miércoles, febrero 14, 2007

Los Pesos en la Obra (del Tratado de la Obra Hermética)

  
Nada más embrollado que los pesos y proporciones requeridos en la obra filosófica. Todos los autores hablan de ello y ninguno lo explica claramente. Uno dice que es preciso medir su fuego clibánicamente,[1] otro geométricamente.[2] Aquel siguiendo el calor del Sol después de la primavera hasta el otoño; éste que es preciso un calor febril etc. Pero el Trevisano nos aconseja dar un fuego lento y débil antes que fuerte, puesto que entonces sólo se arriesga a terminar la obra más tarde, en cambio forzando el fuego se corre el peligro evidente de perderlo todo.
El compuesto de los mixtos y su vida sólo subsisten por la medida y el peso de los elementos combinados y proporcionados de manera que uno no domine sobre los otros como un tirano. Si hay mucho fuego el germen se quema, si mucha agua el espíritu seminal y radical se encuentra sofocado, y si mucho aire y tierra, el compuesto tendrá o mucha o poca consistencia y cada elemento no actuará libremente.
Sin embargo esta dificultad no es tan grande como parece en la primera lectura de los filósofos; algunos nos advierten[3] que la naturaleza siempre tiene la balanza en la mano para pesar estos elementos y hacer sus mezclas proporcionadas de tal manera, que siempre resultan de ello los mixtos que se propone hacer, a menos que sea impedida en sus operaciones por defecto de la matriz donde hace sus operaciones, o por el de las semillas que se le suministran o, en fin, por otros accidentes. Así mismo vemos en la química vulgar que dos cuerpos heterogéneos no se mezclan, o no pueden estar mucho tiempo unidos; como cuando el agua ha disuelto una cierta cantidad de sal, no se disuelve más; cuanta más afinidad tienen los cuerpos juntos, más parecen buscarse y así mismo rechazan a los que tienen menos para reunirse con los que tienen más. Estas experiencias son conocidas particularmente entre los minerales y los metales.
 El artista de la obra se propone tener a la naturaleza por modelo; es preciso pues, que estudie esta naturaleza para poderla imitar. Pero ¿cómo encontrar sus pesos y sus combinaciones? Cuando ella quiere un mixto no nos llama para que le demos consejo, ni para sus operaciones, lo mismo para ver sus materias constituyentes así como para su trabajo y el empleo que de ellas hace. Los filósofos herméticos no dejan de recomendar seguir la naturaleza; sin duda que ellos la conocen, puesto que se halagan de ser sus discípulos. Será pues en sus obras que se podrá aprender a imitarla. Pero el uno[4] dice: que sólo se necesita una sola cosa para hacer la obra, que no hay más que una piedra, una medicina, un vaso, un régimen y una sola disposición o manera para hacer sucesivamente el blanco y el rojo. Así que cuando decimos, –añade el mismo autor– pon esto, pon aquello, no entendemos que se haya de tomar más de una cosa; ponedla una sola vez en el vaso y cerradlo seguidamente hasta que la obra sea perfecta y completa [...] el artista no tiene otra cosa que hacer que preparar exteriormente la materia, porque ella misma hace interiormente todo lo que es necesario para volverse perfecta [...] así prepara y dispón solamente la materia y la naturaleza hará todo el resto.

 Raimon Llull nos advierte que esta cosa única no es una sola cosa tomada individualmente, sino dos cosas de la misma naturaleza, de las que se hace una sola; si hay dos o más cosas a mezclar, es preciso hacerlo con proporción, peso y medida. Hemos hablado de ello en el artículo de los signos demostrativos, bajo los nombres de águila y dragón; y también hemos dado las proporciones de las materias requeridas para la multiplicación. Por ello se debe ver que las proporciones de las materias no son las mismas en la primera y la segunda obra.

[1]. Flamel.
[2]. Espagnet y Artefio.
[3]. El Trevisano.
[4]. Artefio.

martes, febrero 13, 2007

La Multiplicación (del Tratado de la Obra Hermética)


Se entiende por multiplicación filosófica, un aumento en cantidad y en cualidad y la una y la otra más allá de todo lo que se puede imaginar. La de la cualidad es una multiplicación de la tintura mediante una corrupción, una volatilización y una fijación reiterada tantas veces como le complace al artista. La segunda aumenta solamente la cantidad de la tintura sin acrecentar sus virtudes.
El segundo azufre se multiplica con la misma materia de la que ha sido hecho añadiendo una pequeña parte del primero, según los pesos y medidas requeridas. Hay sin embargo tres maneras de hacer la multiplicación si creemos a Espagnet, que las describe de la manera siguiente. La primera se ha de tomar una parte del elixir perfecto rojo que se mezcla con nueve partes de su agua roja; se pone el vaso al baño para disolverlo todo en agua. Después de la solución se cuece esta agua hasta que se coagula en una materia parecida a un rubí; seguidamente se inserta esta materia a la manera del elixir y de esta primera operación la medicina adquiere diez veces más virtudes de las que tenía. Si se reitera este mismo procedimiento una segunda vez, ella aumenta cien, una tercera vez mil, y así en adelante, siempre por diez.
La segunda manera es mezclar la cantidad que se quiere del elixir con su agua, guardando sin embargo las proporciones entre uno y otra, y tras haber puesto todo en un vaso de reducción bien sellado, lo disuelve al baño y sigue todo el régimen del segundo destilando sucesivamente los elementos por sus propios fuegos, hasta que todo se vuelve piedra. Se inserta seguidamente como en la otra y la virtud del elixir aumenta en cien la primera vez, pero ésta es más larga. Se reitera como la primera para acrecentar su fuerza más y más.
Finalmente, la tercera es propiamente la multiplicación en cantidad. Se proyecta una onza del elixir multiplicado en cualidad sobre cien onzas de mercurio común purificado; este mercurio puesto sobre un pequeño fuego se transformará pronto en elixir. Si se echa una onza de este nuevo elixir sobre cien onzas de otro mercurio común purificado, se volverá oro muy fino. La multiplicación del elixir al blanco se hace de la misma manera tomando elixir blanco y su agua en lugar del elixir rojo.
Cuanto más se reiterará la multiplicación en cualidad más efecto tendrá en la proyección, pero no de la tercera manera de multiplicar que hemos mencionado, pues su fuerza disminuye a cada proyección. Se puede sin embargo llevar esta reiteración hasta la cuarta o quinta vez porque entonces la medicina sería tan activa y tan ígnea que las operaciones se volverían instantáneas, puesto que su duración se abrevia a cada reiteración; su virtud en cualquier parte es tan grande en la cuarta o quinta vez como para colmar los deseos del artista, puesto que en la primera un grano puede convertir cien granos de mercurio en oro, en la segunda mil, en la tercera diez mil, en la cuarta cien mil, etc. Se debe de juzgar respecto a esta medicina como el grano que multiplica cada vez que se siembra.

lunes, febrero 12, 2007

La Tintura (del Tratado de la Obra Hermética)

Cuando los ignorantes en la filosofía hermética leen el término de tintura en las obras que tratan de esta ciencia, imaginan que debe de entenderse solamente del color de los metales, tal como el naranja para el oro, y el blanco para la plata. Y como está dicho en estas mismas obras, que el azufre es el principio de la tintura, se trabaja en extraer este azufre mediante las aguas fuertes, las aguas regias, por la calcinación y las otras operaciones de la química vulgar. Ésta no es propiamente la idea de los filósofos, no solamente por las operaciones, sino por la tintura tomada en ella misma. La tintura del oro no puede ser separada de su cuerpo porque es el alma y no se la podría extraer sin destruir el cuerpo, lo que no es posible en la química vulgar, como lo saben muy bien todos los que han querido probar esta experiencia.
La tintura en el sentido filosófico, es el elixir mismo vuelto fijo, fusible, penetrante y teñidor, por la corrupción y las otras operaciones de las que hemos hablado. Esta tintura no consiste, pues, en el color externo sino en la substancia misma que da la tintura con la forma metálica. Ella actúa como el azafrán en el agua; penetra como el aceite lo hace en el papel; se mezcla íntimamente como la cera con la cera, como el agua con el agua, porque la unión se hace entre dos cosas de la misma naturaleza. Es de esta propiedad que le viene el hecho de ser una panacea admirable para las enfermedades de los tres reinos de la naturaleza; va a buscar en ellos el principio radical y vital, que desembaraza, por su acción, de los heterogéneos que la embarazan y la tienen en prisión; viene en su ayuda y se une a él para combatir sus enemigos. Actúan entonces en concierto y comportan una victoria perfecta. Esta quintaesencia caza la impureza de los cuerpos, como el fuego hace evaporar la humedad de la madera; conserva la salud, dando fuerzas al principio de la vida para resistir los ataques de las enfermedades y hacer la separación de la substancia verdaderamente nutritiva de los alimentos, de la que no es más que el vehículo.

La Quintaesencia (del Tratado de la Obra Hermética)

La quintaesencia es una extracción de la más espiritual y radical substancia de la materia; se hace por la separación de los elementos que terminan en una celeste e incorruptible esencia libre de todas las hetereogenidades. Aristóteles la llama una substancia muy pura, incorporada en cierta materia no mezclada de accidentes. Heráclito la llama una esencia celeste que toma el nombre del lugar de donde tiene su origen. Paracelso dice que es el ser de nuestro cielo céntrico; Plinio, una esencia corporal, separada no obstante de toda materialidad y libre del comercio de la materia. Ha sido nombrada, en consecuencia, cuerpo espiritual, o espíritu corporal, hecho de una substancia etérea. Todas estas cualidades han hecho darle el nombre de quintaesencia, es decir, una quinta substancia, que resulta de la unión de las partes más puras de los elementos. El secreto filosófico consiste en separar los elementos de los mixtos, rectificarlos y mediante la reunión de sus partes puras, homogéneas y espirituales, hacer esta quintaesencia que encierra todas las propiedades, sin estar sujeta a su alteración.

domingo, febrero 11, 2007

Práctica del Elixir según Espagnet (del Tratado de la Obra Hermética)

Tierra roja o fermento rojo tres partes, agua y aire tomados juntamente seis partes; mezcladlo todo y trituradlo para hacer una amalgama o paté metálico, de una consistencia como la manteca, de manera que la tierra sea impalpable o insensible al tacto; añadid una parte y media de fuego y ponedlo todo en un vaso, que sellaréis perfectamente. Dadle un fuego de primer grado para la digestión; haréis enseguida la extracción de los elementos por los grados del fuego que les son propios hasta que sean todos reducidos a tierra fija. La materia se volverá como una piedra brillante, transparente, roja y estará entonces en su perfección. Tomad de ello a voluntad, ponedlo en un crisol sobre un fuego ligero e imbibid esta parte con su aceite rojo, incerándolo gota a gota hasta que se funda y brote sin humo. No temáis que vuestro mercurio se evapore, pues la tierra beberá con placer y avidez este humor que es de su naturaleza. Estaréis entonces en posesión de vuestro elixir perfecto. Agradeced a Dios el favor que os ha hecho; usadlo para su gloria y guardad el secreto.
El elixir blanco se hace igual que el rojo pero con los fermentos blancos y el aceite blanco.

El Elixir (del Tratrado de la Obra Hermética)

No es suficiente haber logrado el azufre filosófico que acabamos de describir; la mayor parte se han equivocado en ello y han abandonado la obra en este estado, creyendo haberla llevado a su perfección. La ignorancia de los procedimientos de la naturaleza y del arte es la causa de este error. En vano se intentaría hacer la proyección con este azufre o piedra, al rojo. La piedra filosofal sólo puede ser perfecta al final de la segunda obra que se llama Elixir. De este primer azufre se hace un segundo, que seguidamente se puede multiplicar, al infinito. Se debe, pues, conservar preciosamente esta primera minera del fuego celeste para el uso requerido.
El elixir, según Espagnet, está compuesto de una materia triple, a saber, de un agua metálica o del mercurio sublimado filosóficamente, del fermento blanco, si se quiere hacer elixir al blanco, o del fermento rojo para el elixir al rojo y finalmente del segundo azufre; todo según los pesos y proporciones filosóficas. El elixir debe de tener cinco cualidades; debe de ser fusible, permanente, penetrante, teñidor y multiplicante; saca su tintura y su fijación del fermento; su fusibilidad de la plata viva, que sirve de medio para reunir las tinturas del fermento y del azufre; y la propiedad multiplicativa le viene del espíritu de la quintaesencia que tiene naturalmente. Los dos metales perfectos dan una tintura perfecta, porque sacan la suya del azufre puro de la naturaleza; no es preciso, pues, buscar su fermento en otra parte que en los cuerpos. Teñid pues, vuestro elixir blanco con la Luna y el rojo con el Sol. El mercurio recibe primero esta tintura y seguidamente la comunica. Tomad cuidado de no equivocaros en la mezcla de los fermentos y no toméis el uno por el otro, lo perderíais todo. La segunda obra se hace en el mismo vaso o en un vaso parecido al primero, en el mismo horno y con los mismos grados de fuego; pero cada vez más corto.
La perfección del elixir consiste en el matrimonio y la unión perfecta de lo seco y lo húmedo, de manera que sean inseparables y que lo húmedo de a lo seco la propiedad de ser fusible al menor calor. Se hace la prueba de ello poniendo un poco sobre una lámina de cobre o de hierro calentado, si funde primero sin humo, esto es lo que se deseaba.

sábado, febrero 10, 2007

Signos o Principios demostrativos (1) (del Tratado de la Obra Hermética)


Los colores que sobrevienen a la materia filosófica durante el curso de las operaciones de la obra son los signos demostrativos que hacen conocer al artista que ha procedido de manera correcta para tener éxito. Se suceden inmediatamente y por orden; si este orden es trastornado es una prueba de que se ha operado mal. Hay tres colores principales; el primero es el negro, llamado cabeza de cuervo y con muchos otros nombres, como hemos aportado anteriormente en el artículo intitulado Llave de la obra. El comienzo de esta negrura indica que el fuego de la naturaleza empieza a operar y que la materia está en vías de solución; cuando este color negro es perfecto, la solución lo es también y los elementos están confundidos. El grano se pudre para disponerse a la generación. Aquel que no ennegrecerá, no sabrá blanquear –dice Artefio– porque la negrura es el principio de la blancura y es la señal de la putrefacción y de la alteración. He aquí como se hace ésta. En la putrefacción que se produce en nuestra agua, aparece primeramente una negrura que se parece al caldo graso, sobre el cual se ha echado pimienta. Al ser espesado enseguida, este licor se vuelve como una tierra negra, continuando su cocción esta se blanquea [...] y así mismo como el calor actúa sobre lo húmedo, produce la negrura, la cual es el primer color que aparece; del mismo calor, continuando siempre su acción, produce la blancura que es el segundo principal de la obra.
Esta acción del fuego sobre lo húmedo lo hace todo en la obra, como lo hace todo en la naturaleza para la generación de los mixtos. Ovidio lo había dicho: A los calores excesivos siguieron los aires s,
templados y a los fríos vientos, la nieve. (MetamorfosiLib. I, 120)
Durante esta putrefacción, el macho filosófico o el azufre es confundido con la hembra, de manera que forman un mismo cuerpo, al que los filósofos llaman hermafrodita: Éste –dice Flamel[1] es el andrógino de los antiguos, la cabeza del cuervo y los elementos convertidos. De esta manera, te pinto aquí que tienes dos naturalezas reconciliadas que pueden formar un embrión en la matriz del vaso y después darte a luz un rey muy poderoso, invencible e incorruptible [...] Nuestra materia en este estado es la serpiente Pitón que habiendo tomado su ser de la corrupción del limo de la tierra debe ser muerta y vencida por la flechas del dios Apolo, por el rubio Sol, es decir, por nuestro fuego, igual al del Sol.
El que lava o más bien que hace continuar estos lavamientos mediante la otra mitad, estos son los dientes de esta serpiente que el sabio operador, el prudente Cadmo, sembrará en la misma tierra, de donde nacieron los soldados que se destruyeron ellos mismos, dejándose resolver en la misma naturaleza de la tierra [...] Los filósofos deseosos han llamado a esta confección, Rebis, y aún Numus, Ethelia, Arene, Boritis, Corsufle, Cambar, Albar, Duenech, Bauderic, Kukul, Thabuiris, Ebisemeth, Ixir, etc. Esto es lo que han recomendado blanquear. He hablado bastante ampliamente de esta negrura en el artículo de los principios operativos, el lector podrá recurrir allí.
–
El segundo signo demostrativo o el segundo color principal es el blanco. Hermes dice:[2] Sabed, hijos de la ciencia, que como el buitre criado en lo alto de la montaña, yo soy el blanco del negro; porque la blancura sucede a la negrura. Morien llama a esta blancura el humo blanco. Alfidio nos enseña que esta materia o este humo blanco es la raíz del arte y la plata viva de los sabios. Filaleteo[3] nos asegura que esta plata viva es el verdadero mercurio de los filósofos: Esta plata viva, –dice– extraída de esta negrura muy sutil, es el mercurio teñidor filosófico con su azufre blanco y rojo mezclados naturalmente y juntos en su minera.
Los filósofos le han dado entre otros nombres los que siguen: Cobre blanco, cordero, cordero sin mancha, albatest, blancura, alborach, agua bendita, agua pesante, talco, plata viva animada, mercurio coagulado, mercurio purificado, plata, azoth, baurach, bórax, buey, cambar, caspa, ceruse, cera, comerisón, cuerpo blanco, cuerpo impropiamente dicho, diciembre, e, electro, esencia, esencia blanca, Eufrates, hada, favonius, fundamento del arte, piedra preciosa de givinis, diamante, cal, goma blanca, hermafrodita, he, hipostase, Hylé, enemigo, insípido, leche, leche de virgen, piedra conocida, piedra mineral, piedra única, luna, luna en su plenitud, magnesia blanca, alumbre, madre, materia única de los metales, medio dispositivo, menstruo, mercurio en su poniente, aceite, aceite vivo, legumbre, huevo, flema, plomo blanco, punto, raíz, raíz del arte, raíz única, rebis, sal, sal álcali, sal alerot, sal alembrot, sal fusible, sal de naturaleza, sal gema, sal de los metales, jabón de los sabios, seb, secondine, sedine, vejez, set, serinech, servidor fugitivo, mano izquierda, estaño sublimado, jugo, azufre blanco, azufre untuoso, tierra, tierra enramada (de hojas), tierra fecunda, tierra en potencia, campo en el cual es preciso sembrar el oro, tevos, tincar, vapor, estrella del anochecer, vidrio, vidrio de faraón, veintiuno, orina de niño, buitre, zibach, ziva, velo, velo blanco, narciso, lis, rosa blanca, hueso calcinado, cáscara de huevo, etc.
Artefio dice que la blancura viene de que el alma del cuerpo sobrenada por encima del agua como una crema blanca, y que los espíritus se unen entonces tan fuertemente que no pueden huir, porque han perdido su volatilidad.
El gran secreto de la obra es pues, blanquear el latón y dejar allí todos los libros, a fin de no errar por su lectura, ya que podría hacer nacer algunas ideas respecto de algún trabajo inútil y costoso. Esta blancura es la piedra perfecta al blanco; es un cuerpo precioso, que, cuando está fermentado se vuelve el elixir al blanco, está lleno de una tintura exuberante que tiene la propiedad de comunicarse a todos los otros metales. Los espíritus que anteriormente eran volátiles entonces son fijados. El nuevo cuerpo resucita bello, blanco, inmortal y victorioso. Es por lo que se le ha llamado resurrección, luz, día, y de todos los nombres que puedan indicar blancura, fijeza e incorruptibilidad.
Flamel ha presentado este color en sus figuras jeroglíficas, mediante una mujer rodeada de un rollo blanco, para mostrarte –dice– cómo Rebis empezará a blanquearse de esta misma manera, blanqueando primeramente las extremidades entorno a este círculo blanco. La escalera de los filósofos[4] dice: El signo de la primera parte de la blancura, es cuando se le ve un cierto círculo pequeño capilar, es decir, pasando sobre la cabeza, que aparecerá en el entorno de la materia a los lados del vaso, un color tirando hacia naranja.
Los filósofos, según el mismo Flamel, han representado también esta blancura bajo la figura de una espada desnuda y brillante. Cuando habrás blanqueado –añade este autor– habrás vencido a los toros encantados que echaban fuego y humo por las narices. Hércules ha de limpiar el establo lleno de inmundicia de podredumbre y de negrura. Jasón ha vertido el jugo sobre los dragones de Colcos y tienes en tu poder el cuerno de
Amaltea, que aunque sólo sea blanca te puede colmar el resto de tu vida de gloria de honor y de riquezas. Para tenerla te es preciso combatir valientemente como un Hércules. Pues este Aqueloo, este río húmedo (que es la negrura, el agua negra del río Esep) está dotado de una fuerza muy poderosa, además se cambia muy a menudo de una forma a otra.

[1] . Flamel, Las Figuras Jeroglíficas.
[2] . Hermes, Los Siete Capítulos.
[3] . I. Filaleteo, Narrat. Method. P. 36.
[4] . Escalera de los Filósofos.

Signos o Principios demostrativos (2) (del Tratado de la Obra Hermética)



Como el negro y el blanco son, por así decirlo, dos extremos y como dos extremos sólo pueden unirse por un medio, al dejar la materia el color negro, no se vuelve blanca de golpe; el color gris se encuentra como intermediario, porque participa de los dos. Los filósofos le han dado el nombre de Júpiter, porque sucede al negro, al que han llamado Saturno. Es lo que ha hecho decir a Espagnet, que el aire sucede al agua después de que ha terminado sus siete revoluciones, a las que Flamel ha llamado inbibiciones. La materia –añade Espagnet– es fijada en el fondo del vaso, Júpiter, tras haber echado a Saturno, se apodera del reino y emprende su gobierno. En su desenlace se forma el hijo filosófico, se nutre en la matriz y viene finalmente al día con un bello rostro, brillante y blanco como la Luna. Esta materia al blanco es desde entonces un remedio universal para todas las enfermedades del cuerpo humano.
 En fin, el tercer color principal es el rojo; es el complemento y la perfección de la piedra. Se obtiene esta rojez sólo por la continuación de la cocción de la materia. Tras la primera obra se le llama esperma masculino, oro filosófico, fuego de la piedra, corona real, hijo del Sol, minera del fuego celeste.
Hemos dicho ya que la mayor parte de los filósofos empiezan sus tratados de la obra en la piedra al rojo. Los que lean estas obras, deberían de poner mucha atención a esto. Pues es una fuente de errores para ellos, tanto porque entonces no sabrían adivinar de qué materia hablan los filósofos, como a causa de las operaciones de las materias que están en la segunda obra, o la fabricación del elixir, pues son bien diferentes de las de la primera. Aunque Morien nos asegura que esta segunda operación no es más que una repetición de la primera, es bueno sin embargo señalar que lo que ellos llaman fuego, aire, tierra y agua en la una, no son las mismas cosas que aquellas a las que dan los mismos nombres en la otra. Su mercurio es llamado mercurio, tanto bajo la forma líquida como bajo la forma seca. Aquellos, por ejemplo, que leen a Alfidio, se imaginan, cuando llama a la materia de la obra minera roja, que es preciso buscar para el comienzo de sus operaciones, una materia roja; en consecuencia, unos trabajan sobre el cinabrio, otros sobre el minio, otros el oropimente, otros sobre el robín de hierro; porque no saben que esta minera roja es la piedra perfecta al rojo y que Alfidio no empieza su obra sino desde allí. Pero a fin de que los que lean esta obra y quieran trabajar no sean equivocados, he aquí un gran número de nombres dados a la piedra al rojo. Ácido, agudo, adam, aduma, almagra, alto o elevado, azernard, alma, carnero, oro, oro alterado, cáncer, cadmio, camereth, bilis, chibur, ceniza, ceniza de tártaro,corsufle, cuerpo, cuerpo propiamente dicho, cuerpo rojo, derecha, déhab, verano, hierro, forma, forma de hombre, hermano, fruto, gallo, fuego de natura, infinito, juventud, hebrit, piedra, piedra india, piedra indradema, piedra lalsul, piedra roja, litargio de oro, litargio rojo, luz, mañana, Marte, arteck, macho, magnesia roja, metros, minera, neusi, aceite de Marte, aceite incombustible, aceite rojo, oliva, oliva perpetua, oriente, padre, una parte, piedra estrellada, phison, río, reeson, residencia, rojez,
rubíes, sal, sal rija, simiente, sericón, sol, azufre, azufre rojo, azufre vivo, tamne, tercero, decimotercero, tierra roja, theríaco, thelima, thión, thita, toarech, vara, vena, sangre, adormidera, vino rojo, vino, virago, amarillo del huevo, vitriolo rojo, chalcitis, colchotar, cochinilla, vidrio, zaaph, zaau, zit, zumech, zumelazuli, sal de orina, etc.
 Pero todos estos nombres no le han sido dados por la misma razón; los autores en estas diferentes denominaciones sólo han tenido en consideración la manera de examinarla, a veces en relación a su color, a veces en relación a sus cualidades. Aquellos, por ejemplo, que han nombrado esta materia o piedra al rojo, ácido, adam, verano, almagra, alma, carnero, oro, cáncer, camerech, ceniza de tártaro, corsuflé, déeb, hermano, fruto, gallo, juventud, kibrit, piedra indradema, martek, macho, padre, sol, tercero, neusis, oliva, thion, vidrio, zaaph, la han nombrado así a causa de la alteración de su complexión. Los que han tenido en mira sólo su color la han llamado goma roja, aceite rojo, rubíes, sericon, azufre rojo, amarillo de huevo, vitriolo rojo, etc. En esta operación de rubificación –dice Flamel– aunque imbibas no tendrás a penas negro, sino más bien violeta, azul y del color de la cola del pavo real: pues nuestra piedra es tan triunfante en sequedad como incontinente cuando tu mercurio la toca, la naturaleza regocijándose de su naturaleza se une a ella y la bebe ávidamente y por lo tanto el negro que viene de la humedad sólo se puede mostrar un poco bajo estos colores violetas y azules, mientras que la sequedad gobierne absolutamente [...] O si sigues al comenzar la rubificación por la aplicación del mercurio anaranjado rojo, pero casi no es preciso verter más que una o dos veces según como tú veas, pues esta operación se debe de hacer mediante fuego seco, sublimación y calcinación seca. Y verdaderamente te digo aquí un secreto que raramente encontrarás escrito.

En esta operación el cuerpo fijo se volatiliza, sube y desciende circulando en el vaso, hasta que el fijo habiendo vencido al volátil lo precipita al fondo con él para hacer un sólo cuerpo de naturaleza absolutamente fija. Lo que hemos aportado de Flamel debe de entenderse del elixir del que hablaremos después; pero en cuanto a las operaciones de la primera obra, o de la manera de hacer el azufre filosófico, Espagnet la ha descrito así:[1] Escoged un dragón rojo, valeroso, que no haya perdido nada de su fuerza natural; seguidamente siete o nueve águilas vírgenes, atrevidas, a las que los rayos del Sol no sean capaces de deslumbrar sus ojos; ponedlas con el dragón en una prisión clara y transparente, bien cerrada y por debajo un baño cálido, para excitarlas al combate. No tardarán en venir las presas; el combate será largo y muy penoso hasta el cuarentaycinco o cincuenta día, que las águilas empezarán a devorar al dragón. Éste al morir infectará toda la prisión de su sangre corrompida y de un veneno muy negro, a la violencia del cual las águilas no pudiéndolo resistir, expiarán también. De la putrefacción de sus cadáveres nacerá un cuervo, que levantará poco a poco su cabeza y por el aumento del baño, desplegará sus alas y empezará a volar;L tomad, pues, cuidado de que no encuentre ninguna salida. Al fin, lavado y blanqueado por una lluvia constante, de larga duración, y un rocío celeste, se le verá metamorfosearse en cisne. El nacimiento del cuervo os indicará la muerte del dragón. Si sois curiosos en llevarlo adelante hasta el rojo, añadid el elemento del fuego que falta a la blancura, sin tocar ni remover el vaso, pero fortificando el fuego por grados, empujad sobre 
la materia hasta que lo oculto devenga manifiesto, el indicio será el color citrino. Dirigid entonces el fuego al cuarto grado, siempre por los grados requeridos, hasta que por la ayuda de Vulcano, veáis manifestarse dos rosas rojas, que se cambiarán en amaranto, color de sangre. Pero no dejéis de hacer actuar al fuego por el fuego, hasta que lo veáis todo reducido a cenizas muy rojas e impalpables.Este azufre filosófico es una tierra de una tenuidad, una ignidad y una sequedad extremas. Contiene un fuego de natura muy abundante, es por lo que se la ha nombrado fuego de la piedra. Tiene la propiedad de abrir, penetrar los cuerpos de los metales y cambiarlos en su propia naturaleza; en consecuencia se le llama padre y simiente masculina. Los tres colores negro, blanco y rojo, necesariamente deben sucederse en el orden que los hemos descrito, pero no son los únicos que se manifiestan. Ellos indican los cambios esenciales que sobrevienen a la materia; en lugar de los otros colores, que casi infinitos y parecidos a los del arco iris, no son más que pasajeros y de una duración corta. Estos son especies de vapores que afectan más bien al aire que a la tierra, se cazan unos a otros y se disipan para dar lugar a los tres principales de los que hemos hablado. Sin embargo estos colores extranjeros son de alguna manera los signos de un mal régimen y de una operación mal conducida, la negrura repetida es una señal cierta de ello, pues los pequeños cuervos, dice Espagnet,[2] no deben de volver al nido después de haberse ido. La rojez prematura se encuentra entre este número; pues sólo debe de aparecer al fin, como prueba de la madurez del grano y del tiempo de la cosecha.


[1] . Espagnet, Lum. 109.
[2] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 66.

viernes, febrero 09, 2007

La Fermentación (del Tratado de la Obra Hermética)


El fermento es en la obra lo que la levadura en la fabricación del pan. No se puede hacer pan sin levadura, y no se puede hacer oro sin oro. El oro es pues el alma y lo que determina la forma intrínseca de la piedra. No enrojezcamos de aprender a hacer el oro y la plata como el panadero hace el pan, que sólo está compuesto de agua y de harina amasada, fermentada, y que sólo difieren el uno del otro por la cocción. Así mismo la medicina dorada es una composición de tierra y de agua, es decir de azufre y de mercurio fermentados con el oro, pero con un oro reincrudado. Pues así como no se puede hacer levadura con el pan cocido, no se puede hacer oro con el oro vulgar en tanto que permanezca oro vulgar.
El mercurio o agua mercurial es esta agua, el azufre esta harina, que por una larga fermentación se agrian y son hechas levadura, con la cual son hechos el oro y la plata. Y como la levadura se multiplica eternamente y sirve siempre de materia para hacer el pan, la medicina filosófica también se multiplica y sirve eternamente de levadura para hacer oro.

La Putrefacción (del Tratado de la Obra Hermética)



La putrefacción es de alguna manera la clave de todas las operaciones, aunque no sea propiamente la primera. Ella nos descubre el interior del mixto; es la herramienta que rompe las ligaduras de las partes; hace, como dicen los filósofos, lo oculto manifiesto. Es el principio del cambio de las formas, la muerte de los accidentales, el primer paso para la generación, el comienzo y el término de la vida; el medio entre el no ser y el ser. El filósofo quiere que se haga cuando el cuerpo disuelto por una resolución natural, está sometido a la acción del calor pudridor. La destilación y la sublimación sólo han sido inventadas a imitación de las de la naturaleza a complacencia de los elementos, cuya inclinación o disposición es rarificarse y elevarse, condensarse y descender, haciendo así toda la mezcla y las producciones de la naturaleza.
La destilación difiere de la sublimación en que la primera se hace por la elevación de las cosas húmedas, que destilan seguidamente gota a gota, en lugar de la sublimación y la elevación de una materia seca que se sujeta al vaso. La una y la otra son vulgares. La destilación y la sublimación, filosóficamente hablando son una purgación, sutilización, rectificación de la materia. La coagulación y la fijación son los dos grandes instrumentos de la naturaleza y del arte.

La Solución (del Tratado de la Obra Hermética)


La solución, químicamente hablando, es una atenuación de la materia bajo forma de agua, aceite, espíritu o de humor. Pero la filosófica es una reducción del cuerpo en su primera materia, o una desunión natural de las partes del compuesto y una coagulación de las partes espirituales. Es por lo que los filósofos la llaman solución del cuerpo y coagulación del espíritu. Su efecto es de licuar, disolver, abrir, reincrudar, decocer y evacuar las substancias de sus terrestreidades, descorporificar el mixto para reducirlo a esperma.

Principios operativos en particular, la Calcinación (del Tratado de la Obra Hermética)


La calcinación vulgar no es otra cosa que la muerte y la mortificación del mixto, por la separación del espíritu, o del húmedo que ligaba sus partes. Propiamente hablando es una pulverización por el fuego y una reducción del cuerpo en cal, ceniza, tierra, flores, etc. La filosófica es una extracción de la substancia del agua, de la sal, del aceite, del espíritu y el resto de la tierra, y un cambio de accidentes, una alteración de la cantidad, una corrupción de la substancia, sin embargo de manera que todas estas cosas separadas puedan reunirse para que venga a ser un cuerpo más perfecto. La calcinación vulgar se hace por la acción del fuego de nuestras cocinas, o de los rayos concentrados del Sol, la filosófica tiene el agua como agente, lo que ha hecho decir a los filósofos: Los químicos queman con el fuego y nosotros quemamos con el agua; de donde se debe concluir que la química vulgar es tan diferente de la química hermética como el fuego difiere del agua.

miércoles, febrero 07, 2007

Principios operativos (del Tratado de la Obra Hermética)



La preparación está compuesta de cuatro partes. La primera es la solución de la materia en agua mercurial; la segunda es la preparación del mercurio de los filósofos; la tercera es la corrupción; la cuarta es la generación y la creación del azufre filosófico. La primera se hace por la simiente mineral de la tierra; la segunda volatiliza y espermatiliza los cuerpos; la tercera hace la separación de las substancias y su rectificación; la cuarta las une y las fija, lo que es la creación de la piedra. Los filósofos han comparado la preparación a la creación del mundo, que primero fue una masa, un caos, una tierra vacía, informe y tenebrosa que no era nada en particular, pero todo en general; la segunda es una forma de agua ponderosa y viscosa, llena del espíritu oculto de su azufre; y la tercera es la figura de la tierra que aparece árida tras la separación de las aguas. Dios dijo: hágase la luz; ella salió del limbo
y se emplazó en la región más elevada. Entonces las tinieblas desaparecieron ante ella, el caos y la confusión tomaron lugar en el orden, la noche en el día, y por así decirlo, la nada en el ser. Dios habló una segunda vez; los elementos confusos se separaron, los más ligeros se alojaron arriba y los más pesados abajo, entonces la tierra libre de sus húmedos abismos apareció y apareció capaz de producirlo todo.
Esta separación del agua de la tierra, donde se encuentra el aire y el fuego se expande, sólo es un cambio sucesivo de la materia bajo esta doble forma, lo que ha hecho decir a los filósofos que el agua es todo el fundamento de la obra, sin la cual la tierra no podría ser disuelta, podrida, preparada, y que la tierra es el cuerpo donde los elementos húmedos se terminan, se coagulan y se sepultan de alguna manera, para retomar una vida más noble. Se produce entonces una circulación, cuyo primer movimiento sublima la materia un movimiento interno, una cocción insensible de la materia.
rarificándola, el segundo la baja congelándola, y todo termina al fin en una especie de reposo, o más bien en

La primera rueda de esta rotación de elementos, como la llama Espagnet, consiste en la reducción de la materia en agua, donde la generación empieza; seguidamente se produce el eclipse del Sol y de la Luna. La segunda es una evacuación de la humedad superflua y una coagulación de la materia bajo la forma de una tierra viscosa y metálica; la tercera rueda opera la separación y la rectificación de las substancias, las aguas se separan de las aguas. Todo se espiritualiza o se volatiliza; el Sol y la Luna retoman su claridad y la luz empieza a aparecer sobre la tierra. La cuarta es la creación del azufre. Por la primera digestión –dice el autor que acabo de citar[1]– el cuerpo se disuelve; se produce la conjunción del macho y de la hembra y la mezcla de sus simientes; le sucede la putrefacción y los elementos se resuelven en un agua homogénea. El Sol y la Luna se eclipsan en la cabeza del dragón y, finalmente, todo el mundo retorna y reentra en el
antiguo caos y en el abismo tenebroso. Esta primera digestión se hace como la del estómago, por un calor cocedor y debilitante, más propio a la corrupción que a la generación.
En la segunda digestión, el Espíritu de Dios es llevado sobre las aguas, la luz empieza a aparecer y las aguas se separan de las aguas; la Luna y el Sol reaparecen; los elementos resurgen del caos para constituir un nuevo mundo, un nuevo cielo y una tierra nueva. Los pequeños cuervos cambian sus plumas y se convierten en palomas; el águila y el león se reúnen mediante un nudo indisoluble. Esta regeneración se hace por el espíritu ígneo, que desciende bajo la forma de agua para lavar la materia de su pecado original y traer allí la simiente aurífica, pues el agua de los filósofos es un fuego. Pero poned toda vuestra atención para que la separación de las aguas se haga por peso y medida, por temor a que aquellas que están bajo el cielo inunden la tierra, o que se eleven en muy gran cantidad, pues entonces dejan la tierra muy seca y muy árida.
La tercera digestión suministra a la tierra naciente una leche cálida e infun
de allí todas las virtudes espirituales de una quintaesencia que liga el alma con el cuerpo mediante el espíritu. La tierra entonces oculta un gran tesoro en su seno, primeramente se vuelve semejante a la Luna y después al Sol. La primera se llama tierra de la Luna, la segunda tierra del Sol y son nacidas para ser ligadas por un matrimonio indisoluble, pues la una y la otra no temen más a los ataques del fuego.
La cuarta digestión acaba todos los misterios del mundo; la tierra se vuelve un fermento precioso, que lo fermenta todo en cuerpos perfectos, así como la levadura cambia toda la pasta en su naturaleza, ella ha adquirido esta propiedad volviéndose quintaesencia celeste. Su virtud emanada del espíritu universal del mundo, es una panacea o medicina universal para todas las enfermedades de las criaturas que pueden ser curadas. El horno secreto de los filósofos os dará este milagro del arte y de la naturaleza, repitiendo las operaciones de la primera obra.
Todo el procedimiento filosófico consiste en la disolución del cuerpo y la coagulación del espíritu, y e mezclan íntimamente, pero esto no puede hacerse si el fijo no es previamente volatilizado. El uno y el otro se abrazan al fin, y mediante la reducción se vuelven absolutamente fijos. Los principios operativos, que se llaman también las llaves de la obra, o el régimen, son, pues, en número de cuatro: el primero es la solución o licuefacción; el segundo la ablución; el tercero la reducción; y el cuarto la fijación. Por la solución, los cuerpos retornan a su primera materia y se reincrudan mediante la cocción. Entonces sucede el m
Durante estas dos últimas operaciones -dice Espagnet- el dragón descendido del cielo, se vuelve furioso contra él mismo, devora su cola y se engulle poco a poco hasta que, al fin, se metamorfosea en piedra. Tal fue el dragón del que habla Homero[2] el cual es la verdadera imagen o el verdadero símbolo de estas dos operaciones: Mientras estábamos reunidos bajo un viejo plátano, dijo Ulises a los griegos, donde estábamos para hacer las hecatombes, tras una fuente que surgía de este árbol apareció un prodigio maravilloso.


Un horrible dragón cuyo lomo estaba manchado, enviado por el mismo Júpiter, salió del fondo del altar y corrió al plátano. En lo alto de este árbol había ocho pequeños gorriones con su madre que revoloteaba alrededor de ellos. El dragón los tomó con furor y también a la madre, que lloraba la pérdida de sus pequeños. Tras esta acción el mismo dios que lo había enviado lo volvió bello, brillante y lo convirtió en piedra ante nuestros asombrados ojos. Dejo al lector hacer la aplicación de este texto.

[1] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 68 y ss.
[2] . Homero, Ilíada, lib. 2, vers. 306 y ss.

lunes, febrero 05, 2007

El Fuego Filosófico (del Tratado de la Obra Hermética)


La razón que insinúan los antiguos sabios en hacer un misterio de su vaso es el poco conocimiento que se tenía en estos tiempos remotos de la industria del vidrio. Después se descubrió la manera de hacerlo, es por lo que los filósofos no han ocultado tanto la materia y la forma de su vaso. No es así de su fuego secreto, pues es un laberinto del que el más avisado no podría salir. El fuego del Sol no puede ser este fuego secreto, es interrumpido e irregular, no puede suministrar un calor parecido en todos sus grados, su medida y su duración. Su calor no sabría penetrar el espesor de las montañas, ni calentar la frialdad de los mármoles y de las rocas que reciben los vapores minerales de los que están formados el oro y la plata. 


El fuego de nuestras cocinas impide la unión de los miscibles y consume o hace evaporar la ligadura de las partes constituyentes de los cuerpos; es el tirano. El fuego central o innato en la materia tiene la propiedad de mezclar las substancias y engendrar, pero no puede ser este calor filosófico tan alabado, que ocasiona la corrupción de las simientes metálicas, puesto que lo que es de su mismo principio de corrupción sólo puede serlo de generación por accidente; digo por accidente, pues el calor que engendra es interno e innato en la materia y lo que corrompe es externo y extranjero.

Este calor es muy diferente en la generación de los individuos de los tres reinos. El animal lo lleva mucho en la actividad, por encima de las plantas. El calor del vaso en la generación del metal debe corresponder y ser proporcionado a la cualidad de la simiente cuya corrupción es muy difícil. Es preciso, pues, concluir que no habiendo generación sin corrupción y corrupción sin calor, es preciso proporcionar el calor a la semilla que se emplea para la generación.
Hay, pues, dos calores, uno putrefactor, externo y uno vital o generativo interno. El fuego interno obedece al calor del vaso hasta que, desligado y liberado de su prisión, se vuelve el maestro. El calor putrefactor viene en su ayuda, pasa a la naturaleza del calor vital y los dos trabajan seguidamente en concierto.
Es el vaso quien administra el calor propio para corromper y la simiente quien abastece el fuego propio a la generación; pero como el calor de este vaso no es tan conocido por el metal como lo es por el animal y las plantas, es preciso reflexionar sobre lo que hemos dicho del fuego en general para encontrar ese calor. La naturaleza lo ha medido tan proporcionalmente en la matriz, en cuanto a los animales, que no puede apenas ser aumentado ni disminuido; la matriz es en este caso un verdadero atanor.
En cuanto al calor del vaso para la corrupción de la semilla de los vegetales, lo ha hecho muy pequeño; el Sol se lo ha proporcionado suficientemente; pero no es lo mismo en el arte hermético. Al ser la matriz invención del artista, requiere un fuego artísticamente inventado y proporcionado al que la naturaleza implanta al vaso para la generación de las materias minerales. Un autor anónimo dice que para conocer la materia de este fuego es suficiente saber cómo el fuego elemental toma la forma del fuego celeste y que para su forma todo el secreto consiste en la forma y la estructura del atanor, por medio del cual este fuego se vuelve igual, dulce, continuo y proporcionado de tal manera que la materia pueda corromperse, después debe hacerse la generación del azufre, quien tomará el dominio por algún tiempo y regirá el resto de la obra. Es por lo que los filósofos dicen que la hembra domina durante la corrupción y el macho caliente y seco durante la generación.

Artefio es uno de los que han tratado más ampliamente del fuego filosófico y Pontano declaró haber sido corregido y reconoció su error en la lectura del tratado de este filósofo. He aquí lo que dice: Nuestro fuego es mineral, es igual, es continuo, no se evapora si no es demasiado excitado, participa del azufre; no es tomado de otra cosa que de la materia, destruye todo, disuelve, congela y calcina; es preciso el artificio para encontrarlo y hacerlo; no cuesta nada, o al menos muy poco. Además es húmedo, vaporoso, digerente, alterante, penetrante, sutil, aéreo, no violento, incombustible, o que no arde, cercano, continente y único. Es también la fuente de agua viva que rodea y contiene el lugar donde se bañan y se lavan el rey y la reina. Este fuego húmedo es suficiente en toda la obra al comienzo, en medio y al final. Hay aún un fuego natural, un fuego contra natura y un fuego innatural que no arde; finalmente, para complementar, hay un fuego caliente, seco, húmedo, frío. Pensad bien en lo que acabo de decir y trabajad derechamente sin serviros de ninguna materia extranjera.
Lo que el mismo autor añade después es en el fondo una verdadera explicación de estos tres fuegos; pero como los llama fuego de lámparas, fuego de cenizas y fuego natural de nuestra agua, se ve bien que ha querido despistar; los que quieran ver un detalle más circunstancial del fuego filosófico, pueden recurrir al Testamento de Ramón Llull y su codicilio; Espagnet habla también ampliamente de ello, después del Canon 98 hasta el 108. Los otros filósofos casi lo han mencionado sólo para ocultarlo, o solamente  lo han indicado por sus propiedades. Más cuando se trata de alegorías o de fábulas, han dado a este fuego los nombres de espada, lanza, flechas, dardos, hacha, etc.

Tal fue aquella en la que Vulcano golpeó a Júpiter para hacerle dar a luz a Palas; la espada que el mismo Vulcano dio a Peleo padre de Aquiles; la maza que le fue presentada a Hércules; el arco que este héroe recibió de Apolo; la cimatarra de Perseo; la lanza de Belerofonte, etc. Es el fuego que Prometeo robó al Cielo; aquel que Vulcano empleó para fabricar los rayos de Júpiter, y las armas de los dioses, el cinturón de Venus, el trono de oro del Soberano de los Cielos, etc. Finalmente es el fuego de Vesta, mantenido escrupulosamente en Roma, y que se castigaba con la muderte a las vírgenes vestales a las cuales habían confiado el cuidado de mantenerlo, cuando por negligencia u otra cosa lo dejaban extinguir.

domingo, febrero 04, 2007

El Fuego en general (del Tratado de la Obra Hermética)

 
Aunque hayamos hablado bastante del fuego a lo largo de los principios de la física que preceden a este tratado, a propósito de ello aun diré dos palabras, para quien observe la obra. Conocemos tres clases de fuego, el celeste, el fuego de nuestras cocinas y el fuego central. El primero es muy puro, simple y no arde por él mismo; el segundo es impuro, espeso y ardiente; el central es puro en él mismo, pero está mezclado y temperado. El primero es ingenerado y luce sin arder; el segundo es destructivo y arde luciendo, en lugar de engendrar; el tercero engendra y alumbra algunas veces sin arder, y arde algunas veces sin alumbrar. El primero es dulce; el segundo es acre y corrosivo; el tercero es salado y dulce. El primero es por él mismo sin color y sin olor; el segundo es hediondo y coloreado, según su alimento; el tercero es invisible, aunque de todos los colores y de todos los olores. El celeste sólo es conocido por sus operaciones; el segundo por los sentidos y el central por sus cualidades.
El fuego es muy vivo en el animal, estúpido y ligado en el metal, temperado en el vegetal, hirviente y muy ardiente en los vapores minerales. El fuego celeste tiene por esfera la región etérea, desde donde se hace sentir hasta nosotros. El fuego elemental tiene por morada la superficie de la tierra y nuestra atmósfera; el fuego central está albergado en el centro de la materia. Este último es tenaz, viscoso, glutinoso y es innato en la materia, es digerente, madurante, ni cálido ni ardiente al tocarlo; se disipa y consume muy poco, porque su calor es temperado por el frío. El fuego celeste es sensible, vital, activo en el animal, muy cálido al tocarlo, menos digerente y se exhala sensiblemente. El elemental es destructivo, de una voracidad increíble; hiere los sentidos, quema, no digiere ni cuece y no engendra nada. En el animal es lo que los médicos llaman calor febril y contra natura; consume o divide el humor radical de nuestra vida. El celeste pasa a la naturaleza del fuego central, se vuelve interno, engendrando; el segundo es externo y separante; el central es interno, unificante y homogéneo.
La luz o el fuego del Sol cubierta por los rayos del éter, concentrados y reverberados sobre la superficie de la tierra, toma la naturaleza del fuego elemental, o de nuestras cocinas. Éste pasa a la naturaleza del fuego celeste a fuerza de dilatarse y se vuelve central a fuerza de concentrarse en la materia. Tenemos un ejemplo de
los tres fuegos en una bujía encendida, su luz en su expansión representa el fuego celeste; su llama el fuego elemental y la mecha el fuego central.
Como el fuego del animal es de una disipación increíble, del cual lo más grande se hace por la transpiración insensible, los filósofos buscan estudiosamente algún medio de reparar esta parte, y sintiendo mucho que esta reparación no puede hacerse porque es impuro y corruptible como el animal mismo, han recurrido a una materia donde este calor requerido fue concentrado abundantemente. El arte de la medicina no pudiendo impedir esta pérdida, e ignorando los medios resumidos de repararla, se ha contentado en dirigirse a los accidentes que destruyen nuestra substancia, que vienen o de los vicios de los órganos, o de la intemperancia de la sangre, de los espíritus, de los humores, de su abundancia o de su escasez, de donde sigue infaliblemente la muerte, si no se aporta un remedio eficaz, que los médicos mismos sólo pueden conocer imperfectamente.

Nombre que los Antiguos han dado a este Vaso (del Tratado de la Obra Hermética)



Los filósofos usaban una manera de hacer entrar este vaso en sus alegorías de manera que no se pudiera tener la menor sospecha respecto a la idea que ellos tenían. Unas veces era una torre, otras una nave, aquí un cofre, allí una canastilla. Tal fue la torre de Dánae, el cofre de Deucalión y la tumba de Osiris, además, la canastilla de Baco y su botella, el ánfora de oro o vaso de Vulcano, el punto en que Juno presenta a Tetis el barco de Jasón, el pantano de Lerna que fue así llamado de λάρναξ, capsa, loculus, (caja, ataúd, urna); la cesta de Erictonio, el cofrecito en el que fueron encerrados Tenes el troadita con su hermana Hemítea, la habitación de Leda, los huevos de donde nacieron Cástor, Pólux, Clitemnestra y Helena, la ciudad de Troya, las cavernas de los monstruos, los vasos que Vulcano hizo como presente a Júpiter, el cofre que Tetis dio a Aquiles, en el cual se puso los huesos de Patroclo y los de su amigo, la copa con la cual Hércules pasó el mar para ir a raptar los bueyes de Gerión, la caverna del monte Helicón, que servía de morada a las Musas y a Febo;
en fin, otras tantas cosas acomodadas a las fábulas que se inventaron respecto al sujeto de la gran obra. El lecho donde Venus fue encontrada con Marte, la piekl en la cual Orión fue engendrado, ,la clepsidra o cuerno de Amaltea de (clepto) oculto, y (idro) agua. Los egipcios, finalmentre, no entendían otra cosa por sus pozos, sus sepulcros, sus urnas y sus mausoleos en forma de pirámide.
 Pero lo que más ha engañado a los que han estudiado la filosofía hermética en sus libros, es que el vaso del arte y el de la naturaleza no estén comúnmente distinguidos. Hablan ahora del uno como ahora del otro, según lo que el sujeto les induzca, sin que nadie haga distinción entre ellos.
Ordinariamente hacen mención de un triple vaso. Flamel lo ha presentado en sus jeroglíficos bajo la figura de un escritorio. Este vaso de tierra en forma de escritorio dentro de un nicho, es llamado -dice- el triple vaso, pues en su centro hay un estante (o grada) sobre el cual hay una escudilla llena de cenizas tibias en las cuales está puesto el huevo filosófico, que es un matraz de vidrio que ves pintado en forma de escritorio y que está lleno de la confección del arte, es decir, de la espuma del mar rojo y de la grasa del viento mercurial. Pero parece, por la descripción que da de este triple vaso, que habla no solamente del vaso sino del horno. Es absolutamente necesario conocer el vaso y su forma para tener éxito en la obra. En cuanto al del arte, debe ser de vidrio, de forma oval, pero para el de la naturaleza, los filósofos nos dicen que es preciso ser instruido perfectamente de su cantidad y su calidad. Es la tierra de la piedra, o la hembra, o la matriz en la cual la semilla del macho es recibida, donde se pudre y se dispone a la generación. Morien habla de éste en estos términos: ¡oh buen rey! Como este magisterio es el secreto de los secretos de Dios muy grande, lo ha confiado y recomendado a sus profetas, de los que ha introducido sus almas en el paraíso. Que si los sabios, sus sucesores, no hubiesen comprendido lo que había dicho de la cualidad del vaso en el cual se hace el magisterio, no habrían podido jamás hacer la obra. Este vaso -dice Filaleteo- es un aludel, no de vidrio, sino de tierra; es el receptáculo de las tinturas y respectivamente en la piedra debe contener (el primer año de los caldeos) veinticuatro medidas llenas de Florencia, ni más ni menos.
Los filósofos han hablado de diferentes vasos para engañar a los ignorantes. Así mismo han buscado hacer un misterio de ello, así como de todo el resto.
Es por lo que le han dado diversos nombres, según las diferentes denominaciones que les ha complacido dar a los diversos estados de la materia. Así han hecho mención del alambique, de la cucúrbita, de los vasos sublimadores, calcinadores y etc. Pero no hay más que un vaso del arte que Espagnet[1] describe así: Pero a decir verdad y hablando con ingenuidad, no se necesita más que un sólo vaso para perfeccionar los dos azufres, y es preciso un segundo para el elixir. La diversidad de las digestiones no necesita cambio de vaso; así mismo es necesario no abrirlo ni cambiarlo hasta el fin de la primera obra. Este vaso será de vidrio, teniendo el fondo redondo u ovalado y un cuello de un palmo de largo al menos, pero estrecho como el de una botella; es preciso que el vidrio sea espeso y por igual en todas sus partes, sin nudos ni grietas, a fin de que pueda resistir un fuego largo y algunas veces vivo. El segundo vaso del arte será hecho de dos hemisferios de roble hueco, en los cuales se pondrá el huevo para incubarlo. El Trevisano también hace mención de este tronco de roble, en estos términos:[2] Después, a fin de que la fuente sea más fuerte y los caballos no marchen, ni otras bestias brutas, se levanta allí un hueco de roble cortado por el medio, que guarde el Sol y la sombra de él. Finalmente el tercer vaso es el horno que encierra y conserva los otros dos vasos y la materia que contienen. Flamel dice que jamás hubiera podido adivinar su forma si Abraham el Judío no la hubiera pintado con el fuego proporcionado en sus figuras jeroglíficas. En efecto, los filósofos lo han puesto entre el número de sus secretos, y lo han nombrado atanor, a causa del fuego que allí se mantiene continuamente, aunque desigual algunas veces, porque la capacidad del horno y la cantidad de la materia requieren un fuego proporcionado. En cuanto a su construcción se puede ver lo que dice de ello Espagnet.



[1] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 112 y ss.
[2] . Trevisano, Filosofía de los metales, 4ª parte.

sábado, febrero 03, 2007

El Vaso del Arte y el de la Naturaleza (del Tratado de la Obra Hermética)



Tres clases de matrices, la primera es la tierra, la materia universal del mundo, el receptáculo de los elementos, el gran vaso de la naturaleza, el lugar donde se produce la corrupción de las semillas, el sepulcro y la tumba viviente de todas las criaturas. Ella es en particular la matriz de lo vegetal y de lo mineral. La segunda matriz es la del úterus en el animal, la de los volátiles es el huevo, y el peñasco la del oro y la de la plata. La tercera es la del metal, es conocida por pocas personas, siendo la matriz y con el esperma, es la causa de la especificación del metal. El conocimiento de este precioso vaso y del espíritu fijo y saxífico[1] implantado en él, era uno de los más grandes secretos de la cábala de los egipcios.
Es preciso, pues, buscar un vaso análogo a aquel que la naturaleza emplea para la formación de los metales; un vaso que devenga matriz del árbol dorado de los filósofos, y no se ha encontrado ninguno mejor que el vidrio. Ellos han añadido la manera de sellarlo a imitación de la naturaleza, a fin de que no se exhale ninguno de sus principios. Pues, como dice Raimon Llull, la composición que se hace de la substancia de los vapores exhalados y recaídos sobre la materia que se corrompe y se disuelve, por la humectación, es la putrefacción. Este vaso debe de tener, pues, una forma propia para facilitar la circulación de los espíritus y debe ser de un espesor y de una consistencia capaz de resistir su impetuosidad.

[1] . N. del T. Saxífico, del Latín saxíficus: que convierte en piedra,'dícese de la cabeza de medusa'.

Definiciones y propiedades del Mercurio (del Tratado de la Obra Hermética)



El mercurio es una cosa que disuelve los metales en una disolución natural, que conduce sus espíritus de potencia a acto. El mercurio es esta cosa que vuelve la materia de los metales lúcida, clara y sin sombra, es decir, que los limpia de sus impurezas, y saca del interior de los metales perfectos su naturaleza y simiente que allí está oculta.
El mercurio disolvente es un vapor seco y de ningún modo viscoso, tiene mucha acidez, es muy sutil, muy volátil al fuego, tiene una gran propiedad de penetrar y de disolver los metales; al prepararlo y al hacer esta disolución, además de la duración del trabajo, se corre un gran peligro, dice Filaleteo, y en consecuencia recomienda preservar los ojos, las orejas y la nariz. La confección de este mercurio, añade este mismo autor, es el más grande de los secretos de la naturaleza, sólo se puede aprender por revelación de Dios, o de un amigo, pues casi nunca se tendrá éxito por las instrucciones de los libros.

El mercurio disolvente no es el mercurio de los filósofos antes de su preparación, sino solamente después, y es el comienzo de la medicina de tercer orden. Ved lo que se entiende por estas medicinas, en el diccionario adjunto.[1] Aquellos que en lugar de este mercurio emplean para la obra filosófica el mercurio natural, sublimado o en polvo, calcinado o precipitado, se equivocan torpemente.
El mercurio disolvente es un elemento de la tierra en el cual es preciso sembrar el grano de oro. Él corrompe el Sol, lo pudre, lo resuelve en mercurio y lo vuelve volátil y semejante a él mismo. Se transforma en Sol y Luna y se vuelve como los mercurios de los metales. Saca afuera las almas de los cuerpos, las eleva y las cuece. Es lo que ha dado lugar a que los antiguos sabios dijeran que el dios Mercurio sacaba las almas de los cuerpos vivientes y las conducía al reino de Plutón. Es por lo que Homero lo nombra muy a menudo mercurio Αργυφόιδας, Argicida. 
  
El mercurio disolvente no debe estar seco, pues todos los filósofos nos aseguran que entonces no será apropiado para la disolución. Es preciso pues, tomar una simiente femenina en forma parecida y cercana a la de los metales. El arte la vuelve menstruo de los metales, y mediante las operaciones de la primera medicina, o de su preparación imperfecta, pasa por todas las cualidades de los metales, hasta llegar a las del Sol. El azufre de los metales imperfectos lo coagula y toma las cualidades del
metal cuyo azufre lo ha coagulado; si el mercurio disolvente no está animado, en vano se le emplea para la obra universal, ni para la particular.
El mercurio disolvente es el vaso único de los filósofos, en el cual se cumple todo el magisterio. Los filósofos le han dado diversos nombres, he aquí los más usados: Vinagre, vinagre de los filósofos, campo, aludel, agua, agua del arte, agua ardiente, agua divina, agua de fuente, agua purificante, agua permanente, agua primera, agua simple, baño, prisión, párpado superior, criba, humo, humedad, fuego, fuego artificial, fuego corroyente, fuego contra natura, fuego húmedo, jordán, licor, licor vegetal crudo, luna, materia, materia lunar, primera virtud, madre, mercurio crudo, mercurio preparado, ministro primero, servidor fugitivo,[2] ninfas, bacantes, musas, mar, espíritu crudo, espíritu cocido, sepulcro, esperma de mercurio, agua estigia, estómago de avestruz, vaso, vaso de los filósofos, inspector de las cosas ocultas, plata viva cruda sacada simplemente de su minera; pero no se debe de olvidar que éste no es el que se vende en las boticas de los boticarios o droguistas.
Cuando la conjunción del mercurio está hecha con el cuerpo disoluble, los filósofos hablan de los dos como de una sola cosa; y entonces dicen que los sabios encuentran en el mercurio todo lo que les hace falta.
Que nadie se deje engañar por la diversidad de nombres, y para prevenir errores de esta clase, he aquí algunos de los principales. Agua espesa, nuestra agua, agua segunda, arcano, plata viva, bien, bien que tiene muchos nombres, caos, hylé, nuestro compuesto, nuestra confección, cuerpo confuso, cuerpo mixto, cobre, aes de los filósofos, latón, lodo, humo acuoso, humedad ardiente, fuego extranjero, fuego innatural, piedra, piedra mineral, piedra única, materia única, materia confusa de los metales, menstruo, menstruo segundo, minera, nuestra minera, minera de los metales, mercurio, mercurio espeso, pieza de moneda, huevo, huevo de los filósofos, raíz, raíz única, piedra conocida en los capítulos de los libros. En fin, es con esta mezcla de mercurio que la mayor parte de los autores comienzan sus libros y sus tratados sobre la obra.


[1] . Pernety se refiere a su Diccionario Mito-Hermético, que preparó al mismo tiempo que Las Fábulas. N. del T.[2] . Referente al Servidor Fugitivo es muy interesante, por su precisión, lo que dice El Mensaje Reencontrado, de Louis Cattiaux, ed. Sirio, Málaga 1996, en el XXI, 28’. N. del T. También en Herder Editorial, Barcelona 2011.