
Es preciso, pues, buscar un vaso análogo a aquel que la naturaleza emplea para la formación de los metales; un vaso que devenga matriz del árbol dorado de los filósofos, y no se ha encontrado ninguno mejor que el vidrio. Ellos han añadido la manera de sellarlo a imitación de la naturaleza, a fin de que no se exhale ninguno de sus principios. Pues, como dice Raimon Llull, la composición que se hace de la substancia de los vapores exhalados y recaídos sobre la materia que se corrompe y se disuelve, por la humectación, es la putrefacción. Este vaso debe de tener, pues, una forma propia para facilitar la circulación de los espíritus y debe ser de un espesor y de una consistencia capaz de resistir su impetuosidad.
[1] . N. del T. Saxífico, del Latín saxíficus: que convierte en piedra,'dícese de la cabeza de medusa'.
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