sábado, febrero 10, 2007

Signos o Principios demostrativos (1) (del Tratado de la Obra Hermética)


Los colores que sobrevienen a la materia filosófica durante el curso de las operaciones de la obra son los signos demostrativos que hacen conocer al artista que ha procedido de manera correcta para tener éxito. Se suceden inmediatamente y por orden; si este orden es trastornado es una prueba de que se ha operado mal. Hay tres colores principales; el primero es el negro, llamado cabeza de cuervo y con muchos otros nombres, como hemos aportado anteriormente en el artículo intitulado Llave de la obra. El comienzo de esta negrura indica que el fuego de la naturaleza empieza a operar y que la materia está en vías de solución; cuando este color negro es perfecto, la solución lo es también y los elementos están confundidos. El grano se pudre para disponerse a la generación. Aquel que no ennegrecerá, no sabrá blanquear –dice Artefio– porque la negrura es el principio de la blancura y es la señal de la putrefacción y de la alteración. He aquí como se hace ésta. En la putrefacción que se produce en nuestra agua, aparece primeramente una negrura que se parece al caldo graso, sobre el cual se ha echado pimienta. Al ser espesado enseguida, este licor se vuelve como una tierra negra, continuando su cocción esta se blanquea [...] y así mismo como el calor actúa sobre lo húmedo, produce la negrura, la cual es el primer color que aparece; del mismo calor, continuando siempre su acción, produce la blancura que es el segundo principal de la obra.
Esta acción del fuego sobre lo húmedo lo hace todo en la obra, como lo hace todo en la naturaleza para la generación de los mixtos. Ovidio lo había dicho: A los calores excesivos siguieron los aires s,
templados y a los fríos vientos, la nieve. (MetamorfosiLib. I, 120)
Durante esta putrefacción, el macho filosófico o el azufre es confundido con la hembra, de manera que forman un mismo cuerpo, al que los filósofos llaman hermafrodita: Éste –dice Flamel[1] es el andrógino de los antiguos, la cabeza del cuervo y los elementos convertidos. De esta manera, te pinto aquí que tienes dos naturalezas reconciliadas que pueden formar un embrión en la matriz del vaso y después darte a luz un rey muy poderoso, invencible e incorruptible [...] Nuestra materia en este estado es la serpiente Pitón que habiendo tomado su ser de la corrupción del limo de la tierra debe ser muerta y vencida por la flechas del dios Apolo, por el rubio Sol, es decir, por nuestro fuego, igual al del Sol.
El que lava o más bien que hace continuar estos lavamientos mediante la otra mitad, estos son los dientes de esta serpiente que el sabio operador, el prudente Cadmo, sembrará en la misma tierra, de donde nacieron los soldados que se destruyeron ellos mismos, dejándose resolver en la misma naturaleza de la tierra [...] Los filósofos deseosos han llamado a esta confección, Rebis, y aún Numus, Ethelia, Arene, Boritis, Corsufle, Cambar, Albar, Duenech, Bauderic, Kukul, Thabuiris, Ebisemeth, Ixir, etc. Esto es lo que han recomendado blanquear. He hablado bastante ampliamente de esta negrura en el artículo de los principios operativos, el lector podrá recurrir allí.

El segundo signo demostrativo o el segundo color principal es el blanco. Hermes dice:[2] Sabed, hijos de la ciencia, que como el buitre criado en lo alto de la montaña, yo soy el blanco del negro; porque la blancura sucede a la negrura. Morien llama a esta blancura el humo blanco. Alfidio nos enseña que esta materia o este humo blanco es la raíz del arte y la plata viva de los sabios. Filaleteo[3] nos asegura que esta plata viva es el verdadero mercurio de los filósofos: Esta plata viva, –dice– extraída de esta negrura muy sutil, es el mercurio teñidor filosófico con su azufre blanco y rojo mezclados naturalmente y juntos en su minera.
Los filósofos le han dado entre otros nombres los que siguen: Cobre blanco, cordero, cordero sin mancha, albatest, blancura, alborach, agua bendita, agua pesante, talco, plata viva animada, mercurio coagulado, mercurio purificado, plata, azoth, baurach, bórax, buey, cambar, caspa, ceruse, cera, comerisón, cuerpo blanco, cuerpo impropiamente dicho, diciembre, e, electro, esencia, esencia blanca, Eufrates, hada, favonius, fundamento del arte, piedra preciosa de givinis, diamante, cal, goma blanca, hermafrodita, he, hipostase, Hylé, enemigo, insípido, leche, leche de virgen, piedra conocida, piedra mineral, piedra única, luna, luna en su plenitud, magnesia blanca, alumbre, madre, materia única de los metales, medio dispositivo, menstruo, mercurio en su poniente, aceite, aceite vivo, legumbre, huevo, flema, plomo blanco, punto, raíz, raíz del arte, raíz única, rebis, sal, sal álcali, sal alerot, sal alembrot, sal fusible, sal de naturaleza, sal gema, sal de los metales, jabón de los sabios, seb, secondine, sedine, vejez, set, serinech, servidor fugitivo, mano izquierda, estaño sublimado, jugo, azufre blanco, azufre untuoso, tierra, tierra enramada (de hojas), tierra fecunda, tierra en potencia, campo en el cual es preciso sembrar el oro, tevos, tincar, vapor, estrella del anochecer, vidrio, vidrio de faraón, veintiuno, orina de niño, buitre, zibach, ziva, velo, velo blanco, narciso, lis, rosa blanca, hueso calcinado, cáscara de huevo, etc.
Artefio dice que la blancura viene de que el alma del cuerpo sobrenada por encima del agua como una crema blanca, y que los espíritus se unen entonces tan fuertemente que no pueden huir, porque han perdido su volatilidad.
El gran secreto de la obra es pues, blanquear el latón y dejar allí todos los libros, a fin de no errar por su lectura, ya que podría hacer nacer algunas ideas respecto de algún trabajo inútil y costoso. Esta blancura es la piedra perfecta al blanco; es un cuerpo precioso, que, cuando está fermentado se vuelve el elixir al blanco, está lleno de una tintura exuberante que tiene la propiedad de comunicarse a todos los otros metales. Los espíritus que anteriormente eran volátiles entonces son fijados. El nuevo cuerpo resucita bello, blanco, inmortal y victorioso. Es por lo que se le ha llamado resurrección, luz, día, y de todos los nombres que puedan indicar blancura, fijeza e incorruptibilidad.
Flamel ha presentado este color en sus figuras jeroglíficas, mediante una mujer rodeada de un rollo blanco, para mostrarte –dice– cómo Rebis empezará a blanquearse de esta misma manera, blanqueando primeramente las extremidades entorno a este círculo blanco. La escalera de los filósofos[4] dice: El signo de la primera parte de la blancura, es cuando se le ve un cierto círculo pequeño capilar, es decir, pasando sobre la cabeza, que aparecerá en el entorno de la materia a los lados del vaso, un color tirando hacia naranja.
Los filósofos, según el mismo Flamel, han representado también esta blancura bajo la figura de una espada desnuda y brillante. Cuando habrás blanqueado –añade este autor– habrás vencido a los toros encantados que echaban fuego y humo por las narices. Hércules ha de limpiar el establo lleno de inmundicia de podredumbre y de negrura. Jasón ha vertido el jugo sobre los dragones de Colcos y tienes en tu poder el cuerno de
Amaltea, que aunque sólo sea blanca te puede colmar el resto de tu vida de gloria de honor y de riquezas. Para tenerla te es preciso combatir valientemente como un Hércules. Pues este Aqueloo, este río húmedo (que es la negrura, el agua negra del río Esep) está dotado de una fuerza muy poderosa, además se cambia muy a menudo de una forma a otra.

[1] . Flamel, Las Figuras Jeroglíficas.
[2] . Hermes, Los Siete Capítulos.
[3] . I. Filaleteo, Narrat. Method. P. 36.
[4] . Escalera de los Filósofos.

Signos o Principios demostrativos (2) (del Tratado de la Obra Hermética)



Como el negro y el blanco son, por así decirlo, dos extremos y como dos extremos sólo pueden unirse por un medio, al dejar la materia el color negro, no se vuelve blanca de golpe; el color gris se encuentra como intermediario, porque participa de los dos. Los filósofos le han dado el nombre de Júpiter, porque sucede al negro, al que han llamado Saturno. Es lo que ha hecho decir a Espagnet, que el aire sucede al agua después de que ha terminado sus siete revoluciones, a las que Flamel ha llamado inbibiciones. La materia –añade Espagnet– es fijada en el fondo del vaso, Júpiter, tras haber echado a Saturno, se apodera del reino y emprende su gobierno. En su desenlace se forma el hijo filosófico, se nutre en la matriz y viene finalmente al día con un bello rostro, brillante y blanco como la Luna. Esta materia al blanco es desde entonces un remedio universal para todas las enfermedades del cuerpo humano.
 En fin, el tercer color principal es el rojo; es el complemento y la perfección de la piedra. Se obtiene esta rojez sólo por la continuación de la cocción de la materia. Tras la primera obra se le llama esperma masculino, oro filosófico, fuego de la piedra, corona real, hijo del Sol, minera del fuego celeste.
Hemos dicho ya que la mayor parte de los filósofos empiezan sus tratados de la obra en la piedra al rojo. Los que lean estas obras, deberían de poner mucha atención a esto. Pues es una fuente de errores para ellos, tanto porque entonces no sabrían adivinar de qué materia hablan los filósofos, como a causa de las operaciones de las materias que están en la segunda obra, o la fabricación del elixir, pues son bien diferentes de las de la primera. Aunque Morien nos asegura que esta segunda operación no es más que una repetición de la primera, es bueno sin embargo señalar que lo que ellos llaman fuego, aire, tierra y agua en la una, no son las mismas cosas que aquellas a las que dan los mismos nombres en la otra. Su mercurio es llamado mercurio, tanto bajo la forma líquida como bajo la forma seca. Aquellos, por ejemplo, que leen a Alfidio, se imaginan, cuando llama a la materia de la obra minera roja, que es preciso buscar para el comienzo de sus operaciones, una materia roja; en consecuencia, unos trabajan sobre el cinabrio, otros sobre el minio, otros el oropimente, otros sobre el robín de hierro; porque no saben que esta minera roja es la piedra perfecta al rojo y que Alfidio no empieza su obra sino desde allí. Pero a fin de que los que lean esta obra y quieran trabajar no sean equivocados, he aquí un gran número de nombres dados a la piedra al rojo. Ácido, agudo, adam, aduma, almagra, alto o elevado, azernard, alma, carnero, oro, oro alterado, cáncer, cadmio, camereth, bilis, chibur, ceniza, ceniza de tártaro,corsufle, cuerpo, cuerpo propiamente dicho, cuerpo rojo, derecha, déhab, verano, hierro, forma, forma de hombre, hermano, fruto, gallo, fuego de natura, infinito, juventud, hebrit, piedra, piedra india, piedra indradema, piedra lalsul, piedra roja, litargio de oro, litargio rojo, luz, mañana, Marte, arteck, macho, magnesia roja, metros, minera, neusi, aceite de Marte, aceite incombustible, aceite rojo, oliva, oliva perpetua, oriente, padre, una parte, piedra estrellada, phison, río, reeson, residencia, rojez,
rubíes, sal, sal rija, simiente, sericón, sol, azufre, azufre rojo, azufre vivo, tamne, tercero, decimotercero, tierra roja, theríaco, thelima, thión, thita, toarech, vara, vena, sangre, adormidera, vino rojo, vino, virago, amarillo del huevo, vitriolo rojo, chalcitis, colchotar, cochinilla, vidrio, zaaph, zaau, zit, zumech, zumelazuli, sal de orina, etc.
 Pero todos estos nombres no le han sido dados por la misma razón; los autores en estas diferentes denominaciones sólo han tenido en consideración la manera de examinarla, a veces en relación a su color, a veces en relación a sus cualidades. Aquellos, por ejemplo, que han nombrado esta materia o piedra al rojo, ácido, adam, verano, almagra, alma, carnero, oro, cáncer, camerech, ceniza de tártaro, corsuflé, déeb, hermano, fruto, gallo, juventud, kibrit, piedra indradema, martek, macho, padre, sol, tercero, neusis, oliva, thion, vidrio, zaaph, la han nombrado así a causa de la alteración de su complexión. Los que han tenido en mira sólo su color la han llamado goma roja, aceite rojo, rubíes, sericon, azufre rojo, amarillo de huevo, vitriolo rojo, etc. En esta operación de rubificación –dice Flamel– aunque imbibas no tendrás a penas negro, sino más bien violeta, azul y del color de la cola del pavo real: pues nuestra piedra es tan triunfante en sequedad como incontinente cuando tu mercurio la toca, la naturaleza regocijándose de su naturaleza se une a ella y la bebe ávidamente y por lo tanto el negro que viene de la humedad sólo se puede mostrar un poco bajo estos colores violetas y azules, mientras que la sequedad gobierne absolutamente [...] O si sigues al comenzar la rubificación por la aplicación del mercurio anaranjado rojo, pero casi no es preciso verter más que una o dos veces según como tú veas, pues esta operación se debe de hacer mediante fuego seco, sublimación y calcinación seca. Y verdaderamente te digo aquí un secreto que raramente encontrarás escrito.

En esta operación el cuerpo fijo se volatiliza, sube y desciende circulando en el vaso, hasta que el fijo habiendo vencido al volátil lo precipita al fondo con él para hacer un sólo cuerpo de naturaleza absolutamente fija. Lo que hemos aportado de Flamel debe de entenderse del elixir del que hablaremos después; pero en cuanto a las operaciones de la primera obra, o de la manera de hacer el azufre filosófico, Espagnet la ha descrito así:[1] Escoged un dragón rojo, valeroso, que no haya perdido nada de su fuerza natural; seguidamente siete o nueve águilas vírgenes, atrevidas, a las que los rayos del Sol no sean capaces de deslumbrar sus ojos; ponedlas con el dragón en una prisión clara y transparente, bien cerrada y por debajo un baño cálido, para excitarlas al combate. No tardarán en venir las presas; el combate será largo y muy penoso hasta el cuarentaycinco o cincuenta día, que las águilas empezarán a devorar al dragón. Éste al morir infectará toda la prisión de su sangre corrompida y de un veneno muy negro, a la violencia del cual las águilas no pudiéndolo resistir, expiarán también. De la putrefacción de sus cadáveres nacerá un cuervo, que levantará poco a poco su cabeza y por el aumento del baño, desplegará sus alas y empezará a volar;L tomad, pues, cuidado de que no encuentre ninguna salida. Al fin, lavado y blanqueado por una lluvia constante, de larga duración, y un rocío celeste, se le verá metamorfosearse en cisne. El nacimiento del cuervo os indicará la muerte del dragón. Si sois curiosos en llevarlo adelante hasta el rojo, añadid el elemento del fuego que falta a la blancura, sin tocar ni remover el vaso, pero fortificando el fuego por grados, empujad sobre 
la materia hasta que lo oculto devenga manifiesto, el indicio será el color citrino. Dirigid entonces el fuego al cuarto grado, siempre por los grados requeridos, hasta que por la ayuda de Vulcano, veáis manifestarse dos rosas rojas, que se cambiarán en amaranto, color de sangre. Pero no dejéis de hacer actuar al fuego por el fuego, hasta que lo veáis todo reducido a cenizas muy rojas e impalpables.Este azufre filosófico es una tierra de una tenuidad, una ignidad y una sequedad extremas. Contiene un fuego de natura muy abundante, es por lo que se la ha nombrado fuego de la piedra. Tiene la propiedad de abrir, penetrar los cuerpos de los metales y cambiarlos en su propia naturaleza; en consecuencia se le llama padre y simiente masculina. Los tres colores negro, blanco y rojo, necesariamente deben sucederse en el orden que los hemos descrito, pero no son los únicos que se manifiestan. Ellos indican los cambios esenciales que sobrevienen a la materia; en lugar de los otros colores, que casi infinitos y parecidos a los del arco iris, no son más que pasajeros y de una duración corta. Estos son especies de vapores que afectan más bien al aire que a la tierra, se cazan unos a otros y se disipan para dar lugar a los tres principales de los que hemos hablado. Sin embargo estos colores extranjeros son de alguna manera los signos de un mal régimen y de una operación mal conducida, la negrura repetida es una señal cierta de ello, pues los pequeños cuervos, dice Espagnet,[2] no deben de volver al nido después de haberse ido. La rojez prematura se encuentra entre este número; pues sólo debe de aparecer al fin, como prueba de la madurez del grano y del tiempo de la cosecha.


[1] . Espagnet, Lum. 109.
[2] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 66.

viernes, febrero 09, 2007

La Fermentación (del Tratado de la Obra Hermética)


El fermento es en la obra lo que la levadura en la fabricación del pan. No se puede hacer pan sin levadura, y no se puede hacer oro sin oro. El oro es pues el alma y lo que determina la forma intrínseca de la piedra. No enrojezcamos de aprender a hacer el oro y la plata como el panadero hace el pan, que sólo está compuesto de agua y de harina amasada, fermentada, y que sólo difieren el uno del otro por la cocción. Así mismo la medicina dorada es una composición de tierra y de agua, es decir de azufre y de mercurio fermentados con el oro, pero con un oro reincrudado. Pues así como no se puede hacer levadura con el pan cocido, no se puede hacer oro con el oro vulgar en tanto que permanezca oro vulgar.
El mercurio o agua mercurial es esta agua, el azufre esta harina, que por una larga fermentación se agrian y son hechas levadura, con la cual son hechos el oro y la plata. Y como la levadura se multiplica eternamente y sirve siempre de materia para hacer el pan, la medicina filosófica también se multiplica y sirve eternamente de levadura para hacer oro.

La Putrefacción (del Tratado de la Obra Hermética)



La putrefacción es de alguna manera la clave de todas las operaciones, aunque no sea propiamente la primera. Ella nos descubre el interior del mixto; es la herramienta que rompe las ligaduras de las partes; hace, como dicen los filósofos, lo oculto manifiesto. Es el principio del cambio de las formas, la muerte de los accidentales, el primer paso para la generación, el comienzo y el término de la vida; el medio entre el no ser y el ser. El filósofo quiere que se haga cuando el cuerpo disuelto por una resolución natural, está sometido a la acción del calor pudridor. La destilación y la sublimación sólo han sido inventadas a imitación de las de la naturaleza a complacencia de los elementos, cuya inclinación o disposición es rarificarse y elevarse, condensarse y descender, haciendo así toda la mezcla y las producciones de la naturaleza.
La destilación difiere de la sublimación en que la primera se hace por la elevación de las cosas húmedas, que destilan seguidamente gota a gota, en lugar de la sublimación y la elevación de una materia seca que se sujeta al vaso. La una y la otra son vulgares. La destilación y la sublimación, filosóficamente hablando son una purgación, sutilización, rectificación de la materia. La coagulación y la fijación son los dos grandes instrumentos de la naturaleza y del arte.

La Solución (del Tratado de la Obra Hermética)


La solución, químicamente hablando, es una atenuación de la materia bajo forma de agua, aceite, espíritu o de humor. Pero la filosófica es una reducción del cuerpo en su primera materia, o una desunión natural de las partes del compuesto y una coagulación de las partes espirituales. Es por lo que los filósofos la llaman solución del cuerpo y coagulación del espíritu. Su efecto es de licuar, disolver, abrir, reincrudar, decocer y evacuar las substancias de sus terrestreidades, descorporificar el mixto para reducirlo a esperma.

Principios operativos en particular, la Calcinación (del Tratado de la Obra Hermética)


La calcinación vulgar no es otra cosa que la muerte y la mortificación del mixto, por la separación del espíritu, o del húmedo que ligaba sus partes. Propiamente hablando es una pulverización por el fuego y una reducción del cuerpo en cal, ceniza, tierra, flores, etc. La filosófica es una extracción de la substancia del agua, de la sal, del aceite, del espíritu y el resto de la tierra, y un cambio de accidentes, una alteración de la cantidad, una corrupción de la substancia, sin embargo de manera que todas estas cosas separadas puedan reunirse para que venga a ser un cuerpo más perfecto. La calcinación vulgar se hace por la acción del fuego de nuestras cocinas, o de los rayos concentrados del Sol, la filosófica tiene el agua como agente, lo que ha hecho decir a los filósofos: Los químicos queman con el fuego y nosotros quemamos con el agua; de donde se debe concluir que la química vulgar es tan diferente de la química hermética como el fuego difiere del agua.

miércoles, febrero 07, 2007

Principios operativos (del Tratado de la Obra Hermética)



La preparación está compuesta de cuatro partes. La primera es la solución de la materia en agua mercurial; la segunda es la preparación del mercurio de los filósofos; la tercera es la corrupción; la cuarta es la generación y la creación del azufre filosófico. La primera se hace por la simiente mineral de la tierra; la segunda volatiliza y espermatiliza los cuerpos; la tercera hace la separación de las substancias y su rectificación; la cuarta las une y las fija, lo que es la creación de la piedra. Los filósofos han comparado la preparación a la creación del mundo, que primero fue una masa, un caos, una tierra vacía, informe y tenebrosa que no era nada en particular, pero todo en general; la segunda es una forma de agua ponderosa y viscosa, llena del espíritu oculto de su azufre; y la tercera es la figura de la tierra que aparece árida tras la separación de las aguas. Dios dijo: hágase la luz; ella salió del limbo
y se emplazó en la región más elevada. Entonces las tinieblas desaparecieron ante ella, el caos y la confusión tomaron lugar en el orden, la noche en el día, y por así decirlo, la nada en el ser. Dios habló una segunda vez; los elementos confusos se separaron, los más ligeros se alojaron arriba y los más pesados abajo, entonces la tierra libre de sus húmedos abismos apareció y apareció capaz de producirlo todo.
Esta separación del agua de la tierra, donde se encuentra el aire y el fuego se expande, sólo es un cambio sucesivo de la materia bajo esta doble forma, lo que ha hecho decir a los filósofos que el agua es todo el fundamento de la obra, sin la cual la tierra no podría ser disuelta, podrida, preparada, y que la tierra es el cuerpo donde los elementos húmedos se terminan, se coagulan y se sepultan de alguna manera, para retomar una vida más noble. Se produce entonces una circulación, cuyo primer movimiento sublima la materia un movimiento interno, una cocción insensible de la materia.
rarificándola, el segundo la baja congelándola, y todo termina al fin en una especie de reposo, o más bien en

La primera rueda de esta rotación de elementos, como la llama Espagnet, consiste en la reducción de la materia en agua, donde la generación empieza; seguidamente se produce el eclipse del Sol y de la Luna. La segunda es una evacuación de la humedad superflua y una coagulación de la materia bajo la forma de una tierra viscosa y metálica; la tercera rueda opera la separación y la rectificación de las substancias, las aguas se separan de las aguas. Todo se espiritualiza o se volatiliza; el Sol y la Luna retoman su claridad y la luz empieza a aparecer sobre la tierra. La cuarta es la creación del azufre. Por la primera digestión –dice el autor que acabo de citar[1]el cuerpo se disuelve; se produce la conjunción del macho y de la hembra y la mezcla de sus simientes; le sucede la putrefacción y los elementos se resuelven en un agua homogénea. El Sol y la Luna se eclipsan en la cabeza del dragón y, finalmente, todo el mundo retorna y reentra en el
antiguo caos y en el abismo tenebroso. Esta primera digestión se hace como la del estómago, por un calor cocedor y debilitante, más propio a la corrupción que a la generación.
En la segunda digestión, el Espíritu de Dios es llevado sobre las aguas, la luz empieza a aparecer y las aguas se separan de las aguas; la Luna y el Sol reaparecen; los elementos resurgen del caos para constituir un nuevo mundo, un nuevo cielo y una tierra nueva. Los pequeños cuervos cambian sus plumas y se convierten en palomas; el águila y el león se reúnen mediante un nudo indisoluble. Esta regeneración se hace por el espíritu ígneo, que desciende bajo la forma de agua para lavar la materia de su pecado original y traer allí la simiente aurífica, pues el agua de los filósofos es un fuego. Pero poned toda vuestra atención para que la separación de las aguas se haga por peso y medida, por temor a que aquellas que están bajo el cielo inunden la tierra, o que se eleven en muy gran cantidad, pues entonces dejan la tierra muy seca y muy árida.
La tercera digestión suministra a la tierra naciente una leche cálida e infun
de allí todas las virtudes espirituales de una quintaesencia que liga el alma con el cuerpo mediante el espíritu. La tierra entonces oculta un gran tesoro en su seno, primeramente se vuelve semejante a la Luna y después al Sol. La primera se llama tierra de la Luna, la segunda tierra del Sol y son nacidas para ser ligadas por un matrimonio indisoluble, pues la una y la otra no temen más a los ataques del fuego.
La cuarta digestión acaba todos los misterios del mundo; la tierra se vuelve un fermento precioso, que lo fermenta todo en cuerpos perfectos, así como la levadura cambia toda la pasta en su naturaleza, ella ha adquirido esta propiedad volviéndose quintaesencia celeste. Su virtud emanada del espíritu universal del mundo, es una panacea o medicina universal para todas las enfermedades de las criaturas que pueden ser curadas. El horno secreto de los filósofos os dará este milagro del arte y de la naturaleza, repitiendo las operaciones de la primera obra.
Todo el procedimiento filosófico consiste en la disolución del cuerpo y la coagulación del espíritu, y e mezclan íntimamente, pero esto no puede hacerse si el fijo no es previamente volatilizado. El uno y el otro se abrazan al fin, y mediante la reducción se vuelven absolutamente fijos. Los principios operativos, que se llaman también las llaves de la obra, o el régimen, son, pues, en número de cuatro: el primero es la solución o licuefacción; el segundo la ablución; el tercero la reducción; y el cuarto la fijación. Por la solución, los cuerpos retornan a su primera materia y se reincrudan mediante la cocción. Entonces sucede el m
Durante estas dos últimas operaciones -dice Espagnet- el dragón descendido del cielo, se vuelve furioso contra él mismo, devora su cola y se engulle poco a poco hasta que, al fin, se metamorfosea en piedra. Tal fue el dragón del que habla Homero[2] el cual es la verdadera imagen o el verdadero símbolo de estas dos operaciones: Mientras estábamos reunidos bajo un viejo plátano, dijo Ulises a los griegos, donde estábamos para hacer las hecatombes, tras una fuente que surgía de este árbol apareció un prodigio maravilloso.


Un horrible dragón cuyo lomo estaba manchado, enviado por el mismo Júpiter, salió del fondo del altar y corrió al plátano. En lo alto de este árbol había ocho pequeños gorriones con su madre que revoloteaba alrededor de ellos. El dragón los tomó con furor y también a la madre, que lloraba la pérdida de sus pequeños. Tras esta acción el mismo dios que lo había enviado lo volvió bello, brillante y lo convirtió en piedra ante nuestros asombrados ojos. Dejo al lector hacer la aplicación de este texto.

[1] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 68 y ss.
[2] . Homero, Ilíada, lib. 2, vers. 306 y ss.

lunes, febrero 05, 2007

El Fuego Filosófico (del Tratado de la Obra Hermética)


La razón que insinúan los antiguos sabios en hacer un misterio de su vaso es el poco conocimiento que se tenía en estos tiempos remotos de la industria del vidrio. Después se descubrió la manera de hacerlo, es por lo que los filósofos no han ocultado tanto la materia y la forma de su vaso. No es así de su fuego secreto, pues es un laberinto del que el más avisado no podría salir. El fuego del Sol no puede ser este fuego secreto, es interrumpido e irregular, no puede suministrar un calor parecido en todos sus grados, su medida y su duración. Su calor no sabría penetrar el espesor de las montañas, ni calentar la frialdad de los mármoles y de las rocas que reciben los vapores minerales de los que están formados el oro y la plata. 


El fuego de nuestras cocinas impide la unión de los miscibles y consume o hace evaporar la ligadura de las partes constituyentes de los cuerpos; es el tirano. El fuego central o innato en la materia tiene la propiedad de mezclar las substancias y engendrar, pero no puede ser este calor filosófico tan alabado, que ocasiona la corrupción de las simientes metálicas, puesto que lo que es de su mismo principio de corrupción sólo puede serlo de generación por accidente; digo por accidente, pues el calor que engendra es interno e innato en la materia y lo que corrompe es externo y extranjero.

Este calor es muy diferente en la generación de los individuos de los tres reinos. El animal lo lleva mucho en la actividad, por encima de las plantas. El calor del vaso en la generación del metal debe corresponder y ser proporcionado a la cualidad de la simiente cuya corrupción es muy difícil. Es preciso, pues, concluir que no habiendo generación sin corrupción y corrupción sin calor, es preciso proporcionar el calor a la semilla que se emplea para la generación.
Hay, pues, dos calores, uno putrefactor, externo y uno vital o generativo interno. El fuego interno obedece al calor del vaso hasta que, desligado y liberado de su prisión, se vuelve el maestro. El calor putrefactor viene en su ayuda, pasa a la naturaleza del calor vital y los dos trabajan seguidamente en concierto.
Es el vaso quien administra el calor propio para corromper y la simiente quien abastece el fuego propio a la generación; pero como el calor de este vaso no es tan conocido por el metal como lo es por el animal y las plantas, es preciso reflexionar sobre lo que hemos dicho del fuego en general para encontrar ese calor. La naturaleza lo ha medido tan proporcionalmente en la matriz, en cuanto a los animales, que no puede apenas ser aumentado ni disminuido; la matriz es en este caso un verdadero atanor.
En cuanto al calor del vaso para la corrupción de la semilla de los vegetales, lo ha hecho muy pequeño; el Sol se lo ha proporcionado suficientemente; pero no es lo mismo en el arte hermético. Al ser la matriz invención del artista, requiere un fuego artísticamente inventado y proporcionado al que la naturaleza implanta al vaso para la generación de las materias minerales. Un autor anónimo dice que para conocer la materia de este fuego es suficiente saber cómo el fuego elemental toma la forma del fuego celeste y que para su forma todo el secreto consiste en la forma y la estructura del atanor, por medio del cual este fuego se vuelve igual, dulce, continuo y proporcionado de tal manera que la materia pueda corromperse, después debe hacerse la generación del azufre, quien tomará el dominio por algún tiempo y regirá el resto de la obra. Es por lo que los filósofos dicen que la hembra domina durante la corrupción y el macho caliente y seco durante la generación.

Artefio es uno de los que han tratado más ampliamente del fuego filosófico y Pontano declaró haber sido corregido y reconoció su error en la lectura del tratado de este filósofo. He aquí lo que dice: Nuestro fuego es mineral, es igual, es continuo, no se evapora si no es demasiado excitado, participa del azufre; no es tomado de otra cosa que de la materia, destruye todo, disuelve, congela y calcina; es preciso el artificio para encontrarlo y hacerlo; no cuesta nada, o al menos muy poco. Además es húmedo, vaporoso, digerente, alterante, penetrante, sutil, aéreo, no violento, incombustible, o que no arde, cercano, continente y único. Es también la fuente de agua viva que rodea y contiene el lugar donde se bañan y se lavan el rey y la reina. Este fuego húmedo es suficiente en toda la obra al comienzo, en medio y al final. Hay aún un fuego natural, un fuego contra natura y un fuego innatural que no arde; finalmente, para complementar, hay un fuego caliente, seco, húmedo, frío. Pensad bien en lo que acabo de decir y trabajad derechamente sin serviros de ninguna materia extranjera.
Lo que el mismo autor añade después es en el fondo una verdadera explicación de estos tres fuegos; pero como los llama fuego de lámparas, fuego de cenizas y fuego natural de nuestra agua, se ve bien que ha querido despistar; los que quieran ver un detalle más circunstancial del fuego filosófico, pueden recurrir al Testamento de Ramón Llull y su codicilio; Espagnet habla también ampliamente de ello, después del Canon 98 hasta el 108. Los otros filósofos casi lo han mencionado sólo para ocultarlo, o solamente  lo han indicado por sus propiedades. Más cuando se trata de alegorías o de fábulas, han dado a este fuego los nombres de espada, lanza, flechas, dardos, hacha, etc.

Tal fue aquella en la que Vulcano golpeó a Júpiter para hacerle dar a luz a Palas; la espada que el mismo Vulcano dio a Peleo padre de Aquiles; la maza que le fue presentada a Hércules; el arco que este héroe recibió de Apolo; la cimatarra de Perseo; la lanza de Belerofonte, etc. Es el fuego que Prometeo robó al Cielo; aquel que Vulcano empleó para fabricar los rayos de Júpiter, y las armas de los dioses, el cinturón de Venus, el trono de oro del Soberano de los Cielos, etc. Finalmente es el fuego de Vesta, mantenido escrupulosamente en Roma, y que se castigaba con la muderte a las vírgenes vestales a las cuales habían confiado el cuidado de mantenerlo, cuando por negligencia u otra cosa lo dejaban extinguir.

domingo, febrero 04, 2007

El Fuego en general (del Tratado de la Obra Hermética)

 
Aunque hayamos hablado bastante del fuego a lo largo de los principios de la física que preceden a este tratado, a propósito de ello aun diré dos palabras, para quien observe la obra. Conocemos tres clases de fuego, el celeste, el fuego de nuestras cocinas y el fuego central. El primero es muy puro, simple y no arde por él mismo; el segundo es impuro, espeso y ardiente; el central es puro en él mismo, pero está mezclado y temperado. El primero es ingenerado y luce sin arder; el segundo es destructivo y arde luciendo, en lugar de engendrar; el tercero engendra y alumbra algunas veces sin arder, y arde algunas veces sin alumbrar. El primero es dulce; el segundo es acre y corrosivo; el tercero es salado y dulce. El primero es por él mismo sin color y sin olor; el segundo es hediondo y coloreado, según su alimento; el tercero es invisible, aunque de todos los colores y de todos los olores. El celeste sólo es conocido por sus operaciones; el segundo por los sentidos y el central por sus cualidades.
El fuego es muy vivo en el animal, estúpido y ligado en el metal, temperado en el vegetal, hirviente y muy ardiente en los vapores minerales. El fuego celeste tiene por esfera la región etérea, desde donde se hace sentir hasta nosotros. El fuego elemental tiene por morada la superficie de la tierra y nuestra atmósfera; el fuego central está albergado en el centro de la materia. Este último es tenaz, viscoso, glutinoso y es innato en la materia, es digerente, madurante, ni cálido ni ardiente al tocarlo; se disipa y consume muy poco, porque su calor es temperado por el frío. El fuego celeste es sensible, vital, activo en el animal, muy cálido al tocarlo, menos digerente y se exhala sensiblemente. El elemental es destructivo, de una voracidad increíble; hiere los sentidos, quema, no digiere ni cuece y no engendra nada. En el animal es lo que los médicos llaman calor febril y contra natura; consume o divide el humor radical de nuestra vida. El celeste pasa a la naturaleza del fuego central, se vuelve interno, engendrando; el segundo es externo y separante; el central es interno, unificante y homogéneo.
La luz o el fuego del Sol cubierta por los rayos del éter, concentrados y reverberados sobre la superficie de la tierra, toma la naturaleza del fuego elemental, o de nuestras cocinas. Éste pasa a la naturaleza del fuego celeste a fuerza de dilatarse y se vuelve central a fuerza de concentrarse en la materia. Tenemos un ejemplo de
los tres fuegos en una bujía encendida, su luz en su expansión representa el fuego celeste; su llama el fuego elemental y la mecha el fuego central.
Como el fuego del animal es de una disipación increíble, del cual lo más grande se hace por la transpiración insensible, los filósofos buscan estudiosamente algún medio de reparar esta parte, y sintiendo mucho que esta reparación no puede hacerse porque es impuro y corruptible como el animal mismo, han recurrido a una materia donde este calor requerido fue concentrado abundantemente. El arte de la medicina no pudiendo impedir esta pérdida, e ignorando los medios resumidos de repararla, se ha contentado en dirigirse a los accidentes que destruyen nuestra substancia, que vienen o de los vicios de los órganos, o de la intemperancia de la sangre, de los espíritus, de los humores, de su abundancia o de su escasez, de donde sigue infaliblemente la muerte, si no se aporta un remedio eficaz, que los médicos mismos sólo pueden conocer imperfectamente.

Nombre que los Antiguos han dado a este Vaso (del Tratado de la Obra Hermética)



Los filósofos usaban una manera de hacer entrar este vaso en sus alegorías de manera que no se pudiera tener la menor sospecha respecto a la idea que ellos tenían. Unas veces era una torre, otras una nave, aquí un cofre, allí una canastilla. Tal fue la torre de Dánae, el cofre de Deucalión y la tumba de Osiris, además, la canastilla de Baco y su botella, el ánfora de oro o vaso de Vulcano, el punto en que Juno presenta a Tetis el barco de Jasón, el pantano de Lerna que fue así llamado de λάρναξ, capsa, loculus, (caja, ataúd, urna); la cesta de Erictonio, el cofrecito en el que fueron encerrados Tenes el troadita con su hermana Hemítea, la habitación de Leda, los huevos de donde nacieron Cástor, Pólux, Clitemnestra y Helena, la ciudad de Troya, las cavernas de los monstruos, los vasos que Vulcano hizo como presente a Júpiter, el cofre que Tetis dio a Aquiles, en el cual se puso los huesos de Patroclo y los de su amigo, la copa con la cual Hércules pasó el mar para ir a raptar los bueyes de Gerión, la caverna del monte Helicón, que servía de morada a las Musas y a Febo;
en fin, otras tantas cosas acomodadas a las fábulas que se inventaron respecto al sujeto de la gran obra. El lecho donde Venus fue encontrada con Marte, la piekl en la cual Orión fue engendrado, ,la clepsidra o cuerno de Amaltea de (clepto) oculto, y (idro) agua. Los egipcios, finalmentre, no entendían otra cosa por sus pozos, sus sepulcros, sus urnas y sus mausoleos en forma de pirámide.
 Pero lo que más ha engañado a los que han estudiado la filosofía hermética en sus libros, es que el vaso del arte y el de la naturaleza no estén comúnmente distinguidos. Hablan ahora del uno como ahora del otro, según lo que el sujeto les induzca, sin que nadie haga distinción entre ellos.
Ordinariamente hacen mención de un triple vaso. Flamel lo ha presentado en sus jeroglíficos bajo la figura de un escritorio. Este vaso de tierra en forma de escritorio dentro de un nicho, es llamado -dice- el triple vaso, pues en su centro hay un estante (o grada) sobre el cual hay una escudilla llena de cenizas tibias en las cuales está puesto el huevo filosófico, que es un matraz de vidrio que ves pintado en forma de escritorio y que está lleno de la confección del arte, es decir, de la espuma del mar rojo y de la grasa del viento mercurial. Pero parece, por la descripción que da de este triple vaso, que habla no solamente del vaso sino del horno. Es absolutamente necesario conocer el vaso y su forma para tener éxito en la obra. En cuanto al del arte, debe ser de vidrio, de forma oval, pero para el de la naturaleza, los filósofos nos dicen que es preciso ser instruido perfectamente de su cantidad y su calidad. Es la tierra de la piedra, o la hembra, o la matriz en la cual la semilla del macho es recibida, donde se pudre y se dispone a la generación. Morien habla de éste en estos términos: ¡oh buen rey! Como este magisterio es el secreto de los secretos de Dios muy grande, lo ha confiado y recomendado a sus profetas, de los que ha introducido sus almas en el paraíso. Que si los sabios, sus sucesores, no hubiesen comprendido lo que había dicho de la cualidad del vaso en el cual se hace el magisterio, no habrían podido jamás hacer la obra. Este vaso -dice Filaleteo- es un aludel, no de vidrio, sino de tierra; es el receptáculo de las tinturas y respectivamente en la piedra debe contener (el primer año de los caldeos) veinticuatro medidas llenas de Florencia, ni más ni menos.
Los filósofos han hablado de diferentes vasos para engañar a los ignorantes. Así mismo han buscado hacer un misterio de ello, así como de todo el resto.
Es por lo que le han dado diversos nombres, según las diferentes denominaciones que les ha complacido dar a los diversos estados de la materia. Así han hecho mención del alambique, de la cucúrbita, de los vasos sublimadores, calcinadores y etc. Pero no hay más que un vaso del arte que Espagnet[1] describe así: Pero a decir verdad y hablando con ingenuidad, no se necesita más que un sólo vaso para perfeccionar los dos azufres, y es preciso un segundo para el elixir. La diversidad de las digestiones no necesita cambio de vaso; así mismo es necesario no abrirlo ni cambiarlo hasta el fin de la primera obra. Este vaso será de vidrio, teniendo el fondo redondo u ovalado y un cuello de un palmo de largo al menos, pero estrecho como el de una botella; es preciso que el vidrio sea espeso y por igual en todas sus partes, sin nudos ni grietas, a fin de que pueda resistir un fuego largo y algunas veces vivo. El segundo vaso del arte será hecho de dos hemisferios de roble hueco, en los cuales se pondrá el huevo para incubarlo. El Trevisano también hace mención de este tronco de roble, en estos términos:[2] Después, a fin de que la fuente sea más fuerte y los caballos no marchen, ni otras bestias brutas, se levanta allí un hueco de roble cortado por el medio, que guarde el Sol y la sombra de él. Finalmente el tercer vaso es el horno que encierra y conserva los otros dos vasos y la materia que contienen. Flamel dice que jamás hubiera podido adivinar su forma si Abraham el Judío no la hubiera pintado con el fuego proporcionado en sus figuras jeroglíficas. En efecto, los filósofos lo han puesto entre el número de sus secretos, y lo han nombrado atanor, a causa del fuego que allí se mantiene continuamente, aunque desigual algunas veces, porque la capacidad del horno y la cantidad de la materia requieren un fuego proporcionado. En cuanto a su construcción se puede ver lo que dice de ello Espagnet.



[1] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 112 y ss.
[2] . Trevisano, Filosofía de los metales, 4ª parte.

sábado, febrero 03, 2007

El Vaso del Arte y el de la Naturaleza (del Tratado de la Obra Hermética)



Tres clases de matrices, la primera es la tierra, la materia universal del mundo, el receptáculo de los elementos, el gran vaso de la naturaleza, el lugar donde se produce la corrupción de las semillas, el sepulcro y la tumba viviente de todas las criaturas. Ella es en particular la matriz de lo vegetal y de lo mineral. La segunda matriz es la del úterus en el animal, la de los volátiles es el huevo, y el peñasco la del oro y la de la plata. La tercera es la del metal, es conocida por pocas personas, siendo la matriz y con el esperma, es la causa de la especificación del metal. El conocimiento de este precioso vaso y del espíritu fijo y saxífico[1] implantado en él, era uno de los más grandes secretos de la cábala de los egipcios.
Es preciso, pues, buscar un vaso análogo a aquel que la naturaleza emplea para la formación de los metales; un vaso que devenga matriz del árbol dorado de los filósofos, y no se ha encontrado ninguno mejor que el vidrio. Ellos han añadido la manera de sellarlo a imitación de la naturaleza, a fin de que no se exhale ninguno de sus principios. Pues, como dice Raimon Llull, la composición que se hace de la substancia de los vapores exhalados y recaídos sobre la materia que se corrompe y se disuelve, por la humectación, es la putrefacción. Este vaso debe de tener, pues, una forma propia para facilitar la circulación de los espíritus y debe ser de un espesor y de una consistencia capaz de resistir su impetuosidad.

[1] . N. del T. Saxífico, del Latín saxíficus: que convierte en piedra,'dícese de la cabeza de medusa'.

Definiciones y propiedades del Mercurio (del Tratado de la Obra Hermética)



El mercurio es una cosa que disuelve los metales en una disolución natural, que conduce sus espíritus de potencia a acto. El mercurio es esta cosa que vuelve la materia de los metales lúcida, clara y sin sombra, es decir, que los limpia de sus impurezas, y saca del interior de los metales perfectos su naturaleza y simiente que allí está oculta.
El mercurio disolvente es un vapor seco y de ningún modo viscoso, tiene mucha acidez, es muy sutil, muy volátil al fuego, tiene una gran propiedad de penetrar y de disolver los metales; al prepararlo y al hacer esta disolución, además de la duración del trabajo, se corre un gran peligro, dice Filaleteo, y en consecuencia recomienda preservar los ojos, las orejas y la nariz. La confección de este mercurio, añade este mismo autor, es el más grande de los secretos de la naturaleza, sólo se puede aprender por revelación de Dios, o de un amigo, pues casi nunca se tendrá éxito por las instrucciones de los libros.

El mercurio disolvente no es el mercurio de los filósofos antes de su preparación, sino solamente después, y es el comienzo de la medicina de tercer orden. Ved lo que se entiende por estas medicinas, en el diccionario adjunto.[1] Aquellos que en lugar de este mercurio emplean para la obra filosófica el mercurio natural, sublimado o en polvo, calcinado o precipitado, se equivocan torpemente.
El mercurio disolvente es un elemento de la tierra en el cual es preciso sembrar el grano de oro. Él corrompe el Sol, lo pudre, lo resuelve en mercurio y lo vuelve volátil y semejante a él mismo. Se transforma en Sol y Luna y se vuelve como los mercurios de los metales. Saca afuera las almas de los cuerpos, las eleva y las cuece. Es lo que ha dado lugar a que los antiguos sabios dijeran que el dios Mercurio sacaba las almas de los cuerpos vivientes y las conducía al reino de Plutón. Es por lo que Homero lo nombra muy a menudo mercurio Αργυφόιδας, Argicida. 
  
El mercurio disolvente no debe estar seco, pues todos los filósofos nos aseguran que entonces no será apropiado para la disolución. Es preciso pues, tomar una simiente femenina en forma parecida y cercana a la de los metales. El arte la vuelve menstruo de los metales, y mediante las operaciones de la primera medicina, o de su preparación imperfecta, pasa por todas las cualidades de los metales, hasta llegar a las del Sol. El azufre de los metales imperfectos lo coagula y toma las cualidades del
metal cuyo azufre lo ha coagulado; si el mercurio disolvente no está animado, en vano se le emplea para la obra universal, ni para la particular.
El mercurio disolvente es el vaso único de los filósofos, en el cual se cumple todo el magisterio. Los filósofos le han dado diversos nombres, he aquí los más usados: Vinagre, vinagre de los filósofos, campo, aludel, agua, agua del arte, agua ardiente, agua divina, agua de fuente, agua purificante, agua permanente, agua primera, agua simple, baño, prisión, párpado superior, criba, humo, humedad, fuego, fuego artificial, fuego corroyente, fuego contra natura, fuego húmedo, jordán, licor, licor vegetal crudo, luna, materia, materia lunar, primera virtud, madre, mercurio crudo, mercurio preparado, ministro primero, servidor fugitivo,[2] ninfas, bacantes, musas, mar, espíritu crudo, espíritu cocido, sepulcro, esperma de mercurio, agua estigia, estómago de avestruz, vaso, vaso de los filósofos, inspector de las cosas ocultas, plata viva cruda sacada simplemente de su minera; pero no se debe de olvidar que éste no es el que se vende en las boticas de los boticarios o droguistas.
Cuando la conjunción del mercurio está hecha con el cuerpo disoluble, los filósofos hablan de los dos como de una sola cosa; y entonces dicen que los sabios encuentran en el mercurio todo lo que les hace falta.
Que nadie se deje engañar por la diversidad de nombres, y para prevenir errores de esta clase, he aquí algunos de los principales. Agua espesa, nuestra agua, agua segunda, arcano, plata viva, bien, bien que tiene muchos nombres, caos, hylé, nuestro compuesto, nuestra confección, cuerpo confuso, cuerpo mixto, cobre, aes de los filósofos, latón, lodo, humo acuoso, humedad ardiente, fuego extranjero, fuego innatural, piedra, piedra mineral, piedra única, materia única, materia confusa de los metales, menstruo, menstruo segundo, minera, nuestra minera, minera de los metales, mercurio, mercurio espeso, pieza de moneda, huevo, huevo de los filósofos, raíz, raíz única, piedra conocida en los capítulos de los libros. En fin, es con esta mezcla de mercurio que la mayor parte de los autores comienzan sus libros y sus tratados sobre la obra.


[1] . Pernety se refiere a su Diccionario Mito-Hermético, que preparó al mismo tiempo que Las Fábulas. N. del T.[2] . Referente al Servidor Fugitivo es muy interesante, por su precisión, lo que dice El Mensaje Reencontrado, de Louis Cattiaux, ed. Sirio, Málaga 1996, en el XXI, 28’. N. del T. También en Herder Editorial, Barcelona 2011.


jueves, febrero 01, 2007

La Llave de la Obra (1) (del Tratado de la Obra Hermética)

Basilio Valentín[1] dice que aquel que tiene la harina hará pronto la masa y que aquel que tiene la masa encontrará pronto un horno para cocerla. Es como si dijera que el artista que tenga la verdadera materia filosófica no tendrá dificultad para ponerla en obra; es verdad, si se cree a los filósofos, que la confección de la obra es una cosa muy fácil y que es preciso más tiempo y paciencia que gastos; pero sin duda esto sólo debe entenderse de ciertas circunstancias de la obra y cuando se ha llegado a un cierto punto. Flamel[2] dice que: la preparación de los agentes es una cosa más difícil que todo lo otro en el mundo. Espagnet no tiene dificultad en decir que allí hay mucha obra que hacer:[3] En la sublimación filosófica del mercurio, o la primera preparación, es necesario un trabajo de Hércules, pues sin él Jasón jamás habría osado emprender la conquista del Toisón de oro.
Sin embargo no se ha imaginar que esta sublimación se hace a la manera de las sublimaciones químicas, pues también tiene el cuidado de llamarla filosófica. Es preciso entender, por lo que dice después, que consiste en la disolución y la putrefacción de la materia, porque esta sublimación no es otra cosa que la separación de lo puro de lo impuro, o una purificación de la materia y que su naturaleza sólo puede ser sublimada por la putrefacción. En consecuencia Espagnet cita las siguientes palabras de Virgilio: El poeta –dice– parece haber tocado alguna cosa de la naturaleza, de la cualidad y del cultivo de la tierra filosófica mediante estos términos: En la nueva primavera cuando se funde el hielo sobre los blancos montes y la ablandada gleba se esteriliza al dulce Céfiro, quiero desde entonces ver al toro empezar a gemir bajo el peso del arado y a la reja resplandecer en el surco que cava.y porque la segunda obra sólo es, según su decir, un juego de niños y una diversión de mujeres. Pues no se ha de confundir las operaciones de la segunda obra con las de la primera, aunque Morien[4] nos asegura que la segunda obra, que él llama disposición, sólo es una repetición de la primera. Sin embargo se ha de creer que esto no es una cosa tan penosa y tan difícil puesto que ellos no dicen palabra, o sólo hablan para ocultarla. Sea lo que sea esta preparación, es cierto que debe de empezar por la disolución de la materia, aunque muchos le hayan dado el nombre de calcinación o de sublimación, y puesto que no han querido hablar claramente de ello, al menos se pueden extraer de las operaciones de la segunda disposición, las introducciones para aclararnos sobre las operaciones de la primera.
(Geórgicas, I.) La solución es pues, la llave de la obra. Todos los filósofos convienen en ello y todos hablan de la misma manera al respecto. Pero hay dos trabajos en la obra, uno para hacer la piedra y el otro para hacer el elixir. Primero se han de preparar los agentes; y es de esta preparación que los filósofos no han hablado nada, porque todo depende de ella 


Primero se trata de hacer el mercurio filosófico o el disolvente con una materia que encierre en ella dos cualidades y que sea en parte volátil y en parte fija. Lo que prueba que se hace una disolución, es como lo que el Cosmopolita nos dice que hay que buscar una materia de la cual podamos hacer un agua que disuelva el oro naturalmente y sin violencia. Según eso, una materia sólo se puede reducir a agua por la disolución, aunque no se emplee la destilación de la química vulgar, que está excluida de la obra.
Es bueno remarcar aquí que todos los términos de la química vulgar, que los filósofos emplean en sus libros, no deben de ser tomados en el sentido ordinario, sino en el sentido filosófico. Es por lo que Filaleteo nos advierte[5] que los términos de destilación, sublimación, calcinación, asación, reverberación, disolución, descensión, coagulación, son una misma operación, hecha en un mismo vaso, es decir, una cocción de la materia; haremos ver las diferencias en lo que sigue, cuando hablemos de cada una en particular.
Es preciso aún, remarcar que los signos demostrativos de la obra, de los cuales los filósofos hacen
mención, consideran particularmente la segunda obra. Se observará también que la mayor parte de autores herméticos empiezan sus tratados en esta segunda operación y que suponen su mercurio y su azufre ya hechos; así como las descripciones que hacen en sus enigmas, sus alegorías, sus fábulas, etc, están casi todas sacadas de lo que pasa en esta segunda disposición de Morien; y que de allí vienen las aparentes contradicciones que se encuentran en sus obras, donde uno dice que se necesitan dos materias, otro dice que una solamente, otro que tres, otro cuatro y etc.
Así, para expresarse conforme a las ideas de los filósofos, es preciso, pues, seguirles paso a paso; y como no quiero alejarme en nada de sus principios, ni de su manera de exponerlos, los copiaré palabra por palabra, a fin de que el lector no considere las explicaciones que daré de las fábulas como una pura producción de mi imaginación. Basilio Valentín es uno de los que dan más explicaciones de ello, en su tratado de las Doce Llaves, pero las emplea para formar sus alegorías y no para hacer ver cual era la intención de sus autores. Flamel, al contrario cita de tanto en tanto algunas en el sentido de sus autores; es por lo que yo lo citaré aquí más a menudo que a los otros y la mayor parte de este tratado estará compuesto de sus propias palabras.
[1] . Basilio Valentín, Adición a las Doce Llaves.
[2] . Flamel, Explicación de las Figuras Jeroglíficas.
[3] . Espagnet, La obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 42.
[4] . Morien, Conversación del Rey Calid.
[5] . I. Filaleteo, Enarratio method. Trium Gebri medicin.

La Llave de la Obra (2) (del Tratado de la Obra Hermética)

Los dos dragones que ha tomado como símbolo jeroglífico de la materia, son, dice:[1] las dos serpientes enviadas por Juno, que es la naturaleza metálica, y que el fuerte Hércules, es decir, el sabio, debe estrangular en su cuna, quiero decir vencer y matar para hacerlas pudrirse, corromperse y engendrar al principio de su obra. He aquí la clave de la obra o la disolución anunciada; las serpientes, los dragones, la Quimera, la Esfinge, las harpías y los otros monstruos de la fábula, que se deben matar; y cómo la putrefacción sucede a la muerte, Flamel dice que: es preciso hacerlas pudrirse y corromperse. Estando pues, puestas juntamente en el vaso del sepulcro, se muerden las dos cruelmente y por su gran veneno y furiosa rabia no se dejan jamás desde el momento en que son tomadas y entrelazadas (si el frío no se lo impide), hasta que las dos con su baboso veneno y mortales heridas, no estén ensangrentadas en todas las partes de su cuerpo, y que finalmente, matándose la una a la otra, se asfixien en su propio veneno, que las convierta tras su muerte en agua viva y permanente. Esta agua es propiamente el mercurio de los filósofos. Estos son –añade– los dos espermas masculino y femenino descritos al principio de mi sumario filosófico, que son engendrados (dicen Rasis, Avicena y Abraham el Judío) en los riñones, entrañas y operaciones de los cuatro elementos. Son el húmedo radical de los metales, azufre y plata viva, no los vulgares que son vendidos por mercaderes y boticarios; sino los que nos dan los dos bellos y queridos cuerpos que tanto amamos. Estos dos espermas, decía Demócrito, no se encuentran sobre la tierra de los vivos. Lo mismo afirma Avicena, pero, añade, se recogen del estiércol, basura y podredumbre del Sol y de la Luna.
La putrefacción es declarada mediante los términos siguientes: La causa por la que he pintado estos dos espermas en forma de dragones, es porque su pestilencia es muy grande, como lo es la de los dragones, y las exhalaciones que suben en el matraz son oscuras, negras, azules y amarillentas,... el filósofo no siente jamás esta pestilencia, si no aparta sus vasos, pero la juzga así sólo por la vista y los cambios de colores procedentes de la putrefacción de sus confecciones. Que los químicos o sopladores que buscan la piedra filosofal en sus calcinaciones y sus crisoles, juzguen de estas palabras de Flamel si sus operaciones son conformes a las suyas, y si tienen razón al exponerse a respirar los vapores de las materias hediondas y arsenicales sobre las cuales operan.
La putrefacción de la materia en el vaso es, pues, el principio y la causa de los colores que se manifiestan, y el primero un poco permanente, o de cierta duración, que debe aparecer es el color negro, que ellos llaman simplemente el negro y con una infinidad de otros nombres que se verán aquí durante el curso de esta obra, o en el Diccionario Mito-Hermético de los términos propios de la filosofía hermética, que le sigue inmediatamente.[2]
Este color significa la putrefacción y la generación que le sigue y que nos es proporcionada por la disolución de nuestros cuerpos perfectos. Estas últimas palabras indican que Flamel habla de la segunda operación y no de la primera. Esta disolución procede del calor externo que ayuda y de la ignidad póntica y admirable virtud agria del veneno de nuestro mercurio, que convierte y descompone en puro polvo, e incluso en partículas impalpables, lo que se le resiste. De esta forma la acción del calor sobre y contra la humedad radical metálica, viscosa y oleaginosa, engendra sobre el sujeto la negrura. Ella es esta vela negra con la que el navío de Teseo volvió victorioso de Creta y que fue la causa de la muerte de su padre. Así mismo es necesario que el padre muera para que de las cenizas del Fénix renazca otro, y que el hijo sea rey.La verdadera clave de la obra es esta negrura al comienzo de sus operaciones, y si aparece otro color rojo o blanco antes que ella, es una prueba de que no se ha conseguido, o como dice nuestro autor: En verdad quien no vea esta negrura en el inicio de sus operaciones, durante los días de la piedra, aunque vea cualquier otro color, falla por completo en el magisterio, y no podrá terminarlo con ese caos [...] Y ciertamente, te digo nuevamente, que aún cuando tú mismo trabajes sobre las verdaderas materias, si al principio, tras haber puesto las confecciones en el huevo filosófico, es decir, algún tiempo después de que el fuego las haya irritado, no ves la cabeza de cuervo negro, de un negro muy negro, tendrás que volver a empezar, pues esta falta es irreparable. Sobre todo se debe de temer un color anaranjado o medio rojo, porque si en un principio lo ves en tu huevo, sin duda quemas o has quemado el verdor y la vivacidad de la piedra.El color azulado y amarillento indica que la putrefacción y la disolución no están aún acabadas. La negrura es el verdadero signo de una perfecta solución. Entonces la materia se disuelve en polvo más menudo, por así decirlo, como los átomos revolotean a los rayos del Sol y estos átomos se cambian en agua permanente. Los filósofos han dado a esta disolución los nombres de muerte, destrucción y perdición, infierno, tártaro, tinieblas, noche, vestido tenebroso, sepulcro, tumba, agua venenosa, carbón, estiércol, tierra negra, velo negro, tierra sulfurosa, melancolía, magnesia negra, barro, menstruo hediondo, humo, fuego venenoso, nubarrón, plomo, plomo negro, plomo de los filósofos, Saturno, polvo negro, cosa despreciable, cosa vil, sello de Hermes, espíritu hediondo, espíritu sublimado, sol eclipsado, o eclipse del Sol y de la Luna, estiércol de caballo, corrupción, corteza negra, espuma del mar, cobertura del vaso, capitel del alambique, nafta, inmundicia de muerto, cadáver, aceite de Saturno, negro más negro que el mismo negro. En fin, lo han designado mediante todos los nombres que pueden expresar o designar la corrupción, la disolución y la negrura. Es ella que ha facilitado a los filósofos la materia para tantas alegorías sobre muertos y tumbas. Algunos la han nombrado calcinación, denudación, separación, asación, a causa de la reducción de las materias en polvo muy menudo. Otros: reducción en primera materia, molificación, extracción, conmixtión, licuefacción, conversión de los elementos, sutilización, división, humación, empastación (argamasa) y destilación. Otros, sombras cimerianas, remolino, generación, ingresión, sumergimiento, complexión, conjunción, impregnación. Cuando el calor actúa sobre estas materias, se cambian primeramente en polvo y agua grasa y viscosa, que sube en vapor hasta lo alto del vaso, y recae en rocío o lluvia al fondo del vaso,[3] donde se vuelve al poco como un caldo negro un poco graso. Es por lo que se le ha llamado sublimación y volatilización, ascensión y descensión. El agua, al coagularse seguidamente, se vuelve como pez negra, lo que hace que se la nombre tierra fétida y hedionda. Da un olor de relente, de sepulcros y de tumbas. Hermes la llama la tierra de las hojas. Más su verdadero nombre –dice Flamel– es el de Latón o Letón, que se ha de blanquear. Los antiguos sabios –añade– la han descrito bajo la historia de la serpiente de Marte, que había devorado a los compañeros de Cadmo, el cual la mató horadándola con su lanza contra un roble hueco. Poned atención en este hueco. Pero para llegar a esta putrefacción es preciso un agente o disolvente análogo al cuerpo que debe disolver. Este es el cuerpo disoluble llamado simiente masculina; el otro es el espíritu disolvente, llamado simiente femenina. Cuando están reunidos en el vaso, los filósofos les dan el nombre de Rebis; es por lo que Merlín ha dicho: Res rebis est bina conjuncta, sed tamen una.
Filaleteo[4] se expresa así respecto a este disolvente: Esta simiente femenina es uno de los principios de nuestro magisterio; es preciso, pues, meditar profundamente sobre ella como una materia sin la cual no se puede tener éxito, puesto que si bien es plata viva, no es en efecto una plata viva natural en su propia naturaleza, sino otro cierto mercurio propio a una nueva generación y que además, su pureza, requiere una larga y admirable preparación, que le deja su cualidad mineral, homogénea, sana y salva. Pues si se le quita a este espíritu disolvente su fluidez y su mercurialidad, se vuelve inútil para la obra filosófica, puesto que ha perdido su naturaleza disolvente; y si fuera cambiada en polvo, de cualquier especie que pueda ser, si no es de naturaleza de cuerpo disoluble, se pierde, no tiene más relación ni proporción con él, y debe ser rechazada de nuestra obra. Piensan locamente y falsamente los que alteran la plata viva, antes de que sea unida con las especies metálicas. Pues esta plata viva, que no es la vulgar, es la materia de todos los metales y como su agua, a causa de su homogeneidad con ellos. Se reviste de su naturaleza en su mezcla con ellos y toma todas sus cualidades, porque se asemeja al mercurio celeste, que se vuelve parecido a las cualidades de los planetas con los cuales está en conjunción.Ninguna agua puede disolver radicalmente y naturalmente las especies metálicas si no es de su naturaleza y si no puede ser congelada con ellas. Es preciso que pase a los metales como un alimento que se incorpora con ellos y se hace una misma substancia. Aquel que separe pues de la plata viva su humedad con las sales, los vitriolos u otras cosas corrosivas, obra con insensatez. No se equivocan menos aquellos que se imaginan extraer del mercurio natural un agua límpida y transparente, con la cual pueden hacer cosas admirables. Aunque consiguieran hacer una tal agua, no valdría nada para la obra.

[1] . Flamel, Op. cit.
[2] . Hay una traducción al castellano de este Diccionario Mito-Hermético, de Pernety, en Ed. Indigo, Barcelona, 1993. N. del T.
[3] . Artefio.
[4] . I. Filaleteo, Verdadera confección de la piedra Filosofal, p.13, y ss.