la ayuda que le proporcionó Ariadna.
Las mujeres que las fábulas muestran como amadas por Júpiter, casi todas tienen nombres que en su etimología significan el duelo, la tristeza, alguna cosa de negro, oscuro, sombrío, como tumba, sepulcro, olvido, putrefacción, podredumbre, etc, de donde podría venir esta afectación, y al mismo tiempo los autores de estas ficciones nos las representan como mujeres de gran belleza, sin duda el color negro no era ningún obstáculo, puesto que la santa Escritura hace hablar así a la esposa del Cantar de los Cantares: Soy negra pero bella.El nombre de Europa tiene un significado más o menos parecido, si se le hace venir de εύρώς, jugo, humor, como si se dijera jugo echado a perder, enmohecido, podrido. No es sin razón que los autores de estas ficciones escogieran a éstas bellezas puesto que el Júpiter de los filósofos actúa siempre sobre la materia que se ha vuelto negra, o en estado de putrefacción, indicado por estas mujeres. Lo que resulta de ello es el hijo filosófico del que se habla en casi todos los libros herméticos.
Júpiter se transformó en toro blanco para raptar a Europa mientras se paseaba y se divertía con las ninfas por la orilla del mar. Pero ¿podía ser otro el color del toro? puesto que
el blanco sucediendo al negro parece raptarlo y cambiarlo. Este toro es, como en la fábula de Osiris, símbolo de la materia fija volatilizada; raptó a Europa mientras ella jugaba con sus compañeras; estos juegos son los mismos que las danzas de las musas, es decir, la circulación de las partes volátiles y acuosas; el mar es el mercurio, llamado mar por la mayor parte de los filósofos.
Soy diosa de una gran belleza y de una gran raza, –dice Basilio Valentín en su símbolo nuevo– Soy nacida de nuestro propio mar. El mismo autor representa un mar en la lejanía en casi todas las figuras jeroglíficas de sus doce llaves. Flamel llama a este mercurio espuma del mar rojo. El Cosmopolita lo llama agua de nuestro mar. Espagnet dice:[1] Los filósofos también tienen su mar, donde nacen peces, cuyas escamas brillan como la plata.
Minos desposó a Pasifae, hija del Sol, es decir, toda luz o
claridad, pues Πας significa todo y φαις, luz; Minos fue el hijo que nació de Júpiter y de Europa, o del color gris y del negro, desposó a la hija del Sol o la claridad, representada por el color blanco. Minotauro salió de este matrimonio y fue encerrado en el laberinto de Dédalo, símbolo de lo embarazoso y de las dificultades que el artista encuentra en el transcurso de las operaciones; también está hecho por Dédalo, de Δαιδαλός, que quiere decir artista.
Teseo, el más joven de los siete atenienses enviados para combatir al Minotauro, consiguió
deshacerse de él con la ayuda de Ariadna, a la que después desposó. Estos siete atenienses son las siete imbibiciones de la obra, en la última de las cuales es en la que el más joven mató al monstruo, fijando la materia y fijándose con ella la desposó. Si Teseo la abandona y Baco la toma por mujer es porque el color rojo sucede al blanco y Baco, como ya lo hemos explicado en su artículo, no es otra cosa que esta materia llegada al rojo. Era muy necesario que el hilo que Ariadna suministró a Teseo fuera fabricado por Dédalo, puesto que es el artista el que conduce las operaciones; también Dédalo había estado en la escuela de Minerva.
Los dos hijos de Europa, Minos y Rodamante, fueron constituidos jueces de aque
llos a los que Mercurio conducía al reino de Plutón; condenaban a unos a los suplicios y enviaban a otros a los Campos Elíseos. La putrefacción de la materia en el vaso de los filósofos es llamada muerte, como así lo hemos visto en cientos de lugares en esta obra. Esta putrefacción sólo puede hacerse con la ayuda del mercurio de los sabios, lo que ha hecho decir a algunos antiguos que los hombres sólo se morían por Mercurio: Luego empuña el caduceo, con el que evoca del Orco las pálidas sombras y envía a otras al triste Tártaro, da y quita el sueño y abre los ojos, que cerrará la muerte. (Enéida, lib. 4)
En esta putrefacción que constituye el reino de Plutón,
Minos y Rodamante son establecidos jueces de los muertos, es decir, que haciéndose entonces una perfecta disolución de la materia y una separación de lo puro con lo impuro, el juicio de Minos y Rodamante se cumple siempre por Mercurio que es el ejecutor. Los impuros son relegados al Tártaro, lo que ha hecho que le dieran el nombre de tierra condenada; las partes puras son enviadas a los Campos Elíseos y son glorificadas, según la expresión de Basilio Valentín en su Azoth, de Raimon Llull en la Teoría de su Testamento antiguo, de Morien en su conversación con el rey Calid y de muchos otros filósofos.

[1] . Espagnet, canon, 54.