viernes, mayo 25, 2007

Las Lluvias de Oro

Los poetas a menudo han hablado de las lluvias de oro y algunos autores paganos han tenido la debilidad de relatar como verdad que cayó una lluvia de oro en Rodas, cuando el Sol se acostó con Venus. Se perdonaría esto a los poetas, pero lo que Estrabón nos dice[1] que llovió oro en Rodas cuando Minerva nació de la cabeza de Júpiter, no podría pasárselo. Muchos autores nos aseguran en verdad que en tal o cual tiempo llovieron piedras, fango o algún licor parecido, o insectos. Mucha gente atestigua aún hoy día haber visto llover pequeñas ranas, que caían en abundancia sobre sus sombreros, mezcladas con una lluvia naranja y que habían visto una cantidad tan grande de ellas que la tierra se veía casi totalmente cubierta. Sin entrar en la búsqueda de las causas físicas de tales fenómenos y sin querer contradecirles o aprobarlos, porque no viene al caso en este tratado, yo diría solamente que esto puede ser, pero en cuanto a una lluvia de oro sería conveniente certificarlo, no creo a nadie tan crédulo como para creerlo sin haberlo visto. Es preciso, pues, considerar esta historia como una alegoría.
En efecto, se puede llamar lluvia de oro, a una lluvia que produciría el oro, o a una materia propia para hacerlo, como el pueblo dice tan comúnmente que llueve vino, cuando viene una lluvia en el tiempo en que se desea, ya sea para enternecer la raíz en las viñas o bien para hacerla crecer. Es precisamente lo que llega por la circulación de la materia filosófica en el vaso donde está encerrada. Se disuelve y habiendo subido en vapores hacia lo alto del vaso se condensa y recae en lluvia sobre lo que queda en el fondo. Es por esto que los filósofos han dado algunas veces el nombre de agua de nube a su agua mercurial. Así mismo han llamado Venus a esta parte volátil y Sol a la materia fija. Nada es tan común en sus obras como estos nombres. Nuestra Luna –dice Filaleteo– que hace en nuestra obra la función de hembra, es de la raza de Saturno, es por lo que algunos de nuestros autores la han llamado Venus. Espagnet ha hablado muchas veces de esta agua mercurial bajo el nombre de Luna y de Venus, y ha expresado perfectamente esta conjunción del Sol y de Venus, cuando dice:[2] La generación de los hijos es el objeto y el fin del legítimo matrimonio. Pero para que los hijos nazcan sanos, robustos y vigorosos es preciso que los dos esposos lo sean también, puesto que una simiente pura y limpia produce una generación que se le parece. Es así como deben ser el Sol y la Luna antes de entrar en el lecho nupcial. Entonces se consumirá el matrimonio y de esta conjunción nacerá un poderoso rey, del que el Sol será el padre y la Luna la madre. También ha dicho[3] que la Luna de los filósofos es su Mercurio y que le han dado muchos nombres,[4] entre otros los de tierra sutil, agua de vida, agua ardiente y permanente, agua de oro y de plata, en fin de Venus Hermafrodita. Sólo este epíteto explica muy claramente de qué naturaleza y substancia está formada esta pretendida diosa y la idea que se le debe unir, puesto que el nombre de Hermafrodita ha sido hecho según parece de Ερμης, Mercurius, y de Αφρός spuma, como si se dijera espuma del mercurio. Es sin duda por esto que la fábula dice Hermafrodita hija de Mercurio y de Venus. Se ha fingido que esta conjunción del Sol con Venus se hizo en Rodas porque la unión del Sol y del Mercurio filosóficos se hace cuando la materia empieza a enrojecer, lo que está indicado por el nombre de esta isla que viene de ρόδον, rosa. La materia fija o el oro filosófico, que tras haber sido volatilizado recae en lluvia, ha tomado, pues, con razón el nombre de lluvia de oro, sin esta lluvia el hijo hermético no se formaría.
Una lluvia parecida se hizo ver cuando Palas nació de la cabeza de Júpiter y esto por la misma razón, pues Júpiter no habría podido acostarse con ella si Vulcano o el fuego filosófico no le hubiera servido de sabia-hembra. Si se considera a Palas en esta ocasión como la diosa de las ciencias y del estudio, se puede decir, en cuanto al arte hermético, que se tendría en vano la teoría mejor razonada y la materia misma del magisterio llamada virgen, hija del mar, o del agua, o de Neptuno y del pantano Tritonis, pues jamás se tendría éxito al hacer la obra si no se empleara la ayuda de Vulcano o fuego filosófico. En consecuencia algunos poetas han figurado que Palas se resistió vigorosamente a Vulcano, que quería violentarla, y al caer la simiente de éste en tierra, nació un monstruo que fue llamado Erictonio, que tenía figura humana desde la cabeza hasta la cintura y de dragón en toda la parte inferior. Este Erictonio es el resultado de las operaciones de los artistas ignorantes que ponen mano a la obra sin saber los principios y quieren trabajar a pesar de Minerva. Sólo producen monstruos, incluso con la ayuda de Vulcano. El abad Banier pretende[5] que este Erictonio fue realmente un rey de Atenas que sucedió a uno llamado Anfictión, su competidor, por el cual había sido vencido. Este Anfictión había sucedido a Cranao y éste a Cecrops, que vivía, según los intérpretes de los mármoles de Arondel, que son la cronología de Censorin y de Denis de Halicarnaso, 400 años antes de la toma de Troya.
El abad Banier rechaza esta cronología porque no es propia para confirmar su sistema y asegura que estos autores retroceden mucho la llegada de Cecrops a Grecia. Determina, pues, esta llegada en 330 años antes de la guerra de Troya.[6] Pero este mitólogo ha olvidado su propio cálculo algunas páginas después, donde hablando de la llegada de Deucalion a Tesalia, fija la época en el noveno año del reinado de Cecrops, es decir –dice nuestro autor–[7] hacia el año 215 o 220 antes de la guerra de Troya. Lo que produce un error de 110 años al menos en su misma cronología. Pero aún cuando esto pasara ¿se creería su palabra, cuando dice[8] que Erictonio había pasado por ser hijo de Minerva y de Vulcano porque había sido expuesto en un templo que les había sido consagrado? ¿Una tal exposición podría proporcionar materia a la fábula que da a Erictonio un origen totalmente infame? En esta ficción no hay ninguna circunstancia que tenga la menor relación con esta exposición. La misma continuación de la fábula, que dice que Minerva viendo a este niño con las piernas de serpiente, encargó su cuidado a Aglaura, hija de Cecrops quien, en contra de la prohibición de Minerva, tuvo la curiosidad de mirar en la canastilla donde estaba encerrado y fue castigada mediante una pasión de celos contra su hermana, de la que Mercurio era amante. Y que habiendo querido un día impedir que este dios entrara en la cámara donde su hermana Hersé estaba, la golpeó con su caduceo y la convirtió en roca. Esta continuación de la ficción muestra bien claro que es una pura fábula y que sólo se puede explicar alegóricamente.
No se puede suponer que Palas, Vulcano, Mercurio y las hijas de Cecrops hayan vivido juntos, aunque se consideraran a unos y otros como personas reales, creo que no se me exigirá que de prueba de ello. Pero si se pone atención a la relación que esta fábula puede tener con el arte hermético, se encontrará primeramente a dos dioses y una diosa que le pertenecen de tal manera que son absolutamente necesarios, saber la ciencia de este arte y la prudencia para conducir el régimen del fuego y de las operaciones; en segundo lugar, el fuego filosófico o Vulcano, seguidamente el Mercurio de los sabios. Si el artista anima y empuja mucho este fuego, es Vulcano que va a violentar a Palas, a la que los filósofos a menudo han tomado por la materia. A pesar de la resistencia de esta virgen, Vulcano actúa siempre, abre la materia de los filósofos y la disuelve. Esta disolución sólo puede hacerse por esta especie de combate entre la materia filosófica, llamada virgen, como lo hemos probado más de una vez, y el fuego. Pero ¿qué resulta de ello? Un monstruo que se llama Erictonio, porque este mismo nombre designa la cosa, es decir, la disputa y la tierra. No sorprenderá que éste sea un monstruo cuando se le relacione con los otros de la fábula, Cerbero, la Hidra de Lerna, los diferentes dragones que se mencionan en las otras fábulas y que significan la misma cosa que Erictonio, es decir, la disolución y la putrefacción, que se dice con razón hijo de Vulcano y de la tierra, puesto que esta putrefacción es la de la misma tierra filosófica y un efecto de Vulcano o del fuego de los sabios. Es pues la simiente de Vulcano que produce a Erictonio. Y si se dice que Aglaura fue encargada por Minerva de su cuidado, sin que le fuera permitido mirar lo que la cestilla contenía, se entiende bien que una tal condición que volvió la cosa imposible, sólo puede haber sido inventada en vistas de una alegoría, así mismo como su transformación en roca. Es, en efecto, una manera de aludir al progreso de la obra hermética. Aglaura significa gloria, esplendor y los filósofos llaman con este nombre a su materia llegada al blanco a medida que desaparece la negrura; este intervalo entre el blanco y el negro es el tiempo de la educación de Erictonio. Y si Mercurio la transformó en roca es que la misma materia se coagula y se vuelve piedra cuando llega a este estado de blancura resplandeciente de la que acabamos de hablar; es por lo que los filósofos la llaman entonces su piedra al blanco, su Luna, etc. Al ser el Mercurio el agente principal, produce esta metamorfosis. Se supone a este dios amante de Hersé, hermana de Aglaura, porque Ερση significa el rocío y el Mercurio filosófico circula entonces en el vaso y recae como un rocío.
De una tercera lluvia de oro nació un héroe, pero un héroe más famoso que Erictonio. Danae fue encerrada en una torre de bronce por su padre Acrises, porque había aprendido del oráculo que el hijo que naciera de su hija lo privaría de la corona y de la vida y no quería oír ninguna proposición de matrimonio para ella. Júpiter fue preso de amor por esta bella prisionera. La torre estaba bien cerrada y bien guardada, pero el amor es ingenioso. Júpiter, acostumbrado a las metamorfosis, se transformó en lluvia de oro y se deslizó por este medio en el seno de Danae, que de esta visita concibió a Perseo. Perseo concebido en Danae de una lluvia de oro. (Ovidio, Metamorfosis, lib. 6) Al hacerse grande este hijo de Júpiter, entre otras hazañas, cortó la cabeza de Medusa y se sirvió de ella para petrificar a todo aquel que se la presentaba. De las gotas de sangre que manaron de la herida de Medusa nació Crisaor, padre de Gerión, con tres cuerpos; algunos dicen tres cabezas.
La explicación de esta fábula será muy fácil para quien quiera recordar las que hemos dado de otras lluvias de oro. Se conoce fácilmente que Danae y la torre son la materia y el bronce de los filósofos que ellos llaman cobre, latón o letón; que la lluvia de oro son las gotas de agua de oro o el rocío aurífico que suben en la circulación y recaen sobre la tierra que está en el fondo del vaso. Así mismo se podría decir con los mitólogos que Júpiter es tomado por el aire, pero es preciso entenderlo aquí como el color gris llamado Júpiter, porque la lluvia de oro se manifiesta durante el tiempo que la materia pasa del color negro al gris.
Perseo es el fruto que nació de esta circulación. No veo sobre qué fundamento el abad Banier saca la etimología de Perseo de la palabra hebrea Paras, es verdad que significa caballero y que Perseo montó sobre un caballo. Pero ¿por qué los griegos habrían ido a buscar en la lengua hebraica los nombres que la lengua griega les proporciona abundantemente? De las gotas de sangre de Medusa nació Crisaor y de éste Gerión. Es como si se dijera que del agua roja de los filósofos, que Pitágoras llama sangre,[9] como también otros adeptos, y Raimon Llull con Ripley vino rojo, nace el oro o el azufre filosófico. Se dice además que Crisaor viene del griego χρυσός aurum. Este oro disuelto en su propia agua roja como la sangre, produce el elixir o Gerión, con tres cuerpos o tres cabezas, porque está compuesto con la combinación exacta de los tres principios azufre, sal y mercurio. Ya explicaré más extensamente esta fábula en el capítulo de Perseo. Podría haber puesto algunas otras en este segundo libro, pero por estas se pueden juzgar las otras. No me he propuesto hacer una mitología entera, es suficiente para probar mi sistema explicar las principales y más antiguas. Además tendré ocasión de pasar revista a un gran número de ellas en el siguiente libro, que tratará de la genealogía de los dioses.
[1] . Estrabón, lib. 14.
[2] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 27.
[3] . Aquel que explica la Luna de los filósofos, o el Mercurio de los filósofos como si fuera mercurio vulgar, o bien engaña conscientemente a otro, o bien se engaña a sí mismo. Espagnet, can. 44.
[4] . Al Mercurio de los filósofos se le llama con diferentes nombres; tan pronto se le llama tierra, como se le llama agua, por diversos motivos y sobre todo porque está compuesto naturalmente de una y otra. Esta tierra es sutil, blanca, sulfurosa, los elementos están fijos en ella y el Oro filosófico está allí en estado de simiente, mientras que el agua es un agua de vida, es decir, ardiente, permanente, extremadamente límpida, a la que también se llama agua del oro y de la plata. El Mercurio del que tratamos aquí, que todavía contiene su azufre, que se multiplica por medio del Arte, también puede ser llamado Azufre de plata viva. En fin, esta sustancia tan preciosa es la Venus de los antiguos y el Hermafrodita, dotado de los dos sexos. Espagnet, can. 46.
[5] . Banier, t. 3, p. 39.
[6] . Banier, ibid. p. 37.
[7] . Banier, ibid. p. 42.
[8] . Banier, ibid. p. 40.
[9] . Y de las cuatro partes se eleva el bronce, la herrumbre, el hierro, azafrán, oro, sangre y adormidera. Y la Turba: sabed que nuestra obra tiene muchos nombres: hierro, bronce, plata rojo sangre y rojo muy altanero, etc. La Turba.

sábado, mayo 19, 2007

La Edad de Oro

Para los mitólogos todo es embarazoso y con dificultad, todo se les presenta como un laberinto del que no saben salir cuando se trata de relacionar en la historia lo que los autores nos han transmitido sobre el tiempo fabuloso. No es sólo uno que atribuye la edad de oro al reino de Saturno, pero cuando es preciso determinar el lugar donde este rey reinaba y la época de este reino y las razones que han podido inducir a llamarlo el Siglo de oro prácticamente no se hace ningún comentario. Hubiera sido mejor declarar que todas estas pretendidas historias sólo son ficciones, pero se quiere encontrar en ellas la realidad, como si interesara mucho hoy día justificar la credulidad de la mayor parte de los antiguos. Y para apoyar la autoridad de muchos de ellos sólo se pone atención en aquello que finalmente se tiene por sospechoso y que prueba a los lectores que no merece ser creído. Si se tuviera como garantía a los autores contemporáneos, o que hubieran trabajado al menos sobre los monumentos constatados y cuya autenticidad fue bien comprobada, se les podría creer; pero se conviene en que todas estas historias nos vienen de los poetas que han imitado a las ficciones egipcias. Se dice que estos poetas lo han sacado casi todo de su imaginación y que los historiadores han hablado de aquellos tiempos sólo después de ellos.
Herodoto, el más antiguo que conocemos ha escrito más de 400 años después de Homero y éste mucho tiempo después de Orfeo, Lino, etc. Ninguno de estos dice haber visto lo que relata en otra parte que no sea en su imaginación. Sus mismas descripciones son absolutamente poéticas. La que Ovidio nos hace[1] del siglo de oro es más bien el retrato de un paraíso terrestre y de las gentes que lo habrían habitado, que de un tiempo posterior al diluvio y de una tierra sujeta a las estaciones. Entonces se observaba –dice él– las reglas de la buena fe y de la justicia, sin ser molesto para las leyes. El miedo no era el motivo que hacía obrar a los hombres, no se conocían aún los suplicios. En este dichoso siglo no era preciso grabar sobre bronce estas leyes amenazantes, que se usaron después como freno a la licencia. No se veían en aquel tiempo a los criminales temblar en presencia de sus jueces; la seguridad en que se vivía no era el efecto de la autoridad que da las leyes. Los árboles sacados de las selvas no tenían que ser transportados todavía a un mundo que les era desconocido; el hombre habitaba la tierra donde había nacido y no utilizaba barcos para exponerse al furor de las olas. Las ciudades sin murallas ni fosos eran un asilo seguro. Las trompetas, los cascos, las espadas eran cosas que no se conocían aún y el soldado era inútil para asegurar a los ciudadanos una vida dulce y tranquila. La tierra, sin ser desgarrada por el arado producía toda clase de frutos y sus habitantes satisfechos por los alimentos que les proporcionaba sin ser cultivados, se alimentaban de frutos salvajes, o de las bellotas que caían de las encinas. La primavera reinaba todo el año; los dulces céfiros animaban con su calor a las flores que nacían de la tierra; los meses se sucedían sin que fuera necesario labrar ni sembrar. Se veía por todas partes manar a los arroyos leche y néctar y la miel salía en abundancia del hueco de los robles y de los otros árboles.
Querría admitir con Ovidio un tiempo donde los hombres habían vivido de la manera que acabamos de relatar, pero es alimentarse de quimeras y apartarse de la razón. Pero aunque este poeta haya descrito tal como debía de ser un siglo de oro, este retrato no es del gusto del abad Banier. Las gentes que habrían vivido de esta manera, habrían sido, según él,[2] gente que llevaría una vida salvaje, sin ley y casi sin religión. Jano se presentó y los reunió, les dio leyes, la dicha de la vida se manifestó y entonces se vio nacer un siglo de oro. El temor, la sujeción que ocasionan las leyes amenazantes habían parecido a Ovidio contrarias a la dicha de la vida. Pero para el abad Banier son una fuente de felicidad. Pero en fin, ¿qué razones podían haber tenido los antiguos para atribuir al reino de Saturno la vida de un siglo de oro? Jamás un reino fue más manchado de vicios, guerras, matanzas y crímenes de toda clase que inundaron la tierra durante todo aquel tiempo. Saturno subió al trono cazando a su padre, tras haberlo mutilado. ¿Qué hizo Júpiter más que Saturno, para merecer que no se diera a su reino el nombre de edad de oro? En verdad Júpiter trató precisamente de la misma manera a Saturno como él había tratado a su padre. Júpiter era un adúltero, un homicida, un incestuoso, etc. Pero ¿valía más Saturno? ¿No había este desposado también a su hermana Rea y o tuvo a Fílira como concubina? eso sin mencionar a las otras, ¿Se puede ver un rey más inhumano que aquel que devora a sus propios hijos? Es verdad que no devoró a Júpiter, pero lo intentó de buena fe y no se le debe de agradecer, se le presentó una piedra, él la tragó y no pudiéndola digerir la devolvió. Esta piedra, según Hesíodo, fue emplazada sobre el monte Helicón, para servir de monumento a los hombres. ¡Vaya monumento, propio para traer el recuerdo de un siglo de oro!
¿No es sorprendente que una tal paradoja no haya hecho abrir los ojos a los antiguos y que todos hayan convenido en atribuir una edad de oro al reino de Saturno? El abad Banier lo dio al de Jano, que reinó conjuntamente con Saturno. Este príncipe –dice este mitólogo–[3] suavizó la ferocidad de sus costumbres, los reunió en ciudades y en pueblos, les dio leyes y bajo su reino sus súbditos gozaron de una dicha que no habían conocido, lo que hace considerar al tiempo en que había reinado como un tiempo dichoso y un siglo de oro. Pero no hay menos dificultad en tomar las cosas desde este punto de vista pues no es posible hacer vivir a Saturno con Jano, los tiempos no concuerdan en nada.
Puesto que no es posible conciliar todo esto, es natural pensar que el inventor de esta fábula no tenía como intención explicar la historia sino que la usaba como alegoría de algo, de la que los historiadores no han sospechado su sentido. No, Saturno, Jano, Júpiter, no han reinado jamás, porque para reinar es preciso ser hombre y todos estos dioses de los que hablamos sólo existieron en el espíritu de los inventores de estas fábulas, que la mayor parte de pueblos consideraron como historias reales, porque su amor propio se encontraba extremadamente adulado por ello. Les era infinitamente glorioso el tener a los dioses como los primeros de sus ancestros, o por reyes, o en fin, como fundadores de sus ciudades. Cada pueblo se enorgullecía en la envidia y se creía superior a los otros, en proporción a la grandeza del dios y de su antigüedad. Es preciso pues, buscar otras razones que hayan hecho dar al pretendido reino de Saturno el nombre de siglo de oro.
Yo encuentro más de una razón en el arte hermético donde estos filósofos llaman reino de Saturno al tiempo que dura la negrura, porque llaman Saturno a esta misma negrura, es decir, cuando la materia hermética puesta en el vaso es vuelta como pez fundida. Esta negrura, siendo también como ellos dicen, la entrada, la puerta y la llave de la obra, representa a Jano que en consecuencia reina conjuntamente con Saturno. Se ha buscado y se buscará durante mucho tiempo aún la razón que hacía abrir la puerta del templo de Jano, cuando se trataba de declarar la guerra, y por qué se cerraba en la paz. Un filósofo hermético la encuentra de una manera más simplemente que todos estos mitólogos. Hela aquí. La negrura es una especie de disolución; la disolución es la llave y la puerta de la obra. Esta sólo puede hacerse mediante la guerra que se levanta entre el fijo y el volátil y por los combates que se dan entre ellos. Al ser Jano esta puerta, era del todo natural que se abriera la del templo que le estaba consagrado para anunciar una declarada guerra. Mientras la guerra duraba permanecía abierta y se cerraba en la paz, porque esta guerra del fijo y del volátil dura hasta que la materia se haya vuelto absolutamente fija. Entonces se hace la paz. Es por lo que la Turba dice, fac pacem inter humicos & opus completum est. Así mismo los filósofos han dicho figuradamente, abrir, desliar, para decir disolver, y cerrar, ligar, para decir fijar. Macrobio dice que los antiguos tomaban a Jano por el Sol. Aquellos que entendían mal esta denominación la atribuían al Sol celeste que regula las estaciones, en lugar de entenderlo del Sol filosófico y es una de las razones que ha hecho llamar a su reinado siglo de oro.
Sin embargo la negrura de la que hemos hablado, o el reinado de Saturno, el alma del oro, según los filósofos, se une con el mercurio y en consecuencia llaman a este Saturno la tumba del rey, o del Sol. Entonces es cuando empieza el reinado de los dioses, porque Saturno está considerado como el padre, por lo tanto es la edad de oro, puesto que esta materia vuelta negra contiene en ella el principio aurífico y el oro de los sabios. El artista se encuentra además en el caso de los súbditos de Jano y de Saturno, desde que la negrura ha aparecido, está libre de obstáculos y de inquietudes. Hasta entonces había trabajado sin descanso y siempre incierto del éxito. Puede ser que haya errado en los bosques, las selvas y sobre las montañas, es decir, trabajado sobre diferentes materias poco propias a este arte, así mismo puede ser que haya errado cerca de doscientas veces trabajando, como Pontano,[4] sobre la verdadera materia. Entonces empieza a sentir una alegría, una satisfacción y una verdadera tranquilidad, porque ve sus esperanzas fundadas sobre una base sólida. ¿No sería esto, pues, una edad verdaderamente de oro, en el sentido mismo de Ovidio, donde el hombre viviría contento y tendría el corazón y el espíritu llenos de satisfacción?

[1] . Ovidio, Metamorfosis, lib. 1, Fáb. 3.
[2] . Banier, Mitología, t. 2, p. 110.
[3] . Banier, op. cit.
[4] . Pontano, Epístola del Fuego.

martes, mayo 15, 2007

El Rey Midas

Ovidio[1] nos dice que Apolo creyó que la mejor manera de castigar a Midas sería haciéndole crecer las orejas de asno, para hacer conocer a todo el mundo el poco discernimiento de este rey, que había adjudicado la victoria a Pan sobre este dios de la música.
Según relatan los poetas Midas era un rey de Frigia que Orfeo había iniciado en el secreto de las orgías. Baco, fue un día a ver aquel país, Sileno su protector se separó de él y estando detenido cerca de una fuente de vino en un jardín de Midas, donde crecían las más bellas rosas del mundo, Sileno se embriagó y se durmió. Midas se apercibió de ello y sabiendo la inquietud en la que la ausencia de Sileno había puesto al hijo de Semele, cogió a Sileno lo envolvió de guirnaldas de flores de todas las especies y tras haberle hecho la acogida más amable que le fue posible lo condujo hasta Baco. Éste estuvo encantado de volver a ver a su padre protector y quiso reconocer este beneficio de Midas, para ello le prometió concederle todo lo que le pidiera. Midas pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro, lo que le fue concedido. Pero una tal propiedad se le volvió onerosa puesto que los manjares que le servían para su alimento se convertían en oro en el momento en que los tocaba hasta el punto que iba a morir de hambre, entonces se dirigió al mismo dios para ser liberado de un poder tan incómodo. Baco consintió y le ordenó para ello ir a lavarse las manos en el Pactolo. Así lo hizo y comunicó a las aguas de este río la virtud fatal de la que se desembarazaba.
Cuando sucede lo que pasa en la obra hermética, cuando se trabaja en el elixir, la fábula de Midas lo representa como en un espejo. Puede recordarse que cuando el Osiris, Denis o Baco de los filósofos se forma, se hace una tierra. Esta tierra es como cuando se finge a Baco visitando Frigia, a causa de su virtud ígnea, ardiente y seca, porque φριγία quiere decir terra tórrida & árida, de φρυγω, torreo, arefacio. Se supone que Midas reina allí, pero para indicar claramente lo que se debe de entender por este pretendido rey se le dice hijo de Cibeles o de la Tierra, la misma que es considerada como madre de los dioses filósofo-herméticos. Así Baco, acompañado de sus bacantes y de sus sátiros, de los que Sileno era el jefe y sátiro él mismo, deja Tracia para ir hacia el Pactolo que desciende del monte Tmolo, es precisamente como si se le dijera el Baco filosófico, donde el azufre tras haber sido disuelto y volatilizado, tiene tendencia a la coagulación, puesto que Θρήκη, Thracia, viene de τέ, curro, correr, o de Θρέω, tumultuando clamo, gritar tumultuosamente, lo que designa siempre una agitación violenta, tal como la de la materia fija cuando se volatiliza después de su disolución.
Casi no se puede expresar mejor la coagulación que mediante el nombre de Pactolo que viene naturalmente de πακτις πακτόω, compactus, compingo, juntar, ligar, reunir al uno con el otro. Por esta reunión se forma esta tierra frigia o ígnea y árida, en la cual reina Midas. Lo que era entonces volátil es contenido por el fijo o esta tierra. Es Sileno sobre el territorio de Midas. La fuente donde, cerca de ella, este sátiro reposa, es el agua mercurial. Se figura que Midas había puesto allí el vino del que Sileno bebió con exceso, porque esta agua mercurial, que el Trevisano llama también fuente,[2] y Raimon Llull[3] vino, se vuelve roja a medida que esta tierra se vuelve más fija. El sueño de Sileno señala el reposo de la parte volátil y las guirnaldas de flores que se le ciñó para llevarlo a Midas son los diferentes colores por los cuales la materia pasa antes de llegar a la fijación. Las orgías que celebraron juntos antes de reunirse con Baco son los últimos días que preceden a la perfecta fijación, puesto que ella misma es el término de la obra. Así mismo se podría creer que se ha querido expresar este término por el nombre de Denis dado a Baco; puesto que puede venir de Διός y de νίσσα, meta, el dios que es el fin o el término.
Los poetas hacen descripciones admirables del Pactolo; cuando quieren describir una región afortunada la comparan al país que riega el Pactolo, en las aguas del cual Midas depositó el funesto don que le había sido comunicado. Creso sin el Pactolo no hubiera sido más que un monarca limitado en su poder e incapaz de excitar los celos de Ciro.
Baco está encantado de volver a ver a su padre protector y recompensa a Midas mediante el poder que le da de convertir en oro todo lo que toca. Este dios sólo podía dar lo que poseía en él mismo, era, pues, un dios aurífico. Esta propiedad debería haber ocasionado a los mitólogos algunas reflexiones, pero como han leído las fábulas con un espíritu lleno de prejuicios por la historia o la moral, no han visto nada. El oro es el objeto de pasión de los avariciosos, se finge que Midas pide a Dioniso el poder de hacer todo lo que quisiera, y se concluye que es un avaro, incluso el más avaro de los hombres. Pero si se hubiera puesto atención al hecho de que es Dioniso el que hace esta demanda y que este dios se la otorga con plena autoridad, sin recurrir a Júpiter su padre, ni a Plutón dios de las riquezas, se habría pensado naturalmente que Baco era un dios de oro, un príncipe aurífico, que puede transmutar él mismo y comunicar a otros el mismo poder de convertir todo en oro, al menos todo lo que es transmutable. Cuando los poetas nos dicen que todo se volvía oro en las manos de Midas, hasta los alimentos que le servían para alimentarse, se ve bien claro que sólo puede entenderse alegóricamente. También es esto una consecuencia natural de lo que había precedido. Midas, al haber conducido a Sileno hasta Baco, es decir, la tierra frigia, al haber fijado una parte del volátil lo vuelve todo fijo, y en consecuencia es la piedra transmutante de los filósofos. Él recibió de Baco el poder de transmutar, lo tenía en cuanto a la plata, pero sólo podía obtener esta propiedad de Baco, en cuanto al oro, porque este dios es la piedra al rojo, pues sólo ella puede convertir en oro los metales imperfectos. Ya lo he explicado suficientemente en el primer libro, hablando de Osiris, que todo el mundo conviene en que es el mismo que Dioniso o Baco.
Se puede también recordar que he explicado a los sátiros y las bacantes como las partes volátiles de la materia que circulan en el vaso. Es la razón que ha hecho decir a los inventores de estas ficciones que el mismo Sileno era un sátiro hijo de una ninfa y del agua, y el padre de los otros sátiros, pues parece que no se podía indicar mejor la materia del arte hermético que mediante el retrato que se nos hace del buen hombre Sileno. Su exterior es grosero, pesado, rústico y parece que hecho para ser puesto en ridículo, propio para excitar la risa en los niños, sin embargo ocultaba algo muy excelente, puesto que la idea que se nos ha querido dar de él es la de un filósofo consumado. Es lo mismo de la materia del magisterio, despreciada de todo el mundo, pisada con los pies y así mismo alguna vez sirviendo para jugar a los niños, como dicen los filósofos, ella no tiene nada que atraiga las miradas. Se encuentra por todo como las ninfas, en las cercanías, los campos, los bosques, las montañas, los valles, los jardines, todo el mundo la ve y todo el mundo la desprecia a causa de su vil apariencia, porque es tan común que tanto el pobre como el rico la puede tener sin que nadie se oponga y sin emplear plata para adquirirla. Es preciso, pues, imitar a Midas y hacer una buena acogida a este Sileno, que los filósofos dicen que es hijo de la Luna y del Sol y que la tierra es su nodriza. También σελήνη significa Luna, y muy bien se podría haber hecho Sileno de Selene, cambiando la primera e en i, como se hace en lira de λΰρος, plico de πλίκυ, aries de Αριος y cientos de otras palabras parecidas.[4] Así mismo los jonios cambiaban bastante a menudo la ε en ι y decían έπεςιος por ίφίςιος domesticus familiaris; no habría, pues, nada de sorprendente en que se hubiera hecho este cambio para el nombre de Sileno.
Al ser esta materia el principio del oro, se tiene razón al considerar a Sileno como el padre protector de un dios aurífico. Así mismo ella es el néctar y la ambrosía de los dioses. Ella es, como Sileno, hija de ninfa y ninfa ella misma, puesto que es agua, pero un agua, dicen los filósofos, que no moja las manos. La tierra seca, árida e ígnea, figurada por Midas, bebe esta agua ávidamente, y en la mezcla que se hace de las dos surgen diferentes colores. Es la acogida que Midas hace a Sileno y las guirnaldas de flores con las que lo liga. En lugar de darnos a Sileno como un gran filósofo se habría encontrado mejor, entrando así en el espíritu de aquel que ha inventado esta ficción, si se hubiera dicho que Sileno era propio en hacer filósofos, siendo la materia misma sobre la cual razonan y trabajan los filósofos herméticos. Y si Virgilio[5] le hace razonar sobre los principios del mundo, su formación y la de los seres que la componen, es sin duda porque, si se cree a los discípulos de Hermes, esta materia es la misma de la que todo está hecho en el mundo. Es un resto de esta masa primera e informe, que fue el principio de todo.[6] Es el más precioso don de la naturaleza y un compendio de la quinta esencia celeste. Elien[7] decía en consecuencia, que aunque Sileno no estuvo entre el número de los dioses, era sin embargo de una naturaleza superior a la del hombre. Es decir francamente, que debería de considerársele como un ser también imaginario como los dioses de la fábula y como las ninfas de las que Hesíodo[8] dice que han salido todos los sátiros.
Finalmente Midas se deshizo del incómodo poder de cambiarlo todo en oro y se lo comunicó al Pactolo lavándose en sus aguas. Es precisamente lo que sucede en la piedra de los filósofos cuando se trata de multiplicar. Entonces se está obligado a ponerla en el agua mercurial, donde el rey del país, dice el Trevisano,[9] debe de bañarse. Allí se desnuda de su ropa de tela de oro fino. Y esta fuente da seguidamente a sus hermanos esta ropa y su carne sanguínea y colorada, para que se vuelvan como él. Esta agua mercurial es verdaderamente un agua Pactolo, puesto que debe de coagularse en parte y volverse oro filosófico.
[1] . Ovidio, Metamorfosis, lib. 2, fábula 4.
[2] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[3] . Raimon Llull, En casi todas sus obras.
[4] . Vosius Etimología.
[5] . Virgilio, Églogas, 6.
[6] . Nos queda un ejemplar de esta masa confusa, o de la materia primera, en esa agua seca que no moja y que se encuentra en las grutas subterráneas e incluso en la orilla de los lagos; impregna todas las cosas con una simiente abundante y se volatiliza al menor calor; si supiéramos extraer de ella los elementos intrínsecos cuando se halla estrechamente unida a su macho y separarlos mediante el Arte y, después, reunirlos directamente, entonces podríamos jactarnos de haber descubierto un arcano preciosísimo de la Naturaleza y del Arte, e incluso, un resumen de la esencia celeste. Espagnet, Ench. Phys. Restit. can. 49.
[7] . Elien, Variar. Hist. Lib. 3, cap. 12.
[8] . Hesíodo, Teogonía.
[9] . El Trevisano, Filosofía de los Metales, 4ª parte.

domingo, mayo 13, 2007

La Cierva de los Cuernos de Oro y los Pies de Bronce

La historia de la caza de la cierva de los cuernos de oro y de los pies de bronce es tan manifiestamente una fábula que ningún mitólogo, pienso yo, se empeñará en tratarla de otra manera. El mismo abad Banier[1] ha sentido bien que los cuernos, y más los cuernos de oro dados a una cierva, que no suelen llevar de ninguna clase, provocaban una circunstancia que convierte la historia en alegórica por lo menos y que los pies de bronce deben de hacer alusión a alguna cosa, pero ha aportado simplemente el hecho de los cuernos sin dar ninguna explicación, aunque tuvo deseos de dar esta ficción como una historia verdadera. Hubiera hecho bien en callarse también sobre los pies de bronce. Hércules –dice él– persiguió durante un año a una cierva que Euristeo le había ordenado llevársela con vida; después se publicó que tenía los pies de bronce, pero era una expresión figurada, que señalaba la rapidez con que corría. ¿Pensará el lector con este mitólogo que los pies de bronce serían apropiados para dar ligereza a un animal argumentando así su rapidez? Para mí, si hubiera querido explicar esta fábula según el sistema de este erudito, habría supuesto al contrario que el autor de esta ficción habría fingido estos pies de bronce para volver el hecho más creíble, no en cuanto a los pies de bronce mismos, sino para dar a entender figuradamente que esta cierva era de una naturaleza mucho más pesada de lo que lo son comúnmente las ciervas, en consecuencia mucho menos ligera en la carrera y más fácil de ser apresada por un hombre que la persiguiera. Pero salvada esta dificultad le queda aún la de los cuernos de oro, la de la persecución de un año entero, la de no poder ser muerta mediante ninguna arma, ni apresada en la carrera por ningún hombre, a no ser por un héroe como Hércules, finalmente todas las otras circunstancias de esta ficción. Una historia de esta especie se volvería un cuento pueril y un hecho muy poco digno de ser puesto entre el número de los trabajos de un tan gran héroe si no encerrara algunos misterios.
Se dice que esta cierva estaba consagrada a Diana. Habitaba en el monte Ménale y no estaba permitido cazarla con perros ni con arco, era preciso cogerla durante la carrera, en vida y sin pérdida de su sangre. Euristeo encomendó a Hércules que se la llevara. Hércules la persiguió sin descanso durante un año entero y la atrapó al fin en la selva de Artemisa, consagrada a Diana, cuando este animal estaba a punto de atravesar el río Ladón. La cierva es un animal de mucha rapidez en la carrera y ningún hombre podría presumir de atraparla. Pero esta tenía los cuernos de oro y los pies de bronce, en consecuencia era menos ligera y más fácil de atrapar y a pesar de esto fue preciso un Hércules. En toda otra circunstancia quien se atreviera a atrapar una cierva consagrada a Diana en el bosque de esta diosa, etc., se habría expuesto inevitablemente a la indignación de la hermana de Apolo, extremadamente celosa de lo que le pertenecía, castigando severamente a los que le faltaran. Pero en este caso Diana parece haber actuado en concierto con Alcides, puesto que parecía hacer lo propio para proporcionar materia a los trabajos de este héroe. El león de Nemea y el jabalí de Erimanto son prueba de ello. Hércules que lanzaba sus flechas contra el mismo Sol ¿habría temido al coraje de Diana? Pero por temerario que hubiera podido ser, él que estaba en el mundo para purgarlo de los monstruos y de los malhechores que lo infectaban, ¿habría osado atacar a los dioses si hubiera considerado a estos dioses como reales y si no hubiera sabido que eran de una naturaleza como para poder ser atacados impunemente por los hombres? El bravo Neptuno, Plutón, Vulcano, Juno. Todos buscaban su impedimento poniéndole obstáculos. Pero tales son los dioses fabricados por el arte hermético, ellos dan la inquietud al artista, pero éste los persigue a golpes de flecha o de maza y los vence al conseguir lo que se propone. En la persecución que hace a esta cierva no emplea tales armas pero el mismo oro del que están hechos los cuernos de este animal y sus pies de bronce favorecen su empresa. Es, en efecto, lo que se necesita en el arte químico donde la parte volátil, figurada por la carrera ligera de la cierva, es volátil hasta el punto de que es preciso nada menos que una materia fija como el oro para fijarla. El autor del Rosario empleó figuradamente expresiones que significan la misma cosa cuando dice: La plata viva volátil no sirve de nada si no es mortificada con su cuerpo; este cuerpo es de la naturaleza del Sol [...] Dos animales están en nuestra selva –dice un antiguo filósofo Alemán–[2] uno vivo, ligero, alerta, bello, grande y robusto; es un ciervo, el otro es el unicornio.[3] Basilio Valentín, en su alegoría sobre el magisterio de los sabios, se expresa así: Un asno ha sido enterrado, se corrompe y se pudre; ha venido un ciervo que tiene los cuernos de oro y los pies de bronce, bellos y blancos; puesto que la cosa cuya cabeza es roja, los ojos negros y los pies blancos, constituye el magisterio. Los filósofos hablan a menudo del latón que es preciso blanquear. Este latón o la materia venida al negro por la putrefacción es la base de la obra. Blanquead el latón y romped los libros, dice Morien, el azoth (azogue) y el latón os son suficientes. Se ha figurado, pues, con razón que esta cierva tenía los pies de bronce. De este bronce eran aquellos vasos antiguos que algunos héroes de la fábula ofrecían a Minerva; el trípode que los argonautas ofrecieron como presente a Apolo; el instrumento con el que Hércules hizo ruido para cazar a los pájaros del lago Estimfalo; la torre en la cual Danae fue encerrada, etc. Todo en esta fábula tiene una relación inmediata con Diana. La cierva le está consagrada, habita sobre el monte Ménale, o piedra de la Luna, de μηνη, luna, y de λάας, lapis, piedra, ella fue presa en la selva de Artemisa que significa también Diana. La Luna y Diana son una misma cosa y los filósofos llaman Luna a la parte volátil o mercurial de su materia: el que explica la Luna de los filósofos, o el Mercurio de los filósofos como si fuera mercurio vulgar, o engaña a otros o se engaña a sí mismo.[4]

También llaman Diana a su materia llegada al blanco: No hace mucho tiempo, y hablo como entendido, que muchas personas, de alta y baja condición, han visto a esta Diana totalmente desnuda, dice el Cosmopolita en el prefacio de sus doce tratados. Es entonces que la cierva se deja coger, es decir, la materia que era volátil se vuelve fija. El río Ladón fue el término de la carrera, porque tras larga circulación se precipita al fondo del vaso en el agua mercurial, donde el volátil y el fijo se reúnen. Esta fijeza está designada por el presente que Hércules hace a Euristeo, pues Euristeo viene de ηύρυς, latus, amplus, fuerza, brillante, y de ςταω, flo, maneo, exhalar, mantenerse firme. Como se ha hecho también de Εύρυσθεύς firmiter slans, o potens, firmemente, fuerte, de Εύρύς, latus, fuerza, y de στέιος, robur, firmeza. Es, pues, como si se dijera que el artista, tras haber trabajado en fijar la materia lunar durante el tiempo requerido, que es el de un año, tiene éxito al hacer su Diana, o a llegar al blanco, y le da seguidamente el último grado de fijeza significada por Euristeo. Este término de un año no debe de entenderse de un año común, sino de un año filosófico, cuyas estaciones no son tampoco las estaciones vulgares. Ya he explicado lo que era esto en el tratado hermético que se encuentra al principio de esta obra y en el diccionario que le sirve de índice.
Esta persecución de un año habría de hacer suponer algún misterio oculto bajo esta ficción. Pero los mitólogos, al no estar en el caso de este misterio, no han podido ver más que lo fabuloso. Cada cosa tiene un tiempo fijo y determinado para llegar a su perfección. La naturaleza actúa siempre lentamente y aunque el arte pueda abreviar sus operaciones no se tendría éxito si se precipitaran mucho los procedimientos. Es en medio de un dulce calor pero muy vivo, como el de la naturaleza, que se puede premadurar una flor o un fruto, pero un calor muy violento abrasaría la planta antes que hubiera podido producir lo que se esperaba. Es preciso, pues, la paciencia y el tiempo en el artista, así como el trabajo y el gasto, dice Espagnet.[5] Ripley nos asegura en otro lugar,[6] y muchos otros, que es preciso un año para llegar a la perfección de la piedra al blanco o la Diana de los filósofos, que este autor llama cal. Nos es preciso –dice él– un año, para que nuestra cal se vuelva fusible, fija y tome un color permanente. Zachaire y la mayor parte de los filósofos dicen que son precisos 90 días y otras tantas noches para llevar la obra al rojo después del verdadero blanco y 275 días para llegar a este blanco, lo que hace un año entero, al cual el Trevisano añade siete días.
Algunos mitólogos han hecho de esta fábula una aplicación muy extraordinaria. Dicen que Hércules es la figura del Sol, que hace su curso todos los años. Pero cuando es preciso decir qué es esta cierva que el Sol persigue se quedan en el camino, ¡cuán verdad es que toda explicación falsa cojea siempre por algún lado!

[1] . Banier, t. 3, p. 276.
[2] . Rythmi German.
[3] . El dibujo aquí presentado pertenece a Lamsprink. N. del T.
[4] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 44.
[5] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 35.
[6] . Ripley, Las Doce Puertas.

Historia de Atalanta

La fábula de Atalanta está ligada de tal manera con la del jardín de las Hespérides que depende de ella absolutamente, puesto que Venus tomó de allí las manzanas que dio a Hipómenes. Ovidio sin duda había aprendido de algún antiguo poeta que Venus había cogido estas manzanas en el campo Damaseo de la isla de Chipre.[1] El inventor de esta circunstancia ha hecho alusión al efecto de estas manzanas, puesto que el nombre de este campo donde se supone que crecían, significa vencer, domar, de δαμάω, subigo, domo; cualidad que tienen las manzanas de oro del jardín filosófico, lo que está tomado de la naturaleza misma de la cosa, como veremos después.
Se ha variado sobre los parientes de esta heroína, unos la tienen con Apolodoro como hija de Jafo y otros como hija de Esqueneo, rey de Arcadia. Algunos autores han supuesto otra Atalanta, hija de Metalión, de la que dicen que era tan ligera en la carrera que ningún hombre, por vigoroso que fuera, podía atraparla. El abad Banier parece distinguirla de aquella que asistió a la caza del jabalí de Calidón, pero los poetas la hacen comúnmente hija de Esqueneo, rey de Eschitre. Era virgen y de una sorprendente belleza. Había resuelto conservar su virginidad,[2] porque al haber consultado el oráculo para saber si debía de casarse, le respondió que no debía ligarse con un esposo, pero que sin embargo no lo podría evitar. Su belleza le atrajo muchos amantes, pero los alejaba a todos mediante las duras condiciones que imponía a los que pretendían desposarla. Les proponía disputar con ella una carrera, con la condición que corrieran sin armas, que los seguiría con un venablo y a los que pudiera atrapar antes de llegar a la meta los mataría con esa arma, pero que el primero que llegara antes que ella sería su esposo. Muchos lo intentaron y perecieron. Hipómenes, biznieto del dios de las aguas,[3] impresionado él mismo del conocido valor y de la belleza de Atalanta no se echó atrás por la desgracia de los otros pretendientes de esta valerosa hija. Invocó a Venus y obtuvo tres manzanas de oro. Provisto de esta ayuda se presentó para correr con Atalanta en las mismas condiciones que los otros. El amante, según lo convenido, pasó delante, Hipómenes mientras corría dejó caer diestramente estas tres manzanas a cierta distancia una de la otra y Atalanta se entretuvo en recogerlas, él siempre tuvo ventaja y llegó primero a la meta. Mediante esta estratagema venció y desposó a esta princesa. Como ella amaba mucho la caza, practicaba a menudo este ejercicio. Un día que estaba muy fatigada, se sintió alcanzada por una violenta sed junto a un templo de Esculapio. Golpeó una roca, dice la fábula, e hizo salir una fuente de agua fresca con la que se sació. Pero seguidamente profanó con Hipómenes un templo de Cibeles, él fue transformado en león y Atalanta en leona.
Es vano querer considerar esta ficción como una verdadera historia, pues todas las circunstancias tienen un aire fabuloso. Aquellos que encuentran en todas las fábulas reglas para aplicar a las costumbres ¿podrían salir airosos diciendo que esta fábula es el retrato de la avaricia y de la voluptuosidad? o que esta rapidez en la carrera ¿indica la inconstancia que sólo puede ser fijada por el atractivo del oro? y que sus metamorfosis en animales ¿hace ver el embrutecimiento de aquellos que se libran sin moderación a la voluptuosidad? Todo ello no encuentra dificultad en mi sistema. Atalanta tiene a Esqueneo por padre o una planta que crece en los pantanos de σχοϊνος, juncus, (junco), era virgen y de una sorprendente belleza, tan ligera en la carrera que le pareció a Hipómenes que corría tan veloz como vuela una flecha o un pájaro.
El agua mercurial de los filósofos tiene todas estas cualidades; es una virgen alada, extremadamente bella,[4] nacida del agua cenagosa del mar o del lago filosófico. Tiene las mejillas coloradas y es nacida de sangre real, tal como Ovidio nos representa a Atalanta, en el lugar citado: Inque puellari corpus candore, ruborem traxerat. Nada más volátil que esta agua mercurial; no es sorprendente, pues, que sobrepase a todos sus amantes en la carrera. Así mismo los filósofos a menudo le dan los nombres de flecha y de pájaro. Fue con estas flechas con las que Apolo mató a la serpiente Pitón; Diana las empleaba en la caza y Hércules en los combates que tuvo contra ciertos monstruos; la misma razón ha hecho suponer que Atalanta mataba con un venablo, y no con una pica, a aquellos que corrían delante de ella, Hipómenes fue el único que la venció, no solamente porque era descendiente del dios de las aguas, y en consecuencia de la misma raza que Atalanta, sino porque obtuvo la ayuda de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, que no son otra cosa que el oro o la materia de los filósofos fijada y fijativo.

Sólo este oro es capaz de fijar el mercurio de los sabios coagulándolo y transformándolo en tierra. Atalanta corre, Hipómenes corre a causa de ella, porque es una condición sin la cual no podría desposarla. En efecto, es absolutamente requerido en la obra que el fijo sea primeramente volatilizado antes de fijar al volátil y en consecuencia la unión de los dos no puede hacerse antes de esta sucesión de operaciones; es por lo que han figurado que Hipómenes había dejado caer sus manzanas a cierta distancia una de otra. Finalmente Atalanta se enamoró de su vencedor, el esposo, y viven juntos en buena inteligencia y se hacen inseparables, pero se dan aún a la caza, es decir, que después de que la parte volátil está reunida con la fija, se produce el matrimonio, es este famoso matrimonio del que los filósofos hablan en todos sus tratados.[5] Pero como la materia entonces no está absolutamente fija, se supone a Atalanta y a Hipómenes todavía dedicados a la caza.
La sed de la que Atalanta es alcanzada es la misma que aquella que abrasaba a Hércules y a los argonautas cerca del jardín de las Hespérides, y este pretendido templo de Esculapio sólo difiere de este jardín en el nombre. Hércules en el mismo caso hizo salir, como Atalanta, una fuente de agua viva de una roca, pero a la manera de los filósofos, cuya piedra se transforma en agua. Pues como dice Sinesio,[6] todo nuestro arte consiste en saber sacar el agua de la piedra o de nuestra tierra y en remitir este agua sobre su tierra. Ripley se explica poco más o menos en los mismos términos: Nuestro arte produce el agua de la tierra y el aceite de la roca más dura. Si no cambiáis nuestra piedra en agua, –dice Hermes–[7] y nuestra agua en piedra, no lo lograréis. He aquí la fuente del Trevisano y el agua viva de los sabios. Sinesio, al que acabamos de citar, había reconocido en la obra una Atalanta y un Hipómenes, cuando dice:[8] Sin embargo si ellos piensan entenderme sin conocer la naturaleza de los elementos y de las cosas creadas y sin tener una noción perfecta de nuestro rico metal, se engañarán y trabajarán inútilmente. Pero si conocen las naturalezas que huyen y las que siguen, podrán, por la gracia de Dios, llegar donde tienden sus deseos. Michel Maier ha hecho un tratado de emblemas herméticos, que ha intitulado Atalanta Fugiens.
Aquellos de entre los antiguos que han dicho que Hipómenes era hijo de Marte, en el fondo no son nada contrarios a los que dicen que descendió de Neptuno,[9] puesto que el Marte filosófico se forma de la tierra proveniente del agua de los sabios, al que también llaman su mar. Esta materia fija es propiamente el dios de las aguas, de ella es compuesta la isla de Delos, de la que se dice que Neptuno fijó para favorecer la retirada y el parto de Latona, donde puso en el mundo a Apolo y a Diana, es decir, la piedra al blanco y la piedra al rojo, que son la Luna y el Sol de los filósofos y que no difieren en nada de Atalanta cambiada en leona y de Hipómenes metamorfoseado en león. Son el uno y el otro de una naturaleza ígnea y de una fuerza capaz de devorar los metales imperfectos, representados por los animales más débiles que ellos, y de transformarlos en su propia substancia, como hace el polvo de proyección al blanco y al rojo, que transmuta estos bajos metales en plata o en oro, según su cualidad. El templo de Cibeles donde se produjo la profanación que ocasionó la metamorfosis, es el vaso filosófico en el cual está la tierra de los sabios, madre de los dioses químicos.
Aunque Apolodoro haya seguido una tradición un poco diferente de la que acabamos de referir, el fondo es el mismo y se explica también fácilmente. Según este autor, ella fue expuesta desde su nacimiento en un lugar desierto, encontrada y llevada por cazadores, lo que le hizo tomar mucho gusto por la caza. Se encontró a aquel monstruoso jabalí de Calidón, luego los combates y los juegos instituidos en honor a Pelias, donde luchó contra Peleo y se llevó el premio. Después encontró a sus parientes, que la apremiaron a casarse y ella consintió en desposar a aquel que pudiera vencerle en la carrera, tal como se ha dicho. El desierto donde Atalanta es expuesta es el lugar mismo donde se encuentra la materia de los filósofos, hija de la Luna, según Hermes:[10] su padre es el Sol, su madre la Luna, el viento lo ha llevado en su vientre, la Tierra es su nodriza, pues Atalanta tenía a Menalion por madre, que parece venir de μηνη, Luna, y de λήιον, seges, (mies).
Los cazadores que la encontraron son los artistas a los que Raimon Llull[11] da el nombre de cazadores en esta misma circunstancia. El artista con cuidado, la pone en el vaso y le da el gusto por la caza, es decir, la dispone para la volatilización; cuando tuvo la edad de sostener la fatiga, en la que fue ejercitada, asistió a la caza del jabalí de Calidón, es decir, al combate que se da entre el volátil y el fijo, donde el primero actúa sobre el segundo y lo vence como Atalanta hirió la primera con una flecha al fiero animal y fue causa de presa, es por lo que se le adjudicó la cabeza y la piel. A este combate sucede la disolución y la negrura, representadas por los combates instituidos en honor de Pelias, como lo veremos en el cuarto libro. En fin, tras haberse llevado el premio contra Peleo encontró a sus parientes, es decir, que después de que el color negro ha desaparecido la materia empieza a fijarse y a volverse Luna y Sol de los filósofos, que son el padre y la madre de su materia. El resto ha sido explicado antes.

[1] . Ovidio, Metamorfosis, lib. 10, fab. 2.
[2] . Ovidio, op. cit.
[3] . Ovidio, ibid.
[4] . Tomad la Virgen alada después de haberla lavado bien, purificado y preñado con la simiente espiritual del primer macho, pero que, sin embargo, permanezca todavía virgen e impoluta, por más que esté en cinta; la descubrirás por sus mejillas teñidas de un color rojo. Espagnet, La Obra Secreta de la Filosofía de Hermes. Canon 58.
[5] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 58.
[6] . Sinesio, Sobre la obra de los Filósofos.
[7] . Hermes, Los Siete Capítulos.
[8] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[9] . Hipómenes se acercó a la suspirante y sudorosa vencedora y le dijo ¿por qué no aceptas mi desafío? Sospechas que voy a vencerte ¿verdad? Pues si es así no te pesará, yo soy noble, hijo de Meagro y biznieto de Neptuno. Ovidio, Metamorfosis, lib. X, fáb. XI.
[10] . Hermes, La Tabla de Esmeralda.
[11] . Raimon Llull, Teórica Testamento, cap. 18.


sábado, mayo 12, 2007

El Robo de las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (4)

Volvamos a la fábula de las Hespérides; esta tiene todos los caracteres de los que acabo de hablar. Hércules al haber visto y tomado consejo de Nereo y de Prometeo ya no está obstaculizado para conseguirlo, toma el camino del jardín de las Hespérides, e instruido de lo que debía de hacer, se pone en situación de ejecutar su empresa. A penas ha llegado allí, un monstruoso dragón se presenta en la entrada. Él lo ataca, lo mata y este animal cae en putrefacción de la manera que ya he explicado. La alusión no habría sido exacta si este monstruo no hubiera sido supuestamente muerto en la entrada, la negrura sigue a la corrupción, siendo la llave de la obra, como lo prueba Sinesio:[1] Cuando nuestra materia Hyle empieza a no subir y descender más lo que tiene de substancia humosa, se pudre y se vuelve tenebrosa, lo que se llama vestido negro o cabeza de cuervo [...] Esto hace también que no haya más que dos elementos formales en nuestra piedra, a saber, la tierra y el agua, pero la tierra contiene en su substancia la virtud y la sequedad del fuego, y el agua comprende al aire con su humedad [...] Notad que la negrura es el signo de la putrefacción (que llamamos Saturno) y que el comienzo de la disolución es el signo de la conjunción de las dos materias [...] Oh, hijo mío, tu tienes ya, por la gracia de Dios, un elemento de nuestra piedra, que es la cabeza negra, la cabeza de cuervo, que es el fundamento y la llave de todo el magisterio, sin los cuales no tendrías éxito jamás. Morien se expresa en el mismo sentido y dice:[2] Sabed, sin embargo, oh magnífico rey, que en este magisterio, nada está animado, nada nace y nada crece si no es después de la negrura de la putrefacción y después de haber sufrido, por un combate natural, la alteración y el cambio. Lo que ha hecho decir al sabio, que toda la fuerza del magisterio es después de la podredumbre.
Nicolás Flamel,[3] que ha empleado la alegoría del dragón, dice también: Al mismo tiempo la materia se disuelve, se corrompe, ennegrece y concibe para engendrar; porque toda corrupción es generación y siempre se debe desear esta negrura... En verdad quien no vea esta negrura durante los primeros días de la piedra, cualquier otro color que vea falla completamente en el magisterio y no lo puede acabar con ese caos; pues no trabaja bien, si no pudre nada. Basilio Valentín en el trazo de sus doce llaves; Ripley en sus doce puertas, en fin, y todos los otros filósofos que sería muy largo citarlos a todos. Habiendo observado los antiguos que la disolución se hacía por la humedad y la putrefacción o al ser el negro su Saturno, tenían la costumbre de poner un tritón sobre el templo de este hijo del Cielo y de la Tierra, y se sabe que Tritón tenía relación inmediata con Nereo. Maier[4] nos asegura que las primeras monedas fueron acuñadas bajo los auspicios de Saturno y que llevaban como impresión una oveja y un barco, lo que haría alusión al Toisón de oro y a la nave Argo.
Los autores que han pretendido que Hércules no empleó la violencia para robar las manzanas de oro sino que las recibió de manos de Atlas, sin duda no han puesto atención a lo que la fábula dice claramente que hizo para tener éxito, matar este dragón espantoso que guardaba la entrada del jardín. Hércules usó la violencia matando al dragón, en el sentido y de la manera que hemos dicho; se puede decir también que recibió las manzanas de la mano de Atlas, en cuanto a que este pretendido rey de Mauritania no significa otra cosa que la roca en la cual fue cambiado, es decir, la roca o la piedra de los filósofos de la cual se forma el oro de los sabios, que algunos filósofos han llamado fruto del Sol o manzanas de oro.
¿Pero qué razón tenían los filósofos antiguos y modernos para tener que figurar las manzanas de oro? Esta idea debe de venir bastante naturalmente a un hombre que hace que los filones de las minas se extiendan bajo tierra, más o menos como las raíces de los árboles. Las substancias sulfurosas y mercuriales se reencuentran en los poros y en las venas de la tierra y de las rocas, se coagulan para formar los minerales y los metales, así como la tierra y el agua impregnadas de diferentes sales fijas y volátiles concurren en el desarrollo de los gérmenes y el crecimiento de los vegetales. Esta alegoría de los árboles metálicos está, pues, tomada de la naturaleza misma de las cosas. Casi todos los filósofos herméticos han hablado de estos árboles minerales. Los unos se han explicado de una manera, los otros de otra, pero de modo que todos coinciden en tocar el mismo punto. El grano fijo –dice Flamel–[5] es como la manzana y el mercurio es el árbol, no es preciso, pues, separar el fruto del árbol antes de su madurez, porque podría llegarle una falta de alimento [...] Es preciso transplantar el árbol, sin quitarle el fruto, a una tierra fértil, grasa y muy noble, que suministrará más alimento al fruto en un día que la primera tierra no le hubiera proporcionado en cien años, a causa de la continuada agitación de los vientos. La otra tierra, estando cerca del Sol, perpetuamente calentada por sus rayos y abrevada sin cesar por el rocío, ha hecho vegetar y crecer abundantemente el árbol plantado en el jardín filosófico. Alguien señaló que aunque haya relación de esta alegoría de Flamel con la del jardín de las Hespérides, la del Cosmopolita es aún más precisa. Neptuno –dice éste–[6] me condujo a una pradera en medio de la cual había un jardín plantado de diversos árboles muy notables. Me mostró siete entre los otros que tenían sus nombres particulares y me hizo notar dos de estos siete, mucho más bellos y más elevados, uno llevaba frutos que brillaban como el sol y sus hojas eran como de oro, el otro producía frutos de una blancura que sobrepasa a la del lis, y sus hojas se parecían a la plata más fina. Neptuno llamó al primero árbol solar y al otro árbol lunar. Otro autor ha intitulado su tratado sobre esta materia, arbor solaris. Se encuentra en el sexto tomo del Teatro Químico.
Tras una relación tan palpable ¿se podría persuadir uno de que estas antiguas y modernas alegorías no tenían el mismo objeto? Y si en efecto no lo tuvieran, ¿cómo se podría concebir que los filósofos herméticos al haberlas empleado para explicar sus operaciones, o la materia del magisterio, estén entre ellas tan conformes?
Puede ser que se diga que no son los poetas que han puesto sus fábulas en los filósofos sino que son estos últimos que han tomado sus alegorías en las fábulas de los poetas. Pero si las cosas fueran así y los poetas sólo hubieran tenido a la vista la historia antigua, o la moral, ¿cómo es que la composición de todas las circunstancias de las hazañas aportadas por los poetas y las circunstancias de casi todas las fábulas se encuentran apropiadas para explicar alegóricamente todo lo que pasa sucesivamente en las operaciones de la obra? Y ¿cómo se puede explicar una con la otra? Si no hubieran más que una o dos fábulas que pudieran referirse a ello, se podría decir quizás que torturándolas a la manera de los mitólogos atraídos por la historia o la moral, se les podría hacer venir a la gran obra tanto para bien como para mal, pero no hay una sola de las antiguas fábulas egipcias y griegas que no se pueda explicar con las mismas circunstancias, que parecen las menos interesantes para los otros mitólogos, y que son tan necesarias en mi sistema; es un argumento que nuestros mitólogos deberían de tomarse el trabajo de resolver.
Sin embargo Orfeo y los antiguos poetas no se han propuesto describir alegóricamente el seguimiento entero de la obra en cada fábula y también muchos filósofos herméticos sólo han descrito la parte que más les llamaba la atención. Uno ha tenido la intención de hacer alusión a lo que pasa en la obra del azufre; otro en las operaciones del elixir, un tercero ha hablado de la multiplicación. Algunas veces, para despistar, estos últimos han entremezclado las operaciones de una y otra obra. Es lo que los vuelve tan ininteligibles para aquellos que no saben hacer esta distinción; también es lo que hace que se encuentren a menudo aparentes contradicciones en sus obras, cuando se compara a unos con otros. Por ejemplo, un filósofo hermético que habla de las materias que entran en la composición del elixir, dice que son necesarias muchas y el que habla de la composición del azufre, que sólo se precisa una. Tienen razón los dos, es suficiente para acordarlos poner atención en que no hablan de la misma circunstancia de la obra. Esto contribuye a confirmar la idea de contradicción que se les atribuye, y es que la descripción de las operaciones a menudo es la misma en la una y en la otra, pero aún tienen razón en esto, puesto que Morien, uno de entre ellos, nos asegura como muchos otros filósofos, que la segunda obra, a la que llama disposición, es totalmente parecida a la primera en cuanto a las operaciones.
Se deben juzgar las fábulas de la misma manera. Los trabajos de Hércules tomados separadamente, no hacen alusión a todos los trabajos de la obra, pero la conquista del Toisón de oro la encierra enteramente. Es por lo que se ven reaparecer muchas veces en esta última ficción, hechos muy diferentes entre ellos en cuanto a los lugares y las acciones, pero que, tomados en el sentido alegórico, significan la misma cosa. Al no ser, los lugares por los cuales era natural que los argonautas pasaran para volver a su país, los más apropiados para expresar lo que Orfeo tenía a la vista, ha figurado otros que no han existido jamás, o ha figurado que pasaban por lugares conocidos, pero que les sería imposible encontrar en su ruta natural. Éste señala el lugar para los otros, como veremos en lo que sigue. La propiedad que Midas había recibido de Baco, de cambiar en oro todo lo que tocaba, sólo es una alegoría de la proyección o transmutación de los metales en oro. El arte nos proporciona todos los días en el reino vegetal ejemplos de transmutación que prueban la posibilidad de la de los metales. ¿No vemos que con sólo un pequeño esqueje tomado de un buen árbol y que injertado en un arbolillo silvestre, lleva frutos de la misma especie que los del árbol de donde el esqueje ha sido sacado? ¿Por qué el arte no lo conseguiría en el reino mineral, proporcionando también un esqueje metálico al silvestre de la naturaleza, y trabajando con ella? La naturaleza emplea un año entero en hacer producir a un manzano, hojas, flores y frutos. Pero si a principios de Diciembre antes de las heladas, se corta de un manzano una pequeña rama en fruto y se pone en agua, en una estufa, se verá en pocos días retoñar hojas y flores. ¿Qué hacen los filósofos? Ellos toman una rama de su manzano hermético, lo meten en su agua y en un lugar moderadamente cálido, y les da flores y frutos a su tiempo. La naturaleza, pues, ayudada por el arte abrevia la duración de sus operaciones ordinarias. Cada reino tiene sus procedimientos, pero los que la naturaleza usa para uno justifica los del otro, porque siempre actúa por una vía simple y derecha; el arte la debe imitar, pero emplea diversos medios cuando se trata de llegar a puntos diferentes. La fábula de las Hespérides es una prueba de que el filósofo hermético debe consultar a la naturaleza, trabajar e imitar sus procedimientos en sus operaciones, si quiere, como Hércules, salir airoso al robar las manzanas de oro. Es en este mismo jardín que fue cogida la manzana, primera simiente de la guerra de Troya. También Venus tomó allí las que hizo presentar a Hipómenes para detener a Atalanta en su carrera. Explicaremos esta última fábula en el siguiente capítulo y nos reservamos la otra para el sexto libro.

[1] . Sinesio, De la Obra de los Sabios.
[2] . Morien, Conversación del Rey Calid.
[3] . Flamel, Explicación de las Figuras Jeroglíficas.
[4] . Michael Maier, Arcana Arcaníssima, lib. 2.
[5] . Flamel, op. cit.
[6] . El Cosmopolita, Parábola.

viernes, mayo 11, 2007

El Robo de las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (3)

La entrada del jardín de los filósofos está guardada por el dragón de las Hespérides, dice Espagnet.[1] Lo que hay de remarcable es que este dragón era hijo de Tifón y Equidna, en consecuencia hermano de aquel que guardaba el Toisón de oro, hermano de aquel que devoró a los compañeros de Cadmo, de aquel que estaba tras los bueyes de Gerión, del Cerbero, de la Esfinge, de Quimera y de tantos otros monstruos de los que hablaremos en su lugar. Sin embargo todos estos acontecimientos han pasado en países bien diferentes y en tiempos bien alejados unos de otros. ¿Cómo estarían tan de acuerdo los inventores de estas ficciones y habrían figurado precisamente la misma cosa en circunstancias parecidas sin tener el mismo objeto en vistas?
Para saber la naturaleza de estos monstruos es preciso conocer la de su padre común. Considerando a Tifón como un príncipe de Egipto, no era posible que se le pudiera observar como padre de estos monstruos, por más explicación que se quisiera imaginar. Se han visto, pues, obligados a confesar que todo esto sólo eran ficciones. Es suficiente leer la teogonía de Hesíodo para convencerse de ello. La genealogía que hace de Tifón, de Equidna y de sus hijos, no es susceptible de ninguna explicación histórica, por lo menos que fuera un poco verosímil. No es así en el caso de una explicación filósofo-hermética. Se ve en Tifón a un espíritu activo, violento, sulfuroso, ígneo, disolviendo bajo la forma de un viento impetuoso y envenenado de tal manera que lo destruye todo. Se reconoce en Equidna un agua corrompida, mezclada con una tierra negra, hedionda, bajo la descripción de una ninfa de ojos negros. De tales padres no podrían ser engendrados otra cosa que monstruos, y monstruos de la misma naturaleza que ellos, es decir, una Hidra de Lerna, engendrada en un pantano, dragones vomitando fuego, porque son de una naturaleza ígnea como Tifón, finalmente la peste y la destrucción de los lugares que habitaban, para señalar su virtud disolvente, resolutiva y la putrefacción que le sigue. Es de allí que los filósofos herméticos, de acuerdo con los poetas, han sacado sus alegorías. Es el dragón Babilónico de Flamel,[2] los dos dragones del mismo autor, el uno alado como los de Medea y de Ceres, el otro sin alas, como aquel de Cadmo, del Toisón de oro, de las Hespérides, etc. Es también el dragón de Basilio Valentín,[3] y de tantos otros que sería muy largo mencionar.
Algunos químicos han creído ver estos dragones en las partes arsenicales de los minerales y en consecuencia las han considerado como la materia de la piedra de los filósofos. Filaleteo ha confirmado a muchos en esta idea, por lo que dice respecto a esto en su entrada abierta al palacio cerrado del rey, en el capítulo investigación del magisterio, en el cual parece designar claramente al antimonio; pero Artefio, Sinesio y muchos otros filósofos se contentan con decir que esta materia es un antimonio, porque tiene sus propiedades. Es preciso advertir que el arsénico, los vitriolos, los atramentos, el bórax, los alumbres, el nitro, las sales, los grandes, los medios y los bajos minerales y los metales solitos, dice el Trevisano,[4] no son la materia requerida para el magisterio. En vano, pues, los sopladores atormentan estas materias mediante el fuego y el agua para hacer la obra hermética, no encontrarán más que ceniza, humo, trabajo y miseria: Pues los filósofos que hablan de ello –añade el mismo autor– o han querido engañar o no estaban en el caso cuando han trabajado en ello o a penas lo han descrito bien cuando lo han hecho.
A penas se puede ver una descripción, o más bien un cuadro pintado con los colores más vivos que aquel que Apolonio hace de los dragones de las Hespérides expirando.[5] Ladus –dice– esta serpiente que guardaba aún ayer las manzanas de oro, de las que las ninfas Hespérides tenían tan gran cuidado, este monstruo, traspasado por los disparos de Hércules, está tendido al pie del árbol, la extremidad de su cola se mueve aún, pero el resto de su cuerpo está sin movimiento y sin vida. Las moscas aparecen en tropel sobre su negro cadáver, para chupar la sangre corrompida de sus heridas y la hiel amarga de la hidra de Lerna de la que las flechas estaban teñidas. Las Hespérides desoladas por este triste espectáculo apoyaban sobre sus manos su rostro cubierto de un velo blanco tirando hacia amarillo y lloraban lanzando lamentables gritos. Si la descripción de Apolonio complace, por la belleza del cuadro representado, a aquellos que no están en el caso del objeto de esta alegoría, ¿cómo no habría de satisfacer a un filósofo hermético que ve allí, como en un espejo, lo que pasa en el vaso de su arte durante y tras la putrefacción de la materia? Este Ladus, serpiente terrestre que guardaba las manzanas de oro y que las ninfas alimentaban, está tendido muerto, atravesado por las flechas. Es como si se dijera: Esta masa terrestre y fija, tan difícil de disolver y que por esta razón guardaba obstinadamente y con cuidado la simiente aurífica o el fruto de oro que ella encerraba, se encuentra hoy disuelta por la acción de las partes volátiles. La extremidad de su cola se mueve aún pero el resto de su cuerpo está sin movimiento y sin vida; las moscas se reúnen en tropel sobre su negro cadáver para chupar la sangre corrompida de sus heridas; es decir, al poco de que la disolución sea perfecta, la putrefacción y el color negro ya aparecen, las partes volátiles circulan en gran número y volatilizan con ellas las partes fijas disueltas. Las ninfas desoladas lloran y se lamentan con la cabeza cubierta con un velo blanco amarillento. La disolución en el agua se produce, estas partes acuosas volatilizadas recaen en gotas como lágrimas y la blancura empieza a manifestarse. El retrato y el poder que Virgilio otorga a la sacerdotisa de las Hespérides nos anuncian precisamente las propiedades del mercurio de los filósofos. Es el que nutre al dragón filosófico, es el que hace retrogradar a los astros, es decir, que disuelve a los metales y los reduce a su primera materia. Es el que hace salir a los muertos de sus tumbas, o que, tras haber hecho caer a los metales en putrefacción, llamada muerte, los resucita haciéndoles pasar del color negro al blanco llamado vida, o volatilizando el fijo, puesto que la fijeza es un estado de muerte en el lenguaje de los filósofos y la volatilidad es un estado de vida, encontraremos una infinidad de ejemplos del uno y del otro en esta obra.
Pero sigamos esta fábula en todas estas circunstancias. Hércules va a consultar a las ninfas de Júpiter y de Temis, que tenían su morada en un antro en la orilla del río Eridan, conocido hoy bajo el nombre de Po en Italia. Ε”ρις ίδ, quiere decir disputa, debate. Al comienzo de la obra las partes acuosas mercuriales excitan una fermentación, en consecuencia un debate, he aquí las ninfas del río Eridan. Estas ninfas eran en número de cuatro, a causa de los cuatro elementos, de los que los filósofos dicen que su materia es como el resumen quintaesenciado por la naturaleza, según sus pesos, sus medidas y sus proporciones, que el artista o Hércules debe tomar como modelos. Es por lo que son llamadas ninfas de Júpiter y de Temis. Ahora bien, como un artista debe consultar la naturaleza,[6] e imitar sus operaciones para tener éxito en las del arte hermético, todos los filósofos convienen en ello y aseguran así mismo que se trabajaría en vano si no es así. Geber y los otros dicen que todo hombre que ignora la naturaleza y sus procedimientos no llegará jamás al fin que se propone, si Dios o un amigo no se lo revelan todo. Y aunque Basilio Valentín[7] dice: Nuestra materia es vil y abjecta y la obra, que se conduce solamente por el régimen del fuego, es fácil de hacer [...] Tú no tienes necesidad de otras instrucciones para saber gobernar tu fuego y construir tu horno, como aquel que tiene la harina a penas tarda en encontrar un horno y nada le impide cocer el pan. El Cosmopolita nos dice también[8] que cuando los filósofos aseguran que la obra es fácil deberían de añadir, para aquellos que la saben. Y Pontano[9] nos enseña que él ha estado más de doscientas veces trabajando sobre la verdadera materia, porque ignoraba el fuego de los filósofos. El obstáculo es, pues, 1º: encontrar esta materia, y es sobre ésta que Hércules va a consultar a las ninfas, que lo envían a Nereo el más antiguo de los dioses, según Orfeo, hijo de la tierra y del agua, o del Océano y de Tetis; el mismo que predijo a Paris la ruina de Troya y que fue padre de Tetis, madre de Aquiles. Homero[10] lo llama el anciano, y su nombre significa húmedo. He aquí, pues, esta materia tan común, tan vil, tan despreciada. Cuando Hércules se presentó a él no pudo reconocerlo y tener razón de él, porque lo encontraba cada vez bajo una nueva forma, pero al fin lo reconoció y lo apresó con tanto ahínco que le obligó a declararlo todo. Estas metamorfosis están tomadas de la naturaleza misma de esta materia, que Basilio Valentín,[11] Haimon[12] y muchos otros dicen no tener ninguna forma determinada, pero que es susceptible de todas, que se vuelve aceite en la nuez y la oliva, vino en la uva, amargo en el ajenjo, dulce en el azúcar, veneno en un sujeto, tríaca en el otro.
Hércules vio a Nereo bajo todas estas formas diferentes; pero no era bajo éstas que quería verlo. Hizo, pues, tanto que al fin lo descubrió bajo esa forma, que no presenta nada de gracioso ni de especificado, tal como es la materia filosófica. Es pues, necesario tener a Nereo como recurso, pero como no es suficiente haber encontrado la materia verdadera y próxima de la obra, para llegar a su fin, Nereo envió a Hércules a Prometeo, que había robado el fuego del Cielo para hacer partícipes a los hombres, es decir, el fuego filosófico, que da la vida a esta materia, sin el cual no se podría hacer nada. Prometeo siempre fue considerado como el titán ígneo, amigo del Océano. Tenía un altar común con Palas y Vulcano, porque su nombre significa previsor, juicioso, lo que conviene a Palas, diosa de la sabiduría y de la prudencia, y porque el fuego de Prometeo era lo mismo que Vulcano. También se ha querido señalar con ello la prudencia y la dirección que él da a un artista para dar a este fuego el régimen conveniente.
Este titán juicioso indujo a Júpiter a destronar a Saturno, su padre; Júpiter siguió sus consejos y tuvo éxito. Pero sin embargo se creyó en el deber de castigarlo por el robo que había hecho y lo condenó seguidamente a ser atado a una roca del monte Taurus y a que un buitre le devorara el hígado sin cesar, sin embargo de manera que su hígado renacía a medida que el buitre lo devoraba. Mercurio estuvo encargado de esta expedición y el suplicio duró hasta que Hércules, por agradecimiento, mató al buitre, o al águila según algunos, y lo liberó. Como esta fábula forma un episodio y se encuentra explicada en otro lugar de esta obra, sólo diremos dos palabras. Prometeo o el fuego filosófico es aquel que opera todas las variaciones de los colores que la materia toma sucesivamente en el vaso. Saturno es el primero o el color negro, Júpiter es el gris que le sucede. Es pues, por el consejo y la ayuda de Prometeo que Júpiter destrona a su padre, pero este titán robó el fuego del Cielo y fue castigado. Este fuego robado es aquel que es innato en la materia. Ella ha sido impregnada de él como por atracción, le ha sido infundido por el Sol y la Luna, sus padre y madre, según la expresión de Hermes:[13] su padre es el Sol y su madre la Luna; es lo que ha hecho que se le de el nombre de fuego celeste. Prometeo es seguidamente atado a una roca ¿no es como si se dijera que este fuego se concentra y se ata a la materia que empieza a coagularse en piedra tras el color gris y que esto se hace mediante la operación del mercurio de los filósofos? La parte volátil que actúa sin cesar sobre la parte ígnea y fijada, por así decirlo, ¿podría estar mejor designada que mediante un águila o un buitre y este fuego concentrado mediante el hígado? Estos pájaros son carnívoros y voraces, el hígado es, por así decirlo, el asiento del fuego natural en los animales. El volátil actúa, pues, hasta que el artista, ya que Hércules es su símbolo, haya matado a esta águila, es decir, fijado el volátil.
Estos colores que se suceden son los dioses y los metales de los filósofos, a los que han dado los nombres de los siete planetas. El primero de los principales es el negro, el plomo de los sabios o Saturno. El gris que viene después está atribuido a Júpiter y lleva su nombre. El color de la cola de pavo real a Mercurio, el blanco a la Luna, el amarillo a Venus, el rojizo a Marte y el púrpura al Sol; así mismo han llamado reino al tiempo que dura cada color. Tales son los metales filosóficos y no los vulgares, a los cuales los químicos han dado los mismos nombres. Hagamos una reflexión respecto a esto. Un compuesto de dos cosas, la una acuosa y volátil, la otra terrestre y fija, al ser puesto en el vaso, si sobreviene una fermentación y una disolución, aparecerán los colores o se sucederán o se manifestarán mezclados como los de la cola del pavo real o del arco iris.
He aquí el origen de las fábulas y cómo una ficción de esta especie puede ser variada al infinito por una o más personas de ingenio, entonces las fábulas son multiplicadas en extremo. De ahí tantas obras alegóricas compuestas sobre la teoría y la práctica del arte hermético.

[1] . Espagnet, La Obra secreta de la Filosofía de Hermes, can. 52.
[2] . Flamel, Deseo deseado.
[3] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves. 3ª llave
[4] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.
[5] . Apolonio, Argonáuticas, lib. 4, v. 1400 y ss.
[6]. Cosmopolita, Prefacio en Enigma Filosófico.
[7] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves.
[8] . El Cosmopolita, Nueva Luz Química.
[9] . Pontano, Epístolas.
[10] . Homero, Ilíada, lib. 18, v. 36.
[11] . Basilio Valentín, Las Doce Llaves.
[12] . Haimon, Epístolas.
[13] . Hermes, Tabla de Esmeralda.