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domingo, agosto 12, 2007

(Artículo del traductor) Midas o la transmutación en oro


Como habíamos dicho ponemos en relación el texto de Pernety,(1) objeto de este blog, con autores contemporáneos, en este caso Emmanuel d’Hooghvorst desde su obra El Hilo de Penélope,(2) con el fin de contrastar y verificar la unanimidad de la tradición mito-hermética en todos los tiempos. Para ello partiremos desde el concentrado resumen de la historia, propiamente dicha, de este Rey Midas, que nos presenta E. d’Hoogvorst (EH):(3) Según la leyenda, era rey de Frigia y famoso por sus inmensas riquezas. Había tratado favorablemente a Sileno, compañero y preceptor de Dioniso. En reconocimiento, el dios prometió concederle todo cuanto pidiera. Midas tuvo la locura de desear ver transformarse en oro todo lo que tocara. Habiendo sido concedido este deseo, todo cuanto tocaba se volvía oro, incluso el alimento y la bebida. Rogó pues al dios que le retirara ese don. Dioniso le ordenó ir donde nace el Pactolo(4) en la cima del monte Tmolo y bañarse en él. Midas perdió así aquel don fatal y el Pactolo empezó a manar oro en sus aguas. Un día, cuando los dioses Pan y Apolo competían, uno con la flauta y el otro con la lira, tomaron a Midas como árbitro, y éste decidió a favor de Pan. Entonces Apolo cambió las orejas de Midas en oreas de asno, que dicho rey escondía bajo un gorro frigio, pero su barbero lo descubrió. Mantener ese secreto le resultaba pesado, pues no podía comunicarlo a nadie; por ello, terminó cavando un hoyo en la tierra al que confió que «el rey Midas tiene orejas de asno». En aquel lugar mismo crecieron cañas que repetían, cuando el viento las agitaba: «El rey Midas tiene orejas de asno». Los antiguos filósofos escondían los secretos más profundos de su saber bajo la ficción de historias poéticas y divertidas. Enseñaban sin profanar y sí transmitían bajo una forma mitológica la memoria de su tradición a la muchedumbre de los avaros e ignorantes. Efectivamente, vemos en este relato un tratado completo de la química cabalística tan acechada y tan poco experimentada. Pernety explica al respecto: Cuando sucede lo que pasa en la obra hermética, cuando se trabaja en el elixir, la fábula de Midas lo representa como en un espejo.(5) Puede recordarse que cuando el Osiris, Denis o Baco de los filósofos se forma se hace una tierra. Esta tierra es como cuando se figura a Baco visitando Frigia, a causa de su virtud ígnea, ardiente y seca, porque φριγια quiere decir tierra tórrida y árida. Se supone que Midas reina allí pero para indicar claramente lo que se debe de entender por este pretendido rey se dice que es hijo de Cibeles o de la Tierra, la misma que es considerada como madre de los dioses filósofo-herméticos. Así Baco, acompañado de sus bacantes y de sus sátiros, de los que Sileno era el jefe y sátiro mismo, deja Tracia para ir hacia el Pactolo que desciende del monte Tmolo, es como si se le dijera el Baco filosófico, donde el azufre tras haber sido disuelto y volatilizado, tiene tendencia a la coagulación, puesto que Θρήκη, Tracia, viene de τέ, correr, o de Θρέω, clamar, gritar tumultuosamente, lo que designa siempre una agitación violenta, como la de la materia fija cuando se volatiliza después de su disolución. Casi no se puede expresar mejor la coagulación que mediante el nombre de Pactolo que viene naturalmente de πακτις, πακτόω, compactus, compingo, juntar, ligar, reunir al uno con el otro. Por esta reunión se forma esta tierra frigia o ígnea y árida, en la que reina Midas. Lo que entonces era volátil es contenido por el fijo o esta tierra. Es Sileno sobre el territorio de Midas. La fuente donde cerca de ella reposa este sátiro es el agua mercurial. Se figura que Midas había puesto allí el vino que Sileno bebió en exceso porque esta agua mercurial, que el Trevisano llama también fuente,(6) y Raimón Llull vino,(7) se vuelve roja a medida que esta tierra se hace más fija. El sueño de Sileno señala el reposo de la parte volátil y las guirnaldas de flores con las que se le ciñó para llevarlo a Midas son los diferentes colores por locuaces pasa la materia antes de llegar a la fijación. Las orgías que celebraron juntos antes de reunirse con Baco son los últimos días que preceden a la perfecta fijación, puesto que ella misma es el término de la obra. Así mismo se puede creer que se ha querido expresar este término mediante el nombre de Denis dado a Baco puesto que puede venir de Διός, y de νίσσα, meta, el dios que es el fin o el término. Los poetas hacen admirables descripciones del Pactolo; cuando quieren describir una región afortunada la comparan al país que riega el Pactolo, en las aguas del cual Midas depositó el funesto don que le había sido comunicado. Creso sin el Pactolo sólo hubiera sido un monarca limitado en su poder e incapaz de excitar los celos de Ciro. Baco está encantado de volver a ver a su padre protector y recompensa a Midas mediante el poder de convertir en oro todo lo que toca. Este dios sólo podía dar lo que poseía en él mismo, era, pues, un dios aurífico. [...] Midas, al haber conducido a Sileno hasta Baco, es decir, la tierra frigia, al haber fijado una parte del volátil lo vuelve todo fijo, y en consecuencia es la piedra transmutante de los filósofos. Él recibió de Baco el poder de transmutar, lo tenía en cuanto a la plata pero en cuanto al oro sólo podía obtener esta propiedad de Baco, porque este dios es la piedra al rojo, pues sólo ella puede convertir lo metales imperfectos en oro.(8) [...] Es preciso, pues, imitar a Midas y hacer una buena acogida a este Sileno, que los filósofos dicen que es hijo de la Luna y el Sol y que la tierra es su nodriza. [...] Al ser esta materia el principio del oro, se tiene razón al considerar a Sileno como padre protector de un dios aurífico. Así mismo ella es el néctar y la ambrosía de los dioses. Ella es, como Sileno, hija de ninfa y ninfa ella misma, puesto que es agua, pero un agua, dicen los filósofos, que no moja las manos. La tierra seca, árida e ígnea, figurada por midas, bebe esta agua ávidamente y en la mezcla que se hace de las dos surgen diferentes colores. Es la acogida que Midas hace a Sileno y las guirnaldas de flores con las que lo liga. En lugar de darnos a Sileno como un gran filósofo se habría encontrado mejor, entrando así en el espíritu de aquel que ha inventado esta ficción, si se hubiera dicho que Sileno era propio en hacer filósofos, siendo la materia misma sobre la cual razonan y trabajan los filósofos herméticos. [...] Finalmente Midas se deshizo del incómodo poder de cambiarlo todo en oro y se lo comunicó al Pactolo lavándose en sus aguas. Es precisamente lo que sucede en la piedra de los filósofos cuando se trata de multiplicar. Entonces se está obligado a ponerla en el agua mercurial, donde el rey del país, dice el Trevisano, debe bañarse. Allí se desnuda de su ropa y su carne sanguínea y colorada para que se vuelvan como él. Esta agua mercurial es verdaderamente un agua Pactolo, puesto que debe coagularse en parte y volverse oro filosófico. A continuación veamos unos fragmentos de la obra de Emmanuel d’Hooghvorst donde el decir de un filósofo desemboca en la creatividad de una poesía contundente y actual. Ebrio de ese vino dionisíaco y preñado del don del oro, el lenguaje Hooghvorstriano fluye cual Pactolo hasta “las Midas” o tierras fijas y ardientes, deseosas de la transmutadora experiencia. A ti, querido lector, dedico esta selección donde EH dice: El poema empieza (XI, 85) con la llegada del dios Baco,(9)que se dirige a Lidia para visitar los viñedos de su amigo Timolo.(10) Un dios tan amable iba siempre acompañado de un séquito de bailarines y flautistas, sátiros y bacantes, y así había conquistado el mundo entero. Pero Sileno(1) está ausente. Titubeaba bajo el peso de los años y de la embriaguez del vino puro (merum). Baco no puede manifestarse en este mundo sin Sileno, su amigo y preceptor. Efectivamente, no se revela más que por la embriaguez de los bacantes, cuyo prototipo es Sileno. Le llamaban preceptor del joven dios pues él es quien le da la palabra. Tiene la cabeza grávida a causa del vino, su andar es titubeante y viene montado sobre un asno de paso lento. Su cabeza se adorna con dos pequeños cuernos de carnero, pues habla con palabras cornudas que expresan simultáneamente sentido vil y sentido puro. ¡Qué genio sabido en este vino raro que se hace en Sileno grávida faz de un dios que desafía este bajo mundo! Nacido de agrícola química, Sileno se revela en escuela campestre. Se comprende, pues, por qué son unos campesinos frigios quienes lo sorprenden. Tras haberle atado con guirnaldas de flores, es decir con vínculos sutiles, le conducen hasta el rey Midas, iniciado en las orgías báquicas por Orfeo y Eumolpo. Al instante, Midas reconoció en Sileno, al amigo, al compañero del dios que celebraba en los misterios. La llegada de un tal huésped es gozosamente celebrada por Midas durante dos veces cinco días y sus noches consecutivas. Al undécimo día, llega el rey a Lidia y está feliz de devolver Sileno al joven dios que había sido su alumno. Hemos dicho que sin Sileno, el amable dios Baco no podía manifestarse aquí abajo. Devolver Sileno a Baco merecía, pues, una recompensa. El dios, feliz de haber vuelto a encontrar a aquél que le había nutrido en este mundo, otorga a Midas la recompensa que éste pide. Haciendo mal uso de los dones del dios, dijo: «¡Consiente que todo lo que mi cuerpo toque se convierta en oro amarillo!» A disgusto, el dios concede este don, lamentándose de que no haya escogido mejor. Al principio, el rey Midas se marcha contento y todo lo que toca se vuelve oro. Lo ve todo de oro. Pero ¡oh desgracia! incluso el alimento y la bebida se convierten en oro. ¡Qué veneno pudo cegar tanto tiempo a aquel Midas que la sombra de química encantó! ¡Oh! ¡el oro mal leído! ¡Qué necio pensando su oro bestialmente! Oro seco, es sed de condenado para ese Príapo engañado sin dote y sin escuela de Arte. «Esta química no me da sentido ni peso de amor», se lamenta el avaro Midas, hambriento y alterado. Alterado por tan fatal novedad, a la vez rico y miserable, sólo piensa en escapar de esta opulencia y empieza a odiar lo que tanto había imaginado. Su riqueza no puede aliviar su hambre, una sed le reseca y le abrasa la garganta; helo aquí torturado por el oro antes tan deseado y, ahora, odiado. El desdichado Midas se vuelve entonces hacia el dios. Le pide socorro confesando su culpa: «¡Perdóname, dios de los toneles! Hemos pecado», implora levantando al cielo sus manos. Ante la confesión del pecador, el dios se apiada de él. El dios magnánimo perdona, pues, a Midas su avariciosa locura y le ordena ir hacia el río vecino(12) de la gran ciudad de Sardes. Así, el rey se sumerge dócilmente en el manantial y la virtud que tenían de cambiar todo en oro confiere a las aguas del Pactolo un color nuevo; este río tiene reflejos dorados y arrastra en sus raudales oro líquido. «¡Qué húmedo raro no sabido por las ciencias rústicas!», se exclamó entonces Midas. Es el secreto de los bacantes. ¡Qué puro saber donde Midas leyó su musa! La vista de este Pactolo que fluye será su musa al curarle su necedad. He aquí el famoso mercurio de los filósofos. ¡Es el oro mismo de los avaros que no era más que un veneno, pero licuado en savia vivificante! Hastiado ahora por las riquezas, Midas frecuentaba los bosques y los campos, al igual que el dios Pan, que moraba en los antros de las montañas. (XI, 146-147) En lo sucesivo, Midas supo este dios Pan en su gruta profunda donde su musa lo liga en secreto forestal. ¡Oh mágico secreto de las musas que despiertan con sus cantos al desconocido dormido! Midas no oye sino la flauta de Pan, pero no es más que una musa agreste. De modo que Midas seguirá el curso de este Pactolo. Incluso una persona simple no perdería este camino sabido en el Pactolo secreto: no es otra cosa sino cocer ese mercurio en un pote bien cubierto. Tal es la obra sobre la que los filósofos tanto han escrito: sólo es cocer y ese mercurio se hará poco a poco cuerpo sonante de un sol nuevo.(13)


1 . Dom Pernety, Las Fábulas Egipcias y Griegas, ed. La Table d’Emeraude, París 1982, traducidas por un servidor y presentadas en este blog, véase la entrada Mayo, 15, 2007. 2 . Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola Editors, Tarragona 2000, tomo I, p. 125.

3 . Según Ovidio, Metamorfosis, XI, 85-193. 4 . Pactolo: este río fluye del monte Tmolo, cadena montañosa que se extiende en Lidia de este a oeste[...] 5 . Respecto al “espejo” al lector podría interesarle leer el último número de la revista LA PUERTA, ya que está dedicada íntegramente al “espejo”, http://www.lapuertaonline.es/ 6 . El Trevisano, Filosofía de los metales. 7 . Raimón Llull, en casi todas sus obras. 8 . Véase lo que se ha dicho, en ete blog, referente a Sileno en el anterior artículo, el cual lleva su nombre por título. 9 . Baco o el dios del vino. En griego Dionisos (Διόνυσος). [...] Las y los bacantes estaban poseídos por el vino del dios y profetizaban. 10 . Timolo, otro nombre de Tmolo. La montaña está aquí divinizada como amiga de Baco. 11 . Sileno y su embriaguez. Baco no puede manifestarse en este mundo más que por la embriauez de Sileno y de los bacantes.[...] 12 . Se trata del Pactolo. 13 . Te recomiendo encarecidamente, querido lector, la lectura de la continuación de la obra de Emmanuel d’Hooghvorst, donde va más allá que Pernety, pues éste llega a insinuar la tercera parte de la obra y Emmanuel la desarrolla plenamente.

martes, mayo 15, 2007

El Rey Midas



Ovidio[1] nos dice que Apolo creyó que la mejor manera de castigar a Midas sería haciéndole crecer las orejas de asno, para hacer conocer a todo el mundo el poco discernimiento de este rey, que había adjudicado la victoria a Pan sobre este dios de la música.
Según relatan los poetas Midas era un rey de Frigia que Orfeo había iniciado en el secreto de las orgías.
Baco, fue un día a ver aquel país, Sileno su protector se separó de él y estando detenido cerca de una fuente de vino en un jardín de Midas, donde crecían las más bellas rosas del mundo, Sileno se embriagó y se durmió. Midas se apercibió de ello y sabiendo la inquietud en la que la ausencia de Sileno había puesto al hijo de Semele, cogió a Sileno lo envolvió de guirnaldas de flores de todas las especies y tras haberle hecho la acogida más amable que le fue posible lo condujo hasta Baco. Éste estuvo encantado de volver a ver a su padre protector y quiso reconocer este beneficio de Midas, para ello le prometió concederle todo lo que le pidiera. Midas pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro, lo que le fue concedido. Pero una tal propiedad se le volvió onerosa puesto que los manjares que le servían para su alimento se convertían en oro en el momento en que los tocaba hasta el punto que iba a morir de hambre, entonces se dirigió al mismo dios para ser liberado de un poder tan incómodo. Baco consintió y le ordenó para ello ir a lavarse las manos en el Pactolo. Así lo hizo y comunicó a las aguas de este río la virtud fatal de la que se desembarazaba.
Cuando sucede lo que pasa en la obra hermética, cuando se trabaja en el elixir, la fábula de Midas lo representa como en un espejo. Puede recordarse que cuando el Osiris, Denis o Baco de los filósofos se forma, se hace una tierra. Esta tierra es como cuando se finge a Baco visitando Frigia, a causa de su virtud ígnea, ardiente y seca, porque φριγία quiere decir terra tórrida & árida, de φρυγω, torreo, arefacio. Se supone que Midas reina allí, pero para indicar claramente lo que se debe de entender por este pretendido rey se le dice hijo de Cibeles o de la Tierra, la misma que es considerada como madre de los dioses filósofo-herméticos. Así Baco, acompañado de sus bacantes y de sus sátiros, de los que Sileno era el jefe y sátiro él mismo, deja Tracia para ir hacia el Pactolo que desciende del monte Tmolo, es precisamente como si se le dijera el Baco filosófico, donde el azufre tras haber sido disuelto y volatilizado, tiene tendencia a la coagulación, puesto que Θρήκη, Thracia, viene de τέ, curro, correr, o de Θρέω, tumultuando clamo, gritar tumultuosamente, lo que designa siempre una agitación violenta, tal como la de la materia fija cuando se volatiliza después de su disolución.
Casi no se puede expresar mejor la coagulación que mediante el nombre de Pactolo que viene naturalmente de πακτις πακτόω, compactus, compingo, juntar, ligar, reunir al uno con el otro. Por esta reunión se forma esta tierra frigia o ígnea y árida, en la cual reina Midas. Lo que era entonces volátil es contenido por el fijo o esta tierra. Es Sileno sobre el territorio de Midas. La fuente donde, cerca de ella, este sátiro reposa, es el agua mercurial. Se figura que Midas había puesto allí el vino del que Sileno bebió con exceso, porque esta agua mercurial, que el Trevisano llama también fuente,[2] y Raimon Llull[3] vino, se vuelve roja a medida que esta tierra se vuelve más fija. El sueño de Sileno señala el reposo de la parte volátil y las guirnaldas de flores que se le ciñó para llevarlo a Midas son los diferentes colores por los cuales la materia pasa antes de llegar a la fijación. Las orgías que celebraron juntos antes de reunirse con Baco son los últimos días que preceden a la perfecta fijación, puesto que ella misma es el término de la obra. Así mismo se podría creer que se ha querido expresar este término por el nombre de Denis dado a Baco; puesto que puede venir de Διός y de νίσσα, meta, el dios que es el fin o el término.
Los poetas hacen descripciones admirables del Pactolo; cuando quieren describir una región afortunada la comparan al país que riega el Pactolo, en las aguas del cual Midas depositó el funesto don que le había sido comunicado. Creso sin el Pactolo no hubiera sido más que un monarca limitado en su poder e incapaz de excitar los celos de Ciro.
Baco está encantado de volver a ver a su padre protector y recompensa a Midas mediante el poder que le da de convertir en oro todo lo que toca. Este dios sólo podía dar lo que poseía en él mismo, era, pues, un dios aurífico. Esta propiedad debería haber ocasionado a los mitólogos algunas reflexiones, pero como han leído las fábulas con un espíritu lleno de prejuicios por la historia o la moral, no han visto nada. El oro es el objeto de pasión de los avariciosos, se finge que Midas pide a Dioniso el poder de hacer todo lo que quisiera, y se concluye que es un avaro, incluso el más avaro de los hombres.


Pero si se hubiera puesto atención al hecho de que es Dioniso el que hace esta demanda y que este dios se la otorga con plena autoridad, sin recurrir a Júpiter su padre, ni a Plutón dios de las riquezas, se habría pensado naturalmente que Baco era un dios de oro, un príncipe aurífico, que puede transmutar él mismo y comunicar a otros el mismo poder de convertir todo en oro, al menos todo lo que es transmutable. Cuando los poetas nos dicen que todo se volvía oro en las manos de Midas, hasta los alimentos que le servían para alimentarse, se ve bien claro que sólo puede entenderse alegóricamente. También es esto una consecuencia natural de lo que había precedido.
Midas, al haber conducido a Sileno hasta Baco, es decir, la tierra frigia, al haber fijado una parte del volátil lo vuelve todo fijo, y en consecuencia es la piedra transmutante de los filósofos. Él recibió de Baco el poder de transmutar, lo tenía en cuanto a la plata, pero sólo podía obtener esta propiedad de Baco, en cuanto al oro, porque este dios es la piedra al rojo, pues sólo ella puede convertir en oro los metales imperfectos. Ya lo he explicado suficientemente en el primer libro, hablando de Osiris, que todo el mundo conviene en que es el mismo que Dioniso o Baco.

Se puede también recordar que he explicado a los sátiros y las bacantes como las partes volátiles de la materia que circulan en el vaso. Es la razón que ha hecho decir a los inventores de estas ficciones que el mismo Sileno era un sátiro hijo de una ninfa y del agua, y el padre de los otros sátiros, pues parece que no se podía indicar mejor la materia del arte hermético que mediante el retrato que se nos hace del buen hombre Sileno. Su exterior es grosero, pesado, rústico y parece que hecho para ser puesto en ridículo, propio para excitar la risa en los niños, sin embargo ocultaba algo muy excelente, puesto que la idea que se nos ha querido dar de él es la de un filósofo consumado. Es lo mismo de la materia del magisterio, despreciada de todo el mundo, pisada con los pies y así mismo alguna vez sirviendo para jugar a los niños, como dicen los filósofos, ella no tiene nada que atraiga las miradas. Se encuentra por todo como las ninfas, en las cercanías, los campos, los bosques, las montañas, los valles, los jardines, todo el mundo la ve y todo el mundo la desprecia a causa de su vil apariencia, porque es tan común que tanto el pobre como el rico la puede tener sin que nadie se oponga y sin emplear plata para adquirirla. Es preciso, pues, imitar a Midas y hacer una buena acogida a este Sileno, que los filósofos dicen que es hijo de la Luna y del Sol y que la tierra es su nodriza. También σελήνη significa Luna, y muy bien se podría haber hecho Sileno de Selene, cambiando la primera e en i, como se hace en lira de λΰρος, plico de πλίκυ, aries de Αριος y cientos de otras palabras parecidas.[4] Así mismo los jonios cambiaban bastante a menudo la ε en ι y decían έπεςιος por ίφίςιος domesticus familiaris; no habría, pues, nada de sorprendente en que se hubiera hecho este cambio para el nombre de Sileno.
Al ser esta materia el principio del oro, se tiene razón al considerar a Sileno como el padre protector de un dios aurífico.
Así mismo ella es el néctar y la ambrosía de los dioses. Ella es, como Sileno, hija de ninfa y ninfa ella misma, puesto que es agua, pero un agua, dicen los filósofos, que no moja las manos. La tierra seca, árida e ígnea, figurada por Midas, bebe esta agua ávidamente, y en la mezcla que se hace de las dos surgen diferentes colores. Es la acogida que Midas hace a Sileno y las guirnaldas de flores con las que lo liga. En lugar de darnos a Sileno como un gran filósofo se habría encontrado mejor, entrando así en el espíritu de aquel que ha inventado esta ficción, si se hubiera dicho que Sileno era propio en hacer filósofos, siendo la materia misma sobre la cual razonan y trabajan los filósofos herméticos.
Y si Virgilio[5] le hace razonar sobre los principios del mundo, su formación y la de los seres que la componen, es sin duda porque, si se cree a los discípulos de Hermes, esta materia es la misma de la que todo está hecho en el mundo. Es un resto de esta masa primera e informe, que fue el principio de todo.[6] Es el más precioso don de la naturaleza y un compendio de la quinta esencia celeste. Elien[7] decía en consecuencia, que aunque Sileno no estuvo entre el número de los dioses, era sin embargo de una naturaleza superior a la del hombre. Es decir francamente, que debería de considerársele como un ser también imaginario como los dioses de la fábula y como las ninfas de las que Hesíodo[8] dice que han salido todos los sátiros.
Finalmente Midas se deshizo del incómodo poder de cambiarlo todo en oro y se lo comunicó al Pactolo lavándose en sus aguas. Es precisamente lo que sucede en la piedra de los filósofos cuando se trata de multiplicar. Entonces se está obligado a ponerla en el agua mercurial, donde el rey del país, dice el Trevisano,[9] debe de bañarse. Allí se desnuda de su ropa de tela de oro fino. Y esta fuente da seguidamente a sus hermanos esta ropa y su carne sanguínea y colorada, para que se vuelvan como él. Esta agua mercurial es verdaderamente un agua Pactolo, puesto que debe de coagularse en parte y volverse oro filosófico.

[1] . Ovidio, Metamorfosis, lib. 2, fábula 4.
[2] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[3] . Raimon Llull, En casi todas sus obras.
[4] . Vosius Etimología.
[5] . Virgilio, Églogas, 6.
[6] . Nos queda un ejemplar de esta masa confusa, o de la materia primera, en esa agua seca que no moja y que se encuentra en las grutas subterráneas e incluso en la orilla de los lagos; impregna todas las cosas con una simiente abundante y se volatiliza al menor calor; si supiéramos extraer de ella los elementos intrínsecos cuando se halla estrechamente unida a su macho y separarlos mediante el Arte y, después, reunirlos directamente, entonces podríamos jactarnos de haber descubierto un arcano preciosísimo de la Naturaleza y del Arte, e incluso, un resumen de la esencia celeste. Espagnet, Ench. Phys. Restit. can. 49.
[7] . Elien, Variar. Hist. Lib. 3, cap. 12.
[8] . Hesíodo, Teogonía.
[9] . El Trevisano, Filosofía de los Metales, 4ª parte.

lunes, abril 02, 2007

Reyes de Egipto y Monumentos (1)

La historia no nos enseña sobre los primeros reyes de Egipto, nada de más cierto que sobre los de Grecia y los de las otras naciones. La realeza no era hereditaria entre los egipcios, según Diodoro. Elegían a sus reyes entre los que se volvían más recomendables, ya sea por la invención de algunas artes útiles o bien por los beneficios otorgados al pueblo. El primero en este género, si queremos creer a los árabes, fue Hanuch, el mismo que Henoch hijo de Jared, que fue nombrado también Idris o Idaris y que Kircher dice[1] que era el mismo que Osiris, según el testimonio de Abenefi y de
algunos otros árabes. Pero sin ponernos a discutir si estos árabes y Manetón 1º o el sibenita dicen la verdad respecto a lo que ha precedido al diluvio, esta remarcable época es la que debemos fechar. Muchos autores están persuadidos de que Manetón, que era sacerdote de Egipto, había formado sus dinastías y escrito otras muchas cosas conforme a las fábulas que habían sido inventadas y divulgadas mucho tiempo antes que él. Este pensamiento está tanto o mejor fundado que las fábulas que contenían la historia de la pretendida sucesión de los reyes del país, para ocultar su verdadero objeto, del que los sacerdotes hicieron un misterio y un secreto que les estaba prohibido revelar bajo pena de muerte. Manetón como sacerdote fue, pues, obligado a escribir conforme a lo que se contaba al pueblo. Pero el secreto al cual se debía, no le obligaba a desfigurar lo que había de verdad en la historia y es lo que ha hecho que se pudiera conservar al menos en parte.
La discusión de la sucesión de los reyes de Egipto me llevaría a una disertación que no entra en el plan que me he propuesto. Dejo este asunto a aquellos que quieran emprender la historia de aquel país. Es suficiente, para cumplir mi objetivo, aportar los reyes que los autores citan y que dejaron los monumentos que prueban que el arte sacerdotal o hermético era conocido y estaba en vigor en Egipto.
El primero que se estableció tras el diluvio fue Cam, hijo de Noé, que según Abenefi[2] fue llamado Zoroastro y Osiris, es decir, fuego resplandeciente en toda la naturaleza. A Cam le sucedió Mesraim. La crónica de Alejandro[3] da a éste el sobrenombre de Zoroastro y Opmecro lo llama Osiris. El retrato que los autores hacen de Cam y Mesraim o Mitsraim es el de un príncipe idólatra, sacrílego, dado a toda clase de vicios y libertinajes y no puede convenir a Osiris, que estaba ocupado en restablecer el verdadero culto de Dios en vigor, en hacer florecer la religión y las artes y en hacer a sus pueblos dichosos bajo la conducta prudente, sabia y religiosa del incomparable Hermes Trismegisto. Sólo este contraste debería hacer abandonar la opinión de los que sostienen que Cam o Mitsraim, su hijo, eran los mismos que Osiris. Es más natural pensar que el pretendido Zoroastro u Osiris, que significan fuego oculto o fuego extendido en todo el Universo, no fue jamás de otro reino que el del imperio de la naturaleza, que considerar este nombre como sobrenombre de un hombre hecho rey.
La crónica de Alejandría hizo a Mercurio sucesor de Mitsraim y dice que reinó 35 años, añade que dejó Italia para volverse a Egipto donde filosofaba bajo un hábito trenzado en oro, que enseñó allí una infinidad de cosas, que los egipcios lo proclamaron dios y lo llamaron el dios de oro, a causa de las grandes riquezas que les procuró. Plutarco[4] da a Mercurio 38 años de reinado. Sin duda este es el mismo Mercurio que, según Diodoro, fue dado por consejero a Isis.
Pero si las cosas son así ¿dónde se emplazará el reino de los dioses? Si Vulcano, el Sol, Júpiter, Saturno, etc., han sido reyes de Egipto y que cada uno no reinó menos de doscientos años, como hemos dicho anteriormente, no es posible conciliar todo esto, cuando se dijo así mismo que estos nombres de dios no eran más que sobrenombres dados a verdaderos reyes. La cosa se volverá aún menos verosímil si se quiere referir a la crónica de Alejandría que da a Vulcano como sucesor de Mercurio y al Sol sucesor de Vulcano. Tras el Sol pone a Sosin o Sotin o Sochin. Tras Sosin a Osiris, después a Horus, seguidamente a Thulen que pudo ser el mismo que Eusebio llama Thuois y Herodoto Thonis. Diodoro trastorna todo el pretendido orden de esta sucesión, y la confusión que nace de ello forma un laberinto de dificultades imposibles de apartar. Pero, en fin, es preciso atenernos a alguna cosa, es por lo que diremos con Herodoto y Diodoro[5] que el primer rey que reinó en Egipto después de los dioses, fue un hombre llamado Menas o Menes que enseñó a los pueblos el culto de los dioses y las ceremonias que debían observar. Así empezó, pues, el reino de los hombres en Egipto, que duró, según algunos, hasta la 180 olimpiada, tiempo en el cual Diodoro fue a Egipto donde reinaba Ptolemeo IX, de sobrenombre Denis.

Menas dio a los egipcios leyes por escrito, que decía haber promulgado por orden de Mercurio, como principio y causa de su dicha. Se ve que Mercurio se encuentra por todo, ya sea durante el reinado de los dioses que los autores hacen durar un poco menos de ocho mil años y cuyo último rey fue Horus, o bien durante el reinado de los hombres, que empezó con Menas, de lo que se debe concluir, en contra del pensamiento de Kircher,[6] que este Menas no puede ser el mismo que Mitra y Osiris, puesto que este último fue el padre de Horus. Pero sigamos a Diodoro. La raza de Menas dio 52 reyes en el año 1040. Busiris fue elegido seguidamente y ocho de sus descendientes le sucedieron. El último de los ocho se llamó también Busiris, hizo construir la ciudad de Tebas o la ciudad del Sol. Tenía ciento cuarenta estadios de circuito, Estrabón le da ochenta de largo, tenía cien puertas, doscientos hombres pasaban por cada una de ellas con sus carros y sus caballos.[7] Todos los edificios eran soberbios y de una magnificencia inimaginable. Los sucesores de este Busiris se hicieron la gloria de contribuir al adorno de esta ciudad. Decoraron los templos, las estatuas de oro, de plata, de marfil de una colosal grandeza. Hicieron levantar obeliscos de una sola piedra y, en fin, la volvieron superior a todas las ciudades del mundo. Estos son los propios términos de Diodoro de Sicilia, que está de acuerdo en esto con Estrabón.
Esta ciudad, que se volvió célebre en todo el mundo y de la que los griegos, al no saber nada de ella durante largo tiempo, y sólo de oídas, no pudieron hablar de ella sino de una manera muy sospechosa, fue construida en honor de Orus o Apolo, el mismo que el Sol, último de los dioses que fueron reyes en Egipto, y no en honor del astro que lleva este nombre, así como los monumentos que dan testimonio de ello. Una ciudad tan opulenta, tan llena de oro y de plata, aportados a Egipto por Mercurio, que como hemos dicho según los autores, enseñó a los egipcios la manera de hacerlo, ¿no es ello una prueba convincente de la ciencia de los egipcios, en cuanto a la filosofía o el arte hermético? Había en esta misma ciudad –continúa Diodoro– cuarenta y siete mausoleos de reyes, de los cuales diecisiete subsistieron aún en el tiempo de Ptolomeo Lago. Después de los incendios acaecidos en el tiempo de Cambises, que transportó el oro y la plata a Persia, se encontraron aún allí trescientos talentos pesados de oro y dos mil trescientos de plata.
Busiris, fundador de esta ciudad, era hijo de rey, en consecuencia filósofo instruido en el arte sacerdotal, era así mismo sacerdote de Vulcano. La entrada estaba prohibida a los extranjeros. Esto fue sin duda una de las razones que obligaron a los griegos a desacreditar tan fuertemente a este Busiris, el mismo del que se hace mención en los trabajos de Hércules. ¿Pero de qué no es capaz la envidia y los celos? Los griegos sólo podían intentar correr tras estas riquezas pero sólo las vieron en perspectiva.

[1] . Kircher, Edip. Egipt. t. 1, p. 66 y ss.
[2] . Kircher, op. cit. p. 85.
[3] . Alejandro, lib. 1.
[4] . Plutarco, Isis y Osiris.
[5] . Diodoro de Sicilia, lib. 1, p. 2, cap. 1.
[6] . Kircher, Edip. t. 1, p. 93.
[7] . Ni cuanto ingresa en Orcómeno, ni cuanto afluye a Tebas egipcia, en cuyas casas es donde más riquezas hay atesoradas, ciudad que tiene cien puertas y por cada una doscientos hombres van y vienen con caballos y con carros. Homero, Ilíada, IX, 381.

martes, marzo 06, 2007

Los Dioses Egipcios (2)


No solamente las cosas, sino sus virtudes y propiedades físicas se volvieron dioses en el espíritu del pueblo, a medida que se esforzaba en demostrar su excelencia. San Agustín,[1] Lactancio, Eusebio y otros muchos autores cristianos y paganos nos lo dicen en diferentes lugares; Cicerón,[2] Denis de Halicarnaso,[3] piensan que la variedad y la multitud de los dioses del paganismo nacieron de las observaciones que habían hecho los sabios sobre las propiedades del Cielo, las esencias de los elementos, las influencias de los astros, las virtudes de los mixtos, etc. Imaginaron que no había una planta, un animal, un metal o una piedra especificada sobre la tierra, que no tuviera su estrella, o su genio dominante. Además, los dioses de los que hemos hablado anteriormente, que Herodoto[4] llama los grandes dioses, y que los egipcios consideraron como celestes, según Diodoro: tenían aún, –dice este autor–[5] genios, que han sido hombres, pero que, según su vida, han sobresalido en sabiduría y se han vuelto recomendables por sus beneficios hacia la humanidad. Algunos de entre ellos, dicen, han sido sus reyes y se llamaron como los dioses celestes, otros tenían los nombres que les eran propios. El Sol, Saturno, Rea, Júpiter, llamado Ammon, Juno, Vulcano, Vesta, y finalmente Mercurio. El primero se llamó Sol, lo mismo que el astro que nos ilumina. Pero muchos de sus sacerdotes sostenían que era Vulcano, el inventor del fuego, y que esta invención había obligado a los egipcios a hacerlo su rey. El mismo autor añade que tras Vulcano reinó Saturno, que desposó a su hermana Rea, que fue padre de Osiris, de Isis, de Júpiter y de Juno, que estos últimos obtuvieron el imperio del mundo por su  prudencia y su valor. Júpiter y Juno, si creemos a Plutarco,[6] engendraron a cinco dioses, siguiendo los cinco días intercalados de los egipcios, a saber, Osiris, Isis, Tifón, Apolo y Venus. A Osiris se le llamó también Denis y a Isis Ceres. Casi todos los autores convienen en que Osiris era hermano y marido de Isis, así como Júpiter era hermano y marido de Juno, pero Lactancio y Minucio Félix dicen que era hijo de Isis, Eusebio lo llama su marido, su hermano y su hijo.

Si es difícil conciliar todas esta cualidades y todos estos títulos en una misma persona, no lo es menos de explicar cómo, según los egipcios, es que Osiris e Isis contrajeron matrimonio en el vientre de su madre y que Isis salió en cinta de Arueris,[7] o el antiguo Horus, que ha pasado por ser su hijo. De cualquier manera que se pueda interpretar esta ficción, parecerá siempre extravagante a todo hombre que la vea con los ojos de los mitólogos, que querrán explicarlo históricamente, políticamente o moralmente, pero no puede convenir a ninguno de estos sistemas, en cambio el de la filosofía hermética la explica muy claramente, como veremos seguidamente.
Los egipcios, según Plutarco, contaban muchas otras historias que están marcadas por el mismo extremo de oscuridad y de puerilidad; que Rea, tras haber conocido a Saturno a escondidas, tuvo a continuación un asunto con el Sol, después con Mercurio, y que ella puso en el mundo a Osiris, que oyó en el momento de su nacimiento[8] una voz que decía: El Señor de todo ha nacido. Al día siguiente nació Arueris, o Apolo, u Horus el antiguo. El tercer día, Tifón, que no vino al mundo por las vías ordinarias, sino por un lado de su madre arrancado violentamente. Isis apareció la cuarta y Nephté la quinta.
Sea como sea, de todas estas fábulas Herodoto nos enseña que Isis y Osiris eran los dioses más los países, en lugar de muchos otros que sólo lo eran en los nomes particulares.[9] Lo que pone mucho embrollo y oscuridad sobre su historia, es que en los tiempos posteriores a aquellos que imaginaron estos dioses, y lo que se les atribuye, por parte de los eruditos, pero poco instruidos en las intenciones y las ideas de Mercurio Trismegisto, consideraron estos dioses como personas que habían gobernado en otro tiempo en Egipto con mucha sabiduría y prudencia, y otros, como a seres inmortales en su naturaleza, que habían formado el mundo y arreglado la materia en la forma que conserva hoy día.
respetables de Egipto y que eran honrados en todos
Esta variedad de sentimientos hizo perder de vista el objeto que tenía el inventor de estas ficciones, que además, las había envuelto de tal manera en la oscuridad y las tinieblas de los jeroglíficos que eran ininteligibles e inexplicables en su verdadero sentido, para todos excepto para los sacerdotes, confidentes únicos del secreto del arte sacerdotal. Por más crédulo que sea el pueblo es preciso, sin embargo, presentarle las cosas de una manera verosímil. Para ello se trata de fabricar una historia correlativa, así lo hizo, y lo que allí se mezcló aunque poco conforme a lo que pasa comúnmente en la naturaleza sólo fue para el pueblo un motivo de admiración.
Seguidamente esta historia misteriosa, o más bien esta ficción, se convirtió en fundamento de la teología egipcia que se encontraba oculta en los símbolos de estas dos Divinidades, mientras que los filósofos y los sacerdotes veían allí los más
grandes secretos de la naturaleza. Osiris era para los ignorantes el Sol o el astro del día e Isis la Luna, los sacerdotes veían los dos principios de la naturaleza y del arte hermético. Las etimologías de estos dos nombres ayudaban a despistar. Los unos, como Plutarco, pretendían que Osiris significa muy santo, otros con Diodoro, Horus-Apolo, Eusebio, Macrobio, decían que quiere decir, el que tiene muchos ojos, el que ve claro; se tomaba en consecuencia a Osiris por el Sol. Pero los filósofos veían en el nombre de este dios, el Sol terrestre, el fuego oculto de la naturaleza, el principio ígneo, fijo y radical que lo anima todo.
Isis por lo común era la antigua o la Luna, para los sacerdotes era la naturaleza misma, el principio material y pasivo de todo. Es por lo que Apuleyo[10] hace hablar así a esta diosa: Soy la naturaleza,
madre de todas las cosas, dueña de los elementos, el principio de los siglos, la soberana de los dioses, la reina de los Manes, etc. Pero Herodoto nos enseña que los egipcios tomaban también a Isis por Ceres y creían que Apolo y Diana eran sus hijos. Dice en otro lugar que Apolo y Horus, Diana, o Bubastis, y Ceres no son diferentes de Isis, prueba de que el secreto de los sacerdotes había calado un poco en el público, puesto que, a pesar de esta contradicción aparente, todo esto se ve en efecto en la obra hermética, donde la madre, los hijos, el hermano y la hermana, el esposo y la esposa están reunidos en un mismo sujeto.
Es así como los sacerdotes habían encontrado el arte de velar sus misterios, ya sea presentando a Osiris como un hombre mortal, del que reconocían su historia, ya sea diciendo que éste era, no un hombre mortal sino un astro que llenaba todo el Universo, y Egipto en particular, por tantos beneficios, por la fecundidad y abundancia que procura. Sabían así mismo, despistar a los que, sospechando alguna cosa misteriosa, penetraban allí buscando instruirse. Como los principios teóricos y prácticos del arte sacerdotal o hermético podían aplicarse al conocimiento general de la naturaleza y de sus producciones, a la que este arte se propone seguir como modelo, dieron a estas gentes curiosas lecciones de física y muchos de los filósofos griegos pusieron su filosofía en estas clases de instrucciones.

[1] . S. Agustín, La Ciudad de Dios, 4.
[2] . Cicerón, lib. 2 de la Naturaleza de los Dioses.
[3] . D. Halicarnaso, lib. 2, Antiquit. Roman.
[4] . Herodoto, lib. 2.
[5] . Diodoro de Sicilia, lib. 1, cap. 2.
[6] . Plutarco, De Isis y Osiris.
[7] . Manethon, apud Plutarco.
[8] . Diodoro de Sicilia.
[9] . Esta palabra significa las diferentes prefecturas, o los diferentes gobiernos de Egipto.
[10] . Apuleyo, Metamorfosis, o el Asno de oro, lib. 1.

viernes, octubre 27, 2006

Dionisíacas




Las fiestas que Orfeo introdujo en Grecia en honor a Baco, generalmente, son conocidas con el nombre de Dionisíacas, a causa del nombre de Dioniso o Denis. La principal entre estas fiestas se celebraba cada tres años y en consecuencia se llamaba trieteria.
Los egipcios también celebraban una en honor a Osiris cada tres años y por la misma razón, es decir, por el retorno de las Indias tanto del uno como del otro. Esta fiesta era celebrada por las

mujeres y las doncellas, como los otros misterios de Baco. Las vírgenes llevaban tirsos y corrían alocadas en grupos como poseídas de entusiasmo, las mujeres iban despeinadas y al danzar se contorsionaban horriblemente. Se las llamaba bacantes. Orfeo había instituido esta fiesta
basándose en el modelo que presentaba la de Osiris. Pero ¿por qué los institutores de ésta eligieron a las mujeres y las doncellas para celebrarla? Es por el hecho de que las musas habían acompañado a Osiris en su viaje. Ya hemos explicado este viaje en el primer libro y se ha visto en el tercero lo que se ha de entender por las musas y sus danzas.
Estas fiestas en honor de Baco se llamaron comúnmente orgías. Antes de que, por su uso, se multiplicaran estas fiestas, se contentaban con llevar en procesión un cántaro de vino, una rama de sarmiento, una canasta rodeada de serpientes, llamada canasta misteriosa y los que llevaban
el Phallus (falo) venían a continuación. La procesión era cerrada por las bacantes cuyos cabellos llevaban entrelazados con serpientes. Se dice que las canastas vacías, puestas en el templo de Baco mientras duraban estas fiestas, al final se encontraban llenas de buen vino. Para entender cuál fue la intención del institutor de estas fiestas es preciso acordarse de que Osiris y Baco eran la misma persona, todo el mundo está de acuerdo en ello. Las orgías, pues, tienen su origen en Egipto y no deben su institución a Isis, que sólo es un personaje simbólico, lo mismo que Osiris, sino a Hermes Trismegisto o a cualquier otro filósofo egipcio que atribuyó la institución a la pretendida Isis, para dar más peso y autoridad a su ficción.
Plutarco dice[1] que en Sais en el templo de Minerva, que él cree que es la misma que Isis, se puede leer: Soy todo lo que ha sido, lo que es y lo que será, nadie entre los mortales ha levantado aún mi velo.[2] Lo
que conviene perfectamente con lo que dice Apuleyo, que hace hablar así a esta diosa: Soy la naturaleza, madre de todas las cosas, dueña de los elementos, principio de los siglos, soberana de los dioses, reina de los manes [...] Mi divinidad uniforme en ella misma, es honrada bajo diferentes nombres y por diferentes ceremonias; los frigios me llaman Pesinunciana, madre de los dioses; los atenienses, Minerva Cecropina; los de Chipre, Venus; los de Creta, Diana Dictina; los sicilianos, Proserpina; los Eleusinos, antigua Ceres, otros Juno, Bellona, Hécate, Ramnusia; finalmente los egipcios y sus vecinos, Isis, que es mi verdadero nombre.
Además los mitólogos aseguran que Isis y Osiris encierran bajo diferentes nombres a casi todos los dioses del paganismo, puesto que, según ellos, la Tierra, Ceres, Venus, Diana, Juno, la Luna, Cibeles, Minerva y en una palabra toda la naturaleza, son una misma cosa que Isis, por lo que ha sido llamada Miriónima, es decir, que tiene mil nombres. Osiris, Baco o Dioniso, Apolo, el Sol, Serapis, Plutón, Júpiter, Ammon, Pan, Apis, Adonis, también son lo mismo.
En consecuencia Osiris, Isis y Tifón sólo serán personajes tomados para explicar mediante ficción las operaciones de la naturaleza o de un arte que emplea los mismos principios y que imita sus operaciones para llegar al mismo objetivo.
Volvamos pues, a nuestras orgías. Las mujeres eran las principales actrices, puesto que habían acompañado a Osiris en sus viajes; ellas danzaban, saltaban y hacían contorsiones para señalar la agitación de la parte acuosa volátil en el vaso, indicada por las mujeres; porque el sexo femenino ha sido considerado en todos los tiempos de temperamento húmedo, ligero, voluble e inconstante. Al contrario del hombre al que se le supone un temperamento más seco, más caliente, más fijo, lo que ha dado ocasión a los filósofos para designar mediante el hombre a la materia fija de la gran obra, y mediante la mujer a la materia volátil. Las mujeres llevaban también el Phallus (falo), es decir, la representación de la parte del cuerpo de Osiris que Isis no pudo reunir con los otros miembros tras la dispersión que Tifón había hecho de ellos. Este Phallus (falo) era el símbolo de las partes heterogéneas, terrestres, sulfurosas y combustibles, que no podían reunirse perfectamente con las partes puras, homogéneas e incombustibles, que deben coagularse en un todo, por medio del agua mercurial, significada por Isis. El cántaro lleno de vino indicaba el vino filosófico, o el mercurio llegado al color rojo, principal agente de la obra. La rama de sarmiento significaba la materia de la que este mercurio es sacado. La misteriosa canasta era el vaso en el que se hacen las operaciones de la gran obra; se le llamó misteriosa porque los filósofos siempre han hecho y siempre harán un misterio de la materia de la gran obra y de la manera de proceder en sus operaciones.
La canasta estaba cubierta para indicar que el vaso debe de ser sellado herméticamente; y lo que ella contiene estaba indicado solamente por las serpientes que la rodeaban; ya se ha visto que las serpientes siempre han sido tomadas como jeroglífico de la materia llevada a la putrefacción.
La mayor parte de las orgías se celebraban de noche y se llevaban entorchas encendidas. Los que las llevaban eran llamados daduches[3] y su función era de las más honorables. La de llevar la misteriosa canasta no lo era menos.
Estas fiestas primeramente habían sido instituidas en Egipto en honor a Osiris, el mismo que Dioniso, que se encuentra como principal en la genealogía dorada, y esta institución servía únicamente para conservar, para la posteridad, la memoria del secreto de la medicina dorada, que Dios les había otorgado. El vino que se llevaba allí como símbolo del vino filosófico, hizo que el pueblo considerara a Dioniso como el inventor de la manera de hacer el vino común. Esta falsa interpretación fue recibida por todas partes y de ahí vienen tantas fiestas instituidas en honor a Baco.

[1] . Plutarco, De Isis y Osiris.
[2] . Citado en el Mensaje Reencontrado de Louis Cattiaux, Ed. Sirio, Málaga, 1996, epígrafes del libro XII. N. del T.
[3] . Del griego δαδοΰχος, portador de la antorcha, [sacerdote de Deméter en Eleusis]. N. del T.