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sábado, mayo 12, 2007

El Robo de las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (4)



Volvamos a la fábula de las Hespérides; esta tiene todos los caracteres de los que acabo de hablar. Hércules al haber visto y tomado consejo de Nereo y de Prometeo ya no está obstaculizado para conseguirlo, toma el camino del jardín de las Hespérides, e instruido de lo que debía de hacer, se pone en situación de ejecutar su empresa. A penas ha llegado allí, un monstruoso dragón se presenta en la entrada. Él lo ataca, lo mata y este animal cae en putrefacción de la manera que ya he explicado. La alusión no habría sido exacta si este monstruo no hubiera sido supuestamente muerto en la entrada, la negrura sigue a la corrupción, siendo la llave de la obra, como lo prueba Sinesio:[1] Cuando nuestra materia Hyle empieza a no subir y descender más lo que tiene de substancia humosa, se pudre y se vuelve tenebrosa, lo que se llama vestido negro o cabeza de cuervo [...]
Esto hace también que no haya más que dos elementos formales en nuestra piedra, a saber, la tierra y el agua, pero la tierra contiene en su substancia la virtud y la sequedad del fuego, y el agua comprende al aire con su humedad [...] Notad que la negrura es el signo de la putrefacción (que llamamos Saturno) y que el comienzo de la disolución es el signo de la conjunción de las dos materias [...] Oh, hijo mío, tu tienes ya, por la gracia de Dios, un elemento de nuestra piedra, que es la cabeza negra, la cabeza de cuervo, que es el fundamento y la llave de todo el magisterio, sin los cuales no tendrías éxito jamás. Morien se expresa en el mismo sentido y dice:[2] Sabed, sin embargo, oh magnífico rey, que en este magisterio, nada está animado, nada nace y nada crece si no es después de la negrura de la putrefacción y después de haber sufrido, por un combate natural, la alteración y el cambio. Lo que ha hecho decir al sabio, que toda la fuerza del magisterio es después de la podredumbre.
Nicolás Flamel,[3] que ha empleado la alegoría del dragón, dice también: Al mismo tiempo la materia se disuelve, se corrompe, ennegrece y concibe para engendrar; porque toda corrupción es generación y siempre se debe desear esta negrura... En verdad quien no vea esta negrura durante los primeros días de la piedra, cualquier otro color que vea falla completamente en el magisterio y no lo puede acabar con ese caos; pues no trabaja bien, si no pudre nada.
Basilio Valentín en el trazo de sus doce llaves; Ripley en sus doce puertas, en fin, y todos los otros filósofos que sería muy largo citarlos a todos. Habiendo observado los antiguos que la disolución se hacía por la humedad y la putrefacción o al ser el negro su Saturno, tenían la costumbre de poner un tritón sobre el templo de este hijo del Cielo y de la Tierra, y se sabe que Tritón tenía relación inmediata con Nereo. Maier[4] nos asegura que las primeras monedas fueron acuñadas bajo los auspicios de Saturno y que llevaban como impresión una oveja y un barco, lo que haría alusión al Toisón de oro y a la nave Argo.
Los autores que han pretendido que Hércules no empleó la violencia para robar las manzanas de oro sino que las recibió de manos de Atlas, sin duda no han puesto atención a lo que la fábula dice claramente que hizo para tener éxito, matar este dragón espantoso que guardaba la entrada del jardín.
Hércules usó la violencia matando al dragón, en el sentido y de la manera que hemos dicho; se puede decir también que recibió las manzanas de la mano de Atlas, en cuanto a que este pretendido rey de Mauritania no significa otra cosa que la roca en la cual fue cambiado, es decir, la roca o la piedra de los filósofos de la cual se forma el oro de los sabios, que algunos filósofos han llamado fruto del Sol o manzanas de oro.
¿Pero qué razón tenían los filósofos antiguos y modernos para tener que figurar las manzanas de oro? Esta idea debe de venir bastante naturalmente a un hombre que hace que los filones de las minas se extiendan bajo tierra, más o menos como las raíces de los árboles. Las substancias sulfurosas y mercuriales se reencuentran en los poros y en las venas de la tierra y de las rocas, se coagulan para formar los minerales y los metales, así como la tierra y el agua impregnadas de diferentes sales fijas y volátiles concurren en el desarrollo de los gérmenes y el crecimiento de los vegetales. Esta alegoría de los árboles metálicos está, pues, tomada de la naturaleza misma de las cosas. Casi todos los filósofos herméticos han hablado de estos árboles minerales. Los unos se han explicado de una manera, los otros de otra, pero de modo que todos coinciden en tocar el mismo punto.
El grano fijo –dice Flamel–[5] es como la manzana y el mercurio es el árbol, no es preciso, pues, separar el fruto del árbol antes de su madurez, porque podría llegarle una falta de alimento [...] Es preciso transplantar el árbol, sin quitarle el fruto, a una tierra fértil, grasa y muy noble, que suministrará más alimento al fruto en un día que la primera tierra no le hubiera proporcionado en cien años, a causa de la continuada agitación de los vientos. La otra tierra, estando cerca del Sol, perpetuamente calentada por sus rayos y abrevada sin cesar por el rocío, ha hecho vegetar y crecer abundantemente el árbol plantado en el jardín filosófico. Alguien señaló que aunque haya relación de esta alegoría de Flamel con la del jardín de las Hespérides, la del Cosmopolita es aún más precisa. Neptuno –dice éste–[6] me condujo a una pradera en medio de la cual había un jardín plantado de diversos árboles muy notables. Me mostró siete entre los otros que tenían sus nombres particulares y me hizo notar dos de estos siete, mucho más bellos y más elevados, uno llevaba frutos que brillaban como el sol y sus hojas eran como de oro, el otro producía frutos de una blancura que sobrepasa a la del lis, y sus hojas se parecían a la plata más fina. 
Neptuno llamó al primero árbol solar y al otro árbol lunar. Otro autor ha intitulado su tratado sobre esta materia, arbor solaris. Se encuentra en el sexto tomo del Teatro Químico.
Tras una relación tan palpable ¿se podría persuadir uno de que estas antiguas y modernas alegorías no tenían el mismo objeto? Y si en efecto no lo tuvieran, ¿cómo se podría concebir que los filósofos herméticos al haberlas empleado para explicar sus operaciones, o la materia del magisterio, estén entre ellas tan conformes?
Puede ser que se diga que no son los poetas que han puesto sus fábulas en los filósofos sino que son estos últimos que han tomado sus alegorías en las fábulas de los poetas. Pero si las cosas fueran así y los poetas sólo hubieran tenido a la vista la historia antigua, o la moral, ¿cómo es que la composición de todas las circunstancias de las hazañas aportadas por los poetas y las circunstancias de casi todas las fábulas se encuentran apropiadas para explicar alegóricamente todo lo que pasa sucesivamente en las operaciones de la obra? Y ¿cómo se puede explicar una con la otra? Si no hubieran más que una o dos fábulas que pudieran referirse a ello, se podría decir quizás que torturándolas a la manera de los mitólogos atraídos por la historia o la moral, se les podría hacer venir a la gran obra tanto para bien como para mal, pero no hay una sola de las antiguas fábulas egipcias y griegas que no se pueda explicar con las mismas circunstancias, que parecen las menos interesantes para los otros mitólogos, y que son tan necesarias en mi sistema; es un argumento que nuestros mitólogos deberían de tomarse el trabajo de resolver.

Sin embargo Orfeo y los antiguos poetas no se han propuesto describir alegóricamente el seguimiento entero de la obra en cada fábula y también muchos filósofos herméticos sólo han descrito la parte que más les llamaba la atención. Uno ha tenido la intención de hacer alusión a lo que pasa en la obra del azufre; otro en las operaciones del elixir, un tercero ha hablado de la multiplicación. Algunas veces, para despistar, estos últimos han entremezclado las operaciones de una y otra obra. Es lo que los vuelve tan ininteligibles para aquellos que no saben hacer esta distinción; también es lo que hace que se encuentren a menudo aparentes contradicciones en sus obras, cuando se compara a unos con otros. Por ejemplo, un filósofo hermético que habla de las materias que entran en la composición del elixir, dice que son necesarias muchas y el que habla de la composición del azufre, que sólo se precisa una. Tienen razón los dos, es suficiente para acordarlos poner atención en que no hablan de la misma circunstancia de la obra. Esto contribuye a confirmar la idea de contradicción que se les atribuye, y es que la descripción de las operaciones a menudo es la misma en la una y en la otra, pero aún tienen razón en esto, puesto que Morien, uno de entre ellos, nos asegura como muchos otros filósofos, que la segunda obra, a la que llama disposición, es totalmente parecida a la primera en cuanto a las operaciones.
Se deben juzgar las fábulas de la misma manera. Los trabajos de Hércules tomados separadamente, no hacen alusión a todos los trabajos de la obra, pero la conquista del Toisón de oro la encierra enteramente. Es por lo que se ven reaparecer muchas veces en esta última ficción, hechos muy diferentes entre ellos en cuanto a los lugares y las acciones, pero que, tomados en el sentido alegórico, significan la misma cosa. Al no ser, los lugares por los cuales era natural que los argonautas pasaran para volver a su país, los más apropiados para expresar lo que Orfeo tenía a la vista, ha figurado otros que no han existido jamás, o ha figurado que pasaban por lugares conocidos, pero que les sería imposible encontrar en su ruta natural. Éste señala el lugar para los otros, como veremos en lo que sigue.
La propiedad que Midas había recibido de Baco, de cambiar en oro todo lo que tocaba, sólo es una alegoría de la proyección o transmutación de los metales en oro. El arte nos proporciona todos los días en el reino vegetal ejemplos de transmutación que prueban la posibilidad de la de los metales. ¿No vemos que con sólo un pequeño esqueje tomado de un buen árbol y que injertado en un arbolillo silvestre, lleva frutos de la misma especie que los del árbol de donde el esqueje ha sido sacado? ¿Por qué el arte no lo conseguiría en el reino mineral, proporcionando también un esqueje metálico al silvestre de la naturaleza, y trabajando con ella? La naturaleza emplea un año entero en hacer producir a un manzano, hojas, flores y frutos.
Pero si a principios de Diciembre antes de las heladas, se corta de un manzano una pequeña rama en fruto y se pone en agua, en una estufa, se verá en pocos días retoñar hojas y flores. ¿Qué hacen los filósofos? Ellos toman una rama de su manzano hermético, lo meten en su agua y en un lugar moderadamente cálido, y les da flores y frutos a su tiempo. La naturaleza, pues, ayudada por el arte abrevia la duración de sus operaciones ordinarias. Cada reino tiene sus procedimientos, pero los que la naturaleza usa para uno justifica los del otro, porque siempre actúa por una vía simple y derecha; el arte la debe imitar, pero emplea diversos medios cuando se trata de llegar a puntos diferentes. La fábula de las Hespérides es una prueba de que el filósofo hermético debe consultar a la naturaleza, trabajar e imitar sus procedimientos en sus operaciones, si quiere, como Hércules, salir airoso al robar las manzanas de oro. Es en este mismo jardín que fue cogida la manzana, primera simiente de la guerra de Troya. También Venus tomó allí las que hizo presentar a Hipómenes para detener a Atalanta en su carrera. Explicaremos esta última fábula en el siguiente capítulo y nos reservamos la otra para el sexto libro.

[1] . Sinesio, De la Obra de los Sabios.
[2] . Morien, Conversación del Rey Calid.
[3] . Flamel, Explicación de las Figuras Jeroglíficas.
[4] . Michael Maier, Arcana Arcaníssima, lib. 2.
[5] . Flamel, op. cit.
[6] . El Cosmopolita, Parábola.

viernes, mayo 11, 2007

El Robo de las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (3)



La entrada del jardín de los filósofos está guardada por el dragón de las Hespérides, dice Espagnet.[1] Lo que hay de remarcable es que este dragón era hijo de Tifón y Equidna, en consecuencia hermano de aquel que guardaba el Toisón de oro, hermano de aquel que devoró a los compañeros de Cadmo, de aquel que estaba tras los bueyes de Gerión, del Cerbero, de la Esfinge, de Quimera y de tantos otros monstruos de los que hablaremos en su lugar.
Sin embargo todos estos acontecimientos han pasado en países bien diferentes y en tiempos bien alejados unos de otros. ¿Cómo estarían tan de acuerdo los inventores de estas ficciones y habrían figurado precisamente la misma cosa en circunstancias parecidas sin tener el mismo objeto en vistas?
Para saber la naturaleza de estos monstruos es preciso conocer la de su padre común. Considerando a Tifón como un príncipe de Egipto, no era posible que se le pudiera observar como padre de estos monstruos, por más explicación que se quisiera imaginar. Se han visto, pues, obligados a confesar que todo esto sólo eran ficciones.
Es suficiente leer la teogonía de Hesíodo para convencerse de ello. La genealogía que hace de Tifón, de Equidna y de sus hijos, no es susceptible de ninguna explicación histórica, por lo menos que fuera un poco verosímil. No es así en el caso de una explicación filósofo-hermética. Se ve en Tifón a un espíritu activo, violento, sulfuroso, ígneo, disolviendo bajo la forma de un viento impetuoso y envenenado de tal manera que lo destruye todo. Se reconoce en Equidna un agua corrompida, mezclada con una tierra negra, hedionda, bajo la descripción de una ninfa de ojos negros. De tales padres no podrían ser engendrados otra cosa que monstruos, y monstruos de la misma naturaleza que ellos, es decir, una Hidra de Lerna, engendrada en un pantano, dragones vomitando fuego, porque son de una naturaleza ígnea como Tifón, finalmente la peste y la destrucción de los lugares que habitaban, para señalar su virtud disolvente, resolutiva y la putrefacción que le sigue. Es de allí que los filósofos herméticos, de acuerdo con los poetas, han sacado sus alegorías.
Es el dragón Babilónico de Flamel,[2] los dos dragones del mismo autor, el uno alado como los de Medea y de Ceres, el otro sin alas, como aquel de Cadmo, del Toisón de oro, de las Hespérides, etc. Es también el dragón de Basilio Valentín,[3] y de tantos otros que sería muy largo mencionar.
Algunos químicos han creído ver estos dragones en las partes arsenicales de los minerales y en consecuencia las han considerado como la materia de la piedra de los filósofos. Filaleteo ha confirmado a muchos en esta idea, por lo que dice respecto a esto en su entrada abierta al palacio cerrado del rey, en el capítulo investigación del magisterio, en el cual parece designar claramente al antimonio; pero Artefio, Sinesio y muchos otros filósofos se contentan con decir que esta materia es un antimonio, porque tiene sus propiedades. Es preciso advertir que el arsénico, los vitriolos, los atramentos, el bórax, los alumbres, el nitro, las sales, los grandes, los medios y los bajos minerales y los metales solitos, dice el Trevisano,[4] no son la materia requerida para el magisterio. En vano, pues, los sopladores atormentan estas materias mediante el fuego y el agua para hacer la obra hermética, no encontrarán más que ceniza, humo, trabajo y miseria: Pues los filósofos que hablan de ello –añade el mismo autor– o han querido engañar o no estaban en el caso cuando han trabajado en ello o a penas lo han descrito bien cuando lo han hecho.
A penas se puede ver una descripción, o más bien un cuadro pintado con los colores más vivos que aquel que Apolonio hace de los dragones de las Hespérides expirando.[5] Ladus –dice– esta serpiente que guardaba aún ayer las manzanas de oro, de las que las ninfas Hespérides tenían tan gran cuidado, este monstruo, traspasado por los disparos de Hércules, está tendido al pie del árbol, la extremidad de su cola se mueve aún, pero el resto de su cuerpo está sin movimiento y sin vida. Las moscas aparecen en tropel sobre su negro cadáver, para chupar la sangre corrompida de sus heridas y la hiel amarga de la hidra de Lerna de la que las flechas estaban teñidas. Las Hespérides desoladas por este triste espectáculo apoyaban sobre sus manos su rostro cubierto de un velo blanco tirando hacia amarillo y lloraban lanzando lamentables gritos. Si la descripción de Apolonio complace, por la belleza del cuadro representado, a aquellos que no están en el caso del objeto de esta alegoría, ¿cómo no habría de satisfacer a un filósofo hermético que ve allí, como en un espejo, lo que pasa en el vaso de su arte durante y tras la putrefacción de la materia?
Este Ladus, serpiente terrestre que guardaba las manzanas de oro y que las ninfas alimentaban, está tendido muerto, atravesado por las flechas. Es como si se dijera: Esta masa terrestre y fija, tan difícil de disolver y que por esta razón guardaba obstinadamente y con cuidado la simiente aurífica o el fruto de oro que ella encerraba, se encuentra hoy disuelta por la acción de las partes volátiles. La extremidad de su cola se mueve aún pero el resto de su cuerpo está sin movimiento y sin vida; las moscas se reúnen en tropel sobre su negro cadáver para chupar la sangre corrompida de sus heridas; es decir, al poco de que la disolución sea perfecta, la putrefacción y el color negro ya aparecen, las partes volátiles circulan en gran número y volatilizan con ellas las partes fijas disueltas. Las ninfas desoladas lloran y se lamentan con la cabeza cubierta con un velo blanco amarillento. La disolución en el agua se produce, estas partes acuosas volatilizadas recaen en gotas como lágrimas y la blancura empieza a manifestarse. El retrato y el poder que Virgilio otorga a la sacerdotisa de las Hespérides nos anuncian precisamente las propiedades del mercurio de los filósofos. Es el que nutre al dragón filosófico, es el que hace retrogradar a los astros, es decir, que disuelve a los metales y los reduce a su primera materia. Es el que hace salir a los muertos de sus tumbas, o que, tras haber hecho caer a los metales en putrefacción, llamada muerte, los resucita haciéndoles pasar del color negro al blanco llamado vida, o volatilizando el fijo, puesto que la fijeza es un estado de muerte en el lenguaje de los filósofos y la volatilidad es un estado de vida, encontraremos una infinidad de ejemplos del uno y del otro en esta obra.
Pero sigamos esta fábula en todas estas circunstancias. Hércules va a consultar a las ninfas de Júpiter y de Temis, que tenían su morada en un antro en la orilla del río Eridan, conocido hoy bajo el nombre de Po en Italia. Ε”ρις ίδ, quiere decir disputa, debate. Al comienzo de la obra las partes acuosas mercuriales excitan una fermentación, en consecuencia un debate, he aquí las ninfas del río Eridan. Estas ninfas eran en número de cuatro, a causa de los cuatro elementos, de los que los filósofos dicen que su materia es como el resumen quintaesenciado por la naturaleza, según sus pesos, sus medidas y sus proporciones, que el artista o Hércules debe tomar como modelos. Es por lo que son llamadas ninfas de Júpiter y de Temis. Ahora bien, como un artista debe consultar la naturaleza,[6] e imitar sus operaciones para tener éxito en las del arte hermético, todos los filósofos convienen en ello y aseguran así mismo que se trabajaría en vano si no es así. Geber y los otros dicen que todo hombre que ignora la naturaleza y sus procedimientos no llegará jamás al fin que se propone, si Dios o un amigo no se lo revelan todo. Y aunque Basilio Valentín[7] dice: Nuestra materia es vil y abjecta y la obra, que se conduce solamente por el régimen del fuego, es fácil de hacer [...] Tú no tienes necesidad de otras instrucciones para saber gobernar tu fuego y construir tu horno, como aquel que tiene la harina a penas tarda en encontrar un horno y nada le impide cocer el pan. El Cosmopolita nos dice también[8] que cuando los filósofos aseguran que la obra es fácil deberían de añadir, para aquellos que la saben. Y Pontano[9] nos enseña que él ha estado más de doscientas veces trabajando sobre la verdadera materia, porque ignoraba el fuego de los filósofos. El obstáculo es, pues,
1º: encontrar esta materia, y es sobre ésta que Hércules va a consultar a las ninfas, que lo envían a Nereo el más antiguo de los dioses, según Orfeo, hijo de la tierra y del agua, o del Océano y de Tetis; el mismo que predijo a Paris la ruina de Troya y que fue padre de Tetis, madre de Aquiles. Homero[10] lo llama el anciano, y su nombre significa húmedo. He aquí, pues, esta materia tan común, tan vil, tan despreciada. Cuando Hércules se presentó a él no pudo reconocerlo y tener razón de él, porque lo encontraba cada vez bajo una nueva forma, pero al fin lo reconoció y lo apresó con tanto ahínco que le obligó a declararlo todo. Estas metamorfosis están tomadas de la naturaleza misma de esta materia, que Basilio Valentín,[11] Haimon[12] y muchos otros dicen no tener ninguna forma determinada, pero que es susceptible de todas, que se vuelve aceite en la nuez y la oliva, vino en la uva, amargo en el ajenjo, dulce en el azúcar, veneno en un sujeto, tríaca en el otro.
Hércules vio a Nereo bajo todas estas formas diferentes; pero no era bajo éstas que quería verlo. Hizo, pues, tanto que al fin lo descubrió bajo esa forma, que no presenta nada de gracioso ni de especificado, tal como es la materia filosófica.
Es pues, necesario tener a Nereo como recurso, pero como no es suficiente haber encontrado la materia verdadera y próxima de la obra, para llegar a su fin, Nereo envió a Hércules a Prometeo, que había robado el fuego del Cielo para hacer partícipes a los hombres, es decir, el fuego filosófico, que da la vida a esta materia, sin el cual no se podría hacer nada. Prometeo siempre fue considerado como el titán ígneo, amigo del Océano. Tenía un altar común con Palas y Vulcano, porque su nombre significa previsor, juicioso, lo que conviene a Palas, diosa de la sabiduría y de la prudencia, y porque el fuego de Prometeo era lo mismo que Vulcano. También se ha querido señalar con ello la prudencia y la dirección que él da a un artista para dar a este fuego el régimen conveniente.
Este titán juicioso indujo a Júpiter a destronar a Saturno, su padre; Júpiter siguió sus consejos y tuvo éxito. Pero sin embargo se creyó en el deber de castigarlo por el robo que había hecho y lo condenó seguidamente a ser atado a una roca del monte Taurus y a que un buitre le devorara el hígado sin cesar, sin embargo de manera que su hígado renacía a medida que el buitre lo devoraba. Mercurio estuvo encargado de esta expedición y el suplicio duró hasta que Hércules, por agradecimiento, mató al buitre, o al águila según algunos, y lo liberó. Como esta fábula forma un episodio y se encuentra explicada en otro lugar de esta obra, sólo diremos dos palabras. Prometeo o el fuego filosófico es aquel que opera todas las variaciones de los colores que la materia toma sucesivamente en el vaso. Saturno es el primero o el color negro, Júpiter es el gris que le sucede. Es pues, por el consejo y la ayuda de Prometeo que Júpiter destrona a su padre, pero este titán robó el fuego del Cielo y fue castigado.
Este fuego robado es aquel que es innato en la materia. Ella ha sido impregnada de él como por atracción, le ha sido infundido por el Sol y la Luna, sus padre y madre, según la expresión de Hermes:[13] su padre es el Sol y su madre la Luna; es lo que ha hecho que se le de el nombre de fuego celeste. Prometeo es seguidamente atado a una roca ¿no es como si se dijera que este fuego se concentra y se ata a la materia que empieza a coagularse en piedra tras el color gris y que esto se hace mediante la operación del mercurio de los filósofos? La parte volátil que actúa sin cesar sobre la parte ígnea y fijada, por así decirlo, ¿podría estar mejor designada que mediante un águila o un buitre y este fuego concentrado mediante el hígado? Estos pájaros son carnívoros y voraces, el hígado es, por así decirlo, el asiento del fuego natural en los animales. El volátil actúa, pues, hasta que el artista, ya que Hércules es su símbolo, haya matado a esta águila, es decir, fijado el volátil.
Estos colores que se suceden son los dioses y los metales de los filósofos, a los que han dado los nombres de los siete planetas. El primero de los principales es el negro, el plomo de los sabios o Saturno. El gris que viene después está atribuido a Júpiter y lleva su nombre. El color de la cola de pavo real a Mercurio, el blanco a la Luna, el amarillo a Venus, el rojizo a Marte y el púrpura al Sol; así mismo han llamado reino al tiempo que dura cada color. Tales son los metales filosóficos y no los vulgares, a los cuales los químicos han dado los mismos nombres. Hagamos una reflexión respecto a esto. Un compuesto de dos cosas, la una acuosa y volátil, la otra terrestre y fija, al ser puesto en el vaso, si sobreviene una fermentación y una disolución, aparecerán los colores o se sucederán o se manifestarán mezclados como los de la cola del pavo real o del arco iris.
He aquí el origen de las fábulas y cómo una ficción de esta especie puede ser variada al infinito por una o más personas de ingenio, entonces las fábulas son multiplicadas en extremo. De ahí tantas obras alegóricas compuestas sobre la teoría y la práctica del arte hermético.

[1] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 52.
[2] . Flamel, Deseo deseado.
[3] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves. 3ª llave
[4] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[5] . Apolonio, Argonáuticas, lib. 4, v. 1400 y ss.
[6]. Cosmopolita, Prefacio en Enigma Filosófico.
[7] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves.
[8] . El Cosmopolita, Nueva Luz Química.
[9] . Pontano, Epístolas.
[10] . Homero, Ilíada, lib. 18, v. 36.
[11] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves.
[12] . Haimon, Epístolas.
[13] . Hermes, Tabla de Esmeralda.

sábado, noviembre 25, 2006

Aquiles y Criseis o la segunda operación




Según Morien[1] esta segunda operación es una repetición de la primera, en cuanto al régimen, o lo que sucede en el vaso en relación a los colores que se suceden. Homero dice que Aquiles reunió a los mirmidones y juntó a los otros griegos. Sorprende que Homero empiece su Ilíada por la cólera de Aquiles, que el abad Banier[2] sólo considera como un accidente. Este poeta, para seguir su objetivo no podía empezar de otra manera, o hubiera invertido el orden de las cosas. Supone la primera operación perfecta, o el oro
filosófico, al que yo he llamado antes azufre.
En consecuencia entra de pronto en la disputa de Agamenón y Aquiles, que hace nacer de la demanda que Crises, sacerdote de Apolo, hace de su hija Criseida; se sabe que χρύσεος, quiere decir del oro, hecho del oro, y se introduce a Apolo para designar el oro filosófico. Se dice que Agamenón no quiere devolver a Criseida, porque dice que es virgen y la prefiere a su esposa Clitemnestra.
Los filósofos también le dan el nombre de virgen. Espagnet dice:[3] Tomad una virgen alada, limpia y pura, con las mejillas de color púrpura.[4] Sin embargo Agamenón se rinde ante las exhortaciones de Ulises y devuelve a Criseida
pero le protesta a Aquiles que para resarcirse le robara a Briseida, a la que Aquiles amaba perdidamente. Agamenón puso, pues, a Criseida en manos del sabio Ulises, es decir, del artista, para llevarla a Crises, su padre. Ulises fue constituido jefe de la diputación e hizo subir a Criseida en un barco, es decir, que la puso en el vaso. Después de que Ulises hubiera partido, Agamenón envió a coger por la fuerza a Briseida.[5] Los que fueron enviados encontraron a Aquiles sentado en su tienda y en su barco negro.
Enseguida reconoció el motivo que les traía y le dijo a su amigo Patroclo que sacara a Briseida de la tienda y que se la entregara a ellos para que la condujeran a Agamenón; viéndola partir Aquiles se puso a llorar mirando al mar negro y se quejó a su madre Tetis de la injuria que acababa de hacerle Agamenón. Ella oyó sus ruegos desde el fondo del mar blanco, donde estaba con el viejo Nereo, su padre, y enseguida subió desde el fondo como una nube. Él le contó cómo, después de haber arruinado Tebas, Agamenón había tenido a Criseida en el reparto y él a Briseida; que Agamenón estuvo obligado a devolver a Criseida a su padre, porque Apolo irritado, había enviado la peste al campo de los griegos y para vengarse (de Aquiles) se llevó por la fuerza a su querida Briseida. Tetis le respondió llorando también: Hijo mío ¿porqué os he puesto en el mundo y os he criado con tanto cuidado? Sois el más desdichado de los hombres, pues se que el destino fatal os amenaza con una muerte cercana. Sin embargo voy a encontrarme con Júpiter en el Olimpo lleno de nieve y haré todo lo posible para convencerlo de que secunde vuestros deseos. Permaneced en los barcos sin combatir, y alimentad vuestra cólera contra los griegos. Júpiter fue a Etiopía ayer, para asistir a un convite con todos los otros dioses. Después de hablar así, se fue.
Mientras tanto Ulises y Criseida llegaron a Crise, ciudad de Apolo, y habiendo echado el ancla del barco puso a Criseida en manos de Crises, su padre, el cual dirigió sus votos a Apolo, cuyo arco es de plata, a fin de que favoreciera a los griegos. Al día siguiente Ulises aparejó sus velas blancas y Apolo les envió un viento favorable y húmedo, así llegaron dichosamente al campo de los griegos.
Sólo es necesario haber leído superficialmente los libros de los filósofos herméticos para reconocer, en lo que acabo de relatar con los propios términos de Homero, las mismas maneras de expresar todo lo que sucede en el vaso después de que los ingredientes que componen el elixir, empiezan a disolverse y a caer en putrefacción, hasta que la materia haya llegado al blanco. Se puede comparar lo que acabamos de describir con Espagnet:[6] Los medios o signos demostrativos son, –dice este autor– los colores que aparecen sucesivamente, que hacen ver al artista los cambios que afectan a la materia y el progreso de la obra. Se cuentan tres principales, que son como los síntomas críticos a los que se ha de poner mucha atención; algunos han añadido
un cuarto. El primer color es el negro, se le ha dado el nombre de cabeza de cuervo a causa de su gran negrura. Cuando empieza a ennegrecer es un signo de que el fuego de natura comienza su acción, y cuando el negro es perfecto indica que los elementos están confundidos conjuntamente y que la disolución ha terminado, entonces el grano cae en putrefacción y se corrompe, para ser más apropiado a la generación. El color blanco sucede al negro, entonces el azufre blanco está en su primer grado de perfección, es una piedra que se llama bendita, es una tierra blanca foliada en la que los filósofos siembran su oro. El tercer color es el citrino, que se produce por el paso del blanco al rojo, es como un color intermedio que participa de los dos, como la aurora azafranada que nos anuncia al Sol. Finalmente el cuarto es el rojo, o color de sangre, que se saca del blanco sólo mediante el fuego. Como la blancura perfecta se altera fácilmente, pasa bastante rápido, pero el rojo oscuro del Sol dura siempre porque perfecciona la obra del azufre, que los filósofos llaman esperma masculino, fuego de la piedra, corona real e hijo del Sol.
Volvamos a la Ilíada de Homero y veamos si lo que dice es conforme a lo que aprendemos de Espagnet, al que me contenta citar, para no multiplicar las citas sin necesidad, aportaré a otros autores como prueba de las explicaciones que daré.

[1] . Morien, Conversación del rey Calid.
[2] . Banier, tomo 3, p. 389.
[3] . Espagnet, canon 58.
[4] . Es bueno señalar que Homero también dice que Criseida tenía las mejillas bellas y rojas. Ilíada, 1, 323.
[5] . Homero, ibid. vers. 324 y ss.
[6] . Espagnet, canon 64.

lunes, noviembre 20, 2006

El rescate de Héctor (su explicación)




Es fácil ver, por lo que acabamos de contar, que Homero, autor de la historia de esta guerra, pretendía hablar de Tetis como de una diosa y no como una mujer ordinaria, en consecuencia ella era para él, así como debe ser para nosotros, una persona puramente fabulosa. Dice que es hija de Nereo, dios marino, porque Nereo significa un lugar hueco y húmedo, de Νηρός, y porque el vaso filosófico es un hueco en el que nace Tetis, la Tetis que los poetas tomaban por la tierra,[1] y los latinos por el mar, porque este nombre quiere decir nodriza. Juno se jacta de haberla alimentado, educado y casado con Peleo;
es la tierra filosófica, significada por Tetis, que tras haber permanecido algún tiempo en el vaso, se casa con la negrura, es decir, se vuelve negra, pues Peleo viene de πελίς, negro. De este matrimonio nació Piriso, o el que sale del fuego sano y salvo, porque el fuego de la materia reducido en mercurio de los filósofos resiste a los ataques del fuego más violento. Después tomó el nombre de Aquiles, este fiero y soberbio guerrero que desafió a todos los jefes de los griegos y de los troyanos, él lo podía hacer pues era invulnerable, por lo que acabamos de decir. Se enamoró de Briseida, es decir, del reposo, pues Briseida viene de βρίζω, reposo, porque el mercurio filosófico busca ser fijado.
Lo que acabamos de relatar del último libro de la Ilíada prueba claramente, a aquellos que han leído los libros de los filósofos, que Homero tenía en vistas la gran obra, puesto que piensa como ellos, se expresa igual y da con precisión la descripción de lo que sucede en las operaciones del elixir, que es el fin de la obra, como hace al final de su obra. Recordemos algunos trazos de ello, sin apartarnos de nuestro objetivo.
Júpiter envía a Iris hacia Tetis e Iris desciende sobre el negro mar; he aquí el mar filosófico, o la materia en disolución llegada al negro. Iris encuentra a Tetis, o la tierra filosófica, sentada en una caverna, es decir, en el vaso de los filósofos. Iris representa a los diferentes colores que aparecen al mismo tiempo cuando se produce la fermentación y la disolución. Tetis lloraba, es la materia que se reduce a agua. Tras haber oído el motivo de la visita de Iris, Tetis coge un velo negro y el vestido más negro que haya habido en el mundo. Los filósofos llaman al negro que entonces sobreviene a la materia, negro más negro que el mismo negro, nigrum nigrius nigro. Ya he aportado cien textos de los filósofos en este sentido, no los repetiré.
Tetis partió hacia el Olimpo, Iris la precedía y las dos estaban rodeadas por el mar. Es el comienzo de la sublimación de la materia; este mar es el agua mercurial, encima del cual se encuentra la tierra como si fuera una isla. Esta era la de Creta donde nació Júpiter y la de Delos donde Febo y Diana vinieron al mundo. Llegan ante Júpiter y Tetis encuentra a Saturno, es el Saturno filosófico del que hemos hablado tan a menudo. Ella aparece allí con un aire triste y vestida de duelo, pues la negrura es símbolo de duelo y de tristeza. Júpiter le dice que vaya a encontrar a su hijo Aquiles y le obligue a devolver el cuerpo de Héctor a Príamo. Ella se pone cerca de él y durante este tiempo Iris va a encontrar a Príamo, para que determine ir hasta la tienda de Aquiles solamente acompañado por Ideo. Antes de dejar el negro la materia toma aún varios colores que
habían aparecido primero. Tetis convence a su hijo. Príamo se pone en camino con Ideo, es decir, el sudor, de ίδις, sudar, porque al disolverse la materia parece sudar.
Príamo encuentra a Mercurio, que toma las riendas de su carro; esto es porque el mercurio filosófico es el conductor de la obra, es de él y por él que las operaciones se cumplen. Lleva alas en los talones porque es volátil y lo llevan en el aire con el viento; Hermes así lo había dicho:[2] el viento lo lleva con él, el aire lo ha llevado en su vientre. Mercurio despierta a los que duermen y duerme a los que velan, porque volatiliza lo fijo y fija lo volátil. Abre las puertas e introduce a Príamo con sus presentes; esto es porque es el disolvente universal y porque disolver, en términos de química es abrir.
Deja que Príamo entre y abrace las rodillas de Aquiles; el fijo se reúne con el fijo y el disolvente es aún volátil. Príamo entrega sus presentes, que consisten en tapices, en telas y en oro; son los diferentes colores pasajeros que se manifiestan, el oro es el oro filosófico. Aquiles le devuelve el cuerpo de Héctor envuelto en dos de estos tapices, los dos más bellos; son los dos colores principales, el blanco y el rojo. Príamo vuelve a Troya con el cuerpo de su hijo y Mercurio, que lo esperaba, vuelve a conducir su carro, por la razón que hemos dicho antes. Entran en Troya, se prepara una hoguera y se quema el cuerpo de Héctor y se recogen sus huesos blancos; he aquí al color blanco, o el oro blanco de los filósofos. Los troyanos los meten en un ataud de oro que cubren con un tapiz color púrpura; es el fin del elixir, o la materia llevada a su última fijación y al color del amaranto o del pavo real de los campos, como dicen los filósofos.
[1] . Homero, Ilíada, lib. 14.
[2] . Hermes, La Tabla de Esmeralda.

domingo, noviembre 19, 2006

Todos los que participaron en la ocupación de Troya y quienes la defendieron son fabulosos




Aquí habría que pasar revista a todos los héroes cuyos nombres y sorprendentes acciones son referidos por Homero, Virgilio y los otros autores; se habría de poner ante los ojos sus genealogías, pero para mostrar lo fabuloso del asunto es suficiente dirigirse a la raíz de su árbol genealógico. No hay ninguno que no tenga su origen en Júpiter, Neptuno o cualquier otro dios. Aquiles, el más famoso de entre ellos era hijo de Peleo y de la diosa Tetis. Peleo tuvo por padre a Éaco y por madre a la ninfa Endeis. Éaco era hijo de Júpiter y de Egina. Tetis, según Hesíodo,[1] era hija del Cielo y de la Tierra, Homero[2] dice que es hija de Nereo, que a su vez era hijo del Océano. Júpiter se enamoró de ella, pero habiendo aprendido de Prometeo que, según un oráculo de Temis, el hijo que naciera de Tetis sería más poderoso que su padre, Júpiter la dio en matrimonio a Peleo. Tetis, la de los pies de plata e hija del viejo marino,[3] encontró muy mal, según el mismo autor,[4] que Júpiter la hubiera despreciado hasta el punto
de hacerla esposa de un mortal. Ella dio sus quejas a Vulcano, que estaba muy prendado de ella, haciéndole reconocer que lo acogió muy bien cuando vino a ella después de que fuera echado del
Olimpo. En una palabra, Homero habla siempre de ella como de una diosa y todo lo que dice, particularmente en el libro 24 de la Ilíada, conviene perfectamente a lo que sucede en las operaciones del magisterio.
[1] . Hesíodo, Teogonía.
[2] . Homero, Himno a Apolo.
[3] . Homero, Ilíada, lib. 1, vers. 538.
[4] . Le respondió entonces Tetis, derramando lágrimas: «¡Hefesto! ¿Hay alguna de cuantas diosas hay en el Olimpo que haya soportado en sus mientes tantas luctuosas penas como los dolores que Zeus Crónica me ha dado a mí sobre todas? De entre las diosas marinas fui yo la subyugada para un hombre, el Eácida Peleo, y tuve que aguantar el lecho de un mortal, a menudo en contra de mi voluntad. Homero, Ilíada, lib. 18, vers. 428.