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jueves, marzo 01, 2007

Las Fábulas Egipcias, Introducción (6)




Basilio Valentín fue uno de los autores herméticos más difícil de entender, tanto por las alteraciones que se han hecho a sus tratados, como por el velo oscuro de los enigmas, los equívocos y las figuras jeroglíficas de los que están llenos. Michael Maier ha hecho un gran número de obras sobre esta materia, se puede ver su enumeración en el Catálogo de Autores Químicos, Metalúrgicos y Filósofos herméticos que el abad Lenglet du Fresnoy ha insertado en su Historia de la Filosofía Hermética. Espagnet estimó entre otras obras de Maier su Tratado de los Emblemas, porque representan –dice– con mucha claridad, a los ojos de los clarividentes, lo que la gran obra tiene de más secreto y más oculto. He leído con mucha atención muchos de los tratados de Maier y me han sido de una gran ayuda, como el que lleva por título Arcana Arcanísima, que me ha servido de bosquejo para mi obra, al menos en su distribución, pues no he seguido siempre sus ideas.
Los filósofos herméticos que han empleado las alegorías de la fábula, son tan oscuros como la fábula misma, al menos para los que no son adeptos, pues sólo han arrojado luz sobre ella cuando era [1] trabajad de manera que Paris pueda defender a la bella Helena; impedid que la ciudad de Troya sea asolada de nuevo por los griegos; aseguraos de que Príamo y Menelao no estén más en guerra y en aflicción; Héctor y Aquiles estarán pronto de acuerdo, no combatirán más por la sangre real, entonces tendrán monarquía y así mismo dejarán en paz a todos sus descendientes. Este autor introduce los principales dioses de la fábula en las doce llaves. Raimon Llull habla a menudo de Egipto y de Etiopía. Uno emplea una fábula y el otro otra, pero siempre alegóricamente.
preciso para hacernos comprender que sus misterios no eran misterios para ellos: Acordaos bien de esto –dice Basilio Valentín–
Todas las explicaciones que daré están tomadas de estos autores o
apoyadas sobre sus textos y sus razonamientos; serán tan naturales que se podrá concluir que la verdadera química fue la fuente de las fábulas, que encierran todos los principios y las operaciones, que en vano se intentará forzar su explicación por otros medios. No pienso que todo el mundo convenga en ello pues se ha introducido el uso de explicar a los antiguos mediante la historia y la moral, este uso ha prevalecido y es acreditado hasta el punto que el prejuicio hace considerar toda otra explicación como fantasías.
Se las considerará desde el punto de vista que se quiera, poco me importa. Escribo para los que quieran leerme, para los que no puedan salir del laberinto donde se encuentran obligados, siguiendo los sistemas que acabo de mencionar, buscarán aquí un hilo de Ariadna, que ciertamente encontrarán; para los que, versados en la lectura asidua de los filósofos herméticos, están más en estado de aportar un juicio sano y desinteresado, pues encontrarán lo necesario para fijar sus ideas vagas e indeterminadas sobre la materia de la gran obra y sobre la manera de trabajarla. En cuanto a los cegados por el prejuicio o por malvadas razones, que atribuyen a los egipcios, pitagóricos, Platón, Sócrates y a los otros grandes hombres ideas tan absurdas como la de la pluralidad de los dioses, les rogaría nada más conciliar, con este sentimiento, la idea de la alta sabiduría que sobresale en todos sus escritos, sabiduría que se les otorga con razón. Les recomiendo una lectura de sus obras más seria y más reflexiva para encontrar lo que se les había escapado. Yo no ambiciono los aplausos de aquellos a los que la filosofía hermética les es completamente desconocida. Sólo podrían juzgar esta obra como un ciego juzga a los colores.
[1] . Basilio Valentín, Tratado del Vidrio.

martes, noviembre 21, 2006

Todos los personajes son figurados y fabulosos






Es bueno señalar aquí que todos los héroes de los que vamos a hablar y de los que ya hemos mencionado hasta aquí, no solamente son descendientes de dioses imaginarios y quiméricos, sino que también tienen en común el hecho de que sus genealogías siempre están compuestas de ninfas, hijas del Océano, o de algunos ríos. Estas genealogías no ascienden más allá de cinco o seis generaciones y van a
parar casi todas hasta Saturno, hijo del Cielo y de la Tierra.
No es menos fácil probar lo fabuloso mediante la genealogía de las mujeres, de donde han salido estos héroes. Electra, madre de Dárdano, era hija del Océano y de Tetis. Aurora, madre de Memnón, tuvo a Tea por madre y a Hiperión por
padre. Asopo, hijo del Océano y de Tetis, fue padre de la ninfa Egina. Clímene, abuela de Menetio, también era hija del Océano. Circe, a la que Ulises conoció en su viaje, era hija del Sol. Tetis era una diosa; Eneas fue hijo de Venus, y así las otras. Es absurdo, pues, querer hacer realidad de personajes tan fabulosos como estos.
Pero una prueba, por lo menos bastante convincente, se encuentra en los nombres de los troyanos, los etíopes y los de otras naciones que se supone que vinieron en ayuda de Príamo. Sin duda se convendrá en que la lengua de los frigios y la de los etíopes era muy diferente a la de los griegos. ¿Cómo nos ha llegado, pues, que todos los nombres tanto de los troyanos como los de sus aliados, eran griegos y de origen griego? Helo aquí: esto es porque Homero, autor de esta alegoría, era griego. Le hubiera sido muy fácil sacar estos nombres de las lenguas de Etiopía y de Frigia. Él había hecho en estos países largas estancias como para conocer algunos. Entonces ¿Por qué no lo ha hecho? Sin duda es que no quería añadir esta verosimilitud a una ficción que no pretendía presentarla como una realidad.
Lo que hay de extraordinario en el seguimiento de esta pretendida guerra, es que todos los héroes, de una parte o de la otra, exceptuando a un pequeño número, han desaparecido con la ciudad de Troya y h
an sido como amortajados bajo sus ruinas. Herodoto dice[1] que Homero vivió alrededor de ciento sesenta años después de la guerra de Troya; y Homero no nos dice haber visto ni uno sólo
de los sucesores de tantos reyes unidos contra Príamo. ¡Qué pues! ¿en ciento sesenta años ha podido extinguirse la gen
eración de tan grandes hombres de manera que Homero, en el mismo país, no haya visto ningún resto? En verdad nos habla de Pirro, hijo de Aquiles, de Telémaco, hijo de Ulises y de algunos otros, pero no dice ni una palabra de sus descendientes; lo que los otros autores nos dicen al respecto es tan poco capaz de probar la realidad que ellos mismos la destruyen manifiestamente, por la variedad de pensamientos en cuanto a esto se refiere.
En efecto ¿cómo no se ha de encontrar en incertidumbre un lector a la vista de todas las variaciones que se encuentran en los mismos antiguos respecto a este asunto? Y ¿qué se debe concluir de ello? pues que ellos sólo han variado así porque no tenían ninguna época real, ningún monumento que hubiera subsistido y ningunas memorias ciertas sobre las que apoyar su relato. Cada uno encontraba en la narración de Homero y en la tradición (que sin duda nació de allí) tantas dificultades y tan poco de verosímil, que cada autor procuró ajustar su relato de la manera que le parecía más propia para dar a esta ficción un aire de historia real.
Se ha de creer, pues, que estos pretendidos héroes tanto de una parte como de la otra fueran de la misma naturaleza que los compañeros de Cadmo, y que hubieran perecido de la misma manera que fueron engendrados, es decir, que la imaginación de los poetas, de donde habían nacido, les sirviera también de tumba.

[1] . Herodoto, Vida de Homero.

lunes, noviembre 20, 2006

El rescate de Héctor (su explicación)




Es fácil ver, por lo que acabamos de contar, que Homero, autor de la historia de esta guerra, pretendía hablar de Tetis como de una diosa y no como una mujer ordinaria, en consecuencia ella era para él, así como debe ser para nosotros, una persona puramente fabulosa. Dice que es hija de Nereo, dios marino, porque Nereo significa un lugar hueco y húmedo, de Νηρός, y porque el vaso filosófico es un hueco en el que nace Tetis, la Tetis que los poetas tomaban por la tierra,[1] y los latinos por el mar, porque este nombre quiere decir nodriza. Juno se jacta de haberla alimentado, educado y casado con Peleo;
es la tierra filosófica, significada por Tetis, que tras haber permanecido algún tiempo en el vaso, se casa con la negrura, es decir, se vuelve negra, pues Peleo viene de πελίς, negro. De este matrimonio nació Piriso, o el que sale del fuego sano y salvo, porque el fuego de la materia reducido en mercurio de los filósofos resiste a los ataques del fuego más violento. Después tomó el nombre de Aquiles, este fiero y soberbio guerrero que desafió a todos los jefes de los griegos y de los troyanos, él lo podía hacer pues era invulnerable, por lo que acabamos de decir. Se enamoró de Briseida, es decir, del reposo, pues Briseida viene de βρίζω, reposo, porque el mercurio filosófico busca ser fijado.
Lo que acabamos de relatar del último libro de la Ilíada prueba claramente, a aquellos que han leído los libros de los filósofos, que Homero tenía en vistas la gran obra, puesto que piensa como ellos, se expresa igual y da con precisión la descripción de lo que sucede en las operaciones del elixir, que es el fin de la obra, como hace al final de su obra. Recordemos algunos trazos de ello, sin apartarnos de nuestro objetivo.
Júpiter envía a Iris hacia Tetis e Iris desciende sobre el negro mar; he aquí el mar filosófico, o la materia en disolución llegada al negro. Iris encuentra a Tetis, o la tierra filosófica, sentada en una caverna, es decir, en el vaso de los filósofos. Iris representa a los diferentes colores que aparecen al mismo tiempo cuando se produce la fermentación y la disolución. Tetis lloraba, es la materia que se reduce a agua. Tras haber oído el motivo de la visita de Iris, Tetis coge un velo negro y el vestido más negro que haya habido en el mundo. Los filósofos llaman al negro que entonces sobreviene a la materia, negro más negro que el mismo negro, nigrum nigrius nigro. Ya he aportado cien textos de los filósofos en este sentido, no los repetiré.
Tetis partió hacia el Olimpo, Iris la precedía y las dos estaban rodeadas por el mar. Es el comienzo de la sublimación de la materia; este mar es el agua mercurial, encima del cual se encuentra la tierra como si fuera una isla. Esta era la de Creta donde nació Júpiter y la de Delos donde Febo y Diana vinieron al mundo. Llegan ante Júpiter y Tetis encuentra a Saturno, es el Saturno filosófico del que hemos hablado tan a menudo. Ella aparece allí con un aire triste y vestida de duelo, pues la negrura es símbolo de duelo y de tristeza. Júpiter le dice que vaya a encontrar a su hijo Aquiles y le obligue a devolver el cuerpo de Héctor a Príamo. Ella se pone cerca de él y durante este tiempo Iris va a encontrar a Príamo, para que determine ir hasta la tienda de Aquiles solamente acompañado por Ideo. Antes de dejar el negro la materia toma aún varios colores que
habían aparecido primero. Tetis convence a su hijo. Príamo se pone en camino con Ideo, es decir, el sudor, de ίδις, sudar, porque al disolverse la materia parece sudar.
Príamo encuentra a Mercurio, que toma las riendas de su carro; esto es porque el mercurio filosófico es el conductor de la obra, es de él y por él que las operaciones se cumplen. Lleva alas en los talones porque es volátil y lo llevan en el aire con el viento; Hermes así lo había dicho:[2] el viento lo lleva con él, el aire lo ha llevado en su vientre. Mercurio despierta a los que duermen y duerme a los que velan, porque volatiliza lo fijo y fija lo volátil. Abre las puertas e introduce a Príamo con sus presentes; esto es porque es el disolvente universal y porque disolver, en términos de química es abrir.
Deja que Príamo entre y abrace las rodillas de Aquiles; el fijo se reúne con el fijo y el disolvente es aún volátil. Príamo entrega sus presentes, que consisten en tapices, en telas y en oro; son los diferentes colores pasajeros que se manifiestan, el oro es el oro filosófico. Aquiles le devuelve el cuerpo de Héctor envuelto en dos de estos tapices, los dos más bellos; son los dos colores principales, el blanco y el rojo. Príamo vuelve a Troya con el cuerpo de su hijo y Mercurio, que lo esperaba, vuelve a conducir su carro, por la razón que hemos dicho antes. Entran en Troya, se prepara una hoguera y se quema el cuerpo de Héctor y se recogen sus huesos blancos; he aquí al color blanco, o el oro blanco de los filósofos. Los troyanos los meten en un ataud de oro que cubren con un tapiz color púrpura; es el fin del elixir, o la materia llevada a su última fijación y al color del amaranto o del pavo real de los campos, como dicen los filósofos.
[1] . Homero, Ilíada, lib. 14.
[2] . Hermes, La Tabla de Esmeralda.

domingo, noviembre 19, 2006

El rescate de Héctor (la fábula)




Apolo,[1] que lleva sus quejas a Júpiter respecto a que Aquiles se había apoderado del cuerpo de Héctor y no quiso devolverlo. Juno le respondió: Héctor ha bebido la leche de una mujer mortal y Aquiles es hijo de una diosa, yo misma alimenté y crié a su madre y la di en matrimonio a Peleo, hombre mortal, pero al que los dioses amaban mucho. Para hacerle los honores, todos asistieron a su boda, y vos mismo, pérfido, asististeis como los otros. Apolo dijo: Realmente Aquiles es tan soberbio y glorioso que no es sensible ni a la piedad ni a la vergüenza. Todos os inclináis hacia este orgulloso y soberbio Aquiles que se ha despojado de toda compasión y de todo pudor. Después de haber quitado la vida al noble y generoso Héctor, lo ha atado a su carro y lo ha arrastrado alrededor de la tumba de su amigo Patroclo, en lugar de dárselo a su querida esposa, a su padre Príamo, a su madre, a su hijo y a su pueblo, que lo lloran y que al menos querrían tener la consolación de verlo aunque fuera muerto. Júpiter tomó la palabra y dijo: Juno no os encolericéis, de todos los habitantes de Ilión, Héctor fue el más querido para los dioses. No convenía a Aquiles robar secretamente el cuerpo de Héctor. Tetis, madre de Aquiles, no abandona a su hijo un instante, no lo deja ni de día ni de noche, pero si alguno quiere llamarla y la hace venir yo le hablaré y le diré que Aquiles devuelva el cuerpo de Héctor a Príamo, que lo rescatará. Inmediatamente Iris partió, descendió sobre el negro mar, todo el pantano se estremeció. Encontró a Tetis en una cueva, sentada en medio de otras muchas diosas marinas, donde lloraba la desdichada suerte de su hijo, que debió morir lejos de su patria, en Troya la pedregosa. Levantaos Tetis, le dijo ella, Júpiter os reclama y quiere hablaros ¿por qué me quiere este gran dios? respondió ella.
No me atrevo a frecuentar más a los inmortales, mi corazón está afligido de dolor y mi espíritu lleno de tristeza. Sin embargo iré puesto que así lo ordena. Habiendo hablado así, esta diosa, la más augusta de todas, tomó un velo negro, y no había vestidura en el mundo más negra que la suya. Partió, Iris la precedía y el mar las rodeaba. A penas llegaron a la orilla, se elevaron rápidamente hacia el cielo, allí encontraron a Saturno y los otros dioses sentados alrededor suyo. Tetis fue a sentarse cerca de Júpiter y Juno
le presentó una bebida dorada en un bello vaso diciéndole algunas palabras de consolación. Tetis bebió y se lo devolvió. A continuación, Júpiter, padre de los dioses y de los hombres habló y dijo: Diosa Tetis, habéis venido al Olimpo, aunque triste, y sé que tenéis una pena. Soy sensible a vuestra tristeza, pero escuchad porque os voy a mandar. Después de nueve días los dioses inmortales están en disputa a causa del cuerpo de Héctor y de Aquiles, el destructor de las ciudades. Se decía que era preciso robarlo secretamente, pero a causa del respeto que siento por vos y de la amistad que siempre os tendré, voy a dejar a Aquiles la gloria de devolverlo. Id pues, descended pronto hacia vuestro hijo y decidle a Aquiles que los dioses inmortales y yo más que los otros, estamos indignados contra él, por retener el cuerpo de Héctor en su negro barco sin quererlo devolver, aunque se le haya propuesto rescatarlo. Si tiene algún respeto hacia mí que lo devuelva. Enviaré a Iris hacia Príamo para decirle que vaya él mismo a los barcos de los griegos a reclamarlo y que lleve con él presentes que sean del gusto de Aquiles. Tetis la de los pies de plata obedeció, descendió del Olimpo con precipitación y llegó a la tienda de su hijo, lo encontró allí encerrado y derramando muchas lágrimas en medio de sus compañeros que se preparaban para almorzar. Para ello habían matado una gran oveja cuya piel era bella y muy tupida. Se sentó junto a él, lo
halagó y lo acarició y le dijo: ¿Hasta cuando hijo mío abandonaréis vuestro corazón a la pena que lo roe hasta el punto de no querer comer ni dormir? Soy vuestra madre y no dudéis de que tengo mucho deseo de veros casado, pero el destino os amenaza de forma violenta y precipitada. Escuchadme pues, vengo de hablar con Júpiter, me ha dicho que os declare que los dioses inmortales están muy irritados contra vos porque no queréis consentir al rescate del cuerpo de Héctor, al que retenéis en vuestros negros barcos. Creedme, devolved este cuerpo y recibiréis rescate.
Aquiles se dejó ganar por los ruegos de su madre y dijo que si recibía el rescate devolvería a Héctor. Por su parte Iris hizo su cometido, obligó a Príamo a ir junto Aquiles con presentes, acompañado por un sólo heraldo del ejército. Hécubo hizo todo lo que pudo para impedir que Príamo fuera, pero lejos de escucharlo le hizo reproches. Tomó los presentes, que consistían en doce vestidos muy bellos, doce magníficos tapices, doce túnicas y diez talentos de oro bien pesados. Así partió y viéndolo Júpiter en camino le dijo a Mercurio, su hijo, Mercurio no hay nada que os plazca más que rendir servicio a los mortales, id pues y conducid al viejo Príamo hasta los barcos de los griegos, pero hacedlo de manera que nadie lo vea y se de cuenta, hasta que haya llegado a la tienda del hijo de
Peleo. Entonces Mercurio ajustó sus talones de ambrosía y oro que lo llevan sobre el mar y la tierra con el viento y no olvidó su caduceo. Habiendo tomado la figura de un joven bello, bien hecho y de una fisonomía real se fue a Troya a encontrar a Príamo y a aquel que lo acompañaba. A su encuentro ellos se sorprendieron y el miedo los atrapó, pero Mercurio los tranquilizó y les dijo: ¿Dónde vais así en el silencio de la noche? ¿No teméis caer en manos de los griegos vuestros enemigos? Si alguno de ellos os ve con los presentes que lleváis ¿cómo vos que no sois joven y sólo os acompaña un viejo podríais impedir que os atacaran? En cuanto a mí estad tranquilos vengo para defenderos y no para insultaros pues os considero como mi padre. Veo por vuestro aire y vuestro discurso, respondió Príamo, que algún dios cuida de mí, puesto que os ha enviado para acompañarme. Pero hacedme el favor, bello joven, de decirme quién sois y quien son vuestros parientes. Soy criado de Aquiles, le respondió Mercurio, llegué con él en el mismo barco, soy uno de los mirmidones y mi padre se
llama Políctor, es muy rico y entrado en edad como vos, tiene seis hijos y yo soy el séptimo;[2] entre los siete hemos echado a suerte para ver quién iría con Aquiles y la suerte ha caído sobre mí. Príamo le preguntó sobre el estado actual del cuerpo de Héctor y Mercurio le dio tan buenas nuevas que Príamo le ofreció como presente una bella copa y le rogó que lo condujera. Mercurio rehusó el presente pero le dijo que lo acompañaría siempre por mar y por tierra hasta el mismo Argo y enseguida saltó sobre el carro de Príamo, se hizo con las riendas y se hizo cargo de conducirlo. Finalmente llegaron entorno a los barcos. Los centinelas estaban ocupados en cenar y Mercurio que duerme a los que velan y despierta a los que duermen, los sumió en un profundo sueño; después abrió las puertas e introdujo a Príamo con sus presentes. Llegaron a la levantada tienda de Aquiles, que los mirmidones le habían hecho de madera de abeto, la habían cubierto de juncos de la pradera y la habían envuelto con pieles, la puerta estaba cerrada con un gran cerrojo de abeto y tres griegos la guardaban; también había tres antorchas. Entonces Aquiles estaba solo. Mercurio, autor de las comodidades de la vida, abrió la puerta al viejo y lo introdujo con sus presentes. Después le dijo: Yo soy Mercurio, dios inmortal, enviado por Júpiter para serviros de guía y acompañaros, yo no entraré con vos, yo me vuelvo, pues no conviene que aparezca ante Aquiles y que se de cuenta de que un dios inmortal favorece así a un hombre. Pero vos entrad, abrazad las rodillas de Aquiles y rogadle que os devuelva a vuestro hijo. Tras estas palabras Mercurio se elevó hacia el Olimpo. Príamo descendió de su carro y dejó allí a Ideo, su acompañante. Entró en la tienda de Aquiles, se echó a sus rodillas y le pidió a Héctor. Tras mucho discurso por una parte y otra, Aquiles aceptó los presentes de Príamo y le devolvió a su hijo. Después convinieron una tregua de doce días. Finalmente Príamo se llevó el cuerpo de Héctor en su carro, con la ayuda de Mercurio, y habiéndolo llevado a Troya lo puso en manos de los troyanos que le hicieron unos funerales, de la manera siguiente:[3] Juntaron los materiales durante nueve días, el décimo levantaron el cuerpo de Héctor llorando, lo colocaron encima de la hoguera y prendieron fuego. Al día siguiente el pueblo se reunió entorno de la hoguera y apagaron el fuego con vino negro; los hermanos y los compañeros de Héctor recogieron sus blancos huesos, vertiendo abundantes lágrimas y los encerraron en un ataud de oro, que envolvieron con un tapiz de color púrpura.

[1] . Homero, Ibid. lib. 24, vers. 40 y ss.
[2] . El séptimo de los metales.
[3] . Homero, Ilíada,ibid. vers. 785 y ss.

sábado, noviembre 11, 2006

Hércules combate a las Amazonas y roba el cinturón de su reina Melánipe



Tras haber combatido a los monstruos Hércules va a ejercer su coraje y su fuerza contra las mujeres. Primero se ha de imaginar que Euristeo, al no poder deshacerse de Hércules, exponiéndolo a los peligros que le había ordenado para que pereciera y de los que siempre salía glorioso, quiso tomar otra vía para ablandar su coraje. Sabía que Hércules no era enemigo del bello sexo y que no tendría dificultad en obedecer sus órdenes al saber que las mujeres contra las que lo enviaba tenían reputación de tener gran coraje y
mucho valor. Además el objeto de su expedición no era el de limpiar un establo, o correr un año entero tras una cierva, o hacer que un hombre fuera comido por sus propios caballos, o robar un rebaño de bueyes, sino el de apoderarse del cinturón de una reina, un cinturón superior a los otros por su valor y belleza. Alcides partió en un barco y se asoció a Teseo para que lo acompañara en esta expedición. Pasando por Bebricia, Migdón y su hermano Ámico quisieron oponerse al paso de nuestros héroes, que tras haberlos hecho morir arrasaron todo el país y lo dieron como presente a Lico, hijo de Deifilo, al que habían llevado con ellos. Finalmente Hércules llegó a presencia de las amazonas, las combatió, mató unas cuantas e hizo que las otras huyeran, cogió prisionera a Hipólita, o Antíope y se la dio a Teseo, su reina Menálipe[1] les dio el famoso cinturón como rescate, que Hércules llevó a Euristeo.
Muchos autores, entre ellos Estrabón, han pensado que las amazonas nunca han existido y que todo lo que se publica de ellas sólo son fábulas. Una de las pruebas que el abad Banier aporta de su existencia, según los autores que cita como garantía de ello, es que una de sus reinas llamada
Pentesilea había ayudado a Príamo y fue muerta por Aquiles. Si no tuviéramos mejores pruebas podríamos ratificar el sentimiento de Estrabón, puesto que Príamo, Aquiles y Pentesilea son personajes puramente fabulosos, como veremos en el libro siguiente. Sea como sea, al ser también Hércules un héroe supuesto, las heroínas que él venció también deben serlo.
Esta historia tiene, por ella misma, más aire de alegoría que de historia real. ¿Levantaría un rey todo su ejército para apoderarse de un cinturón? ¿Quizás sea porque era de oro y diamantes? Sólo los nombres de Procella, Protoé, Eribea, que se han dado a las amazonas que Hércules hizo huir, indican lo que se ha querido significar mediante ellas. De las otras que él tomó se dice que son compañeras de Febo y Diana. Sólo este último rasgo es suficiente para determinar la alegoría de la medicina dorada. Entonces se ha de juzgar a las amazonas como a las musas, las bacantes y las mujeres guerreras que acompañaban a Osiris y a Baco en sus expediciones; tanto las unas como las otras sólo son un jeroglífico de las partes volátiles de la materia de la gran obra.
Procella fue llamada así por su gran velocidad; Protoé por su extrema agilidad, de πρό, delante, y de θόός, veloz, pronto; Eribea de έ΄ρις, debate, y de βεάω o βοή, combate, puesto que no hay nada más presto y más ágil que las partes volátiles y porque cuando se mezclan en lo alto del vaso parece que se combaten. Estas son aquellas que la fábula dice que Hércules puso en fuga. Las que se quedó eran Menálipe (Melánipe), su reina, Antíope o Hipólita, Celene, etc. Se dice que las cogió, es decir, que las fijó y es por esta razón que la fábula dice que eran compañeras de Febo y de Diana, porque la materia de los filósofos llevada al color blanco, llamado Diana, y al color rojo, llamado Febo, es fija y no huye más, lo que está expresado por los nombres de estas amazonas, ya que Antíope viene de άντί, que indica cambio y de όπός, jugo, humor, como si se dijera, que ya no es más líquido sino sólido y congelado, porque es preciso que la materia, después de haber sido disuelta, se congele y se coagule para llegar al blanco y a la fijación, según el precepto de todos los filósofos: solve & coagula, y lo que dice Calid:[2] Cuando he visto al agua coagularse de sí misma, he reconocido la verdad de la ciencia y del arte hermético.
Menálipe es llamada reina de las amazonas y para su rescate dio el cinturón adornado de piedras preciosas, puesto que Menálipe ella misma es llamada reina de los filósofos y su Diana, pues ha tomado su nombre de Μενά, Luna, y de λιπος, engordar, gordura, es decir, Luna en su plenitud, o la materia filosófica al blanco perfecto. El cinturón que ella dio a Hércules para su rescate, es un círculo mezclado de blanco, rojo y otros colores, que se manifiestan alrededor de la materia blanca en el momento en que empieza a pasar del blanco al rojo. Este círculo es al estilo de aquel que hemos explicado hablando del velo de Proserpina. Hércules lleva este cinturón a Euristeo, es decir, que continúa la obra y la conduce a la perfección. En cuanto al presente que Hércules hizo de Antíope o Hipólita a Teseo, ya haremos mención de ello cuando hablemos de este raptor de Ariadna.

[1] . Melánipe, según P. Grimal. N. del T.
[2] . Morien, Conversación del rey Calid.