lunes, abril 30, 2007

El Toisón de Oro, su explicación (3)

Orfeo o el inventor de este relato del viaje de los argonautas, había realizado la obra, por lo que no le fue difícil indicarles por medio de Fineo la ruta que debían de tomar y lo que debían de hacer seguidamente, el sabio y prudente piloto Orfeo también los condujo al son de su guitarra y les dijo lo que les era preciso hacer para librarse de los peligros que les amenazaban, las Sirtes, las Sirenas, Escila, Caribdis, las rocas Cianeas y los otros escollos. Estas dos últimas son dos montones de rocas en la entrada de Ponto-Euxino, de una figura irregular, de la cual una parte está del lado de Asia y la otra de Europa y que sólo hay entre ellas, según Estrabón,[1] un espacio de veinte estadios. Los antiguos decían que estas rocas eran móviles y que se aproximaban para engullir a los barcos, por lo que les fue dado el nombre de Simplégades, que significa que chocan entre sí. Estos dos escollos eran suficiente para sorprender a nuestros héroes, el retrato que les había hecho Fineo de ellos hubiera sido capaz de intimidarles si al mismo tiempo no les hubiera enseñado cómo debían sortearlos. Lo cual era soltar una paloma hacia el lado de allá y si volvía al de aquí sólo tenían que continuar su ruta, sino era así debían de tomar la determinación de volverse. Se puede alabar al inventor de esta ficción la atención que ha tenido de no omitir casi ni una sola circunstancia remarcable de lo que pasa en el progreso de las operaciones. Cuando el color negro empieza a esclarecer, la materia se reviste de un color azul oscuro, que participa del negro y del azul; estos dos colores, aunque distintos entre ellos, parecen sin embargo a una cierta distancia formar un violeta. Es por lo que Flamel dice:[2] He hecho tomar el campo donde están estas dos figuras azuladas y azul para mostrar que la materia no hace más que empezar a salir de la negrura muy negra. Pues el azulado y azul es uno de los primeros colores que nos deja ver la obscura hembra, es decir, la humedad cediendo un poco al calor y a la sequedad... Cuando la sequedad domine todo será blanco. Puede que en esta descripción no veamos las rocas Cianeas, pero su mismo nombre Κυάνειος o Κυάιος designa un color azul negrura. Antes de atravesarlas, es preciso hacer pasar una paloma por encima de ellas, es decir, volatilizar la materia, es el único medio, sin él no se puede salir airoso.
Más allá de las rocas Cianeas nuestros héroes hubieron de dejar a la derecha Bitinia, tocar solamente la isla Thirea y atracar en las Mariandinos. Las tumbas de los paflagonios, sobre los que Pélope había reinado antes, los cuales se halagan de ser descendientes suyos, no están lejos de allí, les dice Fineo.[3] Tenía razón, puesto que la materia entonces saca el color negro, designado allí por Pélope de πελος, niger (negro) y de όψ, oculus (ojo). Es también este color el que viene de la putrefacción, del que los filósofos han tomado ocasión, dice Flamel, de alegorizarlo mediante las tumbas, dándole este mismo nombre.
En el lado opuesto hacia la osa mayor se elevaba en el mar una montaña llamada Carambim, debajo de la cual el Aquilón excitaba las tormentas. Abraham el judío ha empleado este símbolo para significar la misma cosa, lo que se encuentra en sus figuras jeroglíficas, restituidas por Flamel:[4] En la otra cara del cuarto folio, pintaba una bella flor en la cima de una montaña muy alta a la que el Aquilón zarandeaba muy rudamente. Tenía el pie azul, las flores blancas y rojas, las hojas relucientes como el oro fino, y en su entorno dragones y grifos aquilonianos hacían sus nidos y moradas. No lejos de allí, continúa Apolonio, el pequeño río Iris hace correr sus aguas plateadas, y va a lanzarse al mar. Después de haber pasado la desembocadura del Termodón, las tierras de los Cálibes, donde todos son obreros del hierro, y el promontorio de Júpiter el hospitalario, descenderéis a una isla deshabitada, en la cual cazaréis todos los pájaros que hay allí, en gran número. Encontraréis un templo que las amazonas Otrera y Antíope han hecho construir en honor a Marte, tras su expedición. Os conjuro que no faltéis allí, pues se os presentará del mar una cosa de un valor inexpresable. En el otro lado habitan los filiaros, por encima los macrones, después los buzaros y al fin llegaréis a Cólquide. Pasaréis allí por el territorio citaico que se extiende hasta la montaña del Amaranto, después por las tierras que riega el Fasis, en cuya desembocadura veréis el palacio de Aetes y la selva de Marte, donde está suspendido el Toisón de oro.
He aquí toda la ruta que les indica Fineo, y es justo que les asegure no haber olvidado nada.[5] Después del color negro viene el gris al cual sucede el blanco o la plata, la Luna de los filósofos, Fineo lo indica con las aguas plateadas del pequeño río Iris y señala la cualidad ígnea con el río Termodón. Después del blanco aparece el color del robín de hierro, al que los filósofos llaman Marte. Fineo lo designa con la morada de los Calibes, obreros del hierro, con la isla y el templo de Marte, levantado por las amazonas Otrera y Antíope, es decir, por la acción de las partes volátiles sobre el fijo, que se ha de reconocer al término de la expedición que había precedido. Hizo cazar en esta isla a todos los pájaros, es decir, que es preciso fijar todo lo que es volátil, pues cuando la materia ha adquirido el color de la herrumbre está absolutamente fija, y sólo le falta fortificarse en color; es por lo que Fineo dice que pasaran por el territorio citaico, o el color de la flor de la granada, que conduce al monte Amaranto. Se dice que el amaranto es una flor de color púrpura y que es una especie inmortal. Es el color que indica la perfección de la piedra o del azufre de los filósofos. Todos estos colores están anunciados en pocas palabras por Espagnet:[6] Tres especies de muy bellas flores han de ser buscadas y encontradas en el fondo de ese jardín de los sabios, las violetas el lis blanco y el amaranto púrpura e inmortal. Las violetas se encuentran en la entrada. El río dorado que las riega les hace tomar el color del zafiro; la industria y el trabajo hacen encontrar seguidamente el lis, al cual sucede insensiblemente el amaranto. ¿No se reconoce en estas pocas palabras todo el viaje de los argonautas? ¿Qué les quedaba por hacer? Era preciso entrar en el río Fasis o el que lleva el oro, y entrar en la ciudad del mismo nombre, donde los hijos de Frixo acogieron a nuestros héroes; Jasón fue llevado ante Eetes, hijo del Sol, quien había desposado a la hija del Océano, de la que había tenido a Medea. Así pues, el hijo del Sol es el poseedor de este tesoro y su nieta le facilitó los medios de adquirirlo, es decir, que la preparación perfecta de los principios materiales de la obra ya está acabada, el artista ha logrado la generación del hijo del Sol de los filósofos. Pero son tres los trabajos necesarios para acabar toda la obra, el primero está representado por el viaje de los argonautas a Cólquide, el segundo es el que Jasón hizo para apoderarse del Toisón de oro y el tercero, el retorno a su patria.

[1] . Estrabón, lib. 7.
[2] . Flamel, loc. cit.
[3] . Apolonio, Argonautas, lib. 2, vers. 356.
[4] . Flamel, Explicación de las Figuras... prólogo, p. 11.
[5] . Apolonio, lib.2, vers. 392.
[6] . La obra secreta de la Filosofía de Hermes, Canon, 53.

domingo, abril 29, 2007

El Toisón de Oro, su explicación (2)

Según Apolonio, Fineo era hijo de Agenor y tenía su morada sobre una costa opuesta a Bitinia. El abad Banier dice que era hijo de Fénix, rey de Salmidese, sin enseñarnos de dónde descendía este Fénix. Sería muy difícil que Fineo hubiera vivido hasta el tiempo de los argonautas y así mismo que fuera encontrado en Tracia, pues debían de haber transcurrido dos siglos, según el cálculo del mismo abad Banier, después de Agenor hasta la guerra de Troya, por consiguiente, según él, Fineo tendría entonces al menos 165 años. Si lo llama nieto de Agenor por Fénix, este mitólogo no estará menos equivocado, puesto que dice,[1] según Higinio,[2] que Fénix se estableció en África, cuando buscaba a su hermana Europa. Fineo era ciego, lo que ha sido añadido para indicar la negrura llamada noche y tinieblas, puesto que es siempre de noche para un ciego. Las harpías sólo lo atormentaron después de que Neptuno le hubo quitado la vista, es decir, que el agua mercurial hubo ocasionado la putrefacción. Estos monstruos, símbolos de las partes volátiles, tenían alas y figura de mujer, para remarcar su ligereza, puesto que, según un antiguo: ¿Quid levius fumo? Flamen. Quid flamine? Ventus. Quid vento? Mulier. Quid mulier? Nihil. Cuando se dice que Fineo era adivino, es que la negrura, siendo la llave de la obra, anuncia el logro al artista, éste al conocer la teoría del resto de las operaciones, ve todo lo que ocurrirá a continuación
Para convencer al lector de la justicia y verdad de las explicaciones que acabo de dar, es suficiente que le muestre lo que dice Flamel respecto a esto,[3] verá a estas harpías bajo el nombre de dragones alados; la infección y el hedor que producían sobre los manjares de Fineo y finalmente su fuga. Podrá compararlo con los retratos que Virgilio[4] y Ovidio[5] hacen de ello, concluirá que el nombre de dragón les conviene perfectamente: La causa por la que he pintado estos dos espermas en forma de dragón, es que su pestilencia es tan grande, como la de los dragones, y que las exhalaciones que suben por el matraz son oscuras, negras, azules y amarillentas, tal como están pintados los dos dragones; ciertamente su fuerza y la de los cuerpos disueltos es tan venenosa que no existe en el mundo mayor veneno. Ya que por su fuerza y pestilencia es capaz de mortificar y matar todo lo vivo. El filósofo jamás puede oler esta pestilencia, si no rompe sus vasos, pero la reconoce al ver los cambios de los colores procedentes de la putrefacción de sus confecciones. [...] Al mismo tiempo, la materia se disuelve, se corrompe, ennegrece y concibe para engendrar, porque toda corrupción es generación. Siempre se ha de desear esta negrura. Es también la vela negra con el que el navío de Teseo volvió victorioso de Creta, y fue la causa de la muerte de su padre; así pues, es necesario que el padre muera para que de las cenizas del Fénix renazca otro, y que el hijo sea rey. En verdad, quien no vea esta negrura en el inicio de sus operaciones, durante los días de la piedra, aunque vea cualquier otro color, falla por completo en el magisterio, y no podrá terminarlo con ese caos. Ya que no se trabaja bien si no hay putrefacción, puesto que si no hay putrefacción no se corrompe, ni se engendra nada y, por consiguiente, la piedra no puede tomar vida vegetativa para crecer y multiplicarse. Y ciertamente, te digo nuevamente, que aún cuando tú mismo trabajes sobre las verdaderas materias, si al principio, tras haber puesto las confecciones en el huevo filosófico, es decir, algún tiempo después de que el fuego las haya irritado, no ves la cabeza del cuervo negro de un negro muy negro, tendrás que volver a empezar. [...] Así, pues, quienes no consigan estas señales esenciales, que se retiren pronto de las operaciones, para evitar una pérdida segura. [...] Un poco más tarde, el agua empieza a engordarse y a coagularse como si fuera una pez muy negra, y finalmente se vuelve cuerpo y tierra, que los envidiosos han llamado tierra fétida y pestilente. Ya que entonces, a causa de la perfecta putrefacción que es natural como las otras, esta tierra es pestilente y exhala un olor parecido al relente de los sepulcros repletos de podredumbre y de osamentas aún cargadas de humor natural. Esta tierra ha sido llamada por Hermes la tierra de las hojas, no obstante su verdadero y más apropiado nombre es el de letón que después se debe blanquear. Los antiguos sabios cabalistas la han descrito en las metamorfosis bajo la historia de la serpiente de Marte que había devorado a los compañeros de Cadmo, quien la mató atravesándola con su lanza contra un roble hueco. Fíjate bien en este roble.
No se puede tener más dichoso presagio en los cuarenta primeros días, que esta negrura o Fineo ciego, es decir, la materia que en la primera obra había adquirido el color rojo y tanto esplendor y gloria, que había merecido los nombres de Fénix y de Sol, se encuentra al comienzo de la segunda, oscurecida, eclipsada y sin luz, lo que no podría expresarse mejor que por la pérdida de la vista. Fineo había recibido, dicen, el don de profecía de Apolo, porque Fineo era él mismo el Apolo de los filósofos en la primera obra o la primera preparación. Flamel dice positivamente que lo que acabo de referir debe de entenderse de la segunda operación.[6] Así, pues, pinto aquí dos cuerpos, uno de macho y otro de hembra para enseñarte que en esta segunda operación tienes verdaderamente, pero aún no perfectamente, dos naturalezas conjuntas y casadas, la masculina y la femenina, o mejor los cuatro elementos.
[1] . Banier, tomo 3, p. 67.
[2] . Higinio, Fab. 178.
[3] . Flamel, Explicaciones de las Figuras. Cap. 4.
[4] . Alado cuerpo, rostros virginales; arroja el seno vil vestigio inmundo; corvas manos y pies, garfios rampantes; pálidos siempre de hambre los semblantes. Virgilio, Eneida, lib.3.
[5] . Grande caput, stantes oculi, rostra apta rapinis, Canicies pennis, unguibus humus inest. Nocte volant cunis córpora rapta fuis. Ovidio, Fast. Lib. 6.
[6] . Flamel, Las Figuras Jeroglíficas, cap. 4.

sábado, abril 28, 2007

El Toisón de Oro, su explicación (1)

Sigamos ahora a Jasón en su expedición. Primeramente aborda Lemnos, ¿por qué? Dice que es para volverse favorable a Vulcano. ¿Qué aporta y qué relación tiene el dios del fuego con Neptuno, dios del mar? Si el poeta hubiera querido hacernos entender que el relato que nos dio era, en efecto, el de una expedición por mar, ¿habría caído en un desprecio tan grosero? Sin duda que no ignoraba que era al dios del agua al que había de dirigir sus ruegos. Pero era necesario que fuera Vulcano el que se volviera favorable, porque el fuego es absolutamente necesario ¿y qué fuego? un fuego de corrupción y de putrefacción. Los argonautas reconocieron sus efectos en Lemnos, allí encontraron mujeres que exhalaban un olor hediondo e insoportable. Tal es el de la materia filosófica cuando cae en la putrefacción. Toda putrefacción al ser ocasionada por la humedad y el fuego interno que actúa en ella, no podría significarse mejor que mediante las mujeres, que en el estilo hermético son su símbolo. Morien dice[1] que el olor de la materia es parecido a la de los cadáveres, y algunos filósofos han dado a la materia en este estado el nombre de Asafétida (licor fétido). La matanza que estas mujeres hicieron con sus maridos, significa la disolución del fijo por la acción del volátil, comúnmente designado por las mujeres. La volatilización está indicada más particularmente en esta circunstancia del viaje de los argonautas, por Toas, que viene de Θοός céler (ágil, ligero, vivo, activo), Θοάζω celeriter, moveo, (mover o agitar rápidamente). Y por su hija Hipsípila cuyo nombre significa, la que ama las alturas. Es así como el abad Banier y otros muchos otros la nombran siempre, pero Homero[2] y Apolonio[3] la llaman Hipsípila ύψιπύλεια (de las alturas). Lo que conviene también a la parte volátil de la materia, que se eleva hasta la entrada del vaso donde la embocadura está sellada y cerrada como una puerta tapiada y bien clausurada.
Los argonautas se recrearon en esta isla y parecían haber olvidado el motivo de su viaje, pero Hércules los despertó de este adormecimiento y los determinó a desistir de esta estancia.[4] A penas hubieron dejado la orilla, los tirrenos se les enfrentaron en un combate sangriento donde todos fueron heridos y Glauco desapareció. Es el combate del volátil y del fijo, al cual sucede la negrura precedida del color azul. Los filósofos dan también los nombres de noche y tinieblas, a esta negrura.
Los argonautas atracaron en cierta isla y erigieron un altar de pequeñas piedras[5] en honor de la madre de los dioses o Cibeles, dindimena, es decir, la Tierra. Titio y Mercurio, que habían socorrido y favorecido a nuestros héroes, no fueron olvidados. Esto tenía su razón. Cuando la materia empieza a fijarse se cambia en tierra, que se convierte en la madre de los dioses herméticos. En el estado de negrura es Saturno, el primero de todos. Cibeles o Rea su esposa es esta primera tierra filosófica, que se convierte en madre de Júpiter o del color gris que esta tierra toma. Titio era este gigante célebre, hijo de Júpiter y de la ninfa Elara, que Júpiter ocultó en la tierra para sustraerlo de la ira de Juno. Homero dice, Titio hijo de la tierra misma: Y vi a Titio el nacido de Gea, la gloriosa, tendido en el suelo. (Odisea, lib. XI, vers. 575.) Como el volumen de la tierra filosófica aumenta siempre a medida que el agua se coagula y se fija, los poetas han figurado que Titio siempre iba creciendo, de manera que se hizo grande y enorme. Se dice que quiso atentar contra el honor de Latona, madre de Apolo y de Diana que lo mataron a flechazos. Es decir que esta tierra filosófica que no está aún absolutamente fijada y que está designada por Latona, como veremos en el libro siguiente, se vuelve fija, cuando la blancura, llamada Diana o Luna de los filósofos, y la rojez o Apolo aparecen. En cuanto a los honores a Mercurio, se le hacen con razón, puesto que es uno de los principales agentes de la obra. Apolonio sólo pone a estos tres dioses como protectores y guías de los argonautas,[6] en efecto, en esta circunstancia de la obra no hay más que tres cosas, la tierra, el hijo de esta tierra y el agua o Mercurio.
Después de que nuestros héroes hubieron recorrido las costas de la pequeña Misia y de la Troada, se detuvieron en Bebricia, donde Pólux mató a Ámico quien le había desafiado en combate, es decir, que la materia empieza a fijarse después de la volatilización designada por el combate. Aún está más particularmente indicada por las harpías, que tenían las uñas largas y las alas de bronce, cazadas por Calais y Zetes hijos de Bóreas, pues los filósofos dan el nombre de bronce o latón o letón a su materia en este estado: Blanquead el Latón y romped los libros, para que no se rompan vuestros corazones.[7] Después de dejar Bebricia, los argonautas atracaron en el país donde Fineo, adivino y ciego, hijo de Agenor, era molestado sin cesar por estas harpías. Le arrebataban los alimentos que le servían y ensuciaban los que le dejaban. Volatilizar es arrebatar. Calais, que es el nombre de una piedra, y Zetes las cazaron y las confinaron en la isla Plote, es decir, la que flota o que nada, porque la materia al coagularse forma una isla flotante como la de Delos, donde Latona dio a luz a Diana. Basilio Valentín alude a los dos hijos de Bóreas en estos términos[8]: Dos vientos deben entonces soplar sobre la materia, uno llamado Vulturnus o viento de Oriente, el otro Notus o viento del Mediodía (Sur). Estos vientos han de soplar sin descanso hasta que el aire se haya vuelto agua; entonces tened confianza y contad con que lo espiritual se volverá corporal, es decir, que las partes volátiles se fijarán. Todos los nombres dados a las harpías expresan algo volátil y tenebroso, según Brochart, Occipeté, que vuela; Celeno, obscuridad, nube; Aello, tempestad; de donde se concluye que significan saltamontes. Eran hijas de Neptuno y de la tierra, es decir, de la tierra y del agua mercurial de los filósofos. Se llamaba con razón a las harpías hermanas de Iris, puesto que Iris no es otra cosa que los colores del arco iris, que aparecen sobre la materia después de su putrefacción, cuando empieza a volatilizarse.
[1] . Morien, Conversación del Rey Calid.
[2] . Homero, Ilíada, lib.7, vers. 469.
[3] . Apolonio, Argonautas, lib. 1, vers. 637.
[4] . Apolonio, ibid. Vers. 864.
[5] . Apolonio, Ibid. Vers. 1123 y ss.
[6] . Apolonio, lib. 1, vers. 1125.
[7] . Morien y casi todos los Adeptos.
[8] . Basilio Valentín, Las 12 llaves, llave 6.

El Toisón de Oro, es una fábula

Vayamos a la cosa misma. ¿Se puede considerar como una historia verdadera, un acontecimiento que parece haber sido imaginado sólo para divertir a los niños? ¿Se persuadirá a la gente sensata de que se haya construido un barco de robles parlantes; que los toros arrojaban torbellinos de fuego por la boca y las narices; que de los dientes del dragón sembrados en un campo labrado, nacen hombres armados que se matan unos a otros por una piedra que fue lanzada en medio de ellos, y en fin, tantas otras cosas que son puerilidades sin excepción en todas las circunstancias de esta célebre expedición? Y ¿hay alguna que no sea señalada en extremo de fábula, e incluso de fábula mal concertada y muy insípida si no se la considera desde un punto de vista alegórico? Sin duda es lo que ha impresionado a los que han considerado este relato como una alegoría tomada de las minas que se suponía que había en la Cólquide. Estos se han aproximado más a la verdad, y más aún los que la han interpretado como el libro de pergamino que contenía la manera de hacer el oro. Pero ¿cuál es el hombre que para un tal objeto querría exponerse a los peligros que Jasón superó? ¿De qué utilidad podrían serles los consejos de Medea, sus ungüentos, su agua, sus fármacos encantados, su medalla del Sol y de la Luna, etc...? ¿Qué relación tenían los bueyes vomitando fuego, un dragón guardián de la puerta y los hombres armados que salen de la tierra, con un libro escrito en pergamino, donde el oro era recogido con los toisones (pieles) de las ovejas? ¿Era pues necesario que Jasón (que significa medicina) fuera educado para ésta bajo la disciplina de Quirón? ¿Qué relación tendría el rejuvenecimiento de Esón hecho por Medea después de esta conquista?
Sé que los mitólogos se han esforzado en dar explicaciones a todas estas circunstancias. Se ha explicado el carro de Medea, arrastrado por dos dragones, como de un barco llamado dragón y cuando se ha podido salir airoso de ello al dar un sentido, aunque forzado, se ha creído haber cortado el nudo de la dificultad diciendo con el abad Banier:[1] aún y así es una ficción privada de todo fundamento, ¡dichoso recurso! ¿Se podía imaginar uno más propio en hacer desaparecer todo lo que se encuentra de dificultoso para un mitólogo? ¿Pero es eso capaz de contener a un hombre sensato, que debe pensar naturalmente que los autores de estas ficciones tenían sin duda sus razones para introducir todas estas circunstancias? Casi todas las explicaciones dadas por los mitólogos o no aportan nada, o son imaginadas para eludir las dificultades.
Es pues, evidente que debe considerarse el relato de la conquista del Toisón de oro como una alegoría. Examinemos cada cosa en particular. ¿Qué fue Jasón? Su nombre, su educación y sus acciones lo anuncian suficientemente. Su nombre significa medicina, y curación. Se le pone bajo la disciplina de Quirón, el mismo que tomó también a su cuidado la educación de Hércules y de Aquiles, dos héroes, de los cuales uno se mostró invencible en la guerra de Troya y el otro fue para liberar la tierra de los monstruos que la infectaban. Así Jasón tuvo dos maestros, Quirón y Medea. El primero le dio las primeras instrucciones y la teoría y el segundo le guió en la práctica mediante sus asiduos consejos. Sin sus ayudas un artista no tendría éxito jamás y caería de error en error. El detalle que Bernardo Trevisano y Denis Zachaire[2] hacen de ello sería capaz de hacer perder a un artista la esperanza de llegar al fin de la práctica de este arte, si no dieran al mismo tiempo las advertencias necesarias para evitarlos.
Jasón era de la raza de los dioses. Pero ¿cómo ha podido ser enseñado por Quirón, si Saturno, padre de éste y Fílira su madre no han existido en persona? Se dice que Medea, esposa de Jasón era nieta del Sol y del Océano e hija de Aetes, hermano de Pasifae y de Circe la encantadora. Aquí vemos que tales parientes convenían perfectamente a Jasón, para todas las circunstancias y acontecimientos de su vida. Todo lo suyo tiene algo de divino, hasta los mismos compañeros de su viaje. Hay muchas cosas a considerar en esta ficción. La nave Argo fue construida, según algunos, sobre el monte Pelión, de los robles parlantes de la selva de Dodona, o al menos pusieron uno allí que sirvió de mástil, ya sea en la popa o en la proa. Palas o la Sabiduría presidió su construcción. Según algunos autores, Orfeo fue designado como piloto junto con Tifis y Anceo. Los argonautas llevaron este navío sobre sus espaldas durante doce días a través de los desiertos de Libia. Jasón estaba al abrigo de la nave Argo cuando se derrumbó de vieja, fue aplastado y pereció bajo sus ruinas. La nave finalmente fue puesta en el rango de los astros.
Todas estas cosas, indican evidentemente que Orfeo fue el constructor y el piloto, es decir, que este poeta se declara él mismo como autor de esta ficción y que emplazó la nave en el rango de los astros a fin de conservar mejor su memoria para la posteridad. Si la gobernó al son de su lira, es para dar a entender que compuso la historia en versos que cantaba. La construyó siguiendo los consejos de Palas, porque Minerva o Palas era considerada como la diosa de las ciencias y que, como se dice, no se ha de empeñar uno en querer rimar sin el consentimiento de Minerva. El roble que se empleó en la construcción de esta nave, es el mismo que aquel contra el cual Cadmo mató la serpiente que había devorado a sus compañeros, es este roble hueco al pie del cual fue plantado el rosal de Abraham el judío del que habla Flamel,[3] el mismo que rodeaba la fuente del Trevisano,[4] y aquel del que Espagnet hace mención en el canon 114 de su tratado. Es preciso pues, que este tronco de roble esté hueco, lo que ha hecho darle el nombre de nave (vaso). Se ha figurado también que Tifis fue uno de los pilotos, porque el fuego es el conductor de la obra, pues Τύφω, fumum excito in flammo (el humo sale de la llama). Se le dio a Anceo como ayudante, a fin de indicar que el fuego debe ser el mismo que el de una gallina que incuba, como dicen los filósofos, pues Anceo viene de άγκάς, ulnae (codo, antebrazo).

[1] . Banier, Mitología, t.3, p. 259.
[2] . El Trevisano, Filosofía de los Metales. Zachaire, Opúsculo.
[3] . En el quinto folio, había un hermoso Rosal florecido en medio de un bello jardín, enroscado contra un roble hueco, de cuyos pies borboteaba una Fuente de agua muy blanca, que iba a precipitarse a los abismos... Flamel, Explicación de las Figuras Jeroglíficas (prólogo).
[4] . Una noche aconteció que debía de estudiar para disputar al día siguiente: encontré una pequeña fuente bella y clara rodeada toda ella de una bella piedra. Y esta piedra estaba debajo de un viejo roble hueco. He aquí la fuente de Cadmio y el roble hueco contra el cual horadó al Dragón. El Trevisano, Filosofía de los Metales, 4 parte.

viernes, abril 27, 2007

La Conquista del Toisón de Oro (2)

Cuando todo estuvo dispuesto para el viaje la tropa de los héroes se embarcó y un viento favorable se puso en la vela; en primer lugar abordaron en Lemnos, a fin de que Vulcano se volviera favorable. Se dice que las mujeres de esta isla habían faltado el respeto a Venus y esta diosa, para castigarlas, les adhirió un olor tan insoportable que las volvió despreciables a los hombres de esta isla. Las lemnianas irritadas tramaron asesinarlos a todos durante el sueño. Sólo Hipsípila conservó la vida a su padre Thoas, que por entonces era rey de la isla. Jasón adquirió los favores de Hipsípila y tuvieron hijos.
Al salir de Lemnos, los tirrenos les libraron un sangriento combate, donde todos estos héroes fueron heridos, excepto Glauco que desapareció y fue puesto entre el número de los dioses del mar.[1] De allí volvieron hacia Asia, recogieron a Marsias, a Cios y a Cícico, en Iberia, seguidamente se detuvieron en Bebricia, que era el antiguo nombre de Bitinia, si se ha de creer a Servio.[2] Amico, que reinaba allí, tenía la costumbre de desafiar en combate celta a los que llegaban a su país. Pólux aceptó el desafío y lo hizo morir bajo sus golpes. Después de aquello nuestros viajeros llegaron, a las Sirtes de Libia, por donde se va a Egipto. El peligro que tenía atravesar estas Sirtes fue que Jasón y sus compañeros tuvieron que tomar la resolución de llevar su barco sobre sus espaldas durante doce días a través del desierto de Libia, al cabo de los cuales, habiendo encontrado el mar, la pusieron a flote.
Fueron también a visitar a Fineo, príncipe ciego y atormentado sin cesar por las harpías, de las que fue liberado por Calais y Zetes, hijos de Bóreas, los cuales tenían alas. Fineo, adivino y más clarividente con los ojos del espíritu que con los del cuerpo, les indicó la ruta que debían de tomar. Les dijo: primero debéis abordar las islas Cianeas, (que algunos han llamado Simplégades, donde hay escollos flotantes que entrechocan). Estas islas arrojan mucho fuego, pero evitaréis el peligro enviando allí una paloma. De allí pasaréis a Bitinia y dejaréis de lado la isla Tiniade. Veréis Mariandinos, Aquerusa, la ciudad de los enetas, Carambim, Halim, Iris, Temiscira, la Capadocia, las Cálibes y llegaréis finalmente al río Fasis, el cual riega la tierra de Circe, y de allí a Cólquide donde está el Toisón de oro.
Antes de llegar allí los argonautas perdieron a su piloto Tifis y pusieron a Anceo en su lugar. Por fin toda la tropa desembarcó sobre las tierras de Aetes, hijo del Sol y rey de Colcos, quien les otorgó una amable acogida. Pero como era extremadamente celoso del tesoro que poseía y puesto que había sido informado del motivo que allí le traía, cuando Jasón apareció ante él, simuló consentir de buena gana en concederle su demanda, pero lo puso al corriente de los obstáculos que se oponían a sus deseos. Las condiciones que le prescribió eran tan duras que hubieran sido capaces de hacer desistir a Jasón en su empeño. Pero Juno que quería a Jasón, convino con Minerva que haría que Medea se enamorarse de este joven príncipe a fin de que, mediante el arte de los encantamientos del que esta princesa estaba perfectamente instruida, lo sacara de los peligros a los que se expondría para tener éxito en su empresa. En efecto, Medea tomó un tierno afecto por Jasón le ensalzó el coraje y le prometió todas las ayudas que dependieran de ella, con tal de que él se comprometiera a darle su palabra de matrimonio.
El Toisón de oro estaba suspendido en la selva de Marte, rodeado de un gran muro y sólo se podía entrar allí por una sola puerta guardada por un horrible dragón, hijo de Tifón y de Equidna. Jasón debía de poner bajo el yugo a dos toros, presente de Vulcano, que tenían los pies y los cuernos de bronce y que echaban torbellinos de fuego en llamaradas por la boca y las narices, engancharlos a un arado, hacerles labrar el campo de Marte y sembrar allí los dientes del dragón que antes debería haber matado. De los dientes de este dragón sembrados debían nacer hombres armados, los cuales era preciso exterminar hasta el último y el Toisón de oro sería la recompensa de su victoria. Jasón tomó de su amante cuatro remedios para salir airoso. Ella le dio un ungüento del que se untó todo el cuerpo, para preservarse del veneno del dragón y del fuego de los toros. El segundo era una composición somnífera que adormecería al dragón en cuanto Jasón se la echara en la boca. El tercero era un agua límpida para apagar el fuego de los toros; y el cuarto una medalla sobre la cual estaban representados el Sol y la Luna.
Al día siguiente Jasón, provisto de todo esto, se presentó ante el dragón, le echó la composición encantada en la boca este y se adormeció, se durmió, se hinchó y reventó. Jasón le cortó la cabeza y le arrancó los dientes. A penas había terminado que los toros vinieron hacia él, arrojando una lluvia de fuego. Se libró echándoles su agua límpida. Se amansaron al instante, Jasón los aparejó y los puso bajo el yugo, labró el campo y sembró los dientes del dragón. Al momento vio salir a los combatientes, pero siguiendo los buenos consejos de Medea, se alejó un poco, les lanzó una piedra que los puso furiosos, volvieron sus armas los unos contra los otros y se mataron todos. Jasón libre de todos estos peligros corrió a coger el Toisón de oro, volviendo victorioso a su barco y partió con Medea para volver a su patria.
Tal es el resumen de la narración de Orfeo, o si se quiere, de Onomácrito.
El relato de Apolonio de Rodas y el de Valerio Flaco no difieren casi nada de la de Orfeo, pero muchos antiguos han añadido allí circunstancias que es inútil repetir. Los que han leído a estos autores habrán visto que Medea salvándose con Jasón, asesinó a su hermano Absirto, lo cortó en pedazos y esparció sus miembros por el camino, para retrasar el paso de su padre y de los que la perseguían; que habiendo llegado al país de Jasón rejuveneció a Esón, padre de su amante e hizo muchos otros prodigios. Habrán leído que Frixo atravesó el Helesponto sobre un carnero, llegó a Colcos y sacrificó este carnero a Mercurio, quien doró el Toisón y luego fue suspendido en la selva de Marte; y finalmente, que de todos los que pretendieron la ayuda de Medea Jasón fue al único que la consiguió, sin la cual no hubiera podido salir airoso.
[1] . Pausis en Atenas, lib.7, c. 12.
[2] . Servio, Sobre el 5º libro de la Enéida, v. 373.

jueves, abril 26, 2007

La Conquista del Toisón de Oro (1)

Lo que prueba la antigüedad de esta fábula es que Homero hace dos menciones en el libro 12 de la Odisea.
Para dar una idea justa de esta ficción, se habría de tomar la cosa desde su origen, explicar cómo este pretendido Toisón de oro fue llevado a la Cólquide y recorrer toda la historia de Atamas (o Atamante), de Ino, de Néfele y de Frixo, de Learco y de Melicertes, pero como tendremos ocasión de hablar de ello en el cuarto libro, explicando los juegos ístmicos, sólo entraremos en el detalle de esta expedición según lo que Orfeo y Apolonio han referido.
Jasón tuvo por padre a Esón, a Creteo por abuelo a Eolo por bisabuelo y a Júpiter por trisabuelo. Su madre fue Polimede, hija de Autólico, aunque otros dicen que fue Alcímeda lo que convendría igualmente para el fondo de la historia, según mi sistema. Tiro hija de Salmoneo, educada por Creteo, hermano de aquel, gustó a Neptuno y tuvo a Neleo y Pelias; luego se desposó con Creteo su tío, del que tuvo tres hijos, Esón, Feres y Amitaón. Creteo conquistó la ciudad de Yolco y la hizo capital de sus estados y al morir dejó la corona a Esón.
Pelias, a quien Creteo no le había dado ningún establecimiento, pues no le pertenecía, se volvió poderoso mediante intrigas y destronó a Esón. Entre tanto Jasón vino al mundo, Pelias se inquietó por ello pues cogió celos de él, y buscó por todos los medios hacerlo morir. Pero Esón y su esposa habían adivinado los malvados deseos del usurpador, y llevaron al joven Jasón, que entonces se llamaba Diomedes, al antro de Quirón, hijo de Saturno y de la ninfa Fílira, que habitaba sobre el monte Pelión, y le confiaron su educación. El centauro era tenido como el hombre más sabio y el más hábil de su tiempo. Jasón aprendió allí la medicina y las artes útiles para la vida. Este joven príncipe, al llegar a la edad varonil, se introdujo en la corte de Yolco, tras haber ejecutado punto por punto todo lo que el oráculo le había predicho. Pelias no dudó de que Jasón había adquirido mucho el favor del pueblo y de los grandes. Se volvió más celoso, y buscando un pretexto honesto para deshacerse de él, le propuso la conquista del Toisón de oro, persuadido de que Jasón no rehusaría una ocasión tan favorable de adquirir gloria. Pelias, que conocía todos los riesgos, pensó que moriría en el intento. Por su lado Jasón presintió todos los peligros que iba a correr, sin embargo la proposición fue de su gusto y su gran coraje no le permitió negarse a aceptarla.
Lo dispuso todo y siguiendo los consejos de Palas, hizo construir un barco al cual le puso un mástil hecho de un roble parlante de los de la selva de Dodona. Este barco fue llamado Argo, los autores no están de acuerdo sobre el motivo que hizo nombrarlo así. Apolonio, Diodoro de Sicilia, Servio y algunos otros pretenden que este nombre le fue dado porque Argos propuso el diseño, incluso se varía mucho sobre este Argos, los unos le toman por el mismo que Juno empleó para la vigilancia de Io, hijo de Arestor; pero Meziriac quiere que se lea en Apolonio de Rodas, hijo de Alector, en lugar de hijo de Arestor. Sin entrar en detalle de los diferentes pensamientos respecto a la denominación de este barco, lo que se puede ver en muchos autores, diré solamente que fue construido de madera del monte Pelión, según la opinión de los antiguos. Ptolomeo Efestión dice, en relación a Fotius, que Hércules fue el constructor. En cuanto a la forma de este barco, los autores no están muy de acuerdo entre ellos. Unos dicen que era largo, otros que redondo, aquellos que tenía veinticinco remos a cada lado, estos que tenía treinta, pero en general se conviene en que no estaba hecho como los barcos ordinarios. Orfeo y los más antiguos autores que han hablado, no han dicho nada de esta forma, todo lo que los otros aportan sólo está fundado en conjeturas.
Todas las circunstancias de esta pretendida expedición sufren contradicción. Se varía sobre el jefe y sobre el número de los que le acompañaban. Algunos aseguran que Hércules fue el primero en ser escogido como jefe y que Jasón no lo fue hasta después de que Hércules hubiera sido abandonado en la Troade, donde descendió a tierra para ir a buscar a Hilas. Otros pretenden que no tuvo ninguna parte en esta empresa, pero el pensamiento más común es que se embarcó con los argonautas. En cuanto al número de estos, no se puede establecer nada como cierto, puesto que unos autores nombran a los que otros no mencionan. Se cuentan comúnmente cincuenta, todos de origen divino. Unos hijos de Neptuno, otros de Mercurio, de Marte, de Baco, de Júpiter. Se puede ver los nombres y la historia resumida en el tomo tercero de la mitología del abad Banier, página 211 y ss, donde lo explica todo conforme a sus ideas, y decide, como es común en él, rechazar lo que no puede ajustar. Admite, por ejemplo, en el número de los argonautas a Acasto, hijo de Pelias y a Neleo, hermano de éste. Aparentemente, si esta expedición fuera un hecho verdadero, y se supone que Pelias era perseguidor y enemigo jurado de Jasón y el mismo Pelias no quiso embarcar a su sobrino en esta peligrosa expedición, porque pensaba que su pérdida sería segura ¿por qué dio permiso a Acasto para acompañarlo, él que buscaba hacer perecer a Jasón para conservar la corona para este hijo suyo? No faltarían razones para rechazar otras tantas que este erudito mitólogo admite basándose en otros autores; sería fácil probar que no podían encontrarse allí, según el sistema de este mismo erudito, pero ello provocaría una discusión que no entra en nuestro plan.

lunes, abril 23, 2007

Alegorías de relación evidente con el Arte Hermético




Nunca un país fue tan fértil en fábulas como Grecia. Las cuales había recibido de Egipto, y como estas no le eran suficientes inventó un número infinito de ellas. Los egipcios sólo reconocían como dioses a Osiris, Isis y Horus, pero multiplicaron los nombres, viéndose por ello obligados a multiplicar las ficciones históricas. De allí vinieron doce dioses principales, Júpiter, Neptuno, Marte, Mercurio, Vulcano, Apolo, Juno, Vesta, Ceres, Venus Diana y Minerva, seis machos y seis hembras. Sólo estos doce, considerados como grandes dioses, fueron representados en estatuas de oro. Después se imaginaron otros, a los que se les dio el nombre de semi-dioses, que no eran conocidos en el tiempo de Herodoto, o al menos no hace mención de ellos bajo este título. Sus figuras eran esculpidas en madera, en piedra o en arcilla.
El mismo Herodoto dice,[1] que los egipcios fueron los primeros en poner estos doce nombres y que los griegos los recibieron de ellos.
Según Diodoro de Sicilia los primeros griegos que pasaron a Egipto fueron, Orfeo, Museo, Melampo y los otros, de los que hemos hablado en el libro precedente. De allí sacaron los principios de la filosofía y de las otras ciencias y los llevaron a su país, donde los enseñaron de la misma manera que los habían aprendido, es decir, bajo el velo de las alegorías y de las fábulas. Orfeo encontró allí el sujeto de sus himnos sobre los dioses y sus orgías.[2] Que estas solemnidades tienen su origen en Egipto es un hecho en el que convienen igualmente los mitólogos como los anticuarios y no es necesario probarlo. Este poeta introdujo en el culto de Dioniso las mismas ceremonias que se observaban en el culto de Osiris. Las de Ceres se relacionaban con las de Isis. Es el primero en hacer mención del castigo a los impíos, de los campos Elíseos y da nacimiento al uso de las estatuas. Figuró que Mercurio estaba destinado a conducir las almas de los difuntos y se hizo imitador de los egipcios en una infinidad de otras ficciones.
Cuando los griegos vieron que Psamético protegía a los extranjeros y que podían viajar a Egipto sin riesgo de su vida o de su libertad, fueron allí en gran número, los unos para satisfacer su curiosidad sobre las maravillas que habían aprendido de este país, los otros para instruirse. Orfeo, Museo, Lino, Melampo y Homero pasaron por allí sucesivamente. Estos cinco junto con Hesíodo fueron los propagadores de las fábulas en Grecia, mediante los poemas y las ficciones que expandieron. Sin duda estos grandes hombres no habrían adoptado y expandido con sangre fría tantas aparentes absurdidades si al menos no hubieran sospechado que tenían un sentido oculto y un objeto real envuelto en tinieblas. ¿Habrían querido, maliciosamente o por burla, engañar a los pueblos? Y si pensaban seriamente que estos personajes eran dioses, a los que debían presentar como modelos de perfección y de conducta ¿les habrían atribuido toda clase de adulterios, incestos, parricidios y tantos otros crímenes? El tono en el que Homero habla de ellos es suficiente para dar a entender cuales eran sus ideas al respecto.
Es, pues, muy probable que sólo presentaran estas ficciones como símbolos y alegorías, pues quisieron volver más sensible, personificando y deificando, los efectos de la naturaleza. En consecuencia asignaron un oficio particular a cada uno de estos personajes deificados, reservando solamente el imperio universal del Universo a un sólo y único verdadero Dios. Orfeo se explica muy claramente respecto a eso, diciendo que todos ellos no son más que una misma cosa comprendida bajo diversos nombres. Estos son los términos: El mensajero –interpreta Cilenio– está en todos. Las ninfas son el agua; Ceres, los granos; Vulcano es el fuego; Neptuno el mar; Marte la guerra; Venus la paz; Themis la justicia; Apolo, tirando sus flechas, es lo mismo que el Sol radiante, ya sea que este Apolo esté considerado como actuando desde lejos o desde cerca, ya sea como divino, augusto como el dios de Epiduro que cura las enfermedades. Todas estas cosas no son más que una aunque tengan muchos nombres.
Hermesianax dice que Plutón, Perséfone, Ceres, Venus y los amores, los tritones, Nerea, Tetis, Neptuno, Mercurio, Juno, Vulcano, Júpiter, Pan, Diana y Febo son el mismo dios. Todos los oficios de la naturaleza se volvieron dioses entre sus manos, pero dioses sometidos a un sólo Dios supremo, según lo que habían aprendido en Egipto. Estos diferentes atributos de la naturaleza concernían sin embargo a efectos particulares, ignorados por el pueblo y conocidos solamente por los filósofos.

Si algunas de estas ficciones tuvieron al Universo en general por objeto, no se negará que el mayor número de ellas eran una aplicación particular, y muchas tan especialmente determinadas, que podrían engañar fácilmente. Es suficiente pasar revista a las principales, para poder juzgar a las otras. Hablaré pues, en primer lugar de la expedición del Toisón de oro; de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides y algunas otras que manifiestan muy claramente que la intención de los autores de estas ficciones era de velar allí los misterios del arte hermético.
Orfeo es el primero que ha hecho mención de la expedición del Toisón de oro, si se quieren admitir las obras de Orfeo como pertenecientes a las primeras de los poetas griegos, pero yo no entro en la discusión de los eruditos, que estas obras sean verdaderas o supuestas, poco me importa, me es suficiente que hayan partido de una pluma muy antigua, sabia y sean referentes a los misterios de los egipcios y de los griegos. San Justino en su Parenet, Lactancio y san Clemente de Alejandría, en su discurso a los gentiles, hablan en este tono. Este poeta ha dado a esta ficción un aire de historia que hace que nuestros mitólogos modernos la consideren como tal, a pesar de la imposibilidad en que se encuentran al querer ajustar las circunstancias. Más bien lo han intentado y han preferido encallarse que ver el sentido oculto y misterioso que presenta y que el mismo autor ha manifestado tan visiblemente citando, en el transcurso de esta ficción, algunas otras de sus obras, a saber, un tratado de las pequeñas piedras y otro del antro de Mercurio como fuente de todos los bienes. Es fácil ver de qué Mercurio pretende hablar, puesto que lo presenta como siendo parte del objetivo que se propone Jasón en la conquista del Toisón de oro.

[1] . Herodoto, Euterpe, c. 50, 1ª parte.
[2] . Banier, Mitología, t. 2, p. 273.

domingo, abril 22, 2007

Las Colonias Egipcias (3)

Todo espíritu que no quiera permanecer tercamente en su prejuicio debe ver en lo que hemos dicho cuál era el objeto de estos misterios. La magnificencia de los reyes de Egipto, que si creemos a Plinio[1] hicieron levantar estas maravillas del mundo a fin de emplear sus inmensas riquezas, es una prueba bien palpable del arte hermético. Semiramis hizo levantar en Babilonia un templo en honor a Júpiter en lo alto del cual emplazó tres estatuas de oro, una de este dios, la segunda de Juno y la tercera de la diosa Ops. La de Júpiter, según Diodoro, subsistía aún en su tiempo, tenía 40 pies de altura y pesaba mil talentos Babilónicos. La estatua de Ops, del mismo peso, se ve aún en la sala dorada. Dos leones, añade este autor, y serpientes de plata de un grosor enorme están emplazadas a su lado. Cada figura es de un peso de treinta talentos. La diosa tiene en la mano derecha una cabeza de serpiente y en la izquierda un cetro de piedra. En la misma sala se encuentra también una tabla de oro de 40 pies de longitud, 12 de largo y 50 talentos de peso. La estatua de Juno es de 800 de peso.
Diodoro y los otros historiadores aportan muchas de las cosas que prueban las inmensas riquezas de los egipcios y de los babilonios, y que sacaron su origen mediante Belus. Pero lo que habría de sorprender a estos historiadores y a todos los que vieron la estatua de Ops es su actitud y sus atributos. Yo querría que nuestros eruditos me explicaran ¿por qué se había puesto un cetro de piedra en una de las manos de esta diosa y una serpiente en la otra? ¿Se pone cetros de piedra a una estatua de oro? Una tal idea pasaría por ridícula a los ojos de los que no ven en ello nada alegórico, pero si se toma herméticamente, es natural representar a la diosa Ops así, porque el oro de los filósofos es llamado piedra y su mercurio serpiente. Ops o la tierra, que era la materia, tenía estos dos símbolos en la mano para indicar que contenía estos dos principios del arte. Y como este arte era la fuente de las riquezas, Ops fue considerada como diosa. Así mismo la cosa se ve más particularmente designada al poner junto a Ops dos leones y dos serpientes, puesto que los filósofos emplean ordinariamente la alegoría de estos animales para significar los principios materiales de la obra durante el curso de las operaciones. Júpiter y Juno, hermano y hermana, esposo y esposa, se encontraban en esta sala con su abuela y ante ellos una tabla de oro común a los tres, porque salen de un mismo principio aurífico, del cual se extraen dos cosas, una humedad aérea y mercurial y una tierra fija ígnea, que reunidas sólo son una y misma cosa llamada oro hermético, común a los tres porque está compuesto de ellos, y el verdadero remedio del espíritu, del que hemos hablado, al cual Diodoro da el nombre de Nepentes, porque está hecho de la pretendida hierba que tiene este nombre, de la que Homero[2] dice que en Egipto se compone un remedio que hace olvidar todos los males y conduce al hombre a una vida exenta de dolor y melancolía, propiedades tan alabadas en el oro hermético. El mismo poeta añade que este remedio era el de Helena, hija de Júpiter, la que ocasionó la guerra de Troya. Veremos las razones de ello en el sexto libro. El origen egipcio del remedio y de la manera de hacerlo es una prueba, que Homero nos da de paso, de que él estaba instruido en la naturaleza de este remedio, de sus propiedades y del lugar donde estaba en boga. Él ha podido, pues, tomarlo como objeto de su alegoría de la toma de la ciudad de Troya, donde, al menos, lo habría tomado de una guerra y de un asedio real para formar una alegoría de la gran obra, como lo probaremos comentando todas las circunstancias de este asedio.
Si bien Homero, para dar un aire de verosimilitud a su ficción, ha introducido nombres de ciudades y de pueblos existentes, y se ve obligado a declarar que conoce Ítaca, las Cimerias, la isla de Calipso y muchas otras cosas que hay en sus obras ¿Dónde se vio jamás a los arimaspes, los isedones, los hiperbóreos, los acéfalos, etc.? Pero se convendrá en que las fábulas tienen su origen en Egipto y Fenicia, es pues por las que se declamaban en aquellos países, que se ha de juzgar a las otras, al menos las más antiguas.
No pienso encontrar contradicciones sobre este artículo ¿pero no se convendrá conmigo en que todos los monumentos de los que he hablado son una prueba convincente de que el arte hermético era conocido y practicado entre los egipcios? Los eruditos por poco de acuerdo que estén entre ellos, han fortificado mediante sus obras el prejuicio que nació en el relato de antiguos historiadores. Se ha creído que estando más cerca que nosotros de esos tiempos oscuros, lo mejor que se puede hacer es seguir el camino que ellos han trazado, persuadidos de que estaban en el caso de todo esto. Sin embargo se sabe, y lo dicen los mismos antiguos, que los sacerdotes de Egipto guardaban un secreto inviolable sobre el verdadero significado de sus jeroglíficos, pero no se ha reflexionado mucho sobre eso. Se trataría pues, de desnudarse de todo prejuicio respecto a ello, examinar las cosas sin prevención y comparar las explicaciones que los anticuarios o los mitólogos han dado de los jeroglíficos y de las fábulas egipcias con las que yo he dado, y juzgar seguidamente sobre la verdad de unas y de otras. Por este método se encontrará uno en estado de decidir si la moral, la religión, la física y la historia han suministrado materia a estas fábulas y a estos jeroglíficos o si no es más simple darles un sólo y único objeto, así como un secreto tan precioso y de una tan gran consecuencia como puede ser aquel que conserva a la humanidad en todo el estado perfecto del que es susceptible, procurándole las fuentes de riquezas y de salud.

[1] . Plinio, lib. 26, cap. 12.
[2] . Homero, Odisea, lib. 4, v. 221 y ss.

sábado, abril 21, 2007

Las Colonias Egipcias (2), historia de Cadmo

Cadmo era originario de Tebas en Egipto. Cuando fue enviado a la búsqueda de su hermana por Agenor su padre, rey de Fenicia, se encontró expuesto a una furiosa tempestad, que le obligó a atracar en Rodas, donde erigió un templo en honor de Neptuno cuyo servicio se confió a los fenicios que dejó en esta isla. Ofreció a Minerva un vaso de cobre muy bello de forma antigua, sobre el cual había una inscripción que decía que la isla de Rodas sería asolada por las serpientes. Sólo esta inscripción indica que toda esta historia es una alegoría del arte sacerdotal. Pues ¿por qué ofreció a Minerva un vaso antiguo de cobre? Se hubiera debido suponer que Cadmo habría vivido en tiempos muy remotos. ¿Cuál podría ser, pues, la antigüedad de este vaso? Parece ser que es preciso tener en consideración la materia y no la forma. Esta materia es la tierra de Rodas o la tierra roja filosófica que debe ser asolada por las serpientes, es decir, disuelta por el agua de los filósofos, que a menudo es llamada serpiente. Cadmo al corriente de estos misterios no tuvo ningún esfuerzo en predecir esta devastación. El presente de un vaso antiguo de cobre ¿era de una tan gran consecuencia que mereció ser presentado a la diosa de la sabiduría? El oro y las pedrerías habrían sido más dignos de ella. Pero sin duda había en ello un misterio encerrado, es necesario un vaso de cobre, pero no del vulgar, sino de bronce filosófico, que los favoritos de Minerva, los sabios filósofos, llaman comúnmente latón o letón. Blanquead el latón, dice Morien,[1] y romped vuestros libros. El azot y el latón os son suficientes.
Toda la historia de Cadmo será siempre considerada como una pura fábula, que parecerá ridícula a todo hombre razonable si no la entiende conforme a la química hermética. En efecto ¿Qué idea es la de seguir un buey de diferentes colores, construir una ciudad donde el buey se detuvo, enviar a sus compañeros a una fuente, donde fueron devorados por un horrible dragón, hijo de Tifón y Equidna, dragón que seguidamente fue muerto por Cadmo, que le arrancó los dientes, los sembró en un campo como se siembra el grano, de donde nacieron unos hombres que atacaron a Cadmo y que al fin por una piedra que tiró entre ellos se destruyeron unos a otros sin que quedara uno solo? Más adelante en esta obra probaremos que esta historia es una alegoría siguiendo todo lo que pasa en el curso de las operaciones de la obra filosófica.
El abad Banier[2] dice que Cadmo llevó a Grecia los misterios de Baco y Osiris. La fábula nos enseña sin embargo que Baco era nieto de Cadmo. Es verdad que este mitólogo introduce a otro Baco, hijo de Semele a fin de ajustar su historia pero ¿sobre qué fundamento? ¿es lícito introducir de su propia cosecha nuevos personajes para sortear las dificultades? Cuando Orfeo transportó a Grecia las fábulas egipcias las vistió a la manera griega y supuso un Dioniso, que no difiere en nada del Osiris de los egipcios y del Baco de los latinos, pero este Dioniso u Osiris era célebre en Egipto mucho antes de que fuera cuestión lo de Cadmo. Es por lo que los egipcios se burlaban de los griegos, cuando les oían decir que Dioniso había nacido entre ellos.
Otros atribuyen a Melampo la institución de las ceremonias del culto a Dioniso en Grecia, la historia de Saturno y la guerra de los titanes. Se dice que Dédalo fue el arquitecto del famoso vestíbulo del templo levantado en Menfis en honor de Vulcano. Pero los griegos, dice Diodoro, habiendo aprendido las historias y las alegorías de los egipcios, inventaron otras sobre estos modelos. En efecto, los poetas y los teólogos del paganismo parecen haber copiado estas fábulas de Egipto, llevadas a Grecia por Orfeo, Museo, Melampo y Homero. Los legisladores han formado sus leyes sobre las de Licurgo; los príncipes de las sectas filosóficas han sacado sus sistemas de Pitágoras, Platón, Eudoxo y Demócrito. Y si han sido tan diferentes entre ellos es porque no todos ellos estaban al corriente de los misterios egipcios y en consecuencia han explicado mal las alegorías.
Las columnas de Mercurio, de las cuales estos primeros filósofos sacaron su ciencia, por las explicaciones que los sacerdotes de Egipto les dieron podrían muy bien ser las de Osiris e Isis de las que hemos hablado, puede ser que los obeliscos que se ven aún en Roma, como se dice, fueran transportados desde Egipto y cuya superficie está llena de triángulos, círculos, cuadrados y figuras jeroglíficas. Más de un autor se ha torturado para explicarlos, Kircher ha hecho un tratado sobre ello, pero a pesar de su decisión sostenida en una ciencia muy extendida, no se ha creído su palabra. Es de los autores antiguos de donde sacaron su ciencia en Egipto, entonces es en ellos que deberían buscar su interpretación, pero para entender a la mayor parte de ellos se necesitaría también la ayuda de un Edipo, porque han escrito alegóricamente como sus maestros.
Creo que se pueden sacar muchas luces de los antiguos autores griegos para penetrar en la oscuridad de las fábulas, no es que se deba buscar precisamente en ellas el verdadero origen de los antiguos pueblos, puesto que lo que dicen es casi todo fabuloso, pero ya que ellos han copiado a los egipcios, que fueron los primeros inventores de las fábulas y que haciendo la comparación de las fábulas antiguas de Grecia con las de Egipto se nota fácilmente que todas han salido de la misma fuente, la cosa se parecería a un viajero que se vestía en cada país que recorría según la moda en uso. Las obras egipcias que habrían podido darnos algunas ideas de su manera de pensar, las de Hermes y las de los otros filósofos, se nos han escapado con el tiempo y lloraremos siempre sobre las tristes cenizas de la biblioteca de Alejandría. No tenemos otra fuente que la de los griegos, discípulos de los sabios sacerdotes de Egipto, es de ellos, pues, que se ha de obtener la ayuda, persuadidos de que han entrado en las ideas de los maestros de los que habían recibido las lecciones.
Yo sería del mismo pensamiento que Diodoro en cuanto a los nombres de algunas antiguas ciudades, montañas, ríos, etc. Este autor dice que los antiguos filósofos sacaron de su doctrina la mayor parte de estos nombres y denominaron los lugares según la relación que veían allí con algunos rasgos de esta ciencia. Se trata pues, de saber cuál era esta doctrina. Nadie duda de que ésta sea la que aprendieron en Egipto. Jámblico[3] nos asegura que esta ciencia estaba grabada en las columnas de Hermes. Josefo[4] habla de dos columnas, la una de piedra, la otra de ladrillo, levantadas antes del diluvio, sobre las cuales estaban grabados los principios de las artes. Bernardo, conde de la marca Trevisana[5] instruido por la lectura de los libros antiguos, dice que Hermes encontró siete tablas en el valle de Hebrón, sobre las cuales estaban grabados los principios de las artes liberales. Pero que Hermes las haya encontrado o que las haya inventado, lo que parece ser es que estos principios estaban expresados en jeroglíficos, y que esta manera de enseñar indicaba que el fondo de esta ciencia era un misterio que no se quería desvelar a todo el mundo, y en consecuencia los términos y los nombres empleados formaban también parte de este misterio, de donde debemos concluir que los nombres dados a los lugares por los antiguos filósofos contenían de alguna manera los misterios de los egipcios.

[1] . Morien, Conversación del Rey Calid.
[2] . Mitología, T. 1, p. 67 y t. 2, p. 262.
[3] . Jámblico, Los Misterios de los Egipcios.
[4] . Josefo, De las Antiguedades de los Judios.
[5] . El Trevisano, Filosofía de los Metales.

Las Colonias Egipcias (1)

La filosofía hermética no estuvo siempre encerrada en los límites de Egipto, donde parece que Hermes la había hecho florecer. Al multiplicarse los habitantes de aquel país, algunos tomaron la decisión de salir de allí para establecerse, primero en las inmediaciones y después en países más alejados. Muchos jefes de familia condujeron sus colonias y llevaron consigo a sacerdotes instruidos. Belus que fijó su residencia cerca del Eufrates se estableció en Babilonia y fueron llamados caldeos. Se volvieron célebres por los conocimientos que adquirieron observando los astros a la manera de Egipto. Los eruditos creían que el sabismo o esta fuerte idolatría que tiene por objeto de su culto a los astros y los planetas, empezó en Caldea, donde se habían fijado estos filósofos egipcios, pero es más verosímil decir que la llevaron allí desde Egipto, de donde salieron y donde el Sol y la Luna eran adorados bajo el nombre de Osiris y de Isis, puesto que Herodoto dice que la astrología nació en Egipto donde se conviene en que era cultivada desde los tiempos más remotos.
El nombre de ciencia caldea que llevó después durante largo tiempo, prueba además que los astrólogos de Caldea se volvieron más célebres que los de otras naciones. Babilonia, capital del país, aunque la más idólatra de todas las ciudades del mundo, según la idea que nos da el profeta Jeremías[1] llamándola tierra de ídolos, terra sculptilium, parecía haber sacado sus dioses de Egipto, de la que había conservado hasta los monstruos, in portentis gloriantur. Los sacerdotes instruidos en las mismas ciencias que aquellos de los que se acababan de separar, sin duda sabían también a qué atenerse respecto al culto de estos ídolos, pero obligados al mismo secreto que los de Egipto, se impusieron sucesivamente el deber de no divulgarlo. Los nombres de Saturno y de Júpiter dados a Belus prueban claramente que en Caldea se conocía la genealogía de los dioses herméticos de los egipcios.
Danao intentó también establecerse fuera de su país. Marchó de Egipto, su patria, y partió con cincuenta hijas que había tenido de muchas mujeres, con toda su servidumbre y algunos egipcios que quisieron seguirle. Se dice que arribó primeramente a Rodas, donde, tras haber consagrado una estatua a Minerva, una de las grandes divinidades de Egipto, se embarcó y llegó a Grecia donde, si creemos a Diodoro, hizo construir la ciudad de Argos y en Lidia la de Chipre, en la cual hizo levantar un templo a Minerva y estableció allí a los sacerdotes para el servicio del mismo culto que se rendía en Egipto a esta diosa. El nombre de Beleides dado a las hijas de Danao, prueba que tenía alguna afinidad con Belus, y algunos autores han considerado a este Belus como padre de Danao. Las alegorías que los poetas han hecho sobre el suplicio de las Danaides y sobre la masacre de sus esposos, es una nueva prueba de que fueron imitaciones de Egipto, donde Diodoro cuenta[2] que 360 sacerdotes de Achante tenían costumbre de sacar agua con un vaso horadado. Explicaremos estas alegorías en los libros siguientes.
Cecrops, que vino de Egipto, se estableció en Ática. Llevó junto con las leyes de su país el culto de los dioses que allí adoraban, y sobre todo el de Minerva, honrada en Sais su patria, el de Júpiter y los otros dioses de Egipto, este hecho es atestiguado por toda la antigüedad. Eusebio[3] dice que éste fue el primero que dio el nombre de dios a Júpiter, le levantó un altar y erigió una estatua en honor a Minerva. San Epifanio repite lo mismo y Pausanias lo había dicho antes que ellos, pero este último[4] remarca que sólo ofrecía en sus sacrificios cosas inanimadas. Atenas, triunfo de las artes y de las ciencias, tallo de la urbanidad y la erudición, debe sus comienzos a Egipto. Sea como fuere esta historia, los atenienses convienen en ello y se glorían de ser descendientes de los saitas; algunos dicen que Dipetas, padre de Mnesteo, rey de Atenas, fue egipcio, lo mismo que Ericteo, que el primero les aportó los granos de Egipto y la manera de cultivarlos, lo que hizo que lo establecieran rey. Les enseñó también las ceremonias de Ceres Eleusina, siguiendo las que observaban los egipcios, es por lo que los atenienses pensaban que este rey era contemporáneo de Ceres. Diodoro, al relatar esto, ignoraba sin duda que Ceres e Isis eran una misma divinidad. Debería haberse acordado de que había contado la misma cosa de Triptolemo. Hablaremos de la naturaleza de estos granos y de toda esta historia en el cuarto libro.
Los habitantes de la Cólquide eran también una colonia de Egipto, según Diodoro y Herodoto[5] que aporta como prueba de ello muchas razones, entre otras, que hacían circuncidar a sus hijos, y que este uso lo habían traído de Egipto. Sin duda ignoraba la Escritura santa que nos señala tan positivamente el origen de la circuncisión. Diodoro concluye, por la misma razón, que los judíos, habitantes entre Arabia y Siria habían venido de Egipto, pero habla de estos judíos sólo después de su servidumbre en este país y esto es lo que ocasiona su error. Este seguimiento de los judíos es remarcable por todos los acontecimientos que le precedieron y le siguieron, lo que tiene más relación con nuestro sujeto es la cantidad prodigiosa de oro y de plata que se encontraba entonces entre los egipcios. Moisés notificó a los judíos que tomaran de sus huéspedes todos los vasos de oro y de plata que pudieran obtener. Y ¿quiénes eran estos huéspedes? la gente común; ¿a quién daban estos vasos? a los judíos esclavos, despreciados y sin recursos, gente que no se podía ignorar que tenían el deseo de salir del país y de huir para sustraerse de la servidumbre; y si el pueblo estaba tan bien provisto ¿cuánto debían de tener el rey y los sacerdotes que, como nos lo enseña Herodoto, hacían construir edificios para conservarlo?

[1] . Jeremías, cap. 50.
[2] . Diodoro de Sicilia, lib. 2, cap. 6.
[3] . Eusebio, Prep. Evang. Lib. 1, cap. 9.
[4] . Pausanias, In. Attic. Lib. 8.
[5] . Herodoto, lib. 2, cap. 104 y ss.

jueves, abril 19, 2007

La Musa o Amusa

Algunos botánicos y muchos historiadores lo han calificado de árbol aunque esté sin ramas. Normalmente su tronco es grueso como el muslo de un hombre, esponjoso y cubierto de muchas cortezas u hojas escamosas, acostadas unas sobre otras; sus hojas son largas, obtusas y su longitud sobrepasa algunas veces los siete codos.[1] Están afirmadas por una costilla gruesa y larga que reina en medio de ellas a todo lo largo, de la cima del tallo nacen flores rojas o amarillentas. Lo frutos que producen son de un gusto agradable y se parecen mucho a un pepino dorado. Su raíz es larga y gruesa, negra por fuera, carnosa y blanca por dentro. Cuando se hacen incisiones en esta raíz sale un jugo blanco que enseguida se vuelve rojo.
Mahudel, así como muchos anticuarios, sólo vieron en esta planta su belleza como motivo capaz de determinar a los egipcios a consagrarla a las divinidades locales de la comarca, donde crecía con mucha abundancia, pero puesto que la empleaban en los jeroglíficos, sin duda se unía allí a alguna idea particular que estaba señalada en esta planta por alguna relación con estas divinidades. Las plumas de Osiris, las de los sacerdotes y las de Isis, donde estas hojas se encuentran algunas veces, el fruto cortado que se deja ver entre las dos hojas que forman el penacho, en fin, Isis presentando el tallo florecido de esta planta a su esposo, son las cosas que la tabla Isíaca nos pone más de una vez ante los ojos, ¿se creerá que solamente la belleza de esta planta sea el motivo? ¿no es más natural pensar que un pueblo tan misterioso lo haga con alguna intención? Podría, pues, estar allí el misterio oculto debajo, y en efecto, allí se encontraba, pero se trata de un misterio fácil de desvelar para aquel que tras haber hecho algunas reflexiones sobre lo que hemos dicho, verá en la descripción de esta planta los cuatro colores principales de la gran obra.
El negro se encuentra en la raíz, así como el color negro es la raíz, la base o la llave de la obra; si se le levanta esta corteza negra se descubre el blanco, la pulpa del fruto es también de este último color; las flores que Isis presenta a Osiris son amarillas y rojas y la mondadura del fruto es dorada. La Luna de los filósofos es la materia venida al blanco; el color amarillo azafranado y el rojo que suceden al blanco son el Sol o el Osiris del arte; se tiene razón, pues, en representar a Isis en la postura de una persona que ofrece una flor roja a Osiris. Se puede finalmente observar que los atributos de Osiris participan todos o en parte del color rojo o del amarillo o del azafranado y los de Isis, del negro y del blanco tomados separadamente, o mezclados, porque los monumentos egipcios nos representan estas divinidades siguiendo los diferentes estados en que se encuentra la materia de la obra durante el curso de las operaciones.
Se puede encontrar a Osiris de todos los colores, pero entonces es preciso poner atención a los atributos que le acompañan. Si el autor del monumento estaba en el caso de los misterios de Egipto y quería representar a Osiris en su gloria, los atributos serán rojos o al menos azafranados, en su expedición a las Indias, serán variados y de diferentes colores, lo que estaba indicado por los tigres y los leopardos que acompañaban a Baco, en Etiopía o muerte, los colores serán negros o violetas, pero jamás se encontrarán mezclados en el blanco, así como no se verá jamás ningún atributo de Isis puramente rojo. Sería de desear cuando se encuentra algún monumento coloreado que se recomendara al grabador de blasones todo lo que está representado, o que aquel que da la descripción al público tenga la atención de designar exactamente los colores tal cual. No sería menos a propósito el obligar a los grabadores a representar los monumentos tal como son y no dejarles la libertad de cambiar las proposiciones y las actitudes de las figuras bajo el pretexto de suplir la ignorancia de los antiguos artistas y de dar una forma más graciosa a estas figuras. La exactitud tiene una muy gran consecuencia, particularmente respecto a los atributos. Una obra sobre los antiguos, puesta al día después de unos pocos años me obliga a hacer esta observación.
Los griegos y los romanos que observaban como bárbaro todo lo que no había nacido en Roma o en Atenas, exceptuaron a los egipcios de una imputación tan injusta, y sus mejores autores, lejos de imitar a Juvenal, Virgilio, Marcial y sobre todo a Lucio, que desplegaban las burlas más finas contra las supersticiones de los egipcios, están llenos de elogios que dan a su cortesía y a su saber. Entendían que fueron sus grandes hombres los que habían puesto todos estos bellos conocimientos que adornaron sus obras. Si no se puede justificar absolutamente al pueblo de Egipto sobre la oscuridad y el ridículo del culto que rendía a los animales, no atribuyamos a los sacerdotes y a los sabios de aquel país esos excesos, pues su sabiduría y sus conocimientos los volvían incapaces de ello. Las tradiciones se oscurecen algunas veces a medida que se alejan de su fuente. Los jeroglíficos tan multiplicados pueden, en el curso de los tiempos, haber sido interpretados por las gentes poco o nada instruidos en su verdadero significado. Los autores que han bebido en esta fuente impura sólo han podido transmitirla de la manera que ellos la han recibido o quizás más desfigurada aún. Así mismo parece que Herodoto, Diodoro de Sicilia, Plutarco y algunos otros buscan excusar a los egipcios del culto que rendían a los animales, aportando razones verosímiles. Dicen que adoraban en estos animales la divinidad cuyos atributos se manifestaban en cada animal, como el Sol en una gota de agua que es tocada por sus rayos.[2] Es cierto además, que todo culto no es un culto religioso y aún menos una verdadera adoración y todo lo que está emplazado en los templos para ser objeto de veneración pública, no está en el rango de los dioses. Los historiadores, pues, han podido equivocarse en el relato que han hecho de los dioses de Egipto y así mismo en cuanto a lo que consideraba el culto del pueblo, y con más razón en lo que concernía a los sacerdotes y los filósofos, de los que ignoraban los misterios.
La escritura simbólica conocida bajo el nombre de jeroglíficos no era contraria al deseo que los egipcios tenían en trabajar para la posteridad. Estos jeroglíficos fueron un misterio en el tiempo mismo de su institución como lo son aún y lo serán siempre para los que buscan explicarlas por otros medios que los que propongo. El deseo de sus institutores no era volver el conocimiento público grabándolos sobre sus monumentos para conservarlos para la posteridad, han actuado como los filósofos herméticos, que escriben de alguna manera para ser entendidos por los que están en el caso de su ciencia o para darles algunos trazos de luces absorbidas, por así decirlo, en una oscuridad tan grande que los ojos más clarividentes sólo son sorprendidos tras largas búsquedas y profundas meditaciones.
La mayor parte de las antigüedades egipcias, por su naturaleza, no nos pueden deleitar y esclarecernos perfectamente. Todas las explicaciones que se querrá dar para acercarlas a la historia se reducirán a conjeturas, porque todo es afectado por el misterio que reinaba en este país y que, para fundar sus razonamientos sobre el encadenamiento de los hechos, se encuentra que el primer año de la cadena que los liga desemboca en las fábulas. Es pues a estas fábulas que se ha de recurrir, y observándolas como tales, hacer el esfuerzo para penetrar el verdadero significado. Cuando se encuentra un sistema que las desarrolla naturalmente es preciso tomarlo como guía. Todos los que han seguido el sistema histórico hasta aquí son reconocidos insuficientes por todos los autores que han escrito sobre las antigüedades. A cada paso se encuentran obstáculos que no se pueden superar. No son pues, los verdaderos hilos de Ariadna que nos servirán para sacarnos de este laberinto, en consecuencia es preciso abandonarlos.
Dirigiéndose a los principales autores de la filosofía hermética y estudiándolos tanto como para ponerse en estado de hacer justas aplicaciones, hay pocos jeroglíficos que no se puedan explicar. No serían admitidos como hechos históricos aquellos que son puramente fabulosos y no se rechazarían de estos hechos la circunstancias que los caracterizan particularmente, bajo pretexto de que han sido añadidos para embellecer la narración y aumentar lo maravilloso. Este último sistema ha sido seguido por el abad Banier en su mitología, y a pesar de que le haya procurado alguna facilidad, se encuentra a menudo en la fastidiosa necesidad de confesar que le es imposible desembrollar este caos.

[1] . Mem. De l' Acad. Des Inscript. Y Bellas Letras, t. 3.
[2] . Plutarco, Isis y Osiris.

martes, abril 17, 2007

El Persea (o aguacate)

Es un árbol que crece en los alrededores del gran Cairo. Sus hojas son muy parecidas a las del laurel, excepto las que son más grandes. Su fruto tiene la figura de una pera y encierra un hueso que tiene gusto de castaña. La belleza de este árbol que está siempre verde, el parecido de sus hojas a una lengua y la de su hueso a un corazón, habían hecho que se consagrara al dios del silencio, sobre la cabeza del cual se veía más ordinariamente que sobre la de cualquier otra divinidad. Algunas veces entero, otras veces abierto para hacer aparecer la almendra, pero siempre para anunciar que es preciso saber conducir la lengua y conservar en el corazón el secreto de los misterios de Isis y de Osiris y de las otras divinidades adoradas en Egipto. Es por esta razón que se le ve algunas veces sobre la cabeza de Harpócrates resplandeciente o puesto sobre una Luna creciente.[1]

[1] . Montfauçon, Antigüedad. Explicada, t. 2, p. 2, pl. 124, fig. 8 y 10.