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lunes, julio 02, 2007

(Artículo del traducctor) Referente a Isis y la Negrura (solve et coagula)


En el capítulo “Historia de Isis” Pernety nos aporta la descripción que Apuleyo hace de esta diosa en su obra “El Asno de Oro”,[1] al que remito al lector para que pueda coger la punta de hilo del ovillo que intento desmadejar. Sólo destacaré de esta descripción los detalles de la corona donde dice que: En medio, por delante, aparecía una especie de globo en forma casi de espejo que despedía una luz brillante y plateada como la de la Luna. A la derecha y la izquierda de este globo se levantaban dos ondulantes víboras, como para engarzarlo y sostenerlo y de la base de la corona salían espigas de trigo. Luego un poco más adelante y hablando de la resplandeciente ropa dice que toda ella está cubierta por... una toga destacable por su gran negrura que pasaba desde el hombro izquierdo por debajo del brazo derecho y ondeaba en muchos pliegues descendiendo hasta los pies. En la explicación que Pernety nos da de esta descripción afirma que este relato es una alegoría de la obra: Su corona y los colores del hábito lo indican en general y en particular. Isis pasó por ser la Luna, la Tierra y la Naturaleza. Su corona formada por un globo brillante como la Luna lo anuncia claramente. Las dos serpientes que sostenían este globo son las mismas de las que hemos hablado en el primer capítulo de este libro, explicando el monumento de A. Herenuleio Hermes. El globo también es la misma cosa que el huevo de ese monumento. Veamos qué dice Pernety respecto a dicho monumento, especialmente lo que concierne a las dos serpientes:[2] Las dos serpientes –dice– son los dos principios del arte sacerdotal o hermético uno macho o fuego, tierra fija o azufre, el otro hembra, agua volátil y mercurial, que los dos concurren en la formación y generación de la piedra hermética, que los filósofos llaman huevo y pequeño mundo. [...] También se puede explicar el huevo como el vaso en el cual se forma el huevo, mediante el combate del fijo con el volátil que se reúnen uno y otro formando un todo fijo llamado oro filosófico o sol hermético. [...] La mayoría de filósofos que han tratado esta ciencia han representado sus dos principios bajo el símbolo de dos serpientes. Anteriormente, en el capítulo de “la Historia de Osiris”, ya afirmaba que: los egipcios entendían por Isis y Osiris tanto la sustancia volátil y la sustancia fija de la materia de la obra, como el color blanco y el rojo que toma en las operaciones. Volvamos a la explicación que Pernety da a la descripción de Isis hecha por Apuleyo: Los colores que sobrevienen a esta materia durante las operaciones están expresamente representados en la vestimenta de Isis. Una toga o larga ropa sorprendente por su gran negrura cubre totalmente su cuerpo dejando percibir solamente por lo alto otra ropa de lino fino, primero blanco, después azafranado y finalmente el color del fuego. Los filósofos llaman al color negro el negro más negro que el mismo negro, nigrum nigro nigrius. Homero da un parecido a Tetis cuando se dispone ir a solicitar los favores y la protección de Júpiter para su hijo Aquiles. No había en el mundo, dice este poeta, vestimenta más negra que la suya[3]. El color blanco sucede al negro, el azafranado al blanco y el rojo al azafranado, precisamente como lo relata Apuleyo.[4] Vamos a ver ahora un texto actual en el que se explica la obra a partir del descenso de Ulises a los infiernos con el fin de consultar al ciego Tiresias, ya que es lo que la maga Circe le había recomendado, a fin de que Ulises recibiera consejo del adivino Tiresias. Se trata del capítulo titulado LA NEKUIA O LA EVOCACIÓN DE LOS MUERTOS, del libro EL HILO DE PENÉLOPE de Emmanuel d’Hooghvorst (EH).[5] Tiresias es tebano y EH dice: Tebas tenía siete puertas y estas puertas eran de electrum. Siendo siete el número del alma del mundo o alma creadora, no es difícil sospechar que estas siete puertas no eran más que una, cuyo misterioso electrum era el más bello ornamento. Pero ¿quién era Tiresias y por qué se había quedado ciego? Su leyenda nos ha sido transmitida por Ovidio en el tercer libro de sus Metamorfosis. La citamos íntegramente: [...] Cuentan que casualmente Júpiter, aliviado por el néctar, había dejado de lado sus pesadas preocupaciones y se había entregado a dulces entretenimientos con la despreocupada Juno y había dicho: «Verdaderamente, es mayor vuestro placer que el que corresponde a los varones». Ella lo niega; les pareció bien investigar cuál era la opinión del sabio Tiresias pues este tenía conocimiento de los placeres de ambos sexos. En efecto, con un golpe de bastón había golpeado los cuerpos de dos grandes serpientes que se apareaban en un verde bosque y, convertido de hombre en mujer, ¡oh, hecho admirable!, había vivido siete otoños; en el octavo, vio de nuevo a las mismas y dijo: «Si es tan grande el poder de vuestra herida que cambia la condición del que ha golpeado en lo contrario, también ahora os voy a herir». Golpeadas las mismas serpientes, volvió a su figura anterior y apareció el aspecto con el que había nacido. Tomado por tanto éste como árbitro de la burlesca contienda, confirma las palabras de Júpiter; se dice que la hija de Saturno se enfadó más de los justo y en proporción inversa al motivo, y condenó a una noche eterna los ojos de su juez. Pero el padre todopoderoso, pues no está permitido a ningún dios invalidar las acciones de otro dios, en compensación de la luz de la que había sido privado le concedió el don de conocer el futuro y suavizó el castigo con tal honor.[6] ¿Por qué era necesario que Ulises fuera a consultar el decir de Tiresias? El Hue, uno de los nombres del alma del mundo, ¿no tiene que bajar al infierno mineral para liberar la simiente del oro que se encuentra allí enterrada? Ciertamente el alma del mundo no es otra cosa que el famoso disolvente quymico que tantos buscadores se empeñan vanamente en inventar. Es la sustancia misma del oro que se ha hecho palpable en el electrum; éste es el famoso secreto ancestral, el fundamento de la obra que disuelve el oro vil tan simple y suavemente como el hielo se funde poco a poco en agua templada.[7] [...] En primer lugar se leerá Tiresias el ciego en ese pote que selló Juno, o el aire que fluye en dote de oro. Tengo negrura, dice este pote, pues su contenido no puede ser contemplado antes del tiempo del Arte: éste es el color negro tan descrito en los libros. Sin embargo, es como una mancia ciega, como una pre-dicción, pues en esta admirable conjunción, el discípulo puede contemplar en un relámpago el genio de la Obra La unión de las dos serpientes expresa el solve y el coagula que son como la mujer para el solve, que se convierte en hombre en la coagulación. He aquí a los dos sexos sucesivos de Tiresias; el número siete, como ya lo hemos propuesto, firma la acción creadora del alma del mundo. Añadamos que las serpientes entrelazadas son como la medida dada a lo ilimitado. Dar medida al sin límite es el Arte bajo todas sus formas. Por ejemplo, la palabra da medida y forma al pensamiento... al igual que la pura medida del sueño divino del oro que voló, se fija en un cuerpo admirable y resplandeciente. Es así como el oro vil vuelve a encontrar una naturaleza y un cuerpo celestes. Todo ello se realiza en el atanor donde humeó esta hembra descendida de negro penetrante, purgando el dolo de la edad de hierro. ¡Qué poeta, aquel discípulo del Arte que prepara y dispone este comercio donde Isis y Osiris se conocerán, dos en uno, leído Pan! Es la edad de oro madurando en un pote. Los novios del Arte son, pues, como dos sentidos, el solve y el coagula leídos en uno solo. Sin quymica este oro vil no se regenera. Como puede apreciar el lector sólo un conocedor puede interpretar la cosa de la que hablan los Sabios, y que siempre es la misma, bajo la vestidura de sus textos. Emmanuel d’Hooghvorst nos muestra claramente lo que es este Arte, a partir de Isis, es decir, como él mismo dice en un aforismo: Este libro tiene doble sentido con o sin Isis.[8] Y así lo expresa en un fragmento del tomo dos del Hilo de Penélope:[9] El Gran Arte es una santa aventura conocida en Egipto, tumba de Osiris. Lo que allí se encuentra completamente crudo ha de cocerse en larga paciencia ¿De dónde se saca el mercurio que enciende la mecha del saber? De una negra nube que yerra perdida.
[1] . Apuleyo, Metamorfosis o el Asno de Oro, lib.11 [2] . El lector lo puede encontrar en la primera entrada de Los Jeroglíficos Egipcios. [3] . Este suceso de Tetis y Aquiles será motivo de una comparación más minuciosa en próximos artículos. [4] . Esta sucesión de colores también es confirmada por Louis Cattiaux en el Mensaje Reencontrado, ed. Sirio, o también en Amazón .com, editado por Beyaeditions. Libro IV, versículo 47: El blanco en el negro y el rojo en el blanco, he aquí toda la creación presente. [5] . Emmanuel d’Hoogvorst, El Hilo de Penélope I, Arola Editors, Tarragona 2000, p. 83. [6] . Ovidio, Metamorfosis, III, 318-338. [7] . El Hilo de Penélope I, p.84. [8] . El Hilo de Penélope I, aforismo 104, p. 349. [9] . El Hilo de Penélope II, Arola Editors, Tarragona 2006, p. 19.

jueves, marzo 15, 2007

Historia de Isis (1)



Cuando se hace la genealogía de Osiris, se hace también la de Isis, su esposa, puesto que era su hermana. Se piensa comúnmente que era el símbolo de la Luna, como Osiris lo era del Sol, pero se la toma también por la naturaleza en general y por la tierra, según Macrobio. De ahí viene, dice este autor, que se represente a esta diosa teniendo todo el cuerpo cubierto de tetas. Apuleyo es del mismo parecer que Macrobio y hace la descripción siguiente:[1]
Una cabellera larga y bien provista caía en ondas sobre su divino cuello, tenía en la cabeza una corona variada por su forma y por las flores que la adornaban. En medio, por delante, aparecía una especie de globo, en forma casi de espejo que despedía una luz brillante y plateada, como la de la Luna. A la derecha y a la izquierda de este globo se levantaban dos ondulantes víboras, como para engarzarla y sostenerla y de la base de la corona salían espigas de trigo. Una ropa de lino fino la cubría enteramente. Esta ropa era muy resplandeciente, tanto por su gran blancura como por su amarillo azafranado, en fin, por un color de fuego tan vivo, que mis ojos estaban deslumbrados. Una toga destacable por su gran negrura pasaba desde el hombro izquierdo por debajo del brazo derecho y ondeaba en muchos pliegues descendiendo hasta los
pies, estaba bordada de nudos y flores variadas y salpicada de estrellas en toda su extensión. En medio de estas estrellas se mostraba la Luna con rayos parecidos a las llamas. Esta diosa tenía un cetro en la mano derecha, que por el movimiento que le daba producía un sonido agudo, pero muy agradable; en la izquierda llevaba un vaso de oro cuya asa estaba formada por una áspid que elevaba la cabeza con aire amenazante; el calzado que cubría sus pies, exhalantes de ambrosía, era de un tejido que estaba hecho de palma victoriosa. Esta gran diosa cuya dulzura del aliento sobrepasa a todos los perfumes de la dichosa Arabia, se dignó hablarme en estos términos: Soy la naturaleza madre de las cosas, dueña de los elementos, el principio de los siglos, la soberana de los dioses, reina de los manes, la primera de las naturalezas celestes, la faz uniforme de los dioses y de las diosas, soy yo que gobierno la sublimidad luminosa de los cielos, los vientos saludables de los mares y el silencio lúgubre de los infiernos. Mi divinidad única es honrada por todo el universo, pero bajo diferentes formas, bajo diversos nombres y por diferentes ceremonias. Los frigios, lo primeros nacidos de los hombres, me llaman Pesinúntica madre de los dioses, los atenienses Minerva Cecrópea, los de Chipre Venus
Pafia, los de Creta Diana Dictina, los sicilianos, que hablan tres lenguas, Proserpina Estigiana, los eleusinos la antigua diosa Ceres, otros Juno, otros Belona, algunos Hécate, otros Ramnusia. Pero los egipcios que están instruidos en la antigua doctrina me honran con las ceremonias que me son propias y convenientes y me llaman por mi verdadero nombre, la reina Isis.
Isis era más conocida por su propio nombre fuera de Egipto que Osiris porque era considerada como madre y naturaleza de las cosas. Este sentimiento universal debería de haber hecho abrir los ojos a los que la observaban como una verdadera reina de Egipto y que, en consecuencia, pretendían adaptar su figurada historia a la historia real de los reyes de aquel país.
Los sacerdotes de Egipto contaban, según el testimonio de Diodoro, veinte mil años después del reino del Sol hasta el tiempo en que Alejandro el Grande pasó a Asia. Decían también que sus antiguos dioses reinaron cada uno doscientos de años y que sus sucesores no reinaron menos de trescientos, lo que algunos entienden según el curso de la Luna y no del Sol, contando los meses por años. Eusebio, que hace mención de la cronología de los reyes de ribuirse la superioridad sobre los otros hombres. Eusebio dio como sucesores de Océano a Osiris e Isis. Los pastores reinaron seguidamente durante 103 años, después la dinastía de los politanos durante 348 años, de los cuales el último fue Miris o el faraón, llamado Menofis, alrededor del año del mundo 2550. A esta dinastía sucedió la de Lartes que duró 194 años, después la de los diapolitanos que fue de 177 años.
Egipto, emplaza a Océano como el primero de todos, hacia el año del mundo 1802, tiempo en el cual Nimrod fue el primero en at
Pero si quitamos 1020 años del mundo hasta el reinado de Alejandro, el reino del Sol u Horus, que sucedió a Isis, recaerá en el año del mundo alrededor de 2608, tiempo en el cual, según Eusebio, reinó Zeto, inmediato sucesor de Miris. Así, por este cálculo, no se encuentra lugar para poner los reinados de Osiris, Isis, el Sol, Mercurio, Vulcano, Saturno, Júpiter, el Nilo y Océano. Se sabe sin embargo –dice Diodoro– que algunos escribanos emplazan las tumbas de estos reyes dioses en la ciudad de Nisa en Arabia, de donde han dado a Denis el sobre nombre de Niseo. Como la cronología de los reyes de Egipto no entra en el deseo de esta obra, dejo a otros el cuidado de levantar todas estas dificultades cronológicas y retorno a Isis como principio general de la naturaleza y principio material del arte hermético.
El retrato de Isis que hemos dado, según Apuleyo, es una alegoría de la obra, palpable para los que han leído atentamente las obras que tratan de ello. Su corona y los colores de su hábito lo indican todo en general y en particular. Isis pasó por ser la Luna, la tierra y la naturaleza. Su corona, formada por un globo brillante como la Luna, lo anuncia a todo el mundo. Las dos serpientes que sostenían este globo son las mismas de las que hemos hablado en el primer capítulo de este libro, explicando el monumento de A. Herenuleio Hermes. El globo es también la misma cosa que el huevo de este monumento. Las dos espigas que salen indican la materia del arte hermético, que la naturaleza emplea para hacerlo vegetar todo en el Universo. Los colores que sobrevienen a esta materia durante las operaciones ¿no están expresamente nombrados en la mención que se hace de la vestimenta de Isis? Una toga o larga ropa sorprendente por su gran negrura, palla nigerrima splendescens atro nitore, cubre totalmente el cuerpo de Isis dejando percibir solamente por lo alto otra ropa de lino fino, primero blanco, después azafranado, finalmente el color del fuego. Multicolor bysso tenxi proetexta, nunc albo candore lucida, nunc croceo flore lutea, nunc roseo rub ore flammea. Apuleyo había copiado sin duda esta descripción de algún filósofo, pues todos se expresan de la misma manera a este respecto. Ellos llaman al color negro, el negro más negro que el mismo negro, nigrum nigro nigrius.
Homero da un parecido a Tetis, cuando se dispone ir a solicitar los favores y la protección de Júpiter para su hijo Aquiles.[2] No había en el mundo, dice este poeta, vestimenta más negra que la suya. El color blanco sucede al negro, el azafranado al blanco y el rojo al azafranado, precisamente como lo relata Apuleyo. Se puede consultar más arriba el tratado de la obra que he dado anteriormente. Espagnet en particular está perfectamente conforme con la descripción de Apuleyo y nombra estos cuatro colores como los medios demostrativos de la obra.[3]


Parece que Apuleyo haya querido decirnos que todos estos colores nacen los unos de los otros, que el blanco está contenido en el negro, el amarillo en el blanco y el rojo en el amarillo, es por esto que el negro cubre a los otros. Se me podría objetar quizás que esta ropa negra es el símbolo de la noche y que la cosa está indicada por la Luna creciente, emplazada en medio de las estrellas  de las que ella está totalmente salpicada, pero los otros acompañamientos no convienen en ello del todo. No es asombroso que haya puesto sobre la ropa de Isis una Luna creciente puesto que se la tomaba por la Luna, pero como la noche impide distinguir el color de los objetos, Apuleyo habría dicho muy mal a propósito que los cuatro colores del vestido de Isis se distinguían y despedían cada uno en particular un resplandor tan grande que estaba deslumbrado. Por otro lado esta autor no hace ninguna mención de la noche ni de la Luna, sino solamente de Isis como principio de todo lo que la naturaleza produce, lo que no haría convenir a la Luna celeste, sino solamente a la Luna filosófica, puesto que en la celeste sólo sobresale el color blanco y no el azafranado y el rojo.
Las espigas de trigo prueban que Isis y Ceres eran un mismo símbolo, la cítara y el vaso o pequeño cubo son las dos cosas requeridas para la obra, es decir, el latón filosófico y el agua mercurial, pues la cítara era comúnmente un instrumento de cobre y las varitas que lo atravesaban eran también de cobre, alguna vez de hierro. Los griegos inventaron después la fábula de Hércules que cazó los pájaros del lago Estinfalia haciendo ruido con un instrumento de cobre. Lo uno y lo otro debe de explicarse de la misma manera. Hablaremos de ello en los trabajos de Hércules, en el quinto libro.

[1] . Apuleyo, Metamorfosis, lib. 11.
[2] . Cogió el velo azul sombrío; ningún vestido más oscuro que este había. Ilíada, lib. 24, vers. 93.
[3] . Los medios que conciernen a los signos demostrativos son los colores, que aparecen sucesivamente y en orden en la materia, indicando sus afecciones y pasiones, de los que tres son tenidos por principales y críticos: el primero es el negro llamado cabeza de cuervo, en razón de la extrema negrura que con ella adviene a la materia: su crepúsculo y una blancura desfalleciente indican el comienzo de la acción del fuego de la naturaleza, o principio de la disolución; pero su noche más negra indicará la perfección de la licuefacción y de la confusión de los elementos. Entonces el grano empieza a pudrirse y a corromperse, con objeto de ser más apto para la generación. Al color negro sigue el color blanco, donde se alberga la perfección del primer grado, la del azufre blanco, de ahí que entonces sea llamada piedra bendita: esa es la tierra blanca y foliada en la que los filósofos siembran su oro. El tercer color es el color citrino que se produce cuando el blanco pasa al rojo y que es como un intermediario entre esos dos colores, al estar mezclado de uno y de otro y es pareciso a la aurora de cabellos dorados, la precursora del Sol. La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 64

miércoles, febrero 14, 2007

Los Pesos en la Obra (del Tratado de la Obra Hermética)

  
Nada más embrollado que los pesos y proporciones requeridos en la obra filosófica. Todos los autores hablan de ello y ninguno lo explica claramente. Uno dice que es preciso medir su fuego clibánicamente,[1] otro geométricamente.[2] Aquel siguiendo el calor del Sol después de la primavera hasta el otoño; éste que es preciso un calor febril etc. Pero el Trevisano nos aconseja dar un fuego lento y débil antes que fuerte, puesto que entonces sólo se arriesga a terminar la obra más tarde, en cambio forzando el fuego se corre el peligro evidente de perderlo todo.
El compuesto de los mixtos y su vida sólo subsisten por la medida y el peso de los elementos combinados y proporcionados de manera que uno no domine sobre los otros como un tirano. Si hay mucho fuego el germen se quema, si mucha agua el espíritu seminal y radical se encuentra sofocado, y si mucho aire y tierra, el compuesto tendrá o mucha o poca consistencia y cada elemento no actuará libremente.
Sin embargo esta dificultad no es tan grande como parece en la primera lectura de los filósofos; algunos nos advierten[3] que la naturaleza siempre tiene la balanza en la mano para pesar estos elementos y hacer sus mezclas proporcionadas de tal manera, que siempre resultan de ello los mixtos que se propone hacer, a menos que sea impedida en sus operaciones por defecto de la matriz donde hace sus operaciones, o por el de las semillas que se le suministran o, en fin, por otros accidentes. Así mismo vemos en la química vulgar que dos cuerpos heterogéneos no se mezclan, o no pueden estar mucho tiempo unidos; como cuando el agua ha disuelto una cierta cantidad de sal, no se disuelve más; cuanta más afinidad tienen los cuerpos juntos, más parecen buscarse y así mismo rechazan a los que tienen menos para reunirse con los que tienen más. Estas experiencias son conocidas particularmente entre los minerales y los metales.
 El artista de la obra se propone tener a la naturaleza por modelo; es preciso pues, que estudie esta naturaleza para poderla imitar. Pero ¿cómo encontrar sus pesos y sus combinaciones? Cuando ella quiere un mixto no nos llama para que le demos consejo, ni para sus operaciones, lo mismo para ver sus materias constituyentes así como para su trabajo y el empleo que de ellas hace. Los filósofos herméticos no dejan de recomendar seguir la naturaleza; sin duda que ellos la conocen, puesto que se halagan de ser sus discípulos. Será pues en sus obras que se podrá aprender a imitarla. Pero el uno[4] dice: que sólo se necesita una sola cosa para hacer la obra, que no hay más que una piedra, una medicina, un vaso, un régimen y una sola disposición o manera para hacer sucesivamente el blanco y el rojo. Así que cuando decimos, –añade el mismo autor– pon esto, pon aquello, no entendemos que se haya de tomar más de una cosa; ponedla una sola vez en el vaso y cerradlo seguidamente hasta que la obra sea perfecta y completa [...] el artista no tiene otra cosa que hacer que preparar exteriormente la materia, porque ella misma hace interiormente todo lo que es necesario para volverse perfecta [...] así prepara y dispón solamente la materia y la naturaleza hará todo el resto.

 Raimon Llull nos advierte que esta cosa única no es una sola cosa tomada individualmente, sino dos cosas de la misma naturaleza, de las que se hace una sola; si hay dos o más cosas a mezclar, es preciso hacerlo con proporción, peso y medida. Hemos hablado de ello en el artículo de los signos demostrativos, bajo los nombres de águila y dragón; y también hemos dado las proporciones de las materias requeridas para la multiplicación. Por ello se debe ver que las proporciones de las materias no son las mismas en la primera y la segunda obra.

[1]. Flamel.
[2]. Espagnet y Artefio.
[3]. El Trevisano.
[4]. Artefio.

sábado, febrero 03, 2007

El Vaso del Arte y el de la Naturaleza (del Tratado de la Obra Hermética)



Tres clases de matrices, la primera es la tierra, la materia universal del mundo, el receptáculo de los elementos, el gran vaso de la naturaleza, el lugar donde se produce la corrupción de las semillas, el sepulcro y la tumba viviente de todas las criaturas. Ella es en particular la matriz de lo vegetal y de lo mineral. La segunda matriz es la del úterus en el animal, la de los volátiles es el huevo, y el peñasco la del oro y la de la plata. La tercera es la del metal, es conocida por pocas personas, siendo la matriz y con el esperma, es la causa de la especificación del metal. El conocimiento de este precioso vaso y del espíritu fijo y saxífico[1] implantado en él, era uno de los más grandes secretos de la cábala de los egipcios.
Es preciso, pues, buscar un vaso análogo a aquel que la naturaleza emplea para la formación de los metales; un vaso que devenga matriz del árbol dorado de los filósofos, y no se ha encontrado ninguno mejor que el vidrio. Ellos han añadido la manera de sellarlo a imitación de la naturaleza, a fin de que no se exhale ninguno de sus principios. Pues, como dice Raimon Llull, la composición que se hace de la substancia de los vapores exhalados y recaídos sobre la materia que se corrompe y se disuelve, por la humectación, es la putrefacción. Este vaso debe de tener, pues, una forma propia para facilitar la circulación de los espíritus y debe ser de un espesor y de una consistencia capaz de resistir su impetuosidad.

[1] . N. del T. Saxífico, del Latín saxíficus: que convierte en piedra,'dícese de la cabeza de medusa'.

jueves, enero 25, 2007

TRATADO DE LA OBRA HERMÉTICA


La fuente de la salud y de las riquezas, dos bases sobre las cuales se apoya la felicidad de esta vida, son el objeto de este arte. Siempre fue un misterio, y aquellos que la han tratado, han hablado de ella en todos los tiempos como de una ciencia cuya práctica tiene algo de sorprendente y cuyo resultado es milagroso en él mismo y en sus efectos. Sólo Dios Autor de la naturaleza, a la que el filósofo se propone imitar, puede esclarecer y guiar al espíritu humano en la búsqueda de este tesoro inestimable y en el laberinto de las operaciones de este arte. Todos estos autores que citamos también recomiendan recurrir al Creador y pedirle esta gracia con mucho fervor y perseverancia. ¿Debe sorprender que los poseedores de un tan bello secreto lo hayan velado en las sombras de los jeroglíficos, las fábulas, las alegorías, las metáforas y los enigmas, para apartar del conocimiento al común de los hombres? Sólo han escrito para aquellos a los que Dios dignó otorgándoles la inteligencia. Difamarles, declamar fuertemente contra la ciencia misma, porque se han hecho esfuerzos inútiles para obtenerla, es una baja venganza, es hacer agravio a su propia reputación, es publicar su ignorancia y la impotencia de lo que de ello les ha llegado. Que se levante su voz contra los sopladores, contra estos quemadores de carbón, que tras haber sido engañados por su propia ignorancia finalmente buscan hacer a otros engañados. Yo me uniría voluntariamente a estas fuertes críticas, y así mismo querría tener una voz de estentóreo para hacerme oír mejor. Pero ¿quién son los que se enredan a hablar y a escribir contra la filosofía hermética? Yo apostaría que son los que ignoran incluso su definición, gente cuyo malvado humor sólo es excitado por el prejuicio. Apelo a la buena fe, que examinen seriamente si están al caso de lo que critican. ¿Han leído y releído veinte veces y más a los buenos autores que tratan esta materia? ¿Quién de entre ellos puede jactarse de saber las operaciones y los procesos de este arte? ¿Qué Edipo les ha dado la inteligencia de sus enigmas y de sus alegorías? ¿Cuál es la sibila que les ha introducido en su santuario? Que permanezcan pues en la estrecha esfera de sus conocimientos: ne futor ultra crepitam. O puesto que es la moda, que les sea permitido anhelar un tan gran tesoro del que desesperan por poseerlo. ¡Débil consolación, pero es lo único que les queda! Y gustó a Dios que sus gritos fueran oídos por todos los que malgastan a propósito sus bienes en persecución de lo que se les escapa, por falta de conocer los procedimientos simples de la naturaleza.

domingo, enero 21, 2007

El húmedo radical (del Tratado de Física)


La vida y la conservación de los individuos consisten en la estrecha unión de la forma y de la materia. El nudo, la ligadura que forma esta unión consiste en la del fuego innato con el húmedo radical. Este húmedo es la porción más pura, la más digerida de la materia y como un aceite extremadamente rectificado por los alambiques de la naturaleza. Las simientes contienen mucho de este húmedo radical, en el cual se alimenta una chispa del fuego celeste, y puesto en una matriz conveniente opera, cuando es ayudado constantemente, todo lo que es necesario para la generación. En este húmedo radical se encuentra algo de inmortal, la muerte de los mixtos no le hace evaporarse ni desaparecer. Resiste así mismo al fuego más violento, puesto que se le encuentra aún en las cenizas de los cadáveres quemados.
Cada mixto contiene dos húmedos, aquel del que acabamos de hablar y un húmedo elemental, en parte acuoso y en parte aéreo. Este cede a la violencia del fuego, se eleva en humo, en vapores y cuando está completamente evaporado el cuerpo no es más que cenizas o partes separadas las unas de las otras. No es así respecto al húmedo radical, puesto que constituye la base de los mixtos afronta la tiranía del fuego, sufre el martirio con un coraje insuperable y permanece unido firmemente a las cenizas del mixto, lo que indica manifiestamente su gran pureza.
 La experiencia ha mostrado a los vidrieros, gente comúnmente muy ignorante en el conocimiento de la naturaleza, que este húmedo está oculto en las cenizas. Han encontrado en la fuerza del fuego el secreto de manifestar, en lo que cabe, de lo que son capaces el arte y la violencia del fuego artificial. Para hacer el vidrio necesariamente se han de poner las cenizas en fusión y no habría fusión si no hubiera allí el húmedo. Sin saber que las sales extraídas de las cenizas contienen la más gran virtud de los mixtos, los labradores queman los rastrojos y las hierbas para aumentar la fertilidad de sus campos, prueba de que este húmedo radical es inaccesible a los ataques del fuego, porque es el principio de la generación, la base de los mixtos, y que su virtud y su fuego activo sólo permanecen entorpecidos hasta que la tierra, matriz que se ve diariamente en las semillas. Este bálsamo radical es el fermento de la naturaleza, que se extiende en toda la masa de los individuos. Es una tintura indeleble, que tiene la propiedad de multiplicar, que penetra hasta en los más sucios excrementos, puesto que los emplea con éxito para estercolar las tierras y aumentar su fertilidad.
común de los principios, desarrolla sus facultades, lo
Se puede conjeturar con razón, que esta base, esta raíz de los mixtos que sobrevive a su destrucción, es una parte de la primera materia, la porción más pura e indestructible, mostrada en el extremo de la luz de la que recibe la forma. Pues el matrimonio de esta primera materia con la forma es indisoluble y todos los elementos corporificados en los individuos sacan de ella su origen. En efecto, ¿no es necesaria una tal materia para servir de base incorruptible y como raíz cúbica a los mixtos corruptibles, para poder ser un principio constante, perpetuo y sin embargo material, en torno del cual girarían sin cesar las vicisitudes y los cambios que los seres materiales experimentan todos los días?
Si está permitido aportar conjeturas en la oscuridad del porvenir ¿no se podría decir que esta substancia inalterable es el fundamento del mundo material y el fermento de su inmortalidad mediante el cual subsistirá tras su destrucción, después de haber pasado por la tiranía del fuego y haber sido purgado de su mancha original, para ser renovado y devenir incorruptible e inalterable durante toda la eternidad? Parece que la luz sólo ha operado sobre él y que ha dejado el resto en las tinieblas, pues conserva siempre una chispa que sólo necesita ser excitada. Pero el fuego innato es bien diferente del húmedo. Tiene la espiritualidad de la luz y el húmedo radical es de una naturaleza mediana entre la materia extremadamente sutil y espiritual de la luz y la materia grosera, elemental y corporal. Participa de los dos y liga estos dos extremos. Es el sello del pacto visible y palpable de la luz y las tinieblas, el punto de reunión y de comercio entre el Cielo y la Tierra.
No se puede, pues, confundir sin error este húmedo radical con el fuego innato. Este es el habitante y aquel la habitación, la morada. Es en todos los mixtos el laboratorio de Vulcano, es el fogón donde se conserva este fuego inmortal, primer motor creado de todas las facultades de los individuos, el bálsamo universal, el elixir más precioso de la naturaleza, el mercurio de vida perfectamente sublimado y trabajado, que la naturaleza distribuye mediante peso y medida a todos los mixtos. Quien sepa extraer este tesoro del corazón, y del centro oculto de las producciones de este bajo mundo, desnudarlo de la espesa corteza, elemental, que lo oculta a nuestros ojos y sacarlo de la prisión tenebrosa donde está encerrado y en la inacción, podrá gloriarse de saber hacer la más preciosa medicina para aliviar el cuerpo humano.



sábado, enero 20, 2007

Conservación de los mixtos (del Tratado de Física)


El espíritu ígneo, principio vivificante, da la vida y el vigor a los mixtos, pero este fuego los consumiría pronto si su actividad no fuera moderada por el humor acuoso que los liga. Este humor circula perpetuamente en todos. Este se hace una revolución en el Universo, en medio de la cual unos se forman, se nutren y aumentan de volumen mientras que su evaporación y su ausencia hacen desechar y perecer a los otros.
Toda la máquina del mundo sólo compone un cuerpo, cuyas partes están ligadas por los medios que participan de los extremos. Esta ligadura está oculta, este nudo es secreto, pero no es menos real y es por su medio que todas estas partes se prestan ayuda mutua, puesto que hay una relación y un verdadero comercio entre ellas. Los espíritus emisarios de las naturalezas superiores producen y mantienen esta comunicación, los unos se van cuando los otros vienen, estos vuelven a su fuente cuando aquellos descienden, los que han venido últimos toman el lugar de los que parten en su viaje, luego los otros les suceden, y mediante este continuo flujo y reflujo la naturaleza se renueva y se mantiene. Esto son las alas de Mercurio, mediante la ayuda de las cuales este mensajero de los dioses rinde tan frecuentes visitas a los habitantes del Cielo y de la Tierra.
Esta sucesión circular de espíritus se hace mediante dos medios, la rarefacción y la condensación, que la naturaleza emplea para espiritualizar los cuerpos y corporificar los espíritus, o si se quiere, para atenuar los elementos groseros, abrirlos, levantarlos en la naturaleza sutil de las materias espirituales y seguidamente hacerlos retornar a la naturaleza de los elementos groseros y corporales. Así experimentan sin cesar estas metamorfosis. El aire abastece al agua una substancia tenue etérea que allí empieza a corporificarse, el agua la comunica a la tierra donde se corporifica aún más. Se vuelve entonces un alimento para los minerales y los vegetales. En estos se hace tallo, corteza, hojas, flores, fruto, en una palabra una substancia corporal palpable. En los animales, la naturaleza separa lo más sutil, lo más espiritual de lo que beben y lo que comen para volverlo alimento. Cambia y especifica la más pura substancia en semilla, en carne, en hueso, etc., deja lo más grosero, lo más heterogéneo para los excrementos. El arte imita a la naturaleza en sus resoluciones y sus composiciones.

viernes, enero 19, 2007

La Luz (del Tratado de Física)



El origen de la luz nos prueba su naturaleza espiritual. Antes de que la materia comenzara a recibir su forma, Dios formó la luz, esta se propagó inmediatamente en la materia, que le sirvió como de mecha para su conservación. La manifestación de la luz fue, pues, como el primer acto que Dios ejerció sobre la materia, el primer matrimonio del creador con la criatura, y el del espíritu con el cuerpo.
Extendida primeramente por todo, la luz parece reunirse en el Sol, como si muchos rayos se reunieran en un punto. La luz del Sol es en consecuencia un espíritu luminoso, unido inseparablemente a este astro, cuyos rayos se revisten de partes del éter para volverse sensibles a nuestros ojos. Estos son los raudales que manan de una fuente inagotable y que se extienden en la vasta extensión de todo el Universo. Sin embargo no se ha de concluir de ello que estos rayos sean puramente espirituales. Estos se corporifican con el éter como la llama con el humo. Suministremos en nuestros hornos un alimento perpetuamente humoso y tendremos una perpetua llama.
La naturaleza de la luz es de fluir sin cesar, y estamos convencidos al llamar rayos a estas efusiones del Sol mezcladas con el éter. No se ha de confundir, pues, la luz con el rayo o la luz con el esplendor y la claridad. La luz es la causa, la claridad el efecto. Cuando una bujía encendida se extingue, el espíritu ígneo y luminoso que inflama la mecha, no se pierde, como se cree comúnmente. Su acción sólo desaparece cuando el alimento le falta o cuando se le retira. Se expande en el aire que es el receptáculo de la luz y de las naturalezas espirituales del mundo material. Así como los cuerpos vuelven, mediante la resolución, a la materia de donde tienen su origen, así mismo también las formas naturales de los individuos vuelven a la forma universal o a la luz, que es el espíritu vivificante del Universo. No se debe confundir este espíritu con los rayos del Sol, puesto que ellos no son más que el vehículo. Él penetra hasta el centro mismo de la tierra, aún cuando el Sol no esté sobre nuestro horizonte.
La luz es para nosotros una viva imagen de la Divinidad. El amor divino no pudiendo, por así decirlo, contenerse en sí mismo, es como expandido fuera de él y multiplicado en la creación. La luz no se encierra tampoco en los cuerpos luminosos, ella se expande y se multiplica, es como Dios una fuente inagotable de bienes. Se comunica sin cesar y sin ninguna disminución; así mismo parece tomar nuevas fuerzas mediante esta comunicación, como un maestro que enseña a sus discípulos los conocimientos que tiene, sin perderlos e imprimiéndolos por más tiempo en su espíritu.
Este espíritu ígneo traído a los cuerpos por los rayos se distingue muy fácilmente. Estos se comunican igualmente aunque se encuentren en su camino algún cuerpo opaco que detenga su curso. Penetra los cuerpos más densos, puesto que se siente el calor en el lado del muro opuesto al del lado donde recaen los rayos, aunque no hayan podido penetrar allí. Este calor subsiste aún después de que los rayos hayan desaparecido con el cuerpo luminoso. Todo cuerpo diáfano, el vidrio particularmente, transmite este espíritu ígneo y luminoso sin transmitir sus rayos, esto es porque el aire que está detrás suministrando un nuevo cuerpo a este espíritu, deviene iluminado y forma nuevos rayos que se extienden como los primeros. Además todo cuerpo diáfano, sirviendo de medio para transmitir este espíritu, se encuentra no solamente esclarecido sino que se vuelve luminoso, y este aumento de claridad se manifiesta fácilmente a los que ponen un poco de atención. Este aumento de esplendor no llegaría si el cuerpo diáfano transmitiera los rayos tal como los ha recibido.
El señor Pott parece haber adoptado estas ideas de los filósofos herméticos sobre la luz, en su Ensayo de Observaciones Químicas y Físicas, sobre las propiedades y los efectos de la luz y del fuego. Se encuentra perfectamente con Espagnet, del que analizo aquí sus sentimientos, y que vivió hace cerca de un siglo y medio. Las observaciones que este sabio profesor de Berlín aporta, concurren todas en probar la verdad de lo que hemos dicho hasta aquí. Él llama a la luz el gran y maravilloso agente de la naturaleza. Dice que su substancia, a causa de la tenuidad de sus partes, no puede ser examinada por el número, por la medida ni por el peso; que la química no puede exponer su forma exterior, porque en ninguna substancia puede ser concebida, y aún menos expresada, cómo son anunciadas su dignidad y su excelencia en la Escritura santa, donde Dios se hace llamar con el nombre de luz y de fuego, puesto que allí está dicho que Dios es una luz, que permanece en la luz, que la luz es su vestido, que la vida está en la luz, que hace a sus ángeles llamas de fuego, etc., y en fin, que muchas personas observan la luz más bien como un ser espiritual que como una substancia corporal.
Reflexionando sobre la luz, la primera cosa, dice este autor, que se presenta a mis ojos y a mi espíritu es la luz del Sol, y presumo que el Sol es la fuente de toda la luz que se encuentra en la naturaleza, ya que toda la luz entra allí como en su círculo de revolución y que de allí es de nuevo reenviada sobre todo el globo. No pienso, añade, que el Sol contenga un fuego ardiente y destructivo; sino que encierra una substancia luminosa, pura, simple y concentrada, que lo aclara todo. Miro la luz como una substancia, que alegra, que anima y que produce la claridad; en una palabra, la observo como el primer instrumento que Dios puso y pone aún en obra en la naturaleza. De ahí viene el culto que algunos paganos han rendido al Sol; de ahí la fábula de Prometeo que roba el fuego en el Cielo para comunicarlo a la tierra.
Sin embargo el señor Pott no aprueba, no en apariencia sino que lo hace en realidad, el sentimiento de los que hacen del éter un vehículo de la materia de la luz, porque multiplican, dice, los seres sin necesidad. Pero si la luz es un ser tan simple como él declara, ¿podrá manifestarse de otra forma que mediante alguna substancia sensible? Ella tiene la propiedad de penetrar muy sutilmente los cuerpos por su tenuidad superior a la del aire y por su movimiento progresivo, el más rápido que se puede imaginar, pero él no osa determinar si es de substancia espiritual, aunque sea cierto que el principio motor es tan antiguo como esta substancia misma.
El movimiento, como movimiento, no produce la luz, pero la manifiesta en las materias convenientes. Sólo se muestra en los cuerpos móviles, es decir, en una materia extremadamente sutil, fina y propia al movimiento precipitado, ya sea porque esta materia se derrama inmediatamente del Sol o de su atmósfera y penetra hasta nosotros, ya sea, lo que parece más verosímil, que el Sol pone en movimiento estas materias extremadamente sutiles de las que nuestra atmósfera está llena. He aquí pues un vehículo de la luz, vehículo que no difiere en nada del éter, puesto que este erudito añade más abajo: es pues también allí la causa del movimiento de la luz que obra sobre nuestro éter y que nos viene principalmente y más eficazmente del Sol. Este vehículo no es pues, como según dice él, un ser multiplicado sin necesidad.
Él distingue muy bien el fuego de la luz y señala la diferencia del uno y del otro, pero después de haber dicho que la luz produce la claridad, confunde aquí esta última con el principio luminoso, como se puede concluir de las experiencias que aporta. Yo habría concluido que hay allí un fuego y una luz que no queman, es decir, que no destruyen los cuerpos a los que son adheridos, pero no que haya una luz sin fuego. La falta de distinción entre el principio y la causa del resplandor y de la claridad y el efecto de esta causa es la fuente de una infinidad de errores sobre esta materia. Puede ser que esto fuera una falta del traductor que hubiera empleado indiferentemente los términos de luz y de claridad como sinónimos. Soy bastante partidario de creer esto, puesto que Pott, inmediatamente después de haber aportado diversos fenómenos de las materias fosfóricas, la madera podrida, los gusanos luminosos, la arcilla calcinada y frotada, etc., dice que la materia de la luz en su pureza o separada de todo cuerpo, no se deja percibir y que sólo la tratamos rodeada de una envoltura y que sólo conocemos su presencia por inducción. Esto es distinguir propiamente la luz de la claridad que es el efecto. Con esta distinción vuelve fácilmente razonable una infinidad de fenómenos muy difíciles de explicar sin ésta.
El calor, aunque efecto del movimiento, es como identificado con él. La luz siendo el principio del fuego lo es del movimiento y del calor. Éste es sólo un grado menor del fuego, o el movimiento producido por un fuego muy moderado, o muy alejado del cuerpo afectado. Es a este movimiento que el agua debe su fluidez, puesto que sin esta causa sería hielo. No se debe confundir, pues, el fuego elemental con el fuego de las cocinas y observar que el primero sólo se vuelve fuego actual y ardiente cuando es combinado con las substancias combustibles, por él mismo no da ni llama, ni luz. Así el flogístico o substancia oleosa, sulfurosa, resinosa, no es el principio del fuego, sino la materia propia para mantenerlo, alimentarlo y para manifestarlo.
Los razonamientos de Pott prueban que el sentimiento de Espagnet y de otros filósofos herméticos sobre el fuego y la luz, es un sentir razonable y muy conforme a las observaciones físico-químicas más exactas, puesto que están de acuerdo con este erudito profesor de química de la Academia de las Ciencias y Bellas Letras de Berlín. Estos filósofos conocen, pues, la naturaleza, y si la conocen ¿por qué no probar, más bien, levantar el oscuro velo bajo el cual han ocultado sus procedimientos, mediante sus discursos enigmáticos, alegóricos y fabulosos, antes que despreciar sus razonamientos, puesto que parecen inteligibles, o acusarles de ignorancia y de mentira?





miércoles, enero 17, 2007

Generación y corrupción de los mixtos (del Tratado de Física)

  Todo vuelve a su principio. Cada individuo es en potencia, en el mundo material, antes de que aparezca al día bajo la forma individual y volverá, en su tiempo, a su rango al mismo punto de donde salió, como los ríos a la mar para renacer en su todo.[1] Puede ser que Pitágoras entendiera así su metempsicosis, la que no se le ha comprendido. Cuando el mixto se disuelve por el vicio de los elemntos corruptibles que lo componen, la parte etérea lo abandona y va al encuentro de su patria. Se produce entonces un trastorno, un desorden, una confusión en las partes del cadáver, por la ausencia de aquel que allí conservaba el orden. La muerte y la corrupción se apoderan hasta que esta materia recibe de nuevo las influencias celestes que reunificando los elementos dispersos y errantes, los vuelve aptos para una nueva generación. Este espíritu vivificante no se separa de la materia durante la putrefacción generativa, porque no es una corrupción entera y perfecta, como la que se produce en la destrucción del mixto. Es una corrupción combinada y causada por este mismo espíritu, para dar a la materia la forma que conviene al individuo que debe animar. Algunas veces está allí en la inacción, tal como se ve en las simientes, pero sólo espera ser excitado.
Tan pronto como lo es, pone la materia en movimiento, y cuanto más obra más adquiere nuevas fuerzas hasta que ha acabado de perfeccionar al mixto.
Que los materialistas, los ridículos partidarios del azar en la formación de los mixtos y su conservación, examinen y reflexionen un poco seriamente y sin prejuicios sobre todo lo que hemos dicho y que me digan seguidamente cómo un ser imaginario puede ser la causa eficiente de alguna cosa real y tan bien combinada. Que sigan a esta naturaleza paso a paso, sus procesos, los medios que ella emplea y su resultado. Verán, si no quieren cerrar sus ojos a la luz, que la generación de los mixtos tiene un tiempo determinado, que todo se hace en el Universo mediante peso y medida y que no hay más que una sabiduría infinita que lo pueda presidir.
Los elementos empiezan la generación por la putrefacción, como los alimentos por la nutrición. Se resuelven en una naturaleza húmeda o primera materia, entonces se hace el caos y de este caos la generación. Es, pues, con razón que los físicos dicen que la conservación es una creación continua, puesto que la generación de cada individuo responde analógicamente a la creación y a la conservación del macrocosmos. La naturaleza siempre es parecida a ella misma, no tiene más que una vía derecha de la que sólo se aparta por obstáculos insuperables, entonces es cuando hace a los monstruos.
La vida es el resultado armónico de la unión de la materia con la forma, lo que constituye la perfección del individuo. La muerte es el término prefijado donde se hace la desunión y la separación de la forma y de la materia. Se empieza a morir desde que esta desunión comienza y la disolución del mixto es su complemento. Todo lo que vive ya sea vegetal, ya sea animal, tiene la necesidad de alimento para su conservación y estos alimentos son de dos clases. Los vegetales no se alimentan menos del aire que del agua y de la tierra. Los pechos mismos de ésta se secarían pronto si no estuvieran continuamente abrevados de leche etérea. Es lo que Moisés nos expresa perfectamente en los términos de la bendición que da a los hijos de José: Bendita del Señor sea tu tierra, con lo mejor de los cielos, con el rocío, y con el abismo que está abajo. Con los más escogidos frutos del Sol, con el rico producto de la Luna. Con el fruto más fino de los montes antiguos, con la abundancia de los collados eternos. Y con las mejores dádivas de la tierra y su plenitud, etc...[2]
¿Sería solamente para refrescar el corazón que la naturaleza habría tomado cuidado de colocar cerca de él los pulmones, estos admirables e infatigables fuelles? No, ellos tienen un uso más esencial; es para aspirar y transmitirle continuamente este espíritu etéreo que viene a socorrer a los espíritus vitales y reparar su pérdida y algunas veces los multiplica. Es por lo que se respira más a menudo cuando se produce más movimiento, porque entonces se produce más gran pérdida de espíritus que la naturaleza busca reemplazar.
Los filósofos dan el nombre de espíritus, o naturalezas espirituales, no solamente a los seres creados sin ser materia y que sólo pueden ser conocidos por el intelecto, tales como los ángeles y los demonios, sino aquellos que, aunque materiales, no pueden ser percibidos por los sentidos a causa de su gran tenuidad. El aire puro o éter es de esta naturaleza, las influencias de los cuerpos celestes, el fuego innato, los espíritus seminales, vitales, vegetales, etc. Son los ministros de la naturaleza que parece obrar solamente mediante ellos sobre la materia. El fuego de la naturaleza sólo se manifiesta en los animales por el calor que excita. Cuando se retira, la muerte toma su lugar, y el cuerpo elemental o el cadáver permanece entero hasta que empieza a resolverse. Este fuego es muy débil en los vegetales como para volverse sensible al sentido mismo del tacto. No se hace tal cual la naturaleza del fuego común, su materia es tan tenue que sólo se manifiesta por los otros cuerpos a los que ataca.
El carbón no es fuego, ni la madera que arde, ni la llama que sólo es un humo inflamado. Luego parece extinguirse y desvanecerse cuando el alimento le falta. Es preciso que sea un efecto de la luz sobre los cuerpos combustibles.




 [1] . Eclesiastés, 1, 7.
[2] . Deuteronomio, 33, 13-16, ss.

martes, enero 16, 2007

El alma de los mixtos (del Tratado de Física)




Todos los mixtos perfectos que tienen vida tienen un alma o espíritu y un cuerpo. El cuerpo está compuesto del limo o de tierra y de agua, el alma que da la forma al mixto es una chispa del fuego de la naturaleza o un rayo imperceptible de luz, que obra en los mixtos siguiendo la disposición actual de la materia y la perfección de los órganos especificados en cada uno de ellos. Si las bestias tienen un alma, sólo difiere de su espíritu en lo más o en lo menos. Las formas específicas de los mixtos, o si se quiere su alma, conserva un cierto conocimiento de su origen.
El alma del hombre se reflexiona a menudo sobre la luz divina mediante la contemplación. Ella parece querer penetrar en este santuario accesible sólo a Dios; se dirige allí sin cesar y allí vuelve finalmente. Las almas de los animales, salidas del secreto de los Cielos y de los tesoros del Sol, parecen tener una simpatía con este astro, por los diferentes presagios de su aparición, de su ocultación, del movimiento mismo de los cielos y de los cambios de temperatura del aire, que los movimientos de los animales nos anuncian. Abastecidas por el aire y casi totalmente aéreas, las almas de los vegetales brotan tanto que ponen la cabeza de su tallo en alto, como queriendo volver a su patria.
Las rocas y las piedras, formadas de agua y de tierra, se cuecen en la tierra como una obra de alfarería, es por lo que tienden hacia la tierra como formando parte de ella. Pero las piedras preciosas y los metales están más favorecidos por las influencias celestes, las primeras son como as lágrimas del Cielo y un rocío celeste congelado, es por lo que los antiguos les atribuían tantas virtudes. El Sol y los astros parecen tener también una atención particular para los metales y se diría que la naturaleza les deja el cuidado de imprimirles la forma. El alma de los metales es como aprisionada en su materia, el fuego de los filósofos la atrae para hacerle producir un hijo digno del Sol y una quintaesencia admirable que acerca el Cielo a nosotros.
La luz es el principio de la vida y las tinieblas son el de la muerte. Las almas de los mixtos son los rayos de la luz y sus cuerpos son de los abismos tenebrosos. Todo vive por la luz y todo lo que muere es privado de ella. Es de este principio, al cual se pone tan poca atención, que se dice comúnmente de un hombre muerto que ha perdido el día, la luz y como dice San Juan[1]: la luz es la vida de los hombres.
Cada mixto tiene los conocimientos que le son propios. En cuanto a los animales es suficiente reflexionar sobre sus acciones para estar convencido de ello. El tiempo de acoplarse que les es tan bien conocido, la justa distribución de las partes en los pequeños que vienen, el uso que hacen de cada miembro, la atención y el cuidado que se dan, tanto para la alimentación de sus pequeños, como para su defensa; sus diferentes afecciones de placer, de miedo, de benevolencia hacia sus maestros, sus disposiciones para recibir las instrucciones, su destreza para procurarse las necesidades de la vida, su prudencia para evitar lo que les puede dañar y tantas otras cosas que un observador puede notar, prueban que su alma está dotada de una especie de razonamiento. .
Los vegetales tienen también una facultad vital y una manera de conocer y de prever. Las facultades vitales son en ellos el cuidado de engendrar sus semejantes, las virtudes multiplicativas, nutritivas, aumentativas, sensitivas y otras. Su noción se manifiesta en el presagio del tiempo y el conocimiento de la temperatura que les es favorable para germinar y sacar sus tallos. Sus observaciones estrictas de los cambios, como leyes de la naturaleza en la elección del aspecto del cielo que les es propia, en la manera de hundir sus raíces, de elevar sus tallos, de extender sus ramas, de desarrollar sus hojas, de configurar y de colorear sus frutos, de transmutar los elementos en alimento, de infundir en sus simientes una virtud prolífica.
¿Por qué ciertas plantas sólo brotan en ciertas estaciones, aunque se siembren ellas mismas por la caída natural de sus granos, o aunque se les siembre tan pronto como han madurado? Ellas tienen desde entonces su principio vegetativo y sin embargo sólo lo desarrollan en un tiempo señalado, a menos que el arte les otorgue lo que encontrarían en la estación que les es propia. ¿Por qué una planta sembrada en una mala tierra contigua a una buena pondrá sus raíces del lado de esta última? ¿Qué es lo que enseña a una cebolla puesta en tierra, con el germen (la punta) hacia abajo a dirigirla hacia el aire? ¿Cómo la hiedra y otras plantas de tal especie, dirigen sus débiles ramas hacia los árboles que pueden sostenerlas? ¿Por qué la calabaza alarga su fruto todo lo posible hacia un vaso lleno de agua puesto al lado? ¿Qué es lo que enseña a las plantas en las cuales se observan los dos sexos a colocarse comúnmente el macho junto a la hembra y así mismo ponerse a menudo inclinados el uno hacia el otro? Declaramos que todo esto sobre pasa nuestro entendimiento, que la naturaleza no es ciega y que está gobernada por la sabiduría misma.

[1] . Evangelio de San Juan, cap. 1.

domingo, enero 14, 2007

Diferencia que hay entre estos tres reinos (del Tratado de Física)


El mineral
Se dice comúnmente de los minerales que existen y no que viven como se dice de los animales o de los vegetales, si bien se puede decir que los metales sacan de alguna manera su vida de los minerales, ya sea porque en su generación hay como una conjunción del macho y de la hembra bajo el nombre de azufre y mercurio, como por una fermentación, una circulación y una cocción continua, en la que se purifican con la ayuda de la sal de la naturaleza, finalmente se cuecen y se forman en una masa que llamamos metal; ya sea porque los metales perfectos contienen un principio de vida, o fuego innato que se vuelve lánguido y como sin movimiento bajo la dura corteza que lo encierra y es ocultado como un tesoro hasta que siendo puesto en libertad, de esta corteza, por una solución filosófica, se desarrolla y se exalta mediante un movimiento vegetativo, hasta el más alto grado de perfección que el arte puede darle.
El vegetal
Un alma o espíritu vegetativo anima a las plantas; es por él que éstas crecen y se multiplican, pero están privadas del sentimiento y del movimiento de los animales. Sus simientes son hermafroditas, aunque los naturalistas hayan señalado los dos sexos en casi todos los vegetales. El espíritu es vegetativo e incorruptible y se desarrolla en la fermentación y la putrefacción de las simientes. Aunque el grano esté podrido en tierra sin germinar, este espíritu va a unírsele en su esfera.
El animal
Los animales tienen de más que los minerales y los vegetales una alma sensitiva, principio de su vida y de sus movimientos. Son como el complemento de la naturaleza en cuanto a los seres sublunares. Dios ha distinguido y separado los dos sexos en este reino, a fin que de dos venga un tercero. Así en las cosas más perfectas se manifiesta más perfectamente la imagen de la Trinidad.
El hombre es el príncipe soberano de este bajo mundo. Todas sus facultades son admirables. Las turbaciones que se elevan en su espíritu, sus agitaciones, sus inquietudes, son como los vientos, los relámpagos, los truenos, los torbellinos y los meteoros que se elevan en el gran mundo. Su corazón, su sangre, todo su cuerpo mismo algunas veces es agitado, pero esto es como los temblores de la tierra y todo esto prueba que es verdaderamente el resumen del Universo. ¿No tenía, pues, razón David al exclamar que Dios es infinitamente admirable en sus obras? [1]

[1] . Salmos, 91, 6 y 138, 14.