
Algunos filósofos han supuesto una materia preexistente a los elementos; pero como no la conocen, sólo han hablado de una materia oscura y muy embrollada. Aristóteles, que parece haber creído que el mundo es eterno, habla sin embargo de una primera materia universal, sin osar comprometerse en las sutilezas tenebrosas de las ideas que tenía. Respecto a esto sólo se expresa de una manera muy ambigua. La veía como el principio de todas las cosas sensibles, y parece querer insinuar que los elementos están formados por una especie de antipatía o de repugnancia que se encontraba entre las partes de esta materia.[1] Hubiera sido mejor filósofo si hubiera visto que lo que hay es una simpatía y un acuerdo perfecto, puesto que no se ve ni una contrariedad entre los elementos, aunque ordinariamente se piense que el fuego es opuesto al agua, no se equivocarían si se dieran cuenta de que esta pretendida oposición no viene más que de la intención de sus cualidades y de la diferencia de sutilidad de sus partes, puesto que no hay agua sin fuego.
Tales, Heráclito y Hesíodo han considerado al agua como la primera materia de las cosas. Moisés, en el Génesis,[2] parece favorecer este sentimiento al dar los nombres de abismo y de agua a esta primera materia; no entendemos aquí el agua que nosotros bebemos, sino una especie de humo, un vapor húmedo, espeso y tenebroso, que seguidamente se condensó más o menos, según las cosas más o menos compactas que le complació formar al Creador. Esta niebla, este inmenso vapor se concentró, se espesó, o se rarificó en un agua universal y caótica, que se convirtió en el principio para lo presente y para lo que siguió.[3]

La separación de las aguas superiores de las inferiores, que se mencionan en el Génesis, parece estar hecha por una especie de sublimación de las partes más sutiles y más tenues, aproximadamente como una destilación en la que los espíritus se separan de las más pesadas, más terrestres y ocupan lo alto del vaso, mientras que las más groseras permanecen en el fondo. Esta operación fue hecha por la ayuda del espíritu luminoso que había sido insuflado en esta masa. Pues la luz es un espíritu ígneo, que, agitándose sobre este vapor y dentro de él, volvió algunas partes más pesadas condensándolas y volviéndolas opacas por su estrecha adhesión; este espíritu las echó hacia la región inferior, y conservaron las tinieblas en las cuales estaban primeramente sepultadas. Las partes más tenues y vueltas cada vez más homogéneas por la uniformidad de su tenuidad y de su pureza, fueron elevadas y empujadas hacia la región superior, donde menos condensadas dejaron paso libre a la luz que se manifestó en todo su esplendor.
Lo que prueba que el abismo tenebroso, el caos, o la primera materia del mundo, era una masa acuosa y húmeda, es otra de las razones que hemos aportado, tenemos una prueba suficientemente palpable bajo nuestros ojos. Lo propio del agua es correr, fluir tanto como le anima el calor y la mantiene en su estado de fluidez. La continuidad de los cuerpos, la adhesión de sus partes es debido al humor acuoso. Es como la cola o la soldadura que reúne y liga las partes elementarias de los cuerpos. Mientras que no es separada enteramente, conservan la solidez de su masa. Pero si el fuego calienta esta masa más de lo necesario para su conservación en su estado actual, aleja y rarifica este humor, lo hace evaporar y el cuerpo se reduce en polvo, puesto que la ligadura que reunía las partes ya no está.
Lo que prueba que el abismo tenebroso, el caos, o la primera materia del mundo, era una masa acuosa y húmeda, es otra de las razones que hemos aportado, tenemos una prueba suficientemente palpable bajo nuestros ojos. Lo propio del agua es correr, fluir tanto como le anima el calor y la mantiene en su estado de fluidez. La continuidad de los cuerpos, la adhesión de sus partes es debido al humor acuoso. Es como la cola o la soldadura que reúne y liga las partes elementarias de los cuerpos. Mientras que no es separada enteramente, conservan la solidez de su masa. Pero si el fuego calienta esta masa más de lo necesario para su conservación en su estado actual, aleja y rarifica este humor, lo hace evaporar y el cuerpo se reduce en polvo, puesto que la ligadura que reunía las partes ya no está.
El calor es el medio y el instrumento que el fuego emplea en sus operaciones; así mismo mediante él produce dos efectos que parecen opuestos, pero que están muy de acuerdo con las leyes de la naturaleza, y que nos representan lo que pasó en el desenredo del caos. Separando la parte más tenue y más húmeda de la más terrestre, el calor rarificó la primera y condensó la segunda. Así por la separación de los heterogéneos se hizo la reunión de los homogéneos. Nosotros sólo vemos en el mundo un agua más o menos condensada. Entre el Cielo y la Tierra, todo es humo, nieblas, vapores empujados desde el centro y desde el interior de la tierra y elevados hacia lo alto de la circunferencia hacia la parte que llamamos aire. La debilidad de nuestros órganos sensoriales no nos permite ver los vapores sutiles, o emanaciones de los cuerpos celestes, que llamamos influencias y que se mezclan con los vapores que se subliman de los cuerpos sublunares. Es preciso que los ojos del espíritu vengan en ayuda de la debilidad de los ojos del cuerpo. En todo tiempo los cuerpos transpiran un vapor, sutil, que se manifiesta más claramente en el verano. El aire calentado sublima las aguas en vapores, los absorbe y los atrae hacia él.

También el hombre ocioso lo experimenta cuando hace mucho calor. El cuerpo transpira siempre y los sudores que fluyen a menudo por el cuerpo lo manifiestan.
Los que han profundizado en las ideas de los rabinos, han creído que había existido, antes de esta primera materia, un cierto principio más antiguo que ella, al cual han dado muy impropiamente el nombre de Hylé.

El espíritu de Dios que planeaba sobre las aguas,[4] fue el instrumento del que se sirvió el supremo Arquitecto del mundo para dar forma al Universo. Propagó al instante la luz, volvió de potencia en acto las simientes de las cosas antes confusas en el caos y mediante una alteración constante de coagulaciones y de resoluciones hizo a todos los individuos. Repartido en toda la masa animó cada parte y por una continua y secreta operación dio movimiento a cada individuo según el género y la especie que había determinado. Es propiamente El Alma del Mundo y quien lo ignora o lo niega ignora las leyes del Universo.
[1] . Aristóteles, De ortu & interitu, lib. 2, caps. 1-2.
[2] . Génesis, 1.
[3] . Cosmopolita, Tratado, 4.
[4] . Génesis, 1.
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