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viernes, mayo 11, 2007

El Robo de las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (3)



La entrada del jardín de los filósofos está guardada por el dragón de las Hespérides, dice Espagnet.[1] Lo que hay de remarcable es que este dragón era hijo de Tifón y Equidna, en consecuencia hermano de aquel que guardaba el Toisón de oro, hermano de aquel que devoró a los compañeros de Cadmo, de aquel que estaba tras los bueyes de Gerión, del Cerbero, de la Esfinge, de Quimera y de tantos otros monstruos de los que hablaremos en su lugar.
Sin embargo todos estos acontecimientos han pasado en países bien diferentes y en tiempos bien alejados unos de otros. ¿Cómo estarían tan de acuerdo los inventores de estas ficciones y habrían figurado precisamente la misma cosa en circunstancias parecidas sin tener el mismo objeto en vistas?
Para saber la naturaleza de estos monstruos es preciso conocer la de su padre común. Considerando a Tifón como un príncipe de Egipto, no era posible que se le pudiera observar como padre de estos monstruos, por más explicación que se quisiera imaginar. Se han visto, pues, obligados a confesar que todo esto sólo eran ficciones.
Es suficiente leer la teogonía de Hesíodo para convencerse de ello. La genealogía que hace de Tifón, de Equidna y de sus hijos, no es susceptible de ninguna explicación histórica, por lo menos que fuera un poco verosímil. No es así en el caso de una explicación filósofo-hermética. Se ve en Tifón a un espíritu activo, violento, sulfuroso, ígneo, disolviendo bajo la forma de un viento impetuoso y envenenado de tal manera que lo destruye todo. Se reconoce en Equidna un agua corrompida, mezclada con una tierra negra, hedionda, bajo la descripción de una ninfa de ojos negros. De tales padres no podrían ser engendrados otra cosa que monstruos, y monstruos de la misma naturaleza que ellos, es decir, una Hidra de Lerna, engendrada en un pantano, dragones vomitando fuego, porque son de una naturaleza ígnea como Tifón, finalmente la peste y la destrucción de los lugares que habitaban, para señalar su virtud disolvente, resolutiva y la putrefacción que le sigue. Es de allí que los filósofos herméticos, de acuerdo con los poetas, han sacado sus alegorías.
Es el dragón Babilónico de Flamel,[2] los dos dragones del mismo autor, el uno alado como los de Medea y de Ceres, el otro sin alas, como aquel de Cadmo, del Toisón de oro, de las Hespérides, etc. Es también el dragón de Basilio Valentín,[3] y de tantos otros que sería muy largo mencionar.
Algunos químicos han creído ver estos dragones en las partes arsenicales de los minerales y en consecuencia las han considerado como la materia de la piedra de los filósofos. Filaleteo ha confirmado a muchos en esta idea, por lo que dice respecto a esto en su entrada abierta al palacio cerrado del rey, en el capítulo investigación del magisterio, en el cual parece designar claramente al antimonio; pero Artefio, Sinesio y muchos otros filósofos se contentan con decir que esta materia es un antimonio, porque tiene sus propiedades. Es preciso advertir que el arsénico, los vitriolos, los atramentos, el bórax, los alumbres, el nitro, las sales, los grandes, los medios y los bajos minerales y los metales solitos, dice el Trevisano,[4] no son la materia requerida para el magisterio. En vano, pues, los sopladores atormentan estas materias mediante el fuego y el agua para hacer la obra hermética, no encontrarán más que ceniza, humo, trabajo y miseria: Pues los filósofos que hablan de ello –añade el mismo autor– o han querido engañar o no estaban en el caso cuando han trabajado en ello o a penas lo han descrito bien cuando lo han hecho.
A penas se puede ver una descripción, o más bien un cuadro pintado con los colores más vivos que aquel que Apolonio hace de los dragones de las Hespérides expirando.[5] Ladus –dice– esta serpiente que guardaba aún ayer las manzanas de oro, de las que las ninfas Hespérides tenían tan gran cuidado, este monstruo, traspasado por los disparos de Hércules, está tendido al pie del árbol, la extremidad de su cola se mueve aún, pero el resto de su cuerpo está sin movimiento y sin vida. Las moscas aparecen en tropel sobre su negro cadáver, para chupar la sangre corrompida de sus heridas y la hiel amarga de la hidra de Lerna de la que las flechas estaban teñidas. Las Hespérides desoladas por este triste espectáculo apoyaban sobre sus manos su rostro cubierto de un velo blanco tirando hacia amarillo y lloraban lanzando lamentables gritos. Si la descripción de Apolonio complace, por la belleza del cuadro representado, a aquellos que no están en el caso del objeto de esta alegoría, ¿cómo no habría de satisfacer a un filósofo hermético que ve allí, como en un espejo, lo que pasa en el vaso de su arte durante y tras la putrefacción de la materia?
Este Ladus, serpiente terrestre que guardaba las manzanas de oro y que las ninfas alimentaban, está tendido muerto, atravesado por las flechas. Es como si se dijera: Esta masa terrestre y fija, tan difícil de disolver y que por esta razón guardaba obstinadamente y con cuidado la simiente aurífica o el fruto de oro que ella encerraba, se encuentra hoy disuelta por la acción de las partes volátiles. La extremidad de su cola se mueve aún pero el resto de su cuerpo está sin movimiento y sin vida; las moscas se reúnen en tropel sobre su negro cadáver para chupar la sangre corrompida de sus heridas; es decir, al poco de que la disolución sea perfecta, la putrefacción y el color negro ya aparecen, las partes volátiles circulan en gran número y volatilizan con ellas las partes fijas disueltas. Las ninfas desoladas lloran y se lamentan con la cabeza cubierta con un velo blanco amarillento. La disolución en el agua se produce, estas partes acuosas volatilizadas recaen en gotas como lágrimas y la blancura empieza a manifestarse. El retrato y el poder que Virgilio otorga a la sacerdotisa de las Hespérides nos anuncian precisamente las propiedades del mercurio de los filósofos. Es el que nutre al dragón filosófico, es el que hace retrogradar a los astros, es decir, que disuelve a los metales y los reduce a su primera materia. Es el que hace salir a los muertos de sus tumbas, o que, tras haber hecho caer a los metales en putrefacción, llamada muerte, los resucita haciéndoles pasar del color negro al blanco llamado vida, o volatilizando el fijo, puesto que la fijeza es un estado de muerte en el lenguaje de los filósofos y la volatilidad es un estado de vida, encontraremos una infinidad de ejemplos del uno y del otro en esta obra.
Pero sigamos esta fábula en todas estas circunstancias. Hércules va a consultar a las ninfas de Júpiter y de Temis, que tenían su morada en un antro en la orilla del río Eridan, conocido hoy bajo el nombre de Po en Italia. Ε”ρις ίδ, quiere decir disputa, debate. Al comienzo de la obra las partes acuosas mercuriales excitan una fermentación, en consecuencia un debate, he aquí las ninfas del río Eridan. Estas ninfas eran en número de cuatro, a causa de los cuatro elementos, de los que los filósofos dicen que su materia es como el resumen quintaesenciado por la naturaleza, según sus pesos, sus medidas y sus proporciones, que el artista o Hércules debe tomar como modelos. Es por lo que son llamadas ninfas de Júpiter y de Temis. Ahora bien, como un artista debe consultar la naturaleza,[6] e imitar sus operaciones para tener éxito en las del arte hermético, todos los filósofos convienen en ello y aseguran así mismo que se trabajaría en vano si no es así. Geber y los otros dicen que todo hombre que ignora la naturaleza y sus procedimientos no llegará jamás al fin que se propone, si Dios o un amigo no se lo revelan todo. Y aunque Basilio Valentín[7] dice: Nuestra materia es vil y abjecta y la obra, que se conduce solamente por el régimen del fuego, es fácil de hacer [...] Tú no tienes necesidad de otras instrucciones para saber gobernar tu fuego y construir tu horno, como aquel que tiene la harina a penas tarda en encontrar un horno y nada le impide cocer el pan. El Cosmopolita nos dice también[8] que cuando los filósofos aseguran que la obra es fácil deberían de añadir, para aquellos que la saben. Y Pontano[9] nos enseña que él ha estado más de doscientas veces trabajando sobre la verdadera materia, porque ignoraba el fuego de los filósofos. El obstáculo es, pues,
1º: encontrar esta materia, y es sobre ésta que Hércules va a consultar a las ninfas, que lo envían a Nereo el más antiguo de los dioses, según Orfeo, hijo de la tierra y del agua, o del Océano y de Tetis; el mismo que predijo a Paris la ruina de Troya y que fue padre de Tetis, madre de Aquiles. Homero[10] lo llama el anciano, y su nombre significa húmedo. He aquí, pues, esta materia tan común, tan vil, tan despreciada. Cuando Hércules se presentó a él no pudo reconocerlo y tener razón de él, porque lo encontraba cada vez bajo una nueva forma, pero al fin lo reconoció y lo apresó con tanto ahínco que le obligó a declararlo todo. Estas metamorfosis están tomadas de la naturaleza misma de esta materia, que Basilio Valentín,[11] Haimon[12] y muchos otros dicen no tener ninguna forma determinada, pero que es susceptible de todas, que se vuelve aceite en la nuez y la oliva, vino en la uva, amargo en el ajenjo, dulce en el azúcar, veneno en un sujeto, tríaca en el otro.
Hércules vio a Nereo bajo todas estas formas diferentes; pero no era bajo éstas que quería verlo. Hizo, pues, tanto que al fin lo descubrió bajo esa forma, que no presenta nada de gracioso ni de especificado, tal como es la materia filosófica.
Es pues, necesario tener a Nereo como recurso, pero como no es suficiente haber encontrado la materia verdadera y próxima de la obra, para llegar a su fin, Nereo envió a Hércules a Prometeo, que había robado el fuego del Cielo para hacer partícipes a los hombres, es decir, el fuego filosófico, que da la vida a esta materia, sin el cual no se podría hacer nada. Prometeo siempre fue considerado como el titán ígneo, amigo del Océano. Tenía un altar común con Palas y Vulcano, porque su nombre significa previsor, juicioso, lo que conviene a Palas, diosa de la sabiduría y de la prudencia, y porque el fuego de Prometeo era lo mismo que Vulcano. También se ha querido señalar con ello la prudencia y la dirección que él da a un artista para dar a este fuego el régimen conveniente.
Este titán juicioso indujo a Júpiter a destronar a Saturno, su padre; Júpiter siguió sus consejos y tuvo éxito. Pero sin embargo se creyó en el deber de castigarlo por el robo que había hecho y lo condenó seguidamente a ser atado a una roca del monte Taurus y a que un buitre le devorara el hígado sin cesar, sin embargo de manera que su hígado renacía a medida que el buitre lo devoraba. Mercurio estuvo encargado de esta expedición y el suplicio duró hasta que Hércules, por agradecimiento, mató al buitre, o al águila según algunos, y lo liberó. Como esta fábula forma un episodio y se encuentra explicada en otro lugar de esta obra, sólo diremos dos palabras. Prometeo o el fuego filosófico es aquel que opera todas las variaciones de los colores que la materia toma sucesivamente en el vaso. Saturno es el primero o el color negro, Júpiter es el gris que le sucede. Es pues, por el consejo y la ayuda de Prometeo que Júpiter destrona a su padre, pero este titán robó el fuego del Cielo y fue castigado.
Este fuego robado es aquel que es innato en la materia. Ella ha sido impregnada de él como por atracción, le ha sido infundido por el Sol y la Luna, sus padre y madre, según la expresión de Hermes:[13] su padre es el Sol y su madre la Luna; es lo que ha hecho que se le de el nombre de fuego celeste. Prometeo es seguidamente atado a una roca ¿no es como si se dijera que este fuego se concentra y se ata a la materia que empieza a coagularse en piedra tras el color gris y que esto se hace mediante la operación del mercurio de los filósofos? La parte volátil que actúa sin cesar sobre la parte ígnea y fijada, por así decirlo, ¿podría estar mejor designada que mediante un águila o un buitre y este fuego concentrado mediante el hígado? Estos pájaros son carnívoros y voraces, el hígado es, por así decirlo, el asiento del fuego natural en los animales. El volátil actúa, pues, hasta que el artista, ya que Hércules es su símbolo, haya matado a esta águila, es decir, fijado el volátil.
Estos colores que se suceden son los dioses y los metales de los filósofos, a los que han dado los nombres de los siete planetas. El primero de los principales es el negro, el plomo de los sabios o Saturno. El gris que viene después está atribuido a Júpiter y lleva su nombre. El color de la cola de pavo real a Mercurio, el blanco a la Luna, el amarillo a Venus, el rojizo a Marte y el púrpura al Sol; así mismo han llamado reino al tiempo que dura cada color. Tales son los metales filosóficos y no los vulgares, a los cuales los químicos han dado los mismos nombres. Hagamos una reflexión respecto a esto. Un compuesto de dos cosas, la una acuosa y volátil, la otra terrestre y fija, al ser puesto en el vaso, si sobreviene una fermentación y una disolución, aparecerán los colores o se sucederán o se manifestarán mezclados como los de la cola del pavo real o del arco iris.
He aquí el origen de las fábulas y cómo una ficción de esta especie puede ser variada al infinito por una o más personas de ingenio, entonces las fábulas son multiplicadas en extremo. De ahí tantas obras alegóricas compuestas sobre la teoría y la práctica del arte hermético.

[1] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 52.
[2] . Flamel, Deseo deseado.
[3] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves. 3ª llave
[4] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[5] . Apolonio, Argonáuticas, lib. 4, v. 1400 y ss.
[6]. Cosmopolita, Prefacio en Enigma Filosófico.
[7] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves.
[8] . El Cosmopolita, Nueva Luz Química.
[9] . Pontano, Epístolas.
[10] . Homero, Ilíada, lib. 18, v. 36.
[11] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves.
[12] . Haimon, Epístolas.
[13] . Hermes, Tabla de Esmeralda.

jueves, marzo 22, 2007

Historia de Horus (1)



Muchos autores han confundido a Horus u Orus con Harpócrates, pero no discutiré aquí las razones que les ha podido determinar a ello. El sentimiento más admitido es que Horus era hijo de Osiris y de Isis y el último de los dioses de Egipto, no es que lo fuera en mérito, sino por la determinación de su culto y porque es, en efecto, el último de los dioses químicos, siendo el oro hermético o el resultado de la obra. Es este Orus o Apolo por el cual Osiris emprendió tan gran viaje y sufrió tantos trabajos y fatigas. Es el tesoro de los filósofos, de los sacerdotes y de los reyes de Egipto, el hijo filosófico nacido de Isis y de Osiris, o si se desea mejor, Apolo nacido de Júpiter y de Latona. Pero se dirá que los autores han considerado a Apolo, Osiris e Isis como hijos de Júpiter y de Juno, Apolo, pues, no puede ser hijo de Isis y de Osiris. Así mismo algunos autores dicen que el Sol fue el primer rey de Egipto, seguidamente Vulcano, después Saturno, finalmente Osiris y Horus. Todo esto podría causar embrollo y presentar dificultades insuperables en un sistema histórico, pero en cuanto a la obra hermética no se encuentra ninguna dificultad, nueva prueba de que ella era el objeto de todas estas ficciones. El agente y el paciente en la obra, al ser homogéneos, se reúnen para producir un tercero semejante a ellos que procede de los dos, el Sol y la Luna son su padre y su madre, dice Hermes, y los otros filósofos también, después de él.
Estos nombres de Sol y Luna dados a muchas cosas, causan un equívoco que ocasiona todas estas dificultades; es de esta fuente que salen todas las cualidades de padre, madre, hijo, hija, abuelo, hermano, hermana, tío, esposo y esposa, y tantos otros nombres parecidos, que sirven para explicar los pretendidos incestos y los adulterios tan a menudo repetidos en las fábulas antiguas. Sería preciso ser filósofo hermético o sacerdote de Egipto para desarrollar todo esto, pero Harpócrates recomienda el secreto y no se debe esperar que sea violado al menos claramente.  

Lo que que se puede concluir, más bien de la buena fe y de la ingenuidad que de la indiscreción de algunos adeptos, es, que la materia de la obra es el principio radical de todo, pero que es en particular el principio activo y formal del oro, es por lo que se vuelve oro filosófico mediante las operaciones de la obra, imitando a las de la naturaleza. Esta materia se forma en las entrañas de la tierra y es llevada por las aguas de las lluvias animadas por el espíritu universal, esparcido en el aire, y este espíritu saca su fecundidad de las influencias del Sol y de la Luna, que por este medio se vuelven el padre y la madre de esta materia. La tierra es la matriz donde esta simiente es depositada y por eso se encuentra allí como su nodriza. El oro que se forma es el Sol terrestre. Esta materia es donde el sujeto de la obra es compuesto de dos substancias, la una fija y la otra volátil, la primera ígnea y activa, la segunda húmeda y pasiva, a las cuales se ha dado el  nombre de Cielo y Tierra, Saturno y Rea, Osiris e Isis, Júpiter y Juno, y el principio ígneo o fuego de naturaleza que allí está encerrado y que ha sido llamado Vulcano, Prometeo, Vesta, etc. De esta manera Vulcano y Vesta que es el fuego de la parte húmeda y volátil, son propiamente el padre y la madre de Saturno lo mismo que el Cielo y la Tierra, porque los nombres de estos dioses no se dan solamente a la materia todavía cruda e indigesta tomada antes de la preparación que le da el artista en concierto con la naturaleza, sino todavía durante la preparación y las operaciones que le siguen. Todas las veces que esta materia se vuelve negra es el Saturno filosófico, hijo de Vulcano y de Vesta, que son ellos mismos hijos del Sol por las razones que hemos dicho. Cuando la materia se vuelve gris tras el negro es Júpiter, luego se vuelve blanca y es la Luna, Isis, Diana, y cuando llega al rojo es Apolo, Febo, el Sol, Osiris. Júpiter es, pues, hijo de Saturno, Isis y Osiris hijos de Júpiter. Pero como el color gris no es uno de los principales de la obra la mayor parte de los filósofos no lo mencionan y pasan de golpe del negro al blanco, Isis y Osiris son comparados a Saturno y se vuelven sus hijos primogénitos, conforme a las inscripciones que hemos aportado.

Isis y Osiris son, pues, hermano y hermana, ya sea que se los observe como principios de la obra, ya sea que se les considere como hijos de Saturno o de Júpiter. Así mismo Isis se encuentra como madre de Osiris, puesto que el color rojo nace del blanco. Pero se dirá ¿cómo pueden ser esposo y esposa? Si se pone atención a todo lo que hemos dicho se verá que lo son bajo todos los puntos de vista en que se les pueda considerar, pero lo son más abiertamente en la producción del Sol filosófico llamado Horus, Apolo o azufre de los sabios, puesto que está formado de estas dos substancias fija y volátil reunidas en un todo fijo, llamado Orus. 

Cuando se hace abstracción de la preparación o primera operación de la obra, (lo que es muy usado entre los filósofos, que comienzan sus tratados del arte sacerdotal o hermético por la segunda operación) como el oro filosófico ya está hecho y es preciso emplearlo como base de la segunda obra, entonces el Sol se encuentra como primer rey de Egipto; él contiene el fuego de naturaleza en su seno y este fuego, actuando sobre las materias, produce la putrefacción y la negrura; he aquí de nuevo a Vulcano hijo del Sol, y a Saturno hijo de Vulcano. Osiris e Isis vendrán seguidamente y finalmente Orus, por la reunión de su padre y de su madre.

martes, noviembre 14, 2006

Prometeo liberado por Hércules





Hércules era un gran corredor, de Grecia va a Libia, de Libia a Egipto, de Egipto a los montes Cáucasos o Hiperbóreos, y de allí a otros lugares más alejados, como veremos seguidamente.
Hércules era amigo de Prometeo desde hacía siglos, puesto que vivieron juntos en el tiempo de Osiris. Hércules tenía la superintendencia general de todo Egipto y Prometeo gobernaba sólo una parte. El Nilo se desbordó y desoló esta parte. Prometeo sintió tanto dolor qu
e hubiera muerto de desespero si Hércules no le hubiera echado una mano y hubiera encontrado el medio de detener este desbordamiento mediante los diques que levantó. Pero si Prometeo sobrevivió a este dolor sólo fue para prolongar la vida más dolorosa y más horrible que jamás
hubo. Prometeo robó el fuego del Cielo y lo trajo a la tierra para hacer partícipes de él a los hombres. Júpiter decidió vengarse y envió a Mercurio a apresar a Prometeo con la orden de atarlo sobre el monte Cáucaso, donde un águila, hija de Tifón y de Equidna, debía devorarle eternamente el hígado, pues durante la noche le renacía, según Hesíodo, lo que el águila le había devorado durante el día. Este mismo autor no fija la duración del suplicio de Prometeo, pero otros antiguos lo limitan a treinta mil años.
El mismo Hesíodo no dice nada de que Júpiter tomara el ministerio de Mercurio, sino que él mismo ató a este infortunado. Hércules, aunque hijo de Júpiter, no podía ver sin piedad a su amigo en un tormento tan horrible; y aún a riesgo de incurrir en desgracia ante este temible dios, se propuso como deber liberar a Prometeo. Fue al monte Cáucaso, mató al águila y lo desencadenó. Sin duda la amistad no fue el único motivo que determinó a Hércules; Prometeo le había hecho un señalado servicio, cuando Hércules fue a consultarle antes de emprender la expedición del jardín de las herpérides. Hércules siguió sus consejos y se encontró
bien. Parece ser, pues, que no había olvidado este beneficio y que el reconocimiento tuvo mucho que ver en el paso que dio para liberarlo; pero en fin, sea cual sea el motivo que podía tener lo logró.
El parentesco de Prometeo indica suficientemente lo que era. Tenía por padre a Jápeto, hijo del Cielo y hermano de Saturno, su madre se llamaba Clímene hija de Océano. Yo no intentaría discutir las diferentes opiniones de los mitólogos respecto a su genealogía, estas discusiones no entran en el plan que me he propuesto. Me atengo siempre a lo que dicen Hesíodo, Homero y los más antiguos. Ya he explicado más de una vez lo que estos antiguos autores de las fábulas han entendido por Saturno; en consecuencia, se sabe lo que se ha de entender por Jápeto, su hermano, que según parece, viene de Ι΄ανο, disolver, reblandecer, verter, y de πετάω, abrir, desarrollar, porque en la putrefacción, donde la materia es llevada al negro, llamado Saturno por los filósofos, la materia se abre, se desarrolla y se disuelve; es por esto que Clímene, hija del Océano, es llamada su mujer, porque las partes volátiles se elevan del Océano o
mar filosófico y son una de las principales causas eficientes de la disolución. Estas partes volátiles o el agua mercurial son la madre de Prometeo, que es el azufre filosófico o la piedra de los filósofos.
Se dice que Osiris le dio el gobierno de Egipto, bajo la dependencia de Hércules, porque el artista, significado por Hércules, gobierna y conduce las operaciones de la obra. Un desbordamiento asoló toda la parte de Egipto que mandaba Prometeo, es la piedra de los filósofos perfecta que se encuentra sumergida en el fondo del vaso. Hércules fue a consultarle cuando iba a ir a robar las manzanas de oro del jardín de las hespérides, porque antes de llegar al fin de la obra, o al elixir perfecto, que son estas manzanas de oro, necesariamente es preciso hacer y usar de la piedra del magisterio, significada por Prometeo. El fuego del Cielo que robó es esta piedra toda ígnea, una verdadera minera del fuego celeste, según estas palabras de Espagnet:[1] Este azufre filosófico es una tierra muy sutil extremadamente caliente y seca, en el vientre de la cual el fuego de la naturaleza, multiplicado abundantemente, se encuentra oculto [...] A causa de esto se le llama padre y simiente masculina [...] Que el sabio artista que ha sido suficientemente dichoso para tener en su posesión esta minera del fuego celeste, tenga cuidado de conservarla con muchos cuidados. Antes, en el canon 121 había dicho: Hay dos operaciones en la obra, esta por la cual se hace el azufre o la piedra y la que hace el elixir o la perfección de la obra. Lo que debe entenderse de cuando no se quiere multiplicarla. Por la primera se obtiene a Prometeo y el fuego celeste que él ha robado con la ayuda de Minerva, y por la segunda, el artista roba las manzanas de oro del jardín de las hespérides, de la manera que hemos explicado en el capítulo que hemos hecho expresamente para ello.
Júpiter, para castigar a Prometeo por su robo, lo condena a ser atado sobe el monte Cáucaso y lo hace encadenar por Mercurio, o lo ata él mismo, pues sea el uno o sea el otro es muy indiferente, puesto que es el mercurio filosófico el que forma a Prometeo y lo ata a esta montaña de gloria, o si se quiere, Júpiter, porque la piedra empieza a fijarse y a volverse piedra inmediatamente después de que el color gris, llamado Júpiter, se muestra. El tiempo del suplicio de Prometeo no era determinado, en efecto, el artista puede atenerse al azufre filosófico si no quiere hacer el elixir, o robar el toisón de oro y las manzanas del jardín de las hespérides, pero si lo quiere es preciso que intente liberar a Prometeo, entonces debe matar al águila que le devora el hígado. Este águila es el agua mercurial volátil ¿cómo matarla? a flechazos. En el libro siguiente veremos de qué naturaleza eran estas flechas de Hércules. Se dice que este águila le devoraba el hígado sin cesar y que se le renovaba a medida que se lo iba devorando, porque si no se hace el elixir, la piedra una vez fijada permanecería eternamente en el fondo del vaso en medio
del mercurio, sin ser disuelta, aunque este mercurio sea de una actividad y, se puede decir, de una voracidad tan extrema, que los filósofos la han tomado para su jeroglífico y le han dado el nombre de dragón, lobo, perro y otras bestias voraces. Esta idea también ha venido del equívoco de las dos palabras griegas Α˝ετος, que quiere decir águila y de Α˝ατος, infatigable. Se ha supuesto que Prometeo había sido atado sobre una roca del monte Cáucaso, porque la roca indica la piedra filosófica y el nombre de Cáucaso su cualidad y la estima que se le debe tener, puesto que Cáucaso viene de Καυχάομαι, gloriarse, regocijarse, como si se dijera que fue atado sobre el monte de gloria y de placer. Es por la misma razón que los filósofos le han dado el nombre de piedra honrada, piedra glorificada, etc. A este respecto véase a Raimon Llull Testamentum Antiquissimum con su Codicilium. Sin duda se encontrará extraordinario que a causa de Prometeo llame al monte Cáucaso monte de placer, pero no se sorprenderá uno si pone atención a que el cáucaso filosófico es una verdadera fuente de alegría y de placer para el artista que ha llegado allí.
[1] . Espagnet, canon, 122.