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jueves, marzo 01, 2007

Las Fábulas Egipcias, Introducción (6)




Basilio Valentín fue uno de los autores herméticos más difícil de entender, tanto por las alteraciones que se han hecho a sus tratados, como por el velo oscuro de los enigmas, los equívocos y las figuras jeroglíficas de los que están llenos. Michael Maier ha hecho un gran número de obras sobre esta materia, se puede ver su enumeración en el Catálogo de Autores Químicos, Metalúrgicos y Filósofos herméticos que el abad Lenglet du Fresnoy ha insertado en su Historia de la Filosofía Hermética. Espagnet estimó entre otras obras de Maier su Tratado de los Emblemas, porque representan –dice– con mucha claridad, a los ojos de los clarividentes, lo que la gran obra tiene de más secreto y más oculto. He leído con mucha atención muchos de los tratados de Maier y me han sido de una gran ayuda, como el que lleva por título Arcana Arcanísima, que me ha servido de bosquejo para mi obra, al menos en su distribución, pues no he seguido siempre sus ideas.
Los filósofos herméticos que han empleado las alegorías de la fábula, son tan oscuros como la fábula misma, al menos para los que no son adeptos, pues sólo han arrojado luz sobre ella cuando era [1] trabajad de manera que Paris pueda defender a la bella Helena; impedid que la ciudad de Troya sea asolada de nuevo por los griegos; aseguraos de que Príamo y Menelao no estén más en guerra y en aflicción; Héctor y Aquiles estarán pronto de acuerdo, no combatirán más por la sangre real, entonces tendrán monarquía y así mismo dejarán en paz a todos sus descendientes. Este autor introduce los principales dioses de la fábula en las doce llaves. Raimon Llull habla a menudo de Egipto y de Etiopía. Uno emplea una fábula y el otro otra, pero siempre alegóricamente.
preciso para hacernos comprender que sus misterios no eran misterios para ellos: Acordaos bien de esto –dice Basilio Valentín–
Todas las explicaciones que daré están tomadas de estos autores o
apoyadas sobre sus textos y sus razonamientos; serán tan naturales que se podrá concluir que la verdadera química fue la fuente de las fábulas, que encierran todos los principios y las operaciones, que en vano se intentará forzar su explicación por otros medios. No pienso que todo el mundo convenga en ello pues se ha introducido el uso de explicar a los antiguos mediante la historia y la moral, este uso ha prevalecido y es acreditado hasta el punto que el prejuicio hace considerar toda otra explicación como fantasías.
Se las considerará desde el punto de vista que se quiera, poco me importa. Escribo para los que quieran leerme, para los que no puedan salir del laberinto donde se encuentran obligados, siguiendo los sistemas que acabo de mencionar, buscarán aquí un hilo de Ariadna, que ciertamente encontrarán; para los que, versados en la lectura asidua de los filósofos herméticos, están más en estado de aportar un juicio sano y desinteresado, pues encontrarán lo necesario para fijar sus ideas vagas e indeterminadas sobre la materia de la gran obra y sobre la manera de trabajarla. En cuanto a los cegados por el prejuicio o por malvadas razones, que atribuyen a los egipcios, pitagóricos, Platón, Sócrates y a los otros grandes hombres ideas tan absurdas como la de la pluralidad de los dioses, les rogaría nada más conciliar, con este sentimiento, la idea de la alta sabiduría que sobresale en todos sus escritos, sabiduría que se les otorga con razón. Les recomiendo una lectura de sus obras más seria y más reflexiva para encontrar lo que se les había escapado. Yo no ambiciono los aplausos de aquellos a los que la filosofía hermética les es completamente desconocida. Sólo podrían juzgar esta obra como un ciego juzga a los colores.
[1] . Basilio Valentín, Tratado del Vidrio.

sábado, diciembre 02, 2006

Conclusión de la Guerra de Troya y sus Fatalidades





Tales son, más o menos, las indicaciones que los autores herméticos dan de esta materia. Sería preciso ser más que un Edipo para adivinarla por sus discursos. Sin duda que es una cosa muy común y poco ignorada, puesto que hacen de ella tan gran misterio y hacen todo lo posible por disfrazarla para que sea desconocida. No cabe duda que las operaciones también son fáciles, ya que el Cosmopolita y muchos otros aseguran que se la puede describir no en pocas páginas, sino en pocas líneas e incluso en pocas palabras. Sin embargo esta cosa que se puede expresar y decirse en tan pocas palabras, Homero ha encontrado tanta fecundidad en su genio como para extenderla de manera que ha hecho de ella toda su Ilíada. Probado por el Cosmopolita que dice, que aquel que está al corriente de la gran obra, encontrará allí suficiente materia como para componer una infinidad de volúmenes. Así, por el asedio de Troya y la reducción a cenizas de esta ciudad, Homero ha tenido a la vista, y ha descrito alegóricamente, la manera de encerrar a Paris y a Helena, o la materia en el vaso e indicar lo que allí sucede durante las operaciones. Él supone a un hombre y a una mujer porque esta materia es en parte fija y en parte volátil, en parte agente y en parte paciente. Este vaso es el templo de Apolo el Timbrio, donde Aquiles fue muerto por Paris. Este sobrenombre de Apolo le viene de la planta o pequeño arbolito llamado Thymbre, con los tallos cubiertos con una
lana bastante ruda de color purpurina. Ya se ha visto que este color es el signo de la perfecta fijación de la materia.
Entonces la ciudad de Troya es tomada y la mayor parte de los héroes que han asistido, se retiran a países extranjeros, como hicieron Eneas, Diomedes, Antenor y tantos otros, para fundar reinos. Esta dispersión indica el efecto del polvo de proyección, que tiene la propiedad de fundar reinos y hacer reyes, es decir, de transformar los diferentes metales en oro, que es llamado el rey de los metales. El Trevisano[1] ha empleado esta alegoría en ese sentido; Basilio Valentín[2] ha hecho lo mismo. Y en efecto, si se considera al oro como el rey de los metales ¿no es lo mismo fundar
nuevos reinados en países lejanos, que transformar en oro a los metales que al menos tienen afinidadcon el oro?
Paris, Helena y Aquiles son, pues, los tres principales héroes de la Ilíada, a continuación Héctor y Pirro. Ulises es propiamente el consejero de los griegos, es decir, el que conduce las opderaciones.
Aquiles es el agente interior, o el fuego innato de la materia, que durante un tiempo permanece dormido y como entorpecido, finalmente se despierta y actúa. Es muerto al fin por Paris, este hombre afeminado a quien se le reprocha siempre su negligencia y su blandura, pero que sin embargo muestra de cuando en cuando un gran coraje. Pirro el de los cabellos rojos sucede a su padre Aquiles y arruina la ciudad de Troya. Este color rojo de los cabellos de Pirro no está designado sin razón, pues Homero sabía bien que la ciudad de Troya es tomada, o que la obra está terminada, cuando el elixir ha adquirido el color rojo. La cualidad ígnea de Aquiles ha determinado al poeta a representar a este héroe como bravo, valiente, siempre animado y casi siempre en cólera. La ligereza del fuego ha hecho darle los epítetos de πίδας (agua de fuente), ώκύς (rápido veloz), πόδαρκης (de pies ágiles). Su analogía con el fuego ha hecho decir que Vulcano fabricó su escudo. Es por eso que fue llamado Pirisoo, porque este fuego vive en el fuego mismo sin ser consumido.
Después de que hubo matado a Héctor, el más valiente de los troyanos, el cuerpo de este héroe fue rescatado por un peso igual a él en oro. Cuando Aquiles fue muerto por Paris, los griegos también rescataron su cadáver con el mismo precio. Estos héroes al ser de oro y descendidos de los dioses auríficos no podían ser rescatados de otra manera.
En consecuencia se figura también que sus huesos fueron depositados en féretros de oro y cubiertos con una tela de color púrpura. El de Aquiles había sido dado a Tetis por Baco. La historia de Baco nos ha enseñado la razón de ello, pues es este dios de oro el que concedió a Midas la propiedad de cambiar en oro todo lo que tocara. Aquiles después de muerto fue desposado con Medea en los Campos Elíseos; se sabe que Medea poseía el secreto de rejuvenecer a los viejos y curar las enfermedades; no se puede, pues, figurar un matrimonio más adecuado, puesto que el Aquiles filosófico tiene las mismas propiedades. Durante su vida, la herrumbre de sus armas había curado la herida que éstas habían hecho a Télefo. Se reconoce a
Pirro en una infinidad de textos de los filósofos herméticos, pero sólo citaré a Raimon Llull respecto a esto. La naturaleza de esta cabeza roja –dice[3] – es una substancia muy sutil y ligera, su complexión
es cálida, seca y penetrante. Este autor no es el único que ha tenido en cuenta en sus alegorías, lo que pasa en el asedio de Troya. Basilio Valentín hace significativa mención de Paris, Helena, Héctor y Aquiles en su descripción del vitriolo. Muchos autores han tenido de esta guerra la misma idea que yo, y han hablado de ella en el mismo sentido.
Es preciso considerar en las obras de Homero al menos cuatro cosas: un sentido jeroglífico o alegórico, que vela los más grandes secretos de la física y de la naturaleza. Sólo los filósofos naturalistas y aquellos que están al corriente de la ciencia hermética por teoría bien meditada, o por práctica, están en estado de comprenderlo. Estos admiran en sus obras mil cosas que les sorprenden y les sobrecogen de admiración, mientras que los otros las pasan y no son tocados en nada. Los políticos encuentran admirables reglas de conducta para los reyes, los príncipes, los magistrados y así mismo para las personas de todas las condiciones. Los poetas le señalan un genio fecundo y una sorprendente invención para las ficciones, las fábulas y todo lo que concierne a los dioses y a los héroes. Para ellos es una fuente inagotable. Finalmente los oradores admiran la noble simplicidad de sus discursos y la naturalidad de sus expresiones.
Se puede decir también que Homero ha mezclado algo de histórico en su Ilíada y su Odisea, pero lo habrá hecho para hacer sus alegorías más verosímiles, como hacen aún hoy día la mayor parte de los autores de los romances. Lo verdadero está sumergido en tantas ficciones y de tal manera disfrazado que no es posible adivinarlo. Así, admitiendo que hubiera existido una ciudad de Troya algunos siglos antes de Homero, se podría decir que su ruina le ha suministrado el proyecto de su alegoría, pero no se entenderá de ello que el relato que hace es verdadero. Denis Zachaire, que vivió en el siglo sexto, ha hecho lo mismo que Homero, ha supuesto el asedio
de una ciudad, en verdad no lo dice pero habla como de un hecho real; la diferencia que se encuentra entre estos dos autores, es que el francés advierte de que habla alegóricamente y el griego lo deja adivinar.
Se debe concluir, pues, de todo lo que hemos dicho hasta el presente, que la Ilíada de Homero encierra muy poco, o nada, de las verdades históricas, pero mucho de las alegóricas.
En fin, para finalizar lo que tenemos que decir de la Ilíada, que se examine seriamente a los héroes y las circunstancias, propiamente sólo se verá a un Ulises, que por su prudencia, sus consejos, sus discursos y a menudo sus acciones lo gobierna todo y se encarga de todo. Instruido
de las fatalidades de Troya, o de las condiciones sin las cuales esta ciudad no podría ser tomada, las ejecuta, o pone a los griegos en situación de ejecutarlas. Lo que hace por él mismo son precisamente los cuidados y los pasos del artista. Lo que los griegos y los troyanos hacen es lo que sucede en el vaso filosófico, con la ayuda del arte y de la naturaleza; finalmente Ulises lo dispone todo, hace una parte de las cosas y los griegos actúan cuando él los ha puesto en el punto de hacerlo. Tras él viene Aquiles, como el agente interior, sin el cual la naturaleza no actuaría para nada en el vaso, porque él es el principal ministro. Es mediante él que la materia se disuelve, se pudre y llega al negro. Homero también ha tenido el cuidado de decir que Aquiles estaba retirado en su barco negro. Euríalo, Menesteo, Toas (Toante), Idomeneo, Podarco, Eurípilo, Polipetes, Prótoo, Creton, Orsíloco y la mayor parte de los griegos habían llevado barcos negros. Protesilao, que se supone que fue muerto al comienzo, es detenido y enterrado en la tierra negra. Finalmente Ulises es el único del que Homero dice que la proa de su barco era roja, que tomó un barco negro para devolver a Criseis a su padre Crises y que puso velas blancas en su retorno.
Uno de los otros héroes de la obra es Pirro o Neoptólemo, ya se ha visto el por qué. Finalmente Paris es aquel contra quien
los griegos combatieron para rescatar a Helena, que es el objeto de tantas penas y de tantos trabajos.
Que Troya haya existido o no, que haya sido destruida o que no lo haya sido, lo que siempre es verdad es que la Ilíada de Homero tiene el aire de una pura ficción, que se debe de juzgar como los trabajos de Hércules y como se piensa de las fábulas que incluyen a dioses y héroes. No se ha de juzgar la realidad del hecho por lo que dicen los autores posteriores a Homero, puesto que han venido muchos siglos después que él, todos han mamado de él y a pesar de esto no están de acuerdo entre ellos.
Pero en fin, si se quiere sostener obcecadamente que hay verdades históricas bajo el velo de estas fábulas, que se me conceda al menos el hecho de que se haya podido tomar el suceso de estas historias para formar las alegorías, alegorías de cosas muy ocultas y muy secretas. Paracelso, Fernel y tantos otros lo han hecho, es lo que vuelve sus obras ininteligibles casi para todo el mundo.

[1] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[2] . Basilio Valentín, El Azoth de los Filósofos.
[3] . Raimon Llull, Testamento, cap. 81.

Otras Fatalidades añadidas, necesarias para la toma de Troya (y su explicación)




A estas fatalidades se ha añadido las de la muerte de Troilo y Héctor. Uno y otro perdieron la vida bajo los golpes del valiente Aquiles. Ya se sabe lo que significan los nombre de Tros y de Ilo, de los que ha sido compuesto Troilo, en consecuencia es inútil entrar en una nueva explicación al respecto. Sólo diría que la disolución y la putrefacción de la materia, que están significadas por este mismo nombre, y tanto la una como la otra son imprescindibles para tener éxito en la obra, hacen entender la razón de que se considerara la muerte de Troilo como una condición requerida para la toma de la ciudad de Troya. La de Héctor no lo era menos ya que era el principal defensor. Vio a Aquiles viniendo hacia él, semejante a Marte, con una capacidad terrible, amenazante y brillante como el fuego, o como el Sol cuando se levanta, dice Homero.[1] Desde que Héctor se dio cuenta quedó espantado y a pesar del corazón y la bravura que había mostrado hasta entonces y ha pesar de las exhortaciones que él mismo se hizo para reanimar su coraje, no pudo sostener la presencia de Aquiles y recibirlo con pie firme. El temor se apoderó de él y optó por huir. Aquiles, el de los pies ligeros, lo persiguió con la misma rapidez que un pájaro de presa cae sobre una paloma e
spantada. Héctor huyó con mucha fuerza y velocidad, pero Aquiles lo persiguió aún más rápido. Llegaron a las dos fuentes del Escamandro, llenas de precipicios y recodos. Una es caliente y exhala humo, la otra está siempre congelada, incluso en lo más fuerte del verano. Pasaron por encima, y Aquiles no lo habría podido alcanzar si Apolo no se hubiera presentado ante Héctor. Le reanimó el coraje. Minerva también estaba presente bajo la figura de Deífobo, hermano de Héctor, al que animó a que hiciera frente a Aquiles; éste le asestó un golpe de lanza a Héctor, que lo evitó. Héctor le lanzó la suya con tanta fuerza y violencia que cayó hecha pedazos al chocar contra el escudo de Aquiles. Al verse sin lanza Héctor recurrió a su espada y se lanzó sobre Aquiles que lo paró con un golpe de lanza que dio en su clavícula y lo tiró al suelo. Muriendo
Héctor le predijo que Paris, ayudado por Apolo, acabaría con su vida.
No se ha de reflexionar mucho para ver que esta huida de Héctor y la persecución de Aquiles significan la volatilización de la materia. Alfidio, que ya he citado al respecto, dice que cuando el que persigue detiene al que huye, se vuelve el amo. Aquiles y Héctor llegan a las dos fuentes del Escamandro, una caliente y líquida y la otra congelada, porque efectivamente, hay dos materias en el fondo del vaso, una líquida y la otra congelada, es decir el agua y la tierra congelada, que está formada de esta misma agua. No se detuvieron allí pero dieron vueltas y vueltas, porque la materia al volatilizarse sube y desciende más de una vez
antes de fijarse. Héctor no se detuvo hasta que se le presentó Apolo y le habló, pues la materia volátil sólo se fija cuando se reúne con la fija. Entonces se da el singular combate donde Héctor sucumbe, y predice a Aquiles que morirá bajo los golpes de Paris y Apolo; por la misma razón que este mismo dios fue la causa de la muerte de Patroclo, así como la de Héctor.
Finalmente Télefo, hijo de Hércules y de Auge, era absolutamente necesario para la toma de
Troya. Hemos dicho en el precedente libro, que Hércules era el símbolo del artista. Auge significa esplendor, brillo, luz, y ya se sabe que los filósofos dan estos nombres a la materia fijada al blanco, en contraste con el negro al que llaman noche y tinieblas. Télefo significa el que luce y brilla desde lejos, es por esto que se dice que es hijo de la Luz. Necesariamente debía estar en la toma de Troya, puesto que ésta no podría llevarse a cabo si la materia no está fijada.
Estas eran las fatalidades de la ciudad de Troya y tal es el sentido en el que se las debe entender. Estas son las fábulas, o más bien las alegorías, que tomadas en el sentido histórico no tendrían nada de ridículo. Los partidarios del sentido histórico bien lo han sentido; tampoco se les a obligado a explicarlas. Todas han sido la obra de Ulises, como Ovidio se lo hace decir en su arenga para disputar las armas de Aquiles. Él descubrió a Aquiles bajo su disfraz de mujer y le obligó a unir sus armas a las de los griegos. Llevó a Filoctetes al campo y trajo las flechas de Hércules; robó el Paladión, trajo el hueso de Pélope, robó los caballos de Reso y fue causa, dice él, de la muerte de Héctor y de Troilo, puesto que estos dos hijos de Príamo sucumbieron bajo las armas de Aquiles. Finalmente obligó a Télefo a unirse a los griegos contra los troyanos, aunque fuera aliado de estos últimos y debiera ser enemigo de los primeros, que le habían librado una batalla donde fue herido. Se tiene razón al decir que era aliado de los troyanos; la naturaleza de Télefo, o la piedra al blanco lo indican suficientemente, puesto que es de naturaleza fija como la piedra al rojo, o el elixir designado por los troyanos. Así mismo Homero nos enseña que se ha de tener de Ulises la misma idea que la que tenemos de Hércules. En su descenso a los Infiernos le hace hablar así:[2] Hércules me reconoció desde que me vio y me dijo: Bravo y valiente hijo de Laertes, Ulises que sabéis tantas cosas ¡Ay! Pobre miserable sois, os parecéis a mí; tenéis que superar muchas fatigas y trabajos parecidos a los que yo he sufrido, cuando vivía sobre la tierra. Soy hijo de Júpiter y a pesar de esta cualidad, he tenido que sufrir males. Estuve obligado a obedecer las órdenes del más malvado de los hombres y que era duro al mandarme. Se imaginó que el trabajo más difícil y más peligroso que podía ordenarme era el de venir aquí a robar el Cerbero. Vine y lo arranqué de los Infiernos. bajo la guía de Minerva y de Mercurio.
Son bien remarcables estas guías de Hércules. También son las mismas que condujeron a Ulises en sus operaciones. Siempre se ve a Minerva a su lado. Se reconocían bien el uno y la otra. Hércules consagró su maza a Mercurio, Ulises ofreció a Minerva los despojos de Dolón, teniendo el cuidado al hacerlo de advertir a esta diosa que la prefería a todos los habitantes del Olimpo y que sólo a ella hacía esta ofrenda. Así mismo ella llama a Ulises,[3] el más fino, el más astuto y el más ardiente de los hombres. Ella le dice: Pero no disputemos de astucias y de finezas, sabemos suficiente de lo uno y de lo otro, puesto que no tenéis igual en cuanto a consejos y a elocuencia. Yo soy igual en relación a los dioses. ¿No reconoceréis, pues a Minerva, la hija de Júpiter, a mí que me es un placer acompañaros por todo y ayudaros en todos vuestros trabajos?[4]
Este testimonio no es contradicho por las acciones de Ulises.
Siempre se ve en él a un hombre sabio y prudente que no hace nada a la ligera y en fin, a quien todo le sale bien. También era así Hércules, no emprendía nada que no llevara a cabo. Así es, o así debería ser el filósofo hermético que emprende los trabajos de Hércules, o las acciones de Ulises, es decir, la gran obra, o la medicina dorada. En vano se intentará ejecutarlas si no se tienen todas las cualidades de estos héroes. En vano se trabajará si no se conoce la materia de la que fue construida la ciudad de Troya; si se ignora la raíz del árbol genealógico de Aquiles. Los filósofos la han disfrazado bajo tantos diferentes nombres que se ha de tener la penetración y el genio de Ulises para reconocerla. Es esta multitud de nombres lo que, según Morien,[5] induce a error a casi todos los que intentan conocerla. Pitágoras en la Turba dice que toda la ciencia del arte hermético consiste en encontrar una materia, reducirla en agua y reunir este agua con el cuerpo de la plata viva y de la magnesia. Buscad, dice el Cosmopolita, una materia de la que podáis hacer un agua que disuelva el oro naturalmente y radicalmente. Si la habéis encontrado, tenéis la cosa que tanta gente busca y que tan pocos encuentran. Tenéis el más preciado tesoro de la tierra.

[1] . Homero, Ilíada, lib. 22, vers. 131.
[2] . Homero, Odisea, lib. 2, vers. 614.
[3] . Homero, Odisea, lib. 13, vers. 292 y ss.
[4] . Homero, Ilíada, lib. 10, vers. 278, y en la Odisea, lib. 13, vers. 300.
[5] . Morien, Conversación con el rey Calid.

lunes, noviembre 20, 2006

El rescate de Héctor (su explicación)




Es fácil ver, por lo que acabamos de contar, que Homero, autor de la historia de esta guerra, pretendía hablar de Tetis como de una diosa y no como una mujer ordinaria, en consecuencia ella era para él, así como debe ser para nosotros, una persona puramente fabulosa. Dice que es hija de Nereo, dios marino, porque Nereo significa un lugar hueco y húmedo, de Νηρός, y porque el vaso filosófico es un hueco en el que nace Tetis, la Tetis que los poetas tomaban por la tierra,[1] y los latinos por el mar, porque este nombre quiere decir nodriza. Juno se jacta de haberla alimentado, educado y casado con Peleo;
es la tierra filosófica, significada por Tetis, que tras haber permanecido algún tiempo en el vaso, se casa con la negrura, es decir, se vuelve negra, pues Peleo viene de πελίς, negro. De este matrimonio nació Piriso, o el que sale del fuego sano y salvo, porque el fuego de la materia reducido en mercurio de los filósofos resiste a los ataques del fuego más violento. Después tomó el nombre de Aquiles, este fiero y soberbio guerrero que desafió a todos los jefes de los griegos y de los troyanos, él lo podía hacer pues era invulnerable, por lo que acabamos de decir. Se enamoró de Briseida, es decir, del reposo, pues Briseida viene de βρίζω, reposo, porque el mercurio filosófico busca ser fijado.
Lo que acabamos de relatar del último libro de la Ilíada prueba claramente, a aquellos que han leído los libros de los filósofos, que Homero tenía en vistas la gran obra, puesto que piensa como ellos, se expresa igual y da con precisión la descripción de lo que sucede en las operaciones del elixir, que es el fin de la obra, como hace al final de su obra. Recordemos algunos trazos de ello, sin apartarnos de nuestro objetivo.
Júpiter envía a Iris hacia Tetis e Iris desciende sobre el negro mar; he aquí el mar filosófico, o la materia en disolución llegada al negro. Iris encuentra a Tetis, o la tierra filosófica, sentada en una caverna, es decir, en el vaso de los filósofos. Iris representa a los diferentes colores que aparecen al mismo tiempo cuando se produce la fermentación y la disolución. Tetis lloraba, es la materia que se reduce a agua. Tras haber oído el motivo de la visita de Iris, Tetis coge un velo negro y el vestido más negro que haya habido en el mundo. Los filósofos llaman al negro que entonces sobreviene a la materia, negro más negro que el mismo negro, nigrum nigrius nigro. Ya he aportado cien textos de los filósofos en este sentido, no los repetiré.
Tetis partió hacia el Olimpo, Iris la precedía y las dos estaban rodeadas por el mar. Es el comienzo de la sublimación de la materia; este mar es el agua mercurial, encima del cual se encuentra la tierra como si fuera una isla. Esta era la de Creta donde nació Júpiter y la de Delos donde Febo y Diana vinieron al mundo. Llegan ante Júpiter y Tetis encuentra a Saturno, es el Saturno filosófico del que hemos hablado tan a menudo. Ella aparece allí con un aire triste y vestida de duelo, pues la negrura es símbolo de duelo y de tristeza. Júpiter le dice que vaya a encontrar a su hijo Aquiles y le obligue a devolver el cuerpo de Héctor a Príamo. Ella se pone cerca de él y durante este tiempo Iris va a encontrar a Príamo, para que determine ir hasta la tienda de Aquiles solamente acompañado por Ideo. Antes de dejar el negro la materia toma aún varios colores que
habían aparecido primero. Tetis convence a su hijo. Príamo se pone en camino con Ideo, es decir, el sudor, de ίδις, sudar, porque al disolverse la materia parece sudar.
Príamo encuentra a Mercurio, que toma las riendas de su carro; esto es porque el mercurio filosófico es el conductor de la obra, es de él y por él que las operaciones se cumplen. Lleva alas en los talones porque es volátil y lo llevan en el aire con el viento; Hermes así lo había dicho:[2] el viento lo lleva con él, el aire lo ha llevado en su vientre. Mercurio despierta a los que duermen y duerme a los que velan, porque volatiliza lo fijo y fija lo volátil. Abre las puertas e introduce a Príamo con sus presentes; esto es porque es el disolvente universal y porque disolver, en términos de química es abrir.
Deja que Príamo entre y abrace las rodillas de Aquiles; el fijo se reúne con el fijo y el disolvente es aún volátil. Príamo entrega sus presentes, que consisten en tapices, en telas y en oro; son los diferentes colores pasajeros que se manifiestan, el oro es el oro filosófico. Aquiles le devuelve el cuerpo de Héctor envuelto en dos de estos tapices, los dos más bellos; son los dos colores principales, el blanco y el rojo. Príamo vuelve a Troya con el cuerpo de su hijo y Mercurio, que lo esperaba, vuelve a conducir su carro, por la razón que hemos dicho antes. Entran en Troya, se prepara una hoguera y se quema el cuerpo de Héctor y se recogen sus huesos blancos; he aquí al color blanco, o el oro blanco de los filósofos. Los troyanos los meten en un ataud de oro que cubren con un tapiz color púrpura; es el fin del elixir, o la materia llevada a su última fijación y al color del amaranto o del pavo real de los campos, como dicen los filósofos.
[1] . Homero, Ilíada, lib. 14.
[2] . Hermes, La Tabla de Esmeralda.

domingo, noviembre 19, 2006

El rescate de Héctor (la fábula)




Apolo,[1] que lleva sus quejas a Júpiter respecto a que Aquiles se había apoderado del cuerpo de Héctor y no quiso devolverlo. Juno le respondió: Héctor ha bebido la leche de una mujer mortal y Aquiles es hijo de una diosa, yo misma alimenté y crié a su madre y la di en matrimonio a Peleo, hombre mortal, pero al que los dioses amaban mucho. Para hacerle los honores, todos asistieron a su boda, y vos mismo, pérfido, asististeis como los otros. Apolo dijo: Realmente Aquiles es tan soberbio y glorioso que no es sensible ni a la piedad ni a la vergüenza. Todos os inclináis hacia este orgulloso y soberbio Aquiles que se ha despojado de toda compasión y de todo pudor. Después de haber quitado la vida al noble y generoso Héctor, lo ha atado a su carro y lo ha arrastrado alrededor de la tumba de su amigo Patroclo, en lugar de dárselo a su querida esposa, a su padre Príamo, a su madre, a su hijo y a su pueblo, que lo lloran y que al menos querrían tener la consolación de verlo aunque fuera muerto. Júpiter tomó la palabra y dijo: Juno no os encolericéis, de todos los habitantes de Ilión, Héctor fue el más querido para los dioses. No convenía a Aquiles robar secretamente el cuerpo de Héctor. Tetis, madre de Aquiles, no abandona a su hijo un instante, no lo deja ni de día ni de noche, pero si alguno quiere llamarla y la hace venir yo le hablaré y le diré que Aquiles devuelva el cuerpo de Héctor a Príamo, que lo rescatará. Inmediatamente Iris partió, descendió sobre el negro mar, todo el pantano se estremeció. Encontró a Tetis en una cueva, sentada en medio de otras muchas diosas marinas, donde lloraba la desdichada suerte de su hijo, que debió morir lejos de su patria, en Troya la pedregosa. Levantaos Tetis, le dijo ella, Júpiter os reclama y quiere hablaros ¿por qué me quiere este gran dios? respondió ella.
No me atrevo a frecuentar más a los inmortales, mi corazón está afligido de dolor y mi espíritu lleno de tristeza. Sin embargo iré puesto que así lo ordena. Habiendo hablado así, esta diosa, la más augusta de todas, tomó un velo negro, y no había vestidura en el mundo más negra que la suya. Partió, Iris la precedía y el mar las rodeaba. A penas llegaron a la orilla, se elevaron rápidamente hacia el cielo, allí encontraron a Saturno y los otros dioses sentados alrededor suyo. Tetis fue a sentarse cerca de Júpiter y Juno
le presentó una bebida dorada en un bello vaso diciéndole algunas palabras de consolación. Tetis bebió y se lo devolvió. A continuación, Júpiter, padre de los dioses y de los hombres habló y dijo: Diosa Tetis, habéis venido al Olimpo, aunque triste, y sé que tenéis una pena. Soy sensible a vuestra tristeza, pero escuchad porque os voy a mandar. Después de nueve días los dioses inmortales están en disputa a causa del cuerpo de Héctor y de Aquiles, el destructor de las ciudades. Se decía que era preciso robarlo secretamente, pero a causa del respeto que siento por vos y de la amistad que siempre os tendré, voy a dejar a Aquiles la gloria de devolverlo. Id pues, descended pronto hacia vuestro hijo y decidle a Aquiles que los dioses inmortales y yo más que los otros, estamos indignados contra él, por retener el cuerpo de Héctor en su negro barco sin quererlo devolver, aunque se le haya propuesto rescatarlo. Si tiene algún respeto hacia mí que lo devuelva. Enviaré a Iris hacia Príamo para decirle que vaya él mismo a los barcos de los griegos a reclamarlo y que lleve con él presentes que sean del gusto de Aquiles. Tetis la de los pies de plata obedeció, descendió del Olimpo con precipitación y llegó a la tienda de su hijo, lo encontró allí encerrado y derramando muchas lágrimas en medio de sus compañeros que se preparaban para almorzar. Para ello habían matado una gran oveja cuya piel era bella y muy tupida. Se sentó junto a él, lo
halagó y lo acarició y le dijo: ¿Hasta cuando hijo mío abandonaréis vuestro corazón a la pena que lo roe hasta el punto de no querer comer ni dormir? Soy vuestra madre y no dudéis de que tengo mucho deseo de veros casado, pero el destino os amenaza de forma violenta y precipitada. Escuchadme pues, vengo de hablar con Júpiter, me ha dicho que os declare que los dioses inmortales están muy irritados contra vos porque no queréis consentir al rescate del cuerpo de Héctor, al que retenéis en vuestros negros barcos. Creedme, devolved este cuerpo y recibiréis rescate.
Aquiles se dejó ganar por los ruegos de su madre y dijo que si recibía el rescate devolvería a Héctor. Por su parte Iris hizo su cometido, obligó a Príamo a ir junto Aquiles con presentes, acompañado por un sólo heraldo del ejército. Hécubo hizo todo lo que pudo para impedir que Príamo fuera, pero lejos de escucharlo le hizo reproches. Tomó los presentes, que consistían en doce vestidos muy bellos, doce magníficos tapices, doce túnicas y diez talentos de oro bien pesados. Así partió y viéndolo Júpiter en camino le dijo a Mercurio, su hijo, Mercurio no hay nada que os plazca más que rendir servicio a los mortales, id pues y conducid al viejo Príamo hasta los barcos de los griegos, pero hacedlo de manera que nadie lo vea y se de cuenta, hasta que haya llegado a la tienda del hijo de
Peleo. Entonces Mercurio ajustó sus talones de ambrosía y oro que lo llevan sobre el mar y la tierra con el viento y no olvidó su caduceo. Habiendo tomado la figura de un joven bello, bien hecho y de una fisonomía real se fue a Troya a encontrar a Príamo y a aquel que lo acompañaba. A su encuentro ellos se sorprendieron y el miedo los atrapó, pero Mercurio los tranquilizó y les dijo: ¿Dónde vais así en el silencio de la noche? ¿No teméis caer en manos de los griegos vuestros enemigos? Si alguno de ellos os ve con los presentes que lleváis ¿cómo vos que no sois joven y sólo os acompaña un viejo podríais impedir que os atacaran? En cuanto a mí estad tranquilos vengo para defenderos y no para insultaros pues os considero como mi padre. Veo por vuestro aire y vuestro discurso, respondió Príamo, que algún dios cuida de mí, puesto que os ha enviado para acompañarme. Pero hacedme el favor, bello joven, de decirme quién sois y quien son vuestros parientes. Soy criado de Aquiles, le respondió Mercurio, llegué con él en el mismo barco, soy uno de los mirmidones y mi padre se
llama Políctor, es muy rico y entrado en edad como vos, tiene seis hijos y yo soy el séptimo;[2] entre los siete hemos echado a suerte para ver quién iría con Aquiles y la suerte ha caído sobre mí. Príamo le preguntó sobre el estado actual del cuerpo de Héctor y Mercurio le dio tan buenas nuevas que Príamo le ofreció como presente una bella copa y le rogó que lo condujera. Mercurio rehusó el presente pero le dijo que lo acompañaría siempre por mar y por tierra hasta el mismo Argo y enseguida saltó sobre el carro de Príamo, se hizo con las riendas y se hizo cargo de conducirlo. Finalmente llegaron entorno a los barcos. Los centinelas estaban ocupados en cenar y Mercurio que duerme a los que velan y despierta a los que duermen, los sumió en un profundo sueño; después abrió las puertas e introdujo a Príamo con sus presentes. Llegaron a la levantada tienda de Aquiles, que los mirmidones le habían hecho de madera de abeto, la habían cubierto de juncos de la pradera y la habían envuelto con pieles, la puerta estaba cerrada con un gran cerrojo de abeto y tres griegos la guardaban; también había tres antorchas. Entonces Aquiles estaba solo. Mercurio, autor de las comodidades de la vida, abrió la puerta al viejo y lo introdujo con sus presentes. Después le dijo: Yo soy Mercurio, dios inmortal, enviado por Júpiter para serviros de guía y acompañaros, yo no entraré con vos, yo me vuelvo, pues no conviene que aparezca ante Aquiles y que se de cuenta de que un dios inmortal favorece así a un hombre. Pero vos entrad, abrazad las rodillas de Aquiles y rogadle que os devuelva a vuestro hijo. Tras estas palabras Mercurio se elevó hacia el Olimpo. Príamo descendió de su carro y dejó allí a Ideo, su acompañante. Entró en la tienda de Aquiles, se echó a sus rodillas y le pidió a Héctor. Tras mucho discurso por una parte y otra, Aquiles aceptó los presentes de Príamo y le devolvió a su hijo. Después convinieron una tregua de doce días. Finalmente Príamo se llevó el cuerpo de Héctor en su carro, con la ayuda de Mercurio, y habiéndolo llevado a Troya lo puso en manos de los troyanos que le hicieron unos funerales, de la manera siguiente:[3] Juntaron los materiales durante nueve días, el décimo levantaron el cuerpo de Héctor llorando, lo colocaron encima de la hoguera y prendieron fuego. Al día siguiente el pueblo se reunió entorno de la hoguera y apagaron el fuego con vino negro; los hermanos y los compañeros de Héctor recogieron sus blancos huesos, vertiendo abundantes lágrimas y los encerraron en un ataud de oro, que envolvieron con un tapiz de color púrpura.

[1] . Homero, Ibid. lib. 24, vers. 40 y ss.
[2] . El séptimo de los metales.
[3] . Homero, Ilíada,ibid. vers. 785 y ss.