martes, enero 16, 2007

El alma de los mixtos (del Tratado de Física)




Todos los mixtos perfectos que tienen vida tienen un alma o espíritu y un cuerpo. El cuerpo está compuesto del limo o de tierra y de agua, el alma que da la forma al mixto es una chispa del fuego de la naturaleza o un rayo imperceptible de luz, que obra en los mixtos siguiendo la disposición actual de la materia y la perfección de los órganos especificados en cada uno de ellos. Si las bestias tienen un alma, sólo difiere de su espíritu en lo más o en lo menos. Las formas específicas de los mixtos, o si se quiere su alma, conserva un cierto conocimiento de su origen.
El alma del hombre se reflexiona a menudo sobre la luz divina mediante la contemplación. Ella parece querer penetrar en este santuario accesible sólo a Dios; se dirige allí sin cesar y allí vuelve finalmente. Las almas de los animales, salidas del secreto de los Cielos y de los tesoros del Sol, parecen tener una simpatía con este astro, por los diferentes presagios de su aparición, de su ocultación, del movimiento mismo de los cielos y de los cambios de temperatura del aire, que los movimientos de los animales nos anuncian. Abastecidas por el aire y casi totalmente aéreas, las almas de los vegetales brotan tanto que ponen la cabeza de su tallo en alto, como queriendo volver a su patria.
Las rocas y las piedras, formadas de agua y de tierra, se cuecen en la tierra como una obra de alfarería, es por lo que tienden hacia la tierra como formando parte de ella. Pero las piedras preciosas y los metales están más favorecidos por las influencias celestes, las primeras son como as lágrimas del Cielo y un rocío celeste congelado, es por lo que los antiguos les atribuían tantas virtudes. El Sol y los astros parecen tener también una atención particular para los metales y se diría que la naturaleza les deja el cuidado de imprimirles la forma. El alma de los metales es como aprisionada en su materia, el fuego de los filósofos la atrae para hacerle producir un hijo digno del Sol y una quintaesencia admirable que acerca el Cielo a nosotros.
La luz es el principio de la vida y las tinieblas son el de la muerte. Las almas de los mixtos son los rayos de la luz y sus cuerpos son de los abismos tenebrosos. Todo vive por la luz y todo lo que muere es privado de ella. Es de este principio, al cual se pone tan poca atención, que se dice comúnmente de un hombre muerto que ha perdido el día, la luz y como dice San Juan[1]: la luz es la vida de los hombres.
Cada mixto tiene los conocimientos que le son propios. En cuanto a los animales es suficiente reflexionar sobre sus acciones para estar convencido de ello. El tiempo de acoplarse que les es tan bien conocido, la justa distribución de las partes en los pequeños que vienen, el uso que hacen de cada miembro, la atención y el cuidado que se dan, tanto para la alimentación de sus pequeños, como para su defensa; sus diferentes afecciones de placer, de miedo, de benevolencia hacia sus maestros, sus disposiciones para recibir las instrucciones, su destreza para procurarse las necesidades de la vida, su prudencia para evitar lo que les puede dañar y tantas otras cosas que un observador puede notar, prueban que su alma está dotada de una especie de razonamiento. .
Los vegetales tienen también una facultad vital y una manera de conocer y de prever. Las facultades vitales son en ellos el cuidado de engendrar sus semejantes, las virtudes multiplicativas, nutritivas, aumentativas, sensitivas y otras. Su noción se manifiesta en el presagio del tiempo y el conocimiento de la temperatura que les es favorable para germinar y sacar sus tallos. Sus observaciones estrictas de los cambios, como leyes de la naturaleza en la elección del aspecto del cielo que les es propia, en la manera de hundir sus raíces, de elevar sus tallos, de extender sus ramas, de desarrollar sus hojas, de configurar y de colorear sus frutos, de transmutar los elementos en alimento, de infundir en sus simientes una virtud prolífica.
¿Por qué ciertas plantas sólo brotan en ciertas estaciones, aunque se siembren ellas mismas por la caída natural de sus granos, o aunque se les siembre tan pronto como han madurado? Ellas tienen desde entonces su principio vegetativo y sin embargo sólo lo desarrollan en un tiempo señalado, a menos que el arte les otorgue lo que encontrarían en la estación que les es propia. ¿Por qué una planta sembrada en una mala tierra contigua a una buena pondrá sus raíces del lado de esta última? ¿Qué es lo que enseña a una cebolla puesta en tierra, con el germen (la punta) hacia abajo a dirigirla hacia el aire? ¿Cómo la hiedra y otras plantas de tal especie, dirigen sus débiles ramas hacia los árboles que pueden sostenerlas? ¿Por qué la calabaza alarga su fruto todo lo posible hacia un vaso lleno de agua puesto al lado? ¿Qué es lo que enseña a las plantas en las cuales se observan los dos sexos a colocarse comúnmente el macho junto a la hembra y así mismo ponerse a menudo inclinados el uno hacia el otro? Declaramos que todo esto sobre pasa nuestro entendimiento, que la naturaleza no es ciega y que está gobernada por la sabiduría misma.

[1] . Evangelio de San Juan, cap. 1.

domingo, enero 14, 2007

Diferencia que hay entre estos tres reinos (del Tratado de Física)


El mineral
Se dice comúnmente de los minerales que existen y no que viven como se dice de los animales o de los vegetales, si bien se puede decir que los metales sacan de alguna manera su vida de los minerales, ya sea porque en su generación hay como una conjunción del macho y de la hembra bajo el nombre de azufre y mercurio, como por una fermentación, una circulación y una cocción continua, en la que se purifican con la ayuda de la sal de la naturaleza, finalmente se cuecen y se forman en una masa que llamamos metal; ya sea porque los metales perfectos contienen un principio de vida, o fuego innato que se vuelve lánguido y como sin movimiento bajo la dura corteza que lo encierra y es ocultado como un tesoro hasta que siendo puesto en libertad, de esta corteza, por una solución filosófica, se desarrolla y se exalta mediante un movimiento vegetativo, hasta el más alto grado de perfección que el arte puede darle.
El vegetal
Un alma o espíritu vegetativo anima a las plantas; es por él que éstas crecen y se multiplican, pero están privadas del sentimiento y del movimiento de los animales. Sus simientes son hermafroditas, aunque los naturalistas hayan señalado los dos sexos en casi todos los vegetales. El espíritu es vegetativo e incorruptible y se desarrolla en la fermentación y la putrefacción de las simientes. Aunque el grano esté podrido en tierra sin germinar, este espíritu va a unírsele en su esfera.
El animal
Los animales tienen de más que los minerales y los vegetales una alma sensitiva, principio de su vida y de sus movimientos. Son como el complemento de la naturaleza en cuanto a los seres sublunares. Dios ha distinguido y separado los dos sexos en este reino, a fin que de dos venga un tercero. Así en las cosas más perfectas se manifiesta más perfectamente la imagen de la Trinidad.
El hombre es el príncipe soberano de este bajo mundo. Todas sus facultades son admirables. Las turbaciones que se elevan en su espíritu, sus agitaciones, sus inquietudes, son como los vientos, los relámpagos, los truenos, los torbellinos y los meteoros que se elevan en el gran mundo. Su corazón, su sangre, todo su cuerpo mismo algunas veces es agitado, pero esto es como los temblores de la tierra y todo esto prueba que es verdaderamente el resumen del Universo. ¿No tenía, pues, razón David al exclamar que Dios es infinitamente admirable en sus obras? [1]

[1] . Salmos, 91, 6 y 138, 14.

Manera de ser de los mixtos, en general (del Tratado de Física)




Se observan tres maneras de ser,[1] que constituyen tres géneros, o tres clases llamados reinos, el animal, el vegetal y el mineral. Los minerales solamente se engendran en la tierra, los vegetales tienen sus raíces en la tierra y se elevan en el agua y en el aire, los animales toman nacimiento en el aire, el agua y la tierra, y el aire es para todos un principio de vida. Cualquier diferencia que los mixtos parecen tener en cuanto a sus formas exteriores no difiere en ellos, en nada, en cuanto a sus principios;[2] la tierra y el agua son la base de todos y el aire sólo entra en su composición como instrumento, así mismo como el fuego. La luz obra sobre el aire, el aire sobre el agua, el agua sobre la tierra. El agua a menudo es el instrumento de mezcla en las obras del arte, pero esta mezcla sólo es superficial, como lo podemos ver en el pan, en el ladrillo, etc. Hay otra mixtura íntima que Beccher llama central.[3] Es esta por la cual el agua es realmente mezclada con la tierra y no se puede separar sin destruir la forma del mixto. No entraremos en detalles de los diferentes grados de esta cohesión a fin de ser más breve. Se puede ver todo esto en la obra que acabamos de citar.

[1] . Cosmopolita, Nueva Luz Química, trat. 7.
[2] . Cosmopolita, Ibidem, trat. 2.
[3] . Beccher, Física subterranea, secc. I, cap. 4.

sábado, enero 13, 2007

Las Operaciones de la Naturaleza (del Tratado de Física)

La sublimación, el descenso y la cocción son tres instrumentos o maneras de operar que la naturaleza emplea para perfeccionar sus obras. Mediante la primera evacua la humedad superflua, que sofocaría al fuego e impediría su acción en la tierra, su matriz. Por el descenso devuelve a la tierra la humedad de la que los vegetales o el calor la han privado. La sublimación se hace por la elevación de los vapores en el aire, donde estos se condensan en nubes. La segunda se hace por la lluvia o como rocío. El buen tiempo sucede a la lluvia y la lluvia al buen tiempo alternativamente; una lluvia continua lo inundaría todo y un perpetuo buen tiempo lo desecaría todo. La lluvia cae gota a gota, porque vertida en mucha abundancia lo arruinaría todo, como un jardinero que regara sus simientes a cubos llenos. Es así como la naturaleza distribuye sus beneficios con peso, medida y proporción. La cocción es una digestión del humor crudo destilado en el seno de la tierra, una maduración y una conversión de este humor en alimento mediante su fuego secreto.
Estas tres operaciones están realmente juntas y ligadas, ya que el fin de la una es el comienzo de la otra. La sublimación tiene por objeto convertir una cosa pesada en una ligera, una exhalación en vapores, atenuar el cuerpo craso e impuro y despojarlo de sus heces, hacer tomar a estos vapores las virtudes y propiedades de las cosas superiores, y finalmente, desembarazar la tierra del humor superfluo que impediría sus producciones. A penas son sublimados, estos vapores, se condensan en lluvia y de espirituosos e invisibles que eran se convierten, un instante después, en un cuerpo denso y acuoso, para recaer sobre la tierra e imbibirla del néctar celeste del cual ha sido impregnado durante su estancia en los aires. Tan pronto como la tierra lo ha recibido, la naturaleza trabaja para digerirlo y cocerlo.
Cada animal, el más vil gusano, es un pequeño mundo donde todas estas cosas se hacen. Si el hombre busca el mundo fuera de sí mismo lo encontrará por todo. El Creador ha fabricado una infinidad de esta misma materia, sólo la forma es diferente. La humildad, pues, conviene perfectamente al hombre y la gloria sólo a Dios.
El agua contiene un fermento, un espíritu vivificante, que derrama las naturalezas superiores sobre las inferiores, de las que ella es impregnada al errar en los aires y que deposita seguidamente en el seno de la tierra. Este fermento es una simiente de vida, sin la cual el hombre, los animales y los vegetales no vivirían y no engendrarían nada. Todo respira en la naturaleza y el hombre no vive sólo de pan sino de este espíritu aéreo que aspira sin cesar.
Sólo Dios y la naturaleza, su ministro, saben hacerse obedecer por los elementos materiales, principio de los cuerpos. El arte sabría alcanzarlo allí; pero los tres que resultan de ello, se vuelven sensibles en la resolución de los mixtos. Los químicos los nombran: azufre, sal y mercurio, que son los elementos principiados. El mercurio se forma por la mezcla del agua y de la tierra, el azufre de la tierra y del aire y la sal de la condensación del aire y del agua. El fuego de la naturaleza se une allí como principio formal. El mercurio está compuesto de una tierra grasa viscosa y de un agua límpida. El azufre de una tierra muy seca, muy sutil, mezclada con la humedad del aire. La sal, de un agua crasa, póntica y de un aire crudo que se encuentra embarazado. Véase la Física subterránea de Becher.
Demócrito ha dicho que todos los mixtos estaban compuestos por átomos, este sentimiento no parece nada alejado de la verdad, cuando se pone atención a lo que la razón nos dicta y a lo que la experiencia nos demuestra. Este filósofo ha querido, como los otros, bajo esta manera obscura, explicar la verdadera mezcla de los elementos, que, por ser conformes a las operaciones de la naturaleza, debe de hacerse íntimamente o como se dice: per minima & actu indivisibila corpuscula. Sin ésta las partes no serían un todo continuo. Los mixtos se resuelven en un vapor muy sutil mediante la destilación artificial y ¿no es la naturaleza una obrera más hábil que el hombre más experimentado? Esto es todo lo que Demócrito ha querido decir.



Fuego (1) (del Tratado de Física)



Algunos antiguos colocaban el fuego, como cuarto elemento, en la región más alta del aire, porque lo consideraban como el más ligero y el más sutil. Pero el fuego de la naturaleza no difiere en nada del fuego celeste; es por lo que Moisés no hace ninguna mención en el Génesis, porque había dicho que la luz fue creada el primer día.
El fuego que se usa comúnmente es en parte natural y en parte artificial. El Creador ha reunido dentro del Sol un espíritu ígneo, principio del movimiento y un calor dulce, tal como le es necesario a la naturaleza para sus operaciones. Lo comunica a todos los cuerpos y excitando y desarrollando el fuego que les es innato, conserva el principio de generación y de vida. Cada individuo participa de él más o menos. Quien busca dentro de la naturaleza otro elemento que el fuego ignora lo que es el Sol y la luz. Está alojado en el húmedo radical como en el lugar que le es propio. En los animales parece haber establecido su domicilio principal en el corazón, que lo comunica a todas las partes como el Sol lo hace a todo el Universo.
El fuego de la naturaleza es su primer agente. Reduce las simientes de potencia a acto.  En cuanto deja de actuar cesa todo movimiento aparente y toda la acción vital. La luz es el principio del movimiento y este es la causa del calor. Es por lo que la ausencia de Sol y de luz produce tan grandes efectos sobre los cuerpos. El calor penetra en el interior más opaco y más duro y anima la naturaleza escondida y adormecida. La luz sólo penetra los cuerpos diáfanos y su propiedad es manifestar los accidentes sensibles de los mixtos. El Sol es, pues, el primer agente natural y universal.

Al salir el Sol, la luz se irradia sobre los cuerpos densos, tanto celestes como terrestres, pone sus facultades en movimiento, las arrebata, las refleja con ella y las expande tanto en el aire superior como en el inferior. El aire, al tener la disposición de mezclarse con el agua y la tierra se convierte en vehículo de estas facultades y las comunica a los cuerpos que están formados, o que son susceptibles de ello por la analogía que tienen con ellas. Éstas son las facultades que se llaman influencias. Muchos físicos niegan su existencia porque no las conocen.
El fuego se divide en tres: el celeste, el terrestre o central y el artificial. El primero es el principio de los otros dos y se distingue en fuego universal y fuego particular. El universal, extendido por todas partes, excita y pone en movimiento las virtudes de los cuerpos; calienta y conserva las simientes de las cosas infusas en nuestro globo, destinado a servir de matriz. Desarrolla el fuego particular, mezcla los elementos y da forma a la materia.
 El fuego particular es innato e implantado en cada mixto con su simiente. Sólo actúa cuando es excitado, entonces hace en una parte del Universo lo que su padre el Sol hace en todo. Donde quiera que haya generación, necesariamente está el fuego como causa eficiente. Los antiguos lo pensaban así, como nosotros.[1] Pero es sorprendente que hayan admitido contrariedad y oposición entre el fuego y el agua, puesto que no hay agua sin fuego y siempre actúan en acuerdo en las generaciones de los individuos.
Al contrario, todo ojo un poco clarividente debe percibir un amor, una simpatía que produce la conservación del Universo, el cubo de la naturaleza y la ligadura más sólida para unir los elementos y las cosas superiores con las inferiores. Este mismo amor es, por así decirlo, por lo que se debería llamar a la naturaleza, el ministro del Creador, quien emplea los elementos para ejecutar sus voluntades, según las leyes que Él le ha impuesto. Todo se hace en el mundo en paz y en unión, y eso no puede ser un efecto del odio y la contrariedad. La naturaleza no sería tan parecida a ella misma en la formación de los individuos de una misma especie, si todo en ella no se hiciera en acuerdo. Sólo veríamos salir monstruos de la simiente heterogénea de padres perpetuamente enemigos que se combatirían sin cesar. ¿Vemos a los animales trabajar por odio y por contrariedad en la propagación de sus especies? Juzguemos otras operaciones de la naturaleza para ello, sus leyes son simples y uniformes.
Que la filosofía cese, pues, de atribuir la alteración, la corrupción, la caducidad y la decadencia de los mixtos a la pretendida contrariedad entre los elementos; ella se encuentra en la penuria y la debilidad propia de la primera materia; pues en el caos, Frigida non pugnabant calidis, humentia ficcis. Allí todo era frío y húmedo, cualidades que convienen a la materia, como hembra. El calor y lo seco, cualidades masculinas y formales, le llegan de la luz, de la que ha recibido la forma. También, sólo después de la retirada de las aguas la tierra fue llamada árida o seca. Vemos en esto que el calor y lo seco dan la forma a todo. Un alfarero nunca tendría éxito al hacer un vaso si la sequedad no diera a su tierra un cierto grado de ligadura y solidez. La tierra está muy mojada y muy blanda, es el barro, es un limo que no tiene ninguna forma determinada.
Tal era el caos antes de que el calor de la luz lo hubiera rarificado y evaporado una parte de su humedad. Las partes se acercaron más, el limo del caos se volvió tierra, una tierra de consistencia propia para servir de materia a la formación de todos los mixtos de la naturaleza. El calor y lo seco sólo son, pues, cualidades accidentales en la primera materia, esta ha sido dotada de ellos recibiendo la forma.[2] En el Génesis no se dice que Dios encontrara el caos muy bueno, como lo afirma de la luz y de las otras cosas. El abismo parece haber adquirido un grado de perfección sólo cuando empezó a producir. La confusión, la deformidad, una densidad opaca, una frialdad, una humedad indigesta y una impotencia eran su patrimonio; cualidades que indican un cuerpo lánguido, enfermo, dispuesto a la corrupción. Ha conservado alguna cosa de esta mancha original y primitiva y ha infectado a todos los cuerpos que han salido para ser emplazados en esta baja región. Es por lo que todos los mixtos tienen una manera de ser pasajera, en cuanto a la determinación de su forma individual y específica.
Por más opuestas que parezcan la luz y las tinieblas, tras haber concurrido, la una como agente y la otra como paciente, a la formación del Universo, han hecho en este concurso de sus cualidades contrarias, un tratado de paz casi inalterable, que ha pasado a la familia homogénea de los elementos, de donde ha seguido la generación apacible de todos los individuos. La naturaleza se complace en la combinación y lo hace todo mediante proporción, peso y medida y no por contrariedad.

[1] . Y en él tiene su origen el humano, y el bruto, y el ave y cuanto monstruo cría, en sus senos marmóreos Océano. Centella celestial, ígnea energía, vida a esos seres da, germen temprano, en cuanto no los rinden a porfía, el fardo de la carne, los mortales órganos y ataduras mundanales. Eneida, VI, 148.
[2] . Génesis, 1.

viernes, enero 12, 2007

Fuego (2) (del Tratado de Física)


Cada elemento tiene en propiedad una de las cualidades de las que hablamos. El calor, lo seco, lo frío y lo húmedo son las cuatro ruedas que la naturaleza emplea para producir el movimiento lento, graduado y circular el cual parece actuar en la formación de todas sus obras. El fuego, su agente universal, es el principio del fuego elemental. El que se nutre de todas las cosas grasas, porque todo lo que es graso es de naturaleza húmeda y aérea. Aunque en el exterior nos parece seco, tal como el azufre, la pólvora en el cañón, etc., la experiencia nos enseña que este exterior oculta un húmedo graso, untuoso y oleoso, que se resuelve en el calor.
Los que han imaginado que los cuerpos duros se formaban en el aire, tales como las piedras de centellas, están equivocados si los han considerado como cuerpos propiamente terrestres. Es una materia que pertenece al elemento grosero del agua, un humor graso, viscoso, encerrado en las nubes como en un horno, donde se condensa mezclándose con las exhalaciones sulfurosas, en consecuencia calientes y muy fáciles de inflamar. El aire que se encuentra encerrado muy apretado por la condensación, se rarifica allí por el calor y hace el mismo efecto que la pólvora de cañón en una bomba; el vaso estalla, el fuego propagado en el aire, desembarazado de sus ligaduras por el movimiento, produce esta luz y este ruido que sorprende a menudo a los más intrépidos.
 Nuestro fuego artificial y común tiene las propiedades completamente contrarias al fuego de la naturaleza, aunque lo tenga por padre. Es enemigo de toda generación y sólo se mantiene de la ruina de los cuerpos; sólo se alimenta de rapiña; lo reduce todo a cenizas y destruye todo lo que el otro compone. Es un patricida, el más gran enemigo de la naturaleza; si no se sabe poner diques a su furor, lo asola todo. ¿Es sorprendente, pues, que los sopladores vean perecer todo entre sus manos, sus bienes y su salud desvanecerse en humo y una ceniza inútil y sin remedio?
La proximidad del agua y de la tierra hace que estén casi siempre mezcladas. El agua diluye la tierra y esta espesa al agua, formándose así el limo. Si se expone esta mezcla a un calor vivo, cada elemento visible retorna a su esfera y la forma del cuerpo se destruye. Emplazada entre la tierra y el aire, el agua es propiamente la causa de las revoluciones, del desorden, de la turbación, de la agitación y del trastorno que se observa en el aire y la tierra. Oscurece el aire mediante negros y peligrosos vapores e inunda la tierra, trae la corrupción en el uno y en la otra y por su abundancia o su escasez turba el orden de las estaciones y de la naturaleza. En fin, produce tantos males como bienes. Algunos antiguos decían que el Sol presidía particularmente al fuego, y la Luna al agua, porque observaban al Sol como la fuente del fuego de la naturaleza y la Luna como principio de humedad. Lo que ha hecho decir a Hipócrates[1] que los elementos fuego y agua lo podían todo porque lo encerraban todo.

[1] . Hipócrates, Dioetâ, lib. 1.

martes, enero 09, 2007

Aire (del Tratado de Física)



El aire es ligero y no es visible, pero contiene una materia que se corporifica, que se vuelve fija. Es de una naturaleza medianera entre lo que está por encima y por debajo de él, es por lo que toma fácilmente las cualidades de sus vecinos. De ahí vienen los cambios que nosotros experimentamos en la región baja, tanto el frío como el calor. El aire es el receptáculo de las simientes de todo, la criba de la naturaleza por la cual las virtudes y las influencias de los otros cuerpos se nos transmiten. Lo penetra todo. Es un humo muy sutil, el sujeto propio de la luz y de las tinieblas, del día y la noche; un cuerpo siempre lleno, diáfano y el más susceptible de las cualidades ajenas, así como el más fácil para abandonarlas. Los filósofos lo llaman espíritu cuando tratan de la gran obra. Contiene los espíritus vitales de todos los cuerpos y es alimento del fuego, de los vegetales y de los animales, que mueren cuando se les sustrae. Nada nacería en el mundo sin su fuerza penetrante y alterante y nada puede resistir a su rarefacción.
La región superior del aire, vecina de la Luna, es pura sin ser ígnea, como se ha enseñado durante  mucho tiempo en las escuelas, sobre la opinión de los antiguos. Su pureza no está ensuciada por ninguno de los vapores que se elevan desde la base. El medio recibe las exhalaciones sulfurosas más sutiles, desembarazadas de los vapores groseros. Estas exhalaciones yerran allí y se inflaman de cuando en cuando por sus movimientos y a causa de los diferentes choques que se producen entre ellas. Estos son los meteoros que nosotros percibimos.

En la región baja se elevan y se reúnen los vapores de la tierra. Se condensan por el frío y recaen por su propio peso. La naturaleza rectifica así el agua y la purifica para volverla apropiada para sus generaciones. Es por lo que se distinguen las aguas en superiores y en inferiores. Estas están contenidas en la tierra y están apoyadas como su base, y no forman más que un globo con ella. Las superiores ocupan la región baja del aire donde son elevadas en forma de vapores y de nubes y donde yerran a voluntad de los vientos. El aire está lleno siempre de ellas, pero sólo se manifiestan a nuestra vista en parte, cuando se condensan en nubes.
Es una consecuencia de la creación. Dios separó las aguas del firmamento de las que estaban debajo. No debe de sorprender que todas estas aguas reunidas hayan podido cubrir la faz de la tierra y formado un diluvio universal puesto que la cubrían antes de que Dios las hubiera separado.[1] Estas masas húmedas que vuelan sobre nuestras cabezas, son como viajeros que van a recoger riquezas de todos los países, y vuelven a gratificar a su patria.


[1] . Génesis, 5.







domingo, enero 07, 2007

Agua (del Tratado de Física)



El agua es de una naturaleza de densidad media entre la del aire y la de la tierra. Es el menstruo de la naturaleza y el vehículo de las simientes. Es un cuerpo volátil que parece huir del alcance del fuego y se exhala en vapores al más ligero calor. Es susceptible de todas las figuras y más cambiante que Proteo. El agua es un mercurio que tomando la naturaleza de un cuerpo tierra-agua como el de un cuerpo agua-aire, va a buscar las virtudes de las cosas superiores e inferiores. Viene a ser por este medio el mensajero de los dioses y su mediador; es por él que se produce el comercio entre el cielo y la tierra.
Una flema untuosa es esparcida en el agua.[1] Eller lo ha reconocido en sus observaciones. Un agua –dice– muy purificada y muy liberada de todas las partes heterogéneas (a la manera de los químicos vulgares) puede ser suficiente para la vegetación. Ella abastece la tierra, base de la solidez de las plantas, así mismo expande en ella esta parte inflamable, oleosa o resinosa que allí se encuentra. Que se tome una tierra después de haber sido lavada y secada al fuego, en la cual se habrá asegurado que no contiene ninguna simiente de plantas; que se la exponga al aire en un vaso y se tenga el cuidado de regarla con agua de lluvia,  ella producirá pequeñas plantas en gran número; ello prueba que es el vehículo de las simientes. Como el agua es de una naturaleza muy cercana a la de la primera materia del mundo, se convierte fácilmente en su imagen. El caos de donde todo ha salido era como un vapor o una substancia húmeda, parecida a un humo sutil. Habiéndola rarificado la luz, se formaron los cielos de la porción más sutilizada, el aire de la que lo era un poco menos, el agua elemental de la que era un poco más grosera y la tierra de la más densa y como de las heces.[2] El agua, pues, participando de la naturaleza del aire y de la tierra, se encuentra emplazada en el medio. Más ligera que la tierra y menos que el aire, siempre está mezclada con la una o con el otro. A la menor rarefacción parece abandonar la tierra para tomar la naturaleza del aire, y si es condensada por el menor frío, deja el aire y va a reunirse con la tierra. La naturaleza del agua es antes húmeda que fría, porque es más rara y más abierta a la luz que la tierra. El agua ha conservado la humedad de la primera materia y del caos, la tierra ha retenido la frialdad.

 La sequedad es un efecto tanto del frío como del calor, lo húmedo es el principal sujeto sobre el cual lo caliente y lo frío actúan. Cuando aquel es vivo condensa y desecha lo húmedo; lo vemos en la nieve,  el hielo, el granizo; de ahí viene la caída de las hojas en otoño. El frío aumenta, sucede el invierno, lo húmedo se coagula en las plantas, los poros se cierran, el tallo se vuelve débil y falto de alimento; finalmente se secan. Si el invierno es riguroso, trae la sequedad hasta las raíces, ataca al húmedo vital y las plantas perecen. ¿Cómo se puede decir después de esto que el frío es una cualidad del agua puesto que es su enemigo, y que la naturaleza no sufre que un elemento actúe sobre sí mismo? Parece que se habla un poco más concretamente cuando se dice que el frío ha quemado las plantas.  El frío y el calor queman igualmente, pero de una manera diferente, el calor dilatando y  el frío constriñendo las partes del mixto.
Lo que el agua nos presenta visiblemente es volátil, su interior es fijo. El aire templa su humedad. Lo que el aire recibe del fuego lo comunica al agua y ésta a la tierra. Se puede dividir este elemento en tres partes: el puro, el más puro y el muy puro;[3] de éste han sido hechos los cielos, de lo más puro del aire, y el simplemente puro permanece en su esfera, es el agua ordinaria, que forma un globo con la tierra. Estos dos elementos reunidos lo hacen todo, porque contienen a los otros dos. De su unión nace un limo, del que la naturaleza se sirve para formar todos los cuerpos. Este limo es la materia cercana a todas las generaciones. Es una especie de caos donde los elementos están como confundidos. Nuestro primer padre ha sido formado del limo, lo mismo que todas las generaciones que le han seguido. Del esperma y del menstruo se forma un limo y de este limo un animal.
 En la producción de los vegetales, las simientes se pudren y se transforman en limo antes de germinar. Seguidamente se consolida y se afirma en cuerpo vegetal. En la generación de los metales, el azufre y el mercurio se resuelven en un agua viscosa que es un verdadero limo. La decocción coagula esta agua, la fija más o menos y de ellos resultan los minerales y los metales. En la obra filosófica, se forma primero un limo de dos substancias o principios, después se han de purificar bien. Como los cuatro elementos se encuentran allí, el fuego preserva la tierra del sumergimiento y de la disolución completa, el aire alimenta al fuego y el agua conserva la tierra de los ataques violentos de este último; actuando así los unos sobre los otros, en concierto, resulta un todo armónico que compone esto que llaman la piedra filosofal y el microcosmos.

[1] . Memorial de la Academia de Berlín.
[2] . Raimon Llull, Testamento, Antigua Teoria.
[3] . Cosmopolita, del Agua.

sábado, enero 06, 2007

Tierra (del Tratado de Física)



La tierra es fría en su naturaleza porque participa más de la primera materia que es opaca y tenebrosa. Este frío hace el cuerpo mas pesado, como más denso, y esta densidad la vuelve menos penetrable por la luz, que es el principio del calor. Ella ha sido creada en medio de las aguas, con las cuales siempre está mezclada, y el Creador parece haberla vuelto árida en su superficie para convertirla propiamente en morada de los vegetales y de los animales. El Creador ha hecho la tierra esponjosa, a fin de que el aire, el agua y el fuego tuvieran un acceso más libre, y que el fuego interno, que le fue insuflado por el espíritu de Dios, antes de la formación del Sol,[1] pudiera hacer subir las virtudes de los elementos desde el centro a la superficie, exhalando así estos vapores húmedos que corrompen las semillas de las cosas mediante una ligera putrefacción, preparándolas para la generación. Estas semillas reciben después el calor celeste y vivificante atrayéndolo mediante un amor magnético, entonces el germen se desarrolla y la simiente produce su fruto.
 El calor que hay en el centro de la tierra sólo es propio a la corrupción. Su humedad lo debilita y no sabría producir nada si no fuera ayudado por el calor celeste,
 puro y sin mezcla, que lleva a la generación excitando la acción del fuego interno, desarrollándolo, dilatándolo y sacándolo, por así decirlo, del centro de la semilla donde está escondido y dormido. Estos dos calores, por su homogeneidad, trabajan en concierto para la generación y la conservación de los mixtos.

Todo frío es contrario a la generación. Cuando una materia es de esta naturaleza se vuelve pasiva y sólo es apropiada para ello si es ayudada y corregida mediante un socorro extranjero. El Autor de la naturaleza, queriendo que la tierra fuera la matriz de los mixtos, la calienta en consecuencia continuamente mediante el calor de los fuegos celeste y central y le une la naturaleza húmeda del agua a fin de que, ayudada por los principios de la generación, lo caliente y lo húmedo, no sea estéril y se convierta en el vaso donde se hacen todas las generaciones.[2]
Es por esta razón que se dice que la tierra contiene a los otros elementos. Ella puede ser dividida en tierra pura y tierra impura. La primera es la base de todos los mixtos y produce todo mediante la mezcla con el agua y la acción del fuego. La segunda es como el vestido de la primera y entra como parte integrante en la composición de los individuos. La pura es animada por un fuego que vivifica los mixtos y los conserva en su manera de ser, mientras que el frío de la impura no la domine, o que no sea demasiado excitado y tiranizado por el fuego artificial y elementario, su fratricida. Éste que es visible en la tierra es fijo y el que es invisible es volátil

[1] . Cosmopolita, Nueva Luz Química, trat. 4.
[2] . Cosmopoliota, ibid.







viernes, enero 05, 2007

Los Elementos (del Tratado de Física)



Desde el comienzo la naturaleza sólo empleó dos principios simples, de los que está formado todo lo que existe, a saber, la primera materia pasiva y la plata luminosa que le da la forma. Lo elementos salieron de su acción como principios secundarios, la mezcla de los cuales forma una segunda materia sujeta a las vicisitudes de la generación y de la corrupción. En vano se imaginará que mediante el arte químico se pueda adquirir y separar los elementos absolutamente simples y distintos unos de otros. El mismo espíritu humano no los conoce. Estos que vulgarmente se les da el nombre de elementos no son realmente simples y homogéneos, están mezclados y unidos de tal manera que son inseparables. Los cuerpos sensibles de la tierra, del agua y del aire, que en sus esferas son realmente distintos, no son los primeros elementos simples que la naturaleza emplea en sus diversas generaciones. Estos parecen ser sólo la matriz de los otros. Los elementos simples son imperceptibles e insensibles, hasta que su reunión constituye una materia densa, que nosotros llamamos cuerpos, a la cual se unen los elementos groseros como partes integrantes.

Los elementos que constituyen nuestro globo son muy crudos, impuros e indigestos para formar una generación perfecta. Intempestivamente los químicos y los físicos les atribuyen las propiedades de los verdaderos elementos principales. Estos son como el alma de los mixtos, los otros sólo son los cuerpos. El arte ignora los primeros y trabajaría en vano al reducir los mixtos, pues eso es obra de la naturaleza solamente.
Sobre estos principios los antiguos filósofos distinguieron los elementos en tres solamente, figuraron al Universo gobernado por tres hermanos, hijos de

Saturno, del que dijeron que era hijo del Cielo y de la Tierra. Los egipcios, de los que los antiguos filósofos griegos habían tomado su filosofía, observaron a Vulcano como padre de Saturno, si creemos a Diodoro de Sicilia. Sin duda es la razón por la que se les puede determinar el hecho de no poner al fuego entre el número de los elementos. Pero como suponían que el fuego de la naturaleza, principio del fuego elemental, tenía su fuente en el cielo, dieron su dominio a Júpiter,
y por cetro y marca distintiva lo armaron con un rayo de tres puntas y le asociaron por mujer a su hermana Juno,
 figurando que presidía el aire. Neptuno fue constituido sobre el mar y Plutón sobre los infiernos. Los poetas adoptaron estas ideas de los filósofos, que conocían perfectamente la naturaleza, juzgaron a propósito de ello distinguirla solamente en tres, persuadidos de que los accidentes que diferencian la región baja del aire de la superior, no sugerían una razón suficiente para hacer una distinción real. Sólo remarcaron una diferencia, la de lo seco y lo húmedo, de calor y de frío unidos juntamente, es lo que hizo imaginar los dos sexos en el mismo elemento.
Cada uno de los tres hermanos tenía un cetro de tres puntas como señal de su dominio, y para dar a entender que cada elemento, tal como lo vemos, es un compuesto de tres. Ellos eran propiamente hermanos, puesto que habían salido de un mismo principio, hijos del cielo y de la tierra, es decir la primera materia animada, de lo que todo ha sido hecho.

Plutón es llamado rey de las riquezas y señor de los infiernos, porque la tierra es la fuente de las riquezas y porque nada atormenta tanto a los hombres como la sed de riquezas y la ambición.
No es muy difícil de aplicar el resto de la fábula a la física. Muchos autores están ejercitados sobre esta materia y han demostrado que los antiguos sólo se proponían instruir mediante la invención de estas fábulas. Los filósofos herméticos, que se deleitan de ser los verdaderos discípulos y los imitadores de la naturaleza, hicieron una doble aplicación de estos principios, viendo en los procesos y los progresos de la gran obra las operaciones de la naturaleza, como en un espejo, no distinguieron más a unos de otros y los explicaron de la misma manera. Compararon entonces todo lo que pasa en la obra a los progresos sucesivos de la creación del Universo, por una cierta analogía que creían observar allí. ¿Es sorprendente que todas sus ficciones tuvieran a estas dos cosas por objeto? Si se reflexionara sobre ello, no se encontraría nada de ridículo en sus fábulas. Si lo personificaron todo, fue para volver sus ideas más sensibles, pronto se les reconocería algo más que las acciones ridículas y licenciosas que atribuían a sus pretendidos dioses, pues sólo eran operaciones de la naturaleza, que nosotros vemos todos los días sin ponerles atención. Queriéndose explicar sólo mediante alegorías, ¿podían suponer las cosas hechas de otra manera y por otros actores? Nuestra ignorancia en la física no nos da ningún privilegio como para burlarnos de ellos y de imputarles el ridículo que quizás harían recaer fácilmente sobre nosotros si estuvieran sobre la tierra, para explicarse al estilo del siglo presente. El análisis de los mixtos sólo nos da lo seco y lo húmedo, de donde se debe concluir que sólo hay dos elementos sensibles en el compuesto de los cuerpos, a saber, la tierra y el agua. Pero la experiencia misma nos muestra que los otros dos están allí ocultos. El aire es muy sutil para hacer impresión en nuestros ojos, el oído y el tacto son los únicos sentidos que nos demuestran su existencia. En cuanto al fuego de la naturaleza, es imposible para el arte manifestarlo de otra manera que mediante sus efectos.

miércoles, enero 03, 2007

El Hombre (1) (del Tratado de Física)



Dios al corporificarse, por así decirlo, por la creación del mundo, no creyó que fuera suficiente el haber hecho tan bellas cosas; quiso poner el sello de su Divinidad y manifestarse aún más perfectamente mediante la formación del hombre. A este efecto lo hizo a su imagen y a la del mundo. Le dio un alma, un espíritu y un cuerpo; de estas tres cosas reunidas en un mismo sujeto constituyó la humanidad. Compuso este cuerpo de un limo extraído de la más pura substancia de todos los cuerpos creados. Sacó su espíritu de todo lo que había de más perfecto en la naturaleza, le dio un alma hecha por una especie de extensión de sí mismo. Es Hermes quien habla.[1]
El cuerpo representa el mundo sublunar, compuesto de tierra y de agua; es por esto que está compuesto de sequedad y humedad, o de hueso, carne y sangre. El espíritu infinitamente más sutil, ocupa el medio entre el alma y el cuerpo, y sirve como de ligadura para unirlos, porque sólo se pueden reunir dos extremos por un medio. Por su virtud ígnea vivifica y pone el cuerpo bajo la conducción del alma, que es su ministro; a veces se rebela a sus órdenes, sigue sus propias fantasías y su inclinación. Representa el firmamento, cuyas partes constituyentes son infinitamente más sutiles que las de la tierra y del agua. El alma, finalmente, es la imagen de Dios mismo, y la luz del hombre.
El cuerpo saca su alimento de la más pura substancia de los tres reinos de la naturaleza, que pasan sucesivamente del uno al otro para desembocar en el hombre, que es el fin, el complemento y el compendio. Habiendo sido hecho de tierra y de agua, solamente puede nutrirse de una manera análoga, es decir, de agua y de tierra, y es necesario que allí se resuelva. El espíritu se nutre del espíritu del Universo y de la quintaesencia de todo lo que le constituye, porque ha sido hecho de ello. El alma del hombre se mantiene de la luz divina de la que saca su origen.
La conservación del cuerpo es confiada al espíritu. Este trabaja los alimentos groseros que tomamos de los vegetales y de los animales, en los laboratorios practicados en el interior del cuerpo. Separa lo puro de lo impuro, guarda y distribuye en los diferentes vasos la quintaesencia análoga a aquella de la que el cuerpo fue hecho, sea para un aumento de volumen o sea para mantenerle; y devuelve y rechaza lo impuro y heterogéneo por las vías destinadas a este uso. Este es el verdadero arqueo de la naturaleza, que Van Helmont[2] supone emplazado en el orificio del estómago; pero no parece haber tenido una idea clara, ya que habla de una manera embrollada volviéndose casi ininteligible.
Este arqueo es un principio ígneo, principio de calor, de movimiento y de vida, que anima el cuerpo y conserva su manera de ser durante el tiempo que la debilidad de los órganos lo permita. Se nutre de los principios análogos a sí mismo que extrae sin cesar por la respiración;
 es por lo que la muerte sucede a la vida casi en el momento en que la respiración es interceptada. El cuerpo es por sí mismo un principio de muerte análoga a esta masa informe, fría y tenebrosa de la que Dios formó el mundo. Representa las tinieblas. El espíritu tiene y participa de esta materia animada por el espíritu de Dios que al principio era llevado sobre las aguas y que por la luz que esparció infundió en la masa este calor que le da el movimiento y la vida a toda la naturaleza, y esta virtud fecundante, principio de generación que suministró a cada individuo le da el medio de multiplicar su especie.
Infundido en la matriz con la simiente misma que él anima, trabaja allí para formar y perfeccionar la morada y el alojamiento que él debe habitar, según la especie, la cualidad de los materiales suministrados y según la disposición de los lugares y la especificación de la materia. Si los materiales son de buena calidad, el edificio será muy sólido, el temperamento muy fuerte y muy vigoroso. Si son malos, el cuerpo será muy débil y menos apropiado para resistir los perpetuos asaltos que tendrá que sostener mientras subsista. Si la materia es susceptible de una organización más desligada, más combinada y más perfecta, el espíritu lo hará de manera que él pueda ejercer a continuación su acción con toda la libertad y facilidad posible.
Por poco que un hombre sensato reflexione sobre sí mismo y que haga la anatomía de su compuesto, encontrará pronto estos tres principios de su humanidad que son realmente distintos, pero reunidos en un solo individuo.[3]
Que los pretendidos espíritus fuertes, que los materialistas ignorantes y poco acostumbrados a reflexionar seriamente, entren de buena fe en ellos mismos y sigan paso a paso cada pequeño detalle del hombre; reconocerán pronto su extravío y la debilidad de sus principios. Verán que su ignorancia les hace confundir al rey con el ministro y los súbditos, el alma con el espíritu y el cuerpo. En fin, que un príncipe es responsable de sus propias acciones y las de su ministro cuando este las hace por sus órdenes o por su consentimiento y su aprobación.
Salomón confunde a los materialistas de su tiempo y nos enseña a un mismo tiempo que ellos también razonaban locamente como los de nuestros días. Ellos han dicho,[4] hablando insensatamente: El tiempo de la vida es corto y enojoso; no tenemos ni bienes ni placeres al esperar presta nuestra muerte; nadie ha venido del otro mundo para enseñarnos lo que se dice y lo que pasa allí, porque hemos nacido de nada y después de nuestra muerte será como si no hubiéramos existido, es un humo lo que respiramos, 
una chispa que da movimiento a nuestro corazón; una vez apagada esta chispa nuestro espíritu se disipará en los aires, y nuestro cuerpo no será más que ceniza y polvo... Venid pues, amigos, aprovechemos los bienes presentes; disfrutemos de las criaturas, divirtámonos mientras somos jóvenes... Es así como han pensado y como han caído en el error, porque sus pasiones y la malicia de su corazón les ha cegado. Han ignorado las promesas firmes y duraderas de Dios; no han esperado la recompensa prometida a la justicia, no han querido tener el buen sentido y el suficiente juicio para reconocer el honor y la gloria que está reservada a las almas santas y piadosas, puesto que Dios ha creado al hombre a su imagen y lo ha hecho inexterminable.
Se ve claramente en este capítulo la distinción del espíritu y del alma. El primero es un vapor ígneo, una chispa, un fuego que da la vida animal y el movimiento al cuerpo, que se disipa en el aire cuando los órganos se destruyen. El alma es el principio de las acciones voluntarias y meditadas, sobrevive a la destrucción del cuerpo y a la disipación del espíritu. Este capítulo determina, en consecuencia, el sentido de las palabras del mismo autor:[5] La condición del hombre es la misma que la de las bestias, los unos y los otros respiran y la muerte de las bestias es la misma que la del hombre.
[1] . El Nous oh, Tat, está sacado de la substancia misma de Dios, si es que hay alguna substancia de Dios: en cuanto a saber de qué naturaleza resulte ser esta substancia, sólo Dios se conoce exactamente. El Nous no está troceado de la substancialidad de Dios, sino que se despliega, por así decirlo, a partir de esta fuente como la luz a partir del sol. En los hombres, este Nous es Dios: también algunos de los hombres son dioses, y está su humanidad muy cercana a la divinidad. Poimandrés, cap. 12, 1.
[2] . Van Helmont, Tratado de las enfermedades, 1ª parte.
[3] . Nicolás Flamel, Explicación de las Figuras Jeroglíficas, cap. 7.
[4] . Sabiduría, cap. 2[5] . Eclesiastés, 3, 19 y ss.














El Hombre (2) (del Tratado de Física)



Este vapor ígneo, esta parcela de luz anima el cuerpo del hombre y le hace adquirir fuerzas. En vano se busca el lugar particular donde el alma tiene su residencia, donde ella es la dueña. Es la morada particular de este espíritu que se habría de buscar; pero inútilmente se le querría determinar. Todas las partes del cuerpo son animadas, está repartido por todo. Si la presión de la glándula pineal o el cuerpo calloso contienen la acción de este espíritu, no es que él habite allí en particular; es que las fuerzas que emplea el espíritu para hacer mover la máquina, resultan allí mediatamente o inmediatamente. Su acción es empujar por esta presión, y el espíritu que está repartido por todo no puede más que hacerlas obrar. 
La tenuidad de este vapor ígneo es demasiado grande para ser percibido por los sentidos de otro modo que por sus efectos. Ministro de Dios y del alma en los hombres, sigue únicamente en los animales las impresiones y las leyes que el Creador le ha impuesto para animarles y darles el movimiento conforme a sus especies. Él se hace todo en todo y se especifica en el hombre y en los animales según sus órganos. De ahí viene la conformidad que se señala en un gran número de acciones de los hombres y de las bestias. Dios se sirve como de un instrumento en medio del cual los animales ven, gustan, huelen y oyen. Lo ha constituido bajo sus órdenes como guía de sus acciones. Lo especifica en cada uno de ellos, según la diferente especificación que ha querido dar a sus órganos. De ahí la diferencia de sus caracteres y sus diferentes maneras de obrar, pero sin embargo siempre uniformes en cuanto a cada uno en particular, tomando siempre el mismo camino para llegar a un mismo objetivo, cuando no se encuentran obstáculos.

El espíritu al que se llama ordinariamente instinto, cuando actúa en los animales, determinado y casi absolutamente especificado en cada animal, no lo es en el hombre, porque el del hombre es el compendio y la quintaesencia de todos los espíritus de los animales. Tampoco el hombre tiene un carácter particular que le sea propio como lo tiene cada animal. El perro es fiel, el cordero es dulce, el león es osado, atrevido, el gato es traidor, sensual; pero el hombre es todo junto: fiel, indiscreto, traidor, goloso, sobrio, dulce, furioso, osado, tímido, valeroso; las circunstancias o la razón deciden siempre lo que es a cada instante de la vida, y no se ve nunca en ningún animal estas variedades que se encuentran en el hombre, porque sólo él posee el germen de todo esto. Si este espíritu no estuviera subordinado a otra substancia superior a la suya, el hombre lo vería desarrollarse y lo reduciría de potencia a acto como los animales, todas las veces en que la ocasión se presentase. El alma, puramente espiritual, tiene las riendas, ella le guía y le conduce en todas las acciones reflexionadas. Algunas veces no le da tiempo de dar sus órdenes y de ejercer su dominio. Actúa por sí mismo, pone los resortes del cuerpo en movimiento y entonces el hombre hace acciones puramente animales. Tales son las que se llaman primer movimiento, las que se hacen sin reflexión, como ir, venir, comer, cuando se tiene la cabeza llena con algún asunto serio que la ocupa enteramente.
El animal obedece siempre infaliblemente a su inclinación natural porque tiende únicamente a la conservación de su ser mortal y pasajero, en el cual está su dicha y su felicidad. Pero el hombre no sigue siempre esta pendiente, porque si bien es llevado a conservar lo que tiene de mortal, también siente otra inclinación que le lleva a trabajar para la felicidad de su parte inmortal, y está convencido de que es a ésta que le debe preferencia. Dios ha creado al hombre a su imagen y lo ha formado, como compendio de todas sus obras, el más perfecto de los seres corporales. Se le llama con razón microcosmos. Es el centro donde todo desemboca, encierra la quintaesencia de todo el Universo. Participa de las virtudes y de las propiedades de todos los individuos. Tiene la fijeza de los metales y los minerales, la vegetalidad de las plantas, la facultad sensitiva de los animales y además, un alma inteligible e inmortal. El Creador ha encerrado en él, como en una caja de Pandora,
 todos los dones y las virtudes de las cosas superiores e inferiores. Terminó su obra de la creación con la formación del hombre; así como creó el Universo en grande, así hizo su resumen. Y como el ser Supremo, no teniendo principio, fue sin embargo el principio de todo, quiso poner el sello de su obra mediante un individuo que, no pudiendo ser sin principio, fuera al menos sin fin como Él mismo. Que el hombre no deshonre, pues, el modelo del cual es imagen. Debe pensar que no ha sido hecho para vivir solamente siguiendo su animalidad, sino siguiendo su humanidad propiamente dicha. Que beba, que coma, pero que ruegue, que modere sus pasiones, que trabaje para la vida eterna, es en esto que se diferencia de los animales, y así será propiamente hombre.
El cuerpo del hombre está sujeto a la alteración y a la entera disolución, como los otros mixtos. La acción del calor produce esta mutación en la manera de ser de todos los individuos sublunares, porque su masa, siendo un compuesto de partes más groseras, menos puras, menos ligadas y más heterogéneas entre ellas que las de los astros o de los planetas, es más susceptible de los efectos de la rarefacción.
 Esta alteración es, en su progreso, una verdadera corrupción que se produce sucesivamente y que mediante grados dispone a una nueva generación, o nueva manera de ser, pues la armonía del Universo consiste en una diversa y graduada información de la materia que lo constituye.
Esta mutación de formas sólo llega a los cuerpos de este bajo mundo. La causa no es, como muchos lo han pensado, la contrariedad o la oposición de las cualidades de la materia, sino su propia esencia tenebrosa y puramente pasiva, que no teniendo, de ella misma, con qué darse una forma permanente, está obligada a recibir estas formas diferentes y pasajeras del principio que la anima, siempre según la determinación que ha complacido a Dios dar a los géneros y las especies. Para suplir este defecto original de la materia, de la que el mismo cuerpo del hombre está formado, Dios puso a Adán en el Paraíso terrestre, a fin de que pudiera combatir y vencer esta caducidad mediante el uso del fruto del árbol de la vida, del que fue privado como castigo a su desobediencia y condenado a sufrir la suerte de los otros individuos a los que Dios no había favorecido con esta ayuda.

La primera materia de lo que todo está hecho, la que sirve de base para todos los mixtos, parece haber sido de tal manera fundida e identificada en ellos, después de que ella hubiera recibido su forma de la luz, que no se la podría separar sin destruirlos. La naturaleza nos ha dejado una muestra de esta masa confusa e informe en esta agua seca que no moja, que se la ve salir de las montañas o que se exhala de algunos lagos, impregnada de las simientes de las cosas y que se evapora al más mínimo calor. Esta agua seca es la que hace de base de la gran obra, según los filósofos. Quien hiciera casar esta materia volátil con su macho, extraerles los elementos y separarlos filosóficamente podría deleitarse, dice Espagnet,[1] de estar en posesión del más preciado secreto de la naturaleza y así mismo del resumen de la esencia de los cielos.

[1] . Espagnet, Física Restituida, can. 49.

lunes, enero 01, 2007

La Luz y sus efectos (del Tratado de Física)



La luz, tras haber obrado sobre las partes de la masa tenebrosa que le eran más cercanas y haberlas rarificado más o menos en proporción de su alejamiento, penetra al fin hasta el centro, para animarla en su todo, fecundarla y hacerle producir todo lo que el Universo presenta ante nuestros ojos. Gustó, entonces a Dios, fijar la fuente natural en el Sol, sin embargo, sin juntarlo todo totalmente allí. Parece que Dios haya querido establecerlo como el único dispensador, a fin de que la luz creada de Dios único, luz increada, fuera comunicada a las criaturas por uno sólo, como para indicarnos su primer origen. De esta antorcha luminosa todos los otros reciben su luz y el esplendor que reflejan sobre nosotros; porque su materia compacta produce hacia nosotros el mismo efecto que una masa esférica brillante, o un espejo sobre el cual caen los rayos del Sol. Debemos considerar a los cuerpos celestes como el de la Luna,
en la cual sólo al verla nos descubre su solidez y una propiedad común a los cuerpos terrestres de interceptar los rayos del Sol, y de producir sombra, lo que sólo conviene a los cuerpos opacos. De ello no se debe de concluir que los astros y los planetas no sean de cuerpo diáfano; puesto que las nubes, que son vapores de agua, hacen sombra igualmente interceptando los rayos solares. Algunos filósofos han llamado al Sol alma del mundo, y lo han supuesto emplazado en medio del Universo a fin de que, como desde un centro, le fuera más fácil comunicar por todo sus benignas influencias. Antes de que las hubiera recibido la tierra esta estaba como en una especie de ociosidad, o como una hembra sin macho. Tan pronto fue impregnada produjo, no los simples vegetales como antes, sino los seres animados y vivientes, los animales de todas las especies.


Los elementos fueron también el fruto de la luz; y todos tienen un mismo principio, ¿cómo podrían, según la opinión vulgar, tener antipatía y contrariedad entre ellos? Es de su unión que son formados todos los cuerpos según sus diferentes especies; su diversidad sólo viene de lo más o lo menos que cada elemento provee para la composición de cada mixto. La primera luz había echado las simientes de las cosas en las matrices que eran propias a cada una; la luz del Sol las ha fecundado y hecho germinar.

 Cada individuo conserva en su interior una chispa de esta luz que reduce las simientes de potencia a acto. Los espíritus de los seres vivientes son los rayos de esta luz, y sólo el alma del hombre es un rayo o como una emanación de la luz increada. Dios, esta luz eterna, infinita, incomprensible, ¿podría manifestarse al mundo de otra manera que mediante la luz? si ha infundido tanta belleza y virtudes en su imagen, se ha de admirar la que ha formado él mismo y en la cual ha establecido su trono: en el Sol puso su tabernáculo.[1]
[1] . Salmos, 19, 4.