Mostrando entradas con la etiqueta Gerión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gerión. Mostrar todas las entradas

viernes, mayo 25, 2007

Las Lluvias de Oro

Los poetas a menudo han hablado de las lluvias de oro y algunos autores paganos han tenido la debilidad de relatar como verdad que cayó una lluvia de oro en Rodas, cuando el Sol se acostó con Venus. Se perdonaría esto a los poetas, pero lo que Estrabón nos dice[1] que llovió oro en Rodas cuando Minerva nació de la cabeza de Júpiter, no podría pasárselo. Muchos autores nos aseguran en verdad que en tal o cual tiempo llovieron piedras, fango o algún licor parecido, o insectos. Mucha gente atestigua aún hoy día haber visto llover pequeñas ranas, que caían en abundancia sobre sus sombreros, mezcladas con una lluvia naranja y que habían visto una cantidad tan grande de ellas que la tierra se veía casi totalmente cubierta. Sin entrar en la búsqueda de las causas físicas de tales fenómenos y sin querer contradecirles o aprobarlos, porque no viene al caso en este tratado, yo diría solamente que esto puede ser, pero en cuanto a una lluvia de oro sería conveniente certificarlo, no creo a nadie tan crédulo como para creerlo sin haberlo visto. Es preciso, pues, considerar esta historia como una alegoría.

En efecto, se puede llamar lluvia de oro, a una lluvia que produciría el oro, o a una materia propia para hacerlo, como el pueblo dice tan comúnmente que llueve vino, cuando viene una lluvia en el tiempo en que se desea, ya sea para enternecer la raíz en las viñas o bien para hacerla crecer. Es precisamente lo que llega por la circulación de la materia filosófica en el vaso donde está encerrada. Se disuelve y habiendo subido en vapores hacia lo alto del vaso se condensa y recae en lluvia sobre lo que queda en el fondo. Es por esto que los filósofos han dado algunas veces el nombre de agua de nube a su agua mercurial. Así mismo han llamado Venus a esta parte volátil y Sol a la materia fija. Nada es tan común en sus obras como estos nombres. Nuestra Luna –dice Filaleteo– que hace en nuestra obra la función de hembra, es de la raza de Saturno, es por lo que algunos de nuestros autores la han llamado Venus.
Espagnet ha hablado muchas veces de esta agua mercurial bajo el nombre de Luna y de Venus, y ha expresado perfectamente esta conjunción del Sol y de Venus, cuando dice:[2] La generación de los hijos es el objeto y el fin del legítimo matrimonio. Pero para que los hijos nazcan sanos, robustos y vigorosos es preciso que los dos esposos lo sean también, puesto que una simiente pura y limpia produce una generación que se le parece. Es así como deben ser el Sol y la Luna antes de entrar en el lecho nupcial. Entonces se consumirá el matrimonio y de esta conjunción nacerá un poderoso rey, del que el Sol será el padre y la Luna la madre. También ha dicho[3] que la Luna de los filósofos es su Mercurio y que le han dado muchos nombres,[4] entre otros los de tierra sutil, agua de vida, agua ardiente y permanente, agua de oro y de plata, en fin de Venus Hermafrodita. Sólo este epíteto explica muy claramente de qué naturaleza y substancia está formada esta pretendida diosa y la idea que se le debe unir, puesto que el nombre de Hermafrodita ha sido hecho según parece de Ερμης, Mercurius, y de Αφρός spuma, como si se dijera espuma del mercurio. Es sin duda por esto que la fábula dice Hermafrodita hija de Mercurio y de Venus. Se ha fingido que esta conjunción del Sol con Venus se hizo en Rodas porque la unión del Sol y del Mercurio filosóficos se hace cuando la materia empieza a enrojecer, lo que está indicado por el nombre de esta isla que viene de ρόδον, rosa. La materia fija o el oro filosófico, que tras haber sido volatilizado recae en lluvia, ha tomado, pues, con razón el nombre de lluvia de oro, sin esta lluvia el hijo hermético no se formaría.
Una lluvia parecida se hizo ver cuando Palas nació de la cabeza de Júpiter y esto por la misma razón, pues Júpiter no habría podido acostarse con ella si Vulcano o el fuego filosófico no le hubiera servido de sabia-hembra. Si se considera a Palas en esta ocasión como la diosa de las ciencias y del estudio, se puede decir, en cuanto al arte hermético, que se tendría en vano la teoría mejor razonada y la materia misma del magisterio llamada virgen, hija del mar, o del agua, o de Neptuno y del pantano Tritonis, pues jamás se tendría éxito al hacer la obra si no se empleara la ayuda de Vulcano o fuego filosófico.

En consecuencia algunos poetas han figurado que Palas se resistió vigorosamente a Vulcano, que quería violentarla, y al caer la simiente de éste en tierra, nació un monstruo que fue llamado Erictonio, que tenía figura humana desde la cabeza hasta la cintura y de dragón en toda la parte inferior. Este Erictonio es el resultado de las operaciones de los artistas ignorantes que ponen mano a la obra sin saber los principios y quieren trabajar a pesar de Minerva. Sólo producen monstruos, incluso con la ayuda de Vulcano. El abad Banier pretende[5] que este Erictonio fue realmente un rey de Atenas que sucedió a uno llamado Anfictión, su competidor, por el cual había sido vencido. Este Anfictión había sucedido a Cranao y éste a Cecrops, que vivía, según los intérpretes de los mármoles de Arondel, que son la cronología de Censorin y de Denis de Halicarnaso, 400 años antes de la toma de Troya.
El abad Banier rechaza esta cronología porque no es propia para confirmar su sistema y asegura que estos autores retroceden mucho la llegada de Cecrops a Grecia. Determina, pues, esta llegada en 330 años antes de la guerra de Troya.[6] Pero este mitólogo ha olvidado su propio cálculo algunas páginas después, donde hablando de la llegada de Deucalion a Tesalia, fija la época en el noveno año del reinado de Cecrops, es decir –dice nuestro autor–[7] hacia el año 215 o 220 antes de la guerra de Troya. Lo que produce un error de 110 años al menos en su misma cronología. Pero aún cuando esto pasara ¿se creería su palabra, cuando dice[8] que Erictonio había pasado por ser hijo de Minerva y de Vulcano porque había sido expuesto en un templo que les había sido consagrado? ¿Una tal exposición podría proporcionar materia a la fábula que da a Erictonio un origen totalmente infame? En esta ficción no hay ninguna circunstancia que tenga la menor relación con esta exposición. La misma continuación de la fábula, que dice que Minerva viendo a este niño con las piernas de serpiente, encargó su cuidado a Aglaura, hija de Cecrops quien, en contra de la prohibición de Minerva, tuvo la curiosidad de mirar en la canastilla donde estaba encerrado y fue castigada mediante una pasión de celos contra su hermana, de la que Mercurio era amante. Y que habiendo querido un día impedir que este dios entrara en la cámara donde su hermana Hersé estaba, la golpeó con su caduceo y la convirtió en roca. Esta continuación de la ficción muestra bien claro que es una pura fábula y que sólo se puede explicar alegóricamente. 

 No se puede suponer que Palas, Vulcano, Mercurio y las hijas de Cecrops hayan vivido juntos, aunque se consideraran a unos y otros como personas reales, creo que no se me exigirá que de prueba de ello. Pero si se pone atención a la relación que esta fábula puede tener con el arte hermético, se encontrará primeramente a dos dioses y una diosa que le pertenecen de tal manera que son absolutamente necesarios, saber la ciencia de este arte y la prudencia para conducir el régimen del fuego y de las operaciones; en segundo lugar, el fuego filosófico o Vulcano, seguidamente el Mercurio de los sabios. Si el artista anima y empuja mucho este fuego, es Vulcano que va a violentar a Palas, a la que los filósofos a menudo han tomado por la materia. A pesar de la resistencia de esta virgen, Vulcano actúa siempre, abre la materia de los filósofos y la disuelve. Esta disolución sólo puede hacerse por esta especie de combate entre la materia filosófica, llamada virgen, como lo hemos probado más de una vez, y el fuego. Pero ¿qué resulta de ello? Un monstruo que se llama Erictonio, porque este mismo nombre designa la cosa, es decir, la disputa y la tierra.
No sorprenderá que éste sea un monstruo cuando se le relacione con los otros de la fábula, Cerbero, la Hidra de Lerna, los diferentes dragones que se mencionan en las otras fábulas y que significan la misma cosa que Erictonio, es decir, la disolución y la putrefacción, que se dice con razón hijo de Vulcano y de la tierra, puesto que esta putrefacción es la de la misma tierra filosófica y un efecto de Vulcano o del fuego de los sabios. Es pues la simiente de Vulcano que produce a Erictonio. Y si se dice que Aglaura fue encargada por Minerva de su cuidado, sin que le fuera permitido mirar lo que la cestilla contenía, se entiende bien que una tal condición que volvió la cosa imposible, sólo puede haber sido inventada en vistas de una alegoría, así mismo como su transformación en roca. Es, en efecto, una manera de aludir al progreso de la obra hermética. Aglaura significa gloria, esplendor y los filósofos llaman con este nombre a su materia llegada al blanco a medida que desaparece la negrura; este intervalo entre el blanco y el negro es el tiempo de la educación de Erictonio. Y si Mercurio la transformó en roca es que la misma materia se coagula y se vuelve piedra cuando llega a este estado de blancura resplandeciente de la que acabamos de hablar; es por lo que los filósofos la llaman entonces su piedra al blanco, su Luna, etc. Al ser el Mercurio el agente principal, produce esta metamorfosis. Se supone a este dios amante de Hersé, hermana de Aglaura, porque Ερση significa el rocío y el Mercurio filosófico circula entonces en el vaso y recae como un rocío.
De una tercera lluvia de oro nació un héroe, pero un héroe más famoso que Erictonio. Danae fue encerrada en una torre de bronce por su padre Acrises, porque había aprendido del oráculo que el hijo que naciera de su hija lo privaría de la corona y de la vida y no quería oír ninguna proposición de matrimonio para ella. Júpiter fue preso de amor por esta bella prisionera. La torre estaba bien cerrada y bien guardada, pero el amor es ingenioso. Júpiter, acostumbrado a las metamorfosis, se transformó en lluvia de oro y se deslizó por este medio en el seno de Danae, que de esta visita concibió a Perseo. Perseo concebido en Danae de una lluvia de oro. (Ovidio, Metamorfosis, lib. 6) Al hacerse grande este hijo de Júpiter, entre otras hazañas, cortó la cabeza de Medusa y se sirvió de ella para petrificar a todo aquel que se la presentaba. De las gotas de sangre que manaron de la herida de Medusa nació Crisaor, padre de Gerión, con tres cuerpos; algunos dicen tres cabezas.
La explicación de esta fábula será muy fácil para quien quiera recordar las que hemos dado de otras lluvias de oro. Se conoce fácilmente que Danae y la torre son la materia y el bronce de los filósofos que ellos llaman cobre, latón o letón; que la lluvia de oro son las gotas de agua de oro o el rocío aurífico que suben en la circulación y recaen sobre la tierra que está en el fondo del vaso. Así mismo se podría decir con los mitólogos que Júpiter es tomado por el aire, pero es preciso entenderlo aquí como el color gris llamado Júpiter, porque la lluvia de oro se manifiesta durante el tiempo que la materia pasa del color negro al gris.
Perseo es el fruto que nació de esta circulación. No veo sobre qué fundamento el abad Banier saca la etimología de Perseo de la palabra hebrea Paras, es verdad que significa caballero y que Perseo montó sobre un caballo. Pero ¿por qué los griegos habrían ido a buscar en la lengua hebraica los nombres que la lengua griega les proporciona abundantemente? De las gotas de sangre de Medusa nació Crisaor y de éste Gerión.
Es como si se dijera que del agua roja de los filósofos, que Pitágoras llama sangre,[9] como también otros adeptos, y Raimon Llull con Ripley vino rojo, nace el oro o el azufre filosófico. Se dice además que Crisaor viene del griego χρυσός aurum. Este oro disuelto en su propia agua roja como la sangre, produce el elixir o Gerión, con tres cuerpos o tres cabezas, porque está compuesto con la combinación exacta de los tres principios azufre, sal y mercurio. Ya explicaré más extensamente esta fábula en el capítulo de Perseo. Podría haber puesto algunas otras en este segundo libro, pero por estas se pueden juzgar las otras. No me he propuesto hacer una mitología entera, es suficiente para probar mi sistema explicar las principales y más antiguas. Además tendré ocasión de pasar revista a un gran número de ellas en el siguiente libro, que tratará de la genealogía de los dioses.

[1] . Estrabón, lib. 14.
[2] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 27.
[3] . Aquel que explica la Luna de los filósofos, o el Mercurio de los filósofos como si fuera mercurio vulgar, o bien engaña conscientemente a otro, o bien se engaña a sí mismo. Espagnet, can. 44.
[4] . Al Mercurio de los filósofos se le llama con diferentes nombres; tan pronto se le llama tierra, como se le llama agua, por diversos motivos y sobre todo porque está compuesto naturalmente de una y otra. Esta tierra es sutil, blanca, sulfurosa, los elementos están fijos en ella y el Oro filosófico está allí en estado de simiente, mientras que el agua es un agua de vida, es decir, ardiente, permanente, extremadamente límpida, a la que también se llama agua del oro y de la plata. El Mercurio del que tratamos aquí, que todavía contiene su azufre, que se multiplica por medio del Arte, también puede ser llamado Azufre de plata viva. En fin, esta sustancia tan preciosa es la Venus de los antiguos y el Hermafrodita, dotado de los dos sexos. Espagnet, can. 46.
[5] . Banier, t. 3, p. 39.
[6] . Banier, ibid. p. 37.
[7] . Banier, ibid. p. 42.
[8] . Banier, ibid. p. 40.
[9] . Y de las cuatro partes se eleva el bronce, la herrumbre, el hierro, azafrán, oro, sangre y adormidera. Y la Turba: sabed que nuestra obra tiene muchos nombres: hierro, bronce, plata rojo sangre y rojo muy altanero, etc. La Turba.

sábado, abril 07, 2007

El Buey Apis (3)



La segunda razón es que el secreto del arte sacerdotal que era de una naturaleza no comunicable sin haber probado la discreción y la prudencia de aquellos a quienes se proponían iniciar, los jóvenes sacerdotes que allí se disponían para las instrucciones, tenían siempre estos jeroglíficos ante los ojos, sentían despertar su curiosidad y se encontraban animados por su presencia en la búsqueda de lo que ellos podían significar. Pasaban un noviciado de siete años en recibir estas instrucciones y en ejercer sobre lo que estos animales representaban, a fin de saber perfectamente la teoría antes que darse a la práctica.
Es preciso también tener en consideración lo poco que se quería instruir en el fondo del misterio y el hecho de emplear explicaciones figuradas pero con un aire de verosimilitud, que pudiera al menos impedir suponer el verdadero fondo de la cosa. Sin esta destreza los sacerdotes no habrían podido guardar tranquilamente un secreto que el pueblo habría conocido totalmente. Las ideas de la religión que este pueblo acomodó también se volvían un freno para su curiosidad. El fuego mantenido perpetuamente en el templo de Vulcano podía haber irritado a este pueblo, pero las simuladas explicaciones y las fábulas alegóricas que se declamaban a este respecto, impedían poner atención a su verdadero objeto.
La materia del arte filosófico era pues, designada por Osiris e Isis, cuyo símbolo jeroglífico era el toro, en el cual los egipcios decían que las almas de estos dioses habían pasado tras su muerte, lo que hizo que le dieran el nombre de Serapis y los llevaba a rendirle los mismos honores que a Osiris e Isis. Diremos dos palabras de esto después.
Los griegos, instruidos por los egipcios, representaban también a la materia filosófica por uno o más toros, como se ve en la fábula del Minotauro encerrado en el laberinto de Creta, vencido por Teseo con la ayuda del hilo de Ariadna; por los bueyes que Hércules robó a Gerión; los de Augias; por los bueyes del Sol que pasaron a Trinacria; los que Mercurio robó; por los toros que Jasón se vio obligado a poner bajo el yugo para llegar a conseguir el Toisón de oro y también otros como se puede ver en las fábulas. Todos estos bueyes no eran negros y blancos como debía de ser Apis, puesto que los de Gerión eran rojos; pero es preciso observar que el color negro y el blanco que le sucede en las operaciones de la obra no son los dos únicos que sobrevienen a la materia, el color rojo viene también tras el blanco y los que han inventado estas fábulas han tenido en cuenta estas diferentes circunstancias. Las velas del barco de Teseo eran negras, después de que hubo vencido al Minotauro y las del barco de Ulises lo eran también, cuando partió para llevar a Criseis a su padre, pero las puso blancas para su retorno, porque las dos circunstancias eran bien diferentes, como veremos en sus historias.
Apis debía ser un toro joven, sano, animoso; es por los que los filósofos dicen que es preciso escoger la materia fresca, nueva y en todo su vigor; no la toméis si no es fresca y cruda, dice Haimon.[1] Se mantenía a Apis durante unos cuatro años y su alojamiento estaba en el templo de Vulcano. Pasado este tiempo se le hacía ahogar en la fuente de los sacerdotes y se buscaba uno parecido para sucederle, y es que siendo finalizada la primera obra en el horno filosófico es preciso empezar la segunda, parecida a la primera, según el testimonio de Morien.[2]
El horno secreto de los filósofos es el de Vulcano, donde se mantiene un fuego
perpetuamente encendido, para indicar que el fuego filosófico también de estar conservado sin interrupción, es por lo que han dado a su horno secreto el nombre de atanor. Se dice que Vulcano significa el fuego. Si este fuego se extinguiera un instante y la materia sintiera el menor frío, Filaleteo, Ramón Llull, Arnaldo de Vilanova y todos los filósofos aseguran que la obra estaría perdida. Ellos aportan respecto a esto el ejemplo de la gallina que incuba, si los huevos se enfrían un instante solamente, el pollito perecería.
Las cuatro estaciones de los filósofos y los cuatro colores principales que deben aparecer en cada obra, están indicados por los cuatro años de mantenimiento de Apis, estos cuatro años, tomados en el sentido natural, significan también alguna cosa, pero cuando los filósofos hablan del tiempo que dura cada disposición, por utilizar el término que utiliza Morien, hablan tan misteriosamente como del resto y no quieren declarar por qué se ahoga el toro en el quinto año. Daremos algunos esclarecimientos al respecto cuando tratemos de las fiestas y juegos de los antiguos, en el cuarto libro de esta obra.
 Así como el toro era símbolo del caos filosófico, los otros animales significaban las diferentes cualidades de la materia, como su fijeza, su volatilidad, su ponticidad, su virtud resolutiva, voraz, sus variados colores, según los diferentes progresos de la obra, y sus propiedades relativas a los elementos y a la naturaleza de estos animales. El pueblo al haberlos visto esculpidos o pintados junto a Osiris, a Apis, a Isis, a Tifón, a Horus, etc., empezaron primero por tener un cierto respeto por ellos, relativo a los pretendidos dioses cerca de los cuales los veían. Este respeto se fortificó poco a poco, la superstición se metió en parte y se creyó que merecían un culto particular, así como Apis tenía el suyo. No se vio dificultad y no se encontró extravagante el adorar un carnero, así como el rendir culto a un buey, el león valía tanto como el carnero, al que se le concedió el suyo y así los otros, según cómo el pueblo fuera afectado por ello. Las supersticiones se incuban a la chita callando, y enraízan hasta el punto de que es casi imposible destruirlas.


Los sacerdotes a menudo sólo eran instruidos cuando el remedio fuera capaz de agriar el mal. El progreso va siempre a su paso, se fortifica cada vez más. Los sucesores de Hermes bien podían desengañar al pueblo de Egipto de estos errores, y lo hacían sin duda, tenemos una prueba de ello en la respuesta que el gran sacerdote dio a Alejandro, en las instrucciones que dieron a los griegos y las otras naciones que tomaron lecciones en Egipto, pero era preciso para estos sacerdotes la circunspección y la prudencia, desengañando al pueblo corrían el riesgo de desvelar su secreto. Si por ejemplo, explicando la expedición de Osiris, hubieran dicho que no se debía de entender una expedición real y que las pretendidas enseñanzas que se dio a las diferentes naciones sobre la manera de cultivar las tierras, de sembrarlas y en recoger los frutos, debían de entenderse del cultivo de un campo bien diferente que el de las tierras comunes ¿se les habría preguntado cuál era este campo? ¿Habrían dicho, sin violar su juramento, que este campo era la tierra foliada de los filósofos[3] donde todos los adeptos dicen que es preciso encerrar el oro? Basilio Valentín ha hecho de ello el emblema de su octava llave. Seguidamente hubieran estado en la necesidad de decir lo que entendían por esta tierra foliada. Es en el mismo sentido que los griegos hablaban de Ceres, de Triptolemo, de Denis, etc.
Este error del pueblo, respecto a los animales, lo condujo insensiblemente a estos ridículos cultos que se reprocha a los egipcios. La ignorancia hizo tomar el símbolo por la realidad, así de superstición en superstición, de error en error, el mal se acrecentó siempre e infectó a casi todo el mundo, cada ciudad encontró ocasión de elegirse un dios según su fantasía y tomó su nombre como el de su dios, bajo la forma de este animal había estado el fundador.
Se ve entonces a Bubaste, así llamado por el buey, Leontópolis por el león, Licópolis del lobo, etc.[4] hablando del culto que los egipcios rindieron a los animales, dice que Saites y los tebanos adoraban particularmente al buey, los latopolitanos al latus, pez del Nilo, los licopolitanos al lobo, los hermopolitanos al cinocéfalo, los babilonios a la ballena. Los de Tebas también adoraban al águila, los mendesienses al macho cabrío y la cabra, los atribitos a la rata y la araña. Sólo hablaremos de algunos como el perro, el lobo, el gato, el macho cabrío, el ichneumón, el cinocéfalo, el cocodrilo, el águila, el gavilán y el ibis, se podrá juzgar a los otros mediante éstos.
Estrabón

[1] . Haimon, Epístolas.
[2] . Morien, Conversación con el Rey Calid.
[3] . Michael Maier, Atalanta Fugiens, emblema 6.
[4] . Estrabón, Geórgicas. Lib. 17.