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martes, febrero 17, 2009

LA MUGRE HEDIONDA


He aquí otros dos textos comparados de Pernety y Cattiaux e insisto en que estas relaciones las hago a cuenta de mi intuición y “valen lo que valen”. El lector debe saber que es el olfato de mi búsqueda el que me otorga esta intuición y que no poseo el conocimiento necesario como para afirmar que hablan exactamente de lo mismo. ¡Juzgue el lector!
Dice Pernety en su Tratado de la Obra Hermética, [de las Fábulas] citando a Flamel:
Los dos dragones que ha tomado como símbolo jeroglífico de la materia, son, dice [Flamel][1]: las dos serpientes enviadas por Juno, que es la naturaleza metálica, y que el fuerte Hércules, es decir, el sabio, debe estrangular en su cuna, quiero decir vencer y matar para hacerlas pudrirse, corromperse y engendrar al principio de su obra. He aquí la clave de la obra o la disolución anunciada; las serpientes, los dragones, la Quimera, la Esfinge, las harpías y los otros monstruos de la fábula, que se deben matar; y como la putrefacción sucede a la muerte, Flamel dice que: es preciso hacerlas pudrirse y corromperse. Estando puestas juntamente en el vaso[2] del sepulcro, se muerden las dos cruelmente y por su gran veneno y furiosa rabia no se dejan jamás desde el momento en que son tomadas y entrelazadas (si el frío no se lo impide), hasta que las dos con su baboso veneno y mortales heridas, no estén ensangrentadas en todas las partes de su cuerpo, y que finalmente, matándose la una a la otra, se asfixien en su propio veneno, que las convierta tras su muerte en agua viva y permanente. Esta agua es propiamente el mercurio de los filósofos.
[…]Cuando el calor actúa sobre estas materias, se cambian primeramente en polvo y agua grasa y viscosa, que sube como vapor hasta lo alto del vaso, y recae como rocío o lluvia al fondo del vaso, donde, al poco, se vuelve como un caldo negro un poco graso. Es por lo que se le ha llamado sublimación y volatilización, ascensión y descensión. El agua, al coagularse seguidamente, se vuelve como pez negra, lo que hace que se la nombre tierra fétida y hedionda.

Dice Cattiaux en su Mensaje Reencontrado, XXIII, 75’:
La mugre hedionda será destruida por el fuego y la mugre oscura será separada por el agua.

[Sigue Pernety]: Da un olor de relente, de sepulcros y de tumbas. Hermes la llama la tierra de las hojas. Más su verdadero nombre - dice Flamel - es el de Latón o Letón, que se ha de blanquear. Los antiguos sabios - añade - la han descrito bajo la historia de la serpiente de Marte, que había devorado a los compañeros de Cadmo, el cual la mató horadándola con su lanza contra un roble hueco. Poned atención a este hueco. Pero para llegar a esta putrefacción es preciso un agente o disolvente análogo al cuerpo que debe disolver. Este es el cuerpo disoluble llamado simiente masculina; el otro es el espíritu disolvente, llamado simiente femenina. Cuando están reunidos en el vaso, los filósofos les dan el nombre de Rebis.

Dice Cattiaux en el XXXVIII, 53’:
Lo único necesario basta para tener lo superfluo, y lo superfluo[3] basta para tener lo único necesario. Y ambos juntos bastan para tener la vida salva.


[1] . Flamel, Figuras Jeroglíficas.
[2] . Artefio.
[3] . Una explicación de “superfluo” podría ser: lo que fluye sobre…

sábado, mayo 03, 2008

Dual dioses (5)



VERTUMN
O <><><> PROTEO Proteo no es otra cosa que el espíritu universal de la naturaleza, espíritu ígneo expandido en el aire, el agua lo recibe del aire y lo comunica a la tierra. Se especifica en cada reino de la naturaleza, corporificándose y tomando diversas formas según las matrices donde queda depositado. Cuando se le sabe atar y agarrotar, dicen los filósofos, esto es, corporificarlo y fijarlo, puede hacerse con él lo que se quiera; entonces anuncia el porvenir, ya que se presta a las operaciones, por medio de las que podréis producir lo que os proponéis. Loa químicos herméticos hacen de él la piedra y el elixir, tanto para la transmutación de los metales como para conservar la salud a aquellos que la tienen bien y devolvérsela a aquellos que están enfermos.


 
  LUNA <><><> SELENE La luna hermética es de dos tipos:
La primera es su agua mercurial, llamada Isis, madre y principio de las cosas, por ello Apuleyo la ha llamado Naturaleza, haciéndole decir que es una y todas las cosas. De esta Luna se forma la otra, o la Isis hermana y mujer de Osiris, es decir, esa misma agua mercurial volátil reunida con su azufre y llevada al color blanco, después de haber pasado por el color negro o Putrefacción. 

  PAN <><><> PAN (de las Fábulas) Todas las naciones están de acuerdo en considerar al macho cabrío como el símbolo de la fecundidad. Era aquel Pan o principio fecundante de la naturaleza, es decir, el fuego innato, principio de vida y de generación. Por esta razón los egipcios tenían consagrado el cabrón a Osiris. Eusebio, explicando un jeroglífico egipcio, dice: Cuando quieren representar la fecundidad de la primavera y la abundancia de la que es fuente, ponían un niño sentado sobre un macho cabrío y vuelto hacia Mercurio. Yo vería en ello, como los sacerdotes, la analogía del Sol con Mercurio y la fecundidad, de la que la materia de los filósofos es el principio en todos los seres, es esta materia, espíritu universal, corporificada, principio de vegetación, que se vuelve aceite en la oliva, vino en el racimo de uvas, goma resina en los árboles, etc. Si el Sol por su calor es un principio de vegetación, lo hace excitando el fuego adormecido en las simientes, donde permanece como entorpecido hasta que sea despertado y animado por un agente exterior. Es lo que sucede también en las operaciones del arte hermético donde el mercurio filosófico trabaja mediante su acción sobre la materia fija, donde este fuego innato está como en prisión, lo desarrolla rompiendo sus ligaduras y lo pone en estado de actuar para conducir la obra a su perfección. Esto es este niño sentado sobre el cabrón y al mismo tiempo la razón por la que se vuelve hacia Mercurio. Osiris, siendo este fuego innato no difiere de Pan, también el macho cabrío estaba consagrado tanto al uno como al otro. Por la misma razón este también era uno de los atributos de Baco. 

HÉRCULES <><><> HERACLES Hércules también es el nombre que los alquimistas dan a sus
espíritus metálicos, disolventes, diferentes, sublimantes, corruptivos y coagulantes; contemplan los trabajos de Hércules como símbolo de la Gran Obra o de las operaciones de la Piedra Filosofal. […] Aquellos que están al tanto harán fácilmente la aplicación. Anteo, por ejemplo, ese gigante tan temible, hijo de la Tierra, al que Hércules no pudo vencer en tanto aquel tocara la Tierra, su madre, pero que fue vencido al ser levantado en el aire, representa la tierra metálica grosera, que no puede devenir propia a la tintura de los metales sino después de haber sido sublimada por el Mercurio o por los espíritus sublimantes representados por Hércules. Esta tierra después de haber sido sublimada ha de morir o ser sofocada en los aires, es decir, ha de cambiar de figura, de forma y de naturaleza, ha de ser cambiada a favor acuoso y después recaer para ser corrompida y, a continuación, resucitar de sus cenizas, como el Fénix. Todos los libros de los Filósofos lo dicen: […] “Aquel que sabrá convertir nuestra tierra en agua, esa agua en aire, ese aire en fuego y ese fuego en tierra, poseerá el magisterio de Hermes, que no es otro que la Piedra Filosofal”. Pero, más comúnmente, Hércules es el símbolo del Artista que emplea el Mercurio Filosófico para hacer todo lo que a este se atribuye.

viernes, abril 25, 2008

Dual dioses (1)


CIELO <><><> URANO
Este término tiene diferentes sentidos entre los Filósofos Herméticos. En general dícese del vaso de los Sabios dentro del que hacen su morada Saturno, Júpiter y todos los dioses. […] CIELO DE LOS FILÓSOFOS: También se entiende de la quintaesencia o materia depurada de los elementos, tal es la Piedra Filosofal y el elixir perfecto al rojo. CIELO: Los Filósofos Herméticos también han dado este nombre al fuego celeste que anima los cuerpos elementazos. Los cuerpos serán más fuertes o más débiles según contengan más o menos de este fuego, dependiendo su duración de la fuerte unión del espíritu celeste con el húmedo radical. Esta unión es lo que los Filósofos llaman el Cielo y la Tierra reunidos y conjuntados, el hermano y la hermana, Gabritius y Beya, el esposo y la esposa que se abrazan estrechamente, porque el espíritu volátil no sirve de nada, si no se le ha fijado en la naturaleza que ha de tomar. 

TIERRA <><><> GEA <><><> VESTA
Se considera generalmente que la verdadera tierra es la que aparece a nuestros ojos, es decir, el excremento de la tierra y demás elementos, que entra en la composición de todos los mixtos sujetos a muerte o corrupción. Pero dentro de esos excrementos hay un núcleo, una verdadera tierra principio, que no se destruye, que es la base de los cuerpos. […] Esa tierra es la tierra virgen de los Filósofos y la que se ha de entender cuando se dice elemento tierra. Los Filósofos herméticos dan el nombre de tierra a la minera que contiene la materia de la que extraen el mercurio y a continuación, mediante las operaciones, la materia misma de donde ese mercurio ha sido extraído. Aún dan ese nombre, tierra, a su mercurio fijado y es en este último sentido que conviene entender a Hermes cuando dice, en su Tabla Esmeralda: “tendrá la Fuerza de las fuerzas cuando será reducido en tierra”. Lo llaman entonces Agua que no moja las manos porque esa tierra era primeramente Agua y volverá a ser líquido todas las veces que sea mezclada con el agua de la que ha sido compuesta. 

SATURNO <><><
> CRONO Los Filósofos herméticos dan el nombre de Saturno a diversas cosas. Primeramente al color negro o materia llevada a ese color por medio de la disolución y la putrefacción. En segundo lugar al plomo común, el más imperfecto de los metales, por cuya razón es el más alejado de la materia de la gran Obra […] La mayoría lo llama Raza de Saturno y Saturnia vegetable. Pero en vano se buscará sustituir el mercurio extraído del plomo por el mercurio vulgar, sabiendo que este sería menos puro que aquél, estando, por eso mismo, mucho más lejos de la obra. Es necesario encontrar una materia que tenga la propiedad de purificar y fijar el mercurio. “Los Sabios –dice Filaleteo- lo han buscado en la Raza de Saturno, encontrándolo allí añadiendo un azufre metálico del que carecía.


OPS <><><> REA <><><> CIBELES
Una de las grandes divinidades de los egipcios. Hija del Cielo y de la Tierra; también tuvo los nombres de Ops, Cibeles y Vesta. OPS: Hija del Cielo y de Vesta. Hermana y esposa de Saturno. Fue adorada bajo el nombre de Cibeles y era considerada diosa de las riquezas y es que al ser la tierra filosófica es, en efecto, la base de la obra hermética, fuente de las riquezas y de la salud. En su calidad de mujer se la puede entender como Plata viva.






JÚPITER <><><> ZEU
S Los químicos dan este nombre al metal que nosotros conocemos comúnmente bajo el nombre de Estaño. Pero los Alquimistas, con frecuencia, entienden otra cosa, como enla explicación que dan a la fábula de Anfitrión y Alcmena, donde Júpiter está considerado como ese calor celeste y ese fuego innato que es la primera fuente y como la causa eficiente de los metales, por ello dicen que el Mercurio, que es su primer y principal agente de la Gran Obra está representado bajo el nombre de Hércules (Heracles), engendrado por Alcmena y Júpiter. Pues Alcmena es considerada símbolo de la materia terrestre y seca, que es como la matriz de la humedad metálica sobre la que obra Júpiter. Júpiter transformado en águila y raptando a Ganímedes no significa otra cosa que la purificación de la materia por la sublimación filosófica. 

JUNO <><><> HERA
(de las Fábulas) Juno, pues, siendo hermana gemela de Júpiter, ha debido nacer al mismo tiempo que él. Y como el aire que se encuentra en el vaso, por encima de la materia disuelta se llena de vapores que se elevan en el tiempo en que el Júpiter filosófico se forma, es natural también que se personificara a esta humedad volátil y siempre en movimiento, suspendida en lo alto del vaso y como apoyada sobre la tierra que sobrenada en el agua mercurial, que se ha juzgado a propósito darle el nombre de Hera, o hermana de Júpiter.



[…] El oro filosófico volatilizado forma la cadena que tenía suspendida a esta diosa. En vano los otros dioses quisieron ponerla en libertad, no pudieron conseguirlo, porque esta cadena de las partes del oro volatilizado se sucede sin interrupción hasta que viene a reunirse con Júpiter y con esta humedad. Entonces se hace la paz entre el fijo y el volátil, entre Júpiter y Juno. Los yunques que tenía en los pies son un verdadero símbolo del fijo, por su enorme peso que los vuelve sólidos y fijos en la situación en que se los pone. Se supone naturalmente que esta pesadez tiraba de Juno hacia la tierra, a fin de designar la virtud imantadora de la parte fija que atrae a la parte volátil hacia ella y con la que finalmente se reúne.

domingo, mayo 13, 2007

La Cierva de los Cuernos de Oro y los Pies de Bronce



La historia de la caza de la cierva de los cuernos de oro y de los pies de bronce es tan manifiestamente una fábula que ningún mitólogo, pienso yo, se empeñará en tratarla de otra manera. El mismo abad Banier[1] ha sentido bien que los cuernos, y más los cuernos de oro dados a una cierva, que no suelen llevar de ninguna clase, provocaban una circunstancia que convierte la historia en alegórica por lo menos y que los pies de bronce deben de hacer alusión a alguna cosa, pero ha aportado simplemente el hecho de los cuernos sin dar ninguna explicación, aunque tuvo deseos de dar esta ficción como una historia verdadera. Hubiera hecho bien en callarse también sobre los pies de bronce. Hércules –dice él– persiguió durante un año a una cierva que Euristeo le había ordenado llevársela con vida; después se publicó que tenía los pies de bronce, pero era una expresión figurada, que señalaba la rapidez con que corría. ¿Pensará el lector con este mitólogo que los pies de bronce serían apropiados para dar ligereza a un animal argumentando así su rapidez? Para mí, si hubiera querido explicar esta fábula según el sistema de este erudito, habría supuesto al contrario que el autor de esta ficción habría fingido estos pies de bronce para volver el hecho más creíble, no en cuanto a los pies de bronce mismos, sino para dar a entender figuradamente que esta cierva era de una naturaleza mucho más pesada de lo que lo son comúnmente las ciervas, en consecuencia mucho menos ligera en la carrera y más fácil de ser apresada por un hombre que la persiguiera.
Pero salvada esta dificultad le queda aún la de los cuernos de oro, la de la persecución de un año entero, la de no poder ser muerta mediante ninguna arma, ni apresada en la carrera por ningún hombre, a no ser por un héroe como Hércules, finalmente todas las otras circunstancias de esta ficción. Una historia de esta especie se volvería un cuento pueril y un hecho muy poco digno de ser puesto entre el número de los trabajos de un tan gran héroe si no encerrara algunos misterios.
Se dice que esta cierva estaba consagrada a Diana. Habitaba en el monte Ménale y no estaba permitido cazarla con perros ni con arco, era preciso cogerla durante la carrera, en vida y sin pérdida de su sangre. Euristeo encomendó a Hércules que se la llevara. Hércules la persiguió sin descanso durante un año entero y la atrapó al fin en la selva de Artemisa, consagrada a Diana, cuando este animal estaba a punto de atravesar el río Ladón. La cierva es un animal de mucha rapidez en la carrera y ningún hombre podría presumir de atraparla. Pero esta tenía los cuernos de oro y los pies de bronce, en consecuencia era menos ligera y más fácil de atrapar y a pesar de esto fue preciso un Hércules.
En toda otra circunstancia quien se atreviera a atrapar una cierva consagrada a Diana en el bosque de esta diosa, etc., se habría expuesto inevitablemente a la indignación de la hermana de Apolo, extremadamente celosa de lo que le pertenecía, castigando severamente a los que le faltaran. Pero en este caso Diana parece haber actuado en concierto con Alcides, puesto que parecía hacer lo propio para proporcionar materia a los trabajos de este héroe. El león de Nemea y el jabalí de Erimanto son prueba de ello. Hércules que lanzaba sus flechas contra el mismo Sol ¿habría temido al coraje de Diana? Pero por temerario que hubiera podido ser, él que estaba en el mundo para purgarlo de los monstruos y de los malhechores que lo infectaban, ¿habría osado atacar a los dioses si hubiera considerado a estos dioses como reales y si no hubiera sabido que eran de una naturaleza como para poder ser atacados impunemente por los hombres? El bravo Neptuno, Plutón, Vulcano, Juno. Todos buscaban su impedimento poniéndole obstáculos. Pero tales son los dioses fabricados por el arte hermético, ellos dan la inquietud al artista, pero éste los persigue a golpes de flecha o de maza y los vence al conseguir lo que se propone. En la persecución que hace a esta cierva no emplea tales armas pero el mismo oro del que están hechos los cuernos de este animal y sus pies de bronce favorecen su empresa.
Es, en efecto, lo que se necesita en el arte químico donde la parte volátil, figurada por la carrera ligera de la cierva, es volátil hasta el punto de que es preciso nada menos que una materia fija como el oro para fijarla. El autor del Rosario empleó figuradamente expresiones que significan la misma cosa cuando dice: La plata viva volátil no sirve de nada si no es mortificada con su cuerpo; este cuerpo es de la naturaleza del Sol [...] Dos animales están en nuestra selva –dice un antiguo filósofo Alemán–[2] uno vivo, ligero, alerta, bello, grande y robusto; es un ciervo, el otro es el unicornio.[3] Basilio Valentín, en su alegoría sobre el magisterio de los sabios, se expresa así: Un asno ha sido enterrado, se corrompe y se pudre; ha venido un ciervo que tiene los cuernos de oro y los pies de bronce, bellos y blancos; puesto que la cosa cuya cabeza es roja, los ojos negros y los pies blancos, constituye el magisterio. Los filósofos hablan a menudo del latón que es preciso blanquear. Este latón o la materia venida al negro por la putrefacción es la base de la obra. Blanquead el latón y romped los libros, dice Morien, el azoth (azogue) y el latón os son suficientes. Se ha figurado, pues, con razón que esta cierva tenía los pies de bronce. De este bronce eran aquellos vasos antiguos que algunos héroes de la fábula ofrecían a Minerva; el trípode que los argonautas ofrecieron como presente a Apolo; el instrumento con el que Hércules hizo ruido para cazar a los pájaros del lago Estimfalo; la torre en la cual Danae fue encerrada, etc. Todo en esta fábula tiene una relación inmediata con Diana. La cierva le está consagrada, habita sobre el monte Ménale, o piedra de la Luna, de μηνη, luna, y de λάας, lapis, piedra, ella fue presa en la selva de Artemisa que significa también Diana. La Luna y Diana son una misma cosa y los filósofos llaman Luna a la parte volátil o mercurial de su materia: el que explica la Luna de los filósofos, o el Mercurio de los filósofos como si fuera mercurio vulgar, o engaña a otros o se engaña a sí mismo.[4]
También llaman Diana a su materia llegada al blanco: No hace mucho tiempo, y hablo como entendido, que muchas personas, de alta y baja condición, han visto a esta Diana totalmente desnuda, dice el Cosmopolita en el prefacio de sus doce tratados. Es entonces que la cierva se deja coger, es decir, la materia que era volátil se vuelve fija. El río Ladón fue el término de la carrera, porque tras larga circulación se precipita al fondo del vaso en el agua mercurial, donde el volátil y el fijo se reúnen. Esta fijeza está designada por el presente que Hércules hace a Euristeo, pues Euristeo viene de ηύρυς, latus, amplus, fuerza, brillante, y de ςταω, flo, maneo, exhalar, mantenerse firme. Como se ha hecho también de Εύρυσθεύς firmiter slans, o potens, firmemente, fuerte, de Εύρύς, latus, fuerza, y de στέιος, robur, firmeza. 
Es, pues, como si se dijera que el artista, tras haber trabajado en fijar la materia lunar durante el tiempo requerido, que es el de un año, tiene éxito al hacer su Diana, o a llegar al blanco, y le da seguidamente el último grado de fijeza significada por Euristeo. Este término de un año no debe de entenderse de un año común, sino de un año filosófico, cuyas estaciones no son tampoco las estaciones vulgares. Ya he explicado lo que era esto en el tratado hermético que se encuentra al principio de esta obra y en el diccionario que le sirve de índice.
Esta persecución de un año habría de hacer suponer algún misterio oculto bajo esta ficción. Pero los mitólogos, al no estar en el caso de este misterio, no han podido ver más que lo fabuloso. 
Cada cosa tiene un tiempo fijo y determinado para llegar a su perfección. La naturaleza actúa siempre lentamente y aunque el arte pueda abreviar sus operaciones no se tendría éxito si se precipitaran mucho los procedimientos. Es en medio de un dulce calor pero muy vivo, como el de la naturaleza, que se puede premadurar una flor o un fruto, pero un calor muy violento abrasaría la planta antes que hubiera podido producir lo que se esperaba. Es preciso, pues, la paciencia y el tiempo en el artista, así como el trabajo y el gasto, dice Espagnet.[5] Ripley nos asegura en otro lugar,[6] y muchos otros, que es preciso un año para llegar a la perfección de la piedra al blanco o la Diana de los filósofos, que este autor llama cal. Nos es preciso –dice él– un año, para que nuestra cal se vuelva fusible, fija y tome un color permanente. Zachaire y la mayor parte de los filósofos dicen que son precisos 90 días y otras tantas noches para llevar la obra al rojo después del verdadero blanco y 275 días para llegar a este blanco, lo que hace un año entero, al cual el Trevisano añade siete días.
Algunos mitólogos han hecho de esta fábula una aplicación muy extraordinaria. Dicen que Hércules es la figura del Sol, que hace su curso todos los años. Pero cuando es preciso decir qué es esta cierva que el Sol persigue se quedan en el camino, ¡cuán verdad es que toda explicación falsa cojea siempre por algún lado!

[1] . Banier, t. 3, p. 276.
[2] . Rythmi German.
[3] . El dibujo aquí presentado pertenece a Lamsprink. N. del T.
[4] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 44.
[5] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 35.
[6] . Ripley, Las Doce Puertas.

sábado, mayo 12, 2007

El Robo de las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (4)



Volvamos a la fábula de las Hespérides; esta tiene todos los caracteres de los que acabo de hablar. Hércules al haber visto y tomado consejo de Nereo y de Prometeo ya no está obstaculizado para conseguirlo, toma el camino del jardín de las Hespérides, e instruido de lo que debía de hacer, se pone en situación de ejecutar su empresa. A penas ha llegado allí, un monstruoso dragón se presenta en la entrada. Él lo ataca, lo mata y este animal cae en putrefacción de la manera que ya he explicado. La alusión no habría sido exacta si este monstruo no hubiera sido supuestamente muerto en la entrada, la negrura sigue a la corrupción, siendo la llave de la obra, como lo prueba Sinesio:[1] Cuando nuestra materia Hyle empieza a no subir y descender más lo que tiene de substancia humosa, se pudre y se vuelve tenebrosa, lo que se llama vestido negro o cabeza de cuervo [...]
Esto hace también que no haya más que dos elementos formales en nuestra piedra, a saber, la tierra y el agua, pero la tierra contiene en su substancia la virtud y la sequedad del fuego, y el agua comprende al aire con su humedad [...] Notad que la negrura es el signo de la putrefacción (que llamamos Saturno) y que el comienzo de la disolución es el signo de la conjunción de las dos materias [...] Oh, hijo mío, tu tienes ya, por la gracia de Dios, un elemento de nuestra piedra, que es la cabeza negra, la cabeza de cuervo, que es el fundamento y la llave de todo el magisterio, sin los cuales no tendrías éxito jamás. Morien se expresa en el mismo sentido y dice:[2] Sabed, sin embargo, oh magnífico rey, que en este magisterio, nada está animado, nada nace y nada crece si no es después de la negrura de la putrefacción y después de haber sufrido, por un combate natural, la alteración y el cambio. Lo que ha hecho decir al sabio, que toda la fuerza del magisterio es después de la podredumbre.
Nicolás Flamel,[3] que ha empleado la alegoría del dragón, dice también: Al mismo tiempo la materia se disuelve, se corrompe, ennegrece y concibe para engendrar; porque toda corrupción es generación y siempre se debe desear esta negrura... En verdad quien no vea esta negrura durante los primeros días de la piedra, cualquier otro color que vea falla completamente en el magisterio y no lo puede acabar con ese caos; pues no trabaja bien, si no pudre nada.
Basilio Valentín en el trazo de sus doce llaves; Ripley en sus doce puertas, en fin, y todos los otros filósofos que sería muy largo citarlos a todos. Habiendo observado los antiguos que la disolución se hacía por la humedad y la putrefacción o al ser el negro su Saturno, tenían la costumbre de poner un tritón sobre el templo de este hijo del Cielo y de la Tierra, y se sabe que Tritón tenía relación inmediata con Nereo. Maier[4] nos asegura que las primeras monedas fueron acuñadas bajo los auspicios de Saturno y que llevaban como impresión una oveja y un barco, lo que haría alusión al Toisón de oro y a la nave Argo.
Los autores que han pretendido que Hércules no empleó la violencia para robar las manzanas de oro sino que las recibió de manos de Atlas, sin duda no han puesto atención a lo que la fábula dice claramente que hizo para tener éxito, matar este dragón espantoso que guardaba la entrada del jardín.
Hércules usó la violencia matando al dragón, en el sentido y de la manera que hemos dicho; se puede decir también que recibió las manzanas de la mano de Atlas, en cuanto a que este pretendido rey de Mauritania no significa otra cosa que la roca en la cual fue cambiado, es decir, la roca o la piedra de los filósofos de la cual se forma el oro de los sabios, que algunos filósofos han llamado fruto del Sol o manzanas de oro.
¿Pero qué razón tenían los filósofos antiguos y modernos para tener que figurar las manzanas de oro? Esta idea debe de venir bastante naturalmente a un hombre que hace que los filones de las minas se extiendan bajo tierra, más o menos como las raíces de los árboles. Las substancias sulfurosas y mercuriales se reencuentran en los poros y en las venas de la tierra y de las rocas, se coagulan para formar los minerales y los metales, así como la tierra y el agua impregnadas de diferentes sales fijas y volátiles concurren en el desarrollo de los gérmenes y el crecimiento de los vegetales. Esta alegoría de los árboles metálicos está, pues, tomada de la naturaleza misma de las cosas. Casi todos los filósofos herméticos han hablado de estos árboles minerales. Los unos se han explicado de una manera, los otros de otra, pero de modo que todos coinciden en tocar el mismo punto.
El grano fijo –dice Flamel–[5] es como la manzana y el mercurio es el árbol, no es preciso, pues, separar el fruto del árbol antes de su madurez, porque podría llegarle una falta de alimento [...] Es preciso transplantar el árbol, sin quitarle el fruto, a una tierra fértil, grasa y muy noble, que suministrará más alimento al fruto en un día que la primera tierra no le hubiera proporcionado en cien años, a causa de la continuada agitación de los vientos. La otra tierra, estando cerca del Sol, perpetuamente calentada por sus rayos y abrevada sin cesar por el rocío, ha hecho vegetar y crecer abundantemente el árbol plantado en el jardín filosófico. Alguien señaló que aunque haya relación de esta alegoría de Flamel con la del jardín de las Hespérides, la del Cosmopolita es aún más precisa. Neptuno –dice éste–[6] me condujo a una pradera en medio de la cual había un jardín plantado de diversos árboles muy notables. Me mostró siete entre los otros que tenían sus nombres particulares y me hizo notar dos de estos siete, mucho más bellos y más elevados, uno llevaba frutos que brillaban como el sol y sus hojas eran como de oro, el otro producía frutos de una blancura que sobrepasa a la del lis, y sus hojas se parecían a la plata más fina. 
Neptuno llamó al primero árbol solar y al otro árbol lunar. Otro autor ha intitulado su tratado sobre esta materia, arbor solaris. Se encuentra en el sexto tomo del Teatro Químico.
Tras una relación tan palpable ¿se podría persuadir uno de que estas antiguas y modernas alegorías no tenían el mismo objeto? Y si en efecto no lo tuvieran, ¿cómo se podría concebir que los filósofos herméticos al haberlas empleado para explicar sus operaciones, o la materia del magisterio, estén entre ellas tan conformes?
Puede ser que se diga que no son los poetas que han puesto sus fábulas en los filósofos sino que son estos últimos que han tomado sus alegorías en las fábulas de los poetas. Pero si las cosas fueran así y los poetas sólo hubieran tenido a la vista la historia antigua, o la moral, ¿cómo es que la composición de todas las circunstancias de las hazañas aportadas por los poetas y las circunstancias de casi todas las fábulas se encuentran apropiadas para explicar alegóricamente todo lo que pasa sucesivamente en las operaciones de la obra? Y ¿cómo se puede explicar una con la otra? Si no hubieran más que una o dos fábulas que pudieran referirse a ello, se podría decir quizás que torturándolas a la manera de los mitólogos atraídos por la historia o la moral, se les podría hacer venir a la gran obra tanto para bien como para mal, pero no hay una sola de las antiguas fábulas egipcias y griegas que no se pueda explicar con las mismas circunstancias, que parecen las menos interesantes para los otros mitólogos, y que son tan necesarias en mi sistema; es un argumento que nuestros mitólogos deberían de tomarse el trabajo de resolver.

Sin embargo Orfeo y los antiguos poetas no se han propuesto describir alegóricamente el seguimiento entero de la obra en cada fábula y también muchos filósofos herméticos sólo han descrito la parte que más les llamaba la atención. Uno ha tenido la intención de hacer alusión a lo que pasa en la obra del azufre; otro en las operaciones del elixir, un tercero ha hablado de la multiplicación. Algunas veces, para despistar, estos últimos han entremezclado las operaciones de una y otra obra. Es lo que los vuelve tan ininteligibles para aquellos que no saben hacer esta distinción; también es lo que hace que se encuentren a menudo aparentes contradicciones en sus obras, cuando se compara a unos con otros. Por ejemplo, un filósofo hermético que habla de las materias que entran en la composición del elixir, dice que son necesarias muchas y el que habla de la composición del azufre, que sólo se precisa una. Tienen razón los dos, es suficiente para acordarlos poner atención en que no hablan de la misma circunstancia de la obra. Esto contribuye a confirmar la idea de contradicción que se les atribuye, y es que la descripción de las operaciones a menudo es la misma en la una y en la otra, pero aún tienen razón en esto, puesto que Morien, uno de entre ellos, nos asegura como muchos otros filósofos, que la segunda obra, a la que llama disposición, es totalmente parecida a la primera en cuanto a las operaciones.
Se deben juzgar las fábulas de la misma manera. Los trabajos de Hércules tomados separadamente, no hacen alusión a todos los trabajos de la obra, pero la conquista del Toisón de oro la encierra enteramente. Es por lo que se ven reaparecer muchas veces en esta última ficción, hechos muy diferentes entre ellos en cuanto a los lugares y las acciones, pero que, tomados en el sentido alegórico, significan la misma cosa. Al no ser, los lugares por los cuales era natural que los argonautas pasaran para volver a su país, los más apropiados para expresar lo que Orfeo tenía a la vista, ha figurado otros que no han existido jamás, o ha figurado que pasaban por lugares conocidos, pero que les sería imposible encontrar en su ruta natural. Éste señala el lugar para los otros, como veremos en lo que sigue.
La propiedad que Midas había recibido de Baco, de cambiar en oro todo lo que tocaba, sólo es una alegoría de la proyección o transmutación de los metales en oro. El arte nos proporciona todos los días en el reino vegetal ejemplos de transmutación que prueban la posibilidad de la de los metales. ¿No vemos que con sólo un pequeño esqueje tomado de un buen árbol y que injertado en un arbolillo silvestre, lleva frutos de la misma especie que los del árbol de donde el esqueje ha sido sacado? ¿Por qué el arte no lo conseguiría en el reino mineral, proporcionando también un esqueje metálico al silvestre de la naturaleza, y trabajando con ella? La naturaleza emplea un año entero en hacer producir a un manzano, hojas, flores y frutos.
Pero si a principios de Diciembre antes de las heladas, se corta de un manzano una pequeña rama en fruto y se pone en agua, en una estufa, se verá en pocos días retoñar hojas y flores. ¿Qué hacen los filósofos? Ellos toman una rama de su manzano hermético, lo meten en su agua y en un lugar moderadamente cálido, y les da flores y frutos a su tiempo. La naturaleza, pues, ayudada por el arte abrevia la duración de sus operaciones ordinarias. Cada reino tiene sus procedimientos, pero los que la naturaleza usa para uno justifica los del otro, porque siempre actúa por una vía simple y derecha; el arte la debe imitar, pero emplea diversos medios cuando se trata de llegar a puntos diferentes. La fábula de las Hespérides es una prueba de que el filósofo hermético debe consultar a la naturaleza, trabajar e imitar sus procedimientos en sus operaciones, si quiere, como Hércules, salir airoso al robar las manzanas de oro. Es en este mismo jardín que fue cogida la manzana, primera simiente de la guerra de Troya. También Venus tomó allí las que hizo presentar a Hipómenes para detener a Atalanta en su carrera. Explicaremos esta última fábula en el siguiente capítulo y nos reservamos la otra para el sexto libro.

[1] . Sinesio, De la Obra de los Sabios.
[2] . Morien, Conversación del Rey Calid.
[3] . Flamel, Explicación de las Figuras Jeroglíficas.
[4] . Michael Maier, Arcana Arcaníssima, lib. 2.
[5] . Flamel, op. cit.
[6] . El Cosmopolita, Parábola.

viernes, mayo 11, 2007

El Robo de las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (3)



La entrada del jardín de los filósofos está guardada por el dragón de las Hespérides, dice Espagnet.[1] Lo que hay de remarcable es que este dragón era hijo de Tifón y Equidna, en consecuencia hermano de aquel que guardaba el Toisón de oro, hermano de aquel que devoró a los compañeros de Cadmo, de aquel que estaba tras los bueyes de Gerión, del Cerbero, de la Esfinge, de Quimera y de tantos otros monstruos de los que hablaremos en su lugar.
Sin embargo todos estos acontecimientos han pasado en países bien diferentes y en tiempos bien alejados unos de otros. ¿Cómo estarían tan de acuerdo los inventores de estas ficciones y habrían figurado precisamente la misma cosa en circunstancias parecidas sin tener el mismo objeto en vistas?
Para saber la naturaleza de estos monstruos es preciso conocer la de su padre común. Considerando a Tifón como un príncipe de Egipto, no era posible que se le pudiera observar como padre de estos monstruos, por más explicación que se quisiera imaginar. Se han visto, pues, obligados a confesar que todo esto sólo eran ficciones.
Es suficiente leer la teogonía de Hesíodo para convencerse de ello. La genealogía que hace de Tifón, de Equidna y de sus hijos, no es susceptible de ninguna explicación histórica, por lo menos que fuera un poco verosímil. No es así en el caso de una explicación filósofo-hermética. Se ve en Tifón a un espíritu activo, violento, sulfuroso, ígneo, disolviendo bajo la forma de un viento impetuoso y envenenado de tal manera que lo destruye todo. Se reconoce en Equidna un agua corrompida, mezclada con una tierra negra, hedionda, bajo la descripción de una ninfa de ojos negros. De tales padres no podrían ser engendrados otra cosa que monstruos, y monstruos de la misma naturaleza que ellos, es decir, una Hidra de Lerna, engendrada en un pantano, dragones vomitando fuego, porque son de una naturaleza ígnea como Tifón, finalmente la peste y la destrucción de los lugares que habitaban, para señalar su virtud disolvente, resolutiva y la putrefacción que le sigue. Es de allí que los filósofos herméticos, de acuerdo con los poetas, han sacado sus alegorías.
Es el dragón Babilónico de Flamel,[2] los dos dragones del mismo autor, el uno alado como los de Medea y de Ceres, el otro sin alas, como aquel de Cadmo, del Toisón de oro, de las Hespérides, etc. Es también el dragón de Basilio Valentín,[3] y de tantos otros que sería muy largo mencionar.
Algunos químicos han creído ver estos dragones en las partes arsenicales de los minerales y en consecuencia las han considerado como la materia de la piedra de los filósofos. Filaleteo ha confirmado a muchos en esta idea, por lo que dice respecto a esto en su entrada abierta al palacio cerrado del rey, en el capítulo investigación del magisterio, en el cual parece designar claramente al antimonio; pero Artefio, Sinesio y muchos otros filósofos se contentan con decir que esta materia es un antimonio, porque tiene sus propiedades. Es preciso advertir que el arsénico, los vitriolos, los atramentos, el bórax, los alumbres, el nitro, las sales, los grandes, los medios y los bajos minerales y los metales solitos, dice el Trevisano,[4] no son la materia requerida para el magisterio. En vano, pues, los sopladores atormentan estas materias mediante el fuego y el agua para hacer la obra hermética, no encontrarán más que ceniza, humo, trabajo y miseria: Pues los filósofos que hablan de ello –añade el mismo autor– o han querido engañar o no estaban en el caso cuando han trabajado en ello o a penas lo han descrito bien cuando lo han hecho.
A penas se puede ver una descripción, o más bien un cuadro pintado con los colores más vivos que aquel que Apolonio hace de los dragones de las Hespérides expirando.[5] Ladus –dice– esta serpiente que guardaba aún ayer las manzanas de oro, de las que las ninfas Hespérides tenían tan gran cuidado, este monstruo, traspasado por los disparos de Hércules, está tendido al pie del árbol, la extremidad de su cola se mueve aún, pero el resto de su cuerpo está sin movimiento y sin vida. Las moscas aparecen en tropel sobre su negro cadáver, para chupar la sangre corrompida de sus heridas y la hiel amarga de la hidra de Lerna de la que las flechas estaban teñidas. Las Hespérides desoladas por este triste espectáculo apoyaban sobre sus manos su rostro cubierto de un velo blanco tirando hacia amarillo y lloraban lanzando lamentables gritos. Si la descripción de Apolonio complace, por la belleza del cuadro representado, a aquellos que no están en el caso del objeto de esta alegoría, ¿cómo no habría de satisfacer a un filósofo hermético que ve allí, como en un espejo, lo que pasa en el vaso de su arte durante y tras la putrefacción de la materia?
Este Ladus, serpiente terrestre que guardaba las manzanas de oro y que las ninfas alimentaban, está tendido muerto, atravesado por las flechas. Es como si se dijera: Esta masa terrestre y fija, tan difícil de disolver y que por esta razón guardaba obstinadamente y con cuidado la simiente aurífica o el fruto de oro que ella encerraba, se encuentra hoy disuelta por la acción de las partes volátiles. La extremidad de su cola se mueve aún pero el resto de su cuerpo está sin movimiento y sin vida; las moscas se reúnen en tropel sobre su negro cadáver para chupar la sangre corrompida de sus heridas; es decir, al poco de que la disolución sea perfecta, la putrefacción y el color negro ya aparecen, las partes volátiles circulan en gran número y volatilizan con ellas las partes fijas disueltas. Las ninfas desoladas lloran y se lamentan con la cabeza cubierta con un velo blanco amarillento. La disolución en el agua se produce, estas partes acuosas volatilizadas recaen en gotas como lágrimas y la blancura empieza a manifestarse. El retrato y el poder que Virgilio otorga a la sacerdotisa de las Hespérides nos anuncian precisamente las propiedades del mercurio de los filósofos. Es el que nutre al dragón filosófico, es el que hace retrogradar a los astros, es decir, que disuelve a los metales y los reduce a su primera materia. Es el que hace salir a los muertos de sus tumbas, o que, tras haber hecho caer a los metales en putrefacción, llamada muerte, los resucita haciéndoles pasar del color negro al blanco llamado vida, o volatilizando el fijo, puesto que la fijeza es un estado de muerte en el lenguaje de los filósofos y la volatilidad es un estado de vida, encontraremos una infinidad de ejemplos del uno y del otro en esta obra.
Pero sigamos esta fábula en todas estas circunstancias. Hércules va a consultar a las ninfas de Júpiter y de Temis, que tenían su morada en un antro en la orilla del río Eridan, conocido hoy bajo el nombre de Po en Italia. Ε”ρις ίδ, quiere decir disputa, debate. Al comienzo de la obra las partes acuosas mercuriales excitan una fermentación, en consecuencia un debate, he aquí las ninfas del río Eridan. Estas ninfas eran en número de cuatro, a causa de los cuatro elementos, de los que los filósofos dicen que su materia es como el resumen quintaesenciado por la naturaleza, según sus pesos, sus medidas y sus proporciones, que el artista o Hércules debe tomar como modelos. Es por lo que son llamadas ninfas de Júpiter y de Temis. Ahora bien, como un artista debe consultar la naturaleza,[6] e imitar sus operaciones para tener éxito en las del arte hermético, todos los filósofos convienen en ello y aseguran así mismo que se trabajaría en vano si no es así. Geber y los otros dicen que todo hombre que ignora la naturaleza y sus procedimientos no llegará jamás al fin que se propone, si Dios o un amigo no se lo revelan todo. Y aunque Basilio Valentín[7] dice: Nuestra materia es vil y abjecta y la obra, que se conduce solamente por el régimen del fuego, es fácil de hacer [...] Tú no tienes necesidad de otras instrucciones para saber gobernar tu fuego y construir tu horno, como aquel que tiene la harina a penas tarda en encontrar un horno y nada le impide cocer el pan. El Cosmopolita nos dice también[8] que cuando los filósofos aseguran que la obra es fácil deberían de añadir, para aquellos que la saben. Y Pontano[9] nos enseña que él ha estado más de doscientas veces trabajando sobre la verdadera materia, porque ignoraba el fuego de los filósofos. El obstáculo es, pues,
1º: encontrar esta materia, y es sobre ésta que Hércules va a consultar a las ninfas, que lo envían a Nereo el más antiguo de los dioses, según Orfeo, hijo de la tierra y del agua, o del Océano y de Tetis; el mismo que predijo a Paris la ruina de Troya y que fue padre de Tetis, madre de Aquiles. Homero[10] lo llama el anciano, y su nombre significa húmedo. He aquí, pues, esta materia tan común, tan vil, tan despreciada. Cuando Hércules se presentó a él no pudo reconocerlo y tener razón de él, porque lo encontraba cada vez bajo una nueva forma, pero al fin lo reconoció y lo apresó con tanto ahínco que le obligó a declararlo todo. Estas metamorfosis están tomadas de la naturaleza misma de esta materia, que Basilio Valentín,[11] Haimon[12] y muchos otros dicen no tener ninguna forma determinada, pero que es susceptible de todas, que se vuelve aceite en la nuez y la oliva, vino en la uva, amargo en el ajenjo, dulce en el azúcar, veneno en un sujeto, tríaca en el otro.
Hércules vio a Nereo bajo todas estas formas diferentes; pero no era bajo éstas que quería verlo. Hizo, pues, tanto que al fin lo descubrió bajo esa forma, que no presenta nada de gracioso ni de especificado, tal como es la materia filosófica.
Es pues, necesario tener a Nereo como recurso, pero como no es suficiente haber encontrado la materia verdadera y próxima de la obra, para llegar a su fin, Nereo envió a Hércules a Prometeo, que había robado el fuego del Cielo para hacer partícipes a los hombres, es decir, el fuego filosófico, que da la vida a esta materia, sin el cual no se podría hacer nada. Prometeo siempre fue considerado como el titán ígneo, amigo del Océano. Tenía un altar común con Palas y Vulcano, porque su nombre significa previsor, juicioso, lo que conviene a Palas, diosa de la sabiduría y de la prudencia, y porque el fuego de Prometeo era lo mismo que Vulcano. También se ha querido señalar con ello la prudencia y la dirección que él da a un artista para dar a este fuego el régimen conveniente.
Este titán juicioso indujo a Júpiter a destronar a Saturno, su padre; Júpiter siguió sus consejos y tuvo éxito. Pero sin embargo se creyó en el deber de castigarlo por el robo que había hecho y lo condenó seguidamente a ser atado a una roca del monte Taurus y a que un buitre le devorara el hígado sin cesar, sin embargo de manera que su hígado renacía a medida que el buitre lo devoraba. Mercurio estuvo encargado de esta expedición y el suplicio duró hasta que Hércules, por agradecimiento, mató al buitre, o al águila según algunos, y lo liberó. Como esta fábula forma un episodio y se encuentra explicada en otro lugar de esta obra, sólo diremos dos palabras. Prometeo o el fuego filosófico es aquel que opera todas las variaciones de los colores que la materia toma sucesivamente en el vaso. Saturno es el primero o el color negro, Júpiter es el gris que le sucede. Es pues, por el consejo y la ayuda de Prometeo que Júpiter destrona a su padre, pero este titán robó el fuego del Cielo y fue castigado.
Este fuego robado es aquel que es innato en la materia. Ella ha sido impregnada de él como por atracción, le ha sido infundido por el Sol y la Luna, sus padre y madre, según la expresión de Hermes:[13] su padre es el Sol y su madre la Luna; es lo que ha hecho que se le de el nombre de fuego celeste. Prometeo es seguidamente atado a una roca ¿no es como si se dijera que este fuego se concentra y se ata a la materia que empieza a coagularse en piedra tras el color gris y que esto se hace mediante la operación del mercurio de los filósofos? La parte volátil que actúa sin cesar sobre la parte ígnea y fijada, por así decirlo, ¿podría estar mejor designada que mediante un águila o un buitre y este fuego concentrado mediante el hígado? Estos pájaros son carnívoros y voraces, el hígado es, por así decirlo, el asiento del fuego natural en los animales. El volátil actúa, pues, hasta que el artista, ya que Hércules es su símbolo, haya matado a esta águila, es decir, fijado el volátil.
Estos colores que se suceden son los dioses y los metales de los filósofos, a los que han dado los nombres de los siete planetas. El primero de los principales es el negro, el plomo de los sabios o Saturno. El gris que viene después está atribuido a Júpiter y lleva su nombre. El color de la cola de pavo real a Mercurio, el blanco a la Luna, el amarillo a Venus, el rojizo a Marte y el púrpura al Sol; así mismo han llamado reino al tiempo que dura cada color. Tales son los metales filosóficos y no los vulgares, a los cuales los químicos han dado los mismos nombres. Hagamos una reflexión respecto a esto. Un compuesto de dos cosas, la una acuosa y volátil, la otra terrestre y fija, al ser puesto en el vaso, si sobreviene una fermentación y una disolución, aparecerán los colores o se sucederán o se manifestarán mezclados como los de la cola del pavo real o del arco iris.
He aquí el origen de las fábulas y cómo una ficción de esta especie puede ser variada al infinito por una o más personas de ingenio, entonces las fábulas son multiplicadas en extremo. De ahí tantas obras alegóricas compuestas sobre la teoría y la práctica del arte hermético.

[1] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 52.
[2] . Flamel, Deseo deseado.
[3] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves. 3ª llave
[4] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[5] . Apolonio, Argonáuticas, lib. 4, v. 1400 y ss.
[6]. Cosmopolita, Prefacio en Enigma Filosófico.
[7] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves.
[8] . El Cosmopolita, Nueva Luz Química.
[9] . Pontano, Epístolas.
[10] . Homero, Ilíada, lib. 18, v. 36.
[11] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves.
[12] . Haimon, Epístolas.
[13] . Hermes, Tabla de Esmeralda.

jueves, mayo 10, 2007

El Robo de las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (2)



Temis había predicho a Atlas que un hijo de Júpiter robaría un día estas manzanas,[1] esta empresa fue intentada por muchos, pero el éxito estaba reservado a Hércules. Como no sabía dónde estaba situado este jardín, tomó la resolución de ir a consultar a las cuatro ninfas de Júpiter y de Temis, que moraban en un antro. Ellas lo dirigieron hacia Nereo, éste lo envió a Prometeo que, según algunos autores, le dijo a Atlas, al enviarlo a buscar estos frutos, que sostuviera el cielo sobre sus espaldas hasta su retorno, pero según otros, Hércules, habiendo tomado consejo de Prometeo, fue derecho al jardín, mató al dragón, se llevó las manzanas y las llevó a Euristeo, siguiendo la orden que había recibido. Se trata, pues, de descubrir el núcleo oculto bajo esta envoltura, de no tomar los términos según la letra y de no confundir estas manzanas del jardín de las Hespérides con aquellas de las que habla Virgilio en sus Églogas: Aurea mala decem misi, cras altera mittam. Las manzanas de las que aquí se trata crecen en los árboles que Juno aportó como dote cuando se casó con Júpiter. Son los frutos de oro que producen simientes de oro y árboles cuyas hojas y ramas son de este mismo metal; las mismas ramas de las que Virgilio hace mención en el sexto libro de su Eneida en estos términos: Bajo la opaca copa de un árbol se oculta un ramo, cuyas hojas y flexible tallo son de oro, el cual está consagrado a la Juno infernal […] no es dado penetrar en las entrañas de la tierra sino al que haya desgajado del árbol la áurea rama.
El monte Atlas, célebre en aquel tiempo, como lo es todavía, produce muchas especies de minerales y abunda en esta materia, de la cual se forma el oro. No es pues, sorprendente que se haya emplazado allí el jardín de las Hespérides. La misma razón ha hecho decir que Mercurio era hijo de Maya, una de las hijas de Atlas, pues el mercurio de los filósofos se compone de esta materia primitiva del oro. Y fue por esto llamada Atlántida. La cima del monte Atlas está casi siempre cubierta de nubes, de manera que no pudiendo ser percibida, parece que su cima se eleva hasta el Cielo.
¿Es preciso figurar que llevaba el cielo sobre sus espaldas para personificar esta cima? Añadid a esto que Egipto y África gozaban de un cielo sereno y que no hay un lugar en el mundo más propicio para la observación de los astros, particularmente el monte Atlas, a causa de su gran elevación. No es necesario, pues, hacer de él un astrónomo, inventor de la esfera; aún se le figura con menos verosimilitud que fue el rey de Mauritania metamorfoseado en esta montaña cuando miró la cabeza de Medusa que Perseo le presentó. Daré la razón a esta ficción cuando hable de Perseo.
Muchos otros autores han confundido las Pléyades con las Hespérides y las han considerado a todas como hijas de Atlas pero las primeras en número de siete, cuyos nombres eran Maya, madre de Mercurio, Electra, madre de Dárdano, Taigete, Astépore, Mérope, Alciones y Celeno, son propiamente hijas de Atlas, y las Hespérides hijas de Haspero. Encuentro en esta genealogía una nueva prueba que muestra claramente que esta pretendida historia de las Hespérides es una ficción.
Todos los mitólogos convienen en que Electra fue madre de Dárdano, fundador de Dardania y primer rey de los troyanos. Átlas fue, pues, abuelo de Dárdano. Lo que se acordaría con el cálculo de Teófilo de Antioquía[2] según Talo, que dice positivamente que Cronos o Saturno, hermano de Atlas, vivió 321 años antes de la toma de Troya. Si no se quiere aceptar que esta Electra fue la misma que la Electra, hija de Atlas, puesto que se dice que la madre de Dárdano es una ninfa, hija de Océano y de Tetis, se convendrá al menos que la hija de Atlas era nieta de Saturno.[3]

El monte Atlas comprende casi todas las montañas que reinan a lo largo de la costa occidental de África, como se llama en general al monte Taurus, los Alpes, el monte de Oro, los Pirineos, etc, una caden
a de montañas y no una sola montaña, los pequeños montes que se encuentran adyacentes a los montes Atlas y Hespero, parecen nacer de éstos, lo que puede haber dado lugar a considerarlos como sus hijos, es por lo que se les llama Atlántidos. Los tres nombres de las Hespérides les han sido dados porque significan las tres principales cosas que afectan a la materia de la obra antes que sea propiamente el oro filosófico. Héspera es hija de Hespero, o del fin del día, en consecuencia la noche o la negrura. Hespertusa, ha tomado este nombre de la materia que se volatiliza durante y después de esta negrura, de εσπιρος, final del día, y de δυω, ímpetu, furor. Eglé significa la blancura que sucede a la negrura, de αγλη, esplendor, fulgor, porque la materia siendo llevada al blanco es brillante y tiene mucho resplandor. Se ve por ello el por qué Hesíodo dice que la noche fue madre de las Hespérides.
Apolonio de Rodas ha considerado en los nombres que da a las Hespérides, los tres colores principales de la obra, el negro bajo el nombre de Héspera, el blanco bajo el de Eglé y el rojo bajo el de Eriteis, que viene de ιρευθως rubor. Así mismo parece haberlo querido indicar más particularmente mediante las metamorfosis que relata de estas. Eran ninfas y se cambiaron en tierra y en polvo a la llegada de los argonautas. Hermes[4] dice que la fuerza o poder de la materia de la obra es completo si es convertida en tierra. Todos los filósofos herméticos aseguran que no se logrará jamás si no se cambia el agua en tierra. Apolonio hace mención de una segunda metamorfosis. De esta tierra pulularon, dice, tres plantas y cada una de las Hespérides se encuentra insensiblemente cambiada en un árbol que convenía a su naturaleza. Estos árboles crecían más gustosamente en los lugares húmedos, el álamo, el sauce y el olmo.
El primero o álamo negro es aquel del que Héspera toma la figura, porque indica el color negro. El autor de la fábula del descenso de Hércules a los infiernos ha fingido también que este héroe encontró allí un álamo cuyas hojas eran negras de un lado y blancas del otro, a fin de dar a entender que el color blanco sucede al negro; Apolonio ha designado esta blancura mediante Eglé cambiada en sauce, porque las hojas de este árbol son lanuginosas y blanquecinas.
Eriteis o el color rojo de la piedra de los filósofos casi no podía ser mejor indicada que por el olmo, cuya madera es amarilla cuando es verde y toma insensiblemente un color rojizo a medida que se seca. Esto es lo que llega en las operaciones de la obra, donde el citrino sucede al blanco y el rojo al citrino, según el testimonio de Hermes. Los que han puesto a Vesta como una de las Hespérides tienen en consideración la propiedad ígnea del agua mercurial de los filósofos, que les ha hecho decir, nos lavamos con el fuego y nos abrasamos con el agua. Nuestro fuego húmedo, dice Ripley,[5] o el fuego permanente de nuestra agua, quema con más actividad y fuerza que el fuego ordinario, puesto que disuelve y calcina el oro, lo que el fuego común no sabría hacer.
Las Pléyades, hijas de Atlas anuncian el tiempo lluvioso en el curso ordinario de las estaciones y las Pléyades filosóficas son, en efecto, los vapores que se elevan de la materia, se condensan en lo alto del vaso y recaen en lluvia que los filósofos llaman rocío de Mayo o de la Primavera, porque se manifiesta tras la putrefacción y la disolución de la materia, a las que llaman su Invierno. Una de estas Pléyades, Electra, mujer de Dárdano, se ocultó en el tiempo de la toma de Troya y no apareció más, dice la fábula; no es que una de estas Pléyades celestes haya desaparecido un poco antes del asedio de Troya, que no tuvo lugar jamás, pero puesto que una parte de esta lluvia o rocío filosófico se vuelve tierra, desaparece como para no mostrarse más bajo una forma conocida. Esta tierra es el origen de la ciudad de Troya. Cuando estaba aún bajo la forma de agua era madre de Dárdano, fundador del imperio Troyano. El mismo tiempo en el que el agua se transforma en tierra es el tiempo del asedio; explicaremos todo esto a lo largo del sexto libro. Pero se observará que esta tierra es designada con el nombre de Electra puesto que los filósofos la llaman su Sol, cuando es vuelta fija y como se hace venir de Ηλικταρ Sol, muchos autores herméticos, entre otros Alberto el Grande y Paracelso, dan el nombre de Electra a la materia del arte.

[1] . Se acordaba del viejo oráculo que Temis dictó en el Parnaso y que decía: Atlas, vendrá un día en que tu árbol será desnudado de su oro por un hijo de Jove. Ovidio, Metamorfosis, lib. 4.
[2] . Teófilo de Antioquia, lib. 3, adv. Ant.
[3] . Diodoro de Sicilia.
[4] . Hermes, Tabla de Esmeralda.
[5] . Ripley, Las Doce Puertas.