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sábado, febrero 03, 2018

LA PUERTA - 73 - La Cábala Cristiana

Este es el índice de artículos del último número de la revista      LA PUERTA:

Presentación

La cábala cristiana 
Pere Sánchez Ferré

Ramón Martí de Subirats y su obra principal Pugio fidei (El puñal de la fe)
Carmen de la Maza

Sobre el nombre de YESUS
P. Hidalgo Serra

Pico de la Mirandola 
Catherine dde Laveleye (traducción: Pere Sánchez)

Giorgio de Venecia 
Clément Rosereau (traducción: Elisabeth Bondia)

La Magia de H. Cornelio Agrippa
Claude Froidebise (traducción: Pere Sánchez)

El anfiteatro de la Eterna Sabiduría: El método de H. Khunrath 
Octavi Aluja

La primavera en la tradición judeocristiana
Caroline Thuysbaert (traducción: Sergi d'Hooghvorst)

La Medicina Cabalística de la Caridad Cristiana
Stéphane Feye

Orfeo y la Trinidad
Hans von Kastel (traducción: Sergi d'Hooghvorst)

Humanismo y tradición. La síntesis de Louis Cattiaux 
Raimon Arola

miércoles, septiembre 12, 2007

(artículo del traductor) El Secreto de la Mitología

No me cansaré de recomendar al lector textos actuales, ligados a la Tradición mediante un invisible pero evidente Hilo conductor lanzado por nuestro Padre pescador Adán.(1)
En este caso me refiero al hallazgo de la revista LA PUERTA,(2) de la cual, y a mi entender, ningún artículo tiene desperdicio para el buscador.
He escogido unos fragmentos, que me han fascinado, del artículo aparecido en la Puerta Tradición Latina,(3) siguiendo al mismo autor, Raimon Arola, titulado La Mitología como filosofía secreta y que el navegante también lo puede encontrar íntegro en http://www.lapuertaonline.es/ (apartado Tradición clásica).
El artículo se emplaza en el Siglo de Oro y dice:
En la literatura del Siglo de Oro español los dioses de la antigüedad clásica ocupan un lugar privilegiado, por doquier se cuentan sus hazañas, se explican sus nombres y se cantan sus glorias. Sin duda esta familiaridad se debe a la influencia del Renacimiento italiano, cuando los artistas y los filósofos se dedicaron a desenterrar la cultura y los mitos de la antigüedad entusiasmados con la Prisca theologia (4). Se consideraban continuadores de una antigua revelación que empezó con el legendario Hermes Trismegisto, quien la transmitió a Orfeo, éste a Pitágoras, él a su vez la transmitió al divino Platón, y Platón la trasmitió a Virgilio.
[...] El tratado de mitología que más resonancia tuvo durante el Siglo de Oro español, y sin duda el más importante es La Filosofía Secreta, escrito por el Bachiller Juan Pérez de Moya, astrólogo y matemático, que fue publicado en Madrid en agosto de 1584. Su título, indica claramente la intención del autor, éste propone para comprender las fábulas antiguas cinco sentidos, que van desde el más exterior y superficial, esto es, la historia, hasta el sentido central, la filosofía secreta. (5)
[...] Pérez de Moya sigue muy de cerca las explicaciones tradicionales de la etimología, alude sin citarlos a Platón y Varrón (6), pero no se queda aquí, su interpretación concluye siempre con la lectura natural del mito. Veamos algunos episodios de las fábulas de Júpiter que, en la interpretación del sabio castellano, nos permiten reconocer el origen de la etimología, esto es, la realidad natural a la que aluden; en relación a la fábula de las abejas que acuden a criar a Júpiter, nuestro erudito interpreta que los antiguos quisieron: «significar que de la tierra se levantan exhalaciones y los engendramientos de los elementos». A continuación comenta la leyenda en la que Júpiter fue criado por una cabra, y escribe: « porque la cabra es amiga de subir a lo alto, tanto que aun para comer se alza y sube a las matas; así los elementos y los vapores se levantan sobre la tierra» (7). En la explicación de la lucha de Júpiter con los Titanes, Pérez de Moya, afina todavía más su lectura de los mitos de Júpiter relacionados con la exhalación de la tierra, y comenta que:
«Algunos dicen que los antiguos por esta fábula declararon los mudamientos de los elementos, unos en otros, y las generaciones de las cosas naturales, entendiendo por los Titanes lo grueso y terrestre, que entre sí tienen los elementos, que la fuerza de los cuerpos celestiales arrempuja de lo alto a lo bajo, porque los vapores por la fuerza o virtud del Sol, por quien se entienden los Titanes, suben hacia arriba, los cuales, llegados a lo alto por virtud de los cuerpos divinos se resuelven en puros elementos, o se rechazan hacia abajo, y dellos se vuelven a entrar en la tierra, como hace el agua, y de esta entrada vuelve la tierra a engendrar cosas, y otros vapores, que es una pelea perpetua, mediante la cual contrariedad de elementos consiste la generación de las cosas naturales» (8).
Estos comentarios naturales pueden parecer a primera vista gratuitos, pero al compararlos con textos de literatura propiamente alquímica, encontramos interesantes coincidencias. Dom Pernety, otra vez, nos presta una ayuda inestimable para dicha comparación, pues reconoce en las fábulas del nacimiento de Júpiter una operación alquímica, para ello cita a Jean d’Espagnet cuando éste dice:
« La Ablución nos enseña a blanquear el cuervo y a crear Júpiter de Saturno, lo que se hace por la volatilización del cuerpo, o la metamorfosis del cuerpo en espíritu. La Reducción o la caída en forma de lluvia del cuerpo volatilizado, restituye a la piedra su alma y la alimenta con la leche espiritual del rocío, hasta que adquiere una fuerza perfecta» (9)
Toda la lectura alquímica de Pernety gira entorno a esta operación, parecida, según él, a la destilación y condensación de la química vulgar, y que alquímicamente es, siguiendo otra vez a d’Espagnet, lo que permite: "la formación y la alimentación del Hijo filosófico; que aparece finalmente con una cara blanca y bella como la de la Luna"(28). Entonces comprendemos porque Júpiter es llamado el dador y mantenedor de la vida.
El pensamiento hermético que sabe leer los fenómenos naturales como el libro en donde Dios ha escrito los misterios de la regeneración del hombre y la naturaleza estaba muy extendido en la época. Basta observar brevemente el índice de la segunda parte de la Introducción del Símbolo de la Fe de Fray Luis de Granada, publicado un año antes que la Filosofía Secreta, para convencernos del conocimiento de esta tradición. Una de las ideas capitales de su obra es que, por medio de la observación de las maravillas naturales es posible conocer a Dios, el artífice, y: « No como filósofos (que no pretenden más que darnos conocimiento de las cosas), sino como teólogos, mostrando en ellas la infinita sabiduría del Hacedor, que tales cosas supo trazar, y la de su omnipotencia, que todo lo que trazó pudo con sola su palabra hacer »(11) Veamos, a modo de ejemplo, cómo explica el fenómeno de la evaporación y condensación del agua que produce la lluvia. Primero describe el fenómeno, después hace la siguiente comparación:
« La experiencia de esto vemos en los alambiques en los que se destilan las rosas y otra yerbas, donde la fuerza del calor del fuego seca la humedad de las yerbas que se destilan, y las resuelve en vapores, y hace subir a lo alto, donde, no pudiendo subir más, se juntan y espesan y convierten en agua, la cual con su natural peso, corre luego hacia abajo, y así se destila [...] Desta manera el arte imita la naturaleza, como lo hace en todas las otras cosas»(12).
[...] Volviendo a La Filosofía secreta de Pérez de Moya quisiéramos destacar un fragmento que nos parece especialmente interesante: « Decir que Júpiter para engendrar a Hércules tomo forma de Anfitrión, es porque el hombre es para engendrar instrumento: empero la voluntad divina, entendida por Júpiter, y la fuerza de las estrellas, como causa segunda, son como instrumento para procrear varones claros»(13).
La diferencia que establece entre el engendramiento de la voluntad humana y el engendramiento según la voluntad divina nos muestra claramente que todas sus explicaciones sobre las operaciones naturales esconden el sentido último de la alquimia, la regeneración del hombre, los varones claros, de los que Juan en su Evangelio dice: «Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (I, 13), y «Lo que es nacido de carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (III, 6). Pérez de Moya nos señala claramente cómo los varones claros nacen de la voluntad divina por medio de las estrellas, que son el instrumento de este engendramiento. En El Mensaje Reencontrado, (14) Louis Cattiaux escribe: «¿Pensáis hacer algo bueno sin el sol, sin la luna, sin las estrellas, sin el aire, sin el agua y sin la tierra?, Entonces, ignoráis la agricultura que es la ciencia de Dios» (XXIII, 48). Es importante señalar que Cattiaux, al igual que Pérez de Moya, habla de las estrellas y no los astros, los cuales dirigen la voluntad humana, a diferencia de las estrellas que fecundan los trabajos de los adeptos.
La idea de los varones claros es muy importante en la literatura y el arte del Siglo de Oro, se le representa como Hércules, o Teseo pero generalmente como Apolo imberbe cuya belleza es como la de Cristo (15). Pérez de Moya explica lo que significa que Apolo sea el hijo de Júpiter y Latona; por Latona entendían los antiguos: « aquella materia confusa, llamada caos, de que se hicieron las cosas», y por Júpiter: « el verdadero Dios señor nuestro. Este criador de todo hizo primero dos luminarias, que son el Sol y la Luna, como se lee en el Génesis» (16), es decir Apolo y Diana. Y completando el mito escribe: « Que Apolo en naciendo usase la ballestería y matase a la serpiente Pitón, es que saliendo el Sol, con el calor de sus rayos, que son como saetas, consumió los nublados y vapores de que se engendraban, que primero lo oscurecían» (35). Lo que Nicolás Flamel lee alquímicamente diciendo: « Lo que se lava es la Serpiente Pitón, quien, habiendo tomado su ser de la corrupción del limo de la tierra surgido de las aguas del diluvio, cuando todas las confecciones eran agua, debe ser matada y vencida por las flechas del Dios Apolo, por el rubio Sol, es decir por nuestro fuego igual al del Sol» (18).
Pérez de Moya expone por qué se representa a Apolo imberbe: « Llámase Febo, porque es nuevo y como niño, porque en latín llaman efebos a los que no tienen aun barba, como son los niños, y conviene al Sol esto, porque cada día nace de nuevo, saliendo por el horizonte, como el que sale del vientre de su madre»(19).
Los varones claros son la imagen del Sol filosófico. S. de Covarrubias representa al varón justo con el emblema de un obelisco, y escribe: « El varón justo, es como columna, o aguja de firmeza» (20). Los obeliscos estaban dedicados al sol, representando en ellos uno de sus rayos. Plinio en su Historia Natural define a los obeliscos como rayos de sol petrificados, explica lo siguiente tratando de las maravillas de Egipto:
« Los reyes, por una cierta rivalidad entre ellos, hicieron de esta piedra unos bloques largos llamados obeliscos, consagrados a la divinidad del Sol. En la superficie se halla la representación de sus rayos, y eso es lo que significa su nombre en lengua egipcia». (21)
Estas palabras son profundamente herméticas, aunque a nivel exterior parezcan que explican una curiosidad de poca importancia. El «rayo del sol petrificado» es lo mismo que la «luz corporificada», el término imperecedero de la creación, por lo que la imagen del obelisco nos conduce directamente al misterio del hombre regenerado. Los obeliscos estaban dedicados al sol, representando a uno de sus rayos. Así pues, los varones claros son la imagen del Sol filosófico. Es por ellos que L. Cattiaux decía: «Rayo y germen se aplican perfectamente a Jesucristo y al Verbo Eterno representado, de hecho, por el Sol dispensador de vida». (22)
El sentido esotérico del obelisco está perfectamente descrito en los comentarios cabalísticos sobre el Sueño de Jacob, en particular sobre el pasaje «Y cogió la piedra que había puesto como cabecera y la enderezo en estela (matsevah: obelisco, columna)» (Génesis, XXII,17). En el Sefer ha-Zohar leemos el siguiente comentario sobre dicho versículo: «¿Que significa matsevah? Significa que la piedra había caído y él la volvió a levantar». (23) O sea, se entiende que esta piedra no es otra cosa que el hombre que habiendo caído, se vuelve a levantar, es decir, se regenera.
Estas últimas citas nos ayudan a comprender con bastante precisión cual es la Naturaleza de la que hablan los sabios y, entre ellos, el bachiller Pérez de Moya, pues la Naturaleza que vemos con nuestros ojos y sentidos caídos, no es sino un reflejo de la Naturaleza interior, aquella que está oculta en cada uno de nosotros mismos, y que en los varones claros se levanta y se manifiesta completamente. Entonces la mitología es la filosofía que reúne al hombre con Dios.

(1): Nótese que la palabra pescador es la misma que pecador más la letra S, letra de Serpiente o de Sabiduría. Esto es apreciación mía y “vale lo que vale”.
(2): LA PUERTA, Isaac Peral 13b 08397 Pineda de Mar (Barcelona), tel. y fax. 937623009.
(3): LA PUERTA, Tradición Latina, ed. Obelisco, Barcelona, 1995, p. 125
(4): Sobre la Prisca Theología, es decir, la Teología de los antiguos, ver F. Yates, Giordano Bruno y la tradición hermética, ed. Ariel, Barcelona, 1983; p. 34-36.
(5): Hemos utilizado la edición de la Filosofía secreta de ed. Glosa, Barcelona, 1977. Todas las referencias citadas pertenecen al primer volumen, la presente cita se encuentra en la p.9. Recientemente ha aparecido una edición de la editorial Cátedra, realizada por M. Claverías.
(6): Cfr. M.T. Varrón, Di lingua Latina, ed. Anthropos, Barcelona, 1990; p.49s. Y Platón, "Crátilo", Diálogos II, ed. Gredos, Madrid, 1987; p.386s.
(7): Pérez de Moya,
op. cit.; p.83.
(8): ibídem.; p.90s.
(9): D. Pernety, op. cit.; vol.I I, p.58. Y J. d’Espagnet, L’oeuvre secret de la philosophie d’Hermès. Ed. Denoël, París, 1972
; p. 150.
(10): Pernety, ibidem; vol.II, p.58.
(11): Fray Luis de Granada Introducción del Símbolo de la Fe . Ed. Cátedra, Madrid, 1989; p.114.
(12): ibídem.
(13): Juan Pérez de Moya, op. cit.; vol. II, 131.
(14): El Mensaje Reencontrado, última edición en castellano, ed. Sirio, Málaga, 1996, XXIII, 48.
(15): Los hombre del Renacimiento bajo las formas de Apolo hablaban del Hijo de Dios, es el viejo sueño de A. Durero cuando decía: "De la misma manera que los paganos han dado a su ídolo Apolo las proporciones de la más bella forma humana, nosotros queremos utilizar la misma medida para Cristo Nuestro Señor, que es el más bello del mundo". Citado por J. Garriga, Fuentes y documentos para la historia del arte. El Renacimiento en Europa. Ed. G. Gili, Barcelona, 1983; p.483.
(16): Pérez de Moya, ibídem.; p. 210.
(17): ibídem.; p.211.
(18): N. Flamel Libro de las figuras jeroglíficas. Ed. Obelisco, Barcelona, 1982; p. 59.
(19): Pérez de Moya, ibídem.; p.225.
(20): Emblemas morales. Madrid, 1610. Centuria II, emblema 149.
(21): Textos de Historia del Arte. Ed. Visor, Madrid, 1988; p.147.La palabra egipcia teche designa a la vez el rayo de sol y el obelisco.
(22): "Extracto de cartas de L. Cattiaux a sus amigos" en La Puerta, nº 9; Barcelona, 1982; p. 31.
(23): Sefer ha-Zohar . Ed. Verdier, Lagrasse, 1981; vol. I, p.366.

lunes, mayo 07, 2007

El Robo de las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (1)



Tras la conquista del Toisón de oro, no hay casi nada que venga mejor a nuestra causa que la expedición de Hércules para adquirir la posesión de estos famosos frutos conocidos por tan pocas personas, y que los autores que han hablado de ellos no están de acuerdo sobre su verdadero nombre. Los antiguos poetas han dado rienda suelta a su imaginación a este respecto y los historiadores que han hablado después de estos padres de las fábulas, tras haber buscado en vano el lugar donde estaba este jardín, el nombre y la naturaleza de estos frutos, son casi todos contrarios los unos con los otros. ¿Cómo habrían podido decir algo cierto sobre un hecho que no existió jamás? Es inútil hacer diferenciaciones para favorecer el pensamiento de uno más que el de otro, puesto que están todos igualmente en el error respecto a ello. Es con razón, pues, que se pueden considerar como ideas vacías y quiméricas las explicaciones de la mayor parte de los mitólogos que han querido relacionarlo todo en la historia, por más ingeniosas y por más brillantes que sean, y aunque presenten ilustres garantías.

Todas las fábulas no son ilusiones ingeniosas, sino solamente las que no tenían otro motivo que el placer. Aquellas de las que aquí se trata y casi todas las de Orfeo, Homero y los más antiguos poetas, son alegorías que ocultan instrucciones bajo el velo de la genealogía y de las pretendidas acciones de los dioses, de las diosas o de sus descendientes.
Veamos, pues, lo que los poetas han dicho de este célebre jardín; el lugar donde habitaban las Hespérides era un jardín donde se encontraba reunido todo lo que la naturaleza tiene de bello. El oro brillaba por todas partes, era el lugar de las delicias y de las hadas. Las que lo habitaban cantaban admirablemente bien.[1] Ellas gustaban de adoptar toda clase de figuras para sorprender a los espectadores mediante sus súbitas metamorfosis.
Si creemos al mismo poeta, los argonautas visitaron a las Hespérides y se dirigieron a ellas conjurándolas a mostrarles alguna fuente de agua, porque estaban extremadamente presos por la sed. Pero en lugar de responderles se transformaron al instante en tierra y en polvo.
Orfeo, que conocía este prodigio, no se desconcertó, conjuró de nuevo a estas hijas del Océano y redobló sus plegarias. Ellas lo escucharon favorablemente, pero antes de otorgarles sus deseos se metamorfosearon, primero en hierbas que crecían de esta tierra poco a poco. Estas plantas se elevaron insensiblemente y formaron ramas y hojas de manera que en un momento Hespera se volvió álamo, Eritea olmo y Eglé se encontró como sauce. Los otros argonautas, presos de espanto ante tal espectáculo no sabían qué pensar ni qué hacer, entonces Eglé bajo la forma de árbol los confortó y les dijo que dichosamente para ellos un hombre intrépido había venido a la ciudad,

 que sin respeto por ellas había matado al dragón guardián de las manzanas de oro y había huido con los frutos de las diosas, que este hombre tenía la mirada fiera, la fisonomía dura, que estaba cubierto de una piel de león y armado con una maza, con un arco y flechas, que había utilizado para matar al monstruoso dragón. Este hombre también ardía de sed y no sabía dónde encontrar agua. Pero al fin, ya sea por industria ya sea por inspiración, golpeó con el pie la tierra y brotó una abundante fuente de la que bebió largos tragos. Los argonautas apercibieron que Eglé durante su discurso había hecho un gesto con la mano que parecía indicarles la fuente de agua que salía de la roca, corrieron y se saciaron dando gracias a Hércules por haber rendido tan gran servicio a sus compañeros, aunque no estuviera con ellos.
Tras haber hecho los encantamientos de estas hijas de Atlas, a los poetas sólo les quedó hacerlas divinidades; puede que los antiguos no tuvieran esta idea, pero Virgilio la ha relatado así.[2] Él les ha dado un templo y una sacerdotisa, temible por el soberano poder que ejerce sobre toda la naturaleza. Era la guardiana de los ramos sagrados y quien alimentaba al dragón, dominaba las negras penas, detenía el curso de los ríos, hizo retroceder a los astros y obligó a los muertos a salir de las tumbas. Tal es el retrato que los poetas hacen de las Hespérides y si no convienen todos, ya sea en el número de estas ninfas ya sea sobre el lugar donde estaba situado este célebre jardín, al menos acordaban todos en decir que éste era el de las manzanas de oro y no de ovejas; que el jardín estaba guardado por un dragón que Hércules mató y robó sus frutos.
Se dice que Juno aportó como dote a su matrimonio con Júpiter los árboles que daban estas manzanas de oro.
Este dios estuvo encantado y como les tenía infinito agrado, buscó los medios de ponerlos a resguardo de los ataques de los que desearan estos frutos. A este efecto los confió a los cuidados de las ninfas Hespérides que hicieron cercar de muros el lugar donde estos árboles estaban plantados y emplazaron allí un dragón para guardar la entrada. Se admiten comúnmente tres ninfas Hespérides, hijas de Hespero, hermano de Atlas y sus nombres eran Eglé, Aretusa y Hespertusa. Algunos poetas añaden una cuarta que es Héspera, otros una quinta que es Eriteis y otros una sexta bajo el nombre de Vesta. Diodoro de Sicilia las aumenta hasta siete. Hesíodo[3] les da a la Noche por madre; el abad Massieu está sorprendido y no sabía, dice, avenirse al por qué este poeta da una madre tan fea a unas hijas tan bellas. Se encontrará una buena razón para ello después.
Entre los que han considerado esta fábula como una alegoría, Noel el conde ha visto allí la más bella moralidad del mundo. Pretende[4] que el dragón vigilante que guardaba las manzanas de oro es la imagen natural de los avaros, hombres duros y despiadados, que no cierran el ojo ni de día ni de noche, corroídos por su loca pasión, no quieren que los otros toquen un oro del que ellos no hacen ningún uso. Tzetzez y después de él Vosio[5] encuentran en esta fábula el Sol, los astros y todos los cuerpos luminosos del firmamento.
Las Hespérides son las últimas horas del día. Su jardín es el firmamento. Las manzanas de oro son las estrellas. El dragón es donde el horizonte, exceptuando bajo la línea, corta el ecuador en ángulos oblicuos, donde el zodíaco se extiende oblicuamente de un trópico al otro. Hércules es el Sol, puesto que su nombre viene de Η”ρύ’κλεος que significa la gloria del aire. El Sol apareciendo sobre el horizonte hace desaparecer las estrellas, es Hércules que roba las manzanas de oro.
Cuando se intenta explicar una cosa es preciso hacerlo de manera que la explicación convenga en todas las circunstancias. Por ingenioso y brillante que sea, carece de fundamento y solidez, si algunas de estas circunstancias no pueden convenir allí. He aquí precisamente el caso en que se encuentran los mitólogos y los historiadores respecto a la fábula que aquí tratamos, como se verá después. Sería injusto reprender a los que se toman el trabajo de buscar los medios de explicar las fábulas, su motivo es muy loable, los moralistas trabajan en formar las costumbres, los historiadores en esclarecer algunos puntos de la historia antigua. Los unos y los otros concurren en la utilidad pública, por lo tanto se les debe agradecer. Aunque no se perciba la relación entre las manzanas de oro que crecen sobre los árboles y las estrellas emplazadas en el firmamento, entre Hércules que mata un dragón y el Sol que recorre el zodíaco, entre estas manzanas traídas a Euristeo y los astros que quedan en el cielo, Tzetzez no es más reprensible que los que cortan y trinchan en trozos esta fábula para tomar sólo aquellos que pueden convenir a su sistema. Si es un prejuicio desfavorable contra la verdad de sus explicaciones, la atención que pongo en no dejar una sola circunstancia de esta fábula sin ser explicada, debe hacer inclinar la balanza del lado de mi sistema. Entremos en materia.

[1] . Apolodoro, Argonáuticas, lib. 4, v. 1396 y ss.
[2] . De allí ha venido y se me ha presentado una sacerdotisa de la nación masilia, antigua custodia del templo de las Hespérides, que guardaba en el árbol los sagrados ramos y daba al dragón manjares rociados de líquida miel y soporíferas adormideras. Esta promete sanar a su arbitrio con sus conjuros los pechos enamorados o infundir en otros los tormentos del amor, atajar las corrientes de los ríos y hacer que retrocedan los astros, y evoca a los manes durante la noche. Virgilio, Enéida, lib. 4.
[3] . Hesíodo, Teogonía, v. 315.
[4] . Natali Conti, Cantos, lib. 1, cap. 1.
[5] . Vosio, De orig. Y progr. Idol. lib. 2, p. 384.

miércoles, mayo 02, 2007

El Retorno de los Argonautas (1)

En este retorno Orfeo hace recorrer a los argonautas las costas orientales de Asia, atravesar el Bósforo cimerio, las lagunas meotidas, después un estrecho que no existió jamás por el cual entraron después de nueve días al Océano septentrional, de allí llegaron a la isla Peuceste, conocida por el piloto Anceo, después a la de Circe, seguidamente a las columnas de Hércules, reentraron en el Mediterráneo, costearon Sicilia, evitaron a Escila y Caribdis mediante la ayuda de Tetis, interesada por la vida de Peleo su esposo, abordaron el país de los feacios, después de haber sido salvados de las sirenas por la elocuencia de Orfeo, al salir de allí fueron arrojados sobre las Sirtes de África, en las cuales un tritón les aseguró la nave mediante un trípode. Al fin ganaron el cabo Maleo y después Tesalia.
Parece que Orfeo ha querido declarar abiertamente que su relato era absolutamente una ficción, por la poca verosimilitud que ha puesto en él, pero Apolonio de Rodas aún ha pujado mucho sobre Orfeo. Los argonautas, según él, habiendo recordado que Fineo les había recomendado volver a Grecia por una ruta diferente de la que habían tenido yendo a Cólquide y que esta ruta había sido marcada por los sacerdotes de Tebas en Egipto, entraron en un gran río que se les cortó y no pudieron seguir. Fueron obligados a llevar el barco sobre sus espaldas durante doce días hasta que encontraron el mar, siendo perseguidos por Absirto, hermano de Medea, del que se defendieron cortándolo en pedazos.
Entonces el roble de Dodona pronunció un oráculo que predecía a Jasón que no volvería a ver su patria si no se sometía a la ceremonia de expiación por esta muerte. En consecuencia, los argonautas tomaron la ruta de Aea, donde Circe, hermana del rey de Colcos y tía de Medea, tenía su morada. Ella hizo todas las ceremonias usadas en las expiaciones y después los despidió. Su navegación fue dichosa durante algún tiempo, pero fueron arrojados sobre las Sirtes de África de donde sólo se retirarían con muchas fatigas y en las condiciones relatadas por Orfeo.
Es evidente que estos relatos son absolutamente falsos. Se excusa a estos autores por la falta de conocimiento de geografía y de navegación que en aquellos tiempos aún no estaba muy perfeccionado. Pero estos errores son tan groseros y tan evidentes, que el abad Banier, como muchos otros mitólogos que admiten la veracidad de esta expedición, no han podido evitar decir[1] que era el colmo de la ignorancia, así como una ficción pueril, que estos autores sólo se hayan dedicado a exponer lo que se sabía en su tiempo sobre los pueblos que habitaron aquellas lejanas comarcas. Este erudito mitólogo vio también que la mayor parte de estos pueblos son desconocidos y no existieron en el tiempo de Orfeo, o de Onomácrito. Sin embargo era necesario encontrar en estos poetas algunas cosas sobre las cuales el abad Banier pudiera establecer su sistema histórico. Apolonio le ha proporcionado un fundamento bien poco sólido en verdad. Son las pretendidas columnas de Cólquide, sobre las cuales este poeta dice que habían grabadas todas las rutas conocidas en aquel tiempo.
Según este mitólogo, Sesostris es precisamente quien hizo levantar estas columnas. Desgraciadamente Sesostris vino al mundo mucho tiempo después de esta pretendida expedición, aún admitiendo la realidad de este viaje en el tiempo en el que este erudito fijó la época. Pero esta dificultad no tenía consecuencia para él. Apolonio –dice– poseía sin duda la historia de Sesostris, y aunque fue posterior a la expedición de los argonautas, ha podido hablar anticipadamente de los monumentos que este conquistador dejó en Cólquide. Dejo al lector juzgar la solidez de esta prueba.
Yo prefiero explicar a Apolonio por él mismo y decir con él que la ruta que ha hecho hacer a los argonautas es la misma que les había sido marcada por los sacerdotes de Egipto.
Esto es insinuar claramente que todo es una pura ficción y un relato alegórico de lo que pasa en las operaciones del arte sacerdotal o hermético. Era de estos mismos sacerdotes que Orfeo, Apolonio y muchos otros habían tomado la ruta que se había de recorrer para llegar al fin que se propone la práctica de este arte. Parece ser, pues, que estas pretendidas columnas eran de la misma naturaleza que las de Osiris, de Baco, de Hércules, es decir, la piedra al blanco y la piedra al rojo, que son los dos términos de los viajes de estos héroes. Las faltas de geografía que se reprocha a estos poetas, sólo son faltas cuando son consideradas desde el punto de vista que presentaría una historia verdadera, pero de ningún modo en una alegoría de este género, puesto que allí todo conviene perfectamente.
Los lugares que se encontrarían naturalmente siguiendo la ruta de Cólquide a Grecia, no habrían sido propuestos para expresar las ideas alegóricas de estos poetas que, sin preocuparse mucho de conformarse a la geografía, han sacrificado la verdad por aquella que tenían a la vista. Yendo de Grecia a Cólquide todo se encuentra dispuesto como le era preciso, Lemnos se presenta primero, después de esto vienen las Cianeas y todo el resto, pero Fineo tenía razón al prescribirles otra ruta para la vuelta, porque la operación figurada mediante este retorno, debía ser parecida a la que era figurada por el viaje a Colcos, no habrían encontrado una Lemnos al salir de Fasis, ni las rocas Cianeas. Hubiera sido invertido el orden de lo que debía de acontecer en esta última operación.

La disolución de la materia, el color negro que le debe suceder y la putrefacción designada por Lemnos y el mal olor de las mujeres de esta isla, estarían entonces encontradas en el relato, al final de la obra, en lugar del comienzo, que es donde deben de aparecer, puesto que son la clave. Era preciso, pues, imaginar otra alegoría a riesgo de apartarse de lo verosímil en cuanto a la geografía. Esta disolución ha sido designada en el retorno por la muerte de Absirto y la división de sus miembros, por el presente que Eurípilo hizo a Jasón, es decir, un terrón de tierra que cae al agua, donde Medea habiéndola visto disolverse predijo muchas de las cosas favorables para los argonautas. Esta tierra es la de los filósofos que está formada de agua, para lograrlo es preciso reducirla a su primera materia, que es el agua, es por lo que se figura que un hijo de Neptuno había hecho este presente y que había sido dado en custodia a Eufemo, hijo del mismo dios y de Mecioni, u Oris, hija del río Eurotas, otros le dan por madre a Europa, hija del famoso Titio.

[1] . Banier, Ibid. p. 242.

lunes, abril 30, 2007

El Toisón de Oro, su explicación (3)

Orfeo o el inventor de este relato del viaje de los argonautas, había realizado la obra, por lo que no le fue difícil indicarles por medio de Fineo la ruta que debían de tomar y lo que debían de hacer seguidamente, el sabio y prudente piloto Orfeo también los condujo al son de su guitarra y les dijo lo que les era preciso hacer para librarse de los peligros que les amenazaban, las Sirtes, las Sirenas, Escila, Caribdis, las rocas Cianeas y los otros escollos. Estas dos últimas son dos montones de rocas en la entrada de Ponto-Euxino, de una figura irregular, de la cual una parte está del lado de Asia y la otra de Europa y que sólo hay entre ellas, según Estrabón,[1] un espacio de veinte estadios. Los antiguos decían que estas rocas eran móviles y que se aproximaban para engullir a los barcos, por lo que les fue dado el nombre de Simplégades, que significa que chocan entre sí. Estos dos escollos eran suficiente para sorprender a nuestros héroes, el retrato que les había hecho Fineo de ellos hubiera sido capaz de intimidarles si al mismo tiempo no les hubiera enseñado cómo debían sortearlos. Lo cual era soltar una paloma hacia el lado de allá y si volvía al de aquí sólo tenían que continuar su ruta, sino era así debían de tomar la determinación de volverse. Se puede alabar al inventor de esta ficción la atención que ha tenido de no omitir casi ni una sola circunstancia remarcable de lo que pasa en el progreso de las operaciones.
Cuando el color negro empieza a esclarecer, la materia se reviste de un color azul oscuro, que participa del negro y del azul; estos dos colores, aunque distintos entre ellos, parecen sin embargo a una cierta distancia formar un violeta. Es por lo que Flamel dice:[2] He hecho tomar el campo donde están estas dos figuras azuladas y azul para mostrar que la materia no hace más que empezar a salir de la negrura muy negra. Pues el azulado y azul es uno de los primeros colores que nos deja ver la obscura hembra, es decir, la humedad cediendo un poco al calor y a la sequedad... Cuando la sequedad domine todo será blanco. Puede que en esta descripción no veamos las rocas Cianeas, pero su mismo nombre Κυάνειος o Κυάιος designa un color azul negrura. Antes de atravesarlas, es preciso hacer pasar una paloma por encima de ellas, es decir, volatilizar la materia, es el único medio, sin él no se puede salir airoso.
Más allá de las rocas Cianeas nuestros héroes hubieron de dejar a la derecha Bitinia, tocar solamente la isla Thirea y atracar en las Mariandinos. Las tumbas de los paflagonios, sobre los que Pélope había reinado antes, los cuales se halagan de ser descendientes suyos, no están lejos de allí, les dice Fineo.[3] Tenía razón, puesto que la materia entonces saca el color negro, designado allí por Pélope de πελος, niger (negro) y de όψ, oculus (ojo). Es también este color el que viene de la putrefacción, del que los filósofos han tomado ocasión, dice Flamel, de alegorizarlo mediante las tumbas, dándole este mismo nombre.
En el lado opuesto hacia la osa mayor se elevaba en el mar una montaña llamada Carambim, debajo de la cual el Aquilón excitaba las tormentas. Abraham el judío ha empleado este símbolo para significar la misma cosa, lo que se encuentra en sus figuras jeroglíficas, restituidas por Flamel:[4] En la otra cara del cuarto folio, pintaba una bella flor en la cima de una montaña muy alta a la que el Aquilón zarandeaba muy rudamente.
Tenía el pie azul, las flores blancas y rojas, las hojas relucientes como el oro fino, y en su entorno dragones y grifos aquilonianos hacían sus nidos y moradas. No lejos de allí, continúa Apolonio, el pequeño río Iris hace correr sus aguas plateadas, y va a lanzarse al mar. Después de haber pasado la desembocadura del Termodón, las tierras de los Cálibes, donde todos son obreros del hierro, y el promontorio de Júpiter el hospitalario, descenderéis a una isla deshabitada, en la cual cazaréis todos los pájaros que hay allí, en gran número. Encontraréis un templo que las amazonas Otrera y Antíope han hecho construir en honor a Marte, tras su expedición. Os conjuro que no faltéis allí, pues se os presentará del mar una cosa de un valor inexpresable. En el otro lado habitan los filiaros, por encima los macrones, después los buzaros y al fin llegaréis a Cólquide. Pasaréis allí por el territorio citaico que se extiende hasta la montaña del Amaranto, después por las tierras que riega el Fasis, en cuya desembocadura veréis el palacio de Aetes y la selva de Marte, donde está suspendido el Toisón de oro.

He aquí toda la ruta que les indica Fineo, y es justo que les asegure no haber olvidado nada.[5] Después del color negro viene el gris al cual sucede el blanco o la plata, la Luna de los filósofos, Fineo lo indica con las aguas plateadas del pequeño río Iris y señala la cualidad ígnea con el río Termodón. Después del blanco aparece el color del robín de hierro, al que los filósofos llaman Marte. Fineo lo designa con la morada de los Calibes, obreros del hierro, con la isla y el templo de Marte, levantado por las amazonas Otrera y Antíope, es decir, por la acción de las partes volátiles sobre el fijo, que se ha de reconocer al término de la expedición que había precedido. Hizo cazar en esta isla a todos los pájaros, es decir, que es preciso fijar todo lo que es volátil, pues cuando la materia ha adquirido el color de la herrumbre está absolutamente fija, y sólo le falta fortificarse en color; es por lo que Fineo dice que pasaran por el territorio citaico, o el color de la flor de la granada, que conduce al monte Amaranto. Se dice que el amaranto es una flor de color púrpura y que es una especie inmortal. Es el color que indica la perfección de la piedra o del azufre de los filósofos.

Todos estos colores están anunciados en pocas palabras por Espagnet:[6] Tres especies de muy bellas flores han de ser buscadas y encontradas en el fondo de ese jardín de los sabios, las violetas el lis blanco y el amaranto púrpura e inmortal. Las violetas se encuentran en la entrada. El río dorado que las riega les hace tomar el color del zafiro; la industria y el trabajo hacen encontrar seguidamente el lis, al cual sucede insensiblemente el amaranto. ¿No se reconoce en estas pocas palabras todo el viaje de los argonautas? ¿Qué les quedaba por hacer? Era preciso entrar en el río Fasis o el que lleva el oro, y entrar en la ciudad del mismo nombre, donde los hijos de Frixo acogieron a nuestros héroes; Jasón fue llevado ante Eetes, hijo del Sol, quien había desposado a la hija del Océano, de la que había tenido a Medea. Así pues, el hijo del Sol es el poseedor de este tesoro y su nieta le facilitó los medios de adquirirlo, es decir, que la preparación perfecta de los principios materiales de la obra ya está acabada, el artista ha logrado la generación del hijo del Sol de los filósofos. Pero son tres los trabajos necesarios para acabar toda la obra, el primero está representado por el viaje de los argonautas a Cólquide, el segundo es el que Jasón hizo para apoderarse del Toisón de oro y el tercero, el retorno a su patria.

[1] . Estrabón, lib. 7.
[2] . Flamel, loc. cit.
[3] . Apolonio, Argonautas, lib. 2, vers. 356.
[4] . Flamel, Explicación de las Figuras... prólogo, p. 11.
[5] . Apolonio, lib.2, vers. 392.
[6] . La obra secreta de la Filosofía de Hermes, Canon, 53.

sábado, abril 28, 2007

El Toisón de Oro, es una fábula

Vayamos a la cosa misma. ¿Se puede considerar como una historia verdadera, un acontecimiento que parece haber sido imaginado sólo para divertir a los niños? ¿Se persuadirá a la gente sensata de que se haya construido un barco de robles parlantes; que los toros arrojaban torbellinos de fuego por la boca y las narices; que de los dientes del dragón sembrados en un campo labrado, nacen hombres armados que se matan unos a otros por una piedra que fue lanzada en medio de ellos, y en fin, tantas otras cosas que son puerilidades sin excepción en todas las circunstancias de esta célebre expedición? Y ¿hay alguna que no sea señalada en extremo de fábula, e incluso de fábula mal concertada y muy insípida si no se la considera desde un punto de vista alegórico? Sin duda es lo que ha impresionado a los que han considerado este relato como una alegoría tomada de las minas que se suponía que había en la Cólquide. Estos se han aproximado más a la verdad, y más aún los que la han interpretado como el libro de pergamino que contenía la manera de hacer el oro. Pero ¿cuál es el hombre que para un tal objeto querría exponerse a los peligros que Jasón superó? ¿De qué utilidad podrían serles los consejos de Medea, sus ungüentos, su agua, sus fármacos encantados, su medalla del Sol y de la Luna, etc...? ¿Qué relación tenían los bueyes vomitando fuego, un dragón guardián de la puerta y los hombres armados que salen de la tierra, con un libro escrito en pergamino, donde el oro era recogido con los toisones (pieles) de las ovejas? ¿Era pues necesario que Jasón (que significa medicina) fuera educado para ésta bajo la disciplina de Quirón? ¿Qué relación tendría el rejuvenecimiento de Esón hecho por Medea después de esta conquista?
Sé que los mitólogos se han esforzado en dar explicaciones a todas estas circunstancias. Se ha explicado el carro de Medea, arrastrado por dos dragones, como de un barco llamado dragón y cuando se ha podido salir airoso de ello al dar un sentido, aunque forzado, se ha creído haber cortado el nudo de la dificultad diciendo con el abad Banier:[1] aún y así es una ficción privada de todo fundamento, ¡dichoso recurso! ¿Se podía imaginar uno más propio en hacer desaparecer todo lo que se encuentra de dificultoso para un mitólogo? ¿Pero es eso capaz de contener a un hombre sensato, que debe pensar naturalmente que los autores de estas ficciones tenían sin duda sus razones para introducir todas estas circunstancias? Casi todas las explicaciones dadas por los mitólogos o no aportan nada, o son imaginadas para eludir las dificultades.
Es pues, evidente que debe considerarse el relato de la conquista del Toisón de oro como una alegoría. Examinemos cada cosa en particular. ¿Qué fue Jasón? Su nombre, su educación y sus acciones lo anuncian suficientemente. Su nombre significa medicina, y curación. Se le pone bajo la disciplina de Quirón, el mismo que tomó también a su cuidado la educación de Hércules y de Aquiles, dos héroes, de los cuales uno se mostró invencible en la guerra de Troya y el otro fue para liberar la tierra de los monstruos que la infectaban. Así Jasón tuvo dos maestros, Quirón y Medea. El primero le dio las primeras instrucciones y la teoría y el segundo le guió en la práctica mediante sus asiduos consejos. Sin sus ayudas un artista no tendría éxito jamás y caería de error en error. El detalle que Bernardo Trevisano y Denis Zachaire[2] hacen de ello sería capaz de hacer perder a un artista la esperanza de llegar al fin de la práctica de este arte, si no dieran al mismo tiempo las advertencias necesarias para evitarlos.
Jasón era de la raza de los dioses. Pero ¿cómo ha podido ser enseñado por Quirón, si Saturno, padre de éste y Fílira su madre no han existido en persona? Se dice que Medea, esposa de Jasón era nieta del Sol y del Océano e hija de Aetes, hermano de Pasifae y de Circe la encantadora. Aquí vemos que tales parientes convenían perfectamente a Jasón, para todas las circunstancias y acontecimientos de su vida. Todo lo suyo tiene algo de divino, hasta los mismos compañeros de su viaje. Hay muchas cosas a considerar en esta ficción. La nave Argo fue construida, según algunos, sobre el monte Pelión, de los robles parlantes de la selva de Dodona, o al menos pusieron uno allí que sirvió de mástil, ya sea en la popa o en la proa. Palas o la Sabiduría presidió su construcción. Según algunos autores, Orfeo fue designado como piloto junto con Tifis y Anceo. Los argonautas llevaron este navío sobre sus espaldas durante doce días a través de los desiertos de Libia. Jasón estaba al abrigo de la nave Argo cuando se derrumbó de vieja, fue aplastado y pereció bajo sus ruinas. La nave finalmente fue puesta en el rango de los astros.
Todas estas cosas, indican evidentemente que Orfeo fue el constructor y el piloto, es decir, que este poeta se declara él mismo como autor de esta ficción y que emplazó la nave en el rango de los astros a fin de conservar mejor su memoria para la posteridad. Si la gobernó al son de su lira, es para dar a entender que compuso la historia en versos que cantaba. La construyó siguiendo los consejos de Palas, porque Minerva o Palas era considerada como la diosa de las ciencias y que, como se dice, no se ha de empeñar uno en querer rimar sin el consentimiento de Minerva. El roble que se empleó en la construcción de esta nave, es el mismo que aquel contra el cual Cadmo mató la serpiente que había devorado a sus compañeros, es este roble hueco al pie del cual fue plantado el rosal de Abraham el judío del que habla Flamel,[3] el mismo que rodeaba la fuente del Trevisano,[4] y aquel del que Espagnet hace mención en el canon 114 de su tratado. Es preciso pues, que este tronco de roble esté hueco, lo que ha hecho darle el nombre de nave (vaso). Se ha figurado también que Tifis fue uno de los pilotos, porque el fuego es el conductor de la obra, pues Τύφω, fumum excito in flammo (el humo sale de la llama). Se le dio a Anceo como ayudante, a fin de indicar que el fuego debe ser el mismo que el de una gallina que incuba, como dicen los filósofos, pues Anceo viene de άγκάς, ulnae (codo, antebrazo).

[1] . Banier, Mitología, t.3, p. 259.
[2] . El Trevisano, Filosofía de los Metales. Zachaire, Opúsculo.
[3] . En el quinto folio, había un hermoso Rosal florecido en medio de un bello jardín, enroscado contra un roble hueco, de cuyos pies borboteaba una Fuente de agua muy blanca, que iba a precipitarse a los abismos... Flamel, Explicación de las Figuras Jeroglíficas (prólogo).
[4] . Una noche aconteció que debía de estudiar para disputar al día siguiente: encontré una pequeña fuente bella y clara rodeada toda ella de una bella piedra. Y esta piedra estaba debajo de un viejo roble hueco. He aquí la fuente de Cadmio y el roble hueco contra el cual horadó al Dragón. El Trevisano, Filosofía de los Metales, 4 parte.

lunes, abril 23, 2007

Alegorías de relación evidente con el Arte Hermético



Nunca un país fue tan fértil en fábulas como Grecia. Las cuales había recibido de Egipto, y como estas no le eran suficientes inventó un número infinito de ellas. Los egipcios sólo reconocían como dioses a Osiris, Isis y Horus, pero multiplicaron los nombres, viéndose por ello obligados a multiplicar las ficciones históricas. De allí vinieron doce dioses principales, Júpiter, Neptuno, Marte, Mercurio, Vulcano, Apolo, Juno, Vesta, Ceres, Venus Diana y Minerva, seis machos y seis hembras. Sólo estos doce, considerados como grandes dioses, fueron representados en estatuas de oro. Después se imaginaron otros, a los que se les dio el nombre de semi-dioses, que no eran conocidos en el tiempo de Herodoto, o al menos no hace mención de ellos bajo este título. Sus figuras eran esculpidas en madera, en piedra o en arcilla.

El mismo Herodoto dice,[1] que los egipcios fueron los primeros en poner estos doce nombres y que los griegos los recibieron de ellos.
Según Diodoro de Sicilia los primeros griegos que pasaron a Egipto fueron, Orfeo, Museo, Melampo y los otros, de los que hemos hablado en el libro precedente. De allí sacaron los principios de la filosofía y de las otras ciencias y los llevaron a su país, donde los enseñaron de la misma manera que los habían aprendido, es decir, bajo el velo de las alegorías y de las fábulas. Orfeo encontró allí el sujeto de sus himnos sobre los dioses y sus orgías.[2] Que estas solemnidades tienen su origen en Egipto es un hecho en el que convienen igualmente los mitólogos como los anticuarios y no es necesario probarlo.
Este poeta introdujo en el culto de Dioniso las mismas ceremonias que se observaban  en el culto de Osiris. Las de Ceres se relacionaban con las de Isis.
Es el primero en hacer mención del castigo a los impíos, de los campos Elíseos y da nacimiento al uso de las estatuas. Figuró que Mercurio estaba destinado a conducir las almas de los difuntos y se hizo imitador de los egipcios en una infinidad de otras ficciones.
Cuando los griegos vieron que Psamético protegía a los extranjeros y que podían viajar a Egipto sin riesgo de su vida o de su libertad, fueron allí en gran número, los unos para satisfacer su curiosidad sobre las maravillas que habían aprendido de este país, los otros para instruirse. Orfeo, Museo, Lino, Melampo y Homero pasaron por allí sucesivamente.
Estos cinco junto con Hesíodo fueron los propagadores de las fábulas en Grecia, mediante los poemas y las ficciones que expandieron. Sin duda estos grandes hombres no habrían adoptado y expandido con sangre fría tantas aparentes absurdidades si al menos no hubieran sospechado que tenían un sentido oculto y un objeto real envuelto en tinieblas. ¿Habrían querido, maliciosamente o por burla, engañar a los pueblos? Y si pensaban seriamente que estos personajes eran dioses, a los que debían presentar como modelos de perfección y de conducta ¿les habrían atribuido toda clase de adulterios, incestos, parricidios y tantos otros crímenes? El tono en el que Homero habla de ellos es suficiente para dar a entender cuales eran sus ideas al respecto.
Es, pues, muy probable que sólo presentaran estas ficciones como símbolos y alegorías, pues quisieron volver más sensible, personificando y deificando, los efectos de la naturaleza. En consecuencia asignaron un oficio particular a cada uno de estos personajes deificados, reservando solamente el imperio universal del Universo a un sólo y único verdadero Dios.
Orfeo se explica muy claramente respecto a eso, diciendo que todos ellos no son más que una misma cosa comprendida bajo diversos nombres. Estos son los términos: El mensajero –interpreta Cilenio– está en todos. Las ninfas son el agua; Ceres, los granos; Vulcano es el fuego; Neptuno el mar; Marte la guerra; Venus la paz; Themis la justicia; Apolo, tirando sus flechas, es lo mismo que el Sol radiante, ya sea que este Apolo esté considerado como actuando desde lejos o desde cerca, ya sea como divino, augusto como el dios de Epiduro que cura las enfermedades. Todas estas cosas no son más que una aunque tengan muchos nombres.
Hermesianax dice que Plutón, Perséfone, Ceres, Venus y los amores, los tritones, Nerea, Tetis, Neptuno, Mercurio, Juno, Vulcano, Júpiter, Pan, Diana y Febo son el mismo dios. Todos los oficios de la naturaleza se volvieron dioses entre sus manos, pero dioses sometidos a un sólo Dios supremo, según lo que habían aprendido en Egipto. Estos diferentes atributos de la naturaleza concernían sin embargo a efectos particulares, ignorados por el pueblo y conocidos solamente por los filósofos.
Si algunas de estas ficciones tuvieron al Universo en general por objeto, no se negará que el mayor número de ellas eran una aplicación particular, y muchas tan especialmente determinadas, que podrían engañar fácilmente. Es suficiente repasar las principales, para poder juzgar las otras, Hablaré pues, en primer lugar de la expedición del Toisón de oro; de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides y algunas otras que manifiestan muy claramente que la intención de los autores de estas ficciones era de velar allí los misterios del arte hermético.

Orfeo es el primero que ha hecho mención de la expedición del Toisón de oro, si se quieren admitir las obras de Orfeo como pertenecientes a las primeras de los poetas griegos, pero yo no entro en la discusión de los eruditos, que estas obras sean verdaderas o supuestas, poco me importa, me es suficiente que hayan partido de una pluma muy antigua, sabia y sean referentes a los misterios de los egipcios y de los griegos. San Justino en su Parenet, Lactancio y san Clemente de Alejandría, en su discurso a los gentiles, hablan en este tono. Este poeta ha dado a esta ficción un aire de historia que hace que nuestros mitólogos modernos la consideren como tal, a pesar de la imposibilidad en que se encuentran al querer ajustar las circunstancias. Más bien lo han intentado y han preferido encallarse que ver el sentido oculto y misterioso que presenta y que el mismo autor ha manifestado tan visiblemente citando, en el transcurso de esta ficción, algunas otras de sus obras, a saber, un tratado de las pequeñas piedras y otro del antro de Mercurio como fuente de todos los bienes. Es fácil ver de qué Mercurio pretende hablar, puesto que lo presenta como siendo parte del objetivo que se propone Jasón en la conquista del Toisón de oro.

[1] . Herodoto, Euterpe, c. 50, 1ª parte.
[2] . Banier, Mitología, t. 2, p. 273.

lunes, febrero 26, 2007

Las Fábulas Egipcias, Introducción (3)



A todo hombre sensato que de buena fe quiera reflexionar sobre las absurdidades de las fábulas nada le impide considerar a los dioses como seres imaginarios, puesto que las divinidades paganas sacan su origen de las que los egipcios habían inventado. Pero Orfeo y los que llevaron estas fábulas a Grecia las declamaron de la manera y en el sentido que las habían tomado en Egipto. Si en este país sólo fueron imaginadas para explicar simbólicamente lo que pasa en la naturaleza, sus principios, sus procedimientos, sus producciones y al mismo tiempo alguna operación secreta de un arte que imitaría a la naturaleza para lograr un mismo objetivo, se deben de explicar las fábulas griegas, al menos las antiguas, las que han sido divulgadas por Orfeo, Melampo, Lino, Homero, Hesíodo, etc., en el mismo sentido y conforme a la intención de sus autores, ya que se proponían tener a los egipcios por modelo.
La mayor parte de las obras fabulosas han llegado hasta nosotros; se puede hacer un análisis reflexivo y ver si en ellas se han colado algunos tratados particulares que desenmascaren el objeto que tenían a la vista. Todas las puerilidades los absurdos que sorprenden en estas fábulas, muestran que el deseo de sus autores no era el de hablar de la Divinidad real. Habían sacado de las obras de Hermes y en la frecuentación de los sacerdotes de Egipto ideas muy puras y muy elevadas de Dios y de sus atributos como para hablar de una manera en apariencia tan indecente y ridícula.
Cuando es preciso tratar de los altos misterios de Dios lo hacen con mucha elevación de ideas, sentimientos y expresiones, tal como conviene. Entonces no se trata de incestos, de adulterios, de parricidios, etc. En tal caso sólo podían tener la naturaleza a la vista; personificaron, a la manera de los egipcios, los principios que ella emplea y sus operaciones, representaron sus diferentes fases y las ocultaron bajo diferentes velos, aunque entendieran la misma cosa. Tuvieron la destreza de mezclar lecciones de política, moral y tratados generales de física; alguna vez tomaron un hecho histórico para formar sus alegorías, pero todas estas cosas no son más que accidentales y no hicieron de ello base y objetivo.
En vano se intentará explicar estos jeroglíficos fabulosos por otros medios. Los que han creído que s y heroínas, al menos como reyes, reinas y gentes de las que han relatado sus acciones. Pero la dificultad de colocarlo todo siguiendo las reglas del hecho cronológico presenta en su trabajo un obstáculo invencible, es un laberinto del que no saldrán jamás. El objetivo de la historia fue en todos los tiempos el proponer modelos de virtud a seguir y ejemplos para formar las costumbres, se podría casi pensar que los autores de estas fábulas se habrían propuesto este objetivo, pero están llenas de tantas absurdidades y tratos tan licenciosos que están muchísimo más cerca de corromper las costumbres que de formarlas. Sería, pues, igualmente inútil torturarse buscándoles un sentido moral.
debían de hacerlo por la historia, han tenido la necesidad de admitir la realidad de estos dioses, diosas, héroe
Sin embargo probablemente se pueden distinguir cuatro clases de sentidos dados a estos jeroglíficos, tanto para los egipcios como para los griegos y las otras naciones donde fueron usados. Los ignorantes, de los que el común del pueblo estaba compuesto, tomaban la historia de los dioses por la letra, lo mismo que las fábulas que habían sido imaginadas en consecuencia, he aquí la fuente de supersticiones a las que el pueblo estaba tan inclinado. La segunda clase era la de aquellos que pensaban que estas historias no eran más que ficciones, entonces penetraban en los sentidos ocultos y misteriosos de las fábulas y estos les explicaban las causas, los efectos y las operaciones de la naturaleza. Y como habían adquirido un conocimiento perfecto, mediante las instrucciones secretas que se daban unos a otros sucesivamente, siguiendo aquellas que habían recibido de Hermes, operaban cosas sorprendentes accionando los resortes de la naturaleza a la que se proponían imitar en sus procedimientos para llegar a un mismo objetivo. Estos son los efectos que formaban el objeto del Arte Sacerdotal; este arte sobre el cual obligaban guardarlo en secreto bajo juramento y que les estaba prohibido, bajo pena de muerte, divulgar de alguna manera a otros que a aquellos que juzgaran dignos de ser iniciados en el orden sacerdotal, de donde los reyes eran sacados.
Este arte no era otro que el de hacer una cosa que pudiera ser fuente de dicha y de felicidad del
hombre en esta vida, es decir, fuente de salud, de riquezas y de conocimiento de toda la naturaleza. Este secreto tan recomendado no podía tener otros objetivos. Hermes instituyendo los jeroglíficos no deseó introducir la idolatría ni mantener secretas las ideas que debían de tener de la Divinidad; su objetivo era hacer conocer a Dios, como el único Dios e impedir que el pueblo adorara a otros; se esforzó en hacerlo conocer a todos los individuos, haciendo considerar en cada uno los rasgos de la sabiduría divina. Si veló bajo la sombra de los jeroglíficos algunos sublimes misterios no fue tanto para ocultarlos al pueblo sino por el hecho de que estos misterios no estaban a su alcance y que no pudiéndolos contener en los límites de un prudente y sabio conocimiento no dudarían en falsear las instrucciones que se les dieran a este respecto. Sólo a los sacerdotes era confiado este conocimiento tras una prueba de muchos años. Era preciso, pues, que este secreto tuviera otro objetivo.
Muchos antiguos nos han dicho que consistía en el conocimiento de lo que habían sido Osiris, Isis,
Horus y los otros pretendidos dioses, y que estaba prohibido, bajo pena de perder la vida, decir que habían sido hombres. Pero ¿estaban en lo cierto estos autores en lo que aventuraban? Y si lo que decían era verdad, este secreto no tendría por objeto a Dios, los misterios de la Divinidad y su culto, puesto que Hermes, que obligó a los sacerdotes a respetar este secreto, sabía bien que Osiris, Isis, etc., no eran dioses y no los hubiera dado como tales a los sacerdotes que habría instruido en la verdad, al mismo tiempo que habría inducido a error al pueblo. No se puede suponer un tan gran hombre con una conducta tan condenable y que no está acorde de ninguna manera con el retrato que se nos ha hecho de él.
El tercer sentido del que estos jeroglíficos son susceptibles, fue el de la moral o el de las reglas de conducta. Y el cuarto era propiamente el de la alta sabiduría. Se explicaba, mediante estas pretendidas historias de los dioses, todo lo que había de sublime en la religión, en Dios y en el Universo. Es de allí de donde los filósofos extrajeron lo que han dicho de la Divinidad. No lo mantenían en secreto para aquellos que podían comprenderlo. Los filósofos griegos fueron instruidos en la frecuentación que tuvieron con los sacerdotes y de esto se tienen grandes pruebas en todas sus obras. Todos los autores convienen en ello, y se nombra a aquellos de los que estos filósofos tomaron sus lecciones. Se dice que Eudoxio tuvo por maestro a Conofeo de Menfis; Solon a Sonchis de Sais; Pitágoras a Oenufeo de Heliópolis, etc. Pero aunque no hubieron ocultado nada para la mayor parte de estos filósofos, en cuanto a lo que se observaba de la Divinidad y la filosofía tanto moral como física, sin embargo no les enseñaron a todos este Arte Sacerdotal del que hemos hablado. Quien dice Arte dice una cosa práctica. El conocimiento de Dios no es un arte, no más que el conocimiento de la moral, ni de la filosofía.