domingo, diciembre 31, 2006

La Naturaleza (del Tratado de Física)



A este primer motor o principio de generación y de alteración se le juntó un segundo corporificado al que damos el nombre de naturaleza. El ojo de Dios siempre atento a su obra, es propiamente la naturaleza misma y las leyes que Él ha puesto para su conservación son las causas de todo lo que se opera en el Universo. La naturaleza que acabamos de llamar “segundo motor corporificado” es una naturaleza secundaria, un servidor fiel que obedece exactamente las órdenes de su amo,[1] o un instrumento conducido por la mano de un obrero incapaz de equivocarse. Esta naturaleza o causa segunda es un espíritu universal, que tiene la propiedad vivificante y fecundante de la luz creada en el principio y comunicada a todas las partes del macrocosmos. Zoroastro con Heráclito la han llamado espíritu ígneo, fuego invisible y alma del mundo. Es de él que habla Virgilio cuando dice:[2] Desde el principio un cierto espíritu ígneo fue infundido en el cielo, la tierra, el mar, la luna y los astros titanes o terrestres.[3] Este espíritu les da la vida y los conserva. Alma expandida en todos los cuerpos, da el movimiento a toda la masa y a cada una de sus partes. De ahí vienen todas las especies de seres vivientes, cuadrúpedos, aves, peces. Este espíritu ígneo es el principio de su vigor; su origen es celeste y les es comunicado por la simiente que los produce.

El orden que reina en el Universo sólo es un desarrollado conjunto de las leyes eternas. Todos los movimientos de las diferentes partes de su masa dependen de ello. La naturaleza forma, altera y corrompe sin cesar; y su moderador, presente por todo, repara continuamente las alteraciones de la obra.
Se puede dividir el mundo en tres regiones, la superior, la mediana y la inferior. Los filósofos herméticos dan a la primera el nombre de inteligible y dicen que es espiritual, inmortal o inalterable; es la más perfecta. La mediana es llamada celeste. Ella encierra los cuerpos menos imperfectos y una cantidad de espíritus.[4] Esta región está en medio y participa de la superior y de la inferior. Sirve como medio para reunir estos dos extremos, y como canal por donde se comunican sin cesar en la inferior los espíritus vivificantes que animan todas las partes. Está sujeta a cambios periódicos. La inferior o elementaria comprende todos los cuerpos sublunares. Ella sólo recibe, de las otras dos, los espíritus vivificantes para luego devolvérselos. Es por esto que allí todo se altera, todo se corrompe, todo muere; no se hace ninguna generación que no proceda de la corrupción, y ningún nacimiento que no le siga la muerte. Cada región es sumisa y depende de la que le es superior, pero actúan en acuerdo. Sólo el Creador tiene el poder de destruir a los seres, como sólo él tiene el poder de sacarlos de la nada. Las leyes de la naturaleza no permiten que lo que tenga carácter de ser o de substancia esté sujeto al aniquilamiento. Lo que hace decir a Hermes[5] que nada muere en este mundo, sino que todo pasa de una manera de ser a otra. Todo mixto está compuesto de elementos, y finalmente se resuelve en estos mismos elementos, por una rotación continua de la naturaleza.
Hay, pues, desde el comienzo dos principios, uno luminoso acercándose mucho a la naturaleza espiritual y el otro todo corporal y tenebroso. El primero para ser el principio de la luz, del movimiento y del calor, el segundo como principio de tinieblas, entorpecimiento y de frío.[6] Uno activo y masculino y el otro pasivo y femenino. Del primero viene el movimiento para la generación en nuestro mundo elemental y por parte del segundo procede la alteración, de donde la muerte ha tomado principio. Todo movimiento se hace por rarificación y condensación.[7] El calor, efecto de la luz sensible o insensible, es la causa de la rarificación y el frío produce el estrechamiento o la condensación. Todas las generaciones, vegetaciones y desarrollos sólo se hacen por estos dos medios, puesto que son las dos primeras disposiciones de las que los cuerpos han sido afectados. La luz sólo es expandida por la rarefacción; la condensación, que produce la densidad de los cuerpos, sólo detiene el progreso de la luz conservando así las tinieblas.
Cuando Moisés dice que Dios creó el cielo y la tierra parece haber querido hablar de estos dos principios formal y material, o activo y pasivo como hemos explicado, él no parece haber entendido por la tierra esta masa árida que aparece tras la separación de las aguas. De lo que habla Moisés es del principio material de todo lo que existe y comprende el globo tierra-agua-aire. La otra ha tomado propiamente su nombre de la sequedad y para distinguirla del conjunto de las aguas, y llamó Dios a los seco tierra y a la reunión de las aguas llamó mares[8] El aire el agua y la tierra son una misma materia más o menos tenue y sutil, según esté más o menos rarificada. El aire como el más cercano al principio de rarefacción, es el más sutil, el agua le sigue y después la tierra. Como el objetivo que me propongo dando estos principios, compendios de física, es solamente el de instruir sobre lo que puede aclarar a los aprendices de la filosofía hermética, no entraré en detalle sobre la formación de los astros y sus movimientos.

[1] . Cosmopolita, Tratado, 2.
[2] . Virgilio, Enéida, lib. 6.
[3] . Es decir, los minerales y los metales a los que se les han dado los nombres de los planetas.
[4] . Es preciso señalar que los filósofos no entienden por estos espíritus, los espíritus inmateriales o espíritus angélicos, sino solamente los espíritus físicos, tales como el espíritu ígneo expandido en el Universo. Tal es también la espiritualidad de su región superior.
[5] . Hermes, Poimandrés.
[6] . Cosmopolita, Tratado, 1.
[7] . Beccher, Física Sutil.
[8] . Génesis, 1.

viernes, diciembre 29, 2006

La Primera Materia (del Tratado de Física)


Algunos filósofos han supuesto una materia preexistente a los elementos; pero como no la conocen, sólo han hablado de una materia oscura y muy embrollada. Aristóteles, que parece haber creído que el mundo es eterno, habla sin embargo de una primera materia universal, sin osar comprometerse en las sutilezas tenebrosas de las ideas que tenía. Respecto a esto sólo se expresa de una manera muy ambigua. La veía como el principio de todas las cosas sensibles, y parece querer insinuar que los elementos están formados por una especie de antipatía o de repugnancia que se encontraba entre las partes de esta materia.[1] Hubiera sido mejor filósofo si hubiera visto que lo que hay es una simpatía y un acuerdo perfecto, puesto que no se ve ni una contrariedad entre los elementos, aunque ordinariamente se piense que el fuego es opuesto al agua, no se equivocarían si se dieran cuenta de que esta pretendida oposición no viene más que de la intención de sus cualidades y de la diferencia de sutilidad de sus partes, puesto que no hay agua sin fuego.
Tales, Heráclito y Hesíodo han considerado al agua como la primera materia de las cosas. Moisés, en el Génesis,[2] parece favorecer este sentimiento al dar los nombres de abismo y de agua a esta primera materia; no entendemos aquí el agua que nosotros bebemos, sino una especie de humo, un vapor húmedo, espeso y tenebroso, que seguidamente se condensó más o menos, según las cosas más o menos compactas que le complació formar al Creador. Esta niebla, este inmenso vapor se concentró, se espesó, o se rarificó en un agua universal y caótica, que se convirtió en el principio para lo presente y para lo que siguió.[3]
En su principio esta agua era volátil, como una niebla; la condensación hizo una materia más o menos fija. Pero ¿cuál puede ser esta materia, primer principio de las cosas? ella fue creada en las tinieblas muy espesas y muy oscuras, para que el espíritu humano pueda ver claramente. Sólo el Autor la conoce, y en vano los teólogos y filósofos querrían determinar cómo es ésta. Sin embargo es verosímil que este abismo tenebroso, este caos fuera una materia acuosa o húmeda, como más limpia y más dispuesta a ser atenuada, condensada y servir mediante estas cualidades a la construcción de los Cielos y de la Tierra. La Escritura Santa nombra a esta masa informe unas veces tierra vacía, otras veces agua, aunque no fuera ni lo uno ni lo otro aún, solamente en potencia. Se puede conjeturar, pues, que podría ser como un humo espeso y tenebroso, estúpido y sin movimiento, adormecido por una especie de frío y sin acción; hasta que esta misma palabra que creó este vapor insuflara un espíritu vivificante, que se volvió como visible y palpable por los efectos que allí produjo.

La separación de las aguas superiores de las inferiores, que se mencionan en el Génesis, parece estar hecha por una especie de sublimación de las partes más sutiles y más tenues, aproximadamente como una destilación en la que los espíritus se separan de las más pesadas, más terrestres y ocupan lo alto del vaso, mientras que las más groseras permanecen en el fondo. Esta operación fue hecha por la ayuda del espíritu luminoso que había sido insuflado en esta masa. Pues la luz es un espíritu ígneo, que, agitándose sobre este vapor y dentro de él, volvió algunas partes más pesadas condensándolas y volviéndolas opacas por su estrecha adhesión; este espíritu las echó hacia la región inferior, y conservaron las tinieblas en las cuales estaban primeramente sepultadas. Las partes más tenues y vueltas cada vez más homogéneas por la uniformidad de su tenuidad y de su pureza, fueron elevadas y empujadas hacia la región superior, donde menos condensadas dejaron paso libre a la luz que se manifestó en todo su esplendor.
Lo que prueba que el abismo tenebroso, el caos, o la primera materia del mundo, era una masa acuosa y húmeda, es otra de las razones que hemos aportado, tenemos una prueba suficientemente palpable bajo nuestros ojos. Lo propio del agua es correr, fluir tanto como le anima el calor y la mantiene en su estado de fluidez. La continuidad de los cuerpos, la adhesión de sus partes es debido al humor acuoso. Es como la cola o la soldadura que reúne y liga las partes elementarias de los cuerpos. Mientras que no es separada enteramente, conservan la solidez de su masa. Pero si el fuego calienta esta masa más de lo necesario para su conservación en su estado actual, aleja y rarifica este humor, lo hace evaporar y el cuerpo se reduce en polvo, puesto que la ligadura que reunía las partes ya no está.

El calor es el medio y el instrumento que el fuego emplea en sus operaciones; así mismo mediante él produce dos efectos que parecen opuestos, pero que están muy de acuerdo con las leyes de la naturaleza, y que nos representan lo que pasó en el desenredo del caos. Separando la parte más tenue y más húmeda de la más terrestre, el calor rarificó la primera y condensó la segunda. Así por la separación de los heterogéneos se hizo la reunión de los homogéneos. Nosotros sólo vemos en el mundo un agua más o menos condensada. Entre el Cielo y la Tierra, todo es humo, nieblas, vapores empujados desde el centro y desde el interior de la tierra y elevados hacia lo alto de la circunferencia hacia la parte que llamamos aire. La debilidad de nuestros órganos sensoriales no nos permite ver los vapores sutiles, o emanaciones de los cuerpos celestes, que llamamos influencias y que se mezclan con los vapores que se subliman de los cuerpos sublunares. Es preciso que los ojos del espíritu vengan en ayuda de la debilidad de los ojos del cuerpo. En todo tiempo los cuerpos transpiran un vapor, sutil, que se manifiesta más claramente en el verano. El aire calentado sublima las aguas en vapores, los absorbe y los atrae hacia él. Cuando tras una lluvia los rayos del Sol son lanzados sobre la tierra, se le ve humear y exhalar vapores. Estos vapores giran en el aire en forma de niebla cuando no se elevan mucho sobre la superficie de la tierra, pero cuando suben hasta la región media, se les ve circular en forma de nubes. Después se convierten en lluvia, en nieve o granizo y caen para retornar a su origen. El trabajador lo siente con gran incomodidad cuando trabaja bajo la acción del calor. También el hombre ocioso lo experimenta cuando hace mucho calor. El cuerpo transpira siempre y los sudores que fluyen a menudo por el cuerpo lo manifiestan.
Los que han profundizado en las ideas de los rabinos, han creído que había existido, antes de esta primera materia, un cierto principio más antiguo que ella, al cual han dado muy impropiamente el nombre de Hylé. Era menos un cuerpo que una sombra inmensa, menos una cosa que una imagen muy oscura de la cosa a la que se debería llamar más bien fantasma tenebroso del Ser, una noche muy negra, el vacío o el centro de las tinieblas; en fin, una cosa que sólo existía en potencia, la cual sólo le sería posible imaginar al espíritu humano en un sueño. Pero la misma imaginación sólo podría representárnosla como se le representaría la luz del Sol a un ciego de nacimiento. Estos sectarios del rabinismo han juzgado a propósito decir que Dios sacó de este principio un abismo tenebroso, informe como la materia cercana a los elementos y al mundo. Pero finalmente, todo esto en acuerdo nos anuncia al agua como primera materia de las cosas.
El espíritu de Dios que planeaba sobre las aguas,[4] fue el instrumento del que se sirvió el supremo Arquitecto del mundo para dar forma al Universo. Propagó al instante la luz, volvió de potencia en acto las simientes de las cosas antes confusas en el caos y mediante una alteración constante de coagulaciones y de resoluciones hizo a todos los individuos. Repartido en toda la masa animó cada parte y por una continua y secreta operación dio movimiento a cada individuo según el género y la especie que había determinado. Es propiamente El Alma del Mundo y quien lo ignora o lo niega ignora las leyes del Universo.


[1] . Aristóteles, De ortu & interitu, lib. 2, caps. 1-2.
[2] . Génesis, 1.
[3] . Cosmopolita, Tratado, 4.
[4] . Génesis, 1.

Principios generales de la Física, según la Filosofía hermética





No es dado a todos penetrar hasta el santuario de los secretos de la naturaleza; muy pocos saben el camino que conduce hasta allí. Los unos, impacientes, se extravían tomando los senderos que parece que abrevian la ruta; otros encuentran casi a cada paso encrucijadas que les dificultan, toman la izquierda y van al Tártaro, en lugar de tomar la derecha que conduce a los Campos Elíseos, porque no tienen, como Eneas,[1] una Sibila que los guíe. Otros piensan que no se equivocan siguiendo el camino más frecuentado. Sin embargo, tras largas fatigas, todos perciben que, lejos de haber llegado a la meta, han pasado por el lado, o le han dado la espalda.
Los errores tienen su fuerza tanto en el prejuicio como en la falta de luces y de instrucciones sólidas. La verdadera ruta sólo puede ser muy simple, puesto que no hay nada más simple que las operaciones de la naturaleza. Pero, aunque trazada por esta misma naturaleza, es poco frecuentada, y aquellos que pasan se ponen el celoso deber de ocultar sus trazos mediante zarzas y espinas. Allí no se anda más que a través de la oscuridad de las fábulas y de los enigmas; es
muy difícil no extraviarse si un ángel tutelar no lleva la antorcha delante nuestro.
Es preciso, pues, conocer la naturaleza antes de proponerse imitarla e intentar perfeccionar lo que ella ha dejado en vías de perfección. El estudio de la física nos da este conocimiento, no el de esta física de escuelas, que sólo enseña la especulación, y que sólo llena la memoria de términos muy oscuros y menos inteligibles que la cosa misma que se quiere explicar. Física que pretendiendo definir claramente un cuerpo nos dice que está compuesto de puntos. Puntos que llevados de un lugar a otro formarán líneas, estas líneas acercadas unas a otras harán una superficie, de allí una extensión y las otras dimensiones. De la reunión de las partes resultará un cuerpo, y de su desunión, la divisibilidad al infinito, o si se quiere, al indefinido. Finalmente nos da otros tantos razonamientos de esta especie, poco capaces de satisfacer a un espíritu curioso y deseoso de llegar a un conocimiento palpable y práctico de los individuos que componen este vasto Universo. Es a la física química que es preciso recurrir. Es una ciencia práctica, fundada sobre una teoría cuya experiencia prueba la verdad. Pero esta experiencia es desgraciadamente tan rara, que la mayoría aprovechan esta peculiaridad para dudar de su existencia.
En vano algunos autores, gente de espíritu, de genio y muy eruditos, por otra parte, han querido inventar sistemas para representar, mediante una descripción florida, la formación y el nacimiento del mundo. Uno se ha embrollado en torbellinos cuyo movimiento muy rápido lo ha transportado a él y se ha perdido con ellos. Su primera materia, divisada en materia sutil, ramosa y globulosa, sólo nos ha dejado una vana materia de razonamientos sutiles, sin enseñarnos más que lo que es la esencia del cuerpo. Otro, no menos ingenioso, es avisado de someterlo todo al cálculo, y ha imaginado una atracción recíproca que podría ayudarnos a razonarlo todo según el movimiento actual de los cuerpos, sin aportarnos ninguna luz sobre los principios de los que están compuestos. Este sentiría muy bien que se hiciera revivir, bajo un nombre nuevo, las cualidades ocultas de los peripatéticos, desterrados de la escuela después de mucho tiempo; también se ha declamado su atracción como una conjetura, que sus sectarios se han visto en el deber de sostener como una cosa real. La cabeza del tercero, impresionada por el mismo golpe que su pretendido cometa recibe al chocar con el Sol, ha dejado tomar a sus ideas rutas tan poco regulares como aquellas que fijan los planetas formados, según él, de las partes separadas por el choque del cuerpo ígneo del astro que preside el día. Las imaginaciones de un Telliamed, y las de otros escribanos parecidos son fantasías que no merecen más que desprecio o indignación.
Todos los que se han querido alejar de lo que Moisés nos ha dejado en el Génesis, están perdidos en sus vanos razonamientos.
Que no se nos diga que Moisés sólo ha querido hacer cristianos y no filósofos. Instruido por la revelación del Autor mismo de la naturaleza; versado, por otra parte, muy perfectamente en todas las ciencias de los egipcios, los más instruidos y los más esclarecidos en todas las que nosotros cultivamos, ¿quién mejor que él para enseñarnos alguna cosa cierta sobre la historia del Universo? Su sistema es verdadero, está muy cerca del hacer de los cristianos, pero esta cualidad, de la que carecen la mayor parte de los autores, ¿es incompatible con la verdad? Todo anuncia la grandeza, el poder y la Sabiduría del Creador, pero al mismo tiempo todo manifiesta a nuestros ojos la criatura tal cual es. Dios habló y todo fue hecho, dixit & facta sunt.[2] Esto era suficiente para los cristianos pero no para los filósofos. Moisés añade de dónde ha sido sacado este mundo; qué orden le ha placido poner al Ser Supremo en la formación de cada reino de la naturaleza. ¡Hace más! declara que es el principio de todo lo que existe, y el que da la vida y el movimiento a cada individuo. ¿Podría decirse más en tan pocas palabras? ¿Se exigiría de él que hubiera descrito la anatomía de todas las partes de estos individuos? Y cuando lo hubiera hecho ¿Se le hubiera tenido más en cuenta? Se le quiere examinar; porque se duda, se duda por ignorancia, y sobre tal fundamento, ¿qué sistema se puede levantar, que no caiga pronto en ruina?
El sabio no puede definir mejor esta especie de arquitectos, estos fabricantes de sistemas, que diciendo que Dios ha entregado el Universo a sus vanos razonamientos.[3] Mejor digamos: no hay nadie versado en la ciencia de la naturaleza, que no reconozca a Moisés como un hombre inspirado de Dios, como un gran filósofo y un verdadero físico. Ha descrito la creación del mundo y del hombre con tanta verdad como si hubiera asistido en persona. Pero reconozcamos, al mismo tiempo que sus escritos son tan sublimes que no están al alcance de todo el mundo, y que los que lo combaten lo hacen porque no los entienden, que las tinieblas de su ignorancia les ciega y que sus sistemas no son más que delirios mal combinados de una cabeza engreída de vanidad y enferma de excesiva presunción. Nada más simple que la física. Su objeto, aunque muy compuesto a los ojos de los ignorantes, no tiene más que un principio pero dividido en partes, unas más sutiles que otras. Las diferentes proporciones empleadas en la mezcla, la reunión y las combinaciones de las partes más sutiles con aquellas que lo son menos, forman todos los individuos de la naturaleza. Y como estas combinaciones son casi infinitas, el número de los mixtos también lo es.
Dios es un Ser eterno, una unidad infinita, principio radical de todo; su esencia es una inmensa luz, su poder un todo-poder, su deseo un bien perfecto, su voluntad absoluta una obra cumplida.
A quien quiera saber más, sólo le queda la estupefacción, la admiración, el silencio, y un impenetrable abismo de gloria. Antes de la creación estaba como replegado en sí mismo y esto le era suficiente. En la creación Él dio a luz, por así decirlo, y puso al día esta gran obra que había concebido de toda la eternidad. Él se desplegó por una extensión manifestada de sí mismo y volvió material este mundo ideal, como si hubiera querido volver palpable la imagen de su Divinidad. Es lo que Hermes ha querido hacernos entender cuando dice que Dios cambió de forma y que entonces el mundo fue manifestado y se transformó en luz.[4] Parece verosímil que los antiguos entendieran una cosa parecida del nacimiento de Palas, salida del cerebro de Júpiter con la ayuda de Vulcano o de la luz. No menos sabio en sus combinaciones que poderoso en sus operaciones, el Creador ha puesto un tan bello orden en la masa orgánica del Universo, que las cosas superiores están mezcladas sin confusión con las inferiores y se vuelven parecidas por una cierta analogía. Los extremos se encuentran ligados muy estrechamente por un medio insensible, o un nudo secreto en esta adorable obra, de manera que todo obedece en acuerdo a la dirección del Moderador supremo; sin que lo liguen las diferentes partes puede ser desunido sólo por aquel que ha hecho la unión. Hermes tenía razón al decir:[5] “que lo que está abajo es como lo que está arriba”, para hacer todas las cosas admirables que vemos.

[1] . Virgilio, Enéida, lib. 6.
[2] . Génesis, 1.
[3] . Eclesiastés, 3, 2.
[4] . Hermes, Poimandrés, 1.
[5] . Hermes, La Tabla de Esmeralda
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martes, diciembre 26, 2006

Final del Discurso Preliminar (Los buenos Filósofos)




En cuanto a los árabes, nadie duda que entre ellos siempre había estado en vigor la química hermética y la vulgar. Además, como nos enseña Albufaraio,[1] los árabes nos han conservado un gran número de obras de los caldeos, de los egipcios y de los griegos, por las traducciones que habían hecho a su lengua; tenemos todavía los escritos de Geber, Avicena, Abudalí, Alfidio, Alquindis y de muchos otros sobre estas materias. Así mismo se puede decir que la química se extendió en toda Europa mediante ellos. Alberto el grande, arzobispo de Ratisbona, es uno de los primeros conocidos después de los árabes. Entre otras obras llenas de ciencia y de erudición sobre la dialéctica, las matemáticas, la física, la metafísica, la teología y la medicina, se le encuentran muchas sobre química, de las que una que lleva por título Alchymia, se ha llenado a continuación de una infinidad de adiciones y sofisticaciones. El segundo es intitulado Concordantia Philosophorum; el tercero, Compositione Compositi. Ha hecho también un tratado de los minerales, al final del cual pone un artículo particular de la materia de los filósofos bajo el nombre de electrum minerale. En el primero de estos tratados dice: El deseo de instruirme en la química hermética me ha hecho recorrer muchas ciudades y provincias, visitar a gentes eruditas para ponerme al corriente de esta ciencia. He transcrito y estudiado con mucho cuidado y atención los libros que tratan de ello, pero durante mucho tiempo no he reconocido como verdad lo que enuncian. He estudiado de nuevo en los libros los pros y contras y no he podido sacar ni bien ni provecho. He encontrado muchos canónigos tan eruditos como ignorantes en la física, que confundían este arte y que habían hecho gastos enormes, a pesar de sus fatigas, sus trabajos y su plata, no habían logrado nada. Pero todo esto no me chocó y me puse a trabajar por mí mismo; hice el gasto, leí, velé, fui de un lugar a otro y medité sin cesar sobre las palabras de Avicena: Si la cosa es ¿cómo es ella? Si no lo es ¿cómo no lo es? Trabajé, pues, estudié con perseverancia, hasta que encontré lo que buscaba. Tengo que agradecérselo a la Gracia del Santo Espíritu que me esclareció y no a mi ciencia. También dice en su tratado de los minerales:[2] No pertenece a los físicos el determinar y el juzgar la transmutación de los cuerpos metálicos y la transformación de uno en el otro, esto pertenece al arte, llamado alquimia. Esta clase de ciencia es muy buena y muy cierta, porque
enseña a conocer cada cosa por su propia causa y no le es difícil distinguir de las cosas las partes accidentales que no son de su naturaleza. Añade después en el capítulo segundo del mismo libro:
La primera materia de los metales es una humedad untuosa, sutil, incorpórea y mezclada fuertemente con una materia terrestre. Esto es el hablar de un filósofo, en conformidad con lo que dicen todos, como se verá en lo que sigue.
Arnaldo de Vilanova, su discípulo Raimon Llull y Flamel aparecieron poco tiempo después; el número aumentó poco a poco y esta ciencia se extendió en todos los reinos de Europa. En el último siglo se ve al
Cosmopolita, Espagnet y a Filaleteo, como sin duda había otros y aún hoy en día existen, pero el número es tan pequeño, y se encuentran tan ocultos, que sería preciso descubrirlos.
Es una gran prueba de ello el hecho de que no busquen la gloria del mundo, o que al menos teman los efectos de su perversidad. Se mantienen en el silencio, tanto por parte de la palabra como por parte de los escritos. Lo que no quiere decir que no aparezcan de tiempo en tiempo algunas obras sobre esta materia; pero es suficiente haber leído y meditado a los verdaderos filósofos, para apercibirse pronto de que sólo se asemejan a ellos en los términos bárbaros y el estilo enigmático, pero nunca en el fondo. Sus autores han leído buenos libros, los citan
bastante a menudo, pero lo hacen tan intempestivamente, que prueban claramente, o que no los han meditado, o que lo han hecho de manera para adaptar las expresiones de los filósofos a las falsas ideas que su predisposición les había puesto en el espíritu respecto a las operaciones y a la materia, y no buscando rectificar sus ideas mediante las de los autores que leían. Estas obras de los falsos filósofos son un gran número, todo el mundo ha querido ponerse a escribir y la mayor parte, sin duda, para encontrar en la bolsa del librero un recurso que les faltaba, o al menos para hacerse un nombre que ciertamente no merecían. Un autor desearía que algún verdadero filósofo tuviera la suficiente caridad hacia el público como para publicar una lista de buenos autores en este género de ciencia, a fin de quitar a un gran número de personas la confianza con la que leen a los malos, que sólo les inducen a error. En consecuencia Olao Borriquio Danois hizo imprimir, a finales de este último siglo, una obra que lleva por título: Conspectus Chymicorum celebriorum. Hace artículos separados de cada uno y dice bastante prudentemente lo que piensa. Excluye un gran número de autores de la clase de los verdaderos filósofos, pero todos los que da por verdaderos ¿lo son en verdad? Además el número de estos es tan grande que no se sabe cuál escoger preferiblemente. Por consiguiente se tiene mucha dificultad cuando uno se quiere dar a este estudio. Yo querría mejor atenerme al sabio consejo que Espagnet da en estos términos en su Arcanum Hermética Philosophiae opus, canon 9: Aquel que ama la verdad de esta ciencia debe leer pocos autores; pero señalados como buenos. Y en el canon 10: Entre los buenos autores que tratan de esta filosofía profunda y de este secreto físico, los que han
hablado con más espíritu, solidez y verdad son, entre los antiguos, Hermes[3] y Morien Romano;[4] entre los modernos, Raimon Llull, que estimo y considero más que a los otros, y Bernardo conde de la marca Trevisana, conocido bajo el nombre de el buen Trevisano.[5] Lo que el sutil Raimon Llull a omitido los otros lo han mencionado. Es bueno, pues, leer, releer y meditar seriamente su testamento antiguo y su codicilio, como un legado de un inestimable precio que nos ha hecho presente; en estas dos obras se reúne la lectura de sus dos prácticas. Allí se encontrará todo lo que se puede desear, particularmente la verdad de la materia, los grados del fuego, el régimen o medio por el cual se perfecciona la obra; todas las cosas que los antiguos han estudiado la manera de ocultar con mucho cuidado. Ningún otro ha hablado tan claramente y tan fielmente de las causas ocultas de las cosas y de los movimientos secretos de la naturaleza. No ha dicho casi nada del agua primera y misteriosa de los filósofos, pero lo que dice es muy significativo.[6]
En cuanto a esta agua límpida buscada por tantas personas, y encontrada por tan pocas, aunque esté presente en todo el mundo y se haga uso de ella. Un noble Polonés,[7] hombre de espíritu y erudito, ha hecho mención de esta agua que es la base de la obra, a lo largo de sus tratados que llevan por título: Nueva Luz Química; Parábola y Enigma del Sulfuro. Ha hablado con tanta claridad que aquel que pida más, no sería capaz de ser contentado por los otros. Los filósofos –continúa el mismo autor–[8] se explican de muy buena gana y con más energía mediante un discurso mudo, es decir, mediante figuras alegóricas y enigmáticas, que por los escritos; tales son por ejemplo, la tabla de Senior; las pinturas alegóricas del Rosario; las de Abraham el judío aportadas por Flamel y las propias de Flamel. Entre ellas también están las de Michel Maier, donde ha encerrado y como explicado tan claramente los misterios de los antiguos que es casi imposible poner la verdad ante los ojos con más claridad.
Sólo éstos son los autores alabados por Espagnet, sin duda suficientes para un hombre que quiera aplicarse y poner en práctica la filosofía hermética. Dice que no se ha de contentar con leerlos una o dos veces sino diez veces y más sin disgustarse; que es preciso hacerlo con un corazón puro y
desprendido de los obstáculos fatigantes del siglo, con un verdadero y firme propósito de usar el conocimiento de esta ciencia sólo para la gloria de Dios y la utilidad del prójimo, a fin de que Dios pueda derramar sus luces y su sabiduría en el espíritu y el corazón; puesto que la sabiduría, según lo que dice el sabio, no habitaría jamás en un corazón impuro y mancillado de pecados.
Espagnet exige aún un gran conocimiento de la física; y es por esto que he puesto a continuación de este discurso un tratado abreviado que encierra los principios generales sacados de los filósofos herméticos y que Espagnet ha recogido en su Enchiridión. El tratado hermético que sigue es absolutamente necesario para disponer al lector en la inteligencia de esta obra. Allí reúno citas de los filósofos, para que se vea que están de acuerdo sobre los mismos puntos.
Es muy recomendable el estudio de la física, porque en ella se aprende a conocer los principios que la naturaleza emplea en la composición y la formación de los individuos de los tres reinos, animal, vegetal y mineral. Sin este conocimiento se trabajaría a ciegas y se tomaría para formar un cuerpo lo que sería propio para formar un género o una especie completamente diferente de la que se propone. Pues el hombre viene del hombre, el buey del buey, la planta de su propia simiente y el metal de la suya. El que buscara, pues, fuera de la naturaleza metálica el arte y el medio de multiplicar o de perfeccionar los metales, estaría ciertamente en el error. Es preciso sin embargo, declarar que la naturaleza sola no sabría multiplicar los metales, como lo hace el arte hermético. Es verdad que los metales encierran en su centro esta propiedad multiplicativa; pero estos son como las manzanas cogidas antes de su madurez, según lo que dice Flamel.
Los cuerpos o metales perfectos (filosóficos) contienen esta simiente muy perfecta y muy abundante pero está sujeta allí tan firmemente que sólo la solución hermética la puede sacar.
Aquel que tiene su secreto, tiene el de la gran obra, si se cree a todos los filósofos. Es preciso para llegar a ello, conocer los agentes que la naturaleza emplea para reducir los mixtos a sus principios, porque cada cuerpo está compuesto de aquello en lo que se resuelve naturalmente. Los principios de física detallados a continuación son muy propios para servir de antorcha y esclarecer los pasos del que quiera penetrar en el pozo de Demócrito y descubrir la verdad oculta en las tinieblas más espesas. Pues este pozo no es otro que los enigmas, las alegorías y las obscuridades esparcidas en las obras de los filósofos, que han tomado de los egipcios, como Demócrito, el hecho de no desvelar la sabiduría en la que habían sido instruidos por los sucesores del padre de la verdadera filosofía.

[1] . Albufaraio, Dynastiâ nonâ.
[2] . Alberto el Grande, Tratado de los minerales, Lib. 3, cap. 1.
[3] . Hermes, La Tabla de Esmeralda y los Siete Capítulos.
[4] . Morien, Conversación con el Rey Calid.
[5] . Trevisano, La Filosofía de los Metales y su Carta a Thomas de Roulogne.
[6] . Espagnet, La Obra Secreta de la Filosofía de Hermes, Canon 11.
[7] . El Cosmopolita. Cuando Espagnet escribió esto, el público no estaba aún desengañado de su error, respecto al autor de este libro, que Michel Sendivogio Polonés puso al día bajo su nombre, por anagrama, pero se ha reconocido después que él lo tenía en un manuscrito de la viuda del Cosmopolita.
[8] . Espagnet, op. cit. Canon, 12
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lunes, diciembre 25, 2006

La Ciencia Hermética no se aprende en las escuelas de medicina (del discurso preliminar)




La ciencia hermética no se aprende en las escuelas de medicina, aunque se puede dudar de que Hipócrates no haya sido un hermetista, cuando se sopesa las expresiones esparcidas en sus obras y el elogio que hace de Demócrito a los abdericianos, que consideraban a este filósofo como insensato, porque cuando volvió a Egipto, les distribuyó casi todos los bienes del patrimonio que le quedaba, a fin de vivir como filósofo en una pequeña casa de campo
alejada del tumulto. Sin embargo esta prueba sería insuficiente para probar la antigüedad de la ciencia hermética; pero hay tantas otras que es preciso no haber leído a los autores antiguos para negarla. ¿Qué quiere decir Píndaro,[1] cuando declama que el más grande de los dioses hizo caer en la ciudad de Rodas una nieve de oro, hecha por el arte de Vulcano? Zósimo Panopolita, Eusebio y Sinesio nos enseñan que esta ciencia fue cultivada durante mucho tiempo en Menfis, en Egipto. Los unos y los otros citan las obras de Hermes.
Plutarco[2] dice que la antigua teología de los griegos y de los bárbaros sólo era un discurso de física oculto bajo el velo de las fábulas. Así mismo prueba de explicarlo diciendo que por Latona entendían la noche; por Juno, la tierra; por Apolo, el Sol y por Júpiter, el calor. Añade que los egipcios decían que Osiris era el Sol, Isis la Luna, Júpiter el espíritu universal extendido en toda la naturaleza y Vulcano el fuego.
Orígenes dice que los egipcios recreaban al pueblo con las fábulas y que ocultaban su filosofía bajo el velo de los nombres de los dioses del país. Coringio, a pesar de todo lo que ha escrito en contra de la filosofía hermética se ve contrariado por sólidas pruebas al declarar que los sacerdotes de Egipto ejercían el arte de hacer oro y que la química había nacido allí. San Clemente de Alejandría hace en sus Estromatas un gran elogio de seis obras de Hermes sobre la medicina. Diodoro de Sicilia habla largo y tendido[3] de un secreto que tenían los reyes de Egipto para sacar oro de un mármol blanco que se encontraba en las fronteras de su imperio. Estrabón también hace mención de una piedra negra de la que se hacía mucho mortero en Menfis. Se verá en el transcurso de esta obra que esta piedra negra, este mármol blanco y este oro eran alegorías para significar la piedra de los filósofos venida al color negro, que los mismos filósofos han llamado mortero, porque la materia se tritura y se disuelve. El mármol blanco era esta misma materia llevada al blanco, llamada mármol, a causa de su fijeza. El oro era el oro filosófico, o la piedra fijada al rojo, que se saca y nace de esta blancura.
Filón el judío cuenta que Moisés había tomado de Egipto la aritmética, la geometría, la música, la filosofía simbólica, que sólo se escribía mediante caracteres sagrados, la astronomía y las matemáticas. Clemente de Alejandría se expresa en los mismos términos que Filón, pero añade la medicina y el conocimiento de los jeroglíficos, que los sacerdotes sólo enseñaban a los hijos de los reyes del país y a los suyos propios.
Hermes fue el primero que enseñó todas estas ciencias a los egipcios, según Diodoro de Sicilia,[4] y Estrabón.[5] Kircher, aunque muy incitado contra la filosofía
hermética, él mismo[6] ha probado que era ejercida en Egipto. Clemente de Alejandría[7] se expresa así respecto a esto: Tenemos aún cuarenta y dos obras de Hermes muy útiles y muy necesarias. Treinta y seis de estos libros encierran toda la filosofía de los egipcios; y los otros seis observan la medicina en particular:
uno trata de la construcción del cuerpo o anatomía; el segundo, de las enfermedades; el tercero, de los instrumentos; el cuarto, de los medicamentos; el quinto, de los ojos y el sexto de las enfermedades de las mujeres.
Homero había viajado a Egipto,[8] y aprendió muchas cosas en la frecuentación que tuvo con los sacerdotes de aquel país. Así mismo se puede decir que es de allí que sacó sus fábulas. Da pruebas de
ello en muchos lugares de sus obras y particularmente en su himno 3 a Mercurio, donde dice que este dios fue el primero que inventó el arte del fuego. Πυρός δ’ίτιμαίτο τέκιηι v. 108 y v. 111. Ερμής τοι προίτιςα πυρηία, πΰρ’ τ’ ανέδωκε. Homero habla así mismo de Hermes como del autor de las riquezas y lo llama en consecuencia χρυσόρροςτηις, δΰτορ ιάωι. Es por esto que dice (ibid. v. 249) que Apolo habiendo ido a encontrar a Hermes para tener noticias de los bueyes que
le habían robado, lo vio oculto en su oscuro antro, lleno de néctar, de ambrosía, de oro y de plata, y de los hábitos de las ninfas rojos y blancos. Este néctar, esta ambrosía y estos hábitos de las ninfas serán explicados en el curso de esta obra.
Está, pues, fuera de duda que el arte químico de Hermes fue conocido por los egipcios. No es menos patente que los griegos que viajaron a Egipto lo conocieron allí, por lo menos algunos, y que habiéndolo aprendido de los jeroglíficos, lo enseñaron seguidamente bajo el velo de las fábulas. Eustatio nos lo da a entender suficientemente en su comentario sobre la Ilíada. La idea de hacer oro con la ayuda del arte, pues, no es nuevo; además de las pruebas que hemos dado, Plinio[9] lo confirma por lo que relata de Calígula. El amor y la avidez que Caiüs Calígula tenía por el oro, empujaron a este príncipe a trabajar para procurárselo. Hizo, pues, cocer –dice este autor– una gran cantidad de oropimente y logró, en efecto, hacer oro excelente; pero en tan pequeña cantidad que tuvo más pérdidas que provecho. Calígula sabía que se podía hacer oro artificialmente; la filosofía hermética, pues, era conocida.

[1] . Píndaro, Olímpicas, 6.
[2] . Plutarco, Teología Físico Grecorromana.
[3] . Diodoro de Sicilia, Antiguedad, lib. 4, cap. 2.
[4] . Diodoro de Sicilia, Lib. 2,cap. 1.
[5] . Estrabón, Lib. 17.
[6] . Kircher, Oedip. Aegypt. T. 2, p. 2.
[7] . Clemente de Alejandría, Estromata, Lib. 6.
[8] . Diodoro de Sicilia, Lib. 1, cap. 2.
[9] . Plinio, Lib. 33, cap. 4
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jueves, diciembre 21, 2006

La Gran Obra comparada a la Creación (del discurso preliminar)




Cuando nuestro primer padre oyó pronunciar la sentencia de muerte como castigo de su desobediencia, oyó al mismo tiempo la promesa de un liberador que debía de salvar a todo el género humano. Dios todo misericordioso no quiso permitir que la obra más bella de sus manos pereciera absolutamente. La misma sabiduría que había dispuesto con tanta bondad el remedio para el alma, sin duda no olvidó indicar uno contra los males que debían de afligir al cuerpo. Pero así como todos los hombres no sacan provecho de los medios de salud que Jesús-Cristo nos ha hecho merecer y que Dios ofrece a todos, así mismo todos los hombres no saben usar el remedio propio para curar los males del cuerpo, aunque
la materia de la que está hecho este remedio, sea vil, común y presente ante sus ojos, que la vean sin conocerla y que la empleen en otros usos que en aquel que le es verdaderamente propio.[1] Esto es lo que prueba bien que es un don de Dios, que favorece a aquel que le place. Salomón, el más sabio de los hombres, nos dice: El Altísimo ha creado de la tierra los medicamentos y el hombre cuerdo no los desprecia.[2]
Es ésta la materia que Dios empleó para manifestar su sabiduría en la composición de todos los seres. Él la animó con el soplo del espíritu que era llevado sobre las aguas, antes que su todo poder hubiera desenredado el caos del Universo. Ella es susceptible de todas las formas y no tiene ninguna que le sea propia.[3] La mayor parte de los filósofos también comparan la
confección de su piedra a la creación del Universo. Había allí, dice la Escritura,[4] un caos confuso, en el cual ningún individuo estaba distinguido. El globo terrestre estaba sumergido en las aguas; estas parecían contener el Cielo y encerrar en su seno las simientes de todas las cosas. No había nada de luz, todo estaba en las tinieblas. Apareció la luz y las disipó y los astros fueron emplazados en el firmamento. La obra filosófica es precisamente la misma cosa. Primero es un caos tenebroso, allí todo parece confuso, que no se puede distinguir nada separadamente de los principios que componen la materia de la piedra. El Cielo de los filósofos está sumergido en las aguas, las tinieblas cubren toda la superficie; finalmente la luz se separa, la Luna y el Sol se manifiestan y vienen a esparcir la alegría en el corazón del artista y la vida en la materia.
Este caos consiste en lo seco y lo húmedo. Lo seco constituye la tierra, lo húmedo es el agua. Las tinieblas son el color negro, que los filósofos llaman el negro más negro que el mismo negro, nigrum nigro nigrius. Es la noche filosófica, las tinieblas palpables. La luz en la creación del mundo apareció antes que el Sol, es esta blancura de la materia tan deseada, que sucede al color negro. El Sol apareció finalmente de color naranja, del cual el rojo se fortifica poco a poco hasta el color rojo púrpura, lo que constituye el cumplimiento de la primera obra.
El Creador quiso seguidamente poner el sello a su obra; formó al hombre amasándolo de tierra,
de una tierra que parecía inanimada y le inspiró un soplo de vida. Lo que Dios hizo entonces en atención al hombre, el agente de la naturaleza, que algunos llaman su Arqueo,[5] lo hizo sobre la tierra o limo filosófico. Lo trabaja por su acción interior y lo anima de manera que empieza a vivir y a fortificarse día a día hasta su perfección. Morien[6] habiendo señalado esta analogía, ha explicado la confección del magisterio mediante una comparación tomada de la creación y de la generación del hombre. Así mismo algunos pretenden que Hermes habla de la resurrección de los cuerpos en su Poimandrés, porque lo concluye de lo que vio que sucede en el progreso del magisterio. La misma materia que había sido llevada a un cierto grado de perfección en la primera obra, se disuelve y se pudre, lo que muy bien se puede llamar una muerte, puesto que nuestro Salvador así lo ha dicho del grano que se siembra:[7] si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere lleva mucho fruto.[8] En esta putrefacción, la materia filosófica se vuelve una tierra negra volátil, más sutil que ningún otro polvo. Los adeptos la llaman cadáver cuando está en este estado y dicen que tiene el mismo olor; Flamel no dice que el artista sienta un olor hediondo, puesto que ello se hace en un vaso sellado, sino que juzga que es así por la analogía de su corrupción con la de los cuerpos muertos. Este polvo o ceniza, que Morien dice que no se ha de despreciar porque debe de revivir y porque encierra la diadema del rey filosófico, retoma vigor, poco a poco, a medida que sale de los brazos de la muerte, es decir, de la negrura; ella se revivifica y toma un resplandor muy brillante, un estado de incorruptibilidad más noble que el que tenía antes de su putrefacción. Cuando los egipcios observaron esta metamorfosis, figuraron la existencia de un Fénix, del que decían que era un pájaro de color púrpura que renacía de sus propias cenizas. Pero este pájaro, absolutamente fabuloso, no era otro que la piedra de los filósofos llevada al color púrpura tras su putrefacción.

[1] . Basilio Valentín, Azot de los Filósofos, y el Cosmopolita.
[2] . Eclesiástico, 38, 4.
[3] . Basilio Valentín.
[4] . Génesis, cap. 1.
[5] . Paracelso, Vanhelmont.
[6] . Morien, Op. cit.
[7] . Flamel.
[8] . Juan, 12, 24
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miércoles, diciembre 20, 2006

Diferencia entre estas dos Químicas (del discurso preliminar)


Los filósofos herméticos insisten casi siempre en señalar en sus obras la diferencia de estos dos artes. Pero la señal más infalible por la cual se puede distinguir un adepto de un quimista, es que el adepto, según lo que dicen todos los filósofos, no toma más que una sola cosa, o máximo dos de la misma naturaleza, un solo vaso o dos a lo más y un solo horno para conducir la obra a su perfección; el quimista, al contrario, trabaja sobre toda clase de materias indiferentemente.
Si esta obra consigue hacer la suficiente impresión sobre los espíritus como para persuadirlos de la posibilidad y de la realidad de la filosofía hermética, Dios quiera que también sirva para desengañar a los que tienen la manía de dispensar sus bienes en soplar el carbón, en levantar hornos, en calcinar, en sublimar, en destilar, finalmente en reducirlo todo a nada, es decir, en ceniza y humo. Los adeptos no corren para nada detrás del oro y la plata. Morien da una gran prueba de ello al rey Calid. Éste habiendo encontrado muchos libros que trataban de la ciencia hermética y no pudiendo comprender nada, hizo publicar que daría una gran recompensa a aquel que se la explicara.[1] El atractivo de esta recompensa atrajo allí a un gran número de sopladores. Morien, el ermitaño salió entonces de su desierto, movido no por la recompensa prometida sino por el deseo de manifestar el poder de Dios y cuánto hay de admirable en sus obras. Fue a encontrar al rey Calid y pidió, como los otros, un lugar propio para trabajar, a fin de probar por sus obras la verdad de sus palabras. Cuando terminó Morien sus operaciones, dejó la piedra perfecta en un vaso, alrededor del cual escribió: Aquellos que tienen todo lo que les hace falta no necesitan ni recompensa ni ayuda de otro. Desalojó enseguida el lugar sin decir palabra y volvió a su soledad. Calid, al encontrar el vaso y su escritura, comprendió lo que significaba y tras haber hecho la prueba del polvo, echó o hizo morir a todos aquellos que habían querido engañarle.
Los filósofos dicen, con razón, que esta piedra es como el centro y la fuente de las virtudes, puesto que los que la poseen desprecian todas las vanidades del mundo, la vana gloria, la ambición y no hacen más caso del oro que de la arena y del vil polvo[2] y la plata es para ellos como el barro. Sólo la sabiduría hace impresión sobre ellos, la envidia, los celos y las otras pasiones tumultuosas no excitan ninguna tempestad en su corazón, no tienen otro deseo que vivir según Dios, otra satisfacción que volverse útiles al prójimo, en secreto, y penetrar poco a poco en el interior de los secretos de la naturaleza.
La filosofía hermética es, pues, la escuela de la piedad y de la religión. Aquellos a quien Dios acuerda el conocimiento eran ya piadosos o se volvían.[3] Todos los filósofos empiezan sus obras por exigir de aquellos que las leen, con el deseo de penetrar en el santuario de la naturaleza, un corazón recto y un espíritu temeroso de Dios: el principio de la sabiduría es el temor del Señor,[4] un carácter compasivo, para socorrer a los pobres, una humildad profunda y un deseo formal de hacerlo todo para la gloria del Creador, que oculta sus secretos a los soberbios y a los falsos sabios del mundo, para manifestarlos a los humildes.[5]

[1] . Morien, Conversación con el Rey Calid.
[2] . Sabiduría, cap. 7.
[3] . Flamel, Las Figuras Jeroglíficas.
[4] . Proverbios, 1, 7.
[5] . Mateo, 11, 25.

sábado, diciembre 16, 2006

Entre los Filósofos herméticos hay acuerdo (del discurso preliminar)




Los filósofos herméticos están todos de acuerdo entre ellos, pues uno no contradice los principios del otro. El que escribió hace treinta años habla como aquel que vivió hace dos mil años. Ved, dicen ellos, leed, meditad las cosas que han sido enseñadas en todos los tiempos y por todos los filósofos; la verdad está encerrada en los lugares donde todos están de acuerdo.
En efecto ¿Cuál es la probabilidad de que gentes que han vivido en siglos tan alejados y en países tan diferentes por su lengua, y oso decir, por su manera de pensar, concuerden todos sin embargo en el mismo punto? Los egipcios, los árabes, los chinos, los griegos, los judíos, los italianos, los alemanes, los americanos, los franceses, los ingleses, etc., ¿estarían, de acuerdo sin conocerse, sin entenderse y sin haberse comunicado particularmente sus ideas, en hablar y escribir todos conforme a una quimera, o en un invento de la razón? Sin entrar en la cuenta de todas las obras compuestas sobre esta materia, que la historia nos enseña que fueron quemadas por las órdenes de Diocleciano, creyendo quitar a los egipcios los medios de hacer oro y de privarles de esta ayuda para sostener la guerra contra él, nos que aún suficiente número de ellas en todas las lenguas del mundo, para justificar ante los incrédulos lo que acabo de decir. Sólo la biblioteca del rey conserva un prodigioso número de manuscritos antiguos y modernos compuestos sobre esta ciencia, en diferente lenguas.
Que se lea a Hermes el egipcio; Abraham, Isaac de Morios judíos citados por Avicena;ni uno sólo que tenga principios diferentes a los otros.
Que se lea a Hermes el egipcio; Abraham, Isaac de Moiros judíos, citados por Avicena; Demócrito, Orfeo, Aristóteles,[1] Olimpiodoro, Heliodoro,[2] Etienne,[3] y tantos otros griegos; Sinesio, Teófilo, Abugazal, etc., africanos; Avicena,[4] Rasis, Geber, Artefio, Alfidio, Hamuel llamado Senior, Rosinus, árabes; Alberto el Grande,[5] Bernardo Trevisano, Basilio Valentín, alemanes; Alain,[6] Isaac padre e hijo, Pontano, flamencos u holandeses; Arnaldo de Vilanova, Nicolás Flamel, Denis Zachaire, Cristof el parisino, Gui de Montanor, Espagnet, franceses; Morien, Pierre Bon de Ferrare, el autor anónimo del matrimonio del Sol y la Luna, italianos. Raimon Llull, mallorquín; Roger Bacon,[7] Hortulano, Juan Dastin, Richard, George Ripley, Thomas Norton, Filaleteo y el Cosmopolita, ingleses o escoceses;finalmente muchos autores anónimos[8] de todos los países y de diversos siglos; no se encontrará ni uno sólo que tenga principios diferentes a los otros. Esta conformidad de ideas y de principios forma, por lo menos, una presunción de que enseñan alguna cosa real y verdadera. Si todas las fábulas antiguas de Homero, de Orfeo y de los egipcios no son más que alegorías de este arte, como pretendo probar en esta obra mediante el fondo de las mismas fábulas, por su origen y por la conformidad que tienen con las alegorías de casi todos los filósofos, ¿se podrá persuadir uno de que el objeto de esta ciencia no es más que un vano fantasma que jamás haya tenido existencia entre las producciones reales de la naturaleza?
Pero si esta ciencia tiene un objeto real, si este arte ha existido y es preciso creer a los filósofos sobre las admirables cosas que aportan, ¿por qué está tan despreciada, por qué tan desacreditada, por qué tan difamada? Helo aquí: la práctica de este arte jamás ha sido enseñado claramente. Todos los autores que tratan de ella, tanto antiguos como modernos, sólo lo han hecho bajo el velo de los jeroglíficos, de las alegorías y de las fábulas, de manera que los que han
querido estudiarlas, comúnmente han tomado la cosa cambiada.
De ello se ha formado un sector, que por haber mal entendido y mal explicado los escritos de los filósofos, han introducido una nueva química y se han imaginado que no había ninguna otra tan real como la suya. Un buen número de gente se ha vuelto célebre en esta última. Los unos, muy hábiles siguiendo sus principios, los otros extremadamente diestros en su práctica y particularmente en las manipulaciones requeridas para triunfar en ciertas operaciones, se han reunido contra la química hermética; han escrito de una manera más inteligible y más accesible para todo el mundo. Han probado sus pensamientos con argumentos especiosos; a fuerza de hacer, a menudo al azar, mezclas de diferentes materias y de trabajar a lo ciego, sin saber lo que resultaría de ello, han visto nacer monstruos y el mismo azar que los había producido ha servido de base y de fundamento para establecer sus principios.
Se podría decir de esta especie de química que es la ciencia de destruir metódicamente los mixtos producidos por la naturaleza, para formar monstruos, que tienen más o menos la misma apariencia y las mismas propiedades que los mixtos naturales.
Basilio Valentín[9]compara a los químicos con los fariseos, que tenían honor y autoridad entre el
público, a causa de su apariencia exterior de religión y de piedad. Eran, dice él, hipócritas apegados únicamente a la tierra y a sus intereses; pero que abusaban de la confianza y de la credulidad del pueblo, que ordinariamente se deja llevar por las apariencias, porque no ha tenido la vista lo suficientemente perspicaz como para penetrar hasta lo que hay debajo de la corteza. Sin embargo que no se imagine que por un tal discurso pretendo perjudica a la química de nuestros días. Se ha encontrado el medio de volverla útil, y se puede alabar mucho a los que la estudian. Las curiosas experiencias que la mayor parte de los quimistas han hecho no pueden más que satisfacer al público. La medicina saca tantas ventajas de ella que hacerlo sería ser enemigo del bien de los pueblos, así como desacreditarla. También ha contribuido mucho a las comodidades de la vida, por los métodos que ha logrado para perfeccionar la metalurgia y algunas otras artes. La porcelana, la loza, son frutos de la química. Proporciona materias para los tintes, para las fábricas, etc. ¿Pero por el hecho de que su utilidad sea reconocida, se debe de concluir que es la única y verdadera química? ¿Es preciso, por esto, rechazar y despreciar la química hermética?
Es verdad que mucha gente se las da de filósofos y abusan de la credulidad de los bobos. Pero ¿es ésta una falta de la ciencia hermética? Los filósofos gritan lo bastante alto como para hacerse oír en todo el mundo y para prevenirles de las trampas que les tienden esta clase de gente. No es uno solo que dice que la materia de este arte es de un precio vil e incluso que no cuesta nada y que el fuego para trabajarla, no cuesta más; que sólo se necesita un vaso o máximo dos para todo el transcurso de la obra. Escuchemos a Espagnet:[10] La obra filosófica requiere más tiempo y trabajo que gastos, pues le queda muy poco por hacer a aquel que tiene la materia requerida. Los que demandan grandes sumas para llevarla a su fin, tienen más confianza en las riquezas del prójimo que en la ciencia de este arte. Que aquel que es aficionado tenga cuidado y no caiga en las trampas que le tiendan los bribones que quieren su bolsa, al mismo tiempo que le prometen montañas de oro. Ellos piden el Sol para conducirse en las operaciones de este arte porque no ven nada. No debe empezar en la química hermética quien no sea más responsable que la honradez en comparación a la bribonería.
Un arroyo puede estar sucio y hediondo a causa de las inmundicias que arrastra en su curso, sin que su manantial sea menos puro, menos bello y menos limpio.
Lo que desacredita aún a la ciencia hermética son estos bastardos de la química vulgar, conocidos ordinariamente con el nombre de sopladores y de buscadores de la piedra filosofal. Estos son los idólatras de la filosofía hermética. Todas las recetas que se les propone son para ellos tanto como Dios, ante lo cual doblan la rodilla. Se encuentra un buen número de esta clase de gente, muy bien instruidos en las operaciones de la química vulgar; y además tienen mucha destreza en el juego de manos; pero no están instruidos en los principios de la filosofía hermética y no tendrán éxito jamás. Otros ignoran incluso hasta los principios mismos de la química vulgar y estos son propiamente los sopladores.
La mayor parte de los hábiles artistas en la química vulgar no niegan la posibilidad de la piedra filosofal; el resultado de un gran número de sus operaciones se lo prueba bastante claramente. Pero son esclavos del respeto humano, no osarían confesar públicamente que la reconocen posible, porque temen exponerse a la risa de los ignorantes y de los pretendidos eruditos así como del prejuicio ciego. En público se mofan como los otros, o al menos hablan de ella con tanta indiferencia que no se les sospecha que la consideren como real, mientras que los ensayos que hacen en particular tienden casi todos a su búsqueda.

[1] . Aristóteles, De Secretis Secretorum.
[2] . Heliodoro, De rebus Chemicis ad Theodosium Imperatorem.
[3] . Etienne, De magnâ & sacrâ acientia, ad Heraclium Caesarem.
[4] . Avicena, De re rectâ. Tractatus Chemius. Tractatus ad Assem Philosophum. De animâ artis.
[5] . Alberto el Grande, De Alchymiâ. Concordantia Philosophorum. De compositione compositi,
[6] . Alain, Liber Chemiae.
[7] . Roger Bacon, Speculum Alchemiae.
[8]. Turba Philosophorum, seu Codex veritatis. Clangor Buccinae. Scala Philosophorum. Aurora consurgens. Ludus puerorum. Thesaurus Philosophiae, etc.
[9] . Basilio Valentín, Azot de los Filósofos.
[10] . Espagnet, La obra secreta de la Fiolosofía de Hermes, Canon, 35
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viernes, diciembre 15, 2006

Química hermética y química vulgar (del discurso preliminar)





Todos los filósofos herméticos dicen que aunque la gran obra sea una cosa natural, sin embargo en su materia y en sus operaciones pasan cosas tan sorprendentes que elevan infinitamente el espíritu del hombre hacia el Autor de su ser; que ellas manifiestan su sabiduría y su gloria, que están muy por encima de la inteligencia humana y que solamente las comprenden aquellos a quienes Dios se digna abrir los ojos. La prueba es bastante evidente por las equivocaciones y el poco éxito de todos esos artistas famosos en la química vulgar, que a pesar de todas sus destrezas en su práctica y a pesar de toda su pretendida
ciencia de la naturaleza, han perdido sus fatigas, su plata y a menudo su salud en la búsqueda de este tesoro inestimable.
¡Cuántos eruditos quimistas que mediante sus infatigables trabajos han forzado la naturaleza para descubrir alguno de sus secretos! A pesar de toda su atención en espiar sus procedimientos, en analizar sus producciones, para sorprenderla, casi siempre han caído, porque eran tiranos de esta naturaleza y no sus verdaderos imitadores. Bastante esclarecidos en la química vulgar y bastante instruidos en sus procedimientos, pero ciegos en la química hermética, y arrastrados por el uso de aquella, han levantado hornos sublimadores,[1] calcinadores, destiladores; han empleado una infinidad de vasos y crisoles desconocidos para la simple naturaleza y han llamado en su ayuda al fratricida fuego natural; ¿cómo podrían lograrlo con procedimientos tan violentos? Están absolutamente alejados de los que siguen a los filósofos herméticos. Si creemos al presidente Espagnet:[2] Los quimistas vulgares están insensiblemente acostumbrados a alejarse de la vía simple de la naturaleza, por sus sublimaciones, sus destilaciones, sus soluciones, sus congelaciones, sus coagulaciones, por sus diferentes extracciones de espíritus y de tinturas y por cantidad de otras operaciones más sutiles que útiles. Caen en errores unos tras otros; se han vuelto verdugos de la naturaleza. Su laboriosa sutilidad, lejos de abrir sus ojos a la luz de la verdad, para ver las vías de la naturaleza, ha sido un obstáculo que ha impedido que viniera hasta ellos. Son alejados cada vez más y más. La única esperanza que les queda, es encontrar un guía fiel, que disipe las tinieblas de su espíritu y les haga ver el Sol en toda su pureza. Con un genio penetrante, un espíritu firme y paciente, un ardiente deseo de filosofía, un gran conocimiento de la verdadera física, un corazón puro, de costumbres rectas, un sincero amor de Dios y del prójimo, todo hombre por más ignorante que sea en la práctica de la química vulgar, puede con confianza proponerse llegar a ser filósofo imitador de la naturaleza. Si Hermes, el verdadero padre de los filósofos - dice el Cosmopolita[3] - si el sutil Geber, el p
rofundo Raimon Llull y tantos otros verdaderos y célebres químicos volvieran sobre la tierra, nuestros químicos vulgares no solamente no querrían considerarlos como sus maestros, sino que creerían otorgarles muchas gracias y honores reconociéndolos como sus discípulos. Es verdad que no sabrían hacer todas estas destilaciones, circulaciones, calcinaciones, sublimaciones, y en fin, todas estas innumerables operaciones que los químicos han imaginado por haber entendido mal los libros de los filósofos.
Todos los verdaderos adeptos hablan en el mismo tono, y si dicen verdad, sin tomarse tantas fatigas, sin emplear tantos vasos, sin consumir tanto carbón, sin arruinar su bolsa y su salud, se
puede trabajar en concierto con la naturaleza, que ayudada, se prestará a los deseos del artista y le abrirá liberalmente sus tesoros. Aprenderá de ella, no a destruir los cuerpos que produce, sino cómo y con qué los compone y en qué se resuelven. Ella le mostrará esta materia, este caos que el Ser supremo ha desarrollado para formar el Universo. Verá la naturaleza como un espejo, cuya reflexión le manifestará la sabiduría infinita del Creador que la dirige y la conduce en todas sus operaciones por una vía simple y única, que constituye todo el misterio de la gran obra.
Pero esta cosa llamada piedra filosofal, medicina universal o medicina dorada ¿existe en la realidad como en la especulación? ¿Cómo, después de tantos siglos, un gran número de personas, que el Cielo parece haber favorecido con una ciencia y una sabiduría superior a las del resto de los hombres, la han buscado en vano? Pero por otro lado son tantos los hombres sabios que han atestiguado su existencia y han dejado mediante escritos enigmáticos y alegóricos la manera de hacerla, que es casi imposible dudarlo, sobre todo cuando se adaptan estos escritos a los principios de la naturaleza.

[1] . El Cosmopolita, Nueva Luz Química, trat. 1.
[2] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, Canon 6.
[3] . El Cosmopolita, Nueva Luz Química, trat. 1
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jueves, diciembre 14, 2006

Discurso Preliminar, contradicción entre los autores



El gran número de autores que han escrito sobre los jeroglíficos egipcios y sobre las fábulas, a las que éstos han dado lugar, son tan contrarios unos con otros, que sus obras se pueden considerar como nuevas fábulas. Por más bien imaginadas y por más bien concertadas que estén, al menos en apariencia, se puede ver muy poca solidez en los sistemas que han usado, cuando se está libre de prejuicios. Unos creen encontrar en ellas la historia real de aquellos lejanos tiempos, y a pesar de todo los llaman tiempos fabulosos. Otros no perciben más que principios de moral, y sólo se han de abrir los ojos para ver por todas partes ejemplos capaces de corromper las mejores costumbres. Finalmente otros, poco satisfechos de estas explicaciones, han sacado las suyas de la física. Yo pregunto a los físicos naturalistas de nuestros días si han quedado más satisfechos con ello.
Unos y otros no han tenido éxito; entonces, es natural pensar que el principio general sobre el cual han establecido sus sistemas, no fue jamás el verdadero principio de estas ficciones. Era necesario un sistema mediante el cual se pudiera explicar todo, incluso las menores circunstancias de los hechos relatados, aunque extravagantes, increíbles y por más contradictorios que parezcan. Este sistema no es nuevo y estoy muy lejos de querer otorgarme ese honor; yo lo he encontrado en fragmentos esparcidos de diversos autores, tanto antiguos como modernos; sus obras son poco conocidas o poco leídas, porque la ciencia que tratan es víctima de la ignorancia y del prejuicio. La gracia más grande que se cree otorgar a los que la cultivan, o que la defienden, es de considerarlos como locos, dignos de estar en manicomios por lo menos. Otras veces pasan por ser los más sabios de entre los hombres; pero la razón, aunque no sea siempre la dueña en todos los tiempos, está obligada a sucumbir bajo la tiranía del prejuicio y de la moda. Este sistema, pues, es la obra de estos pretendidos locos, a los ojos de la mayor parte de los modernos, es éste el que yo les presento.
Cuento con no tener la aprobación de estos vastos genios, sublimes y penetrantes que lo abrazan todo, que saben todo sin haber aprendido nada, que disputan de todo y que deciden sobre todo sin conocimiento de causa. A tales gentes no se les da lecciones; a ellos pertenece propiamente el nombre de sabio, mejor que a Demócrito, Platón, Pitágoras y los otros griegos que fueron a Egipto a respirar el aire hermético, y de allí sacaron la locura que aquí se cuestiona. No es para sabios de ese temple que está hecha esta obra; este aire contagioso de Egipto está extendido aquí por todas partes y corren el riesgo de ser infectados, como Geber, Sinesio, Morien, Arnaldo de Vilanova, Raimon Llull y tantos otros, suficientemente buenos como para querer caer en esta filosofía. A ejemplo de Diodoro de Sicilia, de Plinio, de Suidas y de una cantidad de otros antiguos se volverían, quizás, lo bastante crédulos como para considerar esta ciencia como real y para hablar de ella como tal. Podrían caer en el ridículo de Borrichio, Kunckel, Beccher, Stalh, que están lo bastante locos como para hacer tratados que la prueban y la defienden.
Pero si el ejemplo de estos célebres hombres hace alguna impresión sobre espíritus exentos de
prejuicios a este respecto, sin duda serán lo bastante sensatos como para querer, como ellos, instruirse en una ciencia, en verdad poco conocida, pero cultivada en todos los tiempos. La orgullosa ignorancia y la fatuidad son las únicas cualidades capaces de despreciar y de condenar sin conocimiento de causa. No hace ni cien años que sólo el nombre de álgebra alejaba del estudio de esta ciencia e irritaba; el de geometría hubiera sido capaz de producir gases a nuestros maestros científicos de hoy día. Poco a poco uno se hace familiar con ellas. Los términos bárbaros con los que son erizadas no dan tanto miedo, luego se las estudia y se las cultiva y el honor sucede a la repugnancia, y yo diría al desprecio que se tenía por ellas.
La filosofía hermética aún está en desgracia y por eso mismo en descrédito. Está llena de enigmas y probablemente no será liberada en mucho tiempo de estos términos alegóricos y bárbaros de los que pocas personas captan el verdadero sentido. Su estudio es tanto más difícil, porque las perpetuas metáforas despistan a los que se imaginan entender, a la primera lectura que hacen, a los autores que tratan de ello. Estos autores advierten de que es una ciencia tal que no requiere ser tratada tan claramente como las otras, a causa de las funestas consecuencias que podrían resultar para la vida civil. Hacen un misterio de ello, misterio del cual estudian más la manera de oscurecerlo que de exponerlo. También recomiendan sin cesar no tomarlos por la letra, estudiar las leyes y los procedimientos de la naturaleza, comparar las operaciones de las que hablan con las suyas propias y admitir aquellas que el lector encuentre conformes.
Los filósofos herméticos, han añadido a las metáforas los emblemas, los jeroglíficos, las fábulas y las alegorías, por eso se han vuelto casi ininteligibles para aquellos que a pesar de un largo estudio y un persistente trabajo no han sido iniciados en sus misterios. Aquellos que no han querido tomarse la molestia de hacer los esfuerzos necesarios para desarrollarlos, o que les han sido inútiles, han creído no tener nada mejor que hacer que ocultar su ignorancia al abrigo de la negativa de la realidad de esta ciencia; se han jactado de no tener para ella más que desprecio; la han tratado de quimera y de invento de la razón.
La ambición y el amor a las riquezas es el único resorte que pone en movimiento a casi todos los que trabajan para instruirse en los procedimientos de esta ciencia; ella les presenta en perspectiva montañas de oro y una larga y sólida salud para gozar. ¡Qué atractivos para los corazones apegados a este mundo! Se empieza, se corre para llegar a esa meta, y como se teme no llegar lo bastante pronto, se toma la primera vía que parece conducir a ella más rápidamente, sin querer tomarse la molestia de instruirse suficientemente en el verdadero camino por el cual se llega. Se camina, pues, se avanza y se cree llegar al término; pero como se ha caminado ciegamente, se ha encontrado un precipicio y se ha caído allí. Entonces se cree ocultar la vergüenza de su caída, diciendo que esta pretendida meta es sólo una sombra a la que no se puede abrazar; se trata a sus guías de pérfidos y finalmente se viene a negar hasta la posibilidad misma de un efecto, porque se ignoran las causas. ¡Cómo! Los más grandes naturalistas han perdido sus vigilias y sus trabajos en querer descubrir qué procedimientos emplea la naturaleza para formar y organizar el feto en el seno de su madre, para hacer germinar y crecer una planta, para formar los metales en la tierra, ¿se negará este hecho? Y ¿se considerará sensato a un hombre cuya ignorancia sea el fundamento de su negativa? Este no se dignaría a hacer el menor gasto para costear una prueba y convencerse de ello.
Pero al mismo tiempo gentes eruditas, artistas esclarecidos y hábiles han estudiado toda su vida y han trabajado sin cesar para llegar a conseguirla y han muerto en la penuria. ¿Qué concluir de ello? ¿Que la cosa no es real? ¡No! Hacia el año 550 después de la fundación de Roma, las gentes más hábiles habían trabajado en imitar el famoso espejo ardiente de Arquímedes, con el cual abrasó los barcos romanos en el puerto de Siracusa; era algo que en teoría no se hubiera podido lograr, se trató este hecho de historia inventada por placer, era una fábula y la fabricación misma del espejo era imposible. M. de Bufon pensó en tomar un camino más simple que los que le habían precedido y lo consiguió, sorprendió a todos y finalmente se vio que la cosa es posible.
Concluimos, pues, con más razón, que estos eruditos, estos hábiles artistas se fundaban en sus pretendidos conocimientos. En lugar de seguir las vías derechas, simples e iguales a la naturaleza, las suponían sutiles, cuando ella no lo fue jamás. El arte hermético, dicen los filósofos, es un misterio oculto para los que se fían mucho de su propio saber; pues es un don de Dios, que mira con buenos ojos y es propicio a los que son humildes y le temen, estos ponen toda su confianza en Él y, como Salomón, le piden con insistencia y perseverancia esta sabiduría, que a su derecha tiene la salud,[1] y las riquezas a su izquierda; esta sabiduría que los filósofos prefieren a todos los honores y a todos los reinos del mundo, porque es el árbol de vida para aquellos que la poseen.[2]

[1] . Proverbios, 3, 16.
[2] . Ibidem. Vers. 18
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