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viernes, abril 25, 2008

Aportación del traductor


El otro día un lector de éste, vuestro blog, me escribió un amail muy gratificante a mi dirección de correo, pues dice serle de “utilidad cierta”, lo que le agradezco efusivamente. Terminaba su mensaje con unas preguntas: ¿Palas es la misma que Minerva? ¿Cuál es la griega y cuál la romana o latina? Realmente a veces es un lío el hecho de que sean los mismos dioses con diferentes nombres; en mi respuesta le recomendé el uso de un buen diccionario, por ejemplo El Diccionario de Mitología Griega y Romana, Pierre Grimal, ediciones Paidós. Pero puesto que Pernety, nuestro autor, publicó su Diccionario Mito-Hermético al mismo tiempo que Las Fábulas Egipcias y Griegas, objeto de este blog, se me ocurrió iniciar una sección presentando los nombres de los dioses más mencionados, en sus dos versiones, o sea, la romana o latina y la griega, a la que titularé Dual dioses, para mantener la conexión de entradas, donde los acompañaré con unos fragmentos de la explicación que Pernety da en su Diccionario Mito-Hermético, del que recuerdo encarecidamente que hay una traducción al castellano en ediciones Indigo, realizada y dirigida por Santiago Jubany, en Barcelona 1993.

jueves, octubre 04, 2007

(artículo del traductor) La Lectura Alquímica

En la presentación de este blog, (presentación 3), mostraba al lector los versículos del Mensaje Reencontrado, de Louis Cattiaux, (1) que me habían animado a sumergirme en la lectura de la fabulosa tradición de nuestros antepasados, y por supuesto en la búsqueda de comentarios y explicaciones que arrojaran un poco de luz a mis tinieblas.
Estos versículos son los siguientes:
II, 83: Estudiemos los triples misterios antiguos. Reverenciemos las doctrinas y las fábulas sagradas. Busquemos el bien que subsiste en el mal. Meditemos sobre las obras de los profetas y de los santos filósofos. Comprendamos que sólo hay un Dios, una sola ciencia y una sola creación en todas partes y siempre.
III, 17: La verdad se oculta bajo el velo de las fábulas y las parábolas, es necesario un espíritu muy recto y muy penetrante para descubrirla, así como se precisa un ojo muy ejercitado para reconocer el diamante bajo la envoltura que lo protege.
Estas palabras me llevaron al encuentro con Pernety y sus Fábulas Egipcias y Griegas, y su Diccionario Mito–Hermético. (2)
Luego apareció el Florilegio Epistolar, extractos de la correspondencia que Louis Cattiaux mantuvo con sus amigos, en el que descubrí que este autor también recomendaba la lectura de Pernety, concretamente en esta respuesta: (3)
La lectura de las obras herméticas te abrirá el camino a la lectura de las santas Escrituras, si las lees con ojos desinteresados y amorosos, si no, te conducirán a la locura de la química como a muchos demasiado sabios y demasiado astutos. Todos los tratados llamados alquímicos de buenos autores como Basilio Valentín, el Cosmopolita, Nicolás de Valois, Nicolás Flamel, Arnaldo de Vilanova, Moriano, Raimundo Lulio, Grosparmy, Rhumelius, Guillermo Salmon, Pernety, etc., te ayudarán a desembrollar el caos y a separar la luz de las tinieblas, pero, sobre todo, la santa plegaria al Señor de vida, que los buscadores orgullosos y estúpidos suelen despreciar.
Desde luego Cattiaux no recomienda estos autores porque sí, veamos un fragmento de Las Fábulas de Pernety y comprobemos la consonancia de espíritu entre estos autores, precisamente hablando de las dos maneras de entender la lectura alquímica: (4)
Es verdad –dice Pernety– que mucha gente se las da de filósofos y abusan de la credulidad de los bobos. Pero ¿es ésta una falta de la ciencia hermética? Los filósofos se manifiestan lo suficiente en el mundo como para hacerse oír y prevenirlos de las trampas que les tienden esta clase de gente. No es solamente uno quien dice que la materia de este arte es de un precio vil, e incluso que no cuesta nada, que el fuego para trabajarla no cuesta más y que sólo se necesita un vaso o máximo dos para todo el transcurso de la obra.
Escuchemos a Espagnet: La obra filosófica requiere más tiempo y trabajo que gastos, pues le queda muy poco que hacer a aquel que tiene la materia requerida. Los que piden grandes sumas para llevarla a cabo tienen más confianza en las riquezas del prójimo que en la ciencia del arte. Que el aficionado a ella tenga cuidado y no caiga en las trampas que le tiendan los bribones que quieren su bolsa al mismo tiempo que le prometen montañas de oro. Esos piden el sol para conducirse en las operaciones de este arte porque no ven nada. (5)
Lo que desacredita la ciencia hermética son estos bastardos de la química vulgar, conocidos ordinariamente con el nombre de sopladores y de buscadores de la piedra filosofal. Estos son los idólatras de la filosofía hermética. Todas las recetas que se les proponen son para ellos como Dios, ante las cuales doblan la rodilla. Se encuentra un buen número de esta clase de gente entre los muy instruidos en las operaciones de la química vulgar, pero no están instruidos en los principios de la filosofía hermética y por ello no tendrán éxito. Otros ignoran incluso hasta los principios mismos de la química vulgar y estos son propiamente los sopladores.
[...] Los filósofos herméticos insisten casi siempre en señalar en sus obras la diferencia de estos dos artes. Pero la señal más infalible por la que se puede distinguir un adepto de un quimista es que el adepto, según lo que dicen todos los filósofos, no toma más que una sola cosa, o máximo dos de una misma naturaleza, un solo vaso o dos a lo más y un solo horno para conducir la obra a su perfección; al contrario, el quimista trabaja sobre toda clase de materias indiferentemente.
Si esta obra [las Fábulas] consigue hacer la suficiente impresión en los espíritus como para persuadirlos de la posibilidad y la realidad de la filosofía hermética, Dios quiera que también sirva para desengañar a los que tienen la manía de dispensar sus bienes en soplar carbón, levantar hornos, calcinar, sublimar, destilar, y finalmente reducirlo todo a nada, es decir, en ceniza y humo. Los adeptos no corren para nada detrás del oro y la plata. Morien da una gran prueba de ello al rey Calid. Éste había encontrado muchos libros que trataban de la ciencia hermética y no podía comprender nada, entonces hizo publicar que daría una gran recompensa a aquel que se la explicara. Esa recompensa atrajo allí a un gran número de sopladores. Morien el ermitaño salió entonces de su desierto, no movido por la recompensa prometida sino por el deseo de manifestar el poder de Dios y cuánto hay de admirable en sus obras. Fue a encontrar al rey Calid y pidió, como los otros, un lugar apropiado para trabajar, a fin de probar mediante sus obras la verdad de sus palabras. Cuando Morien terminó sus operaciones, dejó la piedra perfecta en un vaso, alrededor del cual escribió: Aquellos que tienen todo lo que les hace falta no necesitan ni recompensa ni ayuda de otro. Después desalojó el lugar sin decir una palabra y volvió a su soledad. Al encontrar el vaso y su escritura, Calid comprendió lo que significaba y tras haber hecho la prueba del polvo, echó o hizo morir a todos aquellos que habían querido engañarle.
Los filósofos dicen, y con razón, que esta piedra es como el centro y la fuente de las virtudes, puesto que los que la poseen desprecian todas las vanidades del mundo, la vana gloria, la ambición y no hacen más caso del oro que de la arena y del vil polvo (7) y la plata es para ellos como el barro. Sólo la sabiduría hace impresión en ellos; la envidia, los celos y las otras tumultuosas pasiones no excitan ninguna tempestad en su corazón, no tienen otro deseo que vivir según Dios, otra satisfacción que volverse útiles al prójimo, en secreto, y penetrar poco a poco en el interior de los secretos de la naturaleza.
La filosofía hermética es, pues, la escuela de la piedad y de la religión. Aquellos a quien Dios concede el conocimiento ya eran piadosos o se volvían. (8) Todos los filósofos empiezan sus obras por exigir de aquellos que las leen con deseo de penetrar en el santuario de la naturaleza, un corazón recto y un espíritu temeroso de Dios: el principio de la Sabiduría es el temor del Señor, (9) un carácter compasivo, para socorrer a los pobres, una profunda humildad y un deseo formal de hacerlo todo para la gloria del Creador, que oculta sus secretos a los soberbios y a los falsos sabios del mundo, para manifestarlos a los humildes. (10)

Interrogando al Mensaje Reencontrado respecto a este tema me ha respondido con estos versículos:
XXVIII, 5: Por todas partes, intrigas, bajezas y cobardías para obtener un lugar en el mundo que perece, y ni un impulso del corazón y del espíritu para obtener un lugar en el mundo que no perece.
XXVIII, 5’: Los inteligentes y los hábiles de este mundo son verdaderamente estúpidos, pero aún no lo saben. ¡Cuál será el rumor de sus gritos y de sus lamentaciones inútiles cuando se vean desnudados por el juicio de Dios y expuestos a la vista de todos!
XXVIII, 6: Se pelean por el estiércol y abandonan la perla que resplandece encima de ellos. ¿Hay una maldición peor que ésta?¿No son dignos de compasión a pesar de su hermoso éxito en este mundo transitorio? ¿No están ya malditos por Dios y excluidos de su salvación?
XXVIII, 6’: Cada versículo del Libro nos ha costado un poco de nuestro pan y un poco de nuestra vida terrestre, pero ¿no hemos hecho, sin saberlo, una inversión fabulosa? Dios y los creyentes responderán como quieran. En lo que nos concierne, nuestro don permanece gratuito ante Dios y para con los hombres de buena voluntad.
Insistiendo sobre el mismo tema me ha respondido con este otro:
XXXIV, 54: No adoremos las figuras humanas, ni las figuras animales, ni los símbolos, ni las imágenes, que están aquí para rememorar los misterios divinos, pero que no son nada por sí mismos.
XXXIV, 54’: La idolatría es confundir las apariencias de la cosa de Dios con la cosa misma, y es permanecer extraviado por las cortezas que esconden la almendra substancial y pura de la vida imperecedera.
Desde que apareció el Mensaje Reencontrado se han producido varias ediciones y en varios idiomas, castellano, catalán, portugués, italiano, inglés, etc.
Si el lector no lo conoce y está interesado puede dirigirse a:
http://www.beyaeditions.com/
donde encontrará información y la posibilidad de adquirirlo mediante amazón.com, así como si desea información sobre el autor puede dirigirse a :
http://www.louiscattiaux.es/uiscattiaux.es
o también:
http://www.lapuertaonline.es

Notas:
(1): Louis Cattiaux, El Mensaje Reencontrado, ed. Sirio, Málaga 1987.
(2): Hay una traducción al castellano de Santiago Jubany, ed. Indigo, Barcelona 1993.
(3): Florilegio Epistolar, Arola Editors, Taragona 1999, pág. 155.
(4): El lector lo puede encontrar íntegro en este blog, en el archivo de Diciembre, con el título de Diferencia entre las dos químicas:
http://humanadivinitas.blogspot.com/2006_12_01_archive.html
(5): Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, hay una traducción al castellano de S. Jubany, ed. Indigo, Barcelona 1995.
(6): Morien, Conversación con el Rey Calid.
(7): Sabiduría, cap. VII.
(8): Véase a Flamel en el libro de Las Figuras Jeroglíficas.
(9): Proverbios, I, 7.
(10): Mateo, XI, 25.

domingo, junio 03, 2007

Dom Pernety, Datos Biográficos


Dom Antoine Joseph Pernety nació el 13 de Febrero de 1716 en Rouanne. Al terminar los estudios primarios ingresó en la congregación benedictina de San Marcos. Su notable aptitud para los estudios no pasaría desapercibida por sus superiores, que lo destinaron a la Abadía de Saint-Germain-des-Pres a fin de que perfeccionara y ampliara sus estudios. En la biblioteca de esta abadía encontró valiosos textos alquímicos que despertaron en él una afición que mantendría a lo largo de su vida. En 1758 compuso sus dos obras magnas: «Las fábulas egipcias y griegas, desveladas y reducidas al mismo principio» y el «Diccionario mito-hermético»[1] Al año siguiente embarcó, acompañando a Louis de Bougainville, hacia las Islas Malvinas con objeto de establecer allí fundaciones coloniales, retornando a Francia a finales de 1764. Los dos años siguientes fueron decisivos para él: víctima de una profunda crisis en el seno de sus convicciones religiosas abandona los hábitos y se instala en Avignon, donde participa activamente en la Masonería de Rito Escocés y Antiguo, de la que es fundador del grado 28-29, «Caballero del Sol y Príncipe Adepto», iniciación que transcurre ritualmente en el Paraíso. Sobre esta misma época crea su propia orden iniciática, el «Rito Hermético». En 1767 Federico II el Grande le propone para el cargo de Conservador de la Biblioteca Real de Berlín; Pernety acepta y se instala en Prusia, donde permanecerá 16 años; pero parece ser que originalmente el encargo iba destinado a su primo, el Abad Jacques Pernety, del que conocemos una obra bastante curiosa.[2] Los años que permaneció en Berlín son la etapa mejor documentada de su vida: su cargo le aseguraba un modo de vida muy satisfactorio en lo material, permitiéndole desarrollar una actividad intelectual particularmente rica[3]. Estudioso y apasionado de la obra de Swedemborg, que fallecería en 1772, tradujo al francés la más importante de sus obras «Las maravillas del cielo y el infierno». En 1770 compuso un pequeño manual para uso interno del Rito Hermético, el «Ritual alquímico secreto»[4] y en 1776 un tratado que dedicará a Federico II, «Del conocimiento del hombre moral por el hombre físico».[5] El caso es que en 1783, una entidad con la que decía estar en contacto, «La Santa Palabra» le conmina a abandonar Prusia y a instalarse de nuevo en Avignon.[6] Dejará Berlín el día 10 de noviembre de ese mismo año dirigiéndose a Praga para visitar el colegio de Cabalistas de esa ciudad, verdadera meca del esoterismo. A continuación orienta sus pasos hacia Görlitz, ciudad natal del teósofo Boheme y posteriormente, a París. A finales de 1784 le encontramos en Valence, en casa de su hermano, Jacques Pernety, donde permanecerá hasta 1786. Reencuentra al Marqués Vernety de Vaucroze, que le propone un retiro en Berradides, a algunas leguas de Avignon. Desde que llegó a Francia sus esfuerzos se centraron en reorganizar su orden, bajo el nuevo nombre de «Rito de los iluminados»; la orientación alquímica de este grupo es obvia, como demuestra el hecho de que en sus filas militaran alquimistas más o menos conocidos: el Abad Buyton de Moreau «Brumore», el polaco Grabianka, La Richardiere y, muy posiblemente, el filósofo Saint Baque de Bufor.[7] En 1786 sus obras fueron reeditadas, la orden contaba con un centenar de miembros y era muy popular en el mundo del esoterismo bajo el nombre de los «iluminados de Avignon». Sin embargo, las reacciones consecutivas a una escisión en el grupo propiciaron que la Inquisición tomara parte activa en el asunto; detenciones, fugas, interrogatorios no se hicieron esperar. En 1793, la justicia dispersa a los últimos hermanos y arresta, por error, al mismo Pernety. Cuando recupera la libertad reemprende sus estudios alquímicos y lucha por recomponer la orden aunque sin éxito. Antoine Dom Pernety, fallece en Avignon, el 16 de octubre de 1796.
[1] . Les Fables égyptiennes et grecques, dévoilées & réduites au mème principe, avec une explication des hiéroglyphes, et de la guerre de Troye. 2 Vols. Chez Deladain, libraire, París, 1758. (Para la traducción de las Fábulas hemos hecho uso de la segunda edición, de 1786). Dictionnaire Mitho-hermétique, dans lequel on trouve les allégories fabuleuses des poëtes, les métaphores, les enigmes et les termes barbares des philosophes hermétiques expliqués. Chez Deladain, libraire, París, 1758. (Existe una traducción de este importante diccionario realizada por Santiago Jubany, en Ediciones Indigo, Barcelona 1993). [2] . En 1765, en Avignon, introdujo su rito hermético dentro de la logía de los «Sectarios de la Virtud». Dentro del escocismo tambien es fundador de los grados de «Masón Verdadero», «Masón verdadero en la vida recta» y «Caballero del Iris». [3] . Lettres philosophiques sur les physionomies. La Haya, 1748. [4] . Rituel Alchimique Secret, du grade de vrai Maçon Academicien. Existe una traducción italiana del mismo, en facsímil, publicado por Edizioni Rebis, 1981. [5] . Esta obra estaba seguida en un segundo volumen, de las Observations sur les maladies de l’Ame pour servir de suite au précédant, Berlín, 1777. [6] . La orden exacta que recibió se conserva en el Manuscrito de la Santa Palabra (Ms. 3090) en la Biblioteca del Museo Calvet, en Avignon: «Tu marcharás, tu buscarás, la obra te seguirá, tu partirás... Ya llega el día en que irás al lugar escogido para poner los cimientos de Su nuevo Pueblo...» (Mensajes del 18 y 21 de mayo de 1781). Sin embargo, retornó a Berlín sin haber hallado lo que buscaba y no abandonará definitivamente esta ciudad hasta 1783. [7] . Del que conocemos unos comentarios a la hermética Tabla de Esmeralda Posiblemente, sea el autor de la Concordancia Mito-físico-cábalo-hermética.

lunes, abril 23, 2007

Alegorías de relación evidente con el Arte Hermético



Nunca un país fue tan fértil en fábulas como Grecia. Las cuales había recibido de Egipto, y como estas no le eran suficientes inventó un número infinito de ellas. Los egipcios sólo reconocían como dioses a Osiris, Isis y Horus, pero multiplicaron los nombres, viéndose por ello obligados a multiplicar las ficciones históricas. De allí vinieron doce dioses principales, Júpiter, Neptuno, Marte, Mercurio, Vulcano, Apolo, Juno, Vesta, Ceres, Venus Diana y Minerva, seis machos y seis hembras. Sólo estos doce, considerados como grandes dioses, fueron representados en estatuas de oro. Después se imaginaron otros, a los que se les dio el nombre de semi-dioses, que no eran conocidos en el tiempo de Herodoto, o al menos no hace mención de ellos bajo este título. Sus figuras eran esculpidas en madera, en piedra o en arcilla.

El mismo Herodoto dice,[1] que los egipcios fueron los primeros en poner estos doce nombres y que los griegos los recibieron de ellos.
Según Diodoro de Sicilia los primeros griegos que pasaron a Egipto fueron, Orfeo, Museo, Melampo y los otros, de los que hemos hablado en el libro precedente. De allí sacaron los principios de la filosofía y de las otras ciencias y los llevaron a su país, donde los enseñaron de la misma manera que los habían aprendido, es decir, bajo el velo de las alegorías y de las fábulas. Orfeo encontró allí el sujeto de sus himnos sobre los dioses y sus orgías.[2] Que estas solemnidades tienen su origen en Egipto es un hecho en el que convienen igualmente los mitólogos como los anticuarios y no es necesario probarlo.
Este poeta introdujo en el culto de Dioniso las mismas ceremonias que se observaban  en el culto de Osiris. Las de Ceres se relacionaban con las de Isis.
Es el primero en hacer mención del castigo a los impíos, de los campos Elíseos y da nacimiento al uso de las estatuas. Figuró que Mercurio estaba destinado a conducir las almas de los difuntos y se hizo imitador de los egipcios en una infinidad de otras ficciones.
Cuando los griegos vieron que Psamético protegía a los extranjeros y que podían viajar a Egipto sin riesgo de su vida o de su libertad, fueron allí en gran número, los unos para satisfacer su curiosidad sobre las maravillas que habían aprendido de este país, los otros para instruirse. Orfeo, Museo, Lino, Melampo y Homero pasaron por allí sucesivamente.
Estos cinco junto con Hesíodo fueron los propagadores de las fábulas en Grecia, mediante los poemas y las ficciones que expandieron. Sin duda estos grandes hombres no habrían adoptado y expandido con sangre fría tantas aparentes absurdidades si al menos no hubieran sospechado que tenían un sentido oculto y un objeto real envuelto en tinieblas. ¿Habrían querido, maliciosamente o por burla, engañar a los pueblos? Y si pensaban seriamente que estos personajes eran dioses, a los que debían presentar como modelos de perfección y de conducta ¿les habrían atribuido toda clase de adulterios, incestos, parricidios y tantos otros crímenes? El tono en el que Homero habla de ellos es suficiente para dar a entender cuales eran sus ideas al respecto.
Es, pues, muy probable que sólo presentaran estas ficciones como símbolos y alegorías, pues quisieron volver más sensible, personificando y deificando, los efectos de la naturaleza. En consecuencia asignaron un oficio particular a cada uno de estos personajes deificados, reservando solamente el imperio universal del Universo a un sólo y único verdadero Dios.
Orfeo se explica muy claramente respecto a eso, diciendo que todos ellos no son más que una misma cosa comprendida bajo diversos nombres. Estos son los términos: El mensajero –interpreta Cilenio– está en todos. Las ninfas son el agua; Ceres, los granos; Vulcano es el fuego; Neptuno el mar; Marte la guerra; Venus la paz; Themis la justicia; Apolo, tirando sus flechas, es lo mismo que el Sol radiante, ya sea que este Apolo esté considerado como actuando desde lejos o desde cerca, ya sea como divino, augusto como el dios de Epiduro que cura las enfermedades. Todas estas cosas no son más que una aunque tengan muchos nombres.
Hermesianax dice que Plutón, Perséfone, Ceres, Venus y los amores, los tritones, Nerea, Tetis, Neptuno, Mercurio, Juno, Vulcano, Júpiter, Pan, Diana y Febo son el mismo dios. Todos los oficios de la naturaleza se volvieron dioses entre sus manos, pero dioses sometidos a un sólo Dios supremo, según lo que habían aprendido en Egipto. Estos diferentes atributos de la naturaleza concernían sin embargo a efectos particulares, ignorados por el pueblo y conocidos solamente por los filósofos.
Si algunas de estas ficciones tuvieron al Universo en general por objeto, no se negará que el mayor número de ellas eran una aplicación particular, y muchas tan especialmente determinadas, que podrían engañar fácilmente. Es suficiente repasar las principales, para poder juzgar las otras, Hablaré pues, en primer lugar de la expedición del Toisón de oro; de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides y algunas otras que manifiestan muy claramente que la intención de los autores de estas ficciones era de velar allí los misterios del arte hermético.

Orfeo es el primero que ha hecho mención de la expedición del Toisón de oro, si se quieren admitir las obras de Orfeo como pertenecientes a las primeras de los poetas griegos, pero yo no entro en la discusión de los eruditos, que estas obras sean verdaderas o supuestas, poco me importa, me es suficiente que hayan partido de una pluma muy antigua, sabia y sean referentes a los misterios de los egipcios y de los griegos. San Justino en su Parenet, Lactancio y san Clemente de Alejandría, en su discurso a los gentiles, hablan en este tono. Este poeta ha dado a esta ficción un aire de historia que hace que nuestros mitólogos modernos la consideren como tal, a pesar de la imposibilidad en que se encuentran al querer ajustar las circunstancias. Más bien lo han intentado y han preferido encallarse que ver el sentido oculto y misterioso que presenta y que el mismo autor ha manifestado tan visiblemente citando, en el transcurso de esta ficción, algunas otras de sus obras, a saber, un tratado de las pequeñas piedras y otro del antro de Mercurio como fuente de todos los bienes. Es fácil ver de qué Mercurio pretende hablar, puesto que lo presenta como siendo parte del objetivo que se propone Jasón en la conquista del Toisón de oro.

[1] . Herodoto, Euterpe, c. 50, 1ª parte.
[2] . Banier, Mitología, t. 2, p. 273.

sábado, abril 21, 2007

Las Colonias Egipcias (2), historia de Cadmo



Cadmo era originario de Tebas en Egipto. Cuando fue enviado a la búsqueda de su hermana por Agenor su padre, rey de Fenicia, se encontró expuesto a una furiosa tempestad, que le obligó a atracar en Rodas, donde erigió un templo en honor de Neptuno cuyo servicio se confió a los fenicios que dejó en esta isla. Ofreció a Minerva un vaso de cobre muy bello de forma antigua, sobre el cual había una inscripción que decía que la isla de Rodas sería asolada por las serpientes.
Sólo esta inscripción indica que toda esta historia es una alegoría del arte sacerdotal. Pues ¿por qué ofreció a Minerva un vaso antiguo de cobre? Se hubiera debido suponer que Cadmo habría vivido en tiempos muy remotos. ¿Cuál podría ser, pues, la antigüedad de este vaso? Parece ser que es preciso tener en consideración la materia y no la forma. Esta materia es la tierra de Rodas o la tierra roja filosófica que debe ser asolada por las serpientes, es decir, disuelta por el agua de los filósofos, que a menudo es llamada serpiente. Cadmo al corriente de estos misterios no tuvo ningún esfuerzo en predecir esta devastación. El presente de un vaso antiguo de cobre ¿era de una tan gran consecuencia que mereció ser presentado a la diosa de la sabiduría? El oro y las pedrerías habrían sido más dignos de ella. Pero sin duda había en ello un misterio encerrado, es necesario un vaso de cobre, pero no del vulgar, sino de bronce filosófico, que los favoritos de Minerva, los sabios filósofos, llaman comúnmente latón o letón. Blanquead el latón, dice Morien,[1] y romped vuestros libros. El azot y el latón os son suficientes.
Toda la historia de Cadmo será siempre considerada como una pura fábula, que parecerá ridícula a todo hombre razonable si no la entiende conforme a la química hermética. En efecto ¿Qué idea es la de seguir un buey de diferentes colores, construir una ciudad donde el buey se detuvo, enviar a sus compañeros a una fuente, donde fueron devorados por un horrible dragón, hijo de Tifón y Equidna, dragón que seguidamente fue muerto por Cadmo, que le arrancó los dientes, los sembró en un campo como se siembra el grano, de donde nacieron unos hombres que atacaron a Cadmo y que al fin por una piedra que tiró entre ellos se destruyeron unos a otros sin que quedara uno solo? Más adelante en esta obra probaremos que esta historia es una alegoría siguiendo todo lo que pasa en el curso de las operaciones de la obra filosófica.
El abad Banier[2] dice que Cadmo llevó a Grecia los misterios de Baco y Osiris.
La fábula nos enseña sin embargo que Baco era nieto de Cadmo. Es verdad que este mitólogo introduce a otro Baco, hijo de Semele a fin de ajustar su historia pero ¿sobre qué fundamento? ¿es lícito introducir de su propia cosecha nuevos personajes para sortear las dificultades? Cuando Orfeo transportó a Grecia las fábulas egipcias las vistió a la manera griega y supuso un Dioniso, que no difiere en nada del Osiris de los egipcios y del Baco de los latinos, pero este Dioniso u Osiris era célebre en Egipto mucho antes de que fuera cuestión lo de Cadmo. Es por lo que los egipcios se burlaban de los griegos, cuando les oían decir que Dioniso había nacido entre ellos.
Otros atribuyen a Melampo la institución de las ceremonias del culto a Dioniso en Grecia, la historia de Saturno y la guerra de los titanes. Se dice que Dédalo fue el arquitecto del famoso vestíbulo del templo levantado en Menfis en honor de Vulcano. Pero los griegos, dice Diodoro, habiendo aprendido las historias y las alegorías de los egipcios, inventaron otras sobre estos modelos. En efecto, los poetas y los teólogos del paganismo parecen haber copiado estas fábulas de Egipto, llevadas a Grecia por Orfeo, Museo, Melampo y Homero. Los legisladores han formado sus leyes sobre las de Licurgo; los príncipes de las sectas filosóficas han sacado sus sistemas de Pitágoras, Platón, Eudoxo y Demócrito. Y si han sido tan diferentes entre ellos es porque no todos ellos estaban al corriente de los misterios egipcios y en consecuencia han explicado mal las alegorías.
Las columnas de Mercurio, de las cuales estos primeros filósofos sacaron su ciencia, por las explicaciones que los sacerdotes de Egipto les dieron podrían muy bien ser las de Osiris e Isis de las que hemos hablado, puede ser que los obeliscos que se ven aún en Roma, como se dice, fueran transportados desde Egipto y cuya superficie está llena de triángulos, círculos, cuadrados y figuras jeroglíficas. Más de un autor se ha torturado para explicarlos, Kircher ha hecho un tratado sobre ello, pero a pesar de su decisión sostenida en una ciencia muy extendida, no se ha creído su palabra. Es de los autores antiguos de donde sacaron su ciencia en Egipto, entonces es en ellos que deberían buscar su interpretación, pero para entender a la mayor parte de ellos se necesitaría también la ayuda de un Edipo, porque han escrito alegóricamente como sus maestros.
Creo que se pueden sacar muchas luces de los antiguos autores griegos para penetrar en la oscuridad de las fábulas, no es que se deba buscar precisamente en ellas el verdadero origen de los antiguos pueblos, puesto que lo que dicen es casi todo fabuloso, pero ya que ellos han copiado a los egipcios, que fueron los primeros inventores de las fábulas y que haciendo la comparación de las fábulas antiguas de Grecia con las de Egipto se nota fácilmente que todas han salido de la misma fuente, la cosa se parecería a un viajero que se vestía en cada país que recorría según la moda en uso. Las obras egipcias que habrían podido darnos algunas ideas de su manera de pensar, las de Hermes y las de los otros filósofos, se nos han escapado con el tiempo y lloraremos siempre sobre las tristes cenizas de la biblioteca de Alejandría. No tenemos otra fuente que la de los griegos, discípulos de los sabios sacerdotes de Egipto, es de ellos, pues, que se ha de obtener la ayuda, persuadidos de que han entrado en las ideas de los maestros de los que habían recibido las lecciones.
Yo sería del mismo pensamiento que Diodoro en cuanto a los nombres de algunas antiguas ciudades, montañas, ríos, etc. Este autor dice que los antiguos filósofos sacaron de su doctrina la mayor parte de estos nombres y denominaron los lugares según la relación que veían allí con algunos rasgos de esta ciencia. Se trata pues, de saber cuál era esta doctrina. Nadie duda de que ésta sea la que aprendieron en Egipto. Jámblico[3] nos asegura que esta ciencia estaba grabada en las columnas de Hermes. Josefo[4] habla de dos columnas, la una de piedra, la otra de ladrillo, levantadas antes del diluvio, sobre las cuales estaban grabados los principios de las artes. Bernardo, conde de la marca Trevisana[5] instruido por la lectura de los libros antiguos, dice que Hermes encontró siete tablas en el valle de Hebrón, sobre las cuales estaban grabados los principios de las artes liberales. Pero que Hermes las haya encontrado o que las haya inventado, lo que parece ser es que estos principios estaban expresados en jeroglíficos, y que esta manera de enseñar indicaba que el fondo de esta ciencia era un misterio que no se quería desvelar a todo el mundo, y en consecuencia los términos y los nombres empleados formaban también parte de este misterio, de donde debemos concluir que los nombres dados a los lugares por los antiguos filósofos contenían de alguna manera los misterios de los egipcios.

[1] . Morien, Conversación del Rey Calid.
[2] . Mitología, T. 1, p. 67 y t. 2, p. 262.
[3] . Jámblico, Los Misterios de los Egipcios.
[4] . Josefo, De las Antiguedades de los Judios.
[5] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.

jueves, abril 12, 2007

El Carnero



La naturaleza del carnero que se considera como cálido y húmedo, respondía perfectamente a la del mercurio filosófico, los egipcios no olvidaron poner este animal entre el número de sus principales jeroglíficos. Seguidamente contaron la fábula de la huida de los dioses a Egipto, donde dijeron que Júpiter se ocultó bajo la forma de un carnero y en consecuencia lo representaron con una cabeza de este animal dándoles el nombre de Amún o Ammón. Conductor de rebaños se hace Júpiter –dice Ovidio– por eso aún representan al libio Ammón con retorcidas cornamentas, (Ovidio, Metamorfosis, lib. 5)
Todas las otras fábulas que los antiguos han contado a este respecto no merecen ser aportadas. Una de entre todas será suficiente para hacer ver que sólo fueron inventadas, para indicar el mercurio filosófico. Baco, dicen, estando en Libia con su ejército se encontró extremadamente oprimido por la sed e invocó a Júpiter para tener ayuda contra un mal tan apremiante. Júpiter se le apareció bajo la forma de un carnero y lo condujo a través del desierto a una fuente donde se refrescó y donde, en memoria de este acontecimiento, se levantó un templo en honor a Júpiter, bajo el nombre de Júpiter Ammón y se representó a este dios con cabeza de carnero. Lo que confirma mi sentimiento es que este animal era uno de los símbolos del Mercurio.[1]
El carnero se apareció a Baco en Libia, porque Libia significa piedra de donde fluye el agua de λιψ, viniendo de λειζω, yo destilo, el mercurio cuya naturaleza es cálida y húmeda se forma por la resolución de la materia filosófica en agua: Buscad –dice el Cosmopolita–[2] una materia de la cual podáis sacar una agua que pueda disolver el oro sin violencia y sin corrosión, sino naturalmente. Esta agua es nuestro mercurio, que sacamos en medio de nuestro imán, que se encuentra en el vientre del carnero. Herodoto[3] dice que Júpiter se apareció a Hércules bajo la misma forma y que es por esto que se consagra el carnero a este padre de los dioses y de los hombres y que se le representa teniendo la cabeza de este animal. Este favor que Júpiter acordó al instante por el ruego de Hércules, caracteriza precisamente el deseo violento que tienen todos los artistas herméticos de ver al Júpiter filosófico, que sólo se puede mostrar en Libia, es decir, cuando la materia pasa por la disolución, porque ellos tienen entonces el Mercurio tras el cual han suspirado tanto. Probaremos en el quinto libro que tanto en Egipto como en Grecia, Hércules fue siempre el símbolo del artista o filósofo hermético. La alegoría de la fuente ha sido empleada por muchos adeptos y en particular por el Trevisano[4] y por Abraham el judío en sus figuras jeroglíficas presentadas por Nicolás Flamel.
Hablaremos aún del carnero en el libro 2, cuando expliquemos la fábula del Toisón de oro. El carnero era una víctima que se sacrificaba a casi todos los dioses, porque el Mercurio, del cual era el símbolo, los acompaña a todos en las operaciones del arte sacerdotal, pero se decía que Mercurio, aunque mensajero de los dioses, lo era más especialmente de Júpiter y en particular para los mensajes graciosos, en lugar que Isis por la que casi siempre era enviado nada más que para asuntos tristes, guerras, combates, etc. La razón es totalmente natural para un filósofo que sabe que se debe entender por Isis los colores variados del arco iris, que se manifiestan durante la disolución de la materia, tiempo en el cual se da el combate entre el fijo y el volátil.

[1] . Pausanias, en Corintia.
[2] . El Cosmopolita, Nueva Luz Química.
[3] . Herodoto, Lib. 2, cap.42.
[4] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.

sábado, abril 07, 2007

El Buey Apis (2)

Todos los que, como Kircher, han querido dar sus propias ideas o fundar sus interpretaciones sobre la de los historiadores que no estaban al caso, han probado claramente por sus forzadas explicaciones que no es necesario referirse a ellos. Yo he hablado basándome en la filosofía hermética y el objeto de este culto no es otro que la materia requerida para el arte sacerdotal y los colores que le sobrevienen durante las operaciones, las cuales en su mayor parte, están indicadas por la naturaleza de los animales y por las ceremonias que se observaban en su culto. A fin de convencer a los que quieran aún dudar, examinemos cada cosa en particular.
Es preciso un toro negro, con una marca blanca en la frente o a uno de los lados del cuerpo; esta marca debía de tener la forma de luna creciente, según algunos autores, así mismo este toro debía de haber sido concebido por las impresiones de un rayo. No se puede designar mejor la materia del arte hermético que mediante todos estos caracteres. En cuanto a su concepción Haymon[1] dice en los términos expresados que se engendra entre el rayo y el trueno.
El negro es el carácter indudable de la verdadera materia, como lo dicen unánimemente todos los filósofos herméticos, porque el color negro es el comienzo y la llave de la obra. La marca blanca en forma de luna creciente era un jeroglífico del color blanco que sucede al negro y que los filósofos han llamado Luna. El toro por estos dos colores tenía una relación con el Sol y la Luna, que Hermes[2] dice que son el padre y la madre de la materia. Porfirio[3] confirma esta idea diciendo que los egipcios tenían consagrado el toro Apis al Sol y a la Luna, porque llevaba los caracteres en sus colores negro y blanco y el escarabajo que debía de tener sobre la lengua. Apis era más en particular el símbolo de la Luna, a causa de sus cuernos que representan la creciente, puesto que la Luna al no estar llena, tiene siempre una parte tenebrosa indicada por el negro, y la otra parte blanca, clara y resplandeciente caracterizada por la señal blanca o en forma de Luna creciente.
Estas razones eran suficientes para hacer elegir un toro de esta especie como carácter jeroglífico, preferiblemente a todo otro animal, pero los sacerdotes aún tenían otras, cuyos motivos no eran menos razonables. El Sol produce esta materia, la Luna la engendra, la tierra es la matriz donde se nutre, es ella que nos la proporciona, como las otras cosas necesarias para la vida, y el buey es el más útil para el hombre, por su fuerza, su docilidad, su trabajo en la agricultura, de la que los filósofos emplean sin cesar su alegoría para expresar las operaciones del arte hermético. Es por esta razón que los egipcios decían alegóricamente que Isis y Osiris habían inventado la agricultura y que eran los símbolos del Sol y de la Luna. Osiris e Isis no estaban mal designados por el buey, según las ideas que algunos autores atribuyen a los egipcios respecto a esto. Osiris significa fuego oculto, el fuego que anima todo en la naturaleza y que es el principio de la generación y de la vida de los mixtos.

Los egipcios pensaban, según el testimonio de Abenefis,[4] que el genio y el alma del mundo habitaban en el buey, así como todos los signos o marcas distintivas de Apis eran caracteres simbólicos de la naturaleza; los egipcios, según Eusebio, decían también que señalaban en el buey muchas de las propiedades solares y que no podían representar mejor a Osiris o el Sol que mediante este animal. Pero si ello es verdad, se dirá que si los sacerdotes de Egipto no pretendían dar al pueblo a Apis por un dios, ¿por qué le otorgaban un culto y unas ceremonias? Respondo a esto que el culto no era un culto de latría o una verdadera adoración, sino solamente relativo y las ceremonias eran tales como las que están en uso en las fiestas públicas, o poco más o menos como cuando se le pone el incienso a las personas vivientes o a las figuras que están representadas sobre sus tumbas. Es una pura señal de veneración para su rango o para su memoria y no se pretende rendirles los mismos honores que a la Divinidad.
Los sacerdotes tenían además dos plausibles razones para actuar así. Penetrados de reconocimiento hacia el Creador, por una gracia tan especial como la del conocimiento del arte sacerdotal, querían no solamente rendirle acciones de gracias en particular, sino que querían también ligar al pueblo a reunir a los suyos, puesto que se aprovechaba de esta gracia, aunque sin saberlo, por las ventajas que se sacaba de las producciones del arte hermético. En consecuencia se presentaba a este pueblo, que prácticamente se guiaba por los sentidos, el animal más útil y el más necesario para inducir a pensar en el Creador y en recurrir a él, dándole así ocasión de reflexionar sobre sus beneficios. No podía ver a Dios. El pueblo, totalmente ocupado en las cosas terrestres, le era necesario un objeto sensible que se lo recordara sin cesar, y en particular en ciertos tiempos, es decir, los días de fiestas y de pompas instituidas para ello.
Es la idea que se debe de tener de los sacerdotes de Egipto respecto a esto, y creo que se debe de pensar con Kircher,[5] y con otros eruditos, que estos sacerdotes que fueron los maestros de estos filósofos, y a quienes la posteridad ha consagrado el nombre de sabios por excelencia, eran muy sensatos como para creer en la letra de las fábulas de Osiris, Isis, Horus, Tifón, etc., y como para rendir un culto tan extravagante a los animales u otros símbolos de la Divinidad. Los testimonios de Hermes Trismegisto mismo, de Jámblico sobre los misterios de los egipcios, lo que dice Plotino en su tercer libro de los Hipóstases, Herodoto, Diodoro de Sicilia, Plutarco, etc., es más que suficiente para fijar lo que debemos de pensar de ello. Desconfiamos de los autores griegos y latinos que no siempre estaban tan bien instruidos en los misterios de los egipcios, que los sacerdotes les ocultaron como a profanos.

[1] . Haymon, Epístolas.
[2] . Hermes, Tabla de Esmeralda.
[3] . Porfirio, lib. De abstinentia.
[4] . Abenephius, de cultu Aegypti.
[5] . Kircher. Mistag. Aegypt. Lib. 3, cap. 3.

jueves, marzo 01, 2007

Las Fábulas Egipcias, Introducción (6)




Basilio Valentín fue uno de los autores herméticos más difícil de entender, tanto por las alteraciones que se han hecho a sus tratados, como por el velo oscuro de los enigmas, los equívocos y las figuras jeroglíficas de los que están llenos. Michael Maier ha hecho un gran número de obras sobre esta materia, se puede ver su enumeración en el Catálogo de Autores Químicos, Metalúrgicos y Filósofos herméticos que el abad Lenglet du Fresnoy ha insertado en su Historia de la Filosofía Hermética. Espagnet estimó entre otras obras de Maier su Tratado de los Emblemas, porque representan –dice– con mucha claridad, a los ojos de los clarividentes, lo que la gran obra tiene de más secreto y más oculto. He leído con mucha atención muchos de los tratados de Maier y me han sido de una gran ayuda, como el que lleva por título Arcana Arcanísima, que me ha servido de bosquejo para mi obra, al menos en su distribución, pues no he seguido siempre sus ideas.
Los filósofos herméticos que han empleado las alegorías de la fábula, son tan oscuros como la fábula misma, al menos para los que no son adeptos, pues sólo han arrojado luz sobre ella cuando era [1] trabajad de manera que Paris pueda defender a la bella Helena; impedid que la ciudad de Troya sea asolada de nuevo por los griegos; aseguraos de que Príamo y Menelao no estén más en guerra y en aflicción; Héctor y Aquiles estarán pronto de acuerdo, no combatirán más por la sangre real, entonces tendrán monarquía y así mismo dejarán en paz a todos sus descendientes. Este autor introduce los principales dioses de la fábula en las doce llaves. Raimon Llull habla a menudo de Egipto y de Etiopía. Uno emplea una fábula y el otro otra, pero siempre alegóricamente.
preciso para hacernos comprender que sus misterios no eran misterios para ellos: Acordaos bien de esto –dice Basilio Valentín–
Todas las explicaciones que daré están tomadas de estos autores o
apoyadas sobre sus textos y sus razonamientos; serán tan naturales que se podrá concluir que la verdadera química fue la fuente de las fábulas, que encierran todos los principios y las operaciones, que en vano se intentará forzar su explicación por otros medios. No pienso que todo el mundo convenga en ello pues se ha introducido el uso de explicar a los antiguos mediante la historia y la moral, este uso ha prevalecido y es acreditado hasta el punto que el prejuicio hace considerar toda otra explicación como fantasías.
Se las considerará desde el punto de vista que se quiera, poco me importa. Escribo para los que quieran leerme, para los que no puedan salir del laberinto donde se encuentran obligados, siguiendo los sistemas que acabo de mencionar, buscarán aquí un hilo de Ariadna, que ciertamente encontrarán; para los que, versados en la lectura asidua de los filósofos herméticos, están más en estado de aportar un juicio sano y desinteresado, pues encontrarán lo necesario para fijar sus ideas vagas e indeterminadas sobre la materia de la gran obra y sobre la manera de trabajarla. En cuanto a los cegados por el prejuicio o por malvadas razones, que atribuyen a los egipcios, pitagóricos, Platón, Sócrates y a los otros grandes hombres ideas tan absurdas como la de la pluralidad de los dioses, les rogaría nada más conciliar, con este sentimiento, la idea de la alta sabiduría que sobresale en todos sus escritos, sabiduría que se les otorga con razón. Les recomiendo una lectura de sus obras más seria y más reflexiva para encontrar lo que se les había escapado. Yo no ambiciono los aplausos de aquellos a los que la filosofía hermética les es completamente desconocida. Sólo podrían juzgar esta obra como un ciego juzga a los colores.
[1] . Basilio Valentín, Tratado del Vidrio.

miércoles, febrero 28, 2007

Las Fábulas Egipcias, Introducción (5)

No se ha de confundir a los filósofos herméticos o verdaderos alquimistas con los sopladores, los que buscan hacer oro inmediatamente con las materias que emplean, mientras que los otros buscan hacer una quintaesencia que pueda servir de panacea universal para curar todas las enfermedades del cuerpo humano y un elixir para transmutar los metales imperfectos en oro. Es propiamente los dos objetivos que se proponían los egipcios, según todos los autores tanto antiguos como modernos. Es este arte sacerdotal del que hacían tan gran misterio, y que los filósofos tendrán siempre envuelto en la oscuridad de los símbolos y las tinieblas de los jeroglíficos. Se contentarán en decir como Haled:[1] Que hay una esencia radical, primordial, inalterable en todos los mixtos, que se encuentra en todas las cosas y en todos los lugares; ¡dichoso aquel que puede comprender y descubrir esta secreta
esencia y trabajarla como es preciso! Hermes dice también que el agua es el secreto de esta cosa y el agua recibe su alimento de los hombres. Marcunes no tiene dificultad en asegurar que todo lo que está en el mundo se vende más caro que esta agua, pues todo el mundo la posee, todo el mundo la necesita. Abuamil dice, hablando de esta agua, que se encuentra en todo lugar, en los llanos, en los valles, sobre las montañas, en el rico y en el pobre, en el fuerte y en el débil. Tal es la parábola de Hermes y de los sabios, tocando su piedra; es un agua, un espíritu húmedo del que Hermes ha envuelto su conocimiento bajo las figuras simbólicas más obscuras y las más difíciles de interpretar.
La materia de donde se saca esta esencia encierra un fuego oculto y un espíritu húmedo; no es sorprendente, pues, que Hermes nos la haya presentado bajo el emblema jeroglífico de Osiris, que quiere decir fuego oculto,[2] y de Isis que siendo tomada por la Luna, significa la naturaleza húmeda. Diodoro de Sicilia confirma esta verdad diciendo que los egipcios que consideraban a Osiris y a Isis como dioses, decían que éstos recorren el mundo sin cesar, que alimentan y hacen crecer todo, durante las tres estaciones del año, la Primavera el Verano y el Invierno y que la naturaleza de estos dioses contribuye infinitamente a la generación de los animales, porque uno es ígneo y espiritual y el otro húmedo y frío; que el aire es común a los dos; en fin, que todos los cuerpos son engendrados y que el Sol y la Luna perfeccionan la naturaleza de las cosas.

Plutarco[3] nos asegura por su lado, que todo lo que los griegos nos cantan y nos declaman, los gigantes, los titanes, los crímenes de Saturno y de los otros dioses, del combate de Apolo con la serpiente Pitón, las carreras de Baco, las búsquedas y los viajes de Ceres, no difieren en nada de lo que se considera de Osiris y de Isis, y que todo lo que se ha inventado de parecido con tanta libertad en las fábulas que las divulgan, debe ser entendido de la misma manera, como lo que se observa en los misterios sagrados y que se dice ser un crimen el desvelarlo al pueblo.
 Todo en la naturaleza ha sido engendrado de lo cálido y lo húmedo; los egipcios dieron al uno el nombre de Osiris y al otro el de Isis y dijeron que eran hermano y hermana, esposo y esposa. Se les tomó siempre por la naturaleza misma, como veremos en lo que sigue. Cuando no se quiera recurrir a sutilidades será fácil descubrir lo que los egipcios, los griegos, etc., entendían por sus jeroglíficos y sus fábulas. Las habían imaginado tan ingeniosamente que ocultaban muchas cosas bajo la misma representación, como entendían también una misma cosa por diversos jeroglíficos y diversos símbolos, los nombres, las figuras, las mismas historias eran varias pero el fondo y el objeto no eran para nada diferentes.

Se sabe, y sólo es preciso abrir las obras de los filósofos herméticos, para ver a primera vista que no sólo han seguido el método de los egipcios, en todos los tiempos, para tratar de la piedra filosofal sino que también han empleado los mismos jeroglíficos y las mismas fábulas en todo o en parte siguiendo la manera en que ellos eran impresionados. Los árabes han imitado más de cerca a los egipcios, porque tradujeron a su lengua un gran número de tratados herméticos y otros escritos en lengua y estilo egipcios. La proximidad del país y por consiguiente la frecuentación y el comercio más particular de estas dos naciones puede también haber contribuido a ello.

Esta unanimidad de ideas y este uso no interrumpido después de tantos siglos forman, sino una prueba sin réplica, por lo menos una presunción de que los jeroglíficos de los egipcios y las fábulas habían sido imaginadas en vistas a la gran obra e inventadas para instruir en su teoría y en su práctica, solamente a algunas personas, mientras que a causa del abuso y de los inconvenientes que resultarían de ello, se tendrían la una y la otra ocultas al pueblo y a los que se juzgara no dignos.
Yo no he sido el primero que haya tenido la idea de explicar estos jeroglíficos y estas fábulas mediante los principios, las operaciones y el resultado de la gran obra, llamada también piedra filosofal y medicina dorada. Se ve extensamente en casi todas las obras que tratan de este misterioso arte.
[1] . Haled, Coment. en Hermet.
[2] . Kircher, Oedip. Aegypt. T. I. P. 176.
[3] . Plutarco, Isis y Osiris.

domingo, febrero 25, 2007

Las Fábulas Egipcias, Introducción (2)

No es sorprendente que el pueblo haya ido a parar ciegamente a ideas tan extravagantes. Poco acostumbrado a reflexionar sobre cosas que no fueran las que se cuidaban de evitar la ruina de sus intereses, o la protección de su vida, dejó a los que tenían más tiempo el cuidado de pensar y de instruirlo. Los sacerdotes sólo razonaban con el pueblo simbólicamente y este lo tomaba todo al pie de la letra. En los comienzos obtuvo ideas correctas sobre Dios y la naturaleza; así mismo es verosímil que la mayoría de ellas las conservara siempre.
Los egipcios que pasaban por ser los más espirituales y los más iluminados de todos los hombres ¿hubieran podido ir a parar a las absurdidades más groseras y a puerilidades tan ridículas como las que se les atribuyen? No se debe de creer lo mismo de aquellos que de entre los griegos fueron a Egipto para ponerse al día de sus ciencias, que sólo se aprendían mediante jeroglíficos. Si los sacerdotes no les desvelaron a todos el secreto del Arte Sacerdotal al menos no les ocultaron lo que concernía a la teología y la física. Orfeo se metamorfoseó, por así decirlo, en Egipto y se apropió de sus ideas y sus razonamientos, hasta el punto que los himnos y lo que ellos encierran,[1] anuncian más bien a un sacerdote egipcio que a un poeta griego. Él fue el primero que transportó a Grecia las
fábulas de los egipcios; pero no es probable que un hombre, al que Diodoro de Sicilia llama el más sabio de los griegos, recomendable por su espíritu y sus conocimientos, haya querido narrar en su patria estas fábulas como realidades. ¿Habrían tenido otros poetas como Homero y Hesíodo la sangre fría de engañar a los pueblos dándoles como verdaderas historias y hechos falsos con unos actores que jamás existieron?
Un discípulo convertido en maestro da comúnmente sus lecciones y sus instrucciones de la misma manera y siguiendo el método que él las recibió. Ellos habían sido instruidos, mediante fábulas, jeroglíficos, alegorías y enigmas, y así mismo las utilizaron. Se trata de misterios, y han escrito misteriosamente. No era necesario advertir a los lectores, incluso los menos clarividentes podían darse cuenta de ello. Es suficiente poner atención a los títulos de las obras de Eumolpo, Meandro, Melantio, Jámblico, Evanto y tantos otros que están llenos de fábulas, para convencerse totalmente de que deseaban ocultar los misterios bajo el velo de estas ficciones y que sus escritos encierran cosas que no se manifiestan a primera vista aunque se haga una lectura muy atenta.
Jámblico se explica así al comienzo de su obra: Los escribanos de Egipto piensan que Mercurio lo había inventado todo, le atribuían todas sus obras. Mercurio preside la sabiduría y la elocuencia; Pitágoras, Platón, Demócrito, Eudoxo y muchos otros fueron a Egipto para instruirse mediante la frecuentación de los sabios sacerdotes de este país. Los libros de los asirios y los egipcios están llenos de las diferentes ciencias de Mercurio y las columnas las presentan a los ojos del público. Están llenas de una doctrina profunda; Pitágoras y Platón sacaron de allí su filosofía.
La destrucción de muchas ciudades y la ruina de casi todo Egipto por Cambises, rey de Persia, dispersó a muchos de los sacerdotes en los países vecinos y en Grecia. Llevaron allí sus ciencias; pero sin duda continuaron enseñándolas a la manera usada entre ellos, es decir, misteriosamente. Al no querer prodigarlas a todo el mundo, las envolvieron aún en las tinieblas de las fábulas y de los jeroglíficos, a fin de que el común, viendo no viera nada y oyendo no comprendiera nada. Todos extrajeron de esta fuente, pero unos sólo tomaban agua pura y limpia mientras que la enturbiaban para los otros que no encontraron allí más que barro. De ahí esta fuente de absurdos que han inundado la tierra durante tantos siglos. Estos misterios ocultos bajo tantas envolturas, mal entendidos y mal explicados, se extendieron en Grecia y de allí por toda la tierra.
 Estas tinieblas, en el seno de las cuales nació la idolatría, se extendieron más y más. La mayor parte de los poetas, poco al corriente de estos misterios en cuanto a su fondo, encarecieron aún más sobre las fábulas de los egipcios y el mal se desarrolló hasta la venida de Jesús-Cristo nuestro Salvador, quien desengañó a los pueblos de los errores en los que estas fábulas les habían arrojado. Hermes había previsto esta decadencia del culto divino y los errores de las fábulas que debían de tomar su lugar:[2] El tiempo vendrá –dice– en que parecerá que los egipcios han adorado inútilmente a la Divinidad con la piedad requerida y que han observado su culto con todo el celo y exactitud que debían... ¡Oh, Egipto! ¡Oh, Egipto! No quedará de tu religión más que las fábulas que se volverán increíbles para nuestros descendientes; las piedras gravadas y esculpidas serán los únicos monumentos de tu piedad.

Es cierto que ni Hermes ni los sacerdotes de Egipto no reconocían una pluralidad de dioses. Que se lea atentamente los himnos de Orfeo, particularmente el de Saturno donde dice que este dios está extendido en todas las partes que componen el Universo y que no ha sido engendrado; que se reflexione sobre el Asclepios de Hermes, sobre las palabras de Parménides el pitagórico, sobre las obras del mismo Pitágoras, se encontrará por todas partes
expresiones que manifiestan su sentimiento sobre la unidad de un Dios, principio de todo, él mismo sin principio, y que todos los otros dioses de los que hacen mención sólo son diferentes denominaciones, ya sea de sus atributos ya sea de las operaciones de la naturaleza. Jámblico es capaz de convencernos de ello por lo que dice de los misterios de los egipcios, cuando sus discípulos le preguntaron cuál pensaba que era la primera causa y el primer principio de todo.
Hermes y los otros sabios, pues, sólo presentaron a los pueblos las figuras de las cosas y de los dioses para manifestarles un sólo y único Dios en todas las cosas, pues aquel que ve la sabiduría,[3] la providencia y el amor de Dios manifestados en este mundo, ve a Dios mismo, puesto que todas las criaturas sólo son espejos que reflejan sobre nosotros los rayos de la sabiduría divina. Se puede ver sobre ello la obra de Paul Ernest Jablonski, donde justifica perfectamente a los egipcios de la idolatría ridícula que se les imputa.[4]
Los egipcios y los griegos no siempre tomaron estos jeroglíficos por puros símbolos de un solo Dios; los sacerdotes, los filósofos de Grecia, los magos de Persia, etc. Fueron los únicos que conservaron esta idea, pero la de la pluralidad de los dioses se acreditó de tal manera entre el pueblo, que los principios de la sabiduría y de la filosofía no siempre fueron tan fuertes como para vencer la timidez de la debilidad humana en aquellos que habrían podido desengañar a este pueblo y hacerle conocer su error. Los filósofos parecían adoptar en público las absurdidades de las fábulas, lo que hizo que un sacerdote de Egipto gimiendo sobre la pueril credulidad de los griegos, dijera un día a algunos: Los griegos son niños y siempre serán niños.[5]
Esta manera de expresar a Dios, sus atributos, la naturaleza, sus principios y sus operaciones fue usada por toda la antigüedad y en todos los países. No se creía que fuera conveniente divulgar al pueblo misterios tan elevados y tan sublimes. La naturaleza del jeroglífico y del símbolo es conducir al conocimiento de una cosa mediante la representación de otra totalmente diferente. Pitágoras, según Plutarco,[6] fue de tal manera embargado de admiración cuando vio la manera en que los sacerdotes de Egipto enseñaban las ciencias que se propuso imitarles; le salió tan bien que sus obras están llenas de equívocos y sus sentencias están veladas mediante rodeos y maneras de expresar muy misteriosas. Moisés, si queremos creer a Ramban,[7] escribió sus libros de una manera enigmática: Todo lo que está contenido en la ley de los hebreos –dice este autor– está escrito en un sentido alegórico o literal, mediante términos que resultan de algunos cálculos aritméticos, o de algunas figuras geométricas de caracteres cambiados o transpuestos o colocados armónicamente siguiendo su valor. Todo esto resulta de las formas de los caracteres, de sus uniones y de sus separaciones, de su inflexión, su curvatura, su rectitud, de lo que les falta, de lo que tienen de más, de su grandeza, de su pequeñez, de su obertura, etc.
Salomón consideró los jeroglíficos, los proverbios y los enigmas como objeto digno de estudio de un hombre sabio, se puede ver las alabanzas que les hace en todas sus obras. El sabio se dará[8] al estudio de las parábolas; se aplicará a interpretar las expresiones, las sentencias y los enigmas de los antiguos sabios. Penetrará[9] en los rodeos y las sutilezas de las parábolas, discutirá los proverbios para descubrir lo que hay allí de más oculto, etc.
Los egipcios no siempre se expresaban mediante jeroglíficos o enigmas, sólo lo hacían cuando era preciso hablar de Dios o de lo que pasa secretamente en las operaciones de la naturaleza; los jeroglíficos de uno no eran siempre los jeroglíficos del otro. Hermes inventó la escritura de los egipcios; no se está de acuerdo en la clase de caracteres que primero puso en uso, pero se sabe que había cuatro clases: la primera[10] eran los caracteres de la escritura vulgar conocida por todo el mundo y empleada en el comercio de la vida. La segunda sólo la usaban entre los sabios, para hablar de los misterios de la naturaleza; la tercera era una mezcla de caracteres y de símbolos; y la cuarta era el carácter sagrado, conocido por los sacerdotes, que sólo la usaban para escribir sobre la Divinidad y sus atributos.

[1] . Kircher. Ob. Pamph. Lib. II, cap. 3. Este testimonio del P. Kircher no ha podido persuadir a los sabios que consideran las obras de Orfeo como supuestas.
[2] . Hermes, Asclepio.
[3] . S. Denis el Aeropagita.
[4] . Jablonski, Pantheon Aegyptiorum. Frankfurt, 1751.
[5] . Platón, Timeo.
[6] . Plutarco, Libro de Isis y Osiris.
[7] . Rambán, Exordio al Génesis.
[8] . Proverbios, cap. 1.
[9] . Eclesiástico, cap. 39.
[10] . Abenephis.