Mostrando entradas con la etiqueta Menelao. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Menelao. Mostrar todas las entradas

jueves, marzo 01, 2007

Las Fábulas Egipcias, Introducción (6)




Basilio Valentín fue uno de los autores herméticos más difícil de entender, tanto por las alteraciones que se han hecho a sus tratados, como por el velo oscuro de los enigmas, los equívocos y las figuras jeroglíficas de los que están llenos. Michael Maier ha hecho un gran número de obras sobre esta materia, se puede ver su enumeración en el Catálogo de Autores Químicos, Metalúrgicos y Filósofos herméticos que el abad Lenglet du Fresnoy ha insertado en su Historia de la Filosofía Hermética. Espagnet estimó entre otras obras de Maier su Tratado de los Emblemas, porque representan –dice– con mucha claridad, a los ojos de los clarividentes, lo que la gran obra tiene de más secreto y más oculto. He leído con mucha atención muchos de los tratados de Maier y me han sido de una gran ayuda, como el que lleva por título Arcana Arcanísima, que me ha servido de bosquejo para mi obra, al menos en su distribución, pues no he seguido siempre sus ideas.
Los filósofos herméticos que han empleado las alegorías de la fábula, son tan oscuros como la fábula misma, al menos para los que no son adeptos, pues sólo han arrojado luz sobre ella cuando era [1] trabajad de manera que Paris pueda defender a la bella Helena; impedid que la ciudad de Troya sea asolada de nuevo por los griegos; aseguraos de que Príamo y Menelao no estén más en guerra y en aflicción; Héctor y Aquiles estarán pronto de acuerdo, no combatirán más por la sangre real, entonces tendrán monarquía y así mismo dejarán en paz a todos sus descendientes. Este autor introduce los principales dioses de la fábula en las doce llaves. Raimon Llull habla a menudo de Egipto y de Etiopía. Uno emplea una fábula y el otro otra, pero siempre alegóricamente.
preciso para hacernos comprender que sus misterios no eran misterios para ellos: Acordaos bien de esto –dice Basilio Valentín–
Todas las explicaciones que daré están tomadas de estos autores o
apoyadas sobre sus textos y sus razonamientos; serán tan naturales que se podrá concluir que la verdadera química fue la fuente de las fábulas, que encierran todos los principios y las operaciones, que en vano se intentará forzar su explicación por otros medios. No pienso que todo el mundo convenga en ello pues se ha introducido el uso de explicar a los antiguos mediante la historia y la moral, este uso ha prevalecido y es acreditado hasta el punto que el prejuicio hace considerar toda otra explicación como fantasías.
Se las considerará desde el punto de vista que se quiera, poco me importa. Escribo para los que quieran leerme, para los que no puedan salir del laberinto donde se encuentran obligados, siguiendo los sistemas que acabo de mencionar, buscarán aquí un hilo de Ariadna, que ciertamente encontrarán; para los que, versados en la lectura asidua de los filósofos herméticos, están más en estado de aportar un juicio sano y desinteresado, pues encontrarán lo necesario para fijar sus ideas vagas e indeterminadas sobre la materia de la gran obra y sobre la manera de trabajarla. En cuanto a los cegados por el prejuicio o por malvadas razones, que atribuyen a los egipcios, pitagóricos, Platón, Sócrates y a los otros grandes hombres ideas tan absurdas como la de la pluralidad de los dioses, les rogaría nada más conciliar, con este sentimiento, la idea de la alta sabiduría que sobresale en todos sus escritos, sabiduría que se les otorga con razón. Les recomiendo una lectura de sus obras más seria y más reflexiva para encontrar lo que se les había escapado. Yo no ambiciono los aplausos de aquellos a los que la filosofía hermética les es completamente desconocida. Sólo podrían juzgar esta obra como un ciego juzga a los colores.
[1] . Basilio Valentín, Tratado del Vidrio.

jueves, noviembre 23, 2006

El origen de esta guerra (la fábula)




Remontémonos a la fuente de esta guerra y tomémosla, ab ovo, (desde el huevo, desde el principio) según la expresión de Horacio,[1] puesto que, en efecto, un huevo fue el primer principio y una manzana dio ocasión a ella. Júpiter se enamoró de Leda, mujer de Tíndaro, se transformó en cisne y gozó de Leda, que trajo al mundo dos huevos; de uno salieron Pólux y Helena y del otro Cástor y Clitemnestra. Helena se casó con Menelao y Clitemnestra fue mujer de Agamenón.
He aquí el huevo, veamos la manzana. Júpiter se enamoró
de los encantos de la diosa Tetis, pero había aprendido de Prometeo que, según un oráculo de Temis, el hijo que naciera de esta diosa sería más poderoso que su padre, por tanto se determinó a desposarla con Peleo, hijo de Éaco, y éste era hijo del mismo Júpiter y de Egina. Tetis estuvo muy descontenta de ver que se desposaba con un mortal, pero Júpiter así lo quería y debía consentir. Júpiter mismo invitó a todos los dioses a la ceremonia y al convite de este matrimonio, a fin de ha
cerla más célebre, sólo la discordia fue olvidada o excluida. Esta diosa, para vengarse por este desprecio, fue secretamente a las bodas y echó en medio de la asamblea una manzana de oro con esta inscripción, para la más bella. No hubo ninguna de las diosas que no la pretendiera poseer, pero ya sea porque ellas fuesen menos susceptibles, o bien porque tuvieran esta deferencia hacia Juno, Minerva y Venus le cedieron sus pretensiones. Se había de adjudicar esta manzana a una de las tres. Todos los dioses, viendo la dificultad en la que se encontraría aquel de entre ellos que
se eligiera como juez en esta disputa, no quisieron cargar con una tarea tan delicada. El mismo Júpiter creyó que no debía decidir entre su esposa, su hija y Venus; mandó a Mercurio que las condujera a un pastor, llamado Alejandro, que guardaba sus rebaños sobre el monte Ida. Este pastor tomó después el nombre de Paris y era hijo de Príamo, rey de Troya. Las diosas se presentaron al pastor de la manera que cada una creyó más apropiada para realzar su belleza. Primero, cada una de ellas en particular, le hicieron las promesas más halagadoras. Juno le ofreció cetros y coronas; Minerva le prometió virtud y bellos conocimientos; y Venus le dijo que tendría la más bella mujer que hubiera sobre la tierra. Así mismo consintieron en las condiciones que desde luego podían afectar a su pudor, pero que Paris exigía para hacer su juicio con conocimiento de causa. Finalmente, ya sea porque el atractivo de una corona hizo poca impresión en el espíritu de Paris o bien porque la virtud le tocó menos que los encantos de una bella mujer, adjudicó la manzana a Venus, que efectivamente era considerada como la más bella.
Se vio claramente que Juno y Minerva no quedaron satisfechas con esta decisión pues juraron vengarse de su juez, de Príamo y de la ciudad de Troya, cuya pérdida fue resuelta y después ejecutada. Paris dejó exhalar su resentimiento y sólo pensó en ver efectuada la promesa de Venus. Esta diosa no tardó en cumplirla. Preparó la ocasión a Paris para que fuera a Grecia; lo condujo hasta Esparta a la casa de Menelao, que era el rey, e hizo de manera que su esposa Helena, la más bella mujer de su tiempo, se volviera sensible a los votos de Paris, que la raptó; este rapto fue la causa de la guerra y de la ruina de Troya.
Todos los dioses tomaron parte en esta guerra y combatieron los unos contra los otros. Júpiter, a ruegos de Tetis, tomó partido durante largo tiempo por los troyanos, para vengar a Aquiles de la injuria que le había hecho Agamenón al robarle a su querida Briseida. Así mismo amenazó con hacer sufrir su cólera a aquellos de entre los inmortales que favorecieran a los griegos, pero finalmente habiendo reunido a todos los dioses y las diosas en el Olimpo, con la sola excepción del Océano, fueron allí todos hasta las ninfas de los bosques, de los ríos y de las praderas; el mismo Neptuno dejó el fondo del mar para asistir,[2] Júpiter les dijo que entonces les dejaba la libertad de ir a combatir por o en contra de los troyanos. Juno, Minerva, Neptuno, Mercurio, autor de las comodidades de la vida, y Vulcano, se fueron a los barcos griegos. Marte, Apolo, Diana, Latona, Xanto y Venus, fueron a ayudar a los troyanos.[3] Cada uno exhortaba a los suyos en voz alta. Júpiter hizo bramar a su trueno; Neptuno excitó un temblor de tierra que extendió el pavor y el horror en la ciudad de Troya, incluso puso en una especie de confusión a los barcos griegos a los que favorecía. Las sacudidas fueron tan terribles que el monte Ida se estremeció hasta en sus fundamentos. El mismo Plutón se conmovió de miedo en el fondo de los Infiernos, y temió que la bóveda de su tenebroso palacio se desplomara sobre él, saltó de su trono y dio un gran grito.[4] Apolo con sus flechas de oro combatió contra Neptuno; Minerva tuvo a Marte y a Venus contra ella; Juno atacó a Diana y Mercurio a Latona. Xanto, así llamado por los dioses y Escamandro por los hombres, tuvo a Vulcano en cabeza. Así combatieron los dioses contra los dioses y Aquiles contra Héctor.
Un huevo y una manzana, pues, fueron la fuente de la expedición de los griegos y la causa de la ruina de Troya.
[...]¿No tiene el sueño de Hécuba todo el aire de una fábula, lo mismo que el nacimiento de Paris y su educación? Se dice que estando embarazada Hécuba tuvo un funesto sueño, pensaba que en su seno llevaba una antorcha que debía abrasar un día todo el imperio de los troyanos. Al consultar al oráculo sobre este sueño respondió que el hijo que esta princesa traería al mundo sería la causa de la desolación del reino de Príamo. Habiendo dado a luz la reina, se hizo exponer al niño sobre el monte Ida, donde dichosamente
para él lo encontraron algunos pastores y lo alimentaron. Alejandro (que es el nombre que llevaba primero) cuando se hizo grande se enamoró de una bella pastora llamada Enone, hija del río Cedreno, entre los brazos de la cual Paris fue muerto sobre el monte Ida, tras haber sido herido en la ciudad de Ilión.

[1] . Horacio, Arte Poético.
[2] . Homero, Ilíada, lib. 20, vers. 5.
[3] . Homero, Ibid. vers. 33.
[4] . Homero, Ibid. vers. 56.

sábado, noviembre 18, 2006

Primera prueba contra la realidad de esta historia. El origen de Troya




Dárdano está considerado como el fundador del reino de Troya y no hay ninguna prueba de su existencia. A continuación se da su genealogía y se dice que desposó a la hija del rey Escamandro, de la que tuvo a Erictonio que luego sucedió a Dárdano. Tros vino después y sucedió a Erictonio; Tros tuvo por hijos a Ilo y a Laomedón. Es bajo este reinado que Apolo y Neptuno fueron exiliados del Cielo por Júpiter, por haber querido atar a este dios, en acuerdo con los otros dioses y diosas. Se retiraron hacia Laomedón y se obligaron a él, bajo promesa de una recompensa, a construir las murallas de Troya. Unos dicen que las piedras se reunían y se arreglaban solas al
son de la lira de Apolo. Otros aventuran, con Homero, que las levantó Neptuno mientras Apolo guardaba los rebaños de Laomedón. Ovidio es del primer sentimiento.
Virgilio dice que fueron edificadas por Vulcano. La fábula añade que Laomedón no quiso dar a Neptuno la recompensa que habían convenido y que habiendo respetado a Apolo como un dios, sin embargo despreció a Neptuno, éste irritado se vengó enviando un monstruo marino que arrasó todo el país. Ya hemos hecho mención de ello cuando hemos hablado de la liberación de Hesíone por Alcides.
He aquí a tres fundadores de Troya, y tres fundadores fabulosos, es decir, tres dioses, Apolo, Neptuno y Vulcano, que no han existido jamás ni como dioses ni como hombres.
Sin embargo se puede atribuir el establecimiento de la ciudad de Troya a cada uno de ellos en particular y decir al mismo tiempo que estos tres dioses han trabajado allí, puesto que se requieren los tres para la perfección de la obra hermética, según lo que hemos visto hasta el presente; Vulcano es el fuego filosófico, Neptuno es el agua mercurial volátil y Apolo es la parte
fija, o el oro de los sabios. No es sorprendente que se haya dicho que las piedras se arreglaban solas al son de la lira de Apolo. Se había dicho que Orfeo hacía mover las piedras y los árboles al son del mismo instrumento y que había conducido la nave Argo de la misma manera. Se ha debido ver antes, que las partes que componen el magisterio de los sabios se reúnen solas para arreglarse y reunirse en una masa fija llamada Apolo o Sol filosófico, porque la parte fija es como un amante que atrae las partes volátiles para fijarlas con él y hacer un todo fijo llamado piedra; es lo que forma la pretendida ciudad de Troya, que es el símbolo de ello. Por la misma razón se dice que fue edificada bajo el reinado de Laomedón y que estos dioses trabajaban para él porque el objeto de las operaciones filosóficas es el mismo Laomedón, que significa piedra que manda y que tiene un gran poder, de λάος, piedra, y de μέδω, yo mando. Este
pretendido mando y este poder han hecho dar a Laomedón el título de rey.
Si se quiere tener la genealogía de los pretendidos reyes de Troya que han precedido a Laomedón, se encontrará precisamente en sus nombres una nueva prueba de que es una pura alegoría del magisterio filosófico, puesto que Dárdano, del que se dice haber sido el primer rey y el fundador de Dardania, que después tomó el nombre de Troya, significa estar en reposo, dormir, de δαρδάνω, dormir, reposar, porque la materia, tras haber sido puesta en el vaso al comienzo de la obra, permanece largo tiempo como adormecida y sin movimiento, lo que ha llevado a los filósofos a dar el nombre de invierno al tiempo que permanece en este estado, porque la naturaleza parece entorpecida y adormecida durante esta estación. En esta primera operación, dice Filaleteo,[1] a la que llamamos invierno, la materia está como muerta, el mercurio se mortifica y se manifiesta la negrura. Pero en cuanto empieza a fermentar y a disolverse, Erictonio nace de Dárdano, pues Erictonio quiere decir disuelto, roto en pedazos, de έρείκω, deshago, rompo. La materia rota y en vías de disolución está significada por Tros, hijo y sucesor de Erictonio, pues según Eustatio, τίρώσκω viene de τειρω, abatir, triturar, y τρωσις, de τιτρώσκω, herir, trastornar, seducir. Siendo disuelta esta materia, se vuelve como el barro y el fango, entonces Ilo sucede a su padre Tros, puesto que Ι΄λύς, quiere decir cenagal, de porquería, lo que ha dado ocasión a los filósofos de llamar barro y estiércol a su materia en este estado de putrefacción. Ilo fue padre de Laomedón y es bajo su reinado que Apolo edificó las murallas de Troya, porque la materia empieza a fijarse y a convertirse en piedra de los filósofos, cuando sale de la putrefacción.
He aquí el verdadero origen de Troya, he aquí quienes han sido sus reyes y sus fundadores, y yo no veo en qué se basa el abad Banier para fijar la duración del reinado de Dárdano en sesenta y dos años, la de Erictonio en cuarenta y seis, la de Ilo en cuarenta y la de Laomedón en veintinueve. Lo que puede decir de verdadero, incluso adoptando su sistema, es que una tal ciudad como se nos presenta la de Troya en el tiempo de su ruina, no podía dejar de haber sido muy célebre anteriormente, sin embargo no se hace ninguna mención de ello antes del viaje que hizo allí Hércules, para liberar a Hesíone, hija de Laomedón. ¿Cómo habría podido hacerse, que una ciudad se hubiera hecho tan popular y tan célebre en tan poco tiempo y que su destrucción hubiera sucedido inmediatamente a su nacimiento? ¿se habría podido recoger suficiente gente del mundo como para resistir a todas las fuerzas reunidas de Grecia? Aún cuando se hubieran reunido allí todos los habitantes de Frigia, no habrían podido mantenerse seis meses, y con más razón diez años, contra un ejército tan formidable y tan numeroso.
Se ha de confesar que el abad Banier es un hombre que ha hecho mucho trabajo en poco tiempo. Sólo le han hecho falta treinta y cinco años para formar dos generaciones de héroes y, según su cálculo, la conquista del toisón de oro sólo habría precedido a la guerra de Troya en treinta y cinco años, puesto que Hércules dejó a los argonautas para ir a liberar a Hesíone. Después de esta expedición contra Troya, aún hizo otras, antes de morir. Liberó a Teseo de los Infiernos:[2] tras haber tomado un gran número de ciudades y ejecutar los trabajos que Euristeo le había ordenado, se enamoró de Yole, hija de Euristeo, este príncipe lo
rechazó y él subyugó la Ecalia, raptó a la princesa y mató al rey. Es después de esta expedición que Deyanira le envió la túnica de Neso y que murió al ponérsela. Su hijo Hilo era joven entonces y le dio tiempo de hacerse grande hasta el punto de poder hacer la guerra a Euristeo. Este murió en un combate. Atreo le sucedió, tuvo dos hijos, Menelao y Agamenón, estos dos hijos se hicieron grandes a su vez. Agamenón sucedió a Atreo, se casó y tuvo un hijo llamado Orestes y se puso a la cabeza de todas las tropas de Grecia, reunidas contra la ciudad de Troya, y todo esto sucedió en treinta y cinco años. ¡Cuán verdad es que toda la destreza y todas las combinaciones de los mitólogos fracasan, cuando quieren acordar la fábula con un sistema histórico que nunca estuvo en la idea de los autores de estas fábulas! Sólo habría que remontarse al tronco de donde han salido todas estas ramas de héroes, para reconocer claramente lo fabuloso. Pero vamos a examinar quienes fueron los que emprendieron la guerra de Troya y quienes defendieron esta ciudad.

[1] . I. Filaleteo, Enarrat. Metho. P. 17.
[2] . Banier, Mitología, tom. 3, p. 295.