viernes, abril 25, 2008

Dual dioses (1)


CIELO <><><> URANO
Este término tiene diferentes sentidos entre los Filósofos Herméticos. En general dícese del vaso de los Sabios dentro del que hacen su morada Saturno, Júpiter y todos los dioses. […] CIELO DE LOS FILÓSOFOS: También se entiende de la quintaesencia o materia depurada de los elementos, tal es la Piedra Filosofal y el elixir perfecto al rojo. CIELO: Los Filósofos Herméticos también han dado este nombre al fuego celeste que anima los cuerpos elementazos. Los cuerpos serán más fuertes o más débiles según contengan más o menos de este fuego, dependiendo su duración de la fuerte unión del espíritu celeste con el húmedo radical. Esta unión es lo que los Filósofos llaman el Cielo y la Tierra reunidos y conjuntados, el hermano y la hermana, Gabritius y Beya, el esposo y la esposa que se abrazan estrechamente, porque el espíritu volátil no sirve de nada, si no se le ha fijado en la naturaleza que ha de tomar. 

TIERRA <><><> GEA <><><> VESTA
Se considera generalmente que la verdadera tierra es la que aparece a nuestros ojos, es decir, el excremento de la tierra y demás elementos, que entra en la composición de todos los mixtos sujetos a muerte o corrupción. Pero dentro de esos excrementos hay un núcleo, una verdadera tierra principio, que no se destruye, que es la base de los cuerpos. […] Esa tierra es la tierra virgen de los Filósofos y la que se ha de entender cuando se dice elemento tierra. Los Filósofos herméticos dan el nombre de tierra a la minera que contiene la materia de la que extraen el mercurio y a continuación, mediante las operaciones, la materia misma de donde ese mercurio ha sido extraído. Aún dan ese nombre, tierra, a su mercurio fijado y es en este último sentido que conviene entender a Hermes cuando dice, en su Tabla Esmeralda: “tendrá la Fuerza de las fuerzas cuando será reducido en tierra”. Lo llaman entonces Agua que no moja las manos porque esa tierra era primeramente Agua y volverá a ser líquido todas las veces que sea mezclada con el agua de la que ha sido compuesta. 

SATURNO <><><
> CRONO Los Filósofos herméticos dan el nombre de Saturno a diversas cosas. Primeramente al color negro o materia llevada a ese color por medio de la disolución y la putrefacción. En segundo lugar al plomo común, el más imperfecto de los metales, por cuya razón es el más alejado de la materia de la gran Obra […] La mayoría lo llama Raza de Saturno y Saturnia vegetable. Pero en vano se buscará sustituir el mercurio extraído del plomo por el mercurio vulgar, sabiendo que este sería menos puro que aquél, estando, por eso mismo, mucho más lejos de la obra. Es necesario encontrar una materia que tenga la propiedad de purificar y fijar el mercurio. “Los Sabios –dice Filaleteo- lo han buscado en la Raza de Saturno, encontrándolo allí añadiendo un azufre metálico del que carecía.


OPS <><><> REA <><><> CIBELES
Una de las grandes divinidades de los egipcios. Hija del Cielo y de la Tierra; también tuvo los nombres de Ops, Cibeles y Vesta. OPS: Hija del Cielo y de Vesta. Hermana y esposa de Saturno. Fue adorada bajo el nombre de Cibeles y era considerada diosa de las riquezas y es que al ser la tierra filosófica es, en efecto, la base de la obra hermética, fuente de las riquezas y de la salud. En su calidad de mujer se la puede entender como Plata viva.






JÚPITER <><><> ZEU
S Los químicos dan este nombre al metal que nosotros conocemos comúnmente bajo el nombre de Estaño. Pero los Alquimistas, con frecuencia, entienden otra cosa, como enla explicación que dan a la fábula de Anfitrión y Alcmena, donde Júpiter está considerado como ese calor celeste y ese fuego innato que es la primera fuente y como la causa eficiente de los metales, por ello dicen que el Mercurio, que es su primer y principal agente de la Gran Obra está representado bajo el nombre de Hércules (Heracles), engendrado por Alcmena y Júpiter. Pues Alcmena es considerada símbolo de la materia terrestre y seca, que es como la matriz de la humedad metálica sobre la que obra Júpiter. Júpiter transformado en águila y raptando a Ganímedes no significa otra cosa que la purificación de la materia por la sublimación filosófica. 

JUNO <><><> HERA
(de las Fábulas) Juno, pues, siendo hermana gemela de Júpiter, ha debido nacer al mismo tiempo que él. Y como el aire que se encuentra en el vaso, por encima de la materia disuelta se llena de vapores que se elevan en el tiempo en que el Júpiter filosófico se forma, es natural también que se personificara a esta humedad volátil y siempre en movimiento, suspendida en lo alto del vaso y como apoyada sobre la tierra que sobrenada en el agua mercurial, que se ha juzgado a propósito darle el nombre de Hera, o hermana de Júpiter.



[…] El oro filosófico volatilizado forma la cadena que tenía suspendida a esta diosa. En vano los otros dioses quisieron ponerla en libertad, no pudieron conseguirlo, porque esta cadena de las partes del oro volatilizado se sucede sin interrupción hasta que viene a reunirse con Júpiter y con esta humedad. Entonces se hace la paz entre el fijo y el volátil, entre Júpiter y Juno. Los yunques que tenía en los pies son un verdadero símbolo del fijo, por su enorme peso que los vuelve sólidos y fijos en la situación en que se los pone. Se supone naturalmente que esta pesadez tiraba de Juno hacia la tierra, a fin de designar la virtud imantadora de la parte fija que atrae a la parte volátil hacia ella y con la que finalmente se reúne.

Aportación del traductor


El otro día un lector de éste, vuestro blog, me escribió un amail muy gratificante a mi dirección de correo, pues dice serle de “utilidad cierta”, lo que le agradezco efusivamente. Terminaba su mensaje con unas preguntas: ¿Palas es la misma que Minerva? ¿Cuál es la griega y cuál la romana o latina? Realmente a veces es un lío el hecho de que sean los mismos dioses con diferentes nombres; en mi respuesta le recomendé el uso de un buen diccionario, por ejemplo El Diccionario de Mitología Griega y Romana, Pierre Grimal, ediciones Paidós. Pero puesto que Pernety, nuestro autor, publicó su Diccionario Mito-Hermético al mismo tiempo que Las Fábulas Egipcias y Griegas, objeto de este blog, se me ocurrió iniciar una sección presentando los nombres de los dioses más mencionados, en sus dos versiones, o sea, la romana o latina y la griega, a la que titularé Dual dioses, para mantener la conexión de entradas, donde los acompañaré con unos fragmentos de la explicación que Pernety da en su Diccionario Mito-Hermético, del que recuerdo encarecidamente que hay una traducción al castellano en ediciones Indigo, realizada y dirigida por Santiago Jubany, en Barcelona 1993.

domingo, marzo 23, 2008

MEDUSA Y EL INTELECTO, de Emmanuel d'Hooghvorst


Siguiendo en la línea de ese viaje a los infiernos del que hablan los adeptos me complace animar al lector a la meditación de este fragmento del HILO DE PENÉLOPE de Emmanuel d’Hooghvorst, titulado MEDUSA Y EL INTELECTO, a propósito del Infierno de Dante, (Arola Editors, Tarragona 2000, página 137).

El Infierno y la Muerte dijeron: Hemos oído hablar de ella (de la Sabiduría, pero no sabemos dónde está). Dios es quien tiene la inteligencia de su sendero y conoce su morada.[1]
Job



Cuando Dante descendió al Infierno, acompañado por Virgilio, llegó a la entrada del sexto ante la sombría muralla de la ciudad de Dite y fue recibido por este grito de las feroces Erinias:
¡Que venga Medusa, lo convertiremos en esmalte (smalto)[2], IX, 52.
Efectivamente, en la antigüedad se atribuía a Medusa la propiedad de petrificar a los que la veían: los volvía insensibles como la piedra. Aquí, como el esmalte, “smalto”.
Antes de desarrollar más ampliamente el tema, refirámonos al del poema y a la verdadera naturaleza del infierno de Dante. ¿Por qué era necesario que el poeta descendiera a esta siniestra caracola para alcanzar el paraíso? Todos recordaremos los primeros versos del Infierno:
En la mitad del camino de nuestra vida, me encontré en una selva oscura, donde se había perdido la vía recta. (I, 1-3)
Queriendo salir de este valle que le había “de miedo traspaso el corazón” (I, 15), nuestro gran poeta se esforzó en escalar la montaña que lo encerraba. Varios obstáculos: na pantera, un león, una loba hambrienta de alzaron ante él y le hicieron perder toda esperanza de alcanzar las alturas. (I, 54)
Se le apareció Virgilio y le puso en guardia con respecto a la loba: nunca permite el paso a nadie, pues se lo pide con tanto ahínco que acaba matándole. (I, 96)
Se la define como un hambre nunca saciada.
El sentido de este pasaje podría ser el siguiente: “en la mitad de nuestra vida”, Dante se sentía como desviado. Así, pues, todavía no estaba iniciado en el “bello estilo” (I, 87), cuyo maestro fue Virgilio. Estaba dominado por el impulso natural de alcanzar la cima donde luce el sol naciente (I, 16-18); como el espíritu que quiere alcanzar el gran Pan sabido antes, intenta levantar el vuelo hacia las alturas donde brilla la pureza original, objeto de su nostalgia mística.
Era preciso que Virgilio le revelara el verdadero camino de inmortalidad: “deberás”, le dijo, “hacer otro viaje si quieres huir de este lugar salvaje” (I, 91-93), si quieres escapar de esta ogresa que lo devora todo, de este sueño ávido y destructor. Entonces, Virgilio le enseñó el sendero tenebroso que conduce al centro del Universo, “donde los pesos convergen de todas partes” (XXXIV, 111), lugar de las riquezas congeladas, sobre cuya consistencia se levanta el purgatorio, también llamado “la puerta de san Pedro” (I, 134).
Éste es el sendero de los héroes. También lo denominamos sendero de Hermes, donde Dante reconoció “la vía recta” o vía de la derecha, deseo de su corazón. En la enseñanza de Virgilio reencontró su “primer propósito”: Con tus palabras, me has tan bien dispuesto el corazón para seguirte, que he vuelto a mi primer propósito. (II, 136-138)
El infierno es “una cosa secreta” (III, 21). Es el secreto del mundo, el lugar del amor condenado: Me hicieron la divina potestad, la suma sabiduría y el amor primero. (II, 5-6). Esto es lo que estaba trazado con un color oscuro sobre la puerta de la ciudad doliente. Cuando el amor se volvió avaro, fue el infierno, cuyo fondo es un lago de hielo donde reside Dite, atrapado en aquel hielo hasta el vientre.
El Infierno se divide en dos. Del canto IV al canto VII, encontramos a los que han pecado por haberse dejado arrastrar. Primero, el vestíbulo: allí se amontonan los innumerables mediocres que nadie quiere y que no encuentran sitio en ningún lugar. Luego, los pecadores de la carne, los glotones, avaros, pródigos, coléricos, rencorosos y melancólicos. Son los pecadores por haberse dejado arrastrar.
A partir del sexto círculo (canto IX),l los dos poetas visitan el infierno propiamente dicho. Allí están los pecadores por malicia. Están encerrados en la ciudad de Dite, cuyas “cúpulas son rojas por el fuego que interiormente las abrasa” (VIII, 73-74). “Aquella ciudad está rodeada por una infranqueable muralla de hierro”. (VIII, 77-78). Allí, sucesivamente, se encuentra a los heréticos, los violentos, los engañadores y los traidores.
En las inmediaciones de esta ciudad es donde Dante oyó ese grito siniestro: ¡Que venga Medusa, lo convertiremos en esmalte! (IX, 52)
En la mitología, Medusa (o Gorgona) era hija de dioses marinos. Su atroz destino la volvió célebre: era una bella joven, pero sus cabellos fueron transformados en serpientes por Atenea (Minerva) por haber dado a luz a Crisaor y Pegaso, frutos de su unión con Poseidón (Neptuno) en uno de los templos de la diosa. Su cabeza se convirtió en algo tan terrible que los que la miraban quedaban petrificados. ¿Acaso no significa el verbo “méduser”[3] ‘dejar estupefacto’?
En el transcurso de su famoso descenso a los infiernos, Ulises se expresa en la Odisea del siguiente modo: Sentí volverme verde de miedo con sólo pensar que desde el fondo del Hades la noble Perséfone pudiera mandarnos la cabeza de Gorgo, aquel terrible monstruo.[4]
El neoplatónico Porfirio, del siglo III d. C.,[5] ha comentado este pasaje: Aristóteles define a Gorgo o Medusa como terror, pánico para los que la ven.[6] Ulises temía que le fuera enviado un demonio de este tipo…” Pero Porfirio añade: “Temer no es ver”, al parecer haciendo alusión al carácter imaginario de esta aparición.
La observación de Porfirio define bien la naturaleza de esta Medusa petrificante. Es un fantasma para el que el testimonio de los sentidos no interviene en nada. Si bien se manifiesta a los condenados como terror pánico que se apodera de los espíritus pasmados, puede, sin embargo, en el transcurso de la vida del hombre tomar otros aspectos. Es el peligro de cualquier actividad psíquica separada de los sentidos y, por consiguiente, insensata. He aquí el dolo de las falsas revelaciones. Este monstruo sin huesos ni carne es como Proteo, que toma todas las formas pero no permanece en ninguna. Medusa es una pega para los que se deleitan en ella.
Pensamos que es inútil insistir sobre este cielo de mentira. El lector comprenderá lo que referimos.
La ciudad de Dite es, según hemos visto, la de los astutos, defraudadores y traidores. Recordemos que estaba rodeada por una muralla infranqueable: el delirio del espíritu se une la astucia de la razón. Éste es el momento de recordar las excelentes páginas de El Reino de la Cantidad,[7] donde el autor denuncia el racionalismo “que niega al ser humano la posesión y el uso de cualquier facultad de orden trascendente…”. Ésta es la muralla que envuelve la ciudad infernal: el olvido heló como hierro. Hemos visto anteriormente que el Infierno era el secreto de este mundo.[8]
¡Qué bien combinada está la trampa! Nunca un cazador con trampas cedió ante las súplicas o las lágrimas. El sendero de Hermes está olvidado.
Así dijo el Maestro: vuélvete hacia el interior y cierra los ojos, pues si la Gorgona se muestra y tú la ves, nunca podrás volver arriba.
Así dijo el maestro” despierta nuestra atención. Este interior hacia el que el discípulo ha de volverse es el del sentido, y la invitación a tener los ojos cerrados se comprende fácilmente.
Un hermetista contemporáneo, Louis Cattiaux, escribirá, por ejemplo, con un significado análogo: “El maestro, al visitar la morada del discípulo […] abrió todas las ventanas excepto la que miraba al Norte […]”.[9] Asimismo, antes de la reforma llamada de Pablo VI, al final de la misa católica, el sacerdote, volviéndose hacia el norte, recitaba el prólogo del evangelio según san Juan para conjurar las potencias infernales: En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre venía a este mundo. (Juan, I, 4-9)
En el poema de Virgilio,[10] cuando el piadoso Eneas fue a buscar a la Sibila para pedirle que lo guiara en los infiernos, aquélla le advirtió de los peligros que le esperaban en los siguientes términos:
[…] El descenso al Averno es cosa fácil. La puerta del negro Dite está de par en par abierta noche y día; pero volver atrás y salir a las luces de arriba, ahí está la obra, ahí está el trabajo. Unos pocos, nacidos de los dioses, a quienes Júpiter hizo objeto de su amor y llevados hacia el éter por una ardiente virtud, lo lograron […].
Uno dice lo que el otro calla.
Lo que mejor nos parece que define la condena está expresado en estos versos del Infierno:
Hemos llegado al lugar donde te dije que verías a la gente doliente que ha perdido el bien del intelecto. (III, 16-18)
Y posteriormente, leemos en el canto IX:
¡Oh, vosotros, los que tenéis el intelecto sano, ved la doctrina que se oculta bajo el velo de los versos extraños! (IX, 61-63)
Como si dijera: vosotros, que habéis reencontrado el intelecto original y no degenerado en astucia de la razón, penetrad, sólo vosotros, el misterio de mis versos.
Dante habla aquí como un discípulo de Hermes, según el lenguaje propio de la escuela, en el que el intelecto traduce exactamente el griego nous (νοϋς), considerado en los libros de Hermes Trismegisto como el fruto de una iniciación, un don divino. Volvamos a leer, por ejemplo, el tratado IV, denominado la “Crátera” o la “Mónada”.[11] El intelecto, en griego nous, es presentado allí a los espíritus de los hombres como un premio que ganar.
El señor Guignebert[12] escribe que en la época helenística, a la que se hacen remontar los textos de Hermes Trismegisto así como los escritos neotestamentarios, se utilizaba el término nous “[…] para designar a un dios nous, que les proporcionaba en el acto un conocimiento absoluto del Todo y, además, les otorga la inmortalidad”. Asimismo, en ciertos textos herméticos, nous también designa ‘el sentido de las palabras y de las cosas’.[13] San Pablo proclamaba: “Tenemos el nous de Cristo”, pasaje que san Jerónimo tradujo excelentemente por “nos autem sensum Christi habemus”, ‘tenemos el sentido de Cristo’.[14]
A partir de aquí se ve en qué difiere la revelación y, digamos la palabra, la gnosis, palabra condenada por los fariseos del cristianismo, en qué difiere ese conocimiento de todo lo que representa la manifestación de la Medusa. Hemos aludido anteriormente a que el Infierno era el secreto de este mundo. Pero es un secreto negado y es en eso que resulta verdaderamente una trampa diabólica.
Si la condena es la privación del intelecto, el infierno es vivir en un aire sin estrellas: Allí suspiros, llantos y profundos ayes resonaban en aquel aire sin estrellas […]. (III, 22-23)
Precisamente, Dante relaciona el bien del intelecto con el cielo (estrellado). Leemos en El Convite:[15]
Así también las ciencias son en nosotros la causa inductora de la perfección segunda, pues por medio de ellas podemos contemplar la verdad, que es nuestra última perfección, como dice el filósofo en el libro sexto de la Ética, cuando dice que la verdad es el bien del intelecto. Por estas y por otras muchas semejanzas, la ciencia puede ser llamada cielo […].
A la salida de este infierno, Dante exclama:
Entonces, salimos para ver de nuevo las estrellas. (XXXIV, 139)
Es el último verso del Infierno. Se pensará naturalmente en ese astro terrestre que condujo por etapas a los magos venidos de Oriente hasta el alumbramiento del hijo de Dios.
Es imposible hablar de Dante sin evocar a Beatriz, la dama de sus pensamientos. En La Vida Nueva,[16] evocando su primer encuentro exclama:
He aquí que viene un dios más fuerte que yo, que me dominará. (II, 5)
Este dios, lo habremos comprendido, es el amor que hace a los poetas.
Colocando al final lo que fue al principio, nuestro poeta celebra en el último canto del Paraíso lo que fue su salvaguardia desde el comienzo de su viaje.
Creo, por la agudeza del vivo rayo que soporté, que me habría perdido si hubiera apartado los ojos de él. (XXXIII, 76-78)
Deberíamos citar por entero este admirable canto XXXIII del Paraíso, que resume toda la obra:
Lo sé, mi decir no es más que una simple luz. (XXXIII, 90)
Esta luz está callada en el infierno que la niega; se clarifica en el purgatorio; se contempla en el paraíso.
[1] . Job XXVIII, 22-23.
[2] . Henri Longnon, ed. Garnier, París, 1938, traduce smalto por ‘piedra’, y André Pézard, ed. Gallimard, París 1965, por ‘mármol’.
[3] . Este verbo francés no tiene equivalente en castellano (N. del T.)
[4] . Homero, Odisea, XI, 634.
[5] . Porphyrii Quaestionum Homericarum, ed. Schrader-Teubner, Leipzig, 1880.
[6] . La atribución de esta definición a Aristóteles es dudosa. Tal vez se trate de un error de copista.
[7] . R. Guénon, El Reino de la Cantidad y el signo de los Tiempos, ed. Paidós, Barcelona, 1997.
[8] . Según la glosa de H. Longnon, op. cit., (en p. 137, n. 2).
[9] . Louis Cattiaux, El Mensaje Reencontrado, XXIV, 33’.
[10] . Virgilio, Enéida VI, 126-131.
[11] . Hermes Trismegisto, “Poimandrés” IV, 4, en Corpus Herméticum. (Existe una traducción al español: Textos Herméticos, ed. Gredos, Madrid, 1999.)
[12] . Ch. Guignebert, Le Christ, ed. Albin Michel, Paris, 1969, p. 339.
[13] . Véase Scout, Hermética, ed. Clarendon Press, Oxford, 1924, vol. I, p. 262.
[14] . I Corintios II, 16.
[15] . En Obras completas, ed. Bac, Madrid, 1980, p. 604.
[16] . En Obras completas, ibidem, p. 537.

lunes, marzo 10, 2008

ALQUIMIA Y RELIGIÓN (novedad editorial)

Me complace dar, al lector de este blog, noticia de esta novedad editorial aparecida en Siruela, obra de nuestro estimado autor R. Arola, citador asiduo de nuestro presente Pernety, y esclarecedor del momento actual en cuanto a simbolismo ancestral se refiere. Para ello hemos utilizado la misma sinopsis presentada en http://www.arsgravis.com/ y http://www.siruela.com/uela.com/ .
Alquimia y religión.
Los símbolos herméticos del siglo XVII
Raimon Arola

SINOPSIS
En este libro se incide en el estudio de la alquimia tal y como se conformó en el Renacimiento, en especial a partir de Paracelso, cuando se convirtió en el lugar donde algunos sabios concentraron un tesoro de conocimiento y desarrollo espiritual que, según ellos, debía llegar a convertirse en el núcleo interior y secreto de la tradición cristiana, así como en el impulso necesario para una reforma del pensamiento religioso. Pero con el racionalismo que se impuso en Europa a finales del siglo XVII, esta ciencia o arte se incluyó en el cajón de sastre que hoy en día se conoce como esoterismo y se la consideró como algo completamente ajeno a la religión. Sin embargo, tras la aparente locura
de los antiguos alquimistas se esconde una enseñanza que merece ser tenida en cuenta por los filósofos e historiadores de las religiones, de las artes y de las ciencias actuales. Sus postulados esclarecen registros y modos del ser humano que han permanecido olvidados o enmarcados en campos disciplinares ajenos a la vida del espíritu. Con este olvido, se ha marginado del pensamiento occidental su universo simbólico más íntimo, expresado básicamente por medio de imágenes.

jueves, febrero 21, 2008

VIRGILIO COMENTADO POR LOS ALQUIMISTAS

(Traducción del artículo de Hans van Kasteel aparecido en el nº 2 de la revista digital de http://www.beyaeditions.com/ )

La verdad se oculta bajo el velo de las fábulas y las parábolas, es necesario un espíritu muy recto y muy penetrante para descubrirla, así como se precisa un ojo muy ejercitado para reconocer el diamante bajo la envoltura que lo protege.
Louis Cattiaux[1]

Introducción
Los Antiguos llaman hermética a la reina de las ciencias, porque la atribuyen a Hermes, o química, porque en ella interviene una fusión metálica (χυμεία en griego), que engendra lo que ellos llaman su “piedra”, cuyos efectos son tan numerosos como maravillosos. Los filósofos siempre la han enseñado mediante términos ambiguos, para ocultar deliberadamente a la misma vez la materia sobre la que obran y su modo operativo. Y en efecto, la naturaleza del secreto suscita una doble reacción en los hombres: los más amantes buscan verla exitosamente penetrándola; los otros se definen ellos mismos negándola o ignorándola.
Cuando Emmanuel d’Hooghvorst, en el Hilo de Penélope, comenta los poemas de Homero, de Virgilio y de Ovidio según el sentido alquímico, renueva una tradición interrumpida desde hace dos siglos. En 1786 el sabio benedictino Dom Antoine-Joseph Pernety publicó las Fábulas egipcias y griegas, desveladas y reducidas a un mismo principio, seguidas un año más tarde por el Diccionario mito-hermético. El autor reagrupa allí, en un conjunto homogéneo, la interpretación hermética de los antiguos mitos: los mitólogos se entregarían eternamente a la tortura antes de conseguir explicar a Homero de una manera satisfactoria, si otorgan a Homero otras ideas que no sean éstas.[2]
¡Ay de mí! La mayor parte de los mitólogos y otros comentadores actuales de los antiguos poetas a menudo no tiene la menor noción de lo que es un filósofo hermético. Incluso ignoran la existencia de los innumerables escritos que dan testimonio de la realidad experimental de la ciencia alquímica.
Así Maurice Rat, estimable especialista y traductor de Virgilio, consagra muchas y detalladas páginas a la impresionante influencia literaria que ha ejercido la Enéida durante veinte siglos.[3] Pero ni una sola palabra sobre los numerosos comentadores que han indicado el sentido…
Toda la antigüedad clama al unísono que los poetas son filósofos y que sus versos vehiculan una doctrina. ¿No sería, por lo menos, sorprendente que un Virgilio decidiera de pronto romper con esta concepción para escribir solamente futilidades? Se rebatirá quizás que a parte de los aspectos mitológicos de su obra y del inigualable encanto poético se le descubre también la historia, la agricultura, la astronomía, la alegoría, así como la filosofía pitagórica y platónica… Precisamente, según los filósofos, estas son las vestiduras que velan la enseñanza del poeta:
Se puede decir todo de esta venerable piedra. Es por ello que los filósofos de este arte, en todas sus ciencias y obras, han hecho alusión a la ciencia de esta piedra hablando de manera mística.[4] Esta ciencia, pues, no ha descuidado ninguna cosa para apropiársela y asimilarla. Esto no es un inconveniente, puesto que todo lo que es y lo que no es lo adopta este divino arte como términos que le son propios, y habla de todo analógicamente en sus libros. Todos los otros artes son capaces de la misma cosa respecto a ello, tanto la filosofía como la astrología, la geomancia y el arte de las imágenes, como dicen Balgus y Morien en La Turba de los Filósofos […] Es preciso añadir aun toda la poesía, a la vez histórica y fabulosa, como aparece en los libros de Virgilio y Ovidio. Todo lo que concierne, pues, a la creación del mundo y las transformaciones, tan extrañas como imposibles, en el libro de las Metamorfosis de Ovidio y en los otros que han tenido esta ciencia, se refiere allí. Pero aquellos que las leen considerando solamente la superficie sólo ven en ellas asombrosas fábulas y no gustan nada de su raíz.[5]

Se podría multiplicar este género de testimonios que exhortan a buscar, tras los adornos del relato, infinitamente variados, la intención única de los poetas filósofos:
Morien dice: “Si examinas correctamente lo que te diré, así como el testimonio de los Antiguos, conocerás bien y claramente que concordamos todos en una sola cosa, y que en todo lo que decimos proferimos la verdad etc.” Todos tienen esta misma intención. Entre ellos están, por ejemplo, Hermes Trismegisto, padre y profeta de los filósofos, Pitágoras, Anaxágoras, Sócrates, Platón, Demócrito, Zenón, Heráclito […] Homero, Virgilio, Ovidio, y otro gran número de filósofos y amantes de esta verdad, de los que sería muy largo y pesado escribir sus nombres.[6]

Sin embargo, se podría reprochar a estos Sabios, el haber multiplicado demasiado las ficciones para expresar un mismo tema; formaron una recopilación de fábulas en cuya densidad es muy difícil distinguir el objeto o el hecho que quisieron expresar.[7]

¿No sería deseable que también en las escuelas y las universidades se abordara la intención de los antiguos poetas?
Entre los filósofos que atestiguan el hermetismo de Virgilio, se encuentran nombres tan prestigiosos como los de Augurel, Basilio Valentín, Robert de Valle, Ireneo Filaleteo, Marsilio Ficino, John Dee, Jean d’Espagnet, Paracelso, Thomas Vaughan, Blaise de Vigenère, Michel Maier, Barent Coenders van Felpen; etc., la lista no tiene fin. A menudo estos autores se contentan con citar algunas palabras, uno o dos versos, sacados de las Bucólicas, las Geórgicas, o de la Enéida, para ilustrar sus propios dichos; más raramente comentan todo un pasaje de Virgilio casi palabra a palabra, a la manera de los rabinos explicando la Escritura versículo a versículo.
El pasaje que sobradamente ha suscitado más numerosos y más profundos comentarios es sin duda el famoso ramus aureus [ramo de oro]. Eneas desea visitar a su padre Anquises en los infiernos y la Sibila de Cumas le da el siguiente consejo:
Comprende lo que es preciso hacer primero. En un árbol opaco se oculta un ramo de oro, así como sus hojas y flexible tallo. Se dice que está consagrado a la Juno infernal. Todo el bosque lo cubre, y las sombras lo encierran en oscuros valles. Mas no está permitido penetrar en las cosas ocultas de la tierra antes de haber desprendido del árbol los frutos de cabellera de oro. He aquí el presente que le es propio y que la bella Proserpina ha decretado que se le traiga. Arrancado el primero, el otro de oro no falta y la rama se cubre de hojas de un metal semejante. Busca, pues, decididamente con tus ojos, y como conviene, cuando lo hayas descubierto cógelo con tu mano. Pues por él mismo, de buena gana y fácilmente te seguirá, si los destinos te llaman; de otra manera no podrás vencerle por ninguna fuerza ni arrancarlo con el duro hierro.[8]

Incluso si se le negara al poeta la cualidad de filósofo hermético para el resto de su obra, sólo la mención de este metal vegetal debería atraer la atención del lector despierto. El más bien escéptico quimista Borrichius no puede evitar escribir:
Estos versos producidos por la profetisa de Cumas concernirían a la materia del magisterio químico, según el parecer de diversos autores: Robert de Valle, Glauber, y otros. Es innegable que bajo el velo de esta fábula se encuentra un sentido oculto, quizás desconocido para el mismo Virgilio […]. Para recordar lo que es este ramo de oro hemos recurrido primero a lo que escribe el erudito Acosta en su Historia natural (IV, 1): “Los metales son como plantas ocultas en las entrañas de la tierra, y en ellos hay una similitud en la manera de producirse, puesto que se ven también sus ramas y como un tronco del que ellas salen; de alguna manera parece que los minerales crecen como las plantas”.[9]

Vayamos a los comentarios más particularmente alquímicos de estos versos. Existen por lo menos tres que siguen el texto casi palabra a palabra. A mitad del siglo XVI, Giovanni Bracesco fue el primero en dar una interpretación más detallada y sustancial.[10] Fue seguido en esto, a principio del siglo XVII, por Michel Maier.[11] Medio siglo más tarde, Luigi dei Conti los imitó en un comentario aun más largo y particularmente esmerado.[12]
En el marco de este artículo nos es imposible abordar todos los aspectos exegéticos de estos comentarios, o de aquellos que expresamente no hemos citado. Nos contentaremos con proponer aquí una traducción anotada del texto de dei Conti, excelente ejemplo de lo que puede revelar una lectura hermética de Virgilio. Él resalta que el poeta mide perfectamente el sentido de los propósitos prestados a la Sibila, y que practica todo excepto un ejercicio de estilo.

Comentario de Dei Conti sobre el relato del ramo de oro

Aun no hemos descubierto a nadie que haya expuesto más claramente la doctrina, ocultándola bajo una concisión de lenguaje también admirable, como la Sibila de Virgilio. Hemos dado una interpretación en nuestro Edipo consolador, con otras muchas explicaciones parecidas. Hemos pensado transponer aquí este pasaje pensando que ello no molestará ni a aquellos que buscan este arte ni a todos los que hacen profesión de literatura humanista. Creemos que esta interpretación aclarará un poco las palabras de Geber citadas anteriormente. He aquí pues, el decir de la Sibila:

Coge[13] lo que es preciso perfeccionar primero

“Coge”, dice ella, no solamente con la mano, sino con el espíritu. Es con éste que se coge no solamente la materia, sino también la manera de operar sobre ella “lo que es preciso perfeccionar”, y esto desde el principio, por lo tanto “primero”[14]. Por otro lado ella no dice “hacer” (agenda) sino “perfeccionar” (preagenda), porque se ha de cumplir perfectamente la obra, o más bien las obras;[15] pues hay muchas, aunque se hagan de la misma manera y tiendan al mismo objetivo. He aquí por qué Morien, tras haber calificado primero la operación de única, la llama después doble, puesto que la una, añade él, es como la otra.

En un árbol opaco se oculta un ramo de oro, con las hojas y el tallo flexibles.

Aquí hace alusión al mismo tiempo a la materia y a la operación. Llama a la materia “ramo de oro”; “ramo” y no “árbol”, porque no es preciso coger todo el árbol, sino lo que sale del árbol natural, y el ramo procede de él como por el cultivo del arte. Este ramo es “de oro” (aureus, “auré”), no porque sea de oro sino porque tiene una afinidad con el oro, que busca imitar la naturaleza del oro, y como el alimento del oro, que le permite crecer como un vegetal, le es muy agradable. Este ramo es ocultado de dos maneras, tanto por la naturaleza misma, que es recelosa a la mirada de los mortales y que lo oculta en medio de maravillosas envolturas, como por aquellos que poseen el arte, y que lo ocultan no con menos celo. La Sibila designa la primera ocultación por el verbo latet “se oculta”, la segunda por el siguiente verbo, tegit, “cubre”. Pues se oculta naturalmente en tres sustancias, cada una de las cuales tiene su propia operación. Géber las llama “órdenes”; Senior, el noble filósofo árabe, las llama “tierras”: tierra de perlas, tierra de hojas y tierra del oro; Llull, en el capítulo 62 de la “Teoría” del Testamento, las llama tres “fermentos”, tres “mercurios”, tres “tierras”.[16] La Sibila, maravillosamente, hace alusión a estas tierras casi con las mismas palabras, diciendo que el ramo se oculta en un “árbol opaco”, en sus “hojas” y en un “tallo flexible”:[17] “árbol opaco” porque lo que da salida a las perlas es todo tenebroso y verdeante; “hojas” a causa de los colores, en particular el verde; finalmente el “tallo flexible” para designar la tierra del oro, porque siendo flexible a causa de la superfluidad terrestre, se vuelve blando.

Se dice que está consagrado a la Juno infernal.

Este ramo es consagrado a la naturaleza subterránea, es decir metálica, no a la vegetal ni a la animal. La razón por la cual calificamos a la materia de metálica es que está consagrada sólo a la naturaleza de abajo (infernae, “infernal”), no a la de arriba, que es luminosa, ni tampoco a la celeste. Luego se añade lo concerniente a la ocultación de los escritos:

Todo jugo[18] lo cubre y las sombras lo encierran en oscuros valles.

“Todo jugo”, es decir, todo libro[19] y tratado “cubre” este arte en medio de maravillosas envolturas, expresiones místicas, parábolas simbólicas, cabalísticas, enigmáticas y de toda clase de oscuridad, así como los mismos maestros lo afirman; Géber por ejemplo dice: “Lo hemos confiado a un género de discurso que sólo puede ser comprendido por el Espíritu de Dios el Altísimo, bendito, sublime y glorioso, y por nosotros que lo hemos descrito, o incluso por aquel que tiene la gracia de la bondad divina infusa”. Y un poco más lejos: “Transmitimos sólo a nosotros, y no a los otros, el arte que sólo nosotros hemos buscado, que no es menos verdadero y cierto”.[20]

Pero no está permitido penetrar en las cosas recubiertas de la tierra, antes de que se hayan desprendido del árbol los frutos de cabellera de oro.

Lo que ella había llamado un poco más arriba “ramo de oro” ahora lo llama “frutos con la cabellera de oro”, para mostrar evidentemente que se trata de una producción del árbol, no del árbol mismo, como ya lo hemos dicho. Esta producción tiene la “cabellera de oro”, y esto confirma lo que habíamos anticipado, a saber, que no se trata de hablar propiamente del oro (aurum) , si no más bien de una “cabellera de oro” (auricoma), es decir, de una materia que comporta las propiedades que en lo posible a él se asemejan.[21] También hace una alusión suficientemente clara a la operación mediante el verbo “desprendido”, como más abajo mediante el verbo comparable “arrancado”, y aún más abajo por “cogido”. Estos tres verbos tienen la misma resonancia e indican que este fruto debe ser arrancado por una mano de partera, en tanto que la naturaleza misma lo permita y consienta en ello espontáneamente, tal como lo enseñará más adelante. Si no se tiene este ramo todo acceso al conocimiento de la naturaleza permanece absolutamente cerrado. En efecto, no se tiene permiso de penetrar lo que la naturaleza hace en secreto bajo la tierra, ni de alcanzar otras cosas muy admirables y muy sublimes, pero no menos “recubiertas”, indeterminadas y ocultas, más que cumpliendo el arte y la naturaleza sobre la tierra,[22] a menos que se sepa toda esta obra completamente y perfectamente, sin tener duda ni vacilación. Pues la opinión no vale nada en este arte; lo que se requiere es la ciencia infalible conocida por la experiencia que no engaña.[23]

He aquí el presente que le es propio, y que la bella Proserpina ha decretado que se le traiga.

Es como si dijera que esta materia y esta operación son exigidas por un fatal decreto de la divinidad; y todo esto ella lo llama “presente”, según el decir del sabio: Dios ha puesto esta cosa que no se puede comprar a ningún precio, sino gratuitamente, por un ligero trabajo de las manos, y por una virtud de espíritu absolutamente hercúlea. Es el don específico de Dios, como afirman todos los autores. También Orfeo hablando de este arte lo llama a menudo “don” y “presente”. A propósito de este “presente” ella añade que le es “propio”, es decir a Proserpina, o a la naturaleza, y esto para mostrar que no se trata de una obra del arte sino solamente y únicamente de una obra de la naturaleza, a condición sin embargo de que el arte preste las manos de partera. Por “Proserpina” designa a aquella que las naciones tenían por la diosa de las riquezas y la esposa de Plutón. Ella la llama “bella” por alusión a la materia misma, y a la operación, dotada de una tal belleza que si un enfermo moribundo la mirara remitiría fácilmente de su dolencia, como así lo afirma Jean de Lusnior. También puede designar la claridad, el esplendor y la pureza, que anuncian de antemano la rectitud de la obra, según el decir de Morien: Considera si puedes dirigir rectamente una cosa pura y muy limpia; de lo contrario la operación se demostrará ineficaz. Aquel, pues que intente acceder a “Proserpina”, es decir, a este arte muy bello y casi divino, debe necesariamente y previamente proveerse del susodicho “presente”.

Arrancado el primero, el otro, también de oro, no falta, y el tronco se cubre con hojas de un metal parecido.

Aquí ella no declara la multiplicación,[24] sino la primera fermentación, como así la llaman los artistas. Pues hay dos ramos: el primero es como la corteza del árbol, inútil, y se ha de rechazar, este sale en primer lugar; “el otro”, “de oro” sería igualmente inapropiado para acercarse a Proserpina si no estuviera enriquecido con el alma del oro. Algunos los califican de “azufres”, de los cuales el segundo, que es incombustible, es reforzado por la fermentación del oro, sin que este falte. Es por lo que dice: El otro, de oro, no falta si el primero ha sido arrancado, sino que crece “en un metal semejante”, produce un retoño más digno y propaga una especie con la semejanza de una “verga”, es decir, de una planta, lo que indica con la frase: “se cubre de hojas”. Diciendo que ello se hace de “un metal semejante” (simili), ella muestra que el susodicho “ramo de oro” no es de oro, sino que crece al mismo tiempo (simul) que aquel que, por esta razón, es dotado con el nombre de “metal”.[25]

Búscalo, pues, decididamente con tus ojos y como conviene, y cuando lo hayas descubierto cógelo con tu mano.

Por la expresión “busca decididamente” ella insinúa la dificultad que también ha indicado Géber más arriba, en el mismo pasaje: Siendo apremiante la obra, que se sea asiduo sobre esta obra etc. Pues esta operación necesita un esfuerzo asiduo y apremiante. Es preciso “pues” escrutar “decididamente”, es decir, con profundidad, largo tiempo, mediante una búsqueda laboriosa, con el espíritu y las manos, y con los “ojos” del espíritu a la vez que con los del cuerpo, porque la operación está dirigida por signos demostrativos, y su perfección o imperfección es manifestada por la visión ocular. Es lo que hace decir a Géber en la Suma de perfección (I, 2): Decimos pues, que si no se tiene los órganos completos no se podrá llegar al cumplimiento de esta obra, por ejemplo si se es ciego o que se tengan las extremidades mutiladas, puesto que no sería ayudado por lo miembros por los cuales el arte se perfecciona, y que son como los servidores de la naturaleza.[26] Es por lo que ella añade: “y como conviene, y cuando lo hayas descubierto”. En otras palabras, se habrá de descubrir este ramo mediante una búsqueda mental, larga, continua y penosa, después igualmente “como conviene” es asiéndolo manualmente, cogerlo del árbol suavemente y con gran ingeniosidad[27] al retirarlo, con las seducciones y caricias que convienen a su naturaleza. La fórmula “como conviene” debe ser, pues, relacionada tanto al verbo “descubierto” como a “cógelo con tu mano”. Finalmente ella da la razón de ello:

Pues por él mismo, voluntariamente y fácilmente te seguirá, si los destinos te llaman; de lo contrario no podrás vencerlo con ninguna fuerza, ni arrancarlo mediante le duro hierro.

Con estas palabras indica la increíble facilidad de la obra, para los que saben el arte. El conde Bernardo lo confirma cuando dice: Es muy fácil, mira hasta que punto es fácil que si yo lo dijera con palabras claras, o si hiciera una demostración ocular, a penas podrías creerlo.[28] Pues “por él mismo”, por un esfuerzo casi espontáneo el arte desea extraerse de las entrañas y las cortezas donde, por su naturaleza, es retenido y apartado de su efecto. Es pues, él mismo que lo quiere, y exulta como un gigante para recorrer el camino, si los “destinos” son favorables, es decir, si Dios primero, después la fortuna y la propia disposición no se oponen a ello. Pues de lo contrario no se podrá conseguir jamás, sea cual sea el esfuerzo o la violencia que se emplee. En efecto, esta cosa no se adquiere por la “fuerza” como dice el sabio: Mas tu derecha[29] maravillosamente te guiará hacia la verdad, hacia la mansedumbre y hacia la justicia, y así la luz se alzará para el justo, y la alegría para aquellos que tienen el corazón recto.
[1] . Le Message Retrouvé, III, 17, en: Louis Cattiaux, Art et hermétisme, Beya, Grez-Doiceau, 2005, p.55. [también en castellano, por ejemplo, ed. Sirio, Málaga 1996, o en catalán, Arola Editors, Tarragona 2005, o en portugués, ed. Madras, Sao Paulo 2005. (entre otras traducciones).]
[2] . Dom A.-J. Pernety, Dictionaire myto-hermétique, Denoël, París, s. d., p. 160, s. v. «Homero ». [Hay una traducción al castellano de S. Jubany en ed. Indigo, Barcelona 1993.]
[3] . Cf. M. Rat, Virgile, L’Énéide, Garnier, Paris, 1965, p.22-25.
[4] . En latín, mystice : de una manera que trata los misterios, los mistes iniciados.
[5] . Pierre le Bon « Nouvelle Perle précieuse », en : Theatrum chemicum, t. v. Zetzner, Strasbourg, 1660 (reeditado en Bottega d’Erasmo, Turin, 1981), pp. 592-593.
[6] . Pierre le Bon, op. cit., p. 639.
[7] . Fabre du Bosquet, Concordance mito-physico-cabalo-hermétique, ed. Mercure Dauphinois, Grenoble, 2002, p. 63. [hay una traducción en castellano, también prologada por Charles d’Hooghvorst, en ed. Obelisco, Barcelona 1986, p. 127.]
[8] . Virgilio, Enéida, VI, 136-148. Nuestra traducción es casi literal.
[9] . Olaus Borrichius, Disertación sobre el nacimiento y el progreso de la química, en: J.-J. Manget, Biblioteca chemica curiosa, t. I, Chouet etc., Genève 1702 [reed. Arnaldo Forni, Naple, 1976], p. 25. Se comparará este comentario al de Michel Maier, en su Symbola aureae mensae doudecim nationum, Jennis, Francfort, 1617 [reed. Akademische Druck- und Verlagsanstalt, Graz (Autriche), 1972], del que una traducción parcial, a saber del capítulo consagrado a Virgilio, ha aparecido en la revista Le Fil d’Ariane, nº 3, Walhain-St-Paul, 1973, pp. 44 ss. (trad. C. Froidebide); citamos el extracto siguiente (p. 46): ¿No es en un “sombrío árbol”, es decir, en las mineras dispersadas bajo la tierra a semejanza de las ramas y de las raíces de los árboles (por lo que algunos también llaman “árboles subterráneos” a las vetas de los minerales extendidos en la tierra como los árboles) que se oculta un ramo cuyas hojas y flexible tallo son de oro?
[10] . Cf. G. Bracesco (Johannes Braceschus), “Le Bois de vie”: J.-J. Manget, op. cit., t. I, p. 914-915.
[11] . Cf. M. Maier, op. cit., (supra, n. 9).
[12] . Cf. L. dei Conti (Ludovicus de Comitibus), “Elucidación de los metales y las obras metálicas de la naturaleza”, en: J.-J. Maget, op, cit., t. II, pp. 839-840.
[13] . En latín: occipe, palabra que ha tenido fortuna en la literatura alquímica en la encabeza innumerables “recetas”. Se la traduce generalmente por “toma”; sería quizás más conforme a la intención de los autores traducir “recibe”. Cf. E. d’Hooghvorst, Le Fil de Penélope, t.I, Table d’emeraude, Paris, 1996, p. 116 [en el castellano El Hilo de Penélope, Arola Editors, Tarragona 2000, p. 122] (a propósito de aquellos que consultan a la Sibila): Igualmente, muchos buscadores, a falta de la santa cábala, que es la única que permite la comprensión de los textos herméticos, han odiado la alquimia y considerado imposible la Gran Obra. Recordemos que la palabra “cábala”, de origen hebreo, significa “recepción de un don”-
[14] . La palabra prius, “primero” no tiene equivalente exacto en francés, en el sentido que designa un primer tiempo seguido solamente de un segundo. Relacionándola con “coge” se puede comprender que se ha de coger “primero” con el espíritu, después con la mano. Relacionándola con “perfeccionar” se puede comprender que hay dos perfecciones. Pues un poco más lejos la operación es calificada de “doble”. L. Cattiaux, El Mensaje Reencontrado, XXXVII, 41 y 41’ (op. cit., p.407), evoca “la perfección de la obra humana”, después “la perfección de la obra divina”.
[15] . Paragenda, es un plural; se puede comprender: “obras (opera) a perfeccionar”.
[16] . Cf. Pseudo-Raymon Lulle, El Testamento, Beya, Grez-Doiceau, 2006, p. 111 (cap. 63): En el presente, hijo mío, tengo la intención de decirte en resumen la naturaleza de los fermentos, de las aguas, de nuestras paltas vivas, que todas son una sola cosa y una sola naturaleza, y hablar también de nuestras tierras. Te digo que todo esto no es más que una sola cosa que, según las operaciones, se distingue en tres.”
[17] . Lectura extraordinariamente precisa del texto, conforme a la manera rabínica de leer la Escritura. En efecto, Virgilio escribe: Latet arbore opaca aureus et foliis et lento vimine ramus, cuyo sentido más literal es : « El ramo de oro se oculta en el árbol opaco y en las hojas y en el tallo fexible”.
[18] . En lugar del tradicional lucus “bosque”, nuestro texto da dos veces succus, variante de sucus, “jugo”, “savia” , o de soccus, “calzado”, “zapatilla”, particularmente la del comediante, de donde viene el sentido de comedia”. ¿Se trata quizás de una lección propuesta por el comentador, un vez más a ejemplo de los rabinos cabalistas que a veces y a voluntad se toman ciertas libertades en relación con el texto canónico de la Escritura? O ¿sólo se trata de un error de transcripción? Observemos la etimologíamtradicional de lucus: “El lucus, “bosque” es un lugar donde los árboles por su densidad, privan de luz (lucem) al suelo. Se trata de una especie de antífrasis: en el lucus no hay nada de luz (non luceat).” (Isidoro, Etimologías, cf. ib. I, 37, 24 y XIV, 8, 30) Esta definición concuerda a la vez con el contexto del relato y con el comentario que sigue.
[19] . “Libro”, en latín liber, palabra cuyo primer sentido es “corteza”.
[20] . Se encontrará un comentario parecido en Jean d’Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, canon 15, en J.-J. Manget, op. cit., t. II, p. 651: Que el lector estudioso tenga cuidado con los múltiples significados de las palabras. Pues los filósofos explican sus misterios con rodeos engañosos y mediante discursos con doble sentido, incluso contradictorios generalmente, por el cuidado de no degradar o destruir la verdad sino más bien de envolverla y ocultarla. Es por lo que sus escritos están llenos de palabras ambiguas y de homónimos. No se aplican a nada con tanta energía como a ocultar su “ramo de oro”al que “todo el bosque cubre” y “la sombras encierran en oscuros valles”. Cf. también la traducción de Bachou en: J. d’Espagnet, La Filosofía natural restituida en su pureza, Beya, Grez-Doiceau, 2007, p. 131. [también en castellano en ed. Indigo].
[21] . Probablemente en el texto latín hay un juego de palabras difícil de traducir. El término coma, en griego Κόμη, “cabellera”, parece emparentado con el verbo Κομίζειν, “transportar”, de donde vendría la interpretación de auricoma como materia que comporta (gerentem) las propiedades del oro.
[22] . Otra interpretación literal y remarcable: las palabras telluris operta, “ cosas recubiertas de la tierra”, no designan necesariamente o únicamente a aquellas que la tierra recubre.
[23] . En un manuscrito de los Comentarios sobre la Enéida de Servio, se encuentra una nota en el margen, a propósito del verso VI, 137, que dice: Para algunos el ramo designa místicamente la ciencia, y el oro la claridad de la sabiduría; es así como se entra en los infiernos, es decir, que se escudriña los secretos de la ciencia. En efecto, Bracesco, El Bosque de vida, en : J.-J Manget, op. cit., t.I, p. 915, escribe: Dado que el conocimiento de esta ciencia es muy profundo y que es guardada, según Géber, en la potencia de Dios, el poeta dice que es preciso buscarla en todas sus fuerzas.
[24] . Evidente alusión al comentario de Maier (loc. cit.,p. 47): Siendo arrancado un primer ramo, etc. Esto hace alusión a la multiplicación al infinito, que en particular concierne al arte químico. Los alquimistas, como los cabalistas, a menudo parece que se contradicen. A propósito de esto L. Cattiaux en el Mensaje Reencontrado, I, 46 (op. cit., p. 39), da un precioso consejo: El que es inteligente compara minuciosamente las palabras de los sabios para descubrir el lugar donde todos concuerdan.
[25] . Metallum, en griego μέταλλον, viene de μετά, “con” o “contra”, y άλλος, “otro”. Allí donde se descubre una beta, otra se encuentra en las proximidades, y esto en casi todas las materias; de donde se piensa en el nombre de metalla que los griegos han dado a los metales. (Plinio el Anciano, citado por Jean Chrysippe Fanien, El arte de la metamorfosis metálica, en Theatrum chemicum, t. 1, Zetzner, Strasbourg, 1659 (reeditado en Bettega d’Erasmo, Turín, 1981, p. 33).
[26] . Cf. J. Mangin de Richebourg, Bibliothèque des philosophes chimiques, Beya, Grez-Doiceau, 2003, t. I, p. 138.
[27] . En latín: suaviter et cum magno ingenio, palabras tomadas de la Tabla de Esmeralda: Separarás la tierra del fuego, lo sutil de lo espeso, suavemente, con una gran ingeniosidad,
[28] . Cf. J. Mangin de Richebourg, op. cit., t. I, p. 467, donde Bernardo añade : Pero hay un poco de dificultad en entender nuestras palabras y saber la verdadera intencón.
[29] . Dextra: alusión a la vía derecha. Cf. E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 117: Era conveniente que fuera la Sibila quien indicase a Eneas la vía de la derecha. Señalemos que dextra (o dextera) es un vocablo deribado de dare, “dar” (Isidoro, Etimologías, XI, 1, 67), y que en griego, δεξιά o δεξιτερά, “mano derecha” está emparentada con el verbo δεξιοϋσθαι, “recibir” (cf. Homero, Odisea, I, 121, con el comentario de Eustatio). La palabra cábala, “recepción” tiene exactamente el sentido de la palabra “tradición”, del latín trajere, “transmitir de mano en mano” (E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 238). La doctrina tradicional, diría Rabelais, es “dada como de mano en mano así como una religiosa cábala”.

domingo, enero 13, 2008

Vulcano y Ceres, de R. Arola (artículo del traductor)



Uno de nuestros autores más apreciados del Siglo de Oro español es Calderón de la Barca, del cual una de las obras lleva por título La Vida es Sueño, y nuestro autor actual por excelencia dice en un aforismo: Da tu sueño al fuego, es el secreto del Arte.[1]
Para hablar del fuego, imprescindible para la regeneración del hombre así como para cualquier creación, citaré al también muy apreciado por nuestra persona Raimon Arola en su obra Los amores de los Dioses, basada en una serie de grabados de Gian Giacomo Caraglio, de la que ya hemos hecho mención en otra ocasión,[2] en este caso en el capítulo Vulcano y Ceres.
Tanto E. d’Hooghvorst como Raimon Arola son autores que citan a Pernety, objeto de este “blog”, y es por este motivo que los traigo a colación para mostrar la presencia de una antigua enseñanza siempre presente.
Los amores de Vulcano y Ceres –dice Arola- no se pueden relacionar con ningún mito, ni siquiera con una referencia directa de las fuentes de la mitología clásica, sino que el autor del dibujo crea una sugerente imagen a partir de la interpretación unívoca de los personajes. El punto de partida para la relación de estos dos dioses podría estar centrado en las consideraciones sobre Ceres y el ciclo vegetal, símbolo de la muerte y la resurrección, como hemos apuntado en el que analizaba los amores de Plutón y Proserpina. Para Natali Conti, la fábula de Ceres y todas aquellas cosas que sobre ellas fueron imaginadas: no contenían otra cosa que no fuera el procedimiento de la siembra, de qué modo crecen los cereales y de qué cuidado conviene hacer uso en su recolección.[3]
Ovidio escribió sobre esta diosa: Ceres, la primera que removió los terrones con el curvo arado, la primera que ofreció granos y suaves alimentos a las tierras, la primera que promulgó leyes. Todas las cosas son de Ceres.[4]
Y también Virgilio: Nutricia Ceres, si es cierto que por regalo vuestro cambió la tierra la bellota caonia por la gruesa espiga.[5]
La misma etimología de la palabra Ceres indica “crecer, brotar”. Varrón explicó sobre el sentido de su nombre: Es Ceres porque produce (gerit) las cosechas, pues los antiguos la actual c la escribían como g.[6]
Ceres equivale a la diosa griega Deméter, que simboliza la madre tierra, pues su nombre en griego primitivo está compuesto de meter ‘madre’ y da ‘tierra’. La tierra es considerada madre en la medida en que produce frutos; por ello se representa a la diosa Ceres con espigas sobre la cabeza, porque los frutos crecen y maduran gracias a ella.
Ceres es la tierra que da frutos abundantes cuando es animada por el fuego, identificado con Vulcano. Por ello Pernety escribió:
El fuego es el verdadero alimento de la piedra de los Sabios, pues nutre y aumenta su virtud, le da, o más bien manifiesta su color rojo, escondido en el centro de lo blanco.[7]
En el grabado, la transmisión del calor de Vulcano a la diosa de la vegetación se presenta por medio del beso.
Vulcano es el dios del fuego cuando éste actúa en el interior de las semillas. Paracelso lo denominó “arqueo”, que proviene del griego arché ‘principio’, pues designaba el fuego central de la tierra y el principio de vida. Según la hermenéutica de la mitología homérica, Vulcano es hijo de Júpiter y, en su infancia, fue expulsado brutalmente del Olimpo, lo cual significa que “Vulcano precipitado de los cielos indica que el fuego del “arqueo” es una porción, un derivado del fuego celeste”.[8] Júpiter representa el fuego del cielo, la fuerza interior del alma del mundo, y su hijo representa el fuego central atrapado en el interior de la materia. Según Conti: Vulcano nació del aire porque el aire debilitado se convierte en fuego. Y así, mediante la fábula de éste, mostraban los cambios mutuos de los elementos. Y, al estar el fuego en la materia, se decía que era deforme e impuro.[9]
La caída de Vulcano del Olimpo enseña los cambios de los elementos, cómo el fuego se convierte en tierra y, después, cómo la tierra retorna al fuego. El verso de Virgilio “Allí mora Vulcano, por él recibe la isla el nombre de Vulcania”, [10] Blaise de Vigenère lo comenta de la siguiente manera: Esto es para mostrar que el fuego está en una y otra región, la celeste y la elemental, pero de un modo distinto. Han constituido, por otra parte, cuatro tipos de fuegos: el del mundo inteligible, que es todo de luz; el celeste, que participa del calor y de la luz; el elemental de aquí abajo, de luz calor y ardor; y el infernal, al contrario del inteligible, de ardor y abrasamiento, sin luz.[11]
Pero así como el fuego desciende del mundo inteligible al mundo infernal, también puede subir del mundo infernal al inteligible. Este retorno se constata en los rituales mistéricos enseñados por Ceres, en los cuales los iniciados primero debían bajar al mundo más profundo y oscuro, para después remontar hacia la luz. Devolviendo la luz a su origen, también se alcanzaba la inmortalidad. En La Divina Comedia de Dante se reproduce el misterio. E. d’Hooghvorst lo explica de la siguiente manera:
Era preciso que Virgilio le revelara el verdadero camino de inmortalidad: “Deberás –le dijo- hacer otro viaje si quieres escapar de este lugar salvaje (I, 9 a 33), […] si quieres salvarte de esta ogresa que lo devora todo, de este sueño ávido y destructor”. Entonces Virgilio le mostró el sendero tenebroso que conduce al centro del Universo, “donde los pesos convergen de todas partes”(XXXIV, 111), lugar de las riquezas congeladas, sobre cuya consistencia se levanta el Purgatorio, también llamado “La Puerta de San Pedro”(I, 134). Éste es el sendero de los héroes. También se denomina “sendero de Hermes” donde Dante reconoció la Vía derecha o “vía de la derecha”, deseo de su corazón. En la enseñanza de Virgilio reencontró su “primer propósito”. “Con tus palabras, me has tan bien dispuesto el corazón para seguirte, que he vuelto a mi primera idea…”(II, 136, etc.)[12]
El lugar a donde conducía el sendero de Hermes se alegorizaba en la antigüedad por la cornucopia, que en el grabado se observa a los pies de la diosa. Dicho cuerno es la imagen de los frutos abundantes del hombre regenerado, en tanto que los cuernos nacen de la cabeza, sede del pensamiento. El emblema CXVIII de Alciato lleva por título “La fortuna es compañera de la virtud” y el epigrama siguiente: El caduceo con las sierpes enroscadas y las alas gemelas se alza entre los cuernos de Amaltea: quiere decir que los hombres de mente poderosa y elocuente son muy favorecidos por la Fortuna.[13]
En una preciosa composición, que une el caduceo de Mercurio con dos cornucopias, se enseña que cuando Mercurio, el dios del pensamiento y la palabra, actúa en el hombre, entonces brotan los frutos abundantes de la fortuna, es decir, la revelación profética, que es el fruto más perfecto de la creación.
[1] . Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola Editors, Tarragona 2000, Aforismos del Nuevo Mundo, af. 35, en p. 342.
[2] . Raimon Arola, Los Amores de los Dioses, mitología y alquimia, ed. Alta Fulla, Barcelona 1999, p. 91.
[3] . Natali Conti, Mitología, Murcia, Universidad de Murcia, 1988, p. 379.
[4] . Ovidio, Metamorfosis, V, 341-343.
[5] . Virgilio, Geórgicas, I, 7.
[6] . Varrón, De lengua Latina, Barcelona, Anthropos, 1990, p.49.
[7] . Pernety, Las Fábulas… vol. II, p. 259.
[8] . Concordancia mito.físico-cábalo-hermética, ed. Obelisco, Barcelona 1985, p. 69.
[9] . Nátali Conti, Metamorfosis, p. 717.
[10] . Virgilio, Envida, VIII, 422.
[11] . Blaise de Vigenère, Tratado del Fuego y la Sal, ed. Indigo, Barcelona 1992, p. 62.
[12] . EH, ‘Medusa y el intelecto” en La Puerta. Sufismo, ed. Obelisco, Barcelona 1988, p. 71.
[13] . Alciato, Emblemas, ed. Akal, Madrid 1985, p.156.