domingo, abril 22, 2007

Las Colonias Egipcias (3)


Todo espíritu que no quiera permanecer tercamente en su prejuicio debe ver en lo que hemos dicho cuál era el objeto de estos misterios. La magnificencia de los reyes de Egipto, que si creemos a Plinio[1] hicieron levantar estas maravillas del mundo a fin de emplear sus inmensas riquezas, es una prueba bien palpable del arte hermético. Semiramis hizo levantar en Babilonia un templo en honor a Júpiter en lo alto del cual emplazó tres estatuas de oro, una de este dios, la segunda de Juno y la tercera de la diosa Ops. La de Júpiter, según Diodoro, subsistía aún en su tiempo, tenía 40 pies de altura y pesaba mil talentos Babilónicos. La estatua de Ops, del mismo peso, se ve aún en la sala dorada. Dos leones, añade este autor, y serpientes de plata de un grosor enorme están emplazadas a su lado. Cada figura es de un peso de treinta talentos. La diosa tiene en la mano derecha una cabeza de serpiente y en la izquierda un cetro de piedra. En la misma sala se encuentra también una tabla de oro de 40 pies de longitud, 12 de largo y 50 talentos de peso. La estatua de Juno es de 800 de peso.
Diodoro y los otros historiadores aportan muchas de las cosas que prueban las inmensas riquezas de los egipcios y de los babilonios, y que sacaron su origen mediante Belus. Pero lo que habría de sorprender a estos historiadores y a todos los que vieron la estatua de Ops es su actitud y sus atributos. Yo querría que nuestros eruditos me explicaran ¿por qué se había puesto un cetro de piedra en una de las manos de esta diosa y una serpiente en la otra? ¿Se pone cetros de piedra a una estatua de oro?
Una tal idea pasaría por ridícula a los ojos de los que no ven en ello nada alegórico, pero si se toma herméticamente, es natural representar a la diosa Ops así, porque el oro de los filósofos es llamado piedra y su mercurio serpiente. Ops o la tierra, que era la materia, tenía estos dos símbolos en la mano para indicar que contenía estos dos principios del arte. Y como este arte era la fuente de las riquezas, Ops fue considerada como diosa. Así mismo la cosa se ve más particularmente designada al poner junto a Ops dos leones y dos serpientes, puesto que los filósofos emplean ordinariamente la alegoría de estos animales para significar los principios materiales de la obra durante el curso de las operaciones. Júpiter y Juno, hermano y hermana, esposo y esposa, se encontraban en esta sala con su abuela y ante ellos una tabla de oro común a los tres, porque salen de un mismo principio aurífico, del cual se extraen dos cosas, una humedad aérea y mercurial y una tierra fija ígnea, que reunidas sólo son una y misma cosa llamada oro hermético,
común a los tres porque está compuesto de ellos, y el verdadero remedio del espíritu, del que hemos hablado, al cual Diodoro da el nombre de Nepentes, porque está echo de la pretendida hierba que tiene este nombre, de la que Homero[2] dice que en Egipto se compone un remedio que hace olvidar todos los males y conduce al hombre a una vida exenta de dolor y melancolía, propiedades tan alabadas en el oro hermético. El mismo poeta añade que este remedio era el de Helena, hija de Júpiter, la que ocasionó la guerra de Troya. Veremos las razones de ello en el sexto libro. El origen egipcio del remedio y de la manera de hacerlo es una prueba, que Homero nos da de paso, de que él estaba instruido en la naturaleza de este remedio, de sus propiedades y del lugar donde estaba en boga.
Él ha podido, pues, tomarlo como objeto de su alegoría de la toma de la ciudad de Troya, donde, al menos, lo habría tomado de una guerra y de un asedio real para formar una alegoría de la gran obra, como lo probaremos comentando todas las circunstancias de este asedio. Si bien Homero, para dar un aire de vorosimilitud a su ficción, ha introducido nombres de ciudades y de pueblos existentes, y se ve obligado a declarar que conoce ïtaca, las Cimerias, la isla de calipso y muchas otras cosas que hay en sus obras ¿Dónde se vio jamás a los arimaspes, los isedones, los hiperbóreos, los acéfalos, etc.? Pero se convendrá en que las fábulas tienen su origen en Egipto u Fenicia, es, pues, por las que se declaman en aquellos países, que se ha de juzgar a las otras, al menos las más antiguas.

No pienso encontrar contradicciones sobre este artículo ¿pero no se convendrá conmigo en que todos los monumentos de los que he hablado son una prueba convincente de que el arte hermético era conocido y practicado entre los egipcios? Los eruditos por poco de acuerdo que estén entre ellos, han fortificado mediante sus obras el prejuicio que nació en el relato de antiguos historiadores.
Se ha creído que estando más cerca que nosotros de esos tiempos oscuros, lo mejor que se puede hacer es seguir el camino que ellos han trazado, persuadidos de que estaban en el caso de todo esto. Sin embargo se sabe, y lo dicen los mismos antiguos, que los sacerdotes de Egipto guardaban un secreto inviolable sobre el verdadero significado de sus jeroglíficos, pero no se ha reflexionado mucho sobre eso. Se trataría pues, de desnudarse de todo prejuicio respecto a ello, examinar las cosas sin prevención y comparar las explicaciones que los anticuarios o los mitólogos han dado de los jeroglíficos y de las fábulas egipcias con las que yo he dado, y juzgar seguidamente sobre la verdad de unas y de otras. Por este método se encontrará uno en estado de decidir si la moral, la religión, la física y la historia han suministrado materia a estas fábulas y a estos jeroglíficos o si no es más simple darles un sólo y único objeto, así como un secreto tan precioso y de una tan gran consecuencia como puede ser aquel que conserva a la humanidad en todo el estado perfecto del que es susceptible, procurándole las fuentes de riquezas y de salud.

[1] . Plinio, lib. 26, cap. 12.
[2] . Homero, Odisea, lib. 4, v. 221 y ss.

sábado, abril 21, 2007

Las Colonias Egipcias (2), historia de Cadmo



Cadmo era originario de Tebas en Egipto. Cuando fue enviado a la búsqueda de su hermana por Agenor su padre, rey de Fenicia, se encontró expuesto a una furiosa tempestad, que le obligó a atracar en Rodas, donde erigió un templo en honor de Neptuno cuyo servicio se confió a los fenicios que dejó en esta isla. Ofreció a Minerva un vaso de cobre muy bello de forma antigua, sobre el cual había una inscripción que decía que la isla de Rodas sería asolada por las serpientes.
Sólo esta inscripción indica que toda esta historia es una alegoría del arte sacerdotal. Pues ¿por qué ofreció a Minerva un vaso antiguo de cobre? Se hubiera debido suponer que Cadmo habría vivido en tiempos muy remotos. ¿Cuál podría ser, pues, la antigüedad de este vaso? Parece ser que es preciso tener en consideración la materia y no la forma. Esta materia es la tierra de Rodas o la tierra roja filosófica que debe ser asolada por las serpientes, es decir, disuelta por el agua de los filósofos, que a menudo es llamada serpiente. Cadmo al corriente de estos misterios no tuvo ningún esfuerzo en predecir esta devastación. El presente de un vaso antiguo de cobre ¿era de una tan gran consecuencia que mereció ser presentado a la diosa de la sabiduría? El oro y las pedrerías habrían sido más dignos de ella. Pero sin duda había en ello un misterio encerrado, es necesario un vaso de cobre, pero no del vulgar, sino de bronce filosófico, que los favoritos de Minerva, los sabios filósofos, llaman comúnmente latón o letón. Blanquead el latón, dice Morien,[1] y romped vuestros libros. El azot y el latón os son suficientes.
Toda la historia de Cadmo será siempre considerada como una pura fábula, que parecerá ridícula a todo hombre razonable si no la entiende conforme a la química hermética. En efecto ¿Qué idea es la de seguir un buey de diferentes colores, construir una ciudad donde el buey se detuvo, enviar a sus compañeros a una fuente, donde fueron devorados por un horrible dragón, hijo de Tifón y Equidna, dragón que seguidamente fue muerto por Cadmo, que le arrancó los dientes, los sembró en un campo como se siembra el grano, de donde nacieron unos hombres que atacaron a Cadmo y que al fin por una piedra que tiró entre ellos se destruyeron unos a otros sin que quedara uno solo? Más adelante en esta obra probaremos que esta historia es una alegoría siguiendo todo lo que pasa en el curso de las operaciones de la obra filosófica.
El abad Banier[2] dice que Cadmo llevó a Grecia los misterios de Baco y Osiris.
La fábula nos enseña sin embargo que Baco era nieto de Cadmo. Es verdad que este mitólogo introduce a otro Baco, hijo de Semele a fin de ajustar su historia pero ¿sobre qué fundamento? ¿es lícito introducir de su propia cosecha nuevos personajes para sortear las dificultades? Cuando Orfeo transportó a Grecia las fábulas egipcias las vistió a la manera griega y supuso un Dioniso, que no difiere en nada del Osiris de los egipcios y del Baco de los latinos, pero este Dioniso u Osiris era célebre en Egipto mucho antes de que fuera cuestión lo de Cadmo. Es por lo que los egipcios se burlaban de los griegos, cuando les oían decir que Dioniso había nacido entre ellos.
Otros atribuyen a Melampo la institución de las ceremonias del culto a Dioniso en Grecia, la historia de Saturno y la guerra de los titanes. Se dice que Dédalo fue el arquitecto del famoso vestíbulo del templo levantado en Menfis en honor de Vulcano. Pero los griegos, dice Diodoro, habiendo aprendido las historias y las alegorías de los egipcios, inventaron otras sobre estos modelos. En efecto, los poetas y los teólogos del paganismo parecen haber copiado estas fábulas de Egipto, llevadas a Grecia por Orfeo, Museo, Melampo y Homero. Los legisladores han formado sus leyes sobre las de Licurgo; los príncipes de las sectas filosóficas han sacado sus sistemas de Pitágoras, Platón, Eudoxo y Demócrito. Y si han sido tan diferentes entre ellos es porque no todos ellos estaban al corriente de los misterios egipcios y en consecuencia han explicado mal las alegorías.
Las columnas de Mercurio, de las cuales estos primeros filósofos sacaron su ciencia, por las explicaciones que los sacerdotes de Egipto les dieron podrían muy bien ser las de Osiris e Isis de las que hemos hablado, puede ser que los obeliscos que se ven aún en Roma, como se dice, fueran transportados desde Egipto y cuya superficie está llena de triángulos, círculos, cuadrados y figuras jeroglíficas. Más de un autor se ha torturado para explicarlos, Kircher ha hecho un tratado sobre ello, pero a pesar de su decisión sostenida en una ciencia muy extendida, no se ha creído su palabra. Es de los autores antiguos de donde sacaron su ciencia en Egipto, entonces es en ellos que deberían buscar su interpretación, pero para entender a la mayor parte de ellos se necesitaría también la ayuda de un Edipo, porque han escrito alegóricamente como sus maestros.
Creo que se pueden sacar muchas luces de los antiguos autores griegos para penetrar en la oscuridad de las fábulas, no es que se deba buscar precisamente en ellas el verdadero origen de los antiguos pueblos, puesto que lo que dicen es casi todo fabuloso, pero ya que ellos han copiado a los egipcios, que fueron los primeros inventores de las fábulas y que haciendo la comparación de las fábulas antiguas de Grecia con las de Egipto se nota fácilmente que todas han salido de la misma fuente, la cosa se parecería a un viajero que se vestía en cada país que recorría según la moda en uso. Las obras egipcias que habrían podido darnos algunas ideas de su manera de pensar, las de Hermes y las de los otros filósofos, se nos han escapado con el tiempo y lloraremos siempre sobre las tristes cenizas de la biblioteca de Alejandría. No tenemos otra fuente que la de los griegos, discípulos de los sabios sacerdotes de Egipto, es de ellos, pues, que se ha de obtener la ayuda, persuadidos de que han entrado en las ideas de los maestros de los que habían recibido las lecciones.
Yo sería del mismo pensamiento que Diodoro en cuanto a los nombres de algunas antiguas ciudades, montañas, ríos, etc. Este autor dice que los antiguos filósofos sacaron de su doctrina la mayor parte de estos nombres y denominaron los lugares según la relación que veían allí con algunos rasgos de esta ciencia. Se trata pues, de saber cuál era esta doctrina. Nadie duda de que ésta sea la que aprendieron en Egipto. Jámblico[3] nos asegura que esta ciencia estaba grabada en las columnas de Hermes. Josefo[4] habla de dos columnas, la una de piedra, la otra de ladrillo, levantadas antes del diluvio, sobre las cuales estaban grabados los principios de las artes. Bernardo, conde de la marca Trevisana[5] instruido por la lectura de los libros antiguos, dice que Hermes encontró siete tablas en el valle de Hebrón, sobre las cuales estaban grabados los principios de las artes liberales. Pero que Hermes las haya encontrado o que las haya inventado, lo que parece ser es que estos principios estaban expresados en jeroglíficos, y que esta manera de enseñar indicaba que el fondo de esta ciencia era un misterio que no se quería desvelar a todo el mundo, y en consecuencia los términos y los nombres empleados formaban también parte de este misterio, de donde debemos concluir que los nombres dados a los lugares por los antiguos filósofos contenían de alguna manera los misterios de los egipcios.

[1] . Morien, Conversación del Rey Calid.
[2] . Mitología, T. 1, p. 67 y t. 2, p. 262.
[3] . Jámblico, Los Misterios de los Egipcios.
[4] . Josefo, De las Antiguedades de los Judios.
[5] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.

Las Colonias Egipcias (1)




 La filosofía hermética no estuvo siempre encerrada en los límites de Egipto, donde parece que Hermes la había hecho florecer. Al multiplicarse los habitantes de aquel país, algunos tomaron la decisión de salir de allí para establecerse, primero en las inmediaciones y después en países más alejados. Muchos jefes de familia condujeron sus colonias y llevaron consigo a sacerdotes instruidos. Belus que fijó su residencia cerca del Eufrates se estableció en Babilonia y fueron llamados caldeos. Se volvieron célebres por los conocimientos que adquirieron observando los astros a la manera de Egipto.
Los eruditos creían que el sabismo o esta fuerte idolatría que tiene por objeto de su culto a los astros y los planetas, empezó en Caldea, donde se habían fijado estos filósofos egipcios, pero es más verosímil decir que la llevaron allí desde Egipto, de donde salieron y donde el Sol y la Luna eran adorados bajo el nombre de Osiris y de Isis, puesto que Herodoto dice que la astrología nació en Egipto donde se conviene en que era cultivada desde los tiempos más remotos.
El nombre de ciencia caldea que llevó después durante largo tiempo, prueba además que los astrólogos de Caldea se volvieron más célebres que los de otras naciones.
Babilonia, capital del país, aunque la más idólatra de todas las ciudades del mundo, según la idea que nos da el profeta Jeremías[1] llamándola tierra de ídolos, terra sculptilium, parecía haber sacado sus dioses de Egipto, de la que había conservado hasta los monstruos, in portentis gloriantur. Los sacerdotes instruidos en las mismas ciencias que aquellos de los que se acababan de separar, sin duda sabían también a qué atenerse respecto al culto de estos ídolos, pero obligados al mismo secreto que los de Egipto, se impusieron sucesivamente el deber de no divulgarlo. Los nombres de Saturno y de Júpiter dados a Belus prueban claramente que en Caldea se conocía la genealogía de los dioses herméticos de los egipcios.
Danao intentó también establecerse fuera de su país. Marchó de Egipto, su patria, y partió con cincuenta hijas que había tenido de muchas mujeres, con toda su servidumbre y algunos egipcios que quisieron seguirle. Se dice que arribó primeramente a Rodas, donde, tras haber consagrado una estatua a Minerva, una de las grandes divinidades de Egipto, se embarcó y llegó a Grecia donde, si creemos a Diodoro, hizo construir la ciudad de Argos y en Lidia la de Chipre, en la cual hizo levantar un templo a Minerva y estableció allí a los sacerdotes para el servicio del mismo culto que se rendía en Egipto a esta diosa. El nombre de Beleides dado a las hijas de Danao, prueba que tenía alguna afinidad con Belus, y algunos autores han considerado a este Belus como padre de Danao. Las alegorías que los poetas han hecho sobre el suplicio de las Danaides y sobre la masacre de sus esposos, es una nueva prueba de que fueron imitaciones de Egipto, donde Diodoro cuenta[2] que 360 sacerdotes de Achante tenían costumbre de sacar agua con un vaso horadado. Explicaremos estas alegorías en los libros siguientes.
Cecrops, que vino de Egipto, se estableció en Ática. Llevó junto con las leyes de su país el culto de los dioses que allí adoraban, y sobre todo el de Minerva, honrada en Sais su patria, el de Júpiter y los otros dioses de Egipto, este hecho es atestiguado por toda la antigüedad. Eusebio[3] dice que éste fue el primero que dio el nombre de dios a Júpiter, le levantó un altar y erigió una estatua en honor a Minerva. San Epifanio repite lo mismo y Pausanias lo había dicho antes que ellos, pero este último[4] remarca que sólo ofrecía en sus sacrificios cosas inanimadas. Atenas, triunfo de las artes y de las ciencias, tallo de la urbanidad y la erudición, debe sus comienzos a Egipto. Sea como fuere esta historia, los atenienses convienen en ello y se glorían de ser descendientes de los saitas; algunos dicen que Dipetas, padre de Mnesteo, rey de Atenas, fue egipcio, lo mismo que Ericteo, que el primero les aportó los granos de Egipto y la manera de cultivarlos, lo que hizo que lo establecieran rey.
Les enseñó también las ceremonias de Ceres Eleusina, siguiendo las que observaban los egipcios, es por lo que los atenienses pensaban que este rey era contemporáneo de Ceres. Diodoro, al relatar esto, ignoraba sin duda que Ceres e Isis eran una misma divinidad. Debería haberse acordado de que había contado la misma cosa de Triptolemo. Hablaremos de la naturaleza de estos granos y de toda esta historia en el cuarto libro.
Los habitantes de la Cólquide eran también una colonia de Egipto, según Diodoro y Herodoto[5] que aporta como prueba de ello muchas razones, entre otras, que hacían circuncidar a sus hijos, y que este uso lo habían traído de Egipto. Sin duda ignoraba la Escritura santa que nos señala tan positivamente el origen de la circuncisión. Diodoro concluye, por la misma razón, que los judíos, habitantes entre Arabia y Siria habían venido de Egipto, pero habla de estos judíos sólo después de su servidumbre en este país y esto es lo que ocasiona su error. Este seguimiento de los judíos es remarcable por todos los acontecimientos que le precedieron y le siguieron, lo que tiene más relación con nuestro sujeto es la cantidad prodigiosa de oro y de plata que se encontraba entonces entre los egipcios. Moisés notificó a los judíos que tomaran de sus huéspedes todos los vasos de oro y de plata que pudieran obtener. Y ¿quiénes eran estos huéspedes? la gente común; ¿a quién daban estos vasos? a los judíos esclavos, despreciados y sin recursos, gente que no se podía ignorar que tenían el deseo de salir del país y de huir para sustraerse de la servidumbre; y si el pueblo estaba tan bien provisto ¿cuánto debían de tener el rey y los sacerdotes que, como nos lo enseña Herodoto, hacían construir edificios para conservarlo?


[1] . Jeremías, cap. 50.
[2] . Diodoro de Sicilia, lib. 2, cap. 6.
[3] . Eusebio, Prep. Evang. Lib. 1, cap. 9.
[4] . Pausanias, In. Attic. Lib. 8.
[5] . Herodoto, lib. 2, cap. 104 y ss.

jueves, abril 19, 2007

La Musa o Amusa

Algunos botánicos y muchos historiadores lo han calificado de árbol aunque esté sin ramas. Normalmente su tronco es grueso como el muslo de un hombre, esponjoso y cubierto de muchas cortezas u hojas escamosas, acostadas unas sobre otras; sus hojas son largas, obtusas y su longitud sobrepasa algunas veces los siete codos.[1] Están afirmadas por una costilla gruesa y larga que reina en medio de ellas a todo lo largo, de la cima del tallo nacen flores rojas o amarillentas. Lo frutos que producen son de un gusto agradable y se parecen mucho a un pepino dorado. Su raíz es larga y gruesa, negra por fuera, carnosa y blanca por dentro. Cuando se hacen incisiones en esta raíz sale un jugo blanco que enseguida se vuelve rojo.
Mahudel, así como muchos anticuarios, sólo vieron en esta planta su belleza como motivo capaz de determinar a los egipcios a consagrarla a las divinidades locales de la comarca, donde crecía con mucha abundancia, pero puesto que la empleaban en los jeroglíficos, sin duda se unía allí a alguna idea particular que estaba señalada en esta planta por alguna relación con estas divinidades.
Las plumas de Osiris, las de los sacerdotes y las de Isis, donde estas hojas se encuentran algunas veces, el fruto cortado que se deja ver entre las dos hojas que forman el penacho, en fin, Isis presentando el tallo florecido de esta planta a su esposo, son las cosas que la tabla Isíaca nos pone más de una vez ante los ojos, ¿se creerá que solamente la belleza de esta planta sea el motivo? ¿no es más natural pensar que un pueblo tan misterioso lo haga con alguna intención? Podría, pues, estar allí el misterio oculto debajo, y en efecto, allí se encontraba, pero se trata de un misterio fácil de desvelar para aquel que tras haber hecho algunas reflexiones sobre lo que hemos dicho, verá en la descripción de esta planta los cuatro colores principales de la gran obra.
El negro se encuentra en la raíz, así como el color negro es la raíz, la base o la llave de la obra; si se le levanta esta corteza negra se descubre el blanco, la pulpa del fruto es también de este último color; las flores que Isis presenta a Osiris son amarillas y rojas y la mondadura del fruto es dorada. La Luna de los filósofos es la materia venida al blanco; el color amarillo azafranado y el rojo que suceden al blanco son el Sol o el Osiris del arte; se tiene razón, pues, en representar a Isis en la postura de una persona que ofrece una flor roja a Osiris. Se puede finalmente observar que los atributos de Osiris participan todos o en parte del color rojo o del amarillo o del azafranado y los de Isis, del negro y del blanco tomados separadamente, o mezclados, porque los monumentos egipcios nos representan estas divinidades siguiendo los diferentes estados en que se encuentra la materia de la obra durante el curso de las operaciones.
Se puede encontrar a Osiris de todos los colores, pero entonces es preciso poner atención a los atributos que le acompañan. Si el autor del monumento estaba en el caso de los misterios de Egipto y quería representar a Osiris en su gloria, los atributos serán rojos o al menos azafranados, en su expedición a las Indias, serán variados y de diferentes colores, lo que estaba indicado por los tigres y los leopardos que acompañaban a Baco, en Etiopía o muerte, los colores serán negros o violetas, pero jamás se encontrarán mezclados en el blanco, así como no se verá jamás ningún atributo de Isis puramente rojo. Sería de desear cuando se encuentra algún monumento coloreado que se recomendara al grabador de blasones todo lo que está representado, o que aquel que da la descripción al público tenga la atención de designar exactamente los colores tal cual. No sería menos a propósito el obligar a los grabadores a representar los monumentos tal como son y no dejarles la libertad de cambiar las proposiciones y las actitudes de las figuras bajo el pretexto de suplir la ignorancia de los antiguos artistas y de dar una forma más graciosa a estas figuras. La exactitud tiene una muy gran consecuencia, particularmente respecto a los atributos. Una obra sobre los antiguos, puesta al día después de unos pocos años me obliga a hacer esta observación.
Los griegos y los romanos que observaban como bárbaro todo lo que no había nacido en Roma o en Atenas, exceptuaron a los egipcios de una imputación tan injusta, y sus mejores autores, lejos de imitar a Juvenal, Virgilio, Marcial y sobre todo a Lucio, que desplegaban las burlas más finas contra las supersticiones de los egipcios, están llenos de elogios que dan a su cortesía y a su saber.
Entendían que fueron sus grandes hombres los que habían puesto todos estos bellos conocimientos que adornaron sus obras. Si no se puede justificar absolutamente al pueblo de Egipto sobre la oscuridad y el ridículo del culto que rendía a los animales, no atribuyamos a los sacerdotes y a los sabios de aquel país esos excesos, pues su sabiduría y sus conocimientos los volvían incapaces de ello. Las tradiciones se oscurecen algunas veces a medida que se alejan de su fuente. Los jeroglíficos tan multiplicados pueden, en el curso de los tiempos, haber sido interpretados por las gentes poco o nada instruidos en su verdadero significado. Los autores que han bebido en esta fuente impura sólo han podido transmitirla de la manera que ellos la han recibido o quizás más desfigurada aún. Así mismo parece que Herodoto, Diodoro de Sicilia, Plutarco y algunos otros buscan excusar a los egipcios del culto que rendían a los animales, aportando razones verosímiles. Dicen que adoraban en estos animales la divinidad cuyos atributos se manifestaban en cada animal, como el Sol en una gota de agua que es tocada por sus rayos.[2] Es cierto además, que todo culto no es un culto religioso y aún menos una verdadera adoración y todo lo que está emplazado en los templos para ser objeto de veneración pública, no está en el rango de los dioses. Los historiadores, pues, han podido equivocarse en el relato que han hecho de los dioses de Egipto y así mismo en cuanto a lo que consideraba el culto del pueblo, y con más razón en lo que concernía a los sacerdotes y los filósofos, de los que ignoraban los misterios.
La escritura simbólica conocida bajo el nombre de jeroglíficos no era contraria al deseo que los egipcios tenían en trabajar para la posteridad. Estos jeroglíficos fueron un misterio en el tiempo mismo de su institución como lo son aún y lo serán siempre para los que buscan explicarlas por otros medios que los que propongo. El deseo de sus institutores no era volver el conocimiento público grabándolos sobre sus monumentos para conservarlos para la posteridad, han actuado como los filósofos herméticos, que escriben de alguna manera para ser entendidos por los que están en el caso de su ciencia o para darles algunos trazos de luces absorbidas, por así decirlo, en una oscuridad tan grande que los ojos más clarividentes sólo son sorprendidos tras largas búsquedas y profundas meditaciones.

La mayor parte de las antigüedades egipcias, por su naturaleza, no nos pueden deleitar y esclarecernos perfectamente. Todas las explicaciones que se querrá dar para acercarlas a la historia se reducirán a conjeturas, porque todo es afectado por el misterio que reinaba en este país y que, para fundar sus razonamientos sobre el encadenamiento de los hechos, se encuentra que el primer año de la cadena que los liga desemboca en las fábulas. Es pues a estas fábulas que se ha de recurrir, y observándolas como tales, hacer el esfuerzo para penetrar el verdadero significado. Cuando se encuentra un sistema que las desarrolla naturalmente es preciso tomarlo como guía. Todos los que han seguido el sistema histórico hasta aquí son reconocidos insuficientes por todos los autores que han escrito sobre las antigüedades. A cada paso se encuentran obstáculos que no se pueden superar. No son pues, los verdaderos hilos de Ariadna que nos servirán para sacarnos de este laberinto, en consecuencia es preciso abandonarlos.
Dirigiéndose a los principales autores de la filosofía hermética y estudiándolos tanto como para ponerse en estado de hacer justas aplicaciones, hay pocos jeroglíficos que no se puedan explicar. No serían admitidos como hechos históricos aquellos que son puramente fabulosos y no se rechazarían de estos hechos la circunstancias que los caracterizan particularmente, bajo pretexto de que han sido añadidos para embellecer la narración y aumentar lo maravilloso. Este último sistema ha sido seguido por el abad Banier en su mitología, y a pesar de que le haya procurado alguna facilidad, se encuentra a menudo en la fastidiosa necesidad de confesar que le es imposible desembrollar este caos.

[1] . Mem. De l' Acad. Des Inscript. Y Bellas Letras, t. 3.
[2] . Plutarco, Isis y Osiris.

martes, abril 17, 2007

El Persea (o aguacate)

Es un árbol que crece en los alrededores del gran Cairo. Sus hojas son muy parecidas a las del laurel, excepto las que son más grandes. Su fruto tiene la figura de una pera y encierra un hueso que tiene gusto de castaña. La belleza de este árbol que está siempre verde, el parecido de sus hojas a una lengua y la de su hueso a un corazón, habían hecho que se consagrara al dios del silencio, sobre la cabeza del cual se veía más ordinariamente que sobre la de cualquier otra divinidad. Algunas veces entero, otras veces abierto para hacer aparecer la almendra, pero siempre para anunciar que es preciso saber conducir la lengua y conservar en el corazón el secreto de los misterios de Isis y de Osiris y de las otras divinidades adoradas en Egipto. Es por esta razón que se le ve algunas veces sobre la cabeza de Harpócrates resplandeciente o puesto sobre una Luna creciente.[1]

[1] . Montfauçon, Antigüedad. Explicada, t. 2, p. 2, pl. 124, fig. 8 y 10.

La Colocasia

La colocasia es una especie de arum (yaro o aro, planta) o de pie de becerro, que crecía en los lugares acuáticos. Sus hojas son grandes, nerviosas por debajo, sujetas a rabillos largos y gruesos; su flor es de una especie de flores de pie de becerro con forma de oreja de asno o de corneta, en la cual está emplazado el fruto compuesto de diferentes bayas rojas amontonadas como en grupo a lo largo de una especie de pilón que se eleva desde el fondo de la flor. Los árabes hacen gran comercio con su raíz pues es buena para comer.
Se reconoce esta flor sobre la cabeza de muchas divinidades y muy a menudo sobre la de algunos Harpócrates, no porque sea un símbolo de fecundidad, como dicen algunos, sino porque el color rojo de los frutos representaba al Horus hermético con el cual se ha confundido a menudo a Harpócrates y porque este dios del silencio fue inventado para señalar el silencio que se debe guardar respecto a este mismo Horus.

lunes, abril 16, 2007

Plantas jeroglíficas, El Loto y la Haba de Egipto

El loto es una especie de lis que crece en abundancia tras la inundación del Nilo.[1] Los egipcios, tras haberla cortado, la hacían secar al Sol y de una parte de esta planta, que parecía una adormidera, hacían el pan. Su raíz es redonda del grosor de una manzana y muy buena para comer. El mismo autor dice[2] que el fruto del loto se parece al del lentisco, tan agradable al gusto como el de la palmera. Los lotófagos, eran así llamados porque usaban de este fruto para todo alimento, y hacían vino de él. Los egipcios, según Plutarco,[3] peinaban la flor de loto al Sol naciente, no porque creyeran –dice– que hubiera nacido así, sino porque representaban alegóricamente la mayor parte de las cosas.

Mahudel leyó en la academia de las inscripciones y bellas letras, en 1716, un memorial sobre juicios y muy documentado sobre las diferentes plantas de Egipto que se encuentran en los monumentos de aquel país y que sirven de adorno o atributos a Osiris, Isis, etc. Según él el loto es una especie de nymphea, que difiere del haba de Egipto sólo por el color de su flor que es blanca, mientras que la otra es de un rojo encarnado, lo que conviene a la idea que nos da Herodoto en el lugar que hemos citado. Es inútil buscar la descripción de Teofrasto, Plinio y Dioscórides, que no habían visto estas plantas en su lugar natal.
Si el señor Mahudel hubiera supuesto que el color del fruto y de la raíz del loto y del haba de Egipto, hubieran merecido que se hiciera mención, no habría olvidado hacerlo con todo detalle, pero sólo vio este fruto y esta flor en los monumentos y sólo se refirió particularmente a ello. Por alguna razón la hoja entraba también en las ideas jeroglíficas de los egipcios, puesto que representaba de alguna manera el Sol por su redondez y por sus fibras que desde un pequeño círculo que hay en el centro de esta hoja se expanden hacia todos lados como los rayos del sol hasta la circunferencia.
La flor abierta representa casi la misma cosa.
Pero de todas las partes de la planta la flor es lo que más comúnmente se señala sobre la cabeza de Isis y de Osiris y de los mismos sacerdotes que estaban a su servicio. La relación que los egipcios creían que la flor de loto tenía con el Sol, puesto que al levantar este astro se mostraba en la superficie del agua y se sumergía de nuevo cuando se ocultaba, no era precisamente lo único que había hecho que se la consagrara a él. Si los anticuarios hubieran podido distinguir o por lo menos hubieran puesto atención en examinar que era del color de las flores que se ponían sobre la cabeza de Osiris y de las que se ponían sobre la de Isis, habrían visto sin duda que la flor encarnada del haba de Egipto no se encontraba jamás sobre la cabeza de Isis, sino solamente la flor blanca del loto y que se asignaba la primera a Osiris. El completo parecido de estas dos plantas ha impedido sospechar el misterio en su elección y señalar esta diferencia. Se podrá encontrar en lo que sigue, o puede ser que se tenga ya algunos monumentos egipcios coloreados, sobre los cuales se verá esta distinción.




Los inventores de los jeroglíficos no admiraban nada que no tuviera una relación con la cosa significada. Plutarco[4] lo ha intuido en el color del fruto de las plantas de las que hablamos, que tienen la forma de una copa o de copón, de la que llevaba el nombre entre los griegos. Viendo representado un niño sentado sobre este fruto, ha dicho que este niño era el crepúsculo, por relación al parecido del color del bello momento del día con el de este fruto. Se ha de poner atención, pues, al color mismo de estos atributos para poder dar las interpretaciones justas y conformes a las ideas de sus institutores.
Se ha debido de señalar hasta aquí que el color amarillo y el rojo eran particularmente los de Horus y de Osiris y el blanco el de Isis; porque los dos primeros eran los colores del Sol y el blanco el de la Luna, en el mismo sistema hermético. Es pues, verosímil que los egipcios emplearan el loto y el haba de Egipto en sus jeroglíficos a causa de su diferente color, puesto que siendo parecidas en todo el resto, una de estas dos plantas hubiera sido suficiente. La mayor parte de los vasos, sobre la copa de los cuales se ve a un niño sentado, son el fruto del loto.

[1] . Herodoto, lib. 2, cap. 92.
[2] . Herodoto, lib. 4, cap. 177.
[3] . Plutarco Isis y Osiris.
[4] . Plutarco, Ibidem.

sábado, abril 14, 2007

El Ibis



Herodoto[1] relata que hay en Egipto dos clases de ibis, la una toda negra que combate contra las serpientes aladas y les impide penetrar en el país, cuando en la primavera vienen en tropel desde Arabia, la otra es blanca y negra. Esta segunda especie es la que se emplea para representar a Isis. Herodoto no dice haber visto estas serpientes aladas, sino las pilas de esqueletos de serpientes. Que estos reptiles sean alados sólo lo dice de oídas. Podría decirse que la cosa no fue real en cuanto a esta circunstancia, pero en cuanto a la alegoría sería muy justa. Elien, Plutarco, Horapolo, Abenefis, Platón, Cicerón, Pomponio Mela, Diodoro de Sicilia y otros tantos autores hablan del ibis y dicen las relaciones que tiene con la Luna y Mercurio y es inútil ponerse como deber el probarlo.
 Los grandes servicios que este pájaro rindió en todo Egipto, ya sea matando las serpientes de las que hemos hablado ya sea rompiendo los huevos de los cocodrilos, vino a propósito para que los egipcios determinaran rendirle los mismos honores que a los otros animales. Pero había otras razones para incluirlo entre sus jeroglíficos.

Mercurio huyendo delante de Tifón tomó la forma de ibis, además Hermes bajo esta forma veló, según Abenefis,[2] por la conservación de los egipcios y los instruyó en todas las ciencias. Señalaron también en su color, su temperamento y sus acciones mucha relación con la Luna de la que Isis era el símbolo. He aquí por qué dieron a esta diosa una cabeza de ibis y por qué ella era a un mismo tiempo consagrada a Mercurio. Pues se ve entre Isis y Mercurio una tan gran analogía y una relación tan íntima que no se les separó casi nunca, también supusieron que Hermes era consejero de esta princesa y que actuaban siempre en concierto, esto era con razón, puesto que la Luna y el Mercurio filosóficos sólo son en cierta manera una misma cosa y los filósofos los nombran indiferentemente al uno por el otro.
Aquel que diga que la Luna de los filósofos o lo que es lo mismo, su Mercurio, es el mercurio vulgar querría engañar con conocimiento de causa –dice Espagnet–[3] o se engaña él mismo. Los que establecen por materia de la piedra el azufre y el mercurio, entienden por el azufre el oro y la plata común, y por el mercurio la Luna de los filósofos.

Por los colores negro y blanco del ibis se ve la misma relación de la Luna con el toro Apis que por eso mismo se vuelve símbolo de la materia del arte sacerdotal.
El ibis todo negro que combatió y mató a las serpientes aladas, indica el combate que se produce entre las partes de la materia durante la disolución; la muerte de estas serpientes significa la putrefacción que sigue a la disolución donde la materia se vuelve negra. Flamel ha supuesto en este caso el combate de dos dragones, el uno alado y el otro sin alas, de donde resulta el Mercurio. Muchos otros han empleado alegorías parecidas. Tras esta putrefacción la materia se vuelve en parte negra y en parte blanca, tiempo en el cual se hace el Mercurio; de la segunda especie de ibis es de la que Mercurio toma su forma.
Tales son las razones simples y naturales que los sacerdotes egipcios tenían para introducir los animales en su aparente culto de religión y en sus jeroglíficos. Inventaron cantidad de otras figuras, tal como se ve en las pirámides y los otros monumentos egipcios. Pero todas tenían alguna relación cercana o lejana con los misterios del arte hermético. En vano se harán grandes comentarios para explicar estos jeroglíficos en otro sentido que el químico. Si Vulcano y Mercurio no son la base de todas estas explicaciones se encontrarán a cada paso dificultades insuperables y aunque se torture uno para encontrar verosimilitudes, a imitación de Plutarco de Diodoro y otros griegos antiguos y modernos, siempre se sentirá que estas explicaciones están sacadas como de lejos, que son forzadas y que no satisfacen. Se tendrá siempre ante los ojos a este Harpócrates con el dedo sobre la boca que nos anunciará sin cesar que todo este culto y estos jeroglíficos encierran misterios que no a todo el mundo les estaba permitido penetrar, que es preciso meditarlos en silencio, que el pueblo no estaba instruido y que no se desvelaban a estas gentes de las que los sacerdotes estaban persuadidos haber venido a Egipto sólo para satisfacer su curiosidad.
Los historiadores están entre el número de estos y no son más creíbles en las interpretaciones que dan de lo que lo era el pueblo de Egipto que rendía los honores del culto a los animales porque se les había dicho que los dioses habían tomado esa figura. Hasta aquel lugar pretende que llegó Tifón el terrestre y se escondieron los dioses adoptando una falsa figura. Conductor de rebaños se hace Júpiter, dice, por eso aún representan al libio Ammon con retorcidas cornamentas; Delio es un cuervo, el hijo de Semele un macho cabrío, Diana, la hermana de Febo, una gata, la saturnia Venus en pescado y Mercurio con alas en un ibis. (Ovidio, Metamorfosis, lib. 5)

[1] . Herodoto, lib. 2, cap.75 - 76.
[2] . Abenefis, Del Culto Egipcio.
[3] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 44 y 24.

viernes, abril 13, 2007

El Águila y el Gavilán

Estos dos pájaros tienen mucha relación por su naturaleza; el uno y el otro son fuertes, osados, emprendedores, de un temperamento caliente, ígneo, hirviente y las razones que, según Horus, habían determinado a los egipcios a incluir al gavilán en sus jeroglíficos convenían muy bien con aquellas que han llevado a los filósofos a tomar el nombre de este pájaro para dárselo a su materia llevada a un cierto grado de perfección, donde adquiere una ignidad que la caracteriza particularmente, quiero decir cuando se vuelve azufre filosófico, es en este estado que Ramón Llull[1] la llama nuestro gavilán o la primera materia fija de las dos grandes luminarias.
El águila es el rey de los pájaros y consagrado a Júpiter porque fue un dichoso presagio para este dios, cuando fue a combatir a su padre Saturno y proveyó de armas al mismo Júpiter, cuando venció a los titanes y etc. Su carro es tirado por dos águilas y no se representa jamás a este dios sin poner a este pájaro cerca de él. Por poco que se hayan leído las obras de los filósofos herméticos se está al caso de la idea que tenían los que han inventado estas ficciones. Todos llaman águila a su mercurio o a la parte volátil de su materia.
Es el nombre más común que le han dado en todos los tiempos. Los adeptos de todas las naciones están de acuerdo sobre ello. Para ellos el león es la parte fija y el águila la parte volátil. Ellos sólo hablan de los combates de estos dos animales. Es pues, inútil aportar aquí los textos, supongo que hablo a personas que por lo menos los han hojeado.
Se ha figurado con razón que el águila fue un buen augurio para Júpiter, puesto que la materia se volatiliza en el tiempo en que Júpiter consigue la victoria sobre Saturno, es decir, cuando el color gris toma el lugar del negro. Por la misma razón suministra las armas a este dios contra los titanes, como lo probaremos en el tercer libro, en el capítulo de Júpiter donde volveremos a ver la explicación de este hecho.
El mismo motivo ha hecho decir que el carro de este dios era tirado por dos águilas. Pero ¿por qué representaban a Osiris con una cabeza de gavilán? Los que han puesto atención a lo que hemos dicho de este dios lo adivinarán fácilmente. El gavilán es un pájaro que ataca a todos los otros, que los devora y los transforma en su naturaleza cambiándolos en su propia substancia, puesto que le sirven de alimento. Osiris es un principio ígneo y fijo que fija las partes volátiles de la materia designadas por los pájaros. El texto que he citado de Ramón Llull prueba la verdad de mi interpretación. He dicho también que Osiris era el oro, el Sol, el azufre de los filósofos y el gavilán es un símbolo del Sol. Homero[2] lo llama el mensajero de Apolo cuando cuenta que Telémaco estando cerca de volver a Ítaca, se apercibió de uno que devoraba una paloma, de lo que conjeturó que tendría éxito sobre sus rivales. Los egipcios daban como razón del culto rendido a este pájaro que había venido desde países desconocidos a Tebas donde había traído a los sacerdotes un libro escrito en letras rojas en el cual estaban todas las ceremonias de su culto religioso. No hay nadie que no vea cuán fabuloso es tal hecho, pero se ha de pensar que no se ha inventado sin razón. Sin duda se dirá que los sacerdotes contaron tal fábula para dar más respeto al pueblo, haciéndole creer que algún dios había enviado este pájaro cargado con este mensaje.
Pero no hubieran estado de acuerdo con ellos mismos puesto que publicaron al mismo tiempo que Hermes con Isis eran los inventores y los institutores de este culto y de las ceremonias que allí se observaban. Habría habido una contradicción, al menos aparentemente, pues en el fondo todo concuerda perfectamente. El pretendido libro estaba escrito en letras rojas, porque el magisterio filosófico, el elixir perfecto del arte sacerdotal, Osiris, del cual el gavilán era el símbolo o el Apolo de los filósofos, es rojo y de un rojo de amapola de campo. Las ceremonias de su culto estaban escritas, puesto que eran un alegoría de las operaciones y de todo lo que pasa desde el comienzo de la obra hasta su perfección, tiempo en el cual se muestra el gavilán, es por lo que se decía que este pájaro había traído este libro, he aquí la ficción. Hermes, por otro lado, había instituido las ceremonias y había establecido a los sacerdotes, a los que confió su secreto, para observarlos, he aquí la verdad. Isis estaba mezclada en esta institución porque había tenido buena parte en ella, siendo el objeto y como materia había dado lugar a ello. De entre los egipcios los que estaban encargados de escribir lo que observa este culto, llevaban, según Diodoro,[3] un sombrero rojo con un ala de gavilán, por las razones anteriormente dichas.
Parece que haya otra contradicción en lo que acabo de decir, sin embargo conforme a lo que decían los egipcios. Osiris y Horus no eran el mismo, puesto que uno era el padre y el otro el hijo. Se conviene sin embargo que el uno y el otro eran el símbolo del Sol o Apolo. Reclamo a los mitólogos cómo, siguiendo sus diferentes sistemas, podrían resolver esta dificultad. Dos personas diferentes, dos reyes que han reinado sucesivamente, de manera que allí mismo hubo el reinado de Isis entre medio, ¿pueden ser considerados una misma persona? La misma fabulosa historia del reino de los dioses en Egipto no nos enseña que el Sol haya reinado dos veces. Ella nos enseña que Osiris murió por la perfidia y la maniobra de Tifón; pero no dice que resucitara. Sin embargo Osiris era el mismo que el Sol, Horus lo mismo que Apolo y el Sol no difiere de Apolo.
No veo, pues, cómo nuestros mitólogos podrían salirse de este laberinto. Pero lo que prueba bien claramente la verdad de mi sistema, es que siguiéndolo, los egipcios no podían combinar esta historia de otra manera, sin apartarse de la verdad, quiero decir, sin cambiar el orden de lo que pasa sucesivamente en el progreso de la obra. En efecto, hay dos operaciones, o si se quiere, dos obras que suceden inmediata  mente. En la primera, dice Espagnet,[4] se crea el azufre y en la segunda se hace el elixir, el azufre y el oro vivo de los filósofos, su Sol u Osiris. En la segunda obra es preciso hacer morir este Osiris, por la disolución y la putrefacción, tras la cual reina Isis o la Luna, es decir, el color blanco llamado Luna por los filósofos. Este color desaparece para dar lugar al amarillo azafranado, es Isis que muere y Horus que reina o el Apolo del arte hermético. Es inútil extenderse más, lo hemos explicado suficientemente, tanto en el tratado de este arte como en los capítulos de este libro que conciernen a estos dioses.
 

[1] . Ramón Llull, lib. Experim. 13.
[2] . Homero, Odisea.
[3] . Diodoro de Sicilia, lib. 1, cap. 4.
[4] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 121.

jueves, abril 12, 2007

El Carnero



La naturaleza del carnero que se considera como cálido y húmedo, respondía perfectamente a la del mercurio filosófico, los egipcios no olvidaron poner este animal entre el número de sus principales jeroglíficos. Seguidamente contaron la fábula de la huida de los dioses a Egipto, donde dijeron que Júpiter se ocultó bajo la forma de un carnero y en consecuencia lo representaron con una cabeza de este animal dándoles el nombre de Amún o Ammón. Conductor de rebaños se hace Júpiter –dice Ovidio– por eso aún representan al libio Ammón con retorcidas cornamentas, (Ovidio, Metamorfosis, lib. 5)
Todas las otras fábulas que los antiguos han contado a este respecto no merecen ser aportadas. Una de entre todas será suficiente para hacer ver que sólo fueron inventadas, para indicar el mercurio filosófico. Baco, dicen, estando en Libia con su ejército se encontró extremadamente oprimido por la sed e invocó a Júpiter para tener ayuda contra un mal tan apremiante. Júpiter se le apareció bajo la forma de un carnero y lo condujo a través del desierto a una fuente donde se refrescó y donde, en memoria de este acontecimiento, se levantó un templo en honor a Júpiter, bajo el nombre de Júpiter Ammón y se representó a este dios con cabeza de carnero. Lo que confirma mi sentimiento es que este animal era uno de los símbolos del Mercurio.[1]
El carnero se apareció a Baco en Libia, porque Libia significa piedra de donde fluye el agua de λιψ, viniendo de λειζω, yo destilo, el mercurio cuya naturaleza es cálida y húmeda se forma por la resolución de la materia filosófica en agua: Buscad –dice el Cosmopolita–[2] una materia de la cual podáis sacar una agua que pueda disolver el oro sin violencia y sin corrosión, sino naturalmente. Esta agua es nuestro mercurio, que sacamos en medio de nuestro imán, que se encuentra en el vientre del carnero. Herodoto[3] dice que Júpiter se apareció a Hércules bajo la misma forma y que es por esto que se consagra el carnero a este padre de los dioses y de los hombres y que se le representa teniendo la cabeza de este animal. Este favor que Júpiter acordó al instante por el ruego de Hércules, caracteriza precisamente el deseo violento que tienen todos los artistas herméticos de ver al Júpiter filosófico, que sólo se puede mostrar en Libia, es decir, cuando la materia pasa por la disolución, porque ellos tienen entonces el Mercurio tras el cual han suspirado tanto. Probaremos en el quinto libro que tanto en Egipto como en Grecia, Hércules fue siempre el símbolo del artista o filósofo hermético. La alegoría de la fuente ha sido empleada por muchos adeptos y en particular por el Trevisano[4] y por Abraham el judío en sus figuras jeroglíficas presentadas por Nicolás Flamel.
Hablaremos aún del carnero en el libro 2, cuando expliquemos la fábula del Toisón de oro. El carnero era una víctima que se sacrificaba a casi todos los dioses, porque el Mercurio, del cual era el símbolo, los acompaña a todos en las operaciones del arte sacerdotal, pero se decía que Mercurio, aunque mensajero de los dioses, lo era más especialmente de Júpiter y en particular para los mensajes graciosos, en lugar que Isis por la que casi siempre era enviado nada más que para asuntos tristes, guerras, combates, etc. La razón es totalmente natural para un filósofo que sabe que se debe entender por Isis los colores variados del arco iris, que se manifiestan durante la disolución de la materia, tiempo en el cual se da el combate entre el fijo y el volátil.

[1] . Pausanias, en Corintia.
[2] . El Cosmopolita, Nueva Luz Química.
[3] . Herodoto, Lib. 2, cap.42.
[4] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.