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sábado, mayo 16, 2009

Sol terrestre




Dice Pernety en “Historia de Horus”: El agente y el paciente en la obra, al ser homogéneos, se reúnen para producir un tercero semejante a ellos que procede de los dos, el Sol y la Luna son su padre y su madre, dice Hermes y también los otros filósofos después de él.
[…] La tierra es la matriz donde esta simiente es depositada y por eso se encuentra allí como su nodriza. El oro que se forma es el Sol terrestre. Esta materia es donde el sujeto de la obra es compuesto de dos substancias, una fija y la otra volátil, la primera ígnea y activa y la segunda húmeda y pasiva, a las cuales se ha dado los nombres de Cielo y Tierra, Saturno y Rea, Osiris e Isis, Júpiter y Juno, y allí está el principio ígneo o fuego de naturaleza que está encerrado y que ha sido llamado Vulcano, Prometeo, Vesta, etc.

Dice Cattiaux en el Mensaje Reencontrado, III, 7’: De saturno a la luna y al sol sólo hay una vía, que es la depuración paciente del cuerpo bruto hasta la unión del espíritu nítido con el alma perfecta.

Y en el XXXVIII, 67’: El Libro es un canal, pero también es un puente. Es un mar, pero también es un arca. Es un viento que sopla, pero también es un sol terrestre que ilumina.

sábado, mayo 19, 2007

La Edad de Oro



Para los mitólogos todo es embarazoso y con dificultad, todo se les presenta como un laberinto del que no saben salir cuando se trata de relacionar en la historia lo que los autores nos han transmitido sobre el tiempo fabuloso. No es sólo uno que atribuye la edad de oro al reino de Saturno, pero cuando es preciso determinar el lugar donde este rey reinaba y la época de este reino y las razones que han podido inducir a llamarlo el Siglo de oro prácticamente no se hace ningún comentario. Hubiera sido mejor declarar que todas estas pretendidas historias sólo son ficciones, pero se quiere encontrar en ellas la realidad, como si interesara mucho hoy día justificar la credulidad de la mayor parte de los antiguos. Y para apoyar la autoridad de muchos de ellos sólo se pone atención en aquello que finalmente se tiene por sospechoso y que prueba a los lectores que no merece ser creído. Si se tuviera como garantía a los autores contemporáneos, o que hubieran trabajado al menos sobre los monumentos constatados y cuya autenticidad fue bien comprobada, se les podría creer; pero se conviene en que todas estas historias nos vienen de los poetas que han imitado a las ficciones egipcias. Se dice que estos poetas lo han sacado casi todo de su imaginación y que los historiadores han hablado de aquellos tiempos sólo después de ellos.
Herodoto, el más antiguo que conocemos ha escrito más de 400 años después de Homero y éste mucho tiempo después de Orfeo, Lino, etc. Ninguno de estos dice haber visto lo que relata en otra parte que no sea en su imaginación. Sus mismas descripciones son absolutamente poéticas. La que Ovidio nos hace[1] del siglo de oro es más bien el retrato de un paraíso terrestre y de las gentes que lo habrían habitado, que de un tiempo posterior al diluvio y de una tierra sujeta a las estaciones.
Entonces se observa -dice él- las reglas de la buena fe y de la justicia, sin ser molesto para las leyes. El miedo no era el motivo que hacía obrar a los hombres, no se conocían aún los suplicios. En este dichoso siglo no era preciso grabar sobre bronce estas leyes amenazantes, que se usaron después como freno a la licencia. No se veían en aquel tiempo a los criminales temblar en presencia de sus jueces; la seguridad en que se vivía no era el efecto de la autoridad que da las leyes. Los árboles sacados de las selvas no tenían que ser transportados todavía a un mundo que les era desconocido; el hombre habitaba la tierra donde había nacido y no utilizaba barcos para exponerse al furor de las olas. Las ciudades sin murallas ni fosos eran un asilo seguro. Las trompetas, los cascos, las espadas eran cosas que no se conocían aún y el soldado era inútil para asegurar a los ciudadanos una vida dulce y tranquila. La tierra, sin ser desgarrada por el arado producía toda clase de frutos y sus habitantes satisfechos por los alimentos que les proporcionaba sin ser cultivados, se alimentaban de frutos salvajes, o de las bellotas que caían de las encinas. La primavera reinaba todo el año; los dulces céfiros animaban con su calor a las flores que nacían de la tierra; los meses se sucedían sin que fuera necesario labrar ni sembrar. Se veía por todas partes manar a los arroyos leche y néctar y la miel salía en abundancia del hueco de los robles y de los otros árboles.

Querría admitir con Ovidio un tiempo donde los hombres habían vivido de la manera que acabamos de relatar, pero es alimentarse de quimeras y apartarse de la razón. Pero aunque este poeta haya descrito tal como debía de ser un siglo de oro, este retrato no es del gusto del abad Banier. Las gentes que habrían vivido de esta manera, habrían sido, según él,[2] gente que llevaría una vida salvaje, sin ley y casi sin religión. Jano se presentó y los reunió, les dio leyes, la dicha de la vida se manifestó y entonces se vio nacer un siglo de oro. El temor, la sujeción que ocasionan las leyes amenazantes habían parecido a Ovidio contrarias a la dicha de la vida. Pero para el abad Banier son una fuente de felicidad. Pero en fin, ¿qué razones podían haber tenido los antiguos para atribuir al reino de Saturno la vida de un siglo de oro? Jamás un reino fue más manchado de vicios, guerras, matanzas y crímenes de toda clase que inundaron la tierra durante todo aquel tiempo. Saturno subió al trono cazando a su padre, tras haberlo mutilado. ¿Qué hizo Júpiter más que Saturno, para merecer que no se diera a su reino el nombre de edad de oro?
En verdad Júpiter trató precisamente de la misma manera a Saturno como él había tratado a su padre. Júpiter era un adúltero, un homicida, un incestuoso, etc. Pero ¿valía más Saturno? ¿No había este desposado también a su hermana Rea y o tuvo a Fílira como concubina? eso sin mencionar a las otras, ¿Se puede ver un rey más inhumano que aquel que devora a sus propios hijos? Es verdad que no devoró a Júpiter, pero lo intentó de buena fe y no se le debe de agradecer, se le presentó una piedra, él la tragó y no pudiéndola digerir la devolvió. Esta piedra, según Hesíodo, fue emplazada sobre el monte Helicón, para servir de monumento a los hombres. ¡Vaya monumento, propio para traer el recuerdo de un siglo de oro!

¿No es sorprendente que una tal paradoja no haya hecho abrir los ojos a los antiguos y que todos hayan convenido en atribuir una edad de oro al reino de Saturno? El abad Banier lo dio al de Jano, que reinó conjuntamente con Saturno. Este príncipe –dice este mitólogo–[3] suavizó la ferocidad de sus costumbres, los reunió en ciudades y en pueblos, les dio leyes y bajo su reino sus súbditos gozaron de una dicha que no habían conocido, lo que hace considerar al tiempo en que había reinado como un tiempo dichoso y un siglo de oro. Pero no hay menos dificultad en tomar las cosas desde este punto de vista pues no es posible hacer vivir a Saturno con Jano, los tiempos no concuerdan en nada.
Puesto que no es posible conciliar todo esto, es natural pensar que el inventor de esta fábula no tenía como intención explicar la historia sino que la usaba como alegoría de algo, de la que los historiadores no han sospechado su sentido. No, Saturno, Jano, Júpiter, no han reinado jamás, porque para reinar es preciso ser hombre y todos estos dioses de los que hablamos sólo existieron en el espíritu de los inventores de estas fábulas, que la mayor parte de pueblos consideraron como historias reales, porque su amor propio se encontraba extremadamente adulado por ello. Les era infinitamente glorioso el tener a los dioses como los primeros de sus ancestros, o por reyes, o en fin, como fundadores de sus ciudades. Cada pueblo se enorgullecía en la envidia y se creía superior a los otros, en proporción a la grandeza del dios y de su antigüedad. Es preciso pues, buscar otras razones que hayan hecho dar al pretendido reino de Saturno el nombre de siglo de oro.
Yo encuentro más de una razón en el arte hermético donde estos filósofos llaman reino de Saturno al tiempo que dura la negrura, porque llaman Saturno a esta misma negrura, es decir, cuando la materia hermética puesta en el vaso es vuelta como pez fundida. Esta negrura, siendo también como ellos dicen, la entrada, la puerta y la llave de la obra, representa a Jano que en consecuencia reina conjuntamente con Saturno. Se ha buscado y se buscará durante mucho tiempo aún la razón que hacía abrir la puerta del templo de Jano, cuando se trataba de declarar la guerra, y por qué se cerraba en la paz. Un filósofo hermético la encuentra de una manera más simplemente que todos estos mitólogos. Hela aquí. La negrura es una especie de disolución; la disolución es la llave y la puerta de la obra.
Esta sólo puede hacerse mediante la guerra que se levanta entre el fijo y el volátil y por los combates que se dan entre ellos. Al ser Jano esta puerta, era del todo natural que se abriera la del templo que le estaba consagrado para anunciar una declarada guerra. Mientras la guerra duraba permanecía abierta y se cerraba en la paz, porque esta guerra del fijo y del volátil dura hasta que la materia se haya vuelto absolutamente fija. Entonces se hace la paz. Es por lo que la Turba dice, fac pacem inter humicos & opus completum est. Así mismo los filósofos han dicho figuradamente, abrir, desliar, para decir disolver, y cerrar, ligar, para decir fijar. Macrobio dice que los antiguos tomaban a Jano por el Sol. Aquellos que entendían mal esta denominación la atribuían al Sol celeste que regula las estaciones, en lugar de entenderlo del Sol filosófico y es una de las razones que ha hecho llamar a su reinado siglo de oro.


Sin embargo la negrura de la que hemos hablado, o el reinado de Saturno, el alma del oro, según los filósofos, se une con el mercurio y en consecuencia llaman a este Saturno la tumba del rey, o del Sol. Entonces es cuando empieza el reinado de los dioses, porque Saturno está considerado como el padre, por lo tanto es la edad de oro, puesto que esta materia vuelta negra contiene en ella el principio aurífico y el oro de los sabios. El artista se encuentra además en el caso de los súbditos de Jano y de Saturno, desde que la negrura ha aparecido, está libre de obstáculos y de inquietudes. Hasta entonces había trabajado sin descanso y siempre incierto del éxito. Puede ser que haya errado en los bosques, las selvas y sobre las montañas, es decir, trabajado sobre diferentes materias poco propias a este arte, así mismo puede ser que haya errado cerca de doscientas veces trabajando, como Pontano,[4] sobre la verdadera materia. Entonces empieza a sentir una alegría, una satisfacción y una verdadera tranquilidad, porque ve sus esperanzas fundadas sobre una base sólida. ¿No sería esto, pues, una edad verdaderamente de oro, en el sentido mismo de Ovidio, donde el hombre viviría contento y tendría el corazón y el espíritu llenos de satisfacción?

[1] . Ovidio, Metamorfosis, lib. 1, Fáb. 3.
[2] . Banier, Mitología, t. 2, p. 110.
[3] . Banier, op. cit.
[4] . Pontano, Epístola del Fuego.

martes, marzo 06, 2007

Los Dioses Egipcios (2)


No solamente las cosas, sino sus virtudes y propiedades físicas se volvieron dioses en el espíritu del pueblo, a medida que se esforzaba en demostrar su excelencia. San Agustín,[1] Lactancio, Eusebio y otros muchos autores cristianos y paganos nos lo dicen en diferentes lugares; Cicerón,[2] Denis de Halicarnaso,[3] piensan que la variedad y la multitud de los dioses del paganismo nacieron de las observaciones que habían hecho los sabios sobre las propiedades del Cielo, las esencias de los elementos, las influencias de los astros, las virtudes de los mixtos, etc. Imaginaron que no había una planta, un animal, un metal o una piedra especificada sobre la tierra, que no tuviera su estrella, o su genio dominante. Además, los dioses de los que hemos hablado anteriormente, que Herodoto[4] llama los grandes dioses, y que los egipcios consideraron como celestes, según Diodoro: tenían aún, –dice este autor–[5] genios, que han sido hombres, pero que, según su vida, han sobresalido en sabiduría y se han vuelto recomendables por sus beneficios hacia la humanidad. Algunos de entre ellos, dicen, han sido sus reyes y se llamaron como los dioses celestes, otros tenían los nombres que les eran propios. El Sol, Saturno, Rea, Júpiter, llamado Ammon, Juno, Vulcano, Vesta, y finalmente Mercurio. El primero se llamó Sol, lo mismo que el astro que nos ilumina. Pero muchos de sus sacerdotes sostenían que era Vulcano, el inventor del fuego, y que esta invención había obligado a los egipcios a hacerlo su rey. El mismo autor añade que tras Vulcano reinó Saturno, que desposó a su hermana Rea, que fue padre de Osiris, de Isis, de Júpiter y de Juno, que estos últimos obtuvieron el imperio del mundo por su  prudencia y su valor. Júpiter y Juno, si creemos a Plutarco,[6] engendraron a cinco dioses, siguiendo los cinco días intercalados de los egipcios, a saber, Osiris, Isis, Tifón, Apolo y Venus. A Osiris se le llamó también Denis y a Isis Ceres. Casi todos los autores convienen en que Osiris era hermano y marido de Isis, así como Júpiter era hermano y marido de Juno, pero Lactancio y Minucio Félix dicen que era hijo de Isis, Eusebio lo llama su marido, su hermano y su hijo.

Si es difícil conciliar todas esta cualidades y todos estos títulos en una misma persona, no lo es menos de explicar cómo, según los egipcios, es que Osiris e Isis contrajeron matrimonio en el vientre de su madre y que Isis salió en cinta de Arueris,[7] o el antiguo Horus, que ha pasado por ser su hijo. De cualquier manera que se pueda interpretar esta ficción, parecerá siempre extravagante a todo hombre que la vea con los ojos de los mitólogos, que querrán explicarlo históricamente, políticamente o moralmente, pero no puede convenir a ninguno de estos sistemas, en cambio el de la filosofía hermética la explica muy claramente, como veremos seguidamente.
Los egipcios, según Plutarco, contaban muchas otras historias que están marcadas por el mismo extremo de oscuridad y de puerilidad; que Rea, tras haber conocido a Saturno a escondidas, tuvo a continuación un asunto con el Sol, después con Mercurio, y que ella puso en el mundo a Osiris, que oyó en el momento de su nacimiento[8] una voz que decía: El Señor de todo ha nacido. Al día siguiente nació Arueris, o Apolo, u Horus el antiguo. El tercer día, Tifón, que no vino al mundo por las vías ordinarias, sino por un lado de su madre arrancado violentamente. Isis apareció la cuarta y Nephté la quinta.
Sea como sea, de todas estas fábulas Herodoto nos enseña que Isis y Osiris eran los dioses más los países, en lugar de muchos otros que sólo lo eran en los nomes particulares.[9] Lo que pone mucho embrollo y oscuridad sobre su historia, es que en los tiempos posteriores a aquellos que imaginaron estos dioses, y lo que se les atribuye, por parte de los eruditos, pero poco instruidos en las intenciones y las ideas de Mercurio Trismegisto, consideraron estos dioses como personas que habían gobernado en otro tiempo en Egipto con mucha sabiduría y prudencia, y otros, como a seres inmortales en su naturaleza, que habían formado el mundo y arreglado la materia en la forma que conserva hoy día.
respetables de Egipto y que eran honrados en todos
Esta variedad de sentimientos hizo perder de vista el objeto que tenía el inventor de estas ficciones, que además, las había envuelto de tal manera en la oscuridad y las tinieblas de los jeroglíficos que eran ininteligibles e inexplicables en su verdadero sentido, para todos excepto para los sacerdotes, confidentes únicos del secreto del arte sacerdotal. Por más crédulo que sea el pueblo es preciso, sin embargo, presentarle las cosas de una manera verosímil. Para ello se trata de fabricar una historia correlativa, así lo hizo, y lo que allí se mezcló aunque poco conforme a lo que pasa comúnmente en la naturaleza sólo fue para el pueblo un motivo de admiración.
Seguidamente esta historia misteriosa, o más bien esta ficción, se convirtió en fundamento de la teología egipcia que se encontraba oculta en los símbolos de estas dos Divinidades, mientras que los filósofos y los sacerdotes veían allí los más
grandes secretos de la naturaleza. Osiris era para los ignorantes el Sol o el astro del día e Isis la Luna, los sacerdotes veían los dos principios de la naturaleza y del arte hermético. Las etimologías de estos dos nombres ayudaban a despistar. Los unos, como Plutarco, pretendían que Osiris significa muy santo, otros con Diodoro, Horus-Apolo, Eusebio, Macrobio, decían que quiere decir, el que tiene muchos ojos, el que ve claro; se tomaba en consecuencia a Osiris por el Sol. Pero los filósofos veían en el nombre de este dios, el Sol terrestre, el fuego oculto de la naturaleza, el principio ígneo, fijo y radical que lo anima todo.
Isis por lo común era la antigua o la Luna, para los sacerdotes era la naturaleza misma, el principio material y pasivo de todo. Es por lo que Apuleyo[10] hace hablar así a esta diosa: Soy la naturaleza,
madre de todas las cosas, dueña de los elementos, el principio de los siglos, la soberana de los dioses, la reina de los Manes, etc. Pero Herodoto nos enseña que los egipcios tomaban también a Isis por Ceres y creían que Apolo y Diana eran sus hijos. Dice en otro lugar que Apolo y Horus, Diana, o Bubastis, y Ceres no son diferentes de Isis, prueba de que el secreto de los sacerdotes había calado un poco en el público, puesto que, a pesar de esta contradicción aparente, todo esto se ve en efecto en la obra hermética, donde la madre, los hijos, el hermano y la hermana, el esposo y la esposa están reunidos en un mismo sujeto.
Es así como los sacerdotes habían encontrado el arte de velar sus misterios, ya sea presentando a Osiris como un hombre mortal, del que reconocían su historia, ya sea diciendo que éste era, no un hombre mortal sino un astro que llenaba todo el Universo, y Egipto en particular, por tantos beneficios, por la fecundidad y abundancia que procura. Sabían así mismo, despistar a los que, sospechando alguna cosa misteriosa, penetraban allí buscando instruirse. Como los principios teóricos y prácticos del arte sacerdotal o hermético podían aplicarse al conocimiento general de la naturaleza y de sus producciones, a la que este arte se propone seguir como modelo, dieron a estas gentes curiosas lecciones de física y muchos de los filósofos griegos pusieron su filosofía en estas clases de instrucciones.

[1] . S. Agustín, La Ciudad de Dios, 4.
[2] . Cicerón, lib. 2 de la Naturaleza de los Dioses.
[3] . D. Halicarnaso, lib. 2, Antiquit. Roman.
[4] . Herodoto, lib. 2.
[5] . Diodoro de Sicilia, lib. 1, cap. 2.
[6] . Plutarco, De Isis y Osiris.
[7] . Manethon, apud Plutarco.
[8] . Diodoro de Sicilia.
[9] . Esta palabra significa las diferentes prefecturas, o los diferentes gobiernos de Egipto.
[10] . Apuleyo, Metamorfosis, o el Asno de oro, lib. 1.

martes, enero 30, 2007

Los Nombres que los antiguos Filósofos han dado a la Piedra (del Tratado de la Obra Hermética)


Los antiguos filósofos ocultaban el verdadero nombre de la materia de la gran obra con tanto cuidado como así lo hacen también los modernos. Sólo han hablado mediante alegorías y símbolos. Los egipcios la representaron en sus jeroglíficos bajo la forma de un buey, que era al mismo tiempo símbolo de Osiris y de Isis, que se suponían haber sido hermano y hermana y esposo y esposa, el uno y la otra nietos del Cielo y de la Tierra. Otros le han dado el nombre de Venus. También la han llamado Andrógino, Andrómeda, mujer de Saturno, hija del dios Neptuno; Latona, Maya, Semele, Leda, Ceres, y Homero la ha honrado más de una vez con el título de madre de los dioses. También era conocida bajo el nombre de Rea, tierra fluyente, fusible, en fin, con una infinidad de otros nombres de mujeres, según las diferentes circunstancias en las que ella se encuentra en las diversas y sucesivas operaciones de la obra. Ellos la personificaban y cada circunstancia les sugería un motivo para yo no se cuantas fábulas alegóricas que inventaban como bien les parecía; se verán la pruebas de ello en el transcurso de esta obra.
El filósofo hermético quiere que el Latón (nombre que les ha complacido dar también a su materia) sea compuesto de un oro y de una plata que están crudos, volátiles, inmersos y llenos de negrura durante la putrefacción que es llamada vientre de Saturno, del que Venus fue engendrada. Es por lo que ella es considerada como nacida del mar filosófico. La sal que se produjo era representada por Cupido, hijo de Venus y de Mercurio, la plata viva, o el mercurio filosófico.

Nicolás Flamel ha representado la primera materia en sus figuras jeroglíficas bajo la figura de dos dragones, uno alado y el otro sin alas para significar, dice él:[1] ... el principio fijo, el macho o el azufre y por el que tiene alas el principio volátil, la humedad, la hembra o la plata viva. Estos son –añade– el Sol y la Luna de fuente mercurial. Son estas serpientes y dragones que los antiguos egipcios han pintado en círculo, la cabeza mordiéndose la cola para decir que habían salido de una misma cosa, que es suficiente a ella misma y que se perfecciona en su contorneo y circulación. Estos son los dragones que los antiguos filósofos poetas han puesto a guardar sin dormir a las manzanas de oro de los jardines de las vírgenes Hespérides. Estos son sobre los cuales Jasón, en la aventura del Toisón de oro, derramó la pócima preparada por la bella Medea; de los discursos de los cuales los libros de los filósofos están tan llenos, y no hay ningún filósofo que no haya escrito sobre ellos después del verídico Hermes Trismegisto, Orfeo, Pitágoras, Artefio, Morien y los siguientes hasta mí. Son las dos serpientes enviadas por Juno, que es la naturaleza metálica, que el fuerte Hércules, es decir el sabio, debe estrangular en su cuna, quiero decir vencer y matar para hacerlas pudrir, corromper y engendrar al comienzo de su obra. Son las dos serpientes atadas alrededor del caduceo de Mercurio, con las cuales ejerce su gran poder y se transforma y se cambia como le place.
La tortuga era también en los antiguos el símbolo de la materia, porque lleva sobre su concha una especie de representación de esta figura de Saturno ђ. Es por lo que Venus era a veces representada[2] sentada sobre un chivo, cuya cabeza como la del carnero presenta poco más o menos esta figura de Mercurio y el pie derecho apoyado sobre la tortuga. Se ve también en un emblema filosófico un artista haciendo una salsa con uvas en una tortuga.
En los aborígenes la figura ђ de Saturno tenía gran veneración, la ponían en sus medallas, sobre sus columnas, obeliscos, etc. Representaban a Saturno bajo la figura de un anciano, teniendo sin embargo un aire masculino y vigoroso que dejaba brotar su orina en forma de chorro de agua, era en esta agua en la que consistían la mayor parte de su medicina y de sus riquezas. Otros añaden allí la planta llamada Molydnos, o planta Saturnina, de la que dicen que la raíz era de plomo, el tallo de plata y las flores de oro. Es la misma de la que se hace mención en Homero,[3] bajo el nombre de Moly. Hablaremos de ella más extensamente en las explicaciones que daremos en el descenso de Eneas a los infiernos, al final de esta obra. Los griegos también inventaron una infinidad de fábulas respecto a esto y en consecuencia formaron el nombre de Mercurio de Μαρός inguin (ingle) y de κũρος puer (niño), porque el Mercurio filosófico es una agua que muchos autores, y particularmente Raimon Llull[4] han llamado orina de niño. De allí también la fábula de Orión engendrado de la orina de Júpiter, de Neptuno y de Mercurio.

[1] . Flamel. Explicaciones de las Figuras jeroglíficas, cap. 4.
[2] . Plutarco in praeceptis connub.
[3] . Homero, Odisea, 10, 302 y ss.
[4] . Raimon Llull, Lib. Secretorum & alibi.

sábado, octubre 14, 2006

Neptuno


Neptuno, hijo de Saturno y de Rea da lugar a este capítulo, tuvo a Amfitrite por mujer, hija de Océano y de Doris, de la cual y de sus concubinas tuvo un gran número de hijos.
Libia le da a Fénix, Pireno e Io, que algunos dicen que era hija del río Inaco. Es esta Io de la que Júpiter gozó ocultado en una nube, Juno casi los descubrió en este hecho. Júpiter para apartar a su dama del furor de la celosa Juno, transformó a Io en una vaca blanca. Juno puso
a Argos a su lado para vigilar su conducta, y después de que Mercurio matara a Argos, Juno mandó un tábano para que atormentara fuertemente a Io, que se puso a recorrer los mares y las tierras hasta que finalmente llegó a orillas del Nilo y recobró su primera forma y, según los griegos, fue adorada por los egipcios bajo el no
mbre de Isis. De ahí los cuernos que se pusieron sobre la cabeza de Isis y que se le llamara tanto Luna como Tierra. La vaca también era el jeroglífico de Isis, así como el toro lo era de Osiris.
Ya he hablado de Neptuno más de una vez, se le ha visto porque era hijo de Saturno y de Rea. Es propiamente el agua
o el mar filosófico que resulta de la disolución de la materia.
Es razonable pues, considerarlo como padre de los ríos, príncipe del mar y señor de las olas. Por su naturaleza líquida y fluida y por su facilidad para ponerse en movimiento excita los temblores, tanto de la tierra que está en el fondo del vaso, como la que le sobrenada.
El vigor y la ligereza con los que corren los caballos han llevado a los poetas a figurar que su carro era tirado por cuatro de estos animales, y a fin de designar la volatilidad de esta agua, han supuesto que corrían sobre las olas del mar y que este dios estaba siempre acompañado de tritones y nereidas, que no son otra cosa que las partes acuosas, de
νερίς, humidus (húmedo). Habiendo señalado que esta agua filosófica tenía un color azul, que ha hecho darle el nombre de agua celeste, los poetas filósofos han figurado que Neptuno tenía los cabellos, los ojos y las vestimentas azules.
En cuanto a Tritón, su forma y su nacimiento indican suficientemente que es el resultado del agua filosófica; su cola ahorquillada como un croissant designa la tierra blanca
o luna de los filósofos y el color púrpura de sus espaldas señala el color que sobreviene a la materia después del blanco. Si fue la causa de que Júpiter obtuviera la victoria sobre los gigantes, es porque este dios sólo es tranquilo y apacible poseedor de su trono después de
que la materia ha llegado al blanco y empieza a dejar de ser volátil.
En cierto momento de las operaciones, a medida que la obra se perfecciona, el agua de los filósofos se vuelve roja, es Neptuno que se junta con la ninfa Fénice, así dicha de φοΐνιξ, púrpura, puniceus color (púrpura, color rojo). Proteo nació de esta relación; es este Proteo cuyas perpetuas
metamorfosis son verdadero símbolo de los cambios que los filósofos dicen que sobreviene a la materia del magisterio.

viernes, octubre 13, 2006

Júpiter


Que veamos aquí a Júpiter como egipcio o como griego es un poco la misma cosa puesto que el uno y el otro, según casi toda la antigüedad, eran hijos de Saturno y Rea y nietos del Cielo y de la Tierra. Titán hizo un trato con Saturno por el cual le cedía el imperio a condición de que hiciera perecer a todos los hijos varones que tuviera de Rea; Saturno los devoraba a medida que nacían. Rea, indignada por haber perdido ya algunos, pensó en salvar a Júpiter al que estimaba mucho
y cuando dio a luz engañó a su marido presentándole un guijarro envuelto en pañales, en lugar de Júpiter. Hizo llevar a Júpiter a la isla de Creta y lo confió a los dáctilos para que lo alimentaran y lo educaran. Las ninfas que lo tomaron a su cuidado se llamaban Ida y Adrestea, también se las llamó Melisas. Algunos dicen que fue amamantado por una cabra y que las abejas también fueron sus nodrizas, pero aunque los autores varían bastante sobre el hecho, casi todo se reduce a decir que fue educado por los coribantes de Creta, que figurando los sacrificios que solían hacer al son de varios instrumentos, o, como algunos pretenden, danzando y golpeando sus escudos con sus lanzas, hacían un gran ruido para que no se oyeran los llantos del pequeño Júpiter.
Cuando Júpiter se hizo grande, Titán fue advertido de ello, y creyendo q
ue Saturno había querido engañarle violando así las condiciones de paz, que eran eliminar a los hijos varones, Titán reunió a su gente y declaró
la guerra a Saturno, se apoderó de él y de Ops y los puso en prisión. Júpiter se hizo cargo de la defensa de su padre y atacó a los titanes, los venció y puso a Saturno en libertad. Éste, poco agradecido, tendió trampas a Júpiter que, por consejo de Metis, hizo tomar un brebaje a su padre que le hizo vomitar primeramente la piedra que había engullido
y seguidamente a todos los hijos que había devorado. Plutón y Neptuno se unieron a Júpiter, que declaró la guerra a Saturno al que, siendo apresado, trató precisamente de la misma manera que él mismo había tratado a su padre Urano y con la misma guadaña. Seguidamente lo precipitó, junto con los titanes, al fondo del Tártaro; arrojó la guadaña en la isla de Depranum y las partes mutiladas al mar, de las que nació Venus.
Los otros dioses acompañaron a Júpiter durante la guerra que sostuvo contra los titanes y contra Saturno. Plutón, Neptuno, Hércules, Vulcano, Diana, Apolo, Minerva y el mismo Baco le ayudaron a obtener una completa victoria. Apolo, vestido con una tela de color púrpura, cantó a esta victoria acompañándose con su lira.