jueves, diciembre 14, 2006

Discurso Preliminar, contradicción entre los autores





Algunos filósofos han supuesto una materia preexistente a los elementos; pero como no la conocen, sólo han hablado de una materia oscura y muy embrollada. Aristóteles, que parece haber creído que el mundo es eterno, habla sin embargo de una primera materia universal, sin osar comprometerse en las sutilezas tenebrosas de las ideas que tenía. Respecto a esto sólo se expresa de una manera muy ambigua. La veía como el principio de todas las cosas sensibles, y parece querer insinuar que los elementos están formados por una especie de antipatía o de repugnancia que se encontraba entre las partes de esta materia.[1] Hubiera sido mejor filósofo si hubiera visto que lo que hay es una simpatía y un acuerdo perfecto, puesto que no se ve ni una contrariedad entre los elementos, aunque ordinariamente se piense que el fuego es opuesto al agua, no se equivocarían si se dieran cuenta de que esta pretendida oposición no viene más que de la intención de sus cualidades y de la diferencia de sutilidad de sus partes, puesto que no hay agua sin fuego.
Tales, Heráclito y Hesíodo han considerado al agua como la primera materia de las cosas. Moisés, en el Génesis,[2] parece favorecer este sentimiento al dar los nombres de abismo y de agua a esta primera materia; no entendemos aquí el agua que nosotros bebemos, sino una especie de humo, un vapor húmedo, espeso y tenebroso, que seguidamente se condensó más o menos, según las cosas más o menos compactas que le complació formar al Creador. Esta niebla, este inmenso vapor se concentró, se espesó, o se rarificó en un agua universal y caótica, que se convirtió en el principio para lo presente y para lo que siguió.[3]


En su principio esta agua era volátil, como una niebla; la condensación hizo una materia más o menos fija. Pero ¿cuál puede ser esta materia, primer principio de las cosas? ella fue creada en las tinieblas muy espesas y muy oscuras, para que el espíritu humano pueda ver claramente. Sólo el Autor la conoce, y en vano los teólogos y filósofos querrían determinar cómo es ésta. Sin embargo es verosímil que este abismo tenebroso, este caos fuera una materia acuosa o húmeda, como más limpia y más dispuesta a ser atenuada, condensada y servir mediante estas cualidades a la construcción de los Cielos y de la Tierra. La Escritura Santa nombra a esta masa informe unas veces tierra vacía, otras veces agua, aunque no fuera ni lo uno ni lo otro aún, solamente en potencia. Se puede conjeturar, pues, que podría ser como un humo espeso y tenebroso, estúpido y sin movimiento, adormecido por una especie de frío y sin acción; hasta que esta misma palabra que creó este vapor insuflara un espíritu vivificante, que se volvió como visible y palpable por los efectos que allí produjo.
La separación de las aguas superiores de las inferiores, que se mencionan en el Génesis, parece estar hecha por una especie de sublimación de las partes más sutiles y más tenues, aproximadamente como una destilación en la que los espíritus se separan de las más pesadas, más terrestres y ocupan lo alto del vaso, mientras que las más groseras permanecen en el fondo. Esta operación fue hecha por la ayuda del espíritu luminoso que había sido insuflado en esta masa. Pues la luz es un espíritu ígneo, que, agitándose sobre este vapor y dentro de él, volvió algunas partes más pesadas condensándolas y volviéndolas opacas por su estrecha adhesión; este espíritu las echó hacia la región inferior, y conservaron las tinieblas en las cuales estaban primeramente sepultadas. Las partes más tenues y vueltas cada vez más homogéneas por la uniformidad de su tenuidad y de su pureza, fueron elevadas y empujadas hacia la región superior, donde menos condensadas dejaron paso libre a la luz que se manifestó en todo su esplendor.
Lo que prueba que el abismo tenebroso, el caos, o la primera materia del mundo, era una masa acuosa y húmeda, es otra de las razones que hemos aportado, tenemos una prueba suficientemente palpable bajo nuestros ojos. Lo propio del agua es correr, fluir tanto como le anima el calor y la mantiene en su estado de fluidez. La continuidad de los cuerpos, la adhesión de sus partes es debido al humor acuoso. Es como la cola o la soldadura que reúne y liga las partes elementarias de los cuerpos. Mientras que no es separada enteramente, conservan la solidez de su masa. Pero si el fuego calienta esta masa más de lo necesario para su conservación en su estado actual, aleja y rarifica este humor, lo hace evaporar y el cuerpo se reduce en polvo, puesto que la ligadura que reunía las partes ya no está.
El calor es el medio y el instrumento que el fuego emplea en sus operaciones; así mismo mediante él produce dos efectos que parecen opuestos, pero que están muy de acuerdo con las leyes de la naturaleza, y que nos representan lo que pasó en el desenredo del caos. Separando la parte más tenue y más húmeda de la más terrestre, el calor rarificó la primera y condensó la segunda. Así por la separación de los heterogéneos se hizo la reunión de los homogéneos. Nosotros sólo vemos en el mundo un agua más o menos condensada. Entre el Cielo y la Tierra, todo es humo, nieblas, vapores empujados desde el centro y desde el interior de la tierra y elevados hacia lo alto de la circunferencia hacia la parte que llamamos aire. La debilidad de nuestros órganos sensoriales no nos permite ver los vapores sutiles, o emanaciones de los cuerpos celestes, que llamamos influencias y que se mezclan con los vapores que se subliman de los cuerpos sublunares. Es preciso que los ojos del espíritu vengan en ayuda de la debilidad de los ojos del cuerpo. En todo tiempo los cuerpos transpiran un vapor, sutil, que se manifiesta más claramente en el verano. El aire calentado sublima las aguas en vapores, los absorbe y los atrae hacia él. 
Cuando tras una lluvia los rayos del Sol son lanzados sobre la tierra, se le ve humear y exhalar vapores. Estos vapores giran en el aire en forma de niebla cuando no se elevan mucho sobre la superficie de la tierra, pero cuando suben hasta la región media, se les ve circular en forma de nubes. Después se convierten en lluvia, en nieve o granizo y caen para retornar a su origen. El trabajador lo siente con gran incomodidad cuando trabaja bajo la acción del calor. 
También el hombre ocioso lo experimenta cuando hace mucho calor. El cuerpo transpira siempre y los sudores que fluyen a menudo por el cuerpo lo manifiestan.
Los que han profundizado en las ideas de los rabinos, han creído que había existido, antes de esta primera materia, un cierto principio más antiguo que ella, al cual han dado muy impropiamente el nombre de Hylé. 
Era menos un cuerpo que una sombra inmensa, menos una cosa que una imagen muy oscura de la cosa a la que se debería llamar más bien fantasma tenebroso del Ser, una noche muy negra, el vacío o el centro de las tinieblas; en fin, una cosa que sólo existía en potencia, la cual sólo le sería posible imaginar al espíritu humano en un sueño. Pero la misma imaginación sólo podría representárnosla como se le representaría la luz del Sol a un ciego de nacimiento. Estos sectarios del rabinismo han juzgado a propósito decir que Dios sacó de este principio un abismo tenebroso, informe como la materia cercana a los elementos y al mundo. Pero finalmente, todo esto en acuerdo nos anuncia al agua como primera materia de las cosas.
El espíritu de Dios que planeaba sobre las aguas,[4] fue el instrumento del que se sirvió el supremo Arquitecto del mundo para dar forma al Universo. Propagó al instante la luz, volvió de potencia en acto las simientes de las cosas antes confusas en el caos y mediante una alteración constante de coagulaciones y de resoluciones hizo a todos los individuos. Repartido en toda la masa animó cada parte y por una continua y secreta operación dio movimiento a cada individuo según el género y la especie que había determinado. Es propiamente El Alma del Mundo y quien lo ignora o lo niega ignora las leyes del Universo.

[1] . Aristóteles, De ortu & interitu, lib. 2, caps. 1-2.
[2] . Génesis, 1.
[3] . Cosmopolita, Tratado, 4.
[4] . Génesis, 1.







domingo, diciembre 10, 2006

Resumen del Prólogo de Pernety al Tomo I




La filosofía considerada en general ha nacido con el mundo, porque desde todos los tiempos el hombre ha pensado, reflexionado y meditado; desde todos los tiempos el gran espectáculo del Universo le ha ocasionado admiración y ha despertado su curiosidad natural. Pero por más admirable y por más sorprendente que haya sido para él el espectáculo del Universo, por más ventajas que haya creído poder sacar de la sociedad, todas estas cosas no estaban en él.
Al reflexionar sobre sí mismo debió sentir que la conservación de su propio
ser no era un objetivo menos interesante y pensó que se estaba olvidando de ello, por no ocuparse de aquel que era su Autor. No necesitó meditar mucho para concebir y convencerse de que el principio que constituye su cuerpo y que lo alimenta era también el que debía de conservarle en su manera de ser. El apetito natural de los alimentos así se lo indicaba; sin embargo se dio cuenta de que estos alimentos eran tan perecederos como él, a causa de la mezcla de las partes heterogéneas que los constituían, llevando en su interior un principio de muerte junto al principio de vida. Fue preciso, pues, razonar sobre los seres del Universo, meditar largo tiempo para descubrir este fruto de vida, capaz de conducir al hombre casi a la inmortalidad.
No era suficiente haber conocido este tesoro a través de la envoltura que lo cubre y lo oculta a los ojos del común. Para hacer de este fruto el uso que se proponía era indispensable desembarazarlo de su corteza y tenerlo en toda su pureza primitiva. Siguió a la naturaleza de cerca, espió los procesos que emplea en la formación de los individuos y en su destrucción. No solamente conoció que este fruto de vida era la base de todas las generaciones, sino que todo se resolvía finalmente en sus propios principios. Se propuso, pues, imitar a la naturaleza, y bajo tal guía ¿era posible no salir airoso?
¿Se puede dudar que el deseo de encontrar un remedio a todos los males que afligen a la humanidad y de extender, si es posible, los límites prescritos en la duración de la vida, haya sido el primer objetivo de las ardientes búsquedas de los hombres y haya formado los primeros filósofos? Su descubrimiento debió de sorprender infinitamente al buscador y le hizo rendir grandes acciones de gracias a la Divinidad por un favor tan notable. Pero al mismo tiempo debió de pensar que Dios no había dado este conocimiento a todos los hombres, sin duda no quería que
fuera divulgado.
Hermes Trismegisto, o tres veces grande, el primero de todos los filósofos conocidos con distinción, lo comunicó solamente a gentes de élite, a personas que él había probado en su prudencia y discreción. Estos hicieron partícipes a otros del mismo temple y este conocimiento se extendió por todo el Universo. Los druidas entre los galos, los gimnosofistas en las Indias, los magos en Persia, los caldeos en Asiria, Homero, Tales, Orfeo, Pitágoras y muchos otros filósofos de Grecia, tenían conformidad de principios y un conocimiento casi idéntico de los más raros secretos de la naturaleza. Pero este conocimiento privilegiado permanece siempre encerrado en un círculo muy estrecho de personas y se comunica al resto del mundo sólo como rayos de esa fuente de abundante luz.
Una vez conocido este agente, base de la naturaleza, se empleó siguiendo las circunstancias de los tiempos y la exigencia de los sucesos. Los metales y las piedras preciosas entraron en disposición de la sociedad, unos por necesidad y otros por comodidad y atractivo. Pero como estas últimas adquirieron un precio por su belleza y su esplendor y se volvieron preciosas por su rareza, hicieron uso de sus conocimientos filosóficos para multiplicarlas. Se transmutaron los metales imperfectos en oro y plata, se fabricaron piedras preciosas y se guardó el secreto de estas transmutaciones con el mismo escrúpulo que el de la panacea universal, porque no se podía desvelar a uno sin darlo a conocer a otro, y se presentía perfectamente que de su divulgación resultarían infinitos inconvenientes para la sociedad.
Pero ¿cómo podían comunicarse de edad en edad estos admirables secretos y al mismo tiempo mantenerlos ocultos al público? Hacerlo sólo mediante tradición oral hubiera sido arriesgarse a que se extinguiera incluso su recuerdo; la memoria es muy frágil como para fiarse de ella. Las tradiciones de esta especie se oscurecen a medida que se alejan de su fuente, hasta el punto que es imposible desembrollar el caos tenebroso donde el objeto y la materia de estas tradiciones se encuentran sepultados.
Confiar estos secretos en tablillas, en lenguas y en caracteres familiares era exponerse a verlos publicados, podían haberlos perdido por negligencia, o por indiscreción podrían haberlos robado.
No había, pues, otro recurso que el de los jeroglíficos, los símbolos, las alegorías, las fábulas, etc., que siendo susceptibles de muchas diferentes explicaciones podían servir para disimularlo instruyendo a unos mientras que los otros permanecían en la ignorancia. Es el partido que tomó Hermes y tras él todos los filósofos herméticos del mundo. Ellos recreaban al pueblo con estas fábulas –dice Orígenes– y estas fábulas, con los nombres de los dioses del país, servían de velo a su filosofía.
Estos jeroglíficos y estas fábulas, presentaban a los filósofos y a aquellos que instruían para ser iniciados en sus misterios, la teoría de su arte sacerdotal y diversas ramas de la filosofía, que los griegos sacaron de los egipcios. Los usos, los modos, los caracteres, incluso algunas veces la manera de pensar, varían según el país. Los filósofos de las Indias y los de Europa inventaron jeroglíficos y fábulas fantasiosas, pero siempre con el mismo objetivo. Con el paso del tiempo se escribió sobre esta materia, pero en un sistema tan enigmático que estas obras, aunque compuestas en lenguas conocidas, se volvieron tan ininteligibles como los mismos jeroglíficos. El afecto que produce recordar las antiguas fábulas ayuda a descubrir el objeto, y es lo que me ha empujado a explicarlas, según sus principios. En sus libros se encuentran suficientemente desarrolladas, pero se han de estudiar con una pertinaz atención y con el suficiente coraje como para tomarse la molestia de combinarlas y relacionarlas unas con otras.
Indican la materia de su arte sólo mediante sus propiedades, jamás por el nombre propio por el que es conocida. En cuanto a las operaciones requeridas para trabajarla filosóficamente, las han ocultado bajo el sello de un secreto impenetrable; pero no han hecho un misterio de los colores o signos demostrativos que se suceden en el curso de las operaciones. Es lo que particularmente les ha proporcionado el tema a imaginar y a figurar los personajes, los dioses y los héroes de la fábula, así como las acciones que se les atribuye.
Se pregunta si la filosofía hermética es una ciencia, un arte o un puro invento de la razón. El prejuicio tiende a hacer pensar esto último; pero el prejuicio no sirve de prueba. El lector, tras la lectura reflexiva de este tratado, decidirá como bien le parezca. Se puede arriesgar, y sin vergüenza, a equivocarse como tantos sabios que, en todos los tiempos, han combatido este prejuicio. Más bien habría de enrojecer el que combate con desprecio la filosofía hermética, sin conocerla y sin admitir la posibilidad de su existencia. La cual está fundamentada sobre la razón y las pruebas aportadas por un gran número de autores, cuya buena fe no tiene nada de sospechosa.
Orfeo, Homero y los más antiguos autores hablan de una medicina que cura todos los males; hacen mención de ello de una manera tan positiva que no dejan ninguna duda sobre su existencia. Esta idea se ha perpetuado hasta nosotros; las circunstancias de las fábulas se combinan y se ajustan con los colores y las operaciones de las que hablan los filósofos; de esta manera se explican más verosímilmente que con ningún otro sistema.

Hasta aquí el Tomo II de las Fábulas de Pernety



Hasta aquí me ha placido subir un resumen de los capítulos del tomo II de esta estupenda obra
de Pernety, ilustrándolos en la medida que me ha sido posible. En adelante intentaré hacer lo mismo con el tomo I, donde se encuentra, además de un discurso preliminar, un tratado de física, un tratado de la Obra Hermética, el origen de las Fábulas y la explicación de los Jeroglíficos y de la Ciencia del antiguo Egipto.
Sólo quisiera recordar los versículos de este “cordial y actual libro”[1] que me ha animado a meter la nariz y a traducir esta magnífica e instructiva obra escrita en el 1758.

II, 83: Estudiemos los triples misterios antiguos. Reverenciemos las doctrinas y las fábulas sagradas. Busquemos el bien que subsiste en el mal. Meditemos sobre las obras de los profetas y de los santos filósofos.
Comprendamos que sólo hay un Dios, una sola ciencia y una sola creación en todas partes y siempre.
III, 17: La verdad se oculta bajo el velo de las fábulas y las parábolas, es necesario un espíritu muy recto y muy penetrante para descubrirla, así como se precisa un ojo muy ejercitado para reconocer el diamante bajo la envoltura que lo protege.

[1] . El Mensaje Reencontrado, de Louis Cattiaux, Ed. Sirio, Málaga 1996, vers. II, 83 y III, 17, págs. 34 y 38 respectivamente.

viernes, diciembre 08, 2006

Eneas encuentra a su padre Anquises




Tras este relato, la vieja sacerdotisa de Apolo dijo a Eneas: es tiempo de continuar nuestro camino y terminar la obra que hemos emprendido, ya veo los muros de la morada de los cíclopes y las puertas del palacio abovedado, donde debemos depositar el ramo de oro. Marcharon, pues, y al llegar a estas puertas, Eneas se lavó el cuerpo y hundió su ramo en el mismo umbral. Tras haber hecho esto se vieron transportados a esos lugares afortunados, donde se respira un aire suave y donde la beatitud establece su morada.
Allí se ven a los troyanos[1] que se han sacrificado por su patria, los sacerdotes de Apolo que han vivido religiosamente y que han hablado de este dios de la manera que conviene, aquellos que han inventado o cultivado las artes y aquellos que se han vuelto recomendables por sus beneficios;[2] todos tienen la frente ceñida con una cinta blanca y una diadema del mismo color. La sibila les dirigió a todos estas palabras,
a Museo en particular:[3] Decidnos, almas muy dichosas, decidnos, ilustre Museo ¿dónde encontraremos a Anquises? ¿en qué sitio de este lugar tiene su morada? Es el deseo de verle el que nos trae y nos ha hecho atravesar los grandes ríos del Infierno. Nosotros no tenemos un retiro fijo, les respondió Museo, todos habitamos por igual estas agradables riberas, estos prados verdes y siempre regados, pero si queréis subamos sobre esta elevación y pasemos al otro lado.
Museo subió allí con ellos y les hizo notar los brillantes campos cuya luz deslumbraba a los ojos. Después descendieron al otro lado y divisaron a Anquises, que recorría con ojos atentos las sombras troyanas y las otras
que debían ir a reunirse con las inmortales. Sin duda repasaba en su espíritu
a los que pertenecían a sus lazos de sangre, su estado, sus costumbres, sus acciones. Mientras tanto se apercibió de que Eneas venía hacia él, lágrimas de alegría mojaron sus mejillas y le tendió los brazos diciéndole: he aquí que habéis venido, el amor paternal os ha hecho vencer los trabajos de un viaje tan penoso, os veo, os hablo, contaba hasta los cuartos de hora en la impaciencia de volveros a ver y mi esperanza no ha sido vana. ¡Cuántas tierras, cuántos mares habéis recorrido! ¡cuántos peligros habéis sufrido! ¡cuánta inquietud he tenido por vuestra causa! Yo temía mucho que Libia arruinara vuestro proyecto.[4] Eneas le respondió: Después de que la muerte nos separara, la tris
teza se apoderó de mi corazón, siempre estabais presente en mi espíritu y el ardiente deseo de veros me ha traído aquí. Dejé mi flota en las orillas tirrenas, no os inquietéis por ella; permitid que os abrace, no me privéis de esta satisfacción. Expresando así su
alegría vertió abundantes lágrimas, tres veces le tendió los brazos para abrazarlo y tres veces la sombra de Anquises, parecida a la imagen de un sueño, se desvaneció en sus manos.
Durante esta conversación, Eneas vio a su lado un bosquecillo situado en un valle apartado, era una tranquila morada para sus habitantes y el río Leteo lo rodeaba por todas partes; una multitud de sombras de todas las naciones revoloteaban en su entorno y parecían un enjambre de abejas, que en un bello día
de verano van en bandadas y revolotean alrededor del lis y de las flores que esmaltan una pradera.[5] Eneas, sorprendido por este espectáculo, preguntó lo que era este río y esa cantidad de hombres esparcidos por su orilla; Anquises lo instruyó en estos términos: Desde el principio un cierto espíritu ígneo fue infundido en el Cielo, la Tierra, el Mar, la Luna y los Astros titánicos o terrestres; este espíritu les da la vida y los alimenta; a continuación un alma extendida por todos los cuerpos, da el movimiento a toda la masa. De allí han venido todas las especies de hombres, cuadrúpedos, pájaros y peces; este espíritu ígneo es el principio de su vigor; su origen es celeste y les es comunicado por las simientes que los han producido.
Anquises los condujo después en medio de esta multitud de hombres que habían visto, y estando subido sobre una pequeña elevación, para ver mejor todo su mundo y pasarles revista a uno tras otro, designó a Eneas todos aquellos que en Italia y en el transcurso del tiempo debían descender de él y sostener la gloria del nombre troyano.
[1] . Virgilio, Enéida, ibid. vers. 662.
[2] . Después entraron en el lugar de las delicias, de alegría y de satisfacción, donde todos los habitantes llevan una diadema blanca. He aquí el progreso insensible de la obra, he aquí los diferentes matices de los colores que suceden.
Se ha visto al negro representado por la noche, la oscuridad del antro de la sibila, por las negras aguas de los ríos del Infierno, y la disolución de la materia por los monstruos que habitan en las orillas de estos ríos; el color
gris por la barba de Caronte y sus sucios ropajes; el blanco un poco más desarrollado, por el día que extiende la aurora y la aparición de los muros del palacio. He aquí finalmente el blanco totalmente hecho, manifestado por las cintas y las diademas blancas de los habitantes de los Campos Elíseos.
[3] . La sibila dirigió la palabra a Museo en particular,
¿por qué? Es porque Museo pasa por ser uno de los que sacaron de Egipto el conocimiento de la genealogía dorada de los dioses y porque ha podido ser el primero en llevar su teogonía a Grecia. Él había hablado de Apolo, o el oro filosófico, de la manera que conviene hacerlo, así mismo había cultivado el arte de enseñar a hacerlo y a hablar de ello. No es sin razón, pues, que se figure que la sibila se dirigió a él para encontrar lo que Eneas buscaba.
[4] . Libia está al occidente de Egipto, es una parte de África que antiguamente tuvo los nombres de Olimpia, Oceanía, Corifé, Hesperia, Ortigia, Etiopía, Cirena, Ofiuse. Anquises tenía razón al
decir que había temido por Eneas respecto a Libia, puesto que el régimen más difícil de la obra es, según todos los filósofos, el que se ha de guardar para llegar al color negro y para salir de él, pues el negro es la llave de la obra y es el primer color sólido que debe sobrevenir a la materia; es el signo de la disolución y la corrupción que necesariamente debe preceder toda generación. Si se fuerza mucho el fuego, dicen los filósofos, el color rojo aparece antes que el negro, se quemarán las flores y se frustrará el intento. Poned, pues, toda vuestra atención, añaden ellos, al régimen del fuego; coced vuestra materia hasta que se vuelva negra, porque es la señal de la disolución y de la putrefacción; cuando lo hayáis conseguido, continuad vuestros cuidados para blanquear vuestro latón (Filaleteo, Enarrat. Method. P. 80) cuando sea blanco regocijaos entonces, pues el tiempo de las penas ya pasó: dealbate latonem & rumpite libros.
[5] . Este afecto de Virgilio al citar primero el lis, que es una flor extremadamente blanca y poco común en las praderas, parece no tener otro objetivo que el de confirmar la idea de la materia llegada al blanco, que primero había designado mediante las cintas blancas que ciñen la frente de los habitantes de los Campos Elíseos. Así mismo se diría que no ha llevado más allá la descripción de la obra si no hubiera añadido que muchas otras flores esmaltaban las praderas. Aunque en total sean variadas estas flores, se sabe que tomadas cada una en particular son, comúnmente, blancas, o amarillas, o rojas, o mezcladas de algunos de estos colores. Virgilio había designado el
blanco en particular mediante el lis; se contentó con indicar los otros dos en general, que señalan la continuación de la obra hasta el rojo. La respuesta de Anquises a Eneas lo prueba perfectamente. Este espíritu ígneo infundido en la materia es precisamente el que los filósofos herméticos dicen que está en su magisterio perfecto, al que también han dado el nombre de Microcosmos, o pequeño mundo, como siendo un resumen de todo lo que el Macrocosmos tiene de perfecto. Dicen que es el principio de todo; produce el vino en la viña, el aceite en el olivo, la harina en el grano, la simiente en las plantas, el color en las flores, el gusto en los alimentos; es el principio radical y vivificante de los mixtos y de todos los cuerpos; es el espíritu universal corporificado, que se especifica según las diferentes especies de individuos de los tres reinos de la naturaleza. El magisterio es, dice Espagnet, una minera del fuego celeste. Respecto a esto se ha de considerar que Virgilio ha tenido el cuidado de distinguir los astros terrestres de los celestes, a fin de que el lector no los confunda; es por esto que los ha llamado titanes, porque sabe que los
titanes eran hijos de la Tierra. Los astros terrestres son los metales, a los que la química ha dado el nombre de los planetas. Virgilio añade que este fuego es de origen celeste, porque, según Hermes (Tabla de Esmeralda) el Sol es su padre y la Luna su madre. Todos los filósofos herméticos lo dicen como él. Se llenaría un volumen entero en este sentido; yo mismo he aportado un buen número de citas en el transcurso de esta obra. Cuando el magisterio ha adquirido la perfección, entonces es este fuego concentrado, este espíritu de la naturaleza, que tiene la propiedad de corregir las imperfecciones de los cuerpos, de purificarlos de sus impurezas, reanimar su vigor y producir todos los efectos que los filósofos le atribuyen. Finalmente es una medicina del espíritu, puesto que vuelve a su poseedor exento de todas las pasiones, la avaricia, la ambición, la envidia, los celos y otras que tiranizan sin cesar el corazón humano. En efecto, teniendo la fuente de las riquezas y de la salud ¿qué más se puede desear en el mundo? No se aspirará a los honores, pues la miseria les está ligada. No se envidiará los bienes y la fortuna de otro, cuando se tiene con qué satisfacerse y hacer a los otros partícipes de ello. Los filósofos tienen razón al decir que la ciencia hermética es la parte de los hombres prudentes, sabios, piadosos y temerosos de Dios; que si no eran así cuando Dios permitió que tuviesen su posesión, se han vuelto así después.

miércoles, diciembre 06, 2006

Entrada al Infierno de Eneas y la Sibila




La sibila entró en esta espantosa abertura,[1] y Eneas le siguió con paso firme. Marcharon el uno y el otro en una oscuridad parecida a la del final del día, donde el color de los objetos empieza a no distinguirse. En la entrada de este lugar se encuentran los cuidados, las inquietudes, las enfermedades, la muerte, el sueño y los sueños. Allí se ven diversos monstruos, tales como
centauros,[2] Escila con dos formas, Briareo, la hidra de Lerna, la Quimera, las gorgonas, las harpías y las sombras con tres cuerpos.
Tal es el camino que lleva al río Aqueronte, lleno del barro del Estigio y de la arena del Cocito. Caronte, el espantoso Caronte, es el guardián de estas aguas; su barba es semiblanca, sucia y mal peinada; un harapo de tela sucio le sirve de vestimenta; es el que está encargado de pasar al otro lado de las sombras a quien se presenta. Una innumerable multitud[3] de errantes sombras revolotean sobre las orillas del río y ruegan insistentemente a Caronte que las pase. Él rechazaba brutalmente a todas aquellas cuyos
cuerpos no habían sido inhumados, pero finalmente, al cabo de un tiempo los metía en su barca.[4]
La sibilia y Eneas[5] continuaron su camino y se acercaron al Estigio. Caronte habiéndolos visto desde su barca, dirigió estas palabras a Eneas: ¿Quién sois que os presentáis armado en la orilla de este río? ¡hablad! ¿qué venéis a hacer aquí? Retroceded, esta es la morada de las sombras, de la noche y del sueño. No me está permitido admitir a los vivos en mi barca, ya me arrepentí bien de haber recibido a Hércules, Teseo y Pirítoo, aunque fueran hijos de dioses y de un extraordinario valor. El primero tuvo la osadía de
atar al Cerbero, guardián del Tártaro, y se lo llevó; los otros dos tuvieron la temeridad de intentar raptar a Proserpina. Al ver a Caronte encolerizado, la sibila le dijo: apaciguaos, dejad de excitaros, no venimos con el deseo de hacer violencia. Que el guardián en su antro ladre eternamente, si así lo quiere, y que Proserpina permanezca tranquila cuanto quiera en la puerta de Plutón, no nos opondremos. Eneas es un héroe recomendable por su piedad; sólo el deseo de ver a su padre
lo ha traído hasta aquí. Si un deseo tan religioso no hace impresión en vos, reconoced este ramo de oro. Entonces Eneas lo sacó de debajo de sus ropas, donde lo tenía oculto.
Al ver este ramo Caronte se tranquilizó y tras haberlo admirado largo tiempo, condujo su barca hasta la orilla donde estaba Eneas. Alejó a las sombras y habiendo introducido a Eneas a bordo, con la sibila, los pasó hasta el otro lado del limoso río. Allí se encuentra el Cerbero de tres cabezas, cuyos espantosos ladridos resuenan en todo el reino de Plutón. Desde que vio a Eneas se le erizaron las culebras que le cubrían el cuello, pero la sibila lo adormeció echándole en su boca abierta una composición soporífera de miel y otros ingredientes;[6] se la tragó ávidamente y su propiedad hizo efecto. Cerbero se acostó con un fuerte sueño y la inmensidad de su cuerpo llenó todo el antro. Eneas desembarcó enseguida y se apoderó de la entrada.
Dio algunos pasos y empezó a oír llantos y gritos de niños, a los que la cruel muerte había arrancado del pecho de sus madres; gemidos de los que habían sido injustamente condenados a muerte, cada uno tiene su lugar determinado y va a sufrir el interrogatorio de Minos. Después de estos últimos están aquellos que se han quitado la vida ellos mismos, vida de la que querrían gozar en ese momento, aunque tuvieran que estar sujetos a los trabajos más penosos y sumidos en la peor miseria. Se veía una infinidad de otros repartidos aquí y allá, vertiendo amargas lágrimas; los amantes y las amantes, a quienes los cuidados y las inquietudes habían dado
muerte; Fedra, Procris, Erifila, Evadne, Pasífae, Laodamía, Ceneo y Dido. Cuando Eneas la percibió fue hacia ella y le habló, pero las excusas del héroe no hicieron impresión en ella, giró la cabeza, huyó y fue junto a Siqueo, su esposo, quien correspondiendo a su amor quiso consolarla en su aflicción.
De allí Eneas fue a los lugares ocupados por aquellos que se habían hecho un nombre por sus trabajos militares. El primero que se presentó ante sus ojos fue Tideo, después Partenopeo y Adrasto. Después vio a otros troyanos muertos durante la guerra de Troya, Glauco, Medonte, Tersíloco, Antenor, Políbeto, favorito de Ceres, y el cochero de Príamo, Ideo. La mayor parte de los griegos que se aparecieron a Eneas, con sus brillantes armas, fueron presos de temor, unos huyeron y los otros se pusieron a dar gritos. Vio a Deífobo, hijo de Príamo, y al verlo no pudo evitar soltar un suspiro, porque Deífobo se le apareció con las orejas, la nariz y las manos cruelmente mutiladas.[7]
Estaban aún en plena conversación, cuando la sibila temiendo que se extendieran más de la cuenta, advirtió a Eneas que empezaba a aparecer la aurora y que el tiempo fijado para las operaciones iba pasando. Eneas, le dijo ella, he aquí que pasa la noche y perdemos el tiempo en llorar. Aquí el camino[8] se divide en dos, uno lleva a los muros del palacio de Plutón y a los Campos Elíseos, el otro, que está a la izquierda, conduce al Tártaro. Eneas levantó los ojos y de pronto vio los elevados muros sobre la roca que estaba a la izquierda,
estaba rodeado de un río de llamas muy rápido que se llama Flagetón y hace un gran ruido por el choque de los guijarros que arrastra. En frente había una vasta y gran puerta que tenía a los lados dos columnas de diamantes, que los mismos habitantes del cielo no podrían cortar con el hierro, una torre de hierro se elevaba en los aires, Tisífone guarda su entrada día y
noche.

[1] . Virgilio, Enéida, ibid. vers. 270.
[2] . Virgilio presenta aquí, bajo un sólo punto de vista, todo lo que las fábulas encierran de horroroso, horrible y espantoso; se diría que ha querido enseñarnos que todas estas diferentes fábulas sólo tienen un mismo objeto, porque son alegorías de la misma cosa, y que sería vano intentar explicarlas de otra manera. Es el objetivo que me he propuesto en esta obra, todas mis explicaciones tienden a esto. Se puede recordar las que he dado hasta aquí, se verá que he explicado todos estos monstruos de la misma manera, es decir, de la disolución que se hace mientras que la materia es negra; he encontrado mis pruebas de ello en las obras de los filósofos y las he explicado según la circunstancia, se puede, pues recurrir a ellas. Pero Virgilio sigue paso a paso lo que sucede en la obra y nos conduce firmemente. De los monstruos
va al río Aqueronte, cenagoso en extremo, lo que forma el barro o el estiércol filosófico, y en las fábulas del Cocito indican las partes cuya reunión compone la piedra. De ahí viene el Caronte. En el retrato que hace ¿puede desconocerse el color gris sucio que sucede inmediatamente al negro? Esta barba gris del viejo mal peinado, estos harapos de tela que le cubren, puestos a propósito, son símbolos de los más fáciles de entender. La orden que tiene de pasar por las sombras hasta más allá del negro y cenagoso Aquerón, indica perfectamente que no se puede pasar del color negro al blanco sin el color gris como intermediario. El Érebo, que fue padre de Caronte, y la Noche su madre, nos hace comprender mejor lo que era.[3] . Virgilio, Eneida, ibid. vers. 305 y ss.
[4] . Hubiese sido muy difícil expresar la volatilización de la
materia durante y después de la putrefacción, mediante una alegoría más expresiva que la de las sombras errantes y revoloteadoras sobre
las orillas del Estigio; la cosa se explica por ella misma. Pero ¿por qué Caronte se negaba a pasar a aquellas cuyos cuerpos estaban sin sepultura? La razón es muy simple. Mientras que las partes volátiles yerran y revolotean en lo alto del vaso por encima del lago filosófico, no están reunidas en la tierra de los filósofos, que pasa del color negro al
color gris, significado por Caronte; esta tierra nada como una isla flotante, lo que ha dado ocasión de figurar la barca (véase EL HILO DE PENÉLOPE, de Emmanuel d’Hooghvorst, Arola Editors,
Tarragona, 2000, p.60, N. del T). Cuando estas partes volátiles al cabo de un tiempo son reunidas en esta tierra, el tiempo que se les ha fijado para errar se termina y vuelven al lugar de donde habían partido y pasan con las otras. Virgilio ha expresado perfectamente lo que se ha de entender por esta inhumación, es decir, esta reunión de las partes volátiles revoloteantes, con aquellas que están en el fondo del vaso, de donde se habían separado. Entrega esos despojos a su postrera morada, cúbrelos con un sepulcro, dice Virgilio, (vers. 152) hablando de Misenas; y (vers. 327) hablando de las sombras: Pues no le es permitido transportar a ninguno a la horrendas orillas por la ronca corriente antes que sus huesos hayan descansado en sepultura.
[5] . Virgilio, Enéida, ibid. vers. 384.
[6] . Es inútil repetir aquí lo que ya hemos dicho en el segundo libro respecto a la poción que
Medea dio a Jasón para adormecer al dragón, guardián del toisón de oro. El lector se dará cuenta de que todas son alegorías parecidas y en consecuencia deben ser explicadas y entendidas de la misma manera, lo que encierra una nueva prueba que justifica la idea que voy a dar de este descenso de Eneas a los Infiernos. El dragón que es guardián del jardín de las hespérides tiene con ellos una estrecha relación, el Cerbero era hermano de los dos, nacidos de Tifón y de Equidna. La hidra de Lerna, la serpiente Pitón, la Esfinge, la Quimera, también habían salido del mismo padre y de la misma madre que el Cerbero. Este parentesco explica lo que eran y lo que se debe pensar de ellos.
[7] . Esta enumeración de las sombras que vio Eneas, parece que se haya puesto para adornar el relato y hacerlo más interesante, pero no es lo mismo de la descripción que hace del Tártaro. Tisífone, la cruel ejecutora de los suplicios a los cuales los dioses mandaban a los criminales, y los mismos criminales son designados por sus suplicios. Allí se ve a los titanes, Oto y Efialtes, estos dos gigantes de los que habla Homero (Odisea, lib. 11) Salmoneo, Titio, los lapitas, Ixión, su hijo Pirítoo y su amigo Teseo, Flegias, etc. Así mismo se cree que Virgilio ha querido hacer alusión a algunas personas que vivían en su tiempo designando los crímenes de los que el rumor público los hacía culpables y que hablaba de ellos bajo los nombres tomados de la fábula.
Virgilio no dice que Eneas fuese allí, sino que la sibila le contó lo que pasaba. El retrato que este
poeta hace del Tártaro, parece estar puesto expresamente para designar a los sopladores y buscadores de la piedra filosofal, que trabajan sin principios y pasan toda su vida en fatigantes trabajos de los que sólo sacan enfermedades y miseria. Ya hemos dicho que Pirítoo era el símbolo de ello. Los otros lo son aún de una manera más determinada. Ixión que sólo abrazó una nube y es atado a una rueda que da vueltas sin cesar, para darnos a entender que los sopladores sólo recogen de su trabajo los vapores y el humo de las materias que emplean y que son una especie de gente condenada a un trabajo perpetuo e infructuoso. Sísifo tenía que empujar una pesada roca y hacer todos los esfuerzos posibles para subirla a la cima de una montaña y cuando creía que había llegado al punto donde debía colocarla, la roca se le escapaba de las manos y caía de nuevo al pié de la montaña, donde la iba a buscar y empezaba de nuevo el mismo trabajo, sin obtener ningún fruto.
Este es el verdadero retrato de estos sopladores de buena fe, que trabajan día y noche con la esperanza de tener éxito, puesto que creen estar en el buen camino, pero tras muchas fatigas, cuando casi han llegado al punto que buscaban, o sus vasos se rompen o les llega cualquier otro accidente y se encuentran en el mismo punto donde estaban cuando empezaron, no se desaniman con las esperanza de salir mejor airados la próxima vez. Las danaides, que llenan de agua sin cesar un tonel que no tiene fondo, representan perfectamente a los que sacan siempre de su bolsa y de la de otros, los bienes que se les escapan, sin que les quede otra cosa que los toneles donde estos bienes se desvanecen y se pierden. Se pueden juzgar otros casos mediante estos.[8] El camino que conduce al Tártaro es el que toman la gente de la que acabo de hablar, el que lleva a los Campos Elíseos es el que sigue Eneas y con él los filósofos herméticos. Los primeros encuentran en la entrada a Tisífone y las Furias y no encuentran más que un aire apestado, una morada sombría y tenebrosa, con un trabajo penoso e infructuoso. Los segundos, al contrario, seguros de su hecho, porque tienen a la sibila como guía, perciben desde el principio los muros y la puerta del palacio del dios de las riquezas; todo lo que tiene la naturaleza de más agradable se presenta ante sus ojos. Se puede recordar en esta ocasión lo que aporté según los filósofos, respecto a la morada de Baco en Nisa y de Proserpina en Sicilia, es una descripción de los Campo Elíseos bajo otros nombres. Es suficiente gemir como Eneas por la desdichada suerte de aquellos que no están guiados por la sacerdotisa de Apolo, estos toman el camino del Tártaro pero no se les ha de seguir, es perder el tiempo así como distraerse contemplándoles; es mejor continuar el camino e ir a colocar el ramo de oro. Empezaba a aparecer la aurora, cuando percibieron los muros del palacio, es decir, que el color negro significado por la noche, empezaba a dar paso al color blanco, llamado luz y día por los filósofos. Caminaron, pues, y habiendo llegado a la puerta Eneas colocó allí el ramo de oro, porque la materia en este estado de blancura imperfecta empieza a fijarse y, en consecuencia a volverse oro de los filósofos. Es por lo que se dice que Eneas hundió su ramo en el umbral de la puerta, pues la puerta indica la entrada a una casa, así como este color blanco imperfecto es un signo del principio de la fijación.

Eneas encuentra el Ramo de oro







Aún tenéis otra cosa por hacer. Sin duda ignoráis que el cuerpo muerto de uno de vuestros amigos infecta toda vuestra flota; id pues, e inhumadlo y como expiación sacrificad bestias negras; se ha de empezar por esto;[1] después podréis ver los bosques estigios y estos imperios inaccesibles para los vivos. Eneas se volvió pensativo con Acates, su fiel compañero.
Encontraron en la orilla el cadáver de Misenas, hijo de Eolo, que Tritón había ahogado precipitándolo a través de las rocas del mar. Entonces se dispusieron a ejecutar las órdenes de la sibila, y para
ello se acercaron a una antigua selva y cortaron leña para hacer la hoguera. Mientras hacían este trabajo, Eneas observaba toda la selva con ávidos ojos para descubrir el ramo
de oro del que la sibila le había hablado.
Mientras tanto dos palomas[2] vinieron volando hacia él y se posaron sobre el césped. Las reconoció porque eran pájaros consagrados a su madre y el corazón se le llenó de alegría, y les dirigió la palabra en estos términos: Servidme de guías y dirigid mis pasos hasta el lugar de la selva donde crece este ramo de oro. Y vos, mi madre diosa, no me abandonéis en la
incertidumbre en la que me encuentro.
Habiendo hablado así se puso en marcha, observando con atención los signos que las palomas le hacían y el camino que tomaban. Emprendieron el vuelo y fueron tan lejos como la vista podía alcanzar. Pero cuando llegaron a la entrada del hediondo Infierno, se apartaron de pronto y fueron a posarse, según el deseo de Eneas, sobre el árbol doble, cuyas ramas tenían un brillante color de oro.
Cuando Eneas vio el ramo tan deseado[3] lo cogió con ardor y lo llevó al antro de la sibila. Después se reunió con sus compañeros que estaban ocupados en los funerales de Misenas. Coríneo recogió los huesos y los encerró en una urna de bronce.[4] Eneas le levantó una tumba y se volvió con la sibila para conformarse a los consejos que le había dado. Su antro estaba elevado, pedregoso, guardado por un lago negro y rodeado por un sombrío bosque.
Los pájaros no podían volar por encima impunemente,[5] pues un vapor negro y hediondo se exhala de la abertura, y se eleva hasta la convexidad del cielo y los hace caer dentro.
Después Eneas sacrificó cuatro toros negros[6] invocando a Hécate, cuyo poder se siente en el Cielo y en los Infiernos. Ofreció una oveja negra a la Noche, madre de las euménides, y a la Tierra su hermana, y finalmente
inmoló una vaca estéril a Proserpina y terminó con los sacrificios a Plutón.

[1] . Proserpina exige que se le presente este ramo de oro, no es posible ir a ella sin tenerlo. Pero antes de cogerlo es preciso inhumar a aquel que siempre ha acompañado a Héctor hasta la muerte y que Tritón había hecho perecer entre las rocas del mar. Es decir, que se ha de poner en el vaso al mercurio fijado en piedra en el mar filosófico y continuar el régimen de la obra; entonces la materia se dispondrá para la putrefacción y la inhumación filosófica, como hacen los compañeros de Eneas con el cuerpo de Misenas, a los cuales deja el cuidado de hacer los funerales, mientras que él busca el ramo de oro. Se sabe lo que se ha de entender por la muerte, ya hemos hablado de ello en los libros precedentes. Virgilio, que no quería dar esta historia como verdadera sino como una pura alegoría, tiene el cuidado de prevenir al lector de una vez por todas, diciendo (vers.173): Si credere dignum est. Sólo después de la inhumación de Misenas, Eneas puede ver el lago Estigio y el tenebroso imperio de Plutón, y es durante los funerales, mientras que los troyanos lloran sobre el cuerpo del difunto, que rodean la hoguera con hojas negras (vers. 213), lavan el cadáver y le hacen unciones; es entonces cuando Eneas encuentra este ramo tan deseado, bajo la guía de dos palomas. Morien (Conversación con el rey Calid) habla en muchos lugares de este cuerpo infecto y hediondo que se ha de inhumar, al que llama inmundicia de muerte. Filaleteo emplea el mismo término en su tratado de La verdadera confección de la Piedra, p. 48. Y dice que la grasa, el plomo, el aceite de Saturno, la magnesia negra, el vino ígneo, las tinieblas, el Tártaro, la tierra negra, el estiércol, el velo negro, el espíritu fétido, la inmundicia del muerto, el menstruo hediondo, todos son términos sinónimos que significan la misma cosa, es
decir, la materia venida al negro. En cuanto a las palomas, Espagnet ha empleado la misma alegoría (canon 42 y 52) y dice: la entrada del jardín de las hespérides está guardado por bestias feroces, que sólo se pueden mitigar con los atributos de Diana y las palomas de Venus. Filaleteo también ha hablado más de una vez de estas palomas, en su tratado la entrada abierta al palacio cerrado del rey. Sin ellas, dice este autor, no es posible llegar allí. Que se ponga atención a lo que significan los atributos de Diana y se verá que no es fácil penetrar en la morada de Proserpina sin su ayuda, como tampoco era posible tomar la ciudad de Troya sin las flechas de Hércules; es por esto que las palomas vinieron a Eneas volando y también fueron volando a posarse sobre el árbol doble, que oculta el ramo de oro. El Cosmopolita hace mención de este árbol (Enigrac.) en estos términos: Enseguida fui conducido por Neptuno a un prado donde había un jardín, en el que habían muchos árboles dignos de atención y perfectamente bellos. Entre muchos se veían dos más principales, más altos que los otros, salidos de una misma raíz, uno llevaba
frutos brillantes como el Sol y cuyas hojas eran de oro, y el otro producía frutos blancos como el lis y sus hojas eran de plata. Neptuno llamaba a uno árbol solar y al otro árbol lunar. Cuando las palomas llegaron junto a Eneas se posaron sobre el césped, es el prado del Cosmopolita. Estas se apartaron de la entrada del hediondo Infierno, porque la materia se volatiliza durante la putrefacción. Fueron a posarse sobre el árbol solar, es decir, que la volatilización cesa desde que las partes volátiles se fijan en una materia que los filósofos llaman oro.
[2] . Virgilio, Enéida, ibid. vers. 190.
[3] . Virgilio, Envida, ibid. vers. 210.
[4] . Virgilio no dice que se pusieran los huesos de Misenas en una urna de oro o de plata, como Homero dice que se hizo con los de Héctor y los de Patroclo, sino en una de bronce, y esto no es sin razón. Son tres estados en los que se encuentra la materia, bien diferentes los unos de los otros. El que está representado por Misenas es el primero de los tres, es el tiempo en el que la materia está en putrefacción, es entonces que los filósofos la llaman bronce, latón que se ha de blanquear. Blanquead el latón y romped los libros, entonces os son inútiles, dice Morien (conversación con el rey Calid). Los sabios de este arte, en este estado lo han llamado Quilo, plomo, Saturno, y algunas veces cobre o bronce, a causa del color negro y de su impureza de la que se ha de purgar (Filaleteo, op. cit. p. 43). Ripley dice (recapitulación de su tratado): Por este medio tendréis un azufre negro, después blanco, después citrino y finalmente rojo, salido de una sola y misma materia de los metales; es lo que ha hecho decir a los filósofos: Aunque ignorarais todo el resto, si sabéis conocer nuestro latón o bronce. Filaleteo, después de haber citado el tratado de Ripley añade: Coced, pues, este bronce, y quitadle su negrura imbibiéndolo y regándolo hasta que blanquee. Nuestro bronce, dice Jean Dastin, primero se cuece y se vuelve negro, entonces es propiamente nuestro latón que se ha de blanquear. He aquí la urna de bronce en la que se ponen los huesos de Misenas. Los de Patroclo fueron puestos en una de plata y los de Héctor en una de oro, porque uno significa el color blanco de la materia llamado plata u oro blanco, cuando está en ese estado, y el otro indica el color rojo llamado oro.
[5] . Los pájaros no podían pasar volando sobre la abertura del antro que sirve de entrada al Infierno sin caer allí, porque la materia que se volatiliza, significada por los pájaros, recae al fondo del vaso después de haber subido a la cima. El espacio que se encuentra vacío entre la materia y esta cima es llamado Cielo por los filósofos, también dan el nombre de Cielo a la materia que se colorea. La negrura que sobreviene a la materia no puede significarse mejor que mediante los sacrificios y la inmolaciones de animales negros que Eneas hace a Hécate, a la Noche y a Plutón.
[6] . Virgilio, Envida, ibid. vers. 243.

martes, diciembre 05, 2006

Petición de Eneas a la Sibila






Eneas respondió a la sibila que había previsto todo lo que le podía suceder, que lo había reflexionado y que estaba dispuesto a todo. Pero ya que se asegura, le dijo él, que está aquí la entrada del tenebroso imperio de Plutón, desearía ardientemente ver a mi padre Anquises, al que he salvado de las llamas a través de mil flechas tiradas contra nosotros, él que, a pesar de la debilidad de su edad, tuvo el coraje de exponerse a los mismos peligros que yo y de acompañarme en todos los trabajos que he sufrido. Él mismo me recomendó venir a encontraros y pediros esta gracia. Volveos propicia a mis ruegos, pues sin duda Hécate os tiene aquí para eso. Se le concedió a Orfeo para ir a buscar a su esposa. Cástor y Pólux van y vienen alternativamente todos los dias.
Teseo ha descendido allí para raptar a Proserpina y Hércules para llevarse al Cerbero. Ellos son hijos de dioses, yo también lo soy. La sibila le respondió: Hijo de Anquises y de los dioses, es fácil descender a los Infiernos, la puerta de este oscuro lugar está abierta día y noche,[1] la dificultad está en volver de allí y subir a la morada de los vivos.[2] Hay pocos que puedan hacerlo. Se ha de ser hijo de los dioses; por una sublime virtud es preciso ser vuelto semejante a los inmortales, o al menos
merecer el afecto del siempre justo Júpiter. En medio de este lugar están los vastos bosques rodeados del negro Cocito. Pero como mostráis tan gran deseo de pasar dos veces el lago Estigio y ver dos veces la morada del tenebroso Tártaro, quiero secundar vuestros deseos. Escuchad pues, lo que tenéis que hacer para salir airoso, y retened bien lo que os voy a decir.
Un frondoso árbol oculta entre la multitud de sus ramas un flexible ramo, cuyo tallo y hojas son de oro. Está consagrado a Proserpina. No es en los bosques, ni en los bosquecillos, ni en los valles, donde se le encuentra.[3] No se podría penetrar en estos lugares subterráneos sin haber cogido este ramo que tiene los frutos de oro. Es el presente que Proserpina quiere que se le ofrezca. Siempre se le encuentra, pues a penas que se le ha arrancado crece otro del mismo metal. Ved, buscadlo con vuestros ojos y cuando lo hayáis encontrado cogedlo y arrancadlo sin pena, si el destino os es favorable, vendrá por él mismo, pero si os es contrario todos vuestros esfuerzos serán inútiles, no lo pueden conseguir ni la fuerza ni el hierro.

[1] . Virgilio, ibid. vers. 126.
[2] . La Sibila tiene razón al decir que la entrada de este lugar está abierta día y noche, puesto que los filósofos dicen que es en todo tiempo y en todo lugar que se puede hacer la obra. Pero todo no está en entrar allí, es preciso estar instruido en las operaciones, saber hacer la extracción del mercurio y adivinar de qué mercurio hablan los filósofos. Es precisamente en esto que Espagnet hace la aplicación de estas palabras de la Sibila, Pauci quos aequus, etc. Pues como dice el mismo autor (canon 36): Para impedir que se distinguiera cuál es el mercurio del que hablan los filósofos y ocultarlo en las tinieblas más obscuras, ellos han hablado como si hubieran de muchas clases, y lo han llamado mercurio en todos los estados de la obra donde se encuentra y en cada operación. Después de la primera preparación lo llaman su mercurio y mercurio sublimado
; en la segunda que ellos llaman la primera, porque los autores no mencionan esta primera, llaman a este mercurio, mercurio de los cuerpos o mercurio de los filósofos, porque entonces el Sol está allí reincrudado; todo se vuelve un caos, es su Rebis, es su todo, porque todo lo que es necesario para la obra se encuentra allí. Así mismo a veces han dado el nombre de mercurio a su elixir, o medicina tingente y absolutamente fija, aunque el nombre de Mercurio casi no conviene más que a una substancia volátil. Se ha de ser, pues, hijo de los dioses para salir de las dificultades y seguir exactamente las enseñanzas de la Sibila, si se quiere pasar dos veces por el lago Estigio y ver dos veces la morada del Tártaro, es
decir, hacer la preparación de la piedra o del azufre y después el elixir. En cada operación se ve una vez el negro Estigio y el tenebroso Tártaro, es decir, la materia al negro.
[3] . Este árbol es el mismo que aquel donde estaba suspendido el Toisón de oro, es la misma alegoría explicada en el segundo libro. Pero la dificultad está en reconocer es
ta rama; pues los filósofos, dice Espagnet (canon 15), han puesto una atención más particular en ocultar este ramo de oro que cualquier otra cosa, éste sólo lo puede arrancar, añade este mismo autor según las palabras de la Sibila: quien ... podrá reconocer los pájaros maternales hacia quienes dos palomas, viniendo del cielo, dirigirán su vuelo. No es sorprendente que los filósofos se hayan aplicado en ocultar este ramo de oro, puesto que está ante los ojos de
todo el mundo (Cosmopolita, epílogo, en Enigmas), se encuentra por todo, todo el mundo hace uso de él y todo proviene de él. Es conocido de los jóvenes y de los viejos, dice el autor del tratado que lleva por título, Gloria Mundi, se encuentra en los campos, los bosques, las montañas y los valles. Pero se le desprecia porque es muy común. Ni la fuerza ni el hierro son necesarios para arrancarl
o; es la ciencia de la obra. Este ramo es el mismo que la planta llamada Moly, que Mercurio dio a Ulises (Odisea, lib. 10, vers. 302 y ss) para librarse de las manos de Circe. Tal diciendo, el divino Argifonte (Hermes) entregome una hierba que del suelo arrancó y, a la vez, me enseñó a distinguirla; su raíz era negra, su flor de color de la leche ;Moly suelen llamarla los dioses; su arranque es penoso para un hombre mortal. Por eso se ve que Homero y Virgilio están deacuerdo, pero el primero indica más
precisamente la cosa, puesto que señala el color de la raíz y de la flor. Los antiguos autores que pensaban que Homero sólo escribía alegóricamente, no se han cuidado de buscar esta planta entre el número de las otras. Ellos han pensado que Homero sólo había querido significar con ello la erudición y la elocuencia. A este respecto se puede ver a Eustatio, fol. 397, lig. 8, y a Teócrito, Idyll. 9, vers. 35. Así mismo lo han querido probar mediante la lengua hebraica, de la que muchos piensan que este poeta estaba perfectamente instruido, lo mismo que de las ceremonias del culto de los judíos. Filóstrato favorece este pensamiento (Heroicis, fol. 637). Véase también a Focio en su Biblioteca, fol. 482. Duport, Gnomolog, Homeric, Noel el Conde (Natali Conti) (Mitología, lib. 6, cap. 6) y (Antología, fol. 103). Plino el naturalista ha creído que esta planta era el Cinocéfalo, en latín Antirrhinum, y en francés muffle de veau. (lib. 25, cap. 4, y lib. 30). Emeri en su Diccionario de las plantas, piensa que Moly es una especie de ajo, del que da la descripción bajo el nombre de Moly. Ptolem. Héphaestion, también habla de ella, lib. 4. Collat. Cum Scholiis Sycophron, vers. 679. Todavía se puede consultar sobre eso a Máximo de Tiro, cap. 9; pero ni los unos ni los otros han dado en el objetivo. En verdad Homero hablaba alegóricamente, pero hacía alusión a los colores que sobrevienen a la materia de la gran obra durante las operaciones. La raíz de esta planta es negra, porque los filósofos llaman raíz y llave de la obra al color negro, que es el primero en aparecer. El color blanco que sucede al negro son las flores de esta planta, o las rosas blancas de Abraham el judío y de Nicolás Flamel; el lis de Espagnet y de tantos otros; el narciso que recogía Proserpina cuando fue raptada por Plutón, etc. Por eso se ve el por qué la fuerza y el hierro son inútiles para arrancar esta planta.

lunes, diciembre 04, 2006

Eneas visita a la Sibila





Al tomar tierra en Cumas,[1] Eneas dirigió sus pasos hacia el templo de Apolo y hacia el antro de la horrorosa sibila, que este dios inspira y a través de la cual descubre el porvenir. La entrada de este templo estaba decorada con una representación de los sucesos de Dédalo, llevando las alas que había fabricado y que después consagró a Apolo, en honor del cual había edificado este templo. También se veía allí el laberinto que Dédalo construyó en Creta, para encerrar al Minotauro, las penas y los trabajos que se han de experimentar para vencer a este monstruo y para salir de este laberinto una vez que se ha penetrado allí, teniendo el hilo que Ariadna dio a Teseo con esa intención.[2] Estas representaciones impresionaron a Eneas y se detuvo a contemplarlas, pero la sacerdotisa le dijo que el tiempo no le permitía entretenerse. Se vuelve, pues, al antro donde la sibila daba sus oráculos, y a penas hubo llegado la vio arrebatada por el furor que tenía costumbre de agitarla en estas circunstancias. Los troyanos que acompañaban a Eneas fueron presos de terror. Eneas mismo tembló ante este aspecto y dirigió su ruego a Apolo desde lo mejor de su corazón. Le recordó la protección tan particular con la que siempre favoreció a los troyanos y le rogó insistentemente que la continuara
Le prometió levantar dos templos de mármol en reconocimiento, uno en su honor y otro en el de Diana,[3] cuando se estableciera en Italia con sus compañeros de viaje. Así mismo se propuso instituir las fiestas de Febo y hacer que se celebraran con toda la magnificencia posible. Después dirigió su palabra a la sacerdotisa y le rogó que no pusiera sus oráculos sobre hojas voladoras, temiendo que el viento las dispersara y no las pudiera recoger. Al fin habló la sibila y predijo a Eneas todas las dificultades que encontraría y los obstáculos que tendría que superar, tanto en su viaje, como en su establecimiento en Italia.[4] Pero ella lo exhortó a que no perdiera el coraje y que aprovechara la ocasión para llevar adelante su empeño con más vigor. Sin embargo sus oráculos[5] estaban llenos de ambigüedades, de equívocos y no era fácil entenderlos, pues envolvía la verdad con un velo oscuro y casi impenetrable.[6]
[1] . Virgilio, Enéida, lib. 6, vers. 2 y ss.
[2] . Las decoraciones de este templo son considerables, y no es sorprendente que hayan atraído la atención de Eneas. Un artista no tendría que reflexionar demasiado sobre una empresa tal como la de la gran obra, a fin de poder venir al punto de tomar, como Zachaire (en su Opúsculo) una última resolución que no encuentre ninguna contradicción en los autores. No solamente las operaciones y el régimen son un verdadero laberinto, de donde es muy difícil salirse, sino que las obras de los filósofos configuran uno aún más embarazoso. La gran obra es muy fácil, si se cree a los autores que tratan de ello, todos lo dicen, y algunos incluso aseguran que sólo es un divertimento de mujeres y un juego de niños; pero el Cosmopolita hace observar que cuando dicen que es fácil, se ha de entender para aquellos que la conocen. Otros han asegurado que esta facilidad sólo considera las operaciones que siguen a la preparación del mercurio. Espagnet es de este pensamiento, puesto que en su canon 42 dice: Se precisa un trabajo de Hércules para la sublimación del mercurio, o su primera preparación; pues sin Alcides, Jasón no hubiera emprendido nunca la conquista del Toisón de oro. Ya he explicado la fábula del Minotauro y de Teseo. Se puede recurrir a ella.
[3] . Apolo y Diana eran los dos principales dioses de la filosofía hermética, es decir, la materia fijada al blanco y al rojo, con razón Eneas se dirigía a ellos y les prometía levantar dos templos. El mármol, por su dureza, indica la fijeza de la materia, y el establecimiento de Eneas en Italia designa el término de los trabajos del artista, o el fin de la obra.
[4] . Las dificultades que se encontraron para llegar a este establecimiento no son pequeñas, ya que muchos lo intentan y lo han intentado sin tener éxito. Lo podemos juz
gar por lo que dice Pontano (Epístola sobre el fuego), que ha errado más de doscientas veces y que ha trabajado durante largo tiempo sobre la verdadera materia sin tener éxito, porque ignoraba el fuego requerido. Se puede ver la enumeración de estas dificultades en el tratado que ha hecho Thibault de Hogelande.
[5] . Esta manera de explicarse mediante términos ambiguos y equívocos es precisamente la de todos los filósofos. No hay ni uno que no la haya empleado, es lo que hace a esta ciencia tan difícil y casi imposible de aprender en las obras que tratan de ella. Escuchemos a Espagnet sobre eso (canon 9): Que aquel que ama la verdad y que desea aprender esta ciencia escoja a pocos autores, pero señalados como buenos. Que tenga como sospechoso todo lo que le parezca fácil de entender, particularmente en los nombres misteriosos de las cosas y en el secreto de las operaciones. La verdad está oculta bajo un velo muy obscuro; los filósofos jamás dicen más verdad que cuando hablan obscuramente. Siempre hay artificio y una especie de superchería en los lugares donde parecen hablar con más ingenuidad. También dice en el canon 15: Los filósofos tienen la costumbre de expresarse mediante términos ambiguos y equívocos, así mismo a menudo parecen contradecirse. Si explican sus misterios de esta manera no es por el deseo de alterar o de destruir la verdad, sino a fin de ocultarla bajo estos rodeos y de volverla menos sensible. Es por esto que sus escritos están llenos de términos sinónimos y homónimos que pueden despistar. También se explican mediante figuras jeroglíficas y llenas de enigmas, y mediante fábulas y símbolos. Es suficiente leer a algunos de estos autores para reconocer este lenguaje. En cuanto a las fábulas de Orfeo, de Teseo y Helena, las hemos explicado en los libros precedentes.
[6] . Virgilio, Enéida, lib. 6, vers. 98.