jueves, marzo 15, 2007

Historia de Isis (1)



Cuando se hace la genealogía de Osiris, se hace también la de Isis, su esposa, puesto que era su hermana. Se piensa comúnmente que era el símbolo de la Luna, como Osiris lo era del Sol, pero se la toma también por la naturaleza en general y por la tierra, según Macrobio. De ahí viene, dice este autor, que se represente a esta diosa teniendo todo el cuerpo cubierto de tetas. Apuleyo es del mismo parecer que Macrobio y hace la descripción siguiente:[1]
Una cabellera larga y bien provista caía en ondas sobre su divino cuello, tenía en la cabeza una corona variada por su forma y por las flores que la adornaban. En medio, por delante, aparecía una especie de globo, en forma casi de espejo que despedía una luz brillante y plateada, como la de la Luna. A la derecha y a la izquierda de este globo se levantaban dos ondulantes víboras, como para engarzarla y sostenerla y de la base de la corona salían espigas de trigo. Una ropa de lino fino la cubría enteramente. Esta ropa era muy resplandeciente, tanto por su gran blancura como por su amarillo azafranado, en fin, por un color de fuego tan vivo, que mis ojos estaban deslumbrados. Una toga destacable por su gran negrura pasaba desde el hombro izquierdo por debajo del brazo derecho y ondeaba en muchos pliegues descendiendo hasta los
pies, estaba bordada de nudos y flores variadas y salpicada de estrellas en toda su extensión. En medio de estas estrellas se mostraba la Luna con rayos parecidos a las llamas. Esta diosa tenía un cetro en la mano derecha, que por el movimiento que le daba producía un sonido agudo, pero muy agradable; en la izquierda llevaba un vaso de oro cuya asa estaba formada por una áspid que elevaba la cabeza con aire amenazante; el calzado que cubría sus pies, exhalantes de ambrosía, era de un tejido que estaba hecho de palma victoriosa. Esta gran diosa cuya dulzura del aliento sobrepasa a todos los perfumes de la dichosa Arabia, se dignó hablarme en estos términos: Soy la naturaleza madre de las cosas, dueña de los elementos, el principio de los siglos, la soberana de los dioses, reina de los manes, la primera de las naturalezas celestes, la faz uniforme de los dioses y de las diosas, soy yo que gobierno la sublimidad luminosa de los cielos, los vientos saludables de los mares y el silencio lúgubre de los infiernos. Mi divinidad única es honrada por todo el universo, pero bajo diferentes formas, bajo diversos nombres y por diferentes ceremonias. Los frigios, lo primeros nacidos de los hombres, me llaman Pesinúntica madre de los dioses, los atenienses Minerva Cecrópea, los de Chipre Venus
Pafia, los de Creta Diana Dictina, los sicilianos, que hablan tres lenguas, Proserpina Estigiana, los eleusinos la antigua diosa Ceres, otros Juno, otros Belona, algunos Hécate, otros Ramnusia. Pero los egipcios que están instruidos en la antigua doctrina me honran con las ceremonias que me son propias y convenientes y me llaman por mi verdadero nombre, la reina Isis.
Isis era más conocida por su propio nombre fuera de Egipto que Osiris porque era considerada como madre y naturaleza de las cosas. Este sentimiento universal debería de haber hecho abrir los ojos a los que la observaban como una verdadera reina de Egipto y que, en consecuencia, pretendían adaptar su figurada historia a la historia real de los reyes de aquel país.
Los sacerdotes de Egipto contaban, según el testimonio de Diodoro, veinte mil años después del reino del Sol hasta el tiempo en que Alejandro el Grande pasó a Asia. Decían también que sus antiguos dioses reinaron cada uno doscientos de años y que sus sucesores no reinaron menos de trescientos, lo que algunos entienden según el curso de la Luna y no del Sol, contando los meses por años. Eusebio, que hace mención de la cronología de los reyes de ribuirse la superioridad sobre los otros hombres. Eusebio dio como sucesores de Océano a Osiris e Isis. Los pastores reinaron seguidamente durante 103 años, después la dinastía de los politanos durante 348 años, de los cuales el último fue Miris o el faraón, llamado Menofis, alrededor del año del mundo 2550. A esta dinastía sucedió la de Lartes que duró 194 años, después la de los diapolitanos que fue de 177 años.
Egipto, emplaza a Océano como el primero de todos, hacia el año del mundo 1802, tiempo en el cual Nimrod fue el primero en at
Pero si quitamos 1020 años del mundo hasta el reinado de Alejandro, el reino del Sol u Horus, que sucedió a Isis, recaerá en el año del mundo alrededor de 2608, tiempo en el cual, según Eusebio, reinó Zeto, inmediato sucesor de Miris. Así, por este cálculo, no se encuentra lugar para poner los reinados de Osiris, Isis, el Sol, Mercurio, Vulcano, Saturno, Júpiter, el Nilo y Océano. Se sabe sin embargo –dice Diodoro– que algunos escribanos emplazan las tumbas de estos reyes dioses en la ciudad de Nisa en Arabia, de donde han dado a Denis el sobre nombre de Niseo. Como la cronología de los reyes de Egipto no entra en el deseo de esta obra, dejo a otros el cuidado de levantar todas estas dificultades cronológicas y retorno a Isis como principio general de la naturaleza y principio material del arte hermético.
El retrato de Isis que hemos dado, según Apuleyo, es una alegoría de la obra, palpable para los que han leído atentamente las obras que tratan de ello. Su corona y los colores de su hábito lo indican todo en general y en particular. Isis pasó por ser la Luna, la tierra y la naturaleza. Su corona, formada por un globo brillante como la Luna, lo anuncia a todo el mundo. Las dos serpientes que sostenían este globo son las mismas de las que hemos hablado en el primer capítulo de este libro, explicando el monumento de A. Herenuleio Hermes. El globo es también la misma cosa que el huevo de este monumento. Las dos espigas que salen indican la materia del arte hermético, que la naturaleza emplea para hacerlo vegetar todo en el Universo. Los colores que sobrevienen a esta materia durante las operaciones ¿no están expresamente nombrados en la mención que se hace de la vestimenta de Isis? Una toga o larga ropa sorprendente por su gran negrura, palla nigerrima splendescens atro nitore, cubre totalmente el cuerpo de Isis dejando percibir solamente por lo alto otra ropa de lino fino, primero blanco, después azafranado, finalmente el color del fuego. Multicolor bysso tenxi proetexta, nunc albo candore lucida, nunc croceo flore lutea, nunc roseo rub ore flammea. Apuleyo había copiado sin duda esta descripción de algún filósofo, pues todos se expresan de la misma manera a este respecto. Ellos llaman al color negro, el negro más negro que el mismo negro, nigrum nigro nigrius.
Homero da un parecido a Tetis, cuando se dispone ir a solicitar los favores y la protección de Júpiter para su hijo Aquiles.[2] No había en el mundo, dice este poeta, vestimenta más negra que la suya. El color blanco sucede al negro, el azafranado al blanco y el rojo al azafranado, precisamente como lo relata Apuleyo. Se puede consultar más arriba el tratado de la obra que he dado anteriormente. Espagnet en particular está perfectamente conforme con la descripción de Apuleyo y nombra estos cuatro colores como los medios demostrativos de la obra.[3]


Parece que Apuleyo haya querido decirnos que todos estos colores nacen los unos de los otros, que el blanco está contenido en el negro, el amarillo en el blanco y el rojo en el amarillo, es por esto que el negro cubre a los otros. Se me podría objetar quizás que esta ropa negra es el símbolo de la noche y que la cosa está indicada por la Luna creciente, emplazada en medio de las estrellas  de las que ella está totalmente salpicada, pero los otros acompañamientos no convienen en ello del todo. No es asombroso que haya puesto sobre la ropa de Isis una Luna creciente puesto que se la tomaba por la Luna, pero como la noche impide distinguir el color de los objetos, Apuleyo habría dicho muy mal a propósito que los cuatro colores del vestido de Isis se distinguían y despedían cada uno en particular un resplandor tan grande que estaba deslumbrado. Por otro lado esta autor no hace ninguna mención de la noche ni de la Luna, sino solamente de Isis como principio de todo lo que la naturaleza produce, lo que no haría convenir a la Luna celeste, sino solamente a la Luna filosófica, puesto que en la celeste sólo sobresale el color blanco y no el azafranado y el rojo.
Las espigas de trigo prueban que Isis y Ceres eran un mismo símbolo, la cítara y el vaso o pequeño cubo son las dos cosas requeridas para la obra, es decir, el latón filosófico y el agua mercurial, pues la cítara era comúnmente un instrumento de cobre y las varitas que lo atravesaban eran también de cobre, alguna vez de hierro. Los griegos inventaron después la fábula de Hércules que cazó los pájaros del lago Estinfalia haciendo ruido con un instrumento de cobre. Lo uno y lo otro debe de explicarse de la misma manera. Hablaremos de ello en los trabajos de Hércules, en el quinto libro.

[1] . Apuleyo, Metamorfosis, lib. 11.
[2] . Cogió el velo azul sombrío; ningún vestido más oscuro que este había. Ilíada, lib. 24, vers. 93.
[3] . Los medios que conciernen a los signos demostrativos son los colores, que aparecen sucesivamente y en orden en la materia, indicando sus afecciones y pasiones, de los que tres son tenidos por principales y críticos: el primero es el negro llamado cabeza de cuervo, en razón de la extrema negrura que con ella adviene a la materia: su crepúsculo y una blancura desfalleciente indican el comienzo de la acción del fuego de la naturaleza, o principio de la disolución; pero su noche más negra indicará la perfección de la licuefacción y de la confusión de los elementos. Entonces el grano empieza a pudrirse y a corromperse, con objeto de ser más apto para la generación. Al color negro sigue el color blanco, donde se alberga la perfección del primer grado, la del azufre blanco, de ahí que entonces sea llamada piedra bendita: esa es la tierra blanca y foliada en la que los filósofos siembran su oro. El tercer color es el color citrino que se produce cuando el blanco pasa al rojo y que es como un intermediario entre esos dos colores, al estar mezclado de uno y de otro y es pareciso a la aurora de cabellos dorados, la precursora del Sol. La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 64

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