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miércoles, febrero 28, 2007

Las Fábulas Egipcias, Introducción (5)

No se ha de confundir a los filósofos herméticos o verdaderos alquimistas con los sopladores, los que buscan hacer oro inmediatamente con las materias que emplean, mientras que los otros buscan hacer una quintaesencia que pueda servir de panacea universal para curar todas las enfermedades del cuerpo humano y un elixir para transmutar los metales imperfectos en oro. Es propiamente los dos objetivos que se proponían los egipcios, según todos los autores tanto antiguos como modernos. Es este arte sacerdotal del que hacían tan gran misterio, y que los filósofos tendrán siempre envuelto en la oscuridad de los símbolos y las tinieblas de los jeroglíficos. Se contentarán en decir como Haled:[1] Que hay una esencia radical, primordial, inalterable en todos los mixtos, que se encuentra en todas las cosas y en todos los lugares; ¡dichoso aquel que puede comprender y descubrir esta secreta
esencia y trabajarla como es preciso! Hermes dice también que el agua es el secreto de esta cosa y el agua recibe su alimento de los hombres. Marcunes no tiene dificultad en asegurar que todo lo que está en el mundo se vende más caro que esta agua, pues todo el mundo la posee, todo el mundo la necesita. Abuamil dice, hablando de esta agua, que se encuentra en todo lugar, en los llanos, en los valles, sobre las montañas, en el rico y en el pobre, en el fuerte y en el débil. Tal es la parábola de Hermes y de los sabios, tocando su piedra; es un agua, un espíritu húmedo del que Hermes ha envuelto su conocimiento bajo las figuras simbólicas más obscuras y las más difíciles de interpretar.
La materia de donde se saca esta esencia encierra un fuego oculto y un espíritu húmedo; no es sorprendente, pues, que Hermes nos la haya presentado bajo el emblema jeroglífico de Osiris, que quiere decir fuego oculto,[2] y de Isis que siendo tomada por la Luna, significa la naturaleza húmeda. Diodoro de Sicilia confirma esta verdad diciendo que los egipcios que consideraban a Osiris y a Isis como dioses, decían que éstos recorren el mundo sin cesar, que alimentan y hacen crecer todo, durante las tres estaciones del año, la Primavera el Verano y el Invierno y que la naturaleza de estos dioses contribuye infinitamente a la generación de los animales, porque uno es ígneo y espiritual y el otro húmedo y frío; que el aire es común a los dos; en fin, que todos los cuerpos son engendrados y que el Sol y la Luna perfeccionan la naturaleza de las cosas.

Plutarco[3] nos asegura por su lado, que todo lo que los griegos nos cantan y nos declaman, los gigantes, los titanes, los crímenes de Saturno y de los otros dioses, del combate de Apolo con la serpiente Pitón, las carreras de Baco, las búsquedas y los viajes de Ceres, no difieren en nada de lo que se considera de Osiris y de Isis, y que todo lo que se ha inventado de parecido con tanta libertad en las fábulas que las divulgan, debe ser entendido de la misma manera, como lo que se observa en los misterios sagrados y que se dice ser un crimen el desvelarlo al pueblo.
 Todo en la naturaleza ha sido engendrado de lo cálido y lo húmedo; los egipcios dieron al uno el nombre de Osiris y al otro el de Isis y dijeron que eran hermano y hermana, esposo y esposa. Se les tomó siempre por la naturaleza misma, como veremos en lo que sigue. Cuando no se quiera recurrir a sutilidades será fácil descubrir lo que los egipcios, los griegos, etc., entendían por sus jeroglíficos y sus fábulas. Las habían imaginado tan ingeniosamente que ocultaban muchas cosas bajo la misma representación, como entendían también una misma cosa por diversos jeroglíficos y diversos símbolos, los nombres, las figuras, las mismas historias eran varias pero el fondo y el objeto no eran para nada diferentes.

Se sabe, y sólo es preciso abrir las obras de los filósofos herméticos, para ver a primera vista que no sólo han seguido el método de los egipcios, en todos los tiempos, para tratar de la piedra filosofal sino que también han empleado los mismos jeroglíficos y las mismas fábulas en todo o en parte siguiendo la manera en que ellos eran impresionados. Los árabes han imitado más de cerca a los egipcios, porque tradujeron a su lengua un gran número de tratados herméticos y otros escritos en lengua y estilo egipcios. La proximidad del país y por consiguiente la frecuentación y el comercio más particular de estas dos naciones puede también haber contribuido a ello.

Esta unanimidad de ideas y este uso no interrumpido después de tantos siglos forman, sino una prueba sin réplica, por lo menos una presunción de que los jeroglíficos de los egipcios y las fábulas habían sido imaginadas en vistas a la gran obra e inventadas para instruir en su teoría y en su práctica, solamente a algunas personas, mientras que a causa del abuso y de los inconvenientes que resultarían de ello, se tendrían la una y la otra ocultas al pueblo y a los que se juzgara no dignos.
Yo no he sido el primero que haya tenido la idea de explicar estos jeroglíficos y estas fábulas mediante los principios, las operaciones y el resultado de la gran obra, llamada también piedra filosofal y medicina dorada. Se ve extensamente en casi todas las obras que tratan de este misterioso arte.
[1] . Haled, Coment. en Hermet.
[2] . Kircher, Oedip. Aegypt. T. I. P. 176.
[3] . Plutarco, Isis y Osiris.

martes, febrero 27, 2007

Las Fábulas Egipcias, Introducción (4)

Los antiguos autores nos enseñaron que Hermes enseñó a los egipcios el arte de los metales y la alquimia. El padre Kircher, apoyándose en el testimonio de la historia y de toda la antigüedad, decía que Hermes había velado el arte de hacer oro bajo la sombra de enigmas y jeroglíficos, los mismos jeroglíficos que servían para evitar al pueblo el conocimiento de los misterios de Dios y de la naturaleza. Es tan patente –dice este autor–[1] que estos primeros hombres poseían el arte de hacer oro, ya sea sacándolo de toda clase de materias, ya sea transmutando los metales, que aquel que dudara de ello o quisiera negarlo se mostraría perfectamente ignorante en la historia. Los sacerdotes, los reyes y los jefes de familia eran los únicos instruidos. Este arte fue conservado siempre en un gran secreto y los que eran poseedores de este guardaban siempre un profundo silencio al respecto, por miedo a que los laboratorios y el santuario más oculto de la naturaleza, fueran descubiertos al pueblo ignorante, volviendo este conocimiento en perjuicio y en ruina de la república. El ingenioso y prudente Hermes previniendo este peligro que amenazaba al Estado, tuvo razón, pues, al ocultar este arte de hacer oro bajo los mismos velos y las mismas oscuridades jeroglíficas que servían para ocultar al pueblo profano la parte de la filosofía que concernía a Dios, los ángeles y al Universo.
El padre Kircher no es sospechoso respecto a este tema, puesto que ha discutido contra la piedra filosofal en todas las circunstancias en las que ha tenido ocasión de hablar. Es preciso, pues, que la evidencia y la fuerza de la verdad le hayan arrancado tales declaraciones, si no fuera así sería difícil conciliarlo con él mismo. Dice en su prefacio sobrde la alquimia de los egipcios: Algún Aristarco se levantará sin duda contra mí porque me propongo hablar de un arte que muchos consideran odioso, engañoso, sofístico y lleno de supercherías, sin embargo muchos otros tienen una idea de él como de una ciencia que manifiesta el más alto grado de la sabiduría divina y humana. Pero aunque se enfaden porque me he propuesto explicar, en calidad de Edipo, todo lo que los egipcios han velado bajo sus jeroglíficos, debo tratar de esta ciencia que tenían sepultada en las mismas tinieblas de los símbolos. No es que yo lo apruebe o que piense que se puede sacar de esta ciencia alguna utilidad en cuanto a la parte que concierne al arte de hacer oro, sino porque toda la respetable antigüedad habla de ello y nos lo ha transmitido bajo el sello de una infinidad de jeroglíficos y de figuras simbólicas. Es cierto que de todas las artes y de todas las ciencias que provocan la curiosidad humana a las cuales el hombre se aplica, no he conocido ninguna que haya sido atacada con más fuerza y que haya sido mejor defendida.

Él aporta en el curso de la obra un gran número de testimonios de antiguos autores, para probar que esta ciencia era conocida por los egipcios, que Hermes la enseñó a los sacerdotes y que era de tal manera un honor en aquel país que era un crimen merecedor de muerte divulgarlo a otros que no fueran los sacerdotes, reyes y filósofos de Egipto.
El mismo autor concluye, a pesar de todos estos testimonios,[2] que los egipcios no conocían la piedra filosofal y que sus jeroglíficos no tenían como objeto su práctica. Es sorprendente que habiéndose tomado la molestia de leer a los autores que tratan de ello, para explicar mediante ellos el jeroglífico hermético del cual muestra la figura y que copiándolas, por así decirlo, palabra por palabra a este efecto, tales como son los Doce tratados del Cosmopolita y el de la Obra secreta de la Filosofía de Hermes de Espagnet, etc., Kircher ose sostener que esta figura y los otros jeroglíficos no muestran la piedra filosofal, de la que los autores que acabo de citar tratan, como se dice exprofeso. Puesto que todo lo que estos autores dicen concierne a la piedra filosofal, Kircher sólo ha debido de emplear sus razonamientos para este objeto. Los egipcios –dice– no tenían en vistas la práctica de esta piedra y si tocaban alguna cosa de la preparación de los metales que desvele los tesoros más secretos de los minerales, no entendían por ello lo que los alquimistas antiguos y modernos entienden; sino que indicaban una cierta sustancia del mundo inferior análoga al Sol, dotada de excelentes virtudes y de propiedades sorprendentes, que están por encima de la inteligencia humana, es decir, una quintaesencia oculta en todos los mixtos, impregnada de la virtud del espíritu universal del mundo, y aquel que, inspirado por Dios y esclarecido por sus divinas luces, encontrara el medio de extraerla, se volvería mediante ella exento de todas las enfermedades y llevaría una vida llena de dulzura y satisfacciones. No era, pues, de la piedra filosofal que hablaban, sino del elixir, que es de lo que acabo de hablar.
Si lo que acabamos de aportar de Kircher no es precisamente referente a la piedra ticos, antiguos o modernos, fue siempre el de extraer de un cierto sujeto, por las vías naturales, este elixir o esta quintaesencia de la que habla Kircher, y operar siguiendo las leyes de la naturaleza, de manera que separándola de las partes heterogéneas en las cuales está envuelta, se pueda poner en estado de actuar sin obstáculos, para liberar a los tres reinos de la naturaleza de sus enfermedades, lo que casi no sabría negar que fuera posible, puesto que este espíritu universal siendo el alma de la naturaleza y la base de todos los mixtos, les es perfectamente análogo, como él lo es por sus efectos y sus propiedades con el Sol, es por lo que los filósofos dicen que el Sol es su padre y la Luna su madre.
filosofal, yo no se en qué consiste. El objetivo de los filósofos hermé
[1] . Kircher, Oedypus Aegypto. T. II, p. 2 de Alquymia, cap. 1.
[2] . Kircher, ibidem. cap. 7.