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domingo, abril 29, 2007

El Toisón de Oro, su explicación (2)

Según Apolonio, Fineo era hijo de Agenor y tenía su morada sobre una costa opuesta a Bitinia. El abad Banier dice que era hijo de Fénix, rey de Salmidese, sin enseñarnos de dónde descendía este Fénix. Sería muy difícil que Fineo hubiera vivido hasta el tiempo de los argonautas y así mismo que fuera encontrado en Tracia, pues debían de haber transcurrido dos siglos, según el cálculo del mismo abad Banier, después de Agenor hasta la guerra de Troya, por consiguiente, según él, Fineo tendría entonces al menos 165 años. Si lo llama nieto de Agenor por Fénix, este mitólogo no estará menos equivocado, puesto que dice,[1] según Higinio,[2] que Fénix se estableció en África, cuando buscaba a su hermana Europa. Fineo era ciego, lo que ha sido añadido para indicar la negrura llamada noche y tinieblas, puesto que es siempre de noche para un ciego. Las harpías sólo lo atormentaron después de que Neptuno le hubo quitado la vista, es decir, que el agua mercurial hubo ocasionado la putrefacción. Estos monstruos, símbolos de las partes volátiles, tenían alas y figura de mujer, para remarcar su ligereza, puesto que, según un antiguo: ¿Quid levius fumo? Flamen. Quid flamine? Ventus. Quid vento? Mulier. Quid mulier? Nihil. Cuando se dice que Fineo era adivino, es que la negrura, siendo la llave de la obra, anuncia el logro al artista, éste al conocer la teoría del resto de las operaciones, ve todo lo que ocurrirá a continuación
Para convencer al lector de la justicia y verdad de las explicaciones que acabo de dar, es suficiente que le muestre lo que dice Flamel respecto a esto,[3] verá a estas harpías bajo el nombre de dragones alados; la infección y el hedor que producían sobre los manjares de Fineo y finalmente su fuga. Podrá compararlo con los retratos que Virgilio[4] y Ovidio[5] hacen de ello, concluirá que el nombre de dragón les conviene perfectamente: La causa por la que he pintado estos dos espermas en forma de dragón, es que su pestilencia es tan grande, como la de los dragones, y que las exhalaciones que suben por el matraz son oscuras, negras, azules y amarillentas, tal como están pintados los dos dragones; ciertamente su fuerza y la de los cuerpos disueltos es tan venenosa que no existe en el mundo mayor veneno. Ya que por su fuerza y pestilencia es capaz de mortificar y matar todo lo vivo. El filósofo jamás puede oler esta pestilencia, si no rompe sus vasos, pero la reconoce al ver los cambios de los colores procedentes de la putrefacción de sus confecciones. [...] Al mismo tiempo, la materia se disuelve, se corrompe, ennegrece y concibe para engendrar, porque toda corrupción es generación. Siempre se ha de desear esta negrura. Es también la vela negra con el que el navío de Teseo volvió victorioso de Creta, y fue la causa de la muerte de su padre; así pues, es necesario que el padre muera para que de las cenizas del Fénix renazca otro, y que el hijo sea rey. En verdad, quien no vea esta negrura en el inicio de sus operaciones, durante los días de la piedra, aunque vea cualquier otro color, falla por completo en el magisterio, y no podrá terminarlo con ese caos. Ya que no se trabaja bien si no hay putrefacción, puesto que si no hay putrefacción no se corrompe, ni se engendra nada y, por consiguiente, la piedra no puede tomar vida vegetativa para crecer y multiplicarse. Y ciertamente, te digo nuevamente, que aún cuando tú mismo trabajes sobre las verdaderas materias, si al principio, tras haber puesto las confecciones en el huevo filosófico, es decir, algún tiempo después de que el fuego las haya irritado, no ves la cabeza del cuervo negro de un negro muy negro, tendrás que volver a empezar. [...] Así, pues, quienes no consigan estas señales esenciales, que se retiren pronto de las operaciones, para evitar una pérdida segura. [...] Un poco más tarde, el agua empieza a engordarse y a coagularse como si fuera una pez muy negra, y finalmente se vuelve cuerpo y tierra, que los envidiosos han llamado tierra fétida y pestilente. Ya que entonces, a causa de la perfecta putrefacción que es natural como las otras, esta tierra es pestilente y exhala un olor parecido al relente de los sepulcros repletos de podredumbre y de osamentas aún cargadas de humor natural. Esta tierra ha sido llamada por Hermes la tierra de las hojas, no obstante su verdadero y más apropiado nombre es el de letón que después se debe blanquear. Los antiguos sabios cabalistas la han descrito en las metamorfosis bajo la historia de la serpiente de Marte que había devorado a los compañeros de Cadmo, quien la mató atravesándola con su lanza contra un roble hueco. Fíjate bien en este roble.No se puede tener más dichoso presagio en los cuarenta primeros días, que esta negrura o Fineo ciego, es decir, la materia que en la primera obra había adquirido el color rojo y tanto esplendor y gloria, que había merecido los nombres de Fénix y de Sol, se encuentra al comienzo de la segunda, oscurecida, eclipsada y sin luz, lo que no podría expresarse mejor que por la pérdida de la vista. Fineo había recibido, dicen, el don de profecía de Apolo, porque Fineo era él mismo el Apolo de los filósofos en la primera obra o la primera preparación. Flamel dice positivamente que lo que acabo de referir debe de entenderse de la segunda operación.[6] Así, pues, pinto aquí dos cuerpos, uno de macho y otro de hembra para enseñarte que en esta segunda operación tienes verdaderamente, pero aún no perfectamente, dos naturalezas conjuntas y casadas, la masculina y la femenina, o mejor los cuatro elementos.
[1] . Banier, tomo 3, p. 67.
[2] . Higinio, Fab. 178.
[3] . Flamel, Explicaciones de las Figuras. Cap. 4.
[4] . Alado cuerpo, rostros virginales; arroja el seno vil vestigio inmundo; corvas manos y pies, garfios rampantes; pálidos siempre de hambre los semblantes. Virgilio, Eneida, lib.3.
[5] . Grande caput, stantes oculi, rostra apta rapinis, Canicies pennis, unguibus humus inest. Nocte volant cunis córpora rapta fuis. Ovidio, Fast. Lib. 6.
[6] . Flamel, Las Figuras Jeroglíficas, cap. 4.

sábado, abril 07, 2007

El Buey Apis (3)



La segunda razón es que el secreto del arte sacerdotal que era de una naturaleza no comunicable sin haber probado la discreción y la prudencia de aquellos a quienes se proponían iniciar, los jóvenes sacerdotes que allí se disponían para las instrucciones, tenían siempre estos jeroglíficos ante los ojos, sentían despertar su curiosidad y se encontraban animados por su presencia en la búsqueda de lo que ellos podían significar. Pasaban un noviciado de siete años en recibir estas instrucciones y en ejercer sobre lo que estos animales representaban, a fin de saber perfectamente la teoría antes que darse a la práctica.
Es preciso también tener en consideración lo poco que se quería instruir en el fondo del misterio y el hecho de emplear explicaciones figuradas pero con un aire de verosimilitud, que pudiera al menos impedir suponer el verdadero fondo de la cosa. Sin esta destreza los sacerdotes no habrían podido guardar tranquilamente un secreto que el pueblo habría conocido totalmente. Las ideas de la religión que este pueblo acomodó también se volvían un freno para su curiosidad. El fuego mantenido perpetuamente en el templo de Vulcano podía haber irritado a este pueblo, pero las simuladas explicaciones y las fábulas alegóricas que se declamaban a este respecto, impedían poner atención a su verdadero objeto.
La materia del arte filosófico era pues, designada por Osiris e Isis, cuyo símbolo jeroglífico era el toro, en el cual los egipcios decían que las almas de estos dioses habían pasado tras su muerte, lo que hizo que le dieran el nombre de Serapis y los llevaba a rendirle los mismos honores que a Osiris e Isis. Diremos dos palabras de esto después.
Los griegos, instruidos por los egipcios, representaban también a la materia filosófica por uno o más toros, como se ve en la fábula del Minotauro encerrado en el laberinto de Creta, vencido por Teseo con la ayuda del hilo de Ariadna; por los bueyes que Hércules robó a Gerión; los de Augias; por los bueyes del Sol que pasaron a Trinacria; los que Mercurio robó; por los toros que Jasón se vio obligado a poner bajo el yugo para llegar a conseguir el Toisón de oro y también otros como se puede ver en las fábulas. Todos estos bueyes no eran negros y blancos como debía de ser Apis, puesto que los de Gerión eran rojos; pero es preciso observar que el color negro y el blanco que le sucede en las operaciones de la obra no son los dos únicos que sobrevienen a la materia, el color rojo viene también tras el blanco y los que han inventado estas fábulas han tenido en cuenta estas diferentes circunstancias. Las velas del barco de Teseo eran negras, después de que hubo vencido al Minotauro y las del barco de Ulises lo eran también, cuando partió para llevar a Criseis a su padre, pero las puso blancas para su retorno, porque las dos circunstancias eran bien diferentes, como veremos en sus historias.
Apis debía ser un toro joven, sano, animoso; es por los que los filósofos dicen que es preciso escoger la materia fresca, nueva y en todo su vigor; no la toméis si no es fresca y cruda, dice Haimon.[1] Se mantenía a Apis durante unos cuatro años y su alojamiento estaba en el templo de Vulcano. Pasado este tiempo se le hacía ahogar en la fuente de los sacerdotes y se buscaba uno parecido para sucederle, y es que siendo finalizada la primera obra en el horno filosófico es preciso empezar la segunda, parecida a la primera, según el testimonio de Morien.[2]
El horno secreto de los filósofos es el de Vulcano, donde se mantiene un fuego
perpetuamente encendido, para indicar que el fuego filosófico también de estar conservado sin interrupción, es por lo que han dado a su horno secreto el nombre de atanor. Se dice que Vulcano significa el fuego. Si este fuego se extinguiera un instante y la materia sintiera el menor frío, Filaleteo, Ramón Llull, Arnaldo de Vilanova y todos los filósofos aseguran que la obra estaría perdida. Ellos aportan respecto a esto el ejemplo de la gallina que incuba, si los huevos se enfrían un instante solamente, el pollito perecería.
Las cuatro estaciones de los filósofos y los cuatro colores principales que deben aparecer en cada obra, están indicados por los cuatro años de mantenimiento de Apis, estos cuatro años, tomados en el sentido natural, significan también alguna cosa, pero cuando los filósofos hablan del tiempo que dura cada disposición, por utilizar el término que utiliza Morien, hablan tan misteriosamente como del resto y no quieren declarar por qué se ahoga el toro en el quinto año. Daremos algunos esclarecimientos al respecto cuando tratemos de las fiestas y juegos de los antiguos, en el cuarto libro de esta obra.
 Así como el toro era símbolo del caos filosófico, los otros animales significaban las diferentes cualidades de la materia, como su fijeza, su volatilidad, su ponticidad, su virtud resolutiva, voraz, sus variados colores, según los diferentes progresos de la obra, y sus propiedades relativas a los elementos y a la naturaleza de estos animales. El pueblo al haberlos visto esculpidos o pintados junto a Osiris, a Apis, a Isis, a Tifón, a Horus, etc., empezaron primero por tener un cierto respeto por ellos, relativo a los pretendidos dioses cerca de los cuales los veían. Este respeto se fortificó poco a poco, la superstición se metió en parte y se creyó que merecían un culto particular, así como Apis tenía el suyo. No se vio dificultad y no se encontró extravagante el adorar un carnero, así como el rendir culto a un buey, el león valía tanto como el carnero, al que se le concedió el suyo y así los otros, según cómo el pueblo fuera afectado por ello. Las supersticiones se incuban a la chita callando, y enraízan hasta el punto de que es casi imposible destruirlas.


Los sacerdotes a menudo sólo eran instruidos cuando el remedio fuera capaz de agriar el mal. El progreso va siempre a su paso, se fortifica cada vez más. Los sucesores de Hermes bien podían desengañar al pueblo de Egipto de estos errores, y lo hacían sin duda, tenemos una prueba de ello en la respuesta que el gran sacerdote dio a Alejandro, en las instrucciones que dieron a los griegos y las otras naciones que tomaron lecciones en Egipto, pero era preciso para estos sacerdotes la circunspección y la prudencia, desengañando al pueblo corrían el riesgo de desvelar su secreto. Si por ejemplo, explicando la expedición de Osiris, hubieran dicho que no se debía de entender una expedición real y que las pretendidas enseñanzas que se dio a las diferentes naciones sobre la manera de cultivar las tierras, de sembrarlas y en recoger los frutos, debían de entenderse del cultivo de un campo bien diferente que el de las tierras comunes ¿se les habría preguntado cuál era este campo? ¿Habrían dicho, sin violar su juramento, que este campo era la tierra foliada de los filósofos[3] donde todos los adeptos dicen que es preciso encerrar el oro? Basilio Valentín ha hecho de ello el emblema de su octava llave. Seguidamente hubieran estado en la necesidad de decir lo que entendían por esta tierra foliada. Es en el mismo sentido que los griegos hablaban de Ceres, de Triptolemo, de Denis, etc.
Este error del pueblo, respecto a los animales, lo condujo insensiblemente a estos ridículos cultos que se reprocha a los egipcios. La ignorancia hizo tomar el símbolo por la realidad, así de superstición en superstición, de error en error, el mal se acrecentó siempre e infectó a casi todo el mundo, cada ciudad encontró ocasión de elegirse un dios según su fantasía y tomó su nombre como el de su dios, bajo la forma de este animal había estado el fundador.
Se ve entonces a Bubaste, así llamado por el buey, Leontópolis por el león, Licópolis del lobo, etc.[4] hablando del culto que los egipcios rindieron a los animales, dice que Saites y los tebanos adoraban particularmente al buey, los latopolitanos al latus, pez del Nilo, los licopolitanos al lobo, los hermopolitanos al cinocéfalo, los babilonios a la ballena. Los de Tebas también adoraban al águila, los mendesienses al macho cabrío y la cabra, los atribitos a la rata y la araña. Sólo hablaremos de algunos como el perro, el lobo, el gato, el macho cabrío, el ichneumón, el cinocéfalo, el cocodrilo, el águila, el gavilán y el ibis, se podrá juzgar a los otros mediante éstos.
Estrabón

[1] . Haimon, Epístolas.
[2] . Morien, Conversación con el Rey Calid.
[3] . Michael Maier, Atalanta Fugiens, emblema 6.
[4] . Estrabón, Geórgicas. Lib. 17.

lunes, diciembre 04, 2006

Eneas visita a la Sibila





Al tomar tierra en Cumas,[1] Eneas dirigió sus pasos hacia el templo de Apolo y hacia el antro de la horrorosa sibila, que este dios inspira y a través de la cual descubre el porvenir. La entrada de este templo estaba decorada con una representación de los sucesos de Dédalo, llevando las alas que había fabricado y que después consagró a Apolo, en honor del cual había edificado este templo. También se veía allí el laberinto que Dédalo construyó en Creta, para encerrar al Minotauro, las penas y los trabajos que se han de experimentar para vencer a este monstruo y para salir de este laberinto una vez que se ha penetrado allí, teniendo el hilo que Ariadna dio a Teseo con esa intención.[2] Estas representaciones impresionaron a Eneas y se detuvo a contemplarlas, pero la sacerdotisa le dijo que el tiempo no le permitía entretenerse. Se vuelve, pues, al antro donde la sibila daba sus oráculos, y a penas hubo llegado la vio arrebatada por el furor que tenía costumbre de agitarla en estas circunstancias. Los troyanos que acompañaban a Eneas fueron presos de terror. Eneas mismo tembló ante este aspecto y dirigió su ruego a Apolo desde lo mejor de su corazón. Le recordó la protección tan particular con la que siempre favoreció a los troyanos y le rogó insistentemente que la continuara
Le prometió levantar dos templos de mármol en reconocimiento, uno en su honor y otro en el de Diana,[3] cuando se estableciera en Italia con sus compañeros de viaje. Así mismo se propuso instituir las fiestas de Febo y hacer que se celebraran con toda la magnificencia posible. Después dirigió su palabra a la sacerdotisa y le rogó que no pusiera sus oráculos sobre hojas voladoras, temiendo que el viento las dispersara y no las pudiera recoger. Al fin habló la sibila y predijo a Eneas todas las dificultades que encontraría y los obstáculos que tendría que superar, tanto en su viaje, como en su establecimiento en Italia.[4] Pero ella lo exhortó a que no perdiera el coraje y que aprovechara la ocasión para llevar adelante su empeño con más vigor. Sin embargo sus oráculos[5] estaban llenos de ambigüedades, de equívocos y no era fácil entenderlos, pues envolvía la verdad con un velo oscuro y casi impenetrable.[6]
[1] . Virgilio, Enéida, lib. 6, vers. 2 y ss.
[2] . Las decoraciones de este templo son considerables, y no es sorprendente que hayan atraído la atención de Eneas. Un artista no tendría que reflexionar demasiado sobre una empresa tal como la de la gran obra, a fin de poder venir al punto de tomar, como Zachaire (en su Opúsculo) una última resolución que no encuentre ninguna contradicción en los autores. No solamente las operaciones y el régimen son un verdadero laberinto, de donde es muy difícil salirse, sino que las obras de los filósofos configuran uno aún más embarazoso. La gran obra es muy fácil, si se cree a los autores que tratan de ello, todos lo dicen, y algunos incluso aseguran que sólo es un divertimento de mujeres y un juego de niños; pero el Cosmopolita hace observar que cuando dicen que es fácil, se ha de entender para aquellos que la conocen. Otros han asegurado que esta facilidad sólo considera las operaciones que siguen a la preparación del mercurio. Espagnet es de este pensamiento, puesto que en su canon 42 dice: Se precisa un trabajo de Hércules para la sublimación del mercurio, o su primera preparación; pues sin Alcides, Jasón no hubiera emprendido nunca la conquista del Toisón de oro. Ya he explicado la fábula del Minotauro y de Teseo. Se puede recurrir a ella.
[3] . Apolo y Diana eran los dos principales dioses de la filosofía hermética, es decir, la materia fijada al blanco y al rojo, con razón Eneas se dirigía a ellos y les prometía levantar dos templos. El mármol, por su dureza, indica la fijeza de la materia, y el establecimiento de Eneas en Italia designa el término de los trabajos del artista, o el fin de la obra.
[4] . Las dificultades que se encontraron para llegar a este establecimiento no son pequeñas, ya que muchos lo intentan y lo han intentado sin tener éxito. Lo podemos juz
gar por lo que dice Pontano (Epístola sobre el fuego), que ha errado más de doscientas veces y que ha trabajado durante largo tiempo sobre la verdadera materia sin tener éxito, porque ignoraba el fuego requerido. Se puede ver la enumeración de estas dificultades en el tratado que ha hecho Thibault de Hogelande.
[5] . Esta manera de explicarse mediante términos ambiguos y equívocos es precisamente la de todos los filósofos. No hay ni uno que no la haya empleado, es lo que hace a esta ciencia tan difícil y casi imposible de aprender en las obras que tratan de ella. Escuchemos a Espagnet sobre eso (canon 9): Que aquel que ama la verdad y que desea aprender esta ciencia escoja a pocos autores, pero señalados como buenos. Que tenga como sospechoso todo lo que le parezca fácil de entender, particularmente en los nombres misteriosos de las cosas y en el secreto de las operaciones. La verdad está oculta bajo un velo muy obscuro; los filósofos jamás dicen más verdad que cuando hablan obscuramente. Siempre hay artificio y una especie de superchería en los lugares donde parecen hablar con más ingenuidad. También dice en el canon 15: Los filósofos tienen la costumbre de expresarse mediante términos ambiguos y equívocos, así mismo a menudo parecen contradecirse. Si explican sus misterios de esta manera no es por el deseo de alterar o de destruir la verdad, sino a fin de ocultarla bajo estos rodeos y de volverla menos sensible. Es por esto que sus escritos están llenos de términos sinónimos y homónimos que pueden despistar. También se explican mediante figuras jeroglíficas y llenas de enigmas, y mediante fábulas y símbolos. Es suficiente leer a algunos de estos autores para reconocer este lenguaje. En cuanto a las fábulas de Orfeo, de Teseo y Helena, las hemos explicado en los libros precedentes.
[6] . Virgilio, Enéida, lib. 6, vers. 98.

sábado, noviembre 18, 2006

Teseo liberado de los Infiernos






Euristeo no había dado ni un momento de descanso a Hércules, y cada vez estaba más y más celoso de la gloria que este héroe adquiría en sus inmensos trabajos, por eso buscaba por dónde hacerlo fracasar. En consecuencia le ordenó que fuera a los Infiernos para traerle al perro Cerbero. Hércules no se lo hizo repetir dos veces y la dificultad de la empresa sólo hizo reanimar su coraje, además sabía que su amigo Teseo estaba allí detenido y se puso muy contento de poder ir a rescatarlo. Pero antes de emprender esta expedición creyó que sería un buen propósito el volverse propicios a los dioses y para este efecto levantó un altar para cada uno de ellos, a saber, para Júpiter, Neptuno, Juno, Palas, Mercurio, Apolo, las Gracias,
Baco, Diana, Alfeo, Saturno y Rea; después fue a Etolia, donde bebió del agua de una fuente, a la que llamó Lete,[1] porque tenía la virtud de hacer olvidar todo lo que se había visto y hecho anteriormente. Habiendo hecho los sacrificios a los dioses, Hércules se puso como deber realizar esa empresa y entró en el antro de Ténaro; pasó el Aqueronte y los otros ríos de los infiernos y
finalmente llegó a la puerta de la morada de Plutón, donde se encontraba el Cerbero, este dragón tenía tres cabezas de perro y el resto del cuerpo parecía más el de un dragón; era hijo de Tifón y de Equidna.[2] Como era el guardián de la entrada de este tenebroso reino, quiso impedir que Hércules penetrara allí. Su monstruosa figura no sorprendió a Alcides, que luchó con el dragón, lo ató con cadenas y continuó su camino. Finalmente encontró a Teseo y a su compañero Pirítoo, que estaban detenidos allí por haber intentado raptar a Proserpina. Alcides reclamó el retorno de los dos amigos en la morada de los vivientes, pero Aidoneo no quiso conocer el de Pirítoo porque había descendido a los Infiernos por gusto. Dejó, pues, a Pirítoo sentado sobre la piedra donde lo había
encontrado y se llevó a Teseo con él y al mismo tiempo condujo al Cerbero hasta Euristeo. Cuando atravesaba el Aqueronte encontró un álamo blanco del que cortó una rama y se hizo una corona.
Querer darnos las puras fábulas como historias reales es querer equivocarse y equivocar a los demás. Sólo el viaje de Teseo a Egipto para combatir al Minotauro ya debería de hacer dudar de la existencia de este héroe que, como se dice, había tomado a Hércules como modelo al oír los comentarios que ocasionaban sus hazañas. Sin duda el Minotauro no existió en el tiempo de Hércules, pues Euristeo lo hubiera enviado para traérselo. Sin embargo se habría de decir que existió en el tiempo de Alcides, puesto que los atenienses estaban obligados a enviar a Minos en Creta siete jóvenes muchachos y siete doncellas, cada nueve años, para ser devorados por el Minotauro y Teseo no fue de los primeros ni de los segundos que fueron allí.
Pero ¿qué se debe de pensar de Teseo? Sólo su nombre ya lo indica perfectamente, según mi sistema, pues viene de Θής, servidor, criado, y es el nombre
que a menudo los filósofos han dado a su mercurio. El Trevisano[3] lo llama nuestro servidor rojo; Filaleteo y muchos otros lo llaman nuestro servidor fugitivo, a causa de su volatilidad. La fábula lo indica suficientemente al decir que es hijo de Neptuno, puesto que es un agua mercurial; la fábula dice que se propuso tomar a Hércules como modelo porque el mercurio actúa en concierto con el artista. Es por lo que la misma fábula dice que Teseo acompañó a Hércules cuando fue a combatir a las amazonas y que Alcides le dio a Hipólita como recompensa.
Que se siga a Teseo paso a paso en sus expediciones y que se las compare con las de Hércules, se las encontrará totalmente parecidas. Precipitó a Escirón en el agua, en el mismo sitio donde él precipitaba a los viajeros, es decir, que la materia vuelta fija como la piedra es precipitada al fondo del mar de los filósofos por la acción del mercurio, pues σκίρος significa de la piedra. También Hércules precipitó la piedra de Alcioneo, e hizo que a Diomedes se lo comieran sus propios caballos porque él había hecho sufrir la misma muerte a los extranjeros que venían a él. Teseo estranguló a Cerción, Hércules estranguló a Anteo. Teseo mató a Polipemón, de sobrenombre Sinis, que quiere decir mal, pérdida, daño; Hércules mató a Busiris. Teseo hizo morir a un ladrón llamado Perífetes, hijo de Vulcano; también Hércules cortó la vida a un bandido llamado Caco, hijo de Vulcano. Teseo combatió contra los centauros, Hércules también lo hizo. Teseo raptó a Ariadna, Hércules a Deyanira. Tant
o el uno como el otro acabaron con muchos bandidos; también el uno y el otro purgaron diversos países de los monstruos que los infectaban. Igualmente tuvieron diversas mujeres, que abandonaron por otras. Algunos autores dicen que Teseo raptó a la bella Helena, hermana de Cástor y Pólux e hija de Tíndaro. Ya hemos hablado de esta Helena en el capítulo de Cástor y
Pólux y hablaremos de ella en el siguiente libro.
Cuando se sabe lo que es el dragón de las hespérides, el del toisón de oro, el águila que devoraba el hígado de Prometeo, el león de Nemea y etc., todos hermanos o hermanas, hijos de Tifón y Equidna, se sabe lo que era el Cerbero, o perro de tres cabezas, guardián del tenebroso palacio de Plutón, o si se quiere, de Aidoneo, que significa la misma cosa puesto que viene de Α΄ιδης, que es un sobrenombre de Plutón y que significa infierno, a menos que se quiera hacer venir de Α΄ίδων, quemando, cáustico; entonces significará la disolución que se hace de la materia filosófica mientras dura el color negro, llamado Infierno por los adeptos. De buen grado estaré de acuerdo con el abad Banier en que el Cerbero era un dragón encerrado en un antro, puesto que comúnmente los filósofos lo llaman dragón; está encerrado en un antro donde no hay ninguna abertura porque está encerrado en el vaso filosófico. Está constituido guardián de la puerta de los Infiernos, pues para llegar al color negro, que es la entrada de la obra, o la llave, es necesario que la materia se disuelva. Cerbero guarda la entrada de los Infiernos así como el dragón de las hespérides era guardián de la puerta del jardín donde crecían las manzanas de oro, igualmente otro dragón gua
rdaba la puerta del lugar donde el toisón de oro estaba suspendido.
En todas las fábulas se ve que estos monstruos están siempre en la puerta. Flamel[4] ha puesto dos en lugar de uno, porque ha querido significar el combate que se da entre el fijo y el volátil. En otras fábulas se ha supuesto que Hércules mató a estos dragones, aquí se contenta con decir que lo ata para llevarlo hasta Euristeo, pero lo uno y lo otro significan la misma cosa,
puesto que atar o matar son términos metafóricos sinónimos, que los filósofos utilizan para indicar la fijación. Norton, en su obra que lleva por título Crede mihi, emplea muy a menudo el término atar en este sentido. El autor anónimo del Catochémicus, Arnaldo de Vilanova[5] y muchos otros lo utilizan también. En efecto, no habría podido llevar al Cerbero hasta Euristeo si no lo hubiera atado o matado, en el sentido filosófico. Ya he dicho la razón de ello cuando he explicado lo que era Euristeo y el jabalí de Erimanto.
Tras haber atado al Cerbero, Hércules continuó su camino y encontró a Teseo y a Pirítoo, se llevó al primero con él y dejó al otro sentado sobre la piedra donde lo había encontrado. Se dice con
razón que Pirítoo es hijo de Ixión, puesto que Pirítoo significa tentativa inútil, y como Ixión intentó inútilmente tener relación con Juno, le sucedió lo mismo a Pirítoo cuando quiso raptar a Proserpina. Cuando acompañó a Teseo, para raptar a Helena, la suerte decidió, respecto a su posesión, en favor de Teseo y Pirítoo no tuvo ninguna. Teseo le prometió que le ayudaría solamente cuando quisiera raptar a otra mujer que le gustara. Y así lo hizo en el caso de Proserpina, pero Pirítoo fracasó aunque estuviera acompañado de Teseo, que hubiera permanecido con él en el Infierno si Hércules no hubiera venido a liberarlo.
He aquí el contraste y la verdadera diferencia que hay entre un buscador de la piedra filosofal y un verdadero filósofo hermético. Pirítoo es el retrato del primero y Hércules lo es del segundo. Ixión, que la fábula dice, muy a propósito, que es hijo de Flegias, de Φλήγω, quemar, sólo abraza una nube; porque los sopladores sólo tienen el humo, que se parece a una nube, como resultado de sus operaciones. El soplador, hijo de Ixión, también hace tentativas inútiles, aunque algunas veces trabaje sobre la materia requerida, porque no es suficiente tener a Teseo como compañero, también es preciso que Hércules esté con él. Pontano[6] confiesa que durante largo tiempo ha sido un verdadero Pirítoo y que ha fracasado doscientas veces, aunque trabajara sobre la debida materia, pero ignoraba el fuego filosófico, del que finalmente fue instruido mediante la lectura del tratado de Artefio. Si se quema la materia se convertirá en un Ixión, hijo de Flegias, y sólo abrazará humo, o será un Pirítoo y se tendrá como resultado una masa informe y sólida como una piedra y se quedará allí, como él permaneció sobre aquella donde Hércules lo encontró sentado.
No es lo mismo para el verdadero artista. Cuando trabaja sobre la verdadera materia hace que Teseo vaya con él a la morada de los vivientes, es decir, que la hace salir del negro y la hace pasa
r al blanco, tras haber atado al Cerbero. Es lo que la fábula ha querido designar al decir que Hércules se hizo una corona de hojas de álamo blanco, porque las hojas de este árbol son blancas
por encima y como negras por debajo, lo que constituye un verdadero símbolo de la materia filosófica cuya superficie empieza a blanquear mientras que por debajo todavía es negra. Después Hércules condujo al Cerbero hasta Euristeo, como así lo había hecho con el león de Nemea, hermano del Cerbero, con los rebaños de Gerión y los otros monstruos de los que hemos hablado. Es por este motivo que se puede aplicar a los artistas ignorantes estos versos de Virgilio: Fácil es la bajada al Averno; día y noche está abierta la puerta del negro Dite; pero retroceder y restituirse a la auras de la tierra, esto es lo arduo, esto es lo difícil; pocos, y del linaje de los dioses, a quienes fue Júpiter propicio o
a quienes una ardiente virtud remontó a los astros, pudieron lograrlo. (Enéida 6, 27)
Se puede encontrar la verdadera materia de los filósofos, pero la han ocultado bajo nombres tan diferentes que casi no se la puede descubrir sino es por las propiedades que ellos le han dado. El estudioso artista que aspira a la ciencia hermética, pues, debe poner atención al diferente significado de estos equívocos nombres que los filósofos emplean en sus escritos. Espagnet dice:[7] A menudo se expresan de manera que dan a entender lo contrario de lo que piensan, no con el deseo de falsificar o de traicionar la verdad, sino solamente para embrollarla y ocultarla. Y si hay una cosa que ellos ocultan muy aplicadamente es precisamente este ramo de oro que Eneas necesitó para entrar en los Infiernos, este ramo que [...] cuyas hojas y flexible tallo son de oro, el cual está consagrado a la Juno infernal; todo el bosque lo oculta y las sombras lo encierran entre tenebrosos valles y no es dado penetrar en las entrañas de la tierra sino al que haya desgajado del árbol la áurea rama; la hermosa Proserpina tiene dispuesto que éste sea el tributo que se le lleve. Arrancando un primer ramo, brota otro, que se cubre también de hojas de oro; búscale, pues, con la vista, y una vez encontrado, tiéndele la mano, porque si los hados te llaman,
él se desprenderá por sí mismo; de lo contrario, no hay fuerzas, ni aun el duro hierro, que basten para arrancarlo. (Virgilio, Enéida, lib. 6, 29-31)
El mismo Virgilio habla de estos ambages y equívocos en estos términos, un poco más allá de los que hemos citado en primer lugar: Con tales palabras anuncia entre rugidos la Sibila de Cumas, desde el fondo de su cueva, horrendos misterios, envolviendo en términos oscuros cosas verdaderas. Que se siga con atención el relato que hace este poeta del descenso de su héroe a los Infiernos y que se le compare después con lo que hemos dicho hasta aquí y se encontrará en ello una relación perfecta. Allí pone ante los ojos a todos los figurados personajes de las fábulas que hemos explicado, y hace que se les encuentre sobre el camino de Eneas, según el lugar que ocupan en las fabulosas alegorías del orden de las operaciones, como se verá al final del sexto libro de esta obra.
No es suficiente conocer la materia, es preciso también saberla trabajar; se necesita un Alcides para esto y no un Pirítoo, pues Jasón no se hubiera atrevido a emprender la conquista del toisón de oro si no lo hubiera tenido con él. Virgilio parece haber querido indicar la cualidad natural de la tierra de los filósofos, y la manera de cultivarla, cuando dice: Con los céfiros se resquebraja la tierra en terrones, con el arado hundido en el suelo empiece a gemir el toro y a resplandecer la reja gastada por los surcos. (Geórgicas, 1, 44) Yo sólo hago la aplicación de estos versos según Espagnet, que era un filósofo preparado para poderlos aplicar a este propósito.

[1] . Demófato, de rebus Etolia.
[2] . Hesíodo, Teogonía.
[3] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[4] . Flamel, Explicación de las Figuras Jeroglíficas.
[5] . Arnaldo de Vilanova, Rosario.
[6] . Pontano, Epístola sobre el fuego.
[7] . Espagnet, canon 15.